¡A nuestro modo!
Disclaimer: Ya saben, sin ánimo de lucro, sin derechos de autor y eso. Naruto no me pertenece. Ya.
¡Esta historia sigue viva, che!
En una aldea tan pequeña como la suya, donde cada año nacían y morían alrededor de cuarenta personas sin contar inconvenientes, era básicamente imposible no conocerse entre todos. Es decir, nadie podía afirmar con exactitud cuando había conocido oficialmente a alguien. Dicha persona estaba allí al mismo tiempo que ella, y se conocían desde el jardín de infantes, si no era antes, y a esa edad son pocos los recuerdos que trascienden.
Otras condiciones dentro de una aldea pequeña, casi del todo rural, era que todo noticia buena o mala corría a gran velocidad. De ese modo una mirada, un gesto, una sonrisa, era conocida por todos en menos de una hora. Eso tenía sus pros y sus contras.
Por otro lado, los extranjeros eran pocos, apenas unos cuantos comerciantes que rara vez se quedaban en la pequeña aldea más de unos pocos años. En el caso de los Uzumaki, que comercializaban medicinas, habían pensado muy seriamente quedarse hasta que sus hijos crecieran. Viajar tanto nunca era bueno, y deseaban que sus hijos tuviesen un lugar al cual volver, al cual arraigarse. Un lugar al cual llamar raíz.
Ese era el motivo por el cual Taichi había crecido estático, o al así, en aquella aldea. El joven simple y llanamente amaba ese lugar. Cuando sus padres habían decidido quedarse, el tenía apenas siete años, pero le disgustaba no poder conservar sus amigos, mas viajar era para él toda una aventura. Taichi fue el juguete nuevo de la aldea hasta los nueve, más o menos, cuando otros extranjeros se asentaron.
Con su cabello rojo, sus ojos de un azul ardiente, y una sonrisa aguerrida, sin importar el pasar del tiempo, él siempre supo hacerse un lugar. La escuela para él fue pan comido. Había viajado casi toda su vida, muy cierto, pero su madre nunca había descuidado ni un momento su educación.
Momoka era, por otro lado, una vaga sin remedio. No le gustaba estudiar, pensaba en otras formas de obtener conocimientos; explorar. A diferencia del joven ella no veía en los libros ningún interés; prefería mirar por la ventana y preguntarse por el mundo exterior. Al principio ella se prendió de él, al igual que de un juguete recién abierto, pero terminó por aburrirse ¿Por qué no se había opuesto a que sus padres dejaran de viajar? ¡Él había tenido la oportunidad de recorrer el mundo y la había dejado por un pueblo perdido en medio de la nada!
La muchacha lo miraba con odio, como si la oportunidad pudiera haber sido suya, hasta que lo olvido y lo dejo pasar. Al final, poco le duraba el enojo. Perdida en el medio de los sueños, no era rara la vez en que sus ojos rubíes se perdían más allá del horizonte.
Si bien Momoka no mostró durante su infancia un interés profundo hacía el extranjero, esté si lo hizo en ella. La chica era ruda, más de lo normal, por lo que sus compañeras solían apartarse de ella, y solo un puñado de sus compañeros jugaban con la niña. Taichi reparó sinceramente en ella mientras jugaban fútbol. Mientras las otras niñas miraban, ella se tiraba al suelo, pateaba, corría, empujaba y fue el único momento en que recordó, sus ojos brillaban como dos gemas preciosas.
Era una chica genial, pensó.
Desde el otro lado de la historia, Momoka no lo miró demasiado hasta que él le ayudo en un examen. Hubiera reprobado de no haber sido porque Taichi había elegido sentarse a su lado ese día y ayudarla. La jovencita de cabello negro y ojos rojizos asintió, luego de un rato de negarse por orgullo. El chico era insistente y ella, bueno, no había estudiado nada.
En un pueblo pequeño la privacidad era casi nula, por lo que Taichi, a sus trece años, tuvo que esperar a que todos salieran del curso para poder llamarla un segundo luego de que acabaran las clases.
Con las mejillas arrebolada, una postura desinteresada, y mirando hacia otro sitio, el joven se presento ante ella.
— ¿Quieres acompañarme a llevar algo a la ciudad esta tarde con mi padre? Puedes decir que no, estará bien.
Momoka levanto una ceja al principio de la proposición, lista para lanzar un "no" certero. Pero, un segundo luego, al escuchar lo mencionado a salir de la aldea donde sus padres básicamente la recluían, sonrió.
— ¿Y por qué tendría yo que ir contigo?
— Porque te estoy invitando.
— ¿Y quien te crees que eres?
— Un chico guapo. —Contesto, orgulloso.
— ¿En donde? Tu cabeza no cuenta, cerecita.
Oh, oh…
— ¿Cerecita? ¡Tu eres la que tiene los ojos que espantan!
—¡Imbécil!
—¡Marimacha!
— ¡Estúpido!
—¿Vas o no, enana escandalosa, a ir?
— ¡Claro que voy, cabeza de tomate, y no soy enana, gigantón!
Fue, en realidad una primera cita inusual. Cuando Taichi le dijo a su padre que llevarían a una chica, el hombre se rió a carcajadas y le palmeo la espalda. Taichi contuvo las ganas de vomitar que le daban siempre que lo trataban como a un niño. La verdad, Momoka fue tímida hasta el momento en que salieron del pueblo. El padre del chico les dio las riendas y se invento una excusa "Tengo que ir a otro sitio, será más rápido si vamos por separado, hijo".
Taichi se sabía el camino de memoría, había ido infinitas veces, pero siempre volviendo antes del anochecer a su casa.
Momoka pasó todo el viaje mirando hacia todos lados, sonriente y feliz. Entregaron los pedidos con rapidez y miraron el cielo: tenían mucho tiempo extra.
Taichi le tomo la muñeca y la guió por toda la ciudad, a modo de guía. Riendo, entraron al mercado, compraron mientras bromeaban y se dedicaban a pasar un buen momento. De camino de regreso, mientras Taichi conducía por los caminos, ella se sentó a su lado y por primera vez en todo el tiempo que llevaban conociéndose conversaron solo ellos dos.
— Tienes la nariz parada. — Dijo Momoka — Como una chica ¿No eres una chica, no?
—Soy un chico, pero tu pareces un chico ¿Eres chica, no?
Ella lo golpeo con su bolso.
—Ya, somos chicas.
— ¡Que soy un chico!
—Si… claro. Lo que digas —Desestimo, girando los ojos, e iniciando otra pelea.
Momoka descubrió que sin la presión de tener que impresionar a otros, Taichi era en realidad un buen narrador de historias. Él descubrió en ella a la soñadora de ojos brillantes, que ansiaba conocimiento y cuya curiosidad era infinita, con un humor reluciente y mordaz. Una lengua muy afilada para ser solo una chica.
Su primera cita fue en una carreta, con un viaje de dos horas en medio del calor, en una ajetreada ciudad donde pasaban por encima a cualquiera. Pero si le preguntaban a cualquiera de ellos, sonreirían como quien se guarda un secreto dulce y contestarían "un buen día" pensando que, en verdad, había sido genial.
Para cuando el pueblo supo que ellos ya no eran solo "amigos y compañeros de clases", cuando rondaban los catorce, todos los miraron confusos. Simplemente, Momoka con el pasar de los años había desarrollado un carácter poco amigable para con otros. Claro, la gente del pueblo desconocía como la ruda mirada carmesí se ablandaba, cual mantequilla al sol, cuando el Uzumaki y ella quedaban a solas. O, por supuesto, las palabras de aliento que le daba por los problemas que últimamente tenía su familia.
De la misma forma, a ojos ajenos no encajaban el escandaloso y siempre feliz Uzumaki, con la ruda, temperamental y usualmente retraída Momoka. Pero ellos funcionaban.
Para los quince, sin poder esperar demasiado ya, y bajo las insistencia de los padres de la chica, quienes no dejaban de preguntarle, formalizaron algo bastante raro, a sus ojos. Salían, sí, pero sus muestras de cariño no eran vistas por nadie. Salvo por una niñita de tres años que los pillo en plena caricia.
Pero no todo podía ser tan sencillo, claro que no, sus distintas personalidades chocaban con frecuencia. Él, todo optimismo y totalmente desinteresado de lo suyo, ella más ambiciosa y protectora de sus propiedades. Además, pensaban muy distinto. Él quería quedarse, ella irse. Él quería seguir con el negocio familiar y ella independizarse.
A pesar de todo, e incluso peleando por la comida, los colores, los gustos, las opiniones, consiguieron funcionar. No saltaban quienes se reían nerviosamente cuando peleaban en la calle, cosa que hacían abiertamente, o cuando se miraban con odio. Después de todo, él odiaba de ella el hecho de que no le prestara atención cuando hablaba, o cuando le gustaría recibirla, queriendo siempre ser el centro de atención. Y a ella le molestaba que no la dejara soñar en paz, y que le insinuara o quisiera demostrar constantemente cuan genial era. Ella ya sabía que él era genial, no necesitaba decirlo.
Pero de una u otra forma, luego de pelear meses, separarse, volver, quererse, odiarse, reconciliarse y finalmente, unirse en matrimonio, llegaron a un acuerdo. Cuando naciera su hija, que veía en camino, y cumpliese los doce, se mudarían a la ciudad y regresarían de vacaciones todos los años y cuando pudieran. Momoka podría irse del pueblo que la molesto tanto en su infancia por ser distinta, y él siempre podría regresar a sus raíces.
Por supuesto, pensaban mientras miraban a su hija quien recientemente había comenzado a caminar, faltaba mucho para eso.
Tenían toda una vida por delante y, mientras tanto, seguirían viajando un par de días a las ciudades por pedidos o entregas.
Después de todo, ellos no se entendía, no congeniaban completamente, pero, carajo, se querían. Punto.
Como supongo muchos saben, el final de esta historia no es lindo y como ya es conocido, no creía necesario escribirlo y que fuera redundante.
Por si alguien no lo sabe, la aldea donde Karin vivía cuando era niña fue quemada y la única sobreviviente fue ella… ¿Dudas?
Bien, ya me olvide de que pareja sigue, tendré que chequearlo.
Bueno, besos y gracias por esperar. Sinceramente, no tenía ideas para escribir sobre esto hasta ahora. Leontinees, gracias por tomarte el tiempo de mandarme un mp, claro que voy a continuarla :D
