Disclaimer: Card Captor Sakura no me pertenece, le pertenece a CLAMP.
La historia si me pertenece así que por favor, NO COPIAR.
Lágrimas de esperanza
Emiko hime-sama
4 años después
Nakuru Akizuki
-Quiere contigo. –le escuché decir a Kaname enojado. Suspiré.
Levanté la vista para verlo, tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados como un niño pequeño al cual le negaban un dulce o su video juego. Ah, sí, y miraba con odio al mesero que se alejaba, algo asustado debería agregar.
-Kaname… -dije algo cansada. ¿Cuántas veces se había repetido esto ya? –No me hagas repetirlo otra vez, no importa quién quiera conmigo o quién me proponga matrimonio, te voy a elegir a ti. Te amo.
-¡Pero…! ¿No ves cómo te mira? ¡Parece como si en cualquier momento se fuese a pegar al suelo para lavarte los pies! Además, ¿ya viste cuántas galletas te sirvió? ¡Fíjate en las otras mesas! ¡Aquí se ven como 50 y en la mesa de allá solo hay unas 10! ¡Eso se llama….!
-¿Y qué tiene de malo? ¿Acaso ves que yo le esté haciendo caso? –dije bajando un poco la voz, no quería que la gente de la cafetería pensara que era una loca que hablaba sola. Suspiré una vez más. Qué triste que la gente no pudiera verlo…
-Pues no, pero es que… -trató de justificarse.
-Ya, no hagas berrinche. Pareces un niño. –sonreí. O al menos traté… pero al ver no me devolvió la sonrisa, mi rostro se empezó a tensar, pues se había vuelto algo incomodo. –Kaname…
Él simplemente volteó la cara.
Silencio.
-Hey, ¿estás enojado? –pregunté preocupada, como tratando de que sonara a broma.
-No. –dijo cortante. Dejé de querer bromear, esto no me estaba gustando.
-¡Lo estás! –dije entrecerrando los ojos. Me estaba empezando a enojar, en serio, ¿por qué tenía que ser inmaduro? ¿No se daba cuenta de las miradas que se estaban clavando en mí? Es decir, no es que me importase que medio mundo me mirase como una rara, solo no me gustaba que Kaname fuera tan egoísta en ocasiones como esta y no pensará en mí.
Porque… se supone que tu pareja se preocupa, hasta de más por ti, ¿no es así?
De vivo, Kaname nunca me había tratado así.
-¡Ya te dije que no lo estoy! –fue su respuesta, que más bien me sonó como un berrinche.
-Kaname… en serio, ¿Por qué no me crees? ¿Por qué eres tan idiota y tan inmaduro? –dije tallándome los ojos al borde del llanto. Estaba frustrada, todo tenía un límite, y hasta allí llegaba el mío.
Kaname simplemente se volteó, estaba dolido lo sabía. Sus brazos se crisparon y apretó la mandíbula. Levanté la vista rápidamente al notar lo que había dicho. Entreabrí los labios varias veces tratando de disculparme, pero no pude encontrar las palabras adecuadas lo suficientemente rápido.
-¿Por qué eres así? ¿Por qué no me entiendes? –preguntó con un hilo de voz. Ahora parecía un adolescente incomprendido… pero, un momento, eso era, ¿o no? Aunque, ¿no era él mismo el que siempre se estaba tratando de comportar maduro? ¿a que venía todo este drama?
Yo parpadeé confundida. No sabía a qué se refería.
-No entiendo lo que estás diciendo, por supuesto que te entiendo. Eres mi novio, te amo. Si estuvieras vivo, nos casaríamos… y…
-Cuando lo dices así parece obligación. –replicó lentamente, con un nudo en la garganta. Dios, ni cuando le enterraban un bisturí sin anestesia me miraba de esa forma… sabía que estaba sufriendo, sí, lo sabía, pero…. ¿Qué había de mí? ¿No tenía derecho a sufrir yo también?
Es decir, ¡yo no había tenido la culpa de nada!
¡Yo no le había pedido a nadie que me cortejara ni que el estúpido mesero con traje de pingüino me diera más galletas! Quise voltear la mesa y golpearlo, pero sabía que no debía hacerlo, yo era mayor que él, debía ser más madura. Yo era la que no debía perder la cabeza, tenía que tranquilizarme.
-¿De eso se trata? ¿Crees que eres una obligación, una carga para mí? –le repliqué, tratando de hacerle entrar en razón. -¡Eres un tonto! ¿Por qué no confías en mí? –dije mirándole directamente a los ojos, tratando de hacer que me volteara a ver.
Y es que, la confianza era la base de toda relación, ¿no? Y se supone que nosotros la teníamos…. ¿O no?
Dios, ¿por qué surgían tantas dudas cuando se supone que nuestra relación era firme, concreta, feliz y salida de un cuento de hadas?
-Pues no sé, tú dímelo.
-No seas así, pareces un niño. –murmuré.
Él se me quedó viendo. Las lágrimas habían desaparecido, ahora había puro reproche en mi voz. Y sabía que Kaname lo había notado perfectamente, se veía muy, muy dolido. Sentí un pinchazo en el pecho, esto no estaba bien.
-Pues lamento haber muerto tan joven. –dijo, y luego desapareció.
Era la primera vez que desaparecía desde que se había vuelto fantasma.
¿Y si nunca volvía?
Me empezó a asaltar la angustia y, sin poder evitarlo, me llevé la mano al pecho.
Una a una, las lágrimas empezaron a caer, esta vez, la gente en la cafetería se me quedó viendo fijamente, y es que, ¿quién entra a una cafetería toda feliz y luego empieza a llorar de la nada?
No obstante, no importó.
¿Y qué si Kaname ya no volvía?
No, no, no, no, ¡no! ¡No podía pasar eso! ¡Ya no quería perderlo otra vez! ¡Ya no! ¡Se supone que siempre estaríamos juntos!
¡Había prometido bailar conmigo en la boda de Sakura mañana!
¡Mañana!
Empecé a sollozar fuertemente, el mesero que me había atendido y que tanto odiaba Kaname se me acercó con un pañuelo sin saber qué hacer.
Yo no pude hacer más que aventar las monedas a la mesa y salir corriendo de allí.
¿Qué iba a hacer ahora?
¡Todo era mi culpa! ¿Cómo esperaba que Kaname, un chico que había muerto y se había quedado con una mentalidad de 17 años, fuera maduro? ¿Cómo esperaba que me entendiese y leyese con tan solo una mirada como lo hace un hombre de 40 años con su mujer, después de llevar más de 50 años de casados?
Nos faltaba conocernos, y a Kaname le faltaba crecer.
Y si sabía todo eso, ¿Cómo, consciente de todo eso, pude decirle que madurara?
¿Es que acaso era idiota?
Sí, lo era, y una muy grande.
Me encerré a mi habitación y me puse a llorar como una niña.
Kaname tenía que volver, él nunca rompía sus promesas.
¡Tenía que darme una oportunidad para disculparme!
¡No me podía dejar por un error tan…!
-Kaname…
Más sollozos.
Meilling Kinomoto
Parpadeé, me había quedado dormida en el sillón de la sala.
Suspiré.
Busqué el reloj con la mirada, las dos de la mañana.
Me tallé los ojos, intentando despejarme. ¿Por qué aun no llegaba Toya?
Volví a suspirar.
Me revolví el pelo y miré la sortija en mi mano. Nos habíamos casado hace escasos 4 meses… y nada era como lo esperaba.
Sí, estaba enamorada de él, perdidamente además… pero, ¿y él?
Las lágrimas empezaron a caer una a una, ¿Qué significaba nuestro matrimonio, de todos modos? ¡Ni siquiera pasábamos más de dos horas al día juntos!
Reprimí un sollozo.
Me imaginé un panorama diferente en el que el protagonista de mi vida fuese uno de esos hombres hechiceros de gran familia con el que mi madre quería que me casara, ¿sería más feliz?
Me miré las manos, había varias quemaduras y cortes; hasta hace unos años, cocinar era tan solo un hobby. Ahora era una obligación, una necesidad… no había tiempo para decorar los platillos y dibujar corazoncillos ni mucho menos de hacer pasteles, no había tiempo de cortar las zanahorias con detalle mientras bailaba con música, no había tiempo para eso porque Toya, cuando llegaba a casa, regresaba por dos horas y se volvía a encerrar en el hospital.
Me tallé las manos, no es que quisiese sonar mimada ni nada, pero, ¿es qué no me podía tener un poquito de consideración? ¿Cómo podía una señorita de familia rica de alta sociedad cocinar todos los días, quemarse las manos, poner la mesa, limpiar la casa y todo eso por sí sola…. Y sin recibir nada de afecto de su esposo?
En realidad, quiero hacer énfasis en que pensaba que todo esto de "familia feliz" iba a ser muy diferente.
Estaba por ahogar mis sollozos en la almohada, cuando escuché que la puerta se abría. Me apresuré a limpiarme las lágrimas y a tragarme el enorme nudo en la garganta. Prendí la televisión para disimular.
Escuché la puerta cerrarse, y los pasos de Toya arrastrarse por el suelo. Lo miré de reojo, parecía cansado.
-¿Qué haces? –fue lo primero que dijo al verme. –Deberías de estar dormida, ya es tarde.
No le contesté.
Frunció el ceño y se acercó a mí.
-¿Qué te pasa? –preguntó, suavizando el tono. -¿Estabas llorando? -¿Tanto se me notaba? ¡Rayos! ¡Odiaba que me conociera tan bien!
-No… –mi voz temblaba y empezaba a quebrarse, por lo que no dije nada más.
Ya, ¿a quién quería engañar?
Empecé a llorar, ahora de verdad, enojándome conmigo misma y con él a la vez. No entendía, ¡no entendía! ¡Esto no era lo que quería!
Yo quería una bonita propuesta de matrimonio con velas, una boda de película, y un matrimonio feliz en el que todos los días estuvieran repletos de sonrisas y… amor. Por sobre todo, amor.
Pero, ¿cómo puede ser posible eso si ni siquiera veías a tu pareja?
-Hey… ¿qué tienes? ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? –preguntó algo preocupado, sin saber qué hacer. ¿Por qué no podía acostumbrarse de una vez a que yo era una reina del drama y que lloraba por todo? ¿Por qué tenía que lucir tan amable, y tan… tan…?
¿Por qué me hacía sentir tan culpable? ¡Se supone que yo era la victima aquí!
Se sentó en el sillón y me pasó un brazo por lo hombros, quitándome el pelo de la cara y limpiándome las lágrimas con su otra mano. Yo solo lloré más fuerte y negué con la cabeza.
-Oye… me estás asustando, dime de una vez qué demonios te pasa.
¿Qué hice yo?
Le pasé los brazos por el cuello, abrazándole fuertemente, sin querer dejarle ir. El solo me agarró de la cintura, una vez más, sin saber qué hacer o cómo reaccionar.
-¿Por qué no puedes pasar más tiempo en casa? –pregunté, por fin, con la voz temblorosa. Toya se tensó.
-Meilling… -dijo alejándome lentamente, yo clavé la vista al suelo.
-¡Esto no era lo que yo quería! –grité por fin, como cuando era niña y Syaoran no me hacía caso, pero esta vez con mucho más dolor.
Silencio.
El suspiró cansado, e incluso irritado.
¿Tan mala persona era? ¿Me había dejado de querer por ser una histérica? ¿Por llorar tanto y gritar tan feo?
Abrí los labios en busca de aire, con desesperación, las lágrimas empezaron a salir una vez más; no obstante, cuando tienes un orgullo tan grande como el mío, jamás admitirías que estás triste, te sientes desdichada ni mucho menos preguntarías si de verdad esa persona, esa persona por la que moverías cielo, mar y tierra, te ha dejado de querer, adorar, amar y apreciar.
Cuando tienes un orgullo tan grande como el mío, lo que haces, es culpar a la primera persona que veas a tu alrededor de tu desdicha y lamentarte más tarde.
-¡Me arruinaste el sueño de mi vida…!
El se me quedó viendo con esa mirada tan fría… tan… indiferente.
¿Así le era yo? ¿Indiferente?
¿Si me aventaba del balcón ahora mismo, se preocuparía en cacharme?
¿Se preocuparía en ir a mi funeral, siquiera?
Sollocé más fuerte.
-Yo no te obligué a nada, Li. –dijo fríamente.
Li. ¿Cuánto hace que ya no me llamaba por mi apellido?
¿No se supone que estábamos casados? ¡Yo era "señora Kinomoto" ahora!
Abrí los ojos y los labios con sorpresa.
¿Entonces era cierto? ¿Ya no…me quería?
-Yo no pensaba que esto sería así. –murmuré en un hilo de voz.
Me obligó a mirarle, alzando mi rostro por la barbilla y me limpió las lágrimas suavemente con sus dedos.
-Meilling, soy médico. Mi trabajo es salvar vidas. Mi trabajo es estar encerrado en ese hospital, ver pacientes y salvarles la vida. Este es mi sueño. Luché por él toda mi vida, y no pienso elegir entre tú y él.
Yo me mordí el labio fuertemente.
-Los quiero a ambos, en serio. Pero si tú no estás dispuesta a tenerme paciencia, o si simplemente no lo soportas…
-¿Me estás pidiendo que… nos… separemos? –pregunté. Parpadeé, el aire me faltaba. -¿Me estás pidiendo el divorcio, Toya? –pregunté. Largos ríos de lágrimas salieron por mis ojos, sollozos incontrolables.
El me zarandeó, tratando de abrazarme.
-No, no, no… no es eso. –me abrazó fuertemente. -¿Por qué no puedes entender? ¿Por qué eres tan terca?
Seguí llorando y luchando porque me soltara.
No quería escuchar más, ahora todo sonaba distante y vacío.
¿Qué había hecho para que dejara de quererme? ¿Cuándo había dejado de hacerlo? ¿Había encontrado a alguien más?
Toya ciertamente olía diferente a su loción al llegar a casa… siempre supuse que era por sus pacientes pero…
Pero….
Todo se volvió distante, cerré los ojos.
Cuando los abrí, pude distinguir la situación claramente.
Esta clase de situación era la que lo había alejado de mí; por mí había dejado de llegar temprano a casa… se había encerrado en su trabajo porque… no quería verme.
Le desagradaba verme…
-Meilling, ¿me estás escuchando? Hey…
Yo abrí los labios incontroladas veces.
-Yo… yo…
Me sentí mareada. Me puse de pie y me agarré la cabeza fuertemente, tratando de controlar la súbita sorpresa que se había apoderado de mí.
-¿Por qué? –fue lo único que conseguí preguntar. El torrente de lágrimas que me estaba ahogando de repente paró como cuando se abrió el mar a Moisés.
El pareció confundido.
Me le quedé viendo fijamente por unos 20 minutos, o tal vez más, no lo sé.
¿Había renunciado a mi vida de señorita de alta sociedad, a mis caprichos, a mis bellas manos blancas y finas, a doncellas y mayordomos y comodidades de una gran mansión por un hombre que me engañaba y encima fingía quererme?
Meilling Li, ¿tan bajo has caído?
-¿Por qué me engañaste, Toya? –no quiero pensar en por qué me miro asustado, solo sé que yo estaba terriblemente pérdida y asustada en ese momento.
No podía imaginarme otra cosa que no fuera él, con una mujer de largos cabellos y pestañas largas, besándose, mientras yo esperaba hasta las dos, tres y cuatro de la mañana para que llegara y le preparaba la comida como si fuera su propia sirvienta.
No quería pensar en las cosas que había perdido por un hombre como él….
No quería pensar en lo bajo que había caído, en como todo pudo haber sido diferente….
No quería pensar en como lo seguía amando a pesar de todo y salí corriendo dando un portazo.
Kaho Mizuki
-Vamos Sakura, no estés nerviosa, todo saldrá bien. –le dije tratando de tranquilizarla.
Ella negó, nerviosa, con las mejillas sonrojadas mientras se veía en el espejo y daba una y otra, y otra vuelta consecutivamente, en su vestido de novia, que había diseñado y cosido a mano personalmente nadie más ni nadie menos que Tomoyo Daidouji, futura señora Hiraguizawa, debería añadir.
-¡No, no, no! ¿Ya vio esto? ¿Y si me tropiezo? ¿O si se me rompe el tacón? ¡¿Y si se me rompen ambos? –dijo jalándose el cabello frustrada. Miré el reloj, dos de la mañana.
Suspiré.
-Sakura, nada va a pasar. Si te tropiezas, te aseguró que tu carta TIME, te ayudará. –dije algo divertida. –Ahora, quítate ese vestido y vete a dormir, que no quieres amanecer con ojeras para el día de tu boda.
-Sí, pero es que ¡Estoy tan nerviosa!
-Sé lo que se siente, cuando me casé con Yukito estaba igual. Pero te aseguro que estarás bien -le sonreí.
-¿En serio?
-Claro. –le puse las manos en sus hombros, tratando de transmitirle confianza.
Se volvió a mirar al espejo, de la cabeza a los pies, y luego de regreso varias veces hasta que, a la tercera, su vista hizo una larga pausa en el anillo que le había dado Syaoran.
-Es hermoso.
-Y costoso. –murmuró con algo de resentimiento en su voz. Se llevó un dedo de la mano contraria al anillo y sonrió. –En serio no tenía que hacer todo esto… me hubiera conformado con….
-No hay remedio, te ama. –le dije riendo. Le ayudé a quitarse el vestido.
-¿Cree que es demasiado pronto?
-Nunca es demasiado pronto para amar.
-Pero es que… yo… no sé nada de esas tradiciones chinas ni tampoco sé mucho de teoría o historia de la magia. Además…. –su voz se perdió. Terminó de vestirse y se sentó en la cama.
Tomoyo entró unos minutos después de una larga pausa.
-No te preocupes, Sakura, todo va a estar bien. –su cara casi pareció que había visto un ángel.
-¡Tomoyo! ¡Viniste!
Ella sonrió.
-¡Claro que vine! ¡Sabía que estarías así de nerviosa! –dijo revolviéndole el pelo ligeramente. –Además, si no vine antes fue porque estaba terminando algo….
La miramos confundida.
Ella sonrió, y rebuscó entre la gran bolsa de papel morado que traía colgada en su muñeca. De ella, sacó una caja color blanco, adornada con un moño bastante grande color rosa y piedras.
Se lo dio a Sakura, sonriendo.
-Espero que te guste. Es el último regalo que recibirás como soltera. –dijo riendo.
¡Cómo habían cambiado! ¡Si hace apenas unos años eran dos niñas de 10, 12 años que luchaban con los inmensos problemas de matemáticas!
Sakura Kinomoto
Desanudé el moño con cuidado, no quería dañar nada. Tomoyo tenía esa extraña habilidad de que hasta el más simple y minúsculo detalle, se convertía en un tesoro de museo cuando pasaba por sus manos.
Abrí la caja de lo que parecía ser un metal delgado con cuidado, dentro me encontré con unas zapatillas blancas con piedras bordadas, que se amarraban un poco más arriba del tobillo en un moño, para impedir que se cayeran.
Quise llorar, Tomoyo era una persona tan…
-¿Hiciste esto tu sola?
-Claro, ¿qué esperabas de una diseñadora de modas de renombre? ¡Si estudié en Paris, Sakura! ¡Esto es algo muy fácil de hacer!
Las tres nos echamos a reír.
Aunque a pesar de decir eso, sabía que Tomoyo había trabajado bastante en ellas, sus ojeras no eran muy notorias, pero estaban allí. Y además, por más buena diseñadora que fuera… diseñar, comprar tela y material, y coser un vestido de novia tan hermoso como el que me había hecho, y además hacerme unas zapatillas tan bonitas en tan solo 6 meses…. Bueno, no sé mucho de esas cosas pero, yo no me lo imaginaba como un trabajo fácil.
Si embargo, con solo su presencia allí, me sentía mucho más tranquila.
-Gracias. –dije apenada, poniéndome de pie sin soltar las zapatillas para darle un abrazo. –Te quiero.
-Yo también te quiero. –dijo acariciándome el pelo. –Vas a ver que todo esta bien. Syaoran te ama desde que éramos niños, ¿no crees que esta sea una forma de recompensarle? –me dijo bromeando. Yo me reí. –No te preocupes tanto, te verás hermosa, y no te pasará nada malo.
Sonreí. Vi a Kaho salir de la habitación, tratando de no interrumpirnos. Me despedí de ella con una mano e invité a Tomoyo a sentarse.
Ambas nos sentamos en la cama, yo seguía mirando mis zapatillas.
-¿Sabes? Siempre pensé que tú te casarías antes que yo. –dije, por fin. Ella me volteó a ver.
-¿Por qué? Si yo siempre supe que serías tu primero. –dijo sonriendo como siempre lo hacía.
Me encogí de hombros.
-No sé, eras madura, bonita y tenías muchos pretendientes. Además que sabías como tratar a todo el mundo y eras muy amable. Suponía que eras tan linda persona, que igualmente conocerías a un príncipe azul y te casarías a una edad muy joven, como pasa en los cuentos de hadas. –me reí. Que tonto sonaba todo eso ahora.
Ella solo sonrió, y negó con la cabeza.
-No, te equivocas Sakura. La que en realidad tiene esas cualidades, eres tú. –me tomó de las manos. –En realidad me alegro de haberte recuperado.
Empecé a ver borroso por las lágrimas que se había acumulado en mis ojos. Parpadeé para tratar de disimularlas.
-Perdón, todo fue mi culpa. De no haber sido por mí hubieras sido igual de buenas amigas y tú nunca… –me disculpé. –No sé que me pasó, en serio. –dije abrazándola.
-Yo si sé. -me acarició las manos con el fin de tranquilizarme. -Estabas presionada, eran demasiadas reglas y demasiadas tradiciones. Era obvio que reaccionaras así, no te culpes. Y deja de preocuparte por esas cosas. –dijo devolviéndome el abrazo, como siempre lo hacia cuando éramos niñas, de forma tranquila y tan suave y reconfortante que me recordaba el abrazo de una madre.
Sí, al final de todo, Tomoyo era eso. Una amiga, una hermana, una prima y una madre.
Pero había algo más de lo que debía de disculparme.
-Tomoyo… no te dije perdón solo por eso. –mi voz salió rara, debido a que traía la nariz algo congestionada, pero eso ni eso la hizo perder la cara seria de confusión que tenía. Así era cuando Tomoyo no entendía algo y no le cuadraba nada por más que lo pensaba. –Quiero disculparme también porque sé que tu… sé que tu… por… Syaoran… pues….
Ella rio.
-No digas nada de eso. –dijo quitándole importancia con las manos. –Soy muy feliz con Eriol ahora, y cuando me casé y te vea en mi habitación un día antes de mi boda, no quiero estar recordando este momento.
Exhalé un suspiró de alivio.
-Bien, entonces olvida lo que dije.
-Por supuesto. –dijo sonriendo. –Ahora, en serio te tienes que dormir, o mañana no amanecerás. O más bien hoy. –dijo mirando la hora con el ceño fruncido.
Me obligó a recostarme, y me hundió bajó las cobijas.
No pasaron ni dos segundos antes de que me dejase caer en brazos de Morfeo.
Lo último que escuché fue un "Buenas noches" de Tomoyo, seguido del sonido de la puerta cerrándose.
Eriol Hiraguizawa
Me encontraba mirando a mi mejor amigo con los brazos cruzados, Syaoran, dando vueltas de un extremo a otro de la habitación, mientras se intentaba acomodar la corbata, lo cual me pareció algo bastante gracioso.
-¿Te ayudó? –le pregunté burlón. El me regresó una sonrisa sarcástica y dejó de caminar.
-No estarías tan divertido si tú estuvieras en mi lugar.
Yo me encogí de hombros.
-No entiendo qué te tiene así de nervioso. No es como si Sakura te fuera a plantar, o como si algún monstruo se fuera a aparecer.
El se mordió el labio inferior, sin poder reprimirse. Me acerqué a darle unas palmaditas en el hombro.
-En serio, yo tampoco lo sé. Solo estoy nervioso. Es decir, apenas y tengo 21 años, ¿está bien casarse a esta edad? ¿No es muy rápido? En realidad a mi no me lo parece. –frunció el ceño. –Pero no sé Sakura…. Tu sabes, las mujeres siempre tienen esos complicados planes de vida en su cabeza que dicen a qué edad quieren casarse, cuántos y a qué edad quieren tener hijos, qué van a hacer de aquí a diez años… y… y…
Alcé las cejas.
-Creo que estás exagerando. Si Sakura aceptó es porque acepta todo esto.
Me miró algo feo.
-No me tranquilizas. –exhalé un suspiro. –Más bien, ¡no lo entiendes Eriol! ¡Mira! Cuando éramos niños y Meilling estaba obsesionada con eso de casarnos, escribió 20 hojas completas sobre lo que quería que fuese nuestro futuro de allí a…
-Escucha, solo tienes que calmarte, en unos 10 minutos saldrás al salón, y no puedes mostrarte así de nervioso. –le interrumpí. -Además, no es como si fueras católico y tengas que pasar por un altar en el que te podrías tropezar y hacer el ridículo frente a millones de personas… -sonrió nervioso, imaginándose la escena. –Es solo una firma. Como cuando firmas en los contratos de negocios.
El suspiró, tratando de calmarse.
-Sí, tienes razón. –dijo anudándose bien la corbata por fin. –No tengo porque estar nervioso cuando estoy seguro de que esta es la decisión correcta.
Le sonreí y salí de la habitación, para regresar a la fiesta, no sin antes despedirme y desearle suerte con unas palmaditas al hombro.
Tomoyo Daidouji
-¿Nakuru, te pasa algo? –pregunté algo preocupada, pues la había esta cabizbaja estrujándose las manos todo el día, muy lejos de la Nakuru que conocía normalmente.
Ella me miró angustiada. Tenía unas ojeras que ni el maquillaje había podido ocultar. Inmediatamente supe que algo definitivamente no andaba bien; mi primera reacción fue abrazarla.
-¿Qué pasó? –pregunté.
-Es que… yo… le dije cosas horribles… y… entonces de pronto desapareció y… y… -empezó a llorar lágrimas sin sollozar. Yo solo le acaricié el pelo con cuidado de no arruinarle su peinado o tirarle las orquídeas de éste. Traté de apartarnos a una esquina más alejada, afortunadamente, la música estaba lo bastante alta para camuflajearnos. Saqué un pañuelo y se lo di, ella se limpió las lágrimas en silencio.
-¿Hablas de Kaname? –le pregunté con cuidado. Ella asintió, las lágrimas volvieron a salir. Yo me apresuré a darle palmaditas en la espalda y conseguirle una copa de agua de una mesa cercana. Ella tomó el agua cuidadosamente, tratando de no atragantarse por el nudo en su garganta.
-E-Es que no… no regresó y… no… quiero… no puede ser que…
-Vamos, no digas eso. –dije frunciendo el ceño. –Kaname es mi hermano, sé que te ama. No te haría algo como eso.
-Es que en verdad le dije cosas horribles… y ¿si cree que ya no le amo y por eso me deja? ¡No, no Tomoyo! ¡No quiero pensar en vivir una eternidad sin él! –dijo negando frenéticamente con la cabeza y limpiándose las lágrimas rápidamente.
-No creo que piense eso. Kaname es un vanidoso. –le dije sonriendo. –No te angusties, él sabe que tú no le dirías nada cruel si no fuese cierto. Además, no pudo ser tan malo.
-Le dije que era un inmaduro. –me respondió silenciosamente. Yo casi me quise echar a reír.
-Pues ahí lo tienes. Kaname es suficientemente inmaduro como para desaparecer por unos días por un berrinche. No te preocupes, va a regresar. Te lo digo porque soy su hermana y sé que él es terriblemente infantil y caprichoso… pero sé que te ama, y tampoco puede estar sin ti.
-¿Tú crees?
-Por supuesto. Ahora, acompáñame al baño, pues se te ha corrido horriblemente el maquillaje y no quiero que salgas así en mis fotos.
Ella se echó a reír.
-Gracias.
Reí también.
-No, gracias a ti por amar tanto a mi hermano. –le dije mirándola con ternura. –No sabes cuanto te lo agradezco.
Ella parpadeó confundida.
-No tienes por qué. –murmuró después de un rato a mitad del camino, mientras la jalaba del brazo. No voltee a verla, pero sonreí.
Nakuru era en verdad, todo lo que Kaname necesitaba para ser feliz. Era una chica alegre, lista, enamoradiza y fiel. Ambos eran bastante parecidos, ambos se preocupaban por esas minúsculas idioteces que a medio mundo les valía poco y creaban un drama por una cosa tan pequeña. Pero así eran felices….
Eran felices, por fin.
Es decir, después de todo lo que mi hermano había sufrido, eran felices por fin…
Apreté la mano de Nakuru con más fuerza y traté de suprimir mi felicidad tratando de caminar más despacio para no tropezarnos con nuestros kimonos.
Meilling Kinomoto
Ausentemente asentí con la cabeza a lo que sea que mi tía Ieran me estaba diciendo; en realidad, no tenía cabeza para nada más que mi más reciente descubrimiento. Aplaudí en mi mismo estado de zombie sin siquiera pensar en felicitar a mi primo.
Me había pasado toda la noche llorando y tenía los ojos más que cansados, por lo que difícilmente podía centrarme en algo.
-Meilling, ¿te pasa algo?
Yo volví a asentir con la cabeza, sin realmente haber escuchado, con los ojos fijos en la pareja de recién casados, Sakura y Syaoran Li. ¿Tanto drama había hecho esos dos por una firma de tres segundos? ¡Por favor!
Miré a todo el mundo pasando felicitar a los novios y a los periodistas tomarles fotos… ¿por qué el día de mi boda no había tenido todos estos lujos?
Ah… claro, porque al casarme renuncié a mi apellido Li.
Una sonrisa amarga se volvió a posar en mis labios.
-¡Meilling! –alzó la voz mi tía pegándome ligeramente con su abanico en mi hombro. Yo me mordí la parte interna del labio para evitar hacer un escándalo, Dios, había olvidado cómo dolían esos golpes.
-Disculpe, no la escuché. ¿Podría repetirlo una vez más?
Ella suspiró. Yo traté de sonreírle.
-Te he estado hablando por un largo rato y no he visto ni rastro de tu atención, Meilling.
Bajé la cabeza, sin saber exactamente qué decir.
-¿Qué es lo que te pasa? –preguntó preocupada, poniendo su mano en donde me había dado el golpe, tratando de disminuir el dolor.
-Estaba pensando en todo lo que hubiera tenido si me hubiera casado con un hombre como Syaoran. –murmuré sinceramente. Ella me miró extrañada.
-¿Estás teniendo problemas acaso con…?
Yo asentí con la cabeza para volver a sonreír amargamente.
-Ya decía yo que era raro no verlo a tú lado como siempre.
Ella señaló con su abanico la silla para indicar que ya era hora de volvernos a sentar.
-¿No va a felicitar a….?
-Fui a felicitarlos hace un rato, mientras tú seguías en tu estupor. –me reprochó. –Cuando me termines de contar lo que tanto te está molestando, podrás ir tú.
Yo volví a bajar la cabeza arrepentida.
Mi tía Ieran había sido como una madre para mí, puesto que mis verdaderos padres habían centrado todo su atención y amor en mi hermana pequeña, después de descubrir que ella sí tenía magia, por lo que me resultaba bastante vergonzoso que yo le respondiera de esta forma a sus atenciones y cuidados.
-Creo… creo que me está engañando. –le dije despacio, como tratando de que se escuchara lo menos posible. Ella abrió y entre cerró los labios perpleja mirándome con los ojos abiertos. Abrió su abanico y lo volvió a cerrar.
-¿Qué dices?
Me aclaré la garganta, nerviosa. Ieran Li tenía esa extraña habilidad de hacer que todo lo que dijeras sonara estúpido.
-Creo que mi esposo me está engañando. –le aclaré mirándola fijamente, sin una pizca de lágrimas en mis ojos o garganta. Y es que, después de llorar una noche, era ilógico que siguiera teniendo lágrimas.
-¿Por qué piensas eso? –dijo frunciendo el ceño como pocas veces hacía. Tragué fuerte, tratando de encontrar las palabras que me hicieran lucir menos tonta.
-Lleva años llegando tarde… y regresa con un perfume impregnado en sus ropas y además… además… nunca… nunca he escuchado una sola palabra cariñosa de sus labios…. No… ¿no es lógico pensar que….?
Ella puso una mano en mi hombro, la deslizó a mi cuello y la puso finalmente en mi barbilla, alzando mi cabeza, forzándome a mirarla.
-Creo que lo estás pensando demasiado. Es médico, es bastante lógico que llegue tarde y que el perfume de sus pacientes se impregne a sus ropas. Y si no deja salir palabras amables es porque simplemente así no es su personalidad. Creí que lo sabías cuando te casaste con él… muchas personas te lo advirtieron… y muchas otras te aconsejaron que lo pensaras dos veces porque sabían que tu no eras el tipo de persona que gustara de trabajos domésticos…. –dijo mirando mis manos.
En serio era estúpido que tuviera más lágrimas, pero de pronto, tuve unas enormes ganas de llorar.
-¿Cree que es demasiado infantil pensar de esta manera?
-Creo que es demasiado precipitado. –corrigió. –Eres aún muy joven Meilling. Y también demasiado inexperta para estos temas. Y es obvio, puesto que siempre te hemos cuidado como si fueras mi propia hija… siempre te hemos cuidado de modo que pensaras que el hombre con el que te casaras te tendría que mirar solo a ti. Pero nunca pensamos que te casarías con este tipo de hombre, que además de pensar y mirarte solo a ti, también mira por tu futuro y por el suyo. Por tu felicidad.
-No entiendo. –murmuré casi al borde del llanto. ¿Por qué ahora parecía que yo era la culpable de todo esto?
-Meilling, creo que esto es algo que tienes que vivirlo. No servirá de nada que yo lo diga, porque no lo entenderás. Tienes que vivirlo… junto con tu esposo.
-Pero…
-Solo puedo decirte. –dijo lentamente sonriendo. –Que estoy segura que tu esposo te ama y jamás te engañaría. –murmuró limpiándome las lágrimas con una servilleta.
Toya Kinomoto
-Amigo, en verdad creo que deberías de hablar con ella en vez de mirarla desde aquí como estúpido.
Fruncí el ceño.
-No, es que no entiendes Yuki. Meilling es… es capaz de hacer un escándalo horrible y después…. –suspiré frustrado.
-Y por eso mismo tienes que solucionar las cosas cuánto antes. Después empezará a imaginarse otras cosas peores y entonces ya nada podrá ayudarte. –dijo levantándose y dándome unas palmaditas en el hombro. –Voy a buscar a Kaho.
No le respondí.
Ausentemente le miré invitar a su esposa a bailar.
Alcé las cejas. Vaya pareja que hacían esos dos.
Volví a centrar mi vista en Meilling, sentada mucho más derecha de como se sentaba normalmente, moviendo los labios ligeramente al hablar con el empresario chino que tenía a lado. Parecía aburrida… pero de pronto me di cuenta de lo mucho que encajaba en medio de esa gente.
Y es que, aunque no lo quisiera admitir, yo le había quitado bastante de las cosas a las que Meilling estaba acostumbrada y sabía que adoraba.
¿Qué si sentía remordimiento? Sí, bastante. Pero se suponía que con "amor" todo se podría solucionar y ella tenía que estar contenta… pero al parecer no.
Apreté los puños al ver como el tipo se le acercaba más de lo que YO permitía. Ella retrocedió y murmuró algo que desde donde estaba, no alcancé a escuchar, pero no parecía muy feliz. Frunció el ceño y se acomodó la abertura de su qibao dorado antes de levantarse y voltearse disgustada. El hombre le agarró de la muñeca impidiéndole avanzar….
Oh no, ¿quién se creía? Aquí el único que tenía derecho de tocarla era yo, ¿qué le pasaba a ese hombre?
Meilling Kinomoto
Después de hablar con mi tía y felicitar a los novios, me había resignado a tener que sentarme en la mesa junto con ese montón de hijos de empresarios aburridos puesto que mi tía se había ido a saludar a conocidos y familiares.
La gente había empezado a bailar, y sabía que Toya había llegado hace mucho también, pero no encontraba el valor de levantarme para pedirle disculpas. Ni siquiera le podía mirar a la cara.
Le miraba de reojo de vez en cuando, mientras el tipo de a un lado me hablaba de lo mucho que su familia tenía; pretendía ignorarlo, hasta que le escuché decir:
-Y escuché que se casó con el hermano de la novia. –voltee a mirarlo algo extrañada por esa mención. Todo el mundo lo sabía, ¿tan pocos temas de conversación tenía para tener que mencionar esto?
-No ha escuchado mal. –le respondí.
-Si no he escuchado mal entonces las cosas no parecen ir muy bien, dado a que su esposo no se ve por aquí… junto a usted…. Y ciertamente, me parece un desperdicio dejar a una mujer tan bonita… sola, en medio de un montón de hombres que fácilmente podrían engañarla y… -él se acercó hasta que su aliento tocó mis labios, sentí una mano tocar mi mejilla y otra rozar mi rodilla. Retrocedí asqueada y murmuré un "Por favor aléjese" tratando de no hacer escándalo.
Después de todo, era prima del novio, no se vería muy bien que gritara y le arruinara su boda.
Con un golpe discreto aleje su mano de mi rodilla y me levanté disgustada, solo para sentir su mano agarrar mi mejilla fuertemente. Me voltee dispuesta a darle un manotazo pero antes de hacerlo, alguien lo hizo por mí.
-Agradecería que le quitara las manos de encima a mi esposa, señor.
Toya. Era Toya.
Alcé la vista pestañeando varias veces tratando de convencerme de que esto era real.
Sentí su mano agarrar la mía, sacándome de allí y guiándome hasta los jardines… ya afuera, antes de sentir el aire frío, la luna en lo alto o cualquier otra cosa, sentí sus brazos rodearme fuertemente.
Inmediatamente le respondí.
-Perdón. –susurré. –Sabes que soy una tonta y saco conclusiones sin pensar… -apreté la tela de su saco fuertemente y, como esperaba, mis lágrimas empezaron a salir.
-Ya lo sé, no te preocupes. Estoy acostumbrado… y así te amo. –dijo rozando mis labios. Abrí los ojos, Toya, ¡el orgulloso y gruñón de Toya me estaba diciendo que me amaba!
No pude pensar en nada más, porque empezó a besarme….
Y los labios de Toya, ciertamente, me demostraban más amor que las palabras.
Nakuru Akizuki
Caminé hasta el balcón, cerrando las puertas silenciosamente tratando de no molestar.
Después de hablar con Tomoyo, me había tranquilizado un poco, pero aún me sentía ansiosa.
Me recargué en el balcón y me aclaré la garganta para empezar a tararear una canción, pensaba que si me alejaba un poco de toda esa gente, le daría más oportunidades de que se me apareciera Kaname.
Sonaba tonto, pero es que en realidad no sabía qué más hacer, ¡en realidad estaba desesperada!
Corté una rosa que adornaba la pequeña fuente que estaba encima del balcón y empecé a jugar con ella.
Pasé alrededor de media hora allí, y, de repente, por el frío que tenía en las manos y mis dedos congelados, la rosa se me resbaló. Me incliné para verla caer, por reflejo más que por otra cosa… pero no cayó.
En lugar de eso, la vi sostenerse en el aire y luego flotar hasta donde estaba. La figura de Kaname se empezó a dibujar y yo no pude reprimir las lágrimas o la sonrisa.
-Perdón. –murmuró.
Yo negué repetidas veces con la cabeza.
-No, soy yo quien tiene que disculparse. Tú no hiciste nada malo. –dije tomando la rosa. El se sentó en el balcón y me acarició el pelo. Yo abrí los ojos sorprendida y alcé el brazo para intentar tocarlo.
-Puedo tocarte. –murmuré.
-Sí… hoy… hoy hay luna llena y… tu "primo" me prestó algo de magia –me dijo al tiempo que desaparecía y luego aparecía detrás de mí. Sentí sus brazos rodearme. –Solo por hoy, puedo darte calor y puedo sentirte realmente. Aunque siento mucho que solo tú me puedas ver.
Yo volví a negar con la cabeza.
-Así es mejor. –le dije, al tiempo que empezaba a moverme ligeramente con la música. Me volteé para mirarlo. –Porque de esta forma nadie jamás se podrá enamorar de ti, más que yo.
Kaname se acercó hasta que nuestras narices se juntaron y me murmuró al oído:
-Entonces tendrás que recompensarlo… amándome mucho, mucho, mucho…. Tanto como me amarían todas esas chicas que no me pueden ver….
Yo me reí.
-Eres un vanidoso. –dije pasándole los brazos por el cuello. Sentí sus manos en mi cintura y empezamos a bailar.
-Lo soy. Pero te amo más que a mí mismo.
Yo volví a sonreír.
-¿Bésame?
-Todas las veces que quieras. –dijo cerrando los ojos al mismo tiempo que yo.
Tomoyo Daidouji
-¿Seguro que está bien que le hayas prestado tanta magia a Kaname? –le pregunté a Eriol algo preocupada pues había estado sudando bastante y además se estaba viendo algo pálido.
-Por supuesto. –dijo seguro de sí. Fruncí el ceño. El sonrió. –No te preocupes, tenía que hacer algo. Después de todo, Nakuru de verdad se veía mal… y ver a Kaname aparecerse y desaparecerse solo para intentar que las personas le vieran para hacer feliz a Nakuru fue algo conmovedor.
-¿Y tú como sabías que era para hacer feliz a Nakuru?
-Lo vi en un sueño.
Yo lo miré fijamente. Ese era uno de esos momentos incómodos en los que las personas con magia se comprendían… y yo quedaba al margen.
Eriol pareció darse cuenta por lo que se aclaró la garganta fuertemente, mirándome de reojo, tratando de romper ese silencio tan incómodo que se había formado.
-Pero dejemos de hablar de ellos, estoy seguro que en este momento ya se habrán reconciliado. Vamos a bailar.
Yo le sonreí.
-No trates de distraerme, te ves muy cansado para pensar en bailar, ¿sabes?
-Estaré bien. –dijo encogiéndose de hombros. Yo me puse de pie, al igual que él había hecho unos minutos antes, y saqué un pañuelo para limpiarle las gotas de sudor que resbalaban por su frente. –Tomoyo… -dijo tomándome la muñeca ligeramente. Yo abrí los ojos grandes en forma de reproche.
El me miró tranquilamente al mismo tiempo en que yo le miraba.
-Estás demasiado pálido. –le dije por fin. Suspiré.
Eriol me tomó de la cintura y se guardó mi pañuelo en su bolsillo.
-No. –me murmuró al oído. –Te. –dijo empezándose a mover. –Preocupes.
Me agarró de la mano fuertemente y empezamos a bailar.
Yo volví a suspirar, Eriol no tenía remedio.
-¿Sabes lo difícil que es bailar con un kimono?
Él simplemente se rió.
-No debe ser tan difícil. –murmuró como respuesta.
Pasaron unos dos minutos en los cuales Eriol no despegó sus ojos azules de mí, lo cual me hizo sentir feliz e incómoda al mismo tiempo.
Me dio una vuelta.
-¿Por qué me miras tanto? –dije sin voltearlo a ver, sonrojada.
-He estado pensando en cómo debo decirte algo.
-¿Desde cuándo tienes que hacer eso? Solo dilo. ¿No estarás volviéndote como Syaoran cuando le quiso proponer ma-
Dejé de hablar. Alcé la vista.
Eriol simplemente se rió y me abrazó.
-¿Por qué tienes que ser tan inteligente? Arruinaste mi perfecta propuesta matrimonial. –me reprochó divertido. Yo no encontré palabras. Sentí sus labios darme un beso en la mejilla y luego se separó para besarme las dos manos al mismo tiempo.
-Eriol….
Me miró largamente para después arrodillarse lentamente, sin soltarme las manos.
-Tomoyo… -murmuró, su voz se escuchó más fuerte que nunca en mis oídos.
Las parejas que estaban bailando de repente dejaron de hacerlo y, de pronto, sin siquiera ser consiente yo de ello, todos en la estancia, la familia Li, Nakuru, Sakura y Syaoran, Yukito y Kaho, Toya y Meilling y mis padres incluidos, nos miraban.
Sentí ganas de llorar de felicidad.
Un remolino de recuerdos me asaltó, desde la primera vez que toqué unas zapatillas de ballet, hasta el momento en que creí perder a mi hermano y finalizando con mi maravillosa historia de amor con Eriol.
Me sentí llena de dicha y felicidad, de esperanza y alegría y más que todo, de amor hacia la persona que ahora se encontraba arrodillado en frente de mí, con una cajita de terciopelo negro, abierta, con un anillo de diamantes, amatistas y zafiros dentro de ésta.
-¿Quieres casarte conmigo?
No dudé ni un segundo, ni me paré de la impresión como en las películas.
Asentí, dije sí con los labios y con la voz alzándose de alegría y lo abracé fuertemente después de que me hubo puesto el anillo.
Sentí sus labios en mi mejilla y en los labios y yo le respondí cada uno de sus besos, sin poder dejar de llorar de alegría.
¡Era tan feliz!
-Te amo. –me susurró.
Yo le respondí con un beso.
Fin
