Se tomó su tiempo, pero al final está aquí. Les dejo el capítulo un de esta historia, agradeciendo de antemano su atención, veamos hasta donde nos lleva este relato. Por cierto, al final del capítulo habrá una pequeña nota aclaratoria sobre uno de los personajes, me parece importante que estén enterados.
Sin más, los dejo con el capítulo y espero comentarios.
Capítulo 1.
Aún con algo de ansiedad levanté las maletas y la bolsa para palos de golf del mecanismo que entregaba el equipaje en el aeropuerto. No es porque dudara de la capacidad de Nagato para mantener las espadas ocultas de la vista de las personas o los dispositivos de seguridad, es sólo que soy algo nervioso. La detective cargó únicamente con su bolso de mano y Ryoko con una pequeña back pack, mientras que yo, como buen burro de carga, llevaba un menaje que se me antojó mi propio equivalente en peso y volumen.
En el pabellón de llegadas internacionales había muchas personas esperando el vuelo en el que llegamos, y por fortuna, quien nos mandó llamar ya estaba ahí, levantando un cartel que ponía "Detective Suzumiya" escrito en rotulador rojo.
A pesar de que estamos en una estación fría, el clima sigue siendo agradable por aquí, tanto que dado el esfuerzo de cargar las maletas hace que mi frente se humedezca rápidamente a causa del sudor. La Brigada SOS se plantó frente aquel hombre alto y moreno que ocultaba su cara detrás de unas gafas oscuras de gota grande que se quitó luego, mostrándonos unos profundos ojos verde oscuro. El sujeto estaría por arriba del metro con ochenta, quizás en la primera mitad de sus cincuentas, aunque mantenía la fortaleza y robustez propias de un boxeador veterano. Su rostro era de color oscuro y para describirlo con mayor precisión, diría que fue "moldeado a mazazos", tiene un mentón amplio, barbilla partida, una nariz prominente y pómulos pronunciados; su cabello, ondulado y a la altura del cuello llevaba manchones blancos en las patillas. Sonrió discretamente al vernos llegar, mostrándonos un par de dientes de oro.
—Capitán Robles—. Saludó Haruhi con solemnidad al plantarse frente a él.
—Detective Suzumiya—. Dijo aquél hombre con un tono igual de serio.
Al final, sin poder evitarlo, Haruhi dejó salir una enorme sonrisa y abrazó afectuosamente al tipo, que correspondió de inmediato.
—Ha pasado mucho tiempo, Gervasio.
—Y tú no has cambiado en absoluto.
Tendí mi mano al capitán, que había cambiado por completo su semblante y ahora parecía un niño que no puede dejar de sonreír. Tomó mi mano, pero en vez de estrecharla, tiró de mí hacia él y me abrazó como abraza un padre a un hijo que recién regresó de la guerra.
—Vaya, muchacho, necesitas comer más, no puedo creer que no hayas subido de peso sabiendo como cocina tu esposa.
—Tú no has vivido con ella, hace que gaste cada caloría…
—¡Aprendiste mi idioma!
—Tengo que admitir que el espaniol ha sido retador… en particular la enie.
—No puede ser…— Dijo sorprendido mientras tomaba a Ryoko en brazos. La pequeña se dejó hacer. —¿Ryoko…? ¡Estás enorme! ¡La última vez que te vi tendrías unos tres años…!
—Cuatro y medio—. Respondió ella.
—Qué buena memoria.
—No tienes idea…— Le dije para no entrar en detalles en ese momento.
—Tú debes ser Koizumi—. Lanzó al ésper saludándolo vigorosamente. —Esta jovencita debe ser Nagato, dijo mientras tomaba con fuerza su mano, a sabiendas de que no daría una respuesta. —Y…
El silencio cayó. Algo así como una nube irritantemente dulzona llenó el ambiente, la cursilería podía cortarse con un cuchillo…
—¿No es divina? ¡Te dije que Mikuru era toda una belleza!— Exclamó Haruhi, aunque sus comentarios chocaron contra unos oídos sordos.
—M-Mikuru Asahina…— Dijo en una especie de trance nuestra viajera del tiempo… eso es raro… Robles no es precisamente un tipo apuesto… carismático sin duda, mucho más que Koizumi, pero no apuesto.
Él no respondió de inmediato, en su lugar tomó con delicadeza la mano de Asahina y la besó con dulzura…
—A tus pies…
Luego de cerca de dos minutos de una atropellada presentación por parte de ambos, Haruhi fue quien terminó la escena.
—Supongo que no esperas que acampemos aquí en el aeropuerto, ¿Verdad?
—Eh… Claro que no…— Dijo él al fin, regresando de su nube.
—Es temprano—, agregué —tenemos buen tiempo para buscar un hotel y…
—¿Un hotel?— reviró él, escandalizado. —¡Ningún amigo mío se quedará en un hotel!
—¿Entonces qué sugieres?
—Se quedarán en mi casa, por supuesto, ¡Faltaba más!
Salvo por la bolsa con los palos de golf, tomó todo el equipaje de mi familia y con paso diligente nos llevó hasta el estacionamiento, donde una pick-up gris nos esperaba ya.
Debería hablar un poco más sobre este hombre que de buenas a primeras nos recibe como huéspedes de honor. Gervasio Robles nació en esta misma ciudad hace poco más de medio siglo, de padre español y madre indígena es todo un emblema del mestizaje. Se crió en las calles de los barrios más populosos y no en muy buenas compañías los primeros años de su vida, según nos contó, fue acusado injustamente de asesinar a su novia ni bien entrados sus veintes. Pasó algunos años en la emblemática prisión de Lecumberri, donde aprendió un par de trucos (entre ellos, algo de Wu-Shu de un maestro anónimo) y finalmente fue liberado y reclutado por cierto militar para una misión que, según él mismo nos cuenta, era secreta y salvó al país. Ganada la preciada libertad, decidió que lo suyo era la ley, así que no le costó enrolarse en las fuerzas policiacas y luego ser absorbido por Interpol Américas, le tomó un par de años llegar al rango de capitán y nos contaría que en muchas ocasiones se le había ofrecido ser coronel o incluso inspector, pero argumenta que no podría pasar mucho tiempo sin golpear algunos criminales. Haruhi y yo lo conocimos cuando ella fue aceptada en la corporación y enviada a Lyon para adiestramiento durante medio año (curiosamente fue aceptada casi de inmediato mi solicitud de intercambio a Francia para la maestría, así que pude acompañarla), él fue uno de tantos instructores que ella tuvo, y por algún motivo hicimos lazos muy fuertes con él… podríamos decir que "hicimos click". Es un policía ejemplar, diestro con las armas, pero quizás su mejor desempeño lo da en combates cuerpo a cuerpo, es la única persona que ha logrado derribar a Haruhi tres veces seguidas y sin dar un solo golpe, quizás de esos movimientos felinos viene el apelativo con el que los colegas y enemigos lo conocen: El Pantera.
—¿Por fin nos vas a decir de qué se trata todo este asunto de la pluma?— Preguntó Haruhi poco después mientras viajábamos por las poco transitadas calles de la ciudad.
—Sé que estás lista para trabajar, pero vas a tener que esperar a mañana, por eso insistí en que llegaran en domingo, para que descansaran un poco del viaje—. Dijo él, aplicando un poco de ese sentido común que tanta falta le hace a mi esposa, cosa que agradecí desde lo más profundo de mi alma. —Además, quisiera llevarlos a algunos lugares antes de comenzar a trabajar, porque créeme si te digo que no tendremos mucho tiempo después.
Para mi sorpresa, Haruhi aceptó de buena gana. Así, llegamos en poco menos de una hora a un barrio tranquilo, aunque no necesariamente lujoso al sur de la ciudad. La capital mexicana se antoja como un híbrido muy difícil de hallar en otros lugares, por un lado, las zonas céntricas pueden ser fácilmente confundidas con las de cualquier otra urbe de algún país desarrollado, sin embargo, a medida que uno se aleja del centro es revelada un aura muy campirana y rural, un más que evidente contraste entre la gran cantidad de árboles siempre verdes y asfalto caliente a la luz del sol y a diferencia de otros lugares donde he estado (incluyendo mi ciudad) el macizo de las construcciones es de concreto sólido.
La casa de Robles era una construcción grande, el interior era semejante a una suerte de rancho con un par de jardines amplios y la arquitectura se sentía algo fuera de contexto en relación al resto de la ciudad. Quizá sería por el trato que el anfitrión nos estaba dando, pero se sentía un ambiente de confort que te ponía de buen humor. Apenas pusimos un pie adentro, una jovencita que no superaría los veinte salió a recibirnos. Dicha persona, que cumplía el rol de ama de llaves, recibió algunas indicaciones del policía y desapareció de la casa segundos después con destino desconocido.
—Bienvenidos a mi humilde morada—. Dijo mientras nos guiaba por la estancia principal y hacia unas escaleras. —Arriba hay suficientes habitaciones para todos.
En un principio pensé que era la amistad previa con nosotros la que hacía a Robles tratarnos así, luego descubriría que ese era el tipo de trato de la mayoría de las personas de por aquí, cosa poco común… en Europa y los Estados Unidos e incluso en Japón, el trato es muy diferente.
—¿Qué opinas, Ryoko-Chin? ¿Te agrada el lugar?— Preguntó Haruhi al ver a nuestra pequeña correr, curiosear aquí y allá para quedarse finalmente prendada de la amplia ventana que daba a uno de los jardines.
—Es muy lindo, el Sr. Pantera es muy bueno, y quiero una habitación para mí sola.
—No seas abusiva—. Atajó su madre.
—En absoluto—. Intervino nuestro anfitrión. —No tengo problemas con eso, lo que sobra en esta casa son habitaciones y nadie con quien compartirlas. Así que será una para ustedes dos, una para Ryoko y otras tres, ¿no es así?
—Sólo dos más—. Dijo Nagato con monotonía, haciendo que Koizumi diera un respingo cuando se volvió a verlo. —Él y yo también compartiremos una.
Debo admitir que me provoca sentimientos encontrados escuchar a Nagato tener consideraciones con Koizumi. Desde que la conocí hace una década, es la primera vez que veo una intención más que legítima por tratar de emular nuestra forma de interacción, Koizumi debe sentirse muy afortunado por ello, y debe ser particularmente complicado para él tratar de corregirla o evitar que vaya demasiado rápido en algunas cuestiones… ignoro si han tenido cualquier tipo de intimidad desde que comenzaron a salir, y con honestidad, me da repelús pensar en ello… supongo que me enteraré en su momento.
Así, repartidas las habitaciones, pasamos un par de horas relajándonos (tiempo que Haruhi aprovechó para dormir) y poco antes de mediodía, el ama de llaves de Robles y Robles mismo se habían encargado de confeccionar varios platillos antes de llamarnos a un enorme comedor. Aún a pesar de que mi casa en Nishinomiya es de estilo occidental, debo decir que es minimalista comparada con esta… no en cuestión de servicios, sino de menaje general. Hay motivos de ornato y útiles por todos lados, macetones, percheros y toda suerte de muebles, y en más de un lugar de la espaciosa casa hay motivos religiosos varios.
Luego de la obligada ronda de preguntas de Haruhi acerca de los ingredientes y especias utilizadas para la comida (típica del país, de la cuál hablaré en su momento), Robles nos condujo nuevamente fuera de su casa para llevarnos a algún destino desconocido, no fue sino hasta que estábamos saliendo del límite norte de la ciudad que se nos informó que estábamos siendo conducidos hacia uno de los principales centros turísticos del país. "Sería un verdadero desperdicio que vinieran a México y no visitaran Teotihuacán" era el argumento de nuestro guía, pero para ser sincero, no me sentía de humor para estar bajo el sol en medio de aquella zona semidesértica.
He conocido a Haruhi y a Koizumi por más de diez años, y a Ryoko por más de siete, sé identificar cuando están sintiendo algo fuera de lo usual. Luego de dejar atrás la taquilla y entrar al sitio arqueológico, solté la mano de Ryoko mientras ella y su madre caminaban más de prisa y se metían a cuanta tienda y tenderete se encontraban. El comentario anterior viene a colación ya que mi hija parecía particularmente enérgica y Haruhi miraba a todos lados con un casi imperceptible matiz de cautela, al igual que Koizumi. Me acerqué a este último aprovechando que su inexpresiva novia miraba con atención un descuidado puesto de artesanías.
—¿Algo de lo que deba enterarme?
—¿Tú también puedes sentirlo?— Me pregunta mientras ve con calidez la espalda de Nagato.
—¿Te estás burlando de mí? por supuesto que no, no siento nada, pero veo que ustedes sí.
—No pasa nada malo en realidad… es el lugar… ¿recuerdas que hace muchos años me preguntabas acerca de las energías que estaban presentes en el salón del club en la preparatoria? Bueno, este es uno de esos lugares. Hay muchas energías encontradas por aquí, de todos tipos, y algunas muy antiguas… y si Suzumiya puede sentirlas, tanto Ryoko-chin como yo podemos hacerlo. Aunque te estaría dando un panorama muy pobre de la sensación que hemos estado experimentado: en realidad, aquí se concentran esas energías, pero están presentes en todo el territorio… desde algunas millas antes de llegar a tierra a través del océano.
—¿Y qué es lo que sienten?
—Hay muchas cosas… pero predomina cierta tristeza… y algo de ira.
Nagato se volvió a nosotros un instante, diciéndole sin palabras a Koizumi que quería continuar la marcha y él la siguió dejándome cortésmente. Yo, por ser el "normal", no cuento con esa percepción extrasensorial con la que el ésper, mi esposa y mi hija si están dotados, pero no es necesaria una vez que comienzas a entender a esta gente. Incluso el aparentemente erudito en historia del México antiguo Robles, que guía con entusiasmo a Asahina emite esa aura de la que Koizumi hablaba: hay algo así como un resentimiento ancestral de estas personas a un enemigo desconocido y olvidado a través de la historia, de deudas cobradas a destiempo y de la nostalgia que ello provoca.
—Tiene que ser una broma…— Dije con desgano cuando Ryoko se acercó a tomarme la mano y señalaba excitada la antiquísima construcción a poco más de un kilómetro de distancia a través de las ruinas.
—¡Rápido! ¡Quiero subir a esa pirámide!
—Esa, pequeña, es la Pirámide del Sol—. Explicó el capitán mientras me empujaba discretamente para que llevara a la niña. —Y este camino que atravesamos es la Calzada de los Muertos.
Sin poder evitarlo, seguí a la aparentemente inagotable niña entre las personas. Algunos minutos después, debo admitir, estaba tan interesado como ella, y trataba de escuchar lo que los guías turísticos del lugar relataban en inglés a los extranjeros. Luego de bajar unas pequeñas escalinatas y pasar por un pabellón cuadrado llegamos al pie de la pirámide, jamás he estado en Egipto, pero supongo que la sensación debe ser semejante, y un repentino sentimiento de respeto me hizo detenerme unos centímetros antes de subir el primer peldaño de la empinada escalera de piedra, Ryoko, tomada de mi mano, parece ligeramente intimidada y mira con aprehensión la parte más alta, que de pronto pareciera inalcanzable.
—¡De prisa! ¿Qué es lo que están esperando ustedes dos?— Al igual que otro centenar de visitantes, miré a una parte ya avanzada de la construcción, desde la cual Haruhi nos apremiaba para llegar a donde ella, seguida de cerca por Nagato y Koizumi.
¿Qué más podría relatar de esa no solicitada, pero ilustrativa visita turística? Creo que sería decir lo que cualquiera podría contar al visitar un monumento histórico, comentarios encontrados, comparación de notas y adquisición de conocimientos locales, además de evitar el morir de deshidratación… lo realmente relevante de la jornada fue la salida del lugar.
Un gran número de artesanos y comerciantes se apostaban a lado de la mencionada Calzada de los Muertos, vendían toda suerte de artesanías y piezas fabricadas por ellos mismos, pero que emulaban con gran precisión a piezas arqueológicas reales, así como ropa de algodón con cenefas y motivos aztecas entre otros textiles; cada uno de estos comerciantes ganaba la atención de una buena cantidad de viandantes y curiosos, no así una vieja casi al final del camino. Haruhi ya se había equipado con al menos una docena de baratijas que consideraba interesantes y había gastado cerca de cien dólares ellas, y salvo por un bolígrafo ornamentado que ella misma llevaba y un atrapasueños que ahora pendía del cuello de Ryoko, yo cargaba el resto, cosas que iban desde una guayabera hasta una enorme alcancía que representaba el escudo nacional del país. Nagato fue la primera en reparar en aquel desatendido tenderete, que sólo consistía en una manta tendida sobre el suelo, sobre la cual descansaban menos de una docena de máscaras que representaban antiguos dioses mexicas. Cuando tuvimos que repetir más de quince mil veces aquel agosto en el pasado, aprendí que Nagato tenía cierta debilidad por las máscaras, no obstante, no me pareció que aquella anciana, más que evidentemente indígena, llevara representación alguna de un extraterrestre. Las máscaras estaban fabricadas en materiales variados, había una particularmente llamativa, tallada magistralmente en obsidiana y que representaba bellamente la efigie de una mujer joven, si no fuera porque estaba en un puesto callejero, hubiera apostado a que era auténtica. Nuestra alienígena de inmediato estiró la mano para alcanzarla, sin embargo, sorprendiéndonos a todos, la vieja lanzó un golpe certero a la mano de Nagato con una varita, haciéndola desistir. Una mirada fría como hidrógeno líquido chocó con una barrera inamovible en los ojos de la anciana, que luego de unos segundos, miró a mi esposa, al pendiente de la escena y en un precavido silencio. Al fin, temiendo un resultado semejante, intentó tomarla ella también, pero esta vez, no hubo respuesta por parte de aquella enigmática mujer. Haruhi tomó la máscara, dado el esfuerzo, considero que pesaría cerca de un kilogramo, y la sostuvo unos segundos a la altura de su rostro… el parecido con ella, si bien no era abrumador, si era evidente.
—¿Cuánto cuesta esta máscara?— Su pregunta fue respondida por un ininteligible discurso en alguna lengua prehispánica. En los dos minutos de ininterrumpida perorata, Haruhi fue señalada en varias ocasiones. —Creo que no me ha entendido…— Le dijo ella y sacó un billete de su bolso, poniéndolo a la altura del rostro. La mujer se negó a recibir pago alguno, y aunque en su adolescencia Haruhi disfrutaba de obtener beneficios con gratuidad, ahora es muy diferente. Viendo que la anciana no tomaría su dinero, desprendió de su cabello un broche que adquirió en alguna joyería tiempo atrás, una pieza de oro macizo y antes de que la vendedora pudiera rebatir, lo colocó en sus manos y las cerró con las propias. —Onegai…— Dijo mi esposa, con lo cual, la mujer dejó finalmente de forcejear y aceptó el trueque.
Agradecimos y comenzamos a caminar hacia el museo de sitio, y unos pasos después, Haruhi se detuvo y se giró hacia la mujer para preguntarle mientras señalaba la máscara:
—¿Quién es?
La mujer dijo varias cosas, aunque solamente me quedó grabado lo que identifiqué como un nombre:
—Xochiquezalli.
El regreso, aunque con la atenuante del cansancio, fue un tanto más animado, quienes realmente vivificaban el camino eran Haruhi y Ryoko, que jugaban con canciones y preguntaban sobre las cosas que acababan de comprar. Intencionadamente mi esposa no hizo comentario alguno sobre la última adquisición que hizo, Koizumi y Nagato hablaban (si es que la expresión en válida) sobre un tema que no era en absoluto de mi interés… lo que me seguía siendo particularmente llamativo era el notorio "encantamiento" en el que nuestra viajera del tiempo había caído con el policía, y que parecía compartir con él… charlaban de mil cosas, con los esperados errores de Asahina en materia idiomática y que Robles corregía encantado.
Siendo otoño, el sol caía por el horizonte poco antes de las siete. Sería esa hora cuando la pick-up gris se estacionaba de nueva cuenta en la propiedad de Robles y volvimos a dar cuenta de una abundante cena.
Terminado el requisito alimenticio, Robles caminó a unos pasos del comedor, donde una cantina mostraba las más variadas bebidas.
—¿Qué tal un trago?— Preguntó él mientras se servía un vaso de whisky.
—Soy abstemio—. Dije de inmediato, declinando la invitación.
—Además, pasan cosas raras cuando bebemos—. Secundó Haruhi.
—Oh, vamos, sólo quiero beber un trago con ustedes, no pretendo embriagarlos, mañana hay que trabajar… ¿No querrán hacerme un desaire, verdad?
Accedimos con la condición de que en efecto fuera únicamente un trago. Ya antes había probado la cerveza mexicana, la cual, según dicen, sólo se compara con la alemana, y muchos catadores no podrían poner a una sobre la otra. Haruhi se inclinó por la bebida nacional: el tequila. Así comenzamos una amena charla mientras Ryoko jugaba en el césped de uno de los jardines y un tiempo después, la joven que vimos por la mañana y que nos había alimentado esa tarde, se nos unió.
Tal como lo pensé, tenía sólo diecinueve años y respondía al nombre de Esperanza.
—¿Y ustedes son pareja?— Preguntó mi esposa indiscreta como siempre.
—Oh, no…— respondió la jovencita repentinamente acalorada mientras el capitán reía y Asahina daba un suspiro de alivio.
—¡No seas bruta! ¡Podría ser mi hija!— Agregó él, divertido.
—Y en realidad es así—. Comenzó ella con la timidez propia de una chica de su edad al tiempo que sus bonitas facciones se obscurecían.
Ambos nos contaron entonces el proceder de aquella bella jovencita. Esperanza nació en algún punto del sur de México o presumiblemente en Guatemala, Robles la encontró cinco años atrás, mientras hacían una investigación en el estado de Veracruz, donde Interpol buscaba desmantelar una importante red de trata de blancas. Como podrán imaginar a partir de ese precedente, Esperanza estuvo en manos de un peligroso proxeneta y traficante de personas. El Pantera comandó al equipo que logró dar con aquel criminal, hubo un gran tiroteo y muchas muertes, pero al final, cerca de medio centenar de personas de distintas edades, géneros y nacionalidades fueron liberadas y devueltas a sus familias.
A diferencia del resto de los rescatados, Esperanza no tenía familia ni un lugar a donde ir, así que después de una larga cadena de súplicas, Robles accedió a cobijarla.
Esperanza era una jovencita agraciada, exigua de estatura y de piel color bronce, y a diferencia de las mujeres de Oriente, es de curvas pronunciadas aún a pesar de ser delgada, quizás como una reminiscencia de la difícil vida previa y la inocencia que le fue robada de forma tan cruel e intempestiva, quedaban muchos gestos y lenguaje corporal propio del oficio que tuvo que ejercer por fuerza en el pasado. Y con todo y eso, era una jovencita agradable y bienintencionada, y gracias a Robles había dejado en el pasado las penurias y estaba luchando por trascender.
Haruhi y yo contamos parte de nuestra historia luego, obviamente dejando fuera los asuntos sobrenaturales y dando algunos detalles de la fundación de la Brigada SOS, los primeros trabajos de investigación y nuestra última aventura con House en Nueva Jersey.
—Hay algo que me sigue intrigando…— Dijo el policía mientras terminaba el trago que había conservado en la mano por cerca de tres horas. —Cuando solicité que me enviaran un agente de respaldo, por supuesto, tu nombre fue el primero de mi lista… ¿Cómo es que concedieron tu cambio tan rápido si se supone que estás comisionada…?
—Sabes que no puedo decirte eso—. Respondió ella levantándose y estirándose mientras lanzaba un bostezo.
—Vamos… claro que puedes decírmelo… no se lo contaré a nadie.
—Vuelve a intentarlo mañana—. Dijo mientras se acercaba a la puerta del jardín para llamar a Ryoko.
Cerca de las once de la noche, Haruhi y yo recostábamos a Ryoko en el cuarto que se le había concedido. Para tener sólo siete años es una niña bastante independiente, y no pierde la oportunidad de obtener un espacio para ella sola. Haruhi se inclinó para besar su frente, unos segundos después la imité deseándole las buenas noches. Es algo así como una costumbre que nos cuente algo antes de dormir, sin embargo, hoy no estoy prestándole atención, al menos no a sus palabras. Me concentro en sus ojos, enormes y hermosos, ámbar, igual que los de su madre, que a ratos dan la impresión de ser infinitos. Ser poseedor de una gran fortuna, como la familia que tengo, puede generar una profunda ansiedad en algún punto… a veces me pregunto qué sería de mi si algo llegara a pasarle a cualquiera de los dos… pensé que enloquecería cuando enfermó, y las pequeñas marcas en su hombro se asoman a la hora del baño para demostrarme que aún cuando da la impresión de que siempre estará ahí, al igual que Haruhi, sólo es una niña… frágil e indefensa.
—Ni se te ocurra pedirle otra cosa Gervasio, es muy bueno, pero también muy listo y sabrá cuando empieces a abusar, él no es como tu padre que sólo vive para complacerte.
—No lo haré… y papá te trata igual a ti que a mí.
—Sí, pero porque es su obligación. ¿Ves esto?— Respondió mientras le mostraba la sortija en su anular izquierdo. —Cuando puso esto en mi mano se comprometió a hacerme feliz. Contigo es diferente, en el momento que quiera podemos buscar otra hija.
—Eso no es verdad… y bueno, papá tiene también un anillo, ¿Por qué tú no lo tratas igual de bien?
—Yo lo hago feliz de otras formas y…
Fingí toser para cortar un discurso que iba a terminar vergonzantemente incómodo en algún punto, y eso dio por terminada la charla antes de dormir. Llegamos a nuestra propia habitación y mientras nos poníamos la ropa de cama me quedé concentrado en la luna, en el cielo nocturno, muy cerca del cenit.
—Dice un dicho de por aquí que de todas las lunas, la de octubre es la más hermosa—. Me dice Haruhi mientras masajea mis hombros con suavidad.
—La palabra "México" significa "Lugar en el ombligo de la luna"—. Le respondí acariciando sus manos sin dejar de ver al cielo. —Desde que te conozco, siempre has hecho lo que has querido, ¿Por qué le dices a Ryoko que se comporte cuando tú no sigues ese consejo?
—Porque ella será mejor que nosotros dos.
La última acción antes de dormir fue revisar la bolsa de palos de golf. Es el único estuche que me sirve para el propósito que busco, pero para nada más, nunca he jugado golf. De entre los palos nuevos que tal vez nunca se usen, salen un par de vainas ornamentales negras que llevan en su interior las espadas que recibí cuando obtuve mi grado Okuden.
—Deja esas cosas y ven a la cama—. Me dice ella unos minutos después, habiéndose acomodado ya.
—¿Alguna vez has tenido un sueño repetitivo y que no puedes explicarte?
—¿Un sueño recurrente? Sí… hace muchos años, y te recuerdo que tú participaste en él.
—No, me refiero a un sueño de verdad—. Le dije sin poder ocultar por completo la inquietud que llevaba a cuestas desde hace varios días ya.
—¿Sigues soñando con Ryoko (Asakura)?
—Sí… sé que me dirás que es una tontería y que todo está en mi mente, pero a veces todo se siente tan real…
—¿Te parece bien si mañana lo hablamos con Yuki? Si es algo sobrenatural como crees, ella sabrá darnos razón.
—¿Cómo es que ciegamente crees en fantasmas y espectros y no puedes dar crédito a que tenga una experiencia extrasensorial?
—Porque no puede ser tan fácil… aunque tú pareces tener un imán natural para ese tipo de cosas. La verdad es que podríamos decir que te envidio un poco por eso.
—No dirías lo mismo si estuvieras en mi lugar.
—Me gustaría beber algo más que una copa cuando terminemos este caso.
—¿Para que nos pase lo de aquella Navidad con Tsuruya?
—Hipócrita, lo dices como si no lo hubieras disfrutado. Ven a dormir, es tarde y mañana tenemos que estar listos a primera hora.
Me recosté y pasé mi brazo por su cintura mientras dejaba que el aroma de su cabello llenara mis pulmones, llevándome a los dominios de Morfeo. Al día siguiente comenzaría en realidad ese pequeño viacrucis...
Capítulo 1.
Fin.
Acerca de El Pantera. Gervasio Robles "El Pantera" es el personaje principal del comic homónimo, muy de moda a finales de los años setentas y principios de los ochentas, creado por Manuel Muñoz Martínez. En el año 2007 la cadena televisiva "Televisa" trató de hacer un remake, sin embargo, desde mi muy humilde punto de vista, considero que se perdió mucho de la esencia del personaje original, teniendo en cuenta que tiene mucho que vale la pena rescatar. Es por eso que lo tomé y reinterpreté con las características que corresponderían al personaje original, ya entrado en años y con ese look propio del barrio que está muy lejos del modelo heroico de casi cualquier canon, siendo más bien una suerte de antihéroe que dará mucho color a nuestra historia. Para aquellos que vieron la serie de TV, respeto mucho el trabajo que hicieron los realizadores, pero su interpretación del personaje no me llena.
Bueno, eso queda como disclaimer del personaje, veamos como se desarrollan las cosas, ¡gracias de antemano por los comentarios!
