Ponte linda, que esta noche saldremos.

Volvió a cerrar la nota que la cobriza lechuza acababa de traerle. Su hermana Bellatrix tenía esa insoportable costumbre de doblar los papeles tan pequeños que hasta al mismo ave se le dificultaba para transportarlos. Suspiró, y dirigió su mirada hacia la pila de libros que tenía sobre la cama. Necesitaba con urgencia terminar su ensayo de transformaciones, pero luego de un par de horas de estar enfocada en ese tema, no pudo concentrarse más, a pesar de que intentaba forzarse. No podía decirle que no a su hermana, Andrómeda sabía que a ella no le quedaba mucho más tiempo para estar de fiesta. Seguía orgullosa de ella, pero al mismo tiempo sentía una profunda pena que trataba de disimular cada vez que estaban juntas.

Tomó uno de los trozos de pergamino que yacían esparcidos por el suelo alrededor de su cama, y escribió

¿A qué hora?

Enrolló la nota y la ató a una de las patas de la lechuza de su hermana. Bellatrix amaba las lechuzas, y su padre e regalaba una nueva cada vez que tenía ocasión. Tenía ya veinte o más, y el curioso capricho de no ponerles nombre. Por eso, cada lechuza que le regalaran tenía que ser distinta, ya que las identificaba de acuerdo al color o el patrón en sus plumas. A pesar de que tenía algunas exóticas muy bonitas, aquella cobriza era la preferida de Andrómeda. Parecía la más seria, le inspiraba confianza.

La lechuza emprendió vuelo y pronto se perdió en el nublado firmamento de aquella primaveral tarde de abril. Miró sus libros una vez más, y decidió que ya no iba a poder seguir intentando completar su tarea. Empezó a ordenar sus papeles perezosamente, poniendo los retazos dentro de los mismos libros que iba apilando torpemente en el fondo de su baúl escolar. Cuando hubo acabado de recoger los restos de plumas rotas de su cubrecama color esmeralda, los ubicó dentro del libro más delgado, que dejó caer dentro del baúl. Éste aterrizó con un golpe seco, y provocó una pequeña nube de polvo al tiempo que salía volando una pequeña nota. Drómeda la persiguió, pero la corriente de su ventana abierta alejaba de ella el papel. Se trabó en la hendija de la puerta, y entonces pudo al fin tomarlo. Era una nota.

¿Cuándo repetiremos lo del viernes?

R.L.

Andrómeda agradeció que las habitaciones fueran solo de dos personas, y que en aquel momento estuviera sola. Ese muchacho era un descarado. Era cierto que se había visto con Rabastan, que una cosa fue llevando a la otra, y que cuando quiso acordar, estaba durmiendo a su lado. Eso la obligó a idear una buena mentira para contentar a su compañera de habitación, que no pasó por alto su ausencia nocturna. Confiaba mucho en ella, pero aún así no estaba segura de querer decir en voz alta que había pasado la noche con el hermano del prometido de su hermana. Una de las virtudes de los muchachos Slytherin era su discreción, y si bien Rabastan Lestrange enviaba notas sugerentes, por lo demás actuaba como si no hubiera pasado nada. Uno nunca podía tener la certeza de qué pasaba entre las serpientes, porque se divertían pero sabían llevarlo bien y conservar su imagen intachable. Andrómeda estaba un poco avergonzada, Rabastan pronto sería de su familia y ella tendría que aprender a mirarlo como un primo o un hermano. No le iba a resultar difícil ya que no sentía nada en absoluto por él, pero la situación la incomodaba mucho más que lo que lo incomodaba a él.

-Confringo -murmuró, y la nota se redujo a cenizas tras un chispazo. Entonces sintió un ruido en la ventana que la hizo sobresaltar, pero pronto entendió que no era más que el ulular de la lechuza de su hermana. Tomó el pequeñísimo pergamino que trabajosamente el ave sujetaba en sus garras, y lo abrió.

A medianoche, por el pasillo que te enseñé. Vamos a divertirnos.

Tomó la misma nota, y debajo de la línea que le había escrito Bella, escribió

Allí nos vemos, hermanita. Ya verás como me robo todas las miradas.

Enrolló el maltratado pergamino y lo ató a la inmutable lechuza.

-Hasta pronto, preciosa -le dijo, y con esto el ave desplegó sus alas y se alzó en vuelo en un cielo que comenzaba a teñirse de anaranjado. Desde que Andrómeda había entrado en la escuela, Bellatrix siempre bromeaba que tenían una competencia sobre quien era la más deseada por los chicos. En realidad, su hermana la estaba preparando, casi entrenando, para sobresalir entre las demás muchachas. Mismo dentro de Slytherin una debía ganarse el respeto, la admiración y también la envidia del resto de las chicas. Para las hermanas Black, la envidia era algo bueno. Significaba que eran algo que las demás no, se sabían no solo hermosas sino también carismáticas, característica que las convertía indefectiblemente en el centro de atención, más aún cuando estaban juntas.

Se levantó de la cama y cerró por completo las cortinas de su adoselada cama. Se dirigió hacia el baño, resulta a tomar una ducha y despejar un poco más su cabeza. Esa noche se escaparía del colegio, debía estar tranquila y afrontar las cosas con calma. Cerró la puerta mediante magia, y abrió el grifo de la ducha. Mientras se desvestía, decidió que para esa noche cambiaría de look y sorprendería a su hermana. Empuñó su varita de pino y pelo de unicornio, y con ella destrabó la puerta.

-Accio pergamino -conjuró, mientras regulaba la temperatura del agua. -Accio pluma.

Los objetos entraron al baño y se detuvieron frente a Andrómeda, que apoyó su varita en la mesada de mármol blanco y los asió con fuerza para que no se le resbalaran. Extendió el pergamino en la mesada, y escribió

Si aún no estás de regreso, por favor tráeme un tinte mágico de fantasía para el cabello y un fijador obediente. Muchísimas gracias.

Drómeda

Su amiga y compañera de cuarto entendería al instante, estaba segura. A veces pensaba que Antoline tenía algún don relacionado con la videncia. Era, realmente, muy perceptiva. Se envolvió una toalla alrededor del cuerpo, y se acercó a la ventana deseando con todas sus fuerzas que su lechuza estuviera custodiando su ventana como de costumbre. Se asomó, pero no logró verlo. Lo llamó por su nombre, y, como el ave no aparecía, envuelta en su toalla salió de su habitación y tocó la puerta de la de Narcisa. Nadie contestó así que conjuro un alohomora y abrió la puerta.

Tal y como lo sospechaba, Diógenes dormía en su jaula, a la izquierda de la cama de su dueña favorita. Tomó la jaula con la misma mano que sostenía la toalla, y con la otra mano volvió a cerrar la puerta mediante magia. Camino descalza de regreso a su habitación, y dejando huellas de agua por donde pasaba. Oyó un ruido sordo, se giró sobre sus talones y vio dos niñas de primer año desaparecer detrás de una de las primeras última habitaciones. Era extraño tener tan cerca a los alumnos de primer curso, porque se sobresaltaban con cualquier cosa. Cada vez que una tanda de estudiantes egresaba, esas habitaciones eran ocupadas por los alumnos de primer curso del año que siguiera, así se renovaban los cuartos.

Sintió frío, y de pronto se dio cuenta de que seguía parada en medio del pasillo, envuelta en una toalla y mojando el antiquísimo piso de pinotea. Se alegró de no tener que limpiarlo ella, sabía que ese tipo de madera se marcaba muy fácilmente. Si rió de sus cavilaciones, y volvió a entrar en su habitación. Mientras el agua de la ducha seguía corriendo, abrió las cortinas de su cama, se sentó y apoyó la jaula de Diógenes. Liberó a la lechuza y convocó la nota que había dejado en el baño. La enrolló y la ató a la pata del ave, que la miró con cara de fastidió y emprendió su viaje rápidamente, seguramente para volver pronto a dormir.

Se levantó de la cama, y cuando miró para atrás se dio cuenta de que había un paquete justo a su lado. El envoltorio era plateado, y tenía un cartelito que rezaba "Drómeda". Rasgó el papel, y dentro encontró una pequeña botella de Wishky de fuego acompañada de una nota.

Para que, después de la cena y mientras te preparas, vayas poniéndote en ambiente. Cariños,

Bella (¿Quién más?)

Cerró las cortinas de su cama, dejando la botella debajo de su almohada, y se metió a bañar de una vez por todas.