Vaya que han sido días de agitación, pero aquí está otro capítulo, aún hay mucho que contar. Por cierto, pienso hacer un pequeño spin-off de esta serie, les daré detalles un poco más adelante (cuando tenga un poco más de tiempo entre las manos XD). Mientras tanto, les dejo este episodio, esperando lo disfruten y agradeciendo de antemano los feedback.
Capítulo 3.
Abrí los ojos para encontrarme nuevamente bordo de la camioneta gris. Había dormido algunas horas y esta vez Nagato era quien iba en el asiento del copiloto, escuchando el monólogo del que Robles la hacía partícipe. A mi lado, Haruhi duerme plácidamente recargada sobre mi hombro, a la vez que Asahina se refugia en ella y Koizumi en la ventanilla contraria. Ryoko viaja esta vez sobre mis piernas, está despierta, pero no hace ruido, sólo observa el paisaje a través de nuestra ventanilla.
Esta vez viajamos sobre una autopista, han sido cerca de once horas de viaje desde la capital y el trasero está matándome. Mi hija nota que acabo de despertar, pero no me dice nada, ni siquiera retira los ojos del vidrio. Al mirar hacia afuera me encuentro con barrancos profundos repletos de un tupido follaje y copas de árboles de tamarindo y platanares que hacían imposible ver el fondo. El clima aquí es diferente, más cálido y mucho más húmedo, además de que la calidad del aire me indica la lejanía con cualquier ciudad y una altitud cercana al nivel del mar. No creo que la hora local superara las siete de la mañana, pero el sol brillaba presuntuoso en un anaranjado rabioso que incitaba a despertar, combinando por momentos su calor con la reminiscencia de frío que quedaba de la madrugada. Regurgité un par de veces para destapar mis oídos y di un largo bostezo mientras me estiraba tanto como el asiento me lo permitía, obteniendo una queja de Haruhi, que de inmediato volvió a encontrar refugio en Asahina para seguir durmiendo.
—¿Dónde estamos?— Pregunté cuando entramos a un enorme llano ocupado por pastizales hasta donde la vista alcanzaba hacia el sur y con una cadena montañosa al norte, y entre esas montañas y la carretera que transitábamos había al menos un centenar de molinos productores de energía eólica.
—Estamos por llegar a la ciudad, ahí podremos estirar las piernas y comeremos algo antes de seguir la marcha—. Me responde el policía, animado como si no hubiera conducido toda la noche. —Esta jovencita es una joya, me mantuvo despierto toda la noche—. Agregó poco después, revolviendo afectuosamente el cabello de Nagato, que leía carente de todo interés un libro nuevo.
—Lo sé. Y cuenta unos chistes increíbles—. Ironicé. —¿A qué ciudad llegaremos?
—Juchitán de Zaragoza—. Interceptó Ryoko.
Atropelladamente nos había dado una muy parca explicación acerca de lo que íbamos a buscar a esa ciudad provinciana a casi seiscientos kilómetros de la capital del país, pero de entre lo rescatable estaba la promesa de una respuesta a lo que fuera que encontramos tatuado en el cadáver del criminal caído un par de días atrás. Con ese único precedente, nos pidió confiáramos en él, y así lo hicimos.
Las calles de Juchitán nos recibieron pocos minutos después. La ciudad era pequeña, y hasta donde sabíamos albergaba a poco menos de cien mil personas en sus límites, sin embargo, era un punto importante para la economía del estado y de la región entera, aunque en realidad no era nuestro destino, sólo un punto intermedio para llegar al lugar donde nuestro guía intentaba llevarnos. A pesar de la temprana hora, la temperatura estaba ya por encima de los veinticinco Celsius, y arrancaba las primeras gotas de sudor de mi frente mientras Robles se estacionaba afuera de una diminuta tienda de autoservicio.
—Bajen, estiren las piernas, aclimátense y busquemos algo de comer, que nos queda un par de horas más de viaje.
Fue hasta ese momento que mi esposa despertó en realidad. La ayudé a bajar de la camioneta Y luego inspeccionó sus alrededores con curiosidad. Poco después, la brigada, liderada por Robles tomaba asiento en un pequeño establecimiento de comida casera donde dimos cuenta de sendos platillos a cual más pintoresco. Haruhi me obligó a probar un preparado confeccionado con carne de iguana, en tanto que ella y Ryoko compartieron a un desafortunado armadillo estofado.
Pagado el importe de las viandas, retomamos la marcha, siendo el ésper quien ocupara el lugar junto a Robles esta vez, deshicimos algunos kilómetros hacia los enormes molinos de viento en la región llamada "La Ventosa", reputación ganada por sus fortísimos vientos capaces de volcar camiones de carga desprevenidos.
—¿Exactamente en dónde vive tu amigo?— Preguntó Haruhi con los primeros matices de exasperación en la voz, seguramente igual de irritada del viaje tan largo como el resto de la brigada.
—En una reserva ecológica a un par de horas de aquí, entre esas montañas—, respondió él dando vuelta en una pequeña desviación que nos llevaría hacia los molinos y la gran cordillera de verdes colinas, —es una de las últimas selvas que quedan en el país, estoy seguro de que les gustará.
Ese tramo de camino (que poco después descubriríamos que no era el último) fue mucho más agradable y variopinto, nos mostraba las riveras de los ríos y los interminables terrenos de cultivo y ganado entre las colinas, localidades humildes compuestas por casas distanciadas y cuya población en ningún caso superaría los dos mil habitantes. Así, fuimos recibidos en el último de los poblados por grandes arcos de piedra, un cementerio y una modesta, pero llamativa clínica. Las calles adoquinadas nos abrieron paso a través de las coloridas casas, y compartimos el camino en varias ocasiones con caballos y rebaños de ovejas o bueyes, además de eventuales marejadas de niños tan morenos como curiosos que se asomaban al interior del vehículo, notando que estábamos lejos de pertenecer a su comunidad. Al pasar frente a un antiguo edificio de una sola planta, con la apariencia propia de la casa principal de una hacienda del virreinato, se podía leer: "Cabecera Municipal De San Miguel Chimalapa", así que asumí que ese sería el nombre del lugar donde estábamos. Este poblado resultó ser un tanto más grande que todos los dejados atrás juntos, aún así, la ausencia de automóviles era tranquilizante.
—A partir de aquí, el resto del viaje será a pie—. Nos informó nuestro guía luego de tomar tres bolsas de campamento, conservando una y dando a Koizumi y a mí las otras dos, señalando la ruta a través de los primeros vestigios de la selva delante de nosotros.
—Más nos vale que tu amigo tenga la información que buscamos…— Dijo mi esposa dando los primeros signos de cansancio. —Kyon, lleva a Ryoko a cuestas…
—No, quiero caminar. Me haré perezosa por tu culpa si haces que papá me lleve siempre.
Y tomando la estafeta de la expedición, Haruhi y Ryoko fueron las primeras en internarse en las veredas siguiendo la ribera de un pequeño, aunque caudaloso río, yendo a contracorriente. No era precisamente una selva virgen, aparentemente los habitantes del lugar habían aprendido a transitarla sin meterse con ella, pues el lugar no parecía resentir el paso del hombre más allá de las brechas en el suelo. Debo admitir que mi nerviosismo natural me hacía particularmente cuidadoso a la hora de andar y estuve siempre vigilante a cada paso que Ryoko y Haruhi daban… es decir, en la jungla hay serpientes y arañas, además de que esta región del mundo es conocida por sus felinos salvajes, como el jaguar y el ocelote, aunque ignoro si hay alguno de ellos por aquí. Por fortuna, todos vestíamos ropa y zapatos cómodos, no imagino a Asahina tratando de caminar con los tacones altos que acostumbra usar siempre. Pasarían cerca de cuarenta y cinco minutos de caminata que se habían llevado todas las energías que el guisote de iguana me había propinado, dado lo escarpado del terreno, repleto de subidas y bajadas al estar entre los montes y el cruce de varios vados, fue relajante ver un sendero lo suficientemente amplio para que una carreta de bueyes la transitara, y eso fue lo que encontramos.
Robles saludó al conductor con entusiasmo, un hombre de edad avanzada, piel renegrida y mirada aguda que devolvió el saludo con la misma potencia aunque en una lengua que no entendí. Robles habló con él en el mismo idioma y el viejo bajó de su transporte con un sable de gran tamaño en la mano (un machete), y caminó unos pasos adelante de nosotros junto con el policía, señalándole algún lugar entre el espeso follaje. Terminada la breve entrevista, el viejo volvió a montar su rudimentario vehículo, y luego de sonreírnos, retomó la marcha.
—Casi estamos ahí, muchachos, sólo un par de kilómetros más.
Esperanzados por las noticias de nuestro guía, continuamos la marcha. Ryoko fue quien dio cuenta de una casi invisible brecha a un lado del camino, y antes de que Haruhi y yo pudiéramos evitarlo, se había echado a correr por dicho camino, haciendo rabiar a su madre y haciéndome a mí correr detrás de ella. La alcancé algunos metros más adelante, tomándola de la mano con firmeza.
—¿Por qué echas a correr así? Podrías caer y lastimarte, o podría haberte mordido una serpiente… ¿Y si un tigre te come?
No me respondió, en realidad no parecía arrepentida en absoluto y miraba absorta un punto delante de nosotros. Ignoro que expresión utilicé, pero no me queda duda de que dije algo. A unos metros de mí se mostraba la parte superficial de lo que identifiqué como el brazo de de un río subterráneo de agua tan cristalina que el fondo, cercano a los tres metros, era perfectamente visible. Estaba cobijado por una caverna oculta entre árboles de tupidas copas que superaban los cuarenta metros de alto, y su interior se prolongaba a varios cientos de metros dentro de la roca. Un espectáculo sublime que me hizo lamentar no haber traído una cámara fotográfica conmigo.
—Wow… parece que después de todo no fue un completo desperdicio el viaje hasta acá—. Susurró la líder de Brigada detrás de nosotros, con las manos en la cintura y admirada del panorama.
Nuestro guía pasó junto a nosotros hasta llegar a Ryoko, a la cual tomó en brazos, diciéndole:
—¿Te gustaría venir aquí a jugar? Los traeré un poco más tarde… por ahora es importante que lleguemos a donde vamos.
Y finalmente, con el sol en el cenit, pasando de mediodía, pudimos ver una diminuta casa construida de barro y ramas, con un tejado hecho a base de hojas de platanar secas, tenía un minúsculo corral en el cual andaban indiferentes algunas gallinas y pavos, además de un caballo que rumiaba letárgicamente mientras nos veía acercarnos.
—¡Leonel!—Gritó Robles, haciendo que algunas aves de los alrededores volaran.
La pequeña puerta de corteza de árbol se abrió, pero en lugar de un hombre, fue una mujer de mediana edad la que nos recibió, vestía ropa ligera y blanca, muy a propósito del clima, y sólo de vernos, nos regaló con una gran sonrisa de dientes blancos… tal vez demasiado blancos para alguien que vive en la selva. Alegre, más no ansiosa, la mujer caminó hasta Robles. Luego de llamarlo por su nombre, tomó su rostro y besó sus dos mejillas, para luego abrazarlo afectuosamente, hizo lo mismo con todos nosotros, fue especialmente afectuosa con Haruhi y con Ryoko, y al final nos hizo pasar a la casita.
Aquello de "pequeña" había sido una mala apreciación mía. Una vez adentro, el recinto ofrecía suficiente espacio para andar con soltura, además de generosas cantidades de luz que se colaban por las ventanas y espacios entre las ramas del techo que hacían las veces de tragaluces, varios asientos de madera, una mesa alargada y algunos muebles bastante viejos, además de un enorme botellón de barro del que nos fue servida agua simple… o no tan simple quizás… agua natural, que sabe a tierra, y a la que le apuesto a que tiene más y mejores minerales y nutrientes que cualquier agua purificada industrialmente. Como era de esperarse, bastó una ración para terminar con la incipiente deshidratación a la que el camino nos expuso.
Ryoko se había quedado un tanto más quieta desde que entramos al lugar. Quizás fuera mi imaginación, pero constantemente miraba algún punto en una de las esquinas cercanas a la puerta, lanzaba eventuales sonrisas, y como cualquier otro niño, su atención se dispersaba a ratos. Por un momento llegué a pensar que nuestra anfitriona no hablaba castellano, malentendido que fue corregido momentos después.
—Tengo hambre—. Dijo mi hija en un susurro y en japonés.
—Leonel no debe tardar en llegar, fue por algo de comida al pueblo, probablemente se cruzaron con él en el camino sin darse cuenta.
La brigada entera se quedó en un peculiar estupor por unos segundos, la razón era simple: la mujer le respondió a Ryoko en nuestro propio idioma. No en un japonés aprendido, formal, no tenía entonación o acento distinto al nuestro como lo tenía House, era el japonés propio de un nativo. Estuve a punto de preguntarle donde había aprendido a hablar con tal fluidez mi lengua cuando la puerta detrás de nosotros volvió a crujir.
—Perdóname por venir sin avisar—. Se disculpó Robles adelantándose hacia aquél hombre que acababa de entras cargando un buen trozo de res y algunos vegetales, se abrazaron como hermanos que no se habían visto en años. —Brigada SOS, este es Leonel Arcángel, un buen y viejo amigo y colaborador.
El tipo dio un vistazo y saludo educada, aunque parcamente a la concurrencia.
—Veo que ya conocieron a Marina…— Dijo el recién llegado mientras le alcanzaba las viandas a la mujer para que comenzara el preparado de las mismas. —Esperen un poco y cenaremos… no quisiera ser grosero, pero ¿qué los trae por estos rumbos?
Leonel no era precisamente un hombre destacable, pasaba más bien desapercibido, no era muy alto ni muy robusto, aunque daba la impresión de ser un tipo duro. A lo largo de su rostro y brazos había una gran cantidad de cicatrices como las de un guerrero de la antigüedad, y para mi beneplácito parecía un hombre directo y sin pretensiones. Marina invitó a Ryoko a la cocina y ella la siguió, luego él se sentó a la mesa y todos le imitamos, quedando Haruhi y Robles frente a él.
—Imagino que habrás visto últimamente las noticias y todas las locuras que están pasando con la violencia y las drogas—. Inició Robles.
—No mucho, no tengo electricidad aquí. Y aunque la tuviera, eso no me concierne más.
—Yo creo que sí…— El policía extrajo su móvil del bolsillo y mostró la foto tomada días atrás en el tiroteo a nuestro interlocutor, que repentinamente palideció e inconscientemente acarició la parte posterior de su cuello.
—¿Cuándo tomaron esta fotografía?
—Hace un par de días, en la capital—. Respondió Haruhi. —¿Sabes qué significa?
—Por supuesto que lo sé, así que seré claro: significa que tú y tu gente deben ir de regreso a casa en el primer vuelo, y que tú, Gervasio, debes dejar el caso de inmediato—. Dijo esas palabras mientras se ponía de pie y nos daba la espalda, permitiéndonos ver un tatuaje idéntico bajo su nuca. —Lo digo de verdad. No tienen idea de lo que enfrentan. Nadie está preparado si es que ya comenzó.
—También pensamos que podrías ayudarnos a identificar algo que encontramos—. Haruhi dijo eso mientras tomaba la caja donde guardaba la extraña reliquia que nos había llevado a ese país en primer lugar.
Abrió la caja y tomó con delicadeza nuestra misteriosa pluma y la depositó sobre la mesa. Leonel tardó unos segundos observándola, como si tratara de convencerse a sí mismo de que era mentira lo que veía, y luego de darse cuenta que no podía eludir la verdad para siempre, nos encaró con enojo.
—¿Cómo es que traen semejante objeto de profanación a esta casa? ¿Tienen la más remota idea de qué es esto que ustedes cargan como si fuera la parte perdida de un animal? ¿Siquiera se dan una idea?
Todos nos quedamos en silencio. En efecto, ignorábamos la dimensión, pero la ausencia de explicación y la actitud de nuestro obligado anfitrión nos dejó con una sensación semejante a si nos hubiésemos santiguado para entrar a una sinagoga. Y aún así, mi esposa no se arredró.
—¿De qué es esta pluma, Leonel?
Debo decir que incluso para mí la respuesta era evidente, sólo necesitábamos la confirmación del perito, el cual yacía delante de nosotros con una mirada que a gritos nos decía que era sumamente difícil para él hablar del tema, como un mal recuerdo, como cargando una terrible e inaguantable culpa.
—Es una pluma de ángel—. Se acercó a regañadientes a examinarla sin atreverse a tocarla. —De uno muy joven según lo que pudo ver.
—Un momento… ¿estás esperando que admitamos que los ángeles existen? Más aún, ¿esperas que creamos que esta pluma pertenece a uno…?— Reviró mi esposa sin asombro, tratando, como siempre, encontrar la lógica en una situación que no parecía tenerla.
—Valientes palabras de escepticismo para alguien que viene en compañía tan peculiar—. Respondió él, señalando con la mirada a Nagato. Todos nos volvimos hacia ella. Robles cruzó los brazos frente a su pecho, como esperando una explicación. Haruhi y yo nos quedamos gélidos ante su aseveración. A Haruhi le costó casi dos años conocer la verdadera naturaleza de Nagato, y ni hablar de mí, aún cuando me fueron reveladas las pruebas de su origen, pasé un tiempo considerable sin creerlo, y a este hombre le bastó un vistazo para darse cuenta de que nuestra compañera no era del todo normal. —Creo saber lo que es tu amiga…
—Te contaremos acerca de Yuki si tú nos dices quien eres en realidad… y todo lo que debamos saber sobre esta pluma, el tatuaje en tu cuello y el "polvo de ángel".
Al parecer, la oferta de la líder de brigada alcanzó al cada vez más enigmático hombre de la selva, que sin dejar completamente su renuencia, volvió a sentarse frente a nosotros, de su bolsillo tomó un cigarrillo y lo encendió con calma. Pasarían algunos minutos mientras escuchábamos el tabaco consumirse y grandes bocanadas de humo que salían en pocos segundos de la estancia.
—¿Desde dónde vienen ustedes?— Comenzó.
—Japón.
—No vienen entonces de un pueblo conquistado como en el que están justo ahora, así que tendré que ponerlos en contexto. En mil quinientos diecinueve un español con hombres armados llegó a uno de los centros urbanos más importantes de América con un único propósito: conquistar y someter a los habitantes, cosa que se concertaría dos años después.
—La conquista de México-Tenochtitlán—. Intercepté acudiendo a los viejos recuerdos de las clases de historia universal. Leonel asintió.
—Sin embargo durante ese periodo y los años consecuentes no sólo se desató una guerra por los territorios y los habitantes del continente. También se estaba buscando doblegar el espíritu y las deidades, la evangelización hizo un trabajo bélico de conquista casi en los mismos parámetros. La espada de Hernán Cortés truncó la civilización, pero otra espada llegó por la cabeza de los dioses y sus representantes terrenos, con los resultados que todos conocemos. Nuestros ancestros autóctonos no conocieron diferencia entre la el filo de Cortés y la de San Miguel Arcángel, igual de sanguinarios y sedientos de poder. Casi han pasado quinientos años desde entonces y muchas cosas comenzaron a cambiar en las últimas décadas. América, casi en totalidad ha logrado habituarse al mestizaje, en lugar de que la cultura autóctona o la llegada de Europa predominara, se consolidó en una sola, y tuvimos una paz tensa, como un niño con fósforos en un polvorín.
—Supongamos que todo lo que nos dices es verdad… ¿Cómo es que sabes tú de esas cosas?— Retomó Haruhi.
—¿Acaso crees que no había divinidades aquí antes de que los conquistadores y su dios llegaran? Nuestros primeros dioses se resistieron y pelearon, y al igual que el dios cristiano tenía sus ángeles, ellos tenían sus emisarios. En cada lugar del mundo donde una cultura se ha impuesto sobre otra, los dioses pelean secretamente… supongo que no podrías entenderlo a cabalidad, dado que tu nación nunca ha sido conquistada, sus tradiciones permanecen en el tiempo, no has tenido necesidad de verlo por ti misma.
—Eso es muy educativo, pero no responde mi pregunta… ¿exactamente qué eres tú?
—Mis ancestros eran esos emisarios de los que les hablé. Eran brujos poderosos que podían enfrentarse a los ángeles… en nuestro país los más poderosos eran conocidos como Nahuales. Durante toda la colonia, mientras se definía nuestra identidad, se dieron los enfrentamientos más cruentos entre ellos y nosotros… al final, dejaron de pelear y el conflicto ancestral devino inútil e innecesario, y la memoria comenzó a disiparse en el tiempo, yo mismo ignoro por qué seguían peleando en primer lugar, pero la vida está llena de sorpresas y en algún momento de mi juventud descubrí mi habilidad.
—¿Exactamente qué tipo de habilidad?— Ese fue Robles, concentrado en el relato, pero aún incrédulo.
—Es difícil prosperar en este país. Comúnmente te verás obligado a acudir a fuentes alternativas, a veces ilegales de ingresos para subsistir, y yo podía ver ángeles… de hecho, no era lo único que podía hacer.
—Podías interactuar con ellos…— Dije más para mí mientras ataba los cabos. —Más que interactuar… podías lastimarlos… matarlos…
Leonel tomó la pluma con delicadeza y la observó con el remordimiento de un soldado que mató mucha gente y cuyo recuerdo le roba el sueño.
—Esta época es una locura… hermanos que se matan entre ellos, elaborados planes de aviones estrellándose en edificios, suicidas que dicen que su guerra es santa, golpes de estado… los ángeles nacen y mueren tal como nosotros lo hacemos… bueno, no exactamente como nosotros… ellos salen de la tierra, en proporción a cómo nacen las personas. Nacen andróginos y con apariencia de adultos. Esta pluma que traen es de uno muy joven… un recién nacido quizás, lo sé por la pureza y calidad de color—. Su voz tembló un poco. —Lo sé, porque yo maté ángeles por oficio hace muchos años.
—¿Entonces esta pluma…?— Comenzó Asahina, conmovida, comprendiendo la gravedad de las palabras del cazador retirado.
—Es de un cadáver. Una pluma de ángel sólo puede ser recibida como un obsequio de él mismo o cuando es asesinado por alguien como yo, de otra manera, ninguno de ustedes podría siquiera verla. Cuando yo me dedicaba al negocio, la gente pagaba muchísimo por la mercancía obtenida—. Dijo repentinamente ausente, como si otra persona estuviera hablando a través de él, sin duda alguna en un incipiente estado de disociación. —Su sangre y su carne son de primera calidad como alimentos, su cabello es suave como la seda, pero más resistente que el cable de acero y mucho más flexible, montados en un instrumento de cuerdas crean música fuera de este mundo, el kévlar es una copia barata de la resistencia de sus uñas, y sus plumas exaltan los talentos artísticos en quienes las usan. Pero quizás lo más rentable sea… el "polvo de ángel"…
—¿Qué parte del cuerpo es esa?— Preguntó Koizumi, que parecía contagiado de la ausencia de Leonel.
—Huesos tostados y molidos—. De escucharlo, mi estómago se revolvió. —El efecto es diez veces superior al de la cocaína, aumenta la resistencia y rendimiento integral del organismo en tanto dura el efecto, acelera la velocidad sináptica haciendo que tus pensamientos sean mucho más veloces, podrías escribir un libro en una semana… además, no genera dependencia física y es indetectable en pruebas de química corporal.
—¿Por qué nunca habíamos escuchado de esa sustancia?
—Porque al principio, me dedicaba a eso para vivir, al igual que un puñado de cazadores que descubrieron su legado, cazábamos a uno o dos ángeles en un año y podíamos vivir con holgura… cuando comenzó este siglo, un norteamericano de la CIA y un traidor tuvieron la magnífica idea de comercializar el polvo de ángel, desatando el infierno.
—Lo del agente de la CIA no me sorprende—. Lanzó Haruhi con impertinencia. —Pero… ¿un traidor?
—Sí. Alguien lo suficientemente importante en el cielo como para no sufrir represalias por llevar a sus congéneres al matadero: Miguel.
—Imaginemos por un momento que todas estas cosas que nos estás diciendo son posibles, que realmente existen cazadores de ángeles y que se está llevando a cabo algo semejante a un genocidio de ángeles. ¿Cuál sería el móvil de Miguel para participar de ello?
—Miguel es un espíritu muy antiguo. Ha probado de muchas formas la gloria y el poder y cree firmemente que haciendo que ciertos eventos de la historia coincidan, podría retar a su propio creador y ser tan poderoso como él. En ese entender llegó a la conclusión de que la mejor manera de obtener la lealtad de los hombres era a través de sus vicios, y la mejor materia prima para fabricarlos corría por su propia sangre. Se ha expuesto más que cualquier otro ser divino a los humanos y sus costumbres, y como era de esperarse terminó corrompido. Esto tenía que pasar tarde o temprano, mas de dos lustros atrás inició la entonces llamada "Operación Bolívar", y en aquél entonces logramos frustrarla… pero parece que esta vez si la llevará a cabo, y no se detendrá con América… por eso les dije que debían volver a casa y prepararse para resistirlo allá. Aquí no hay nada más por hacer.
—Entonces, el hombre con el tatuaje…
—Era alguien como yo. Un cazador de ángeles, Comprado por el gringo o por Miguel mismo—. Nos mostró parcialmente el dibujo en su propio cuello. —"Perro que come perro" es una forma de simbolizar nuestra condición, los seres especiales de estas tierras que podrían aspirar a ser héroes, a terminar con la miseria que hunde a los pueblos de toda América… pero que en lugar de eso, ven por sus propios y vanos intereses, que se matan entre ellos. Que son obligados a participar en esta guerra que no es nuestra.
—Por eso estás aquí, ¿cierto? En medio de la selva, donde nadie vendría a buscarte—. Nuevamente Asahina, aparentemente más sensible que el resto de nosotros a la condición de Leonel.
—La tranquilidad de la madre tierra da un poco de sosiego a un alma atormentada como la nuestra, es un refugio perfecto para nosotros.
—¿Nosotros? ¿Hay más gente como tú aquí?— Indagó Haruhi con rapidez.
—No exactamente… a Marina la conocí en Estados Unidos hace más de diez años, cuando todo este problema comenzó—, tiró la colilla del cigarrillo al suelo y de inmediato prendió otro. Robles lo acompañó esta vez.
—¿Ella es también una cazadora?
—No. Ella nació en Fenicia, es una hija directa de Lílith.
—No pudo nacer en fenicia—. Atajé yo, nuevamente con esa sensación de que todo era demasiado increíble. —Fenicia desapareció antes del inicio de la era cristiana… y nada más de eso, hace más de dos mil años.
—Y no ha envejecido un solo día.
De acuerdo. Era increíble y en algún punto inverosímil, pero estaba fascinado. Tanto así que cierta decepción fue reflejada en mi rostro (y no sólo el mío) cuando los pasos de Ryoko y Marina del otro lado de la puerta se acercaban, poniendo en pausa nuestra pequeña conferencia informativa. Mi hija entró de la mano de aquella cada vez más interesante mujer, en su mano libre llevaba un pequeño bol de barro repleto de alguna fruta picada.
Mi hija parecía bastante cómoda, cosa que me tranquilizaba. Desde que era un bebé, siempre había sido muy perceptiva y por lo general se inquieta ante la gente que no es de fiar, el hecho de que se mueva con tanta naturalidad me quita un peso de encima.
Se anunció la cena. No pasarían de las cuatro de la tarde, pero luego caí en cuenta que estábamos a mitad de la jungla y sin servicio de luz eléctrica, así que las actividades terminarían junto con la llegada de la noche, lo que sucedería un par de horas más tarde.
Cenamos abundantemente, fue una comida bastante buena aún a pesar de la sencillez de los preparados estando acostumbrados a cosas de lo más elaboradas en casa. La tensión seguía flotando en el ambiente, finalmente fue Leonel el que soltó la bomba.
—¿Exactamente qué eres tú?— Preguntó indiscreto contra la más silenciosa miembro de nuestro equipo encendiendo un nuevo cigarrillo.
No hubo una respuesta inmediata. Si simplemente soltábamos la verdad tal y como era, seguramente no nos creería, o peor aún, considerándonos locos nos echaría del lugar, y no me sentía con ánimos de pasar la noche a la intemperie en medio de la selva.
—Una terminal.
—Eso no ayuda mucho.
Nagato se volvió hacia Haruhi y a mí, dudosa sobre que decir o hacer.
—Ryoko-Chin, ¿Por qué no vas a revisar donde dormiremos?— Intervino Asahina, consciente de que mi hija podría, en un descuido, obtener información no conveniente.
—No la dejen fuera—, dijo nuevamente en japonés Marina mientras acariciaba la cabeza de Ryoko, —ella es lista y para estas alturas ya sabe más sobre todos ustedes que ustedes mismos, pero con la diferencia de que ella no tiene miedo a la verdad y no tiene nada que ocultar.
Leonel, interesado ante ese comentario de la sabia mujer, se volvió hacia la niña, invitándola sin palabras a participar.
—La tía Yuki no es de aquí. Viene del cielo, pero no del mismo cielo de donde vienen los bebés… es muy inteligente, sabe hacer muchas cosas que nadie más puede hacer y cuida a mis papás y a mí como nadie más podría cuidarnos. Nunca lo dice, aunque la verdad es que casi nunca dice nada, pero nos quiere mucho a todos.
Miré a mi esposa. Supongo que ella está pensando lo mismo que yo justo ahora: hemos subestimado a Ryoko desde que nació, y ambos estamos asustados por ese hecho.
—¿Qué me puedes decir de la tía Mikuru?— dijo con voz sombría Robles, recordándonos que estaba ahí.
—Qué es muy bonita.
—De eso me di cuenta hace bastante tiempo ya. Pero hay algo especial con ella también, ¿Verdad?
—Ella sabe muchas cosas que los demás no…
—Ryoko-Chin…—Trató de intervenir la viajera del tiempo, pero no logró detenerla, así que se limitó a vernos con algo semejante a la desesperación en su semblante.
—Siempre nos dice que hacer o por dónde ir, como si fuera una adivina que ve el futuro.
—¿Y él?— Volvió a la carga Leonel mirando al ésper.
—El tío Itsuki es el mejor amigo de papá aunque a él no le guste admitirlo. Es muy listo, aunque a veces habla demasiado y es aburrido. También es un gran mago, pero hace sus trucos a escondidas, si los hiciera en público estoy segura que ganaría un montón de dinero—. Se detuvo momentáneamente y nos miró a Haruhi y a mí. Sentí una vergüenza semejante a si estuviera desnudo a mitad de una calle repleta de gente. Aún así, la mirada de Ryoko no era diferente a la de siempre. —Mis papás son mis papás y ya. No sé por qué mis tíos nos quieren y cuidan tanto, pero así es.
El pequeño discurso de Ryoko abrió un abismo de preguntas, ella, ajena al dilema en que nos había metido, bostezó despreocupada. Después de un afectuoso "matta ashita", se dejó conducir por la mujer de Fenicia hacia la pequeña choza posterior, que hacía las veces de dormitorio.
—El señor que me cuidó en el hospital está aquí—. Agregó mi hija al final.
—¿Greg-Ojisan?—Preguntó Haruhi, confusa.
—No, el otro, al que nadie le hacía caso. Qué bueno que está aquí, me cae muy bien.
Pasamos un tiempo prudencial hablando de trivialidades mientras que Marina volvía, anunciándonos que Ryoko finalmente se había dormido, y apenas esta información fuera confirmada, los dos mexicanos volvieron a la carga.
—Por un momento pensé que sólo ella era diferente—. Dijo Leonel en tanto que encendía varias lámparas de aceite para iluminar la inminente oscuridad de la noche. —A un viejo amigo mío le hubiese encantado conocerte… eres una extraterrestre, ¿Cierto?
—Aunque la acepción no en completamente correcta, es la más adecuada para calificar mi condición.
—¿Qué quiso decir Ryoko con que eras como una adivina que ve el futuro?— Preguntó el Pantera, prácticamente ignorando al resto de la concurrencia.
—Información clasificada—. Respondió ella mirando al suelo.
—Entonces ya no entiendo nada… esa respuesta me suena a la que dan esas enormes y perversas corporaciones. ¿Para quién trabajas entonces? ¿FBI? ¿CIA? ¿Mosad?— La decepción del capitán devino en poco tiempo en un muy bien disimulado enojo.
—En realidad ella es…— Detuve a Haruhi antes de que revelara cualquier cosa.
—Bien, creo que han descubierto parte de lo que realmente somos. Por mí está bien, aunque lo difundiéramos públicamente nadie nos creería—. Dije tratando de dotar de vigor la confianza que desarrollábamos ya con ese extraño grupo… era, de alguna manera, como otra brigada SOS, sólo que con seres diferentes y sin un líder evidente…
Hablamos los siguientes minutos sobre la condición de cada uno de nosotros. Koizumi relató su experiencia como si tal cosa, y por extraño que parezca, ninguno de los presentes parecía sorprendido de escuchar que tenía poderes paranormales. Nagato lanzó la verborrea sobre la EID y las terminales dispuestas alrededor del mundo, así como una parca explicación sobre su capacidad de alterar datos. Asahina no reveló nada, de hecho, ni siquiera habló mientras el resto lo hacía. Así, nos enteramos de que marina, en efecto, era una súcubo, uno de los más antiguos, descendencia directa de Lílith y Asmodeo, y que no eran los únicos que residían en el exilio de la selva mexicana.
—Aún me debes una pelea por esto, Gervasio—, comenzó Haruhi cuando notó que seguir ocultando su condición era inútil. —Hace unos pocos años, al ser reclutada por Interpol, se me propuso ser parte de una comisión que actuaba en secreto y siempre bajo el camuflaje de intervención contra el crimen organizado. La comisión es regularmente auspiciada por el gobierno del país involucrado, y eventualmente por El Vaticano. Mi predecesor falleció hace poco, un ex agente del FBI… Mulder, me parece, y dijeron que yo sería la última que llevaría la investidura y la responsabilidad de La Comisión… y ese es el único nombre que le dan, no tiene una función específica, sólo investiga eventos extraños y que no pueden explicarse normalmente, y está destinada al auxilio de la gente… por cierto… Ryoko dijo que aquí había alguien que ella vio en el hospital…
—¿Qué hospital?— Preguntó Leonel.
—Estuvimos en Nueva Jersey hace unos meses, ella enfermó allá…— Se volvió hacia la puerta detrás de ella, como tratando de descubrir algo entre las penumbras.
Leonel se levantó y rodeó la rústica mesa, parcialmente sonriente, hasta quedar junto a nosotros.
—Puedes sentirlo entonces, eso significa que tú también eres especial de alguna forma… es verdad, no estamos solos aquí… permítanme presentarlos—. Las manos ásperas de un hombre que trabaja la tierra se plantaron sobre el hombro de Haruhi y mi cuello, haciendo que algo de inmediato cambiara en el ambiente, haciendo por un momento la oscuridad más luminosa… haciendo visible a algo… o alguien. —Él es El Protector.
La sensación de ver a un fantasma, un vuelco en el estómago… al menos eso fue lo que yo sentí. Repentinamente se había hecho visible un hombre de pie junto a la puerta, alto y corpulento, vestía de negro, su rostro, aunque de rasgos finos, estaba matizado con la dureza que da una vida de peleas, además de un curioso corte de cabello de estilo militar, que quedaba opacado por la luz… un momento… ¿luz…? No podría decir un punto específico, pero desde detrás de su cabeza parecía venir un fulgor blanco que con sutileza mostraba los colores del arcoíris en sus destellos, y quizás lo más relevante era el enorme par de alas que se abrían desde su espalda. Pensé por un momento que eran alas de murciélago, pues los huesos y las articulaciones eran visibles, pero viéndolo con más cuidado, noté que en realidad estaban cubiertas de pequeñísimas plumas gris oscuro. Sí, tal como seguramente ya adivinaron: era un ángel.
—Yo te he visto antes…— Dijo Haruhi con el tono de voz que tienes cuando descubres algo que era evidente. —…la noche que Ryoko convulsionaba… tú estuviste ahí, tú hablaste con ella y pusiste una mano sobre su pecho para hacerla dormir…
Era él… la horrible noche que bebí con House en el Princeton-Plainsboro, cuando mi hija fue presa de una aterradora convulsión que me hizo pensar que se asfixiaría al no poder moverme… fue este ser que está frente a nosotros quien la calmó…
—Sentí su llamado. No podía resistirme… podríamos decir que está en mi naturaleza—. Dijo el nuevo contertulio (aunque seguramente estuvo ahí desde el principio) hablando también en un clarísimo japonés y con un tono de voz que parecía etéreo.
—El Protector era un ángel de la guarda hace mucho tiempo, ahora, al igual que nosotros, se refugia aquí, lejos de todas las horribles cosas que los dioses y los hombres hacen al mundo. Aquí estamos bien y a salvo… ustedes deberían hacer lo mismo y volver a casa, disfrutar de su familia…
—Eso es una cobardía…— Dijo Haruhi, retomando de nueva cuenta el verdadero sentido de la conversación. —Estamos aquí precisamente porque queremos detener esa locura, no sólo en este país… ¡por todos los cielos, son un ángel, un brujo y una súcubo! ¡Son seres grandiosos y que podrían ayudar de tantas maneras!
—¿Eso crees? ¡No sabes a quién enfrentas! ¡Estás hablando de retar a los dioses, de retar a Miguel!
—Nunca me he detenido hasta lograr lo que me propongo.
—No seas tonta. No estamos hablando de tu orgullo, no es un reto personal que puedas enfrentar con tu vanidad y tu banal sentido de lo correcto—. Dijo Leonel, aunque sus palabras eran duras, no parecía querer ofender a Haruhi, sino desanimarla, y con honestidad siento que algunas de sus afirmaciones son ciertas. —Yo lo intenté, pero sólo logré aplazarlo y perdí a un amigo y mi vida en el intento. Al igual que Marina. El Protector es un exiliado del cielo… tú misma lo dijiste… somos sólo un ángel, una súcubo y un cazador de ángeles contra las tropas celestiales y el crimen organizado de este país… yo no soy más que una divinidad quizás de vigésima generación…
Regresó a su lugar detrás de la mesa y frente a nosotros, Marina tomó la mano de Leonel tratando de reconfortarlo. Yo aún podía ver al Protector. Ya llegamos hasta aquí, hicimos este viaje larguísimo, y por primera vez en muchos años me siento contagiado por el mismo entusiasmo de mi esposa ante la posibilidad de hacer un verdadero cambio, de detener un complot que comprometería a este país, y probablemente al mundo si no hacíamos nada. Quizás sea cosa de mis prejuicios, pero me gusta mi mundo, y quiero mostrarle a mi única hija lo hermoso que puede ser.
—Bueno, ya que lo mencionas, quizás esta vez podríamos hacer de verdad alguna diferencia—. Me puse de pie detrás de mi esposa y coloqué mis manos sobre sus hombros. —Porque ahora estás en presencia de una divinidad de primera generación.
Capítulo 3.
Fin.
Este capítulo tardó, pero ya está planteado el contexto en el que nos vamos a mover… por cierto, creo que he abandonado un poco el aspecto lemon del relato… ya pensaré en como incluirlo más adelante… no se olviden de dejar un comentario y manténganse al pendiente.
Disclaimer: Leonel Arcángel, Marina, El Protector y personajes correlativos son propiedad de Édgar Clément, de la novela gráfica Operación Bolívar, Ediciones del Castor, México, 1999.
Recomiendo ampliamente la lectura de la novela gráfica mencionada. ¡Nos vemos en la próxima entrega! ¡Dejen su opinión!
