Disclamer: No soy Jotaká.
Vale, he venido con un pequeño one-shot de esta pareja que me fascina. Sé que no es la gran cosa, pero se hace lo que se puede con poco tiempo y nada de inspiración. Ahora bien, pasen a leer.
Perfecta, pero no tanto.
Ella trata de imaginarse como alguien normal. Sabe que lo es, sin embargo, hay muchos -por no decir todos- que la consideran diferente.
En el buen sentido, claro, siempre en el buen sentido.
Y ya no lo soporta.
No soporta las miradas de soslayo que la escrutan camino al comedor mientras sus corbatas rugen en sus pechos; escarlata y verde. Las mejillas se le colorean de un rosa pálido y tiene que aferrarse a su mano para no salir corriendo. Tampoco le agradan los ya conocidos pero aun así detestables murmullos y uno que otro comentario en voz alta que se alzan cuando entran juntos al gran comedor, o a cualquier otro lugar, y es que ¿acaso no ven la ironía del asunto?
A él no parece molestarle, pero claro, él sabe manejar mejor éste tipo de cosas. Ha pasado toda su vida siendo juzgado por algo que no le corresponde y a veces parece hasta divertirle las reacciones que sus dedos entrelazados pueden causar en público.
Se pregunta qué hubiera sido si sus padres no fueran tan importantes como lo son. Si su apellido no tuviera nada que ver con los héroes de la guerra, ni el de él con los enemigos a quienes vencieron. Se pregunta cómo serían las cosas si no fuesen opuestos.
Pero el caso es que lo son, y ella, Rose Jane Weasley-Granger, no encuentra respuesta para sus preguntas.
Un chico de cabellos rubios platinados y ojos tremendamente grises la nota distraída mientras saborea un trozo de tarta de melaza.
-Rose, no has tocado tus tostadas- le dice, y ella parece volver de donde sus pensamientos la habían llevado. Le da un mordisco a una tostada y sonríe tranquilamente.
-¿Estás bien?- no puede evitar preocuparse por ella.
-Claro- responde Rose- ¿Y tú?
-Perfecto-le contesta. Toma su mano por encima de la mesa, en un lugar perfectamente visible desde cualquier rincón del gran comedor.
Ambos sonríen ampliamente y parece que sólo Rose se ha dado cuenta de que varios estudiantes -y algunos profesores- se han vuelto hacia ellos y observan con recelo sus manos enlazadas. Los murmullos se alzan un poco más y Scorpius los ignora olímpicamente, perdido en el océano intenso de los ojos de Rose.
Luego, como si nada hubiera pasado, los dos continúan comiendo tranquilamente, sin soltar sus manos. Y es que Rose deja de buscar respuestas que sabe no encontrará porque todo lo que necesita saber está escrito en los ojos grises del rubio sentado a su lado. Todo le parece más sencillo así; la mirada fija en el otro, el latido de sus corazones ligeramente acelerado, y sus dedos firmemente entrelazados.
Definitivamente las cosas podrían ser un poco más sencillas, pero Rose está convencida de que lo que sienten vale aún más la pena si ambos están dispuestos a enfrentar los obstáculos que se les presenten. Además, si de algo no tiene duda, es de que está locamente enamorada de Scorpius Malfoy. Y él de ella.
Con el paso de los días que se vuelven semanas y después se en acumulan meses, la cosa se va haciendo más fácil. Ya no les molesta a ninguno de los dos escuchar murmullos cuando caminan por el castillo tomados de la mano y se besan sin reparos. A veces incluso lo hacen a propósito y se dejan llevar por esa sensación que los envuelve cuando sus labios se funden, separándose cuando escuchan algún carraspeo insistente y dándose cuenta de la cercanía de sus cuerpos, lo agitado de sus respiraciones, y las sonrisas cómplices que nunca desaparecen del todo.
Se puede decir que Rose se ha acostumbrado a ser eso: Rose.
Y Rose y Scorpius juntos suena endemoniadamente bien. Sin nada de por medio como apellidos y casas contrarias.
En cuanto a Scorpius, bueno, él siempre ha sido el guapo e indiferente Scorpius, al que no le importa lo que la gente diga de él porqué sabe perfectamente quién es y las opiniones hostiles no tienen importancia.
Así que una noche, antes de ir a dormir, Rose recuerda cuando imaginaba cómo serían las cosas en otra situación, con vidas y apellidos diferentes. Pero ya no encuentra las dudas que antes tenía. Ahora sabe que no todo tiene una respuesta o un porqué, y honestamente, tampoco le interesa mucho encontrar razones que puedan explicar lo bien que se siente ir por la vida con Scorpius a su lado.
Puede seguir siendo Rose Jane Weasley-Granger, hija de héroes de guerra, premio anual, mejor promedio y cazadora sin igual de su equipo de Quidditch, novia de Scorpius Hyperion Malfoy. Y lo que digan o no los demás es irrelevante.
Quizás también es que todo se vuelve irrelevante en el momento en que sus labios se encuentran con los del rubio y sus manos se pierden en su cabello platinado, mientras las de él se dedican a acariciarla delicadamente, provocándole estremecimientos por donde pasan. Llenándole la cabeza de pensamientos que, si su padre se enterara, lo mandarían a San Mungo de inmediato. Claro que, si el chico en cuestión es un Malfoy, la cosa se pone peor. Hasta que todos esos pensamientos, buenos o malos, se van esfumando con la creciente cercanía de sus cuerpos.
Porque es tan simple como ser Rose y Scorpius. Y al diablo con el resto.
Se aprecia todo. Desde críticas hasta tomatazos y si alguien quiere, también una que otra felicitación.
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Un saludo y un beso de Scor para tod s.
