Capítulo 4 online, ya saben: disfrútenlo, opinen al respecto y todo eso, ¡gracias por seguir esta historia!
—Creo que estamos más allá de lo que podemos manejar… necesitamos tu ayuda, Asahina…— Dije, pero mi mirada se estrelló contra la desesperación de la viajera del futuro.
—No funciona…— susurró con el rostro desencajado.
—¿Qué cosa no funciona?— Pregunté sintiendo un vuelco en el estómago.
—El TPDD… ¡no funciona! ¡Ninguno de mis superiores me puede explicar porque no funciona!
La caballería llegó. Una veintena de seres alados nos rodeó y apuntó con sus armas, Haruhi lanzó su pistola a Leonel y tomó su revólver de emergencia de la tobillera debajo de su pantalón mientras hacíamos un corrillo juntando nuestras espaldas.
—Reiniciarán el sistema del que depende el TPDD… tiene que estar funcional en cinco minutos…— Dijo nuevamente la maestra del té mientras miraba confundida a todos lados, sólo entonces recordé que ella, Robles y yo éramos los únicos incapaces de verlos por nosotros mismos, pero yo corregía esa carencia al tener a Ryoko en brazos. La verdadera pregunta es si podríamos resistir esos cinco minutos…
Capítulo 4.
Quien quiera que les diga que una noche en medio de un bosque, selva, o incluso un desierto está repleta de tranquilidad es un embustero absoluto. El ruido exterior es semejante en decibeles al que hay en cualquier metrópoli, sólo que los integrantes de la orquesta son distintos, mientras que en la ciudad resuena la monótona cacofonía de los motores, las bocinas y ruidos eléctricos indeterminados, la selva ofrece el cántico de aves nocturnas, el rastreo de los roedores y reptiles y el multitudinario coro de los insectos. Curiosamente este improvisado concierto tiene cierta armonía con alguna parte del cerebro según mi humilde percepción… mientras que los ruidos de la ciudad destruyen la posibilidad de dormir, los sonidos selváticos te conducen al sueño, aunque lamentablemente no siempre te llevan a lugares donde quieres ir. ¿A qué obedece mi queja? Estoy en medio de una pesadilla… aunque ese tratamiento sería un poco injusto. Más bien estoy en medio de un sueño confuso que combina mis recuerdos con imágenes que recién adquirí hoy.
En el sueño, soy un niño, y estoy afuera de una de las rústicas casas provincianas muy comunes de los poblados que tuvimos que pasar para llegar hasta aquí; el suelo es de tierra suelta y roja, y el cielo muestra un gris revuelo que se agita y lanza vientos violentos contra mí. A unos pasos de donde estoy hay un árbol viejo y deteriorado, pero con un espesísimo y sano follaje que se mece enfurecido en respuesta al extraño clima, provocando un ruido insoportable que me mantiene con los nervios de punta. Sin embargo, no tapo mis oídos, en su lugar busco algo en la copa del árbol, en la primera bifurcación de las ramas para ser más preciso, que era el lugar donde la torcida lógica del sueño me decía que estaba la causa de mi inquietud.
Ahí había una niña, de la misma edad que yo, asumí, y su largo cabello se mecía en todas direcciones, vestía un muy sencillo atuendo de manta blanca y me miraba. La parte perturbadora de la imagen es que su rostro se ocultaba detrás de una máscara que parecía hecha de la corteza vieja de un árbol muerto, incluso había musgo entre las accidentadas aristas del antifaz. La imagen era sumamente inquietante, más no terrorífica, lo que seguramente explicaría por qué aún no había despertado en un grito. El hecho de haber llegado a ese razonamiento me permitió algo de libertad… quizás debería preguntarle quién es o por qué mi mente me juega estas bromas pesadas. Vamos, sólo pregúntalo…
—Despierta…—Dice Haruhi en un susurro mientras pellizca mis mejillas con firmeza, sacándome intempestivamente de mi sueño, una parte de mí le reprocha por no permitirme a averiguar más, la otra le agradece por haber terminado con la zozobra, sólo entonces noté que el ruido de los árboles era real, y venía de afuera de la casa.
—¿Qué hora es?—Pregunto musitando también, notando que el dormitorio, que bien podría pasar por un granero, resuena con las respiraciones rítmicas de nuestros compañeros.
—Acompáñame—. Me ordena levantándose y caminando hasta la puerta de la construcción, que sorpresivamente se abrió en silencio. Vestido en jeans y camiseta y únicamente equipado con un par de sandalias de cuero la seguí con el mismo sigilo. Ahí, tomó mi mano, consiguiendo el mismo efecto que Leonel, dando cierta claridad misteriosa a la luna, cuya luz se abría paso dificultosamente entre las copas de los árboles. Sólo entonces pude ver al Protector, de pie bajo uno de los rayos de pálida luz selenita.
—Cuento contigo entonces—. Dijo Haruhi dirigiéndose a él.
—Yo me haré cargo.
Sin importar el tipo de luz bajo la cual esté, el Protector parecía emitir su propio fulgor, como si ciertas leyes de la física no aplicaran a él, aunque para ser un ángel, era más antropomorfo de lo que originalmente hubiera podido imaginar. Considerando que un ángel no envejece como un ser humano lo haría, él luce maduro, rondando quizás los cincuenta, su rostro es duro y sus modales un tanto toscos, aunque irradia esa aura de confianza de la que hablé con anterioridad, además de que parece buenamente atado a Ryoko. Sigo refiriéndome a él por su seudónimo auto impuesto porque dice tener un nombre, pero que nunca seríamos capaces de pronunciarlo.
Mi esposa extrajo una lámpara LED de su bolsillo y luego de darme una pequeña back pack comenzó a guiarme a través de los árboles, como si regresáramos al pueblo. Tuvieron que pasar unos treinta minutos para que su mutismo me desesperara mientras caminaba dificultosamente por las veredas, mirando receloso al piso para evitar tropezar o ser mordido por alguna alimaña.
—¿Me vas a decir al fin a dónde vamos?— Pregunté.
—Debe estar por aquí…— Dijo ella para sí misma, ignorando por completo mi pregunta. —¡Ah, llegamos! Abre la bolsa.
La obedecí mientras salíamos por el mismo diminuto camino en desnivel por el que Ryoko había echado a correr esa misma tarde. Llegamos finalmente al pequeño brazo de río subterráneo que habíamos visto, que ahora tenía un hermoso brillo regalado por la luna, que con su pálida luz nos ofrecía la imagen de la serenidad por debajo de sus aguas cristalinas. Apenas llegamos ahí, Haruhi se descalzó y depositó sus sandalias en el interior de la maleta junto con la linterna, y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo. Las plantas de mis pies se encontraron con un suave musgo que se antojaba reconfortante, y bastó que me distrajera un momento en poner mi calzado dentro de la bolsa para que el estrepitoso ruido del agua me hiciera volverme hacia mi esposa, que sin pérdida de tiempo se había lanzado al agua.
—¡Date prisa! ¡La temperatura es perfecta!— Dijo entusiasmada luego de asomar la cabeza. Entonces me di cuenta que la bolsa que yo cargaba era impermeable.
—¿Exactamente qué tienes en mente?— Le pregunté un poco más animado mientras sumergía los pies en el agua, que tal como ella dijo, tenía una temperatura ideal.
—Una aventura.
De su bolsillo sacó un tubo de plástico y lo tensó con fuerza hasta que su interior crujió, irradiando una mortecina luz anaranjada, una bengala subacuática. Nadé detrás de ella, yendo a contracorriente hasta llegar al muro interior de la caverna.
—Respira hondo y no te separes de mí—. Ordenó.
Tomando tanto aire como pudimos, nos sumergimos hasta encontrar el origen de la corriente, únicamente guiados por la intuición y la bengala de Haruhi, que nadaba voluntariosa contra el aparentemente tranquilo río, pero que resultó ser más caudaloso al estar dentro de él. Pasaría por mucho un par de minutos de camino cuando la luz exterior volvió a hacerse visible, dándonos un punto de salida.
Y simplemente no me alcanzaron las palabras.
Una vez que mi cabeza salió del agua, se levantó ante mí una sobrecogedora cueva de rocas curvadas por el agua, con estalactitas perennes y sin aparentes salidas a pie, no parecía siquiera haber fauna, y una diminuta isla de roca volcánica cubierta de musgo se asomaba curiosa de entre las ahora pacíficas aguas, y como si no fuera ya irreal el panorama, la luna dejaba caer una cascada de luz desde el cenit sobre ese pequeño islote.
Haruhi llegó a tierra antes que yo, ausente, seguramente igual de absorta que yo mientras observaba la gruta por la que la luna se asomaba indiscreta a unos cien metros sobre nosotros. Con suavidad se quitó la ropa, y la dejó caer a su lado, se tumbó sobre el lecho de vegetación, sin quitar los ojos del cielo. Parecía una sirena… un ser etéreo, divino, sublime. Aún cuando llegué a la isla me quedé unos segundos inmóvil a su lado, observándola en todo el esplendor de su perfección.
También me quité la ropa mojada y me dejé caer al lado suyo, viendo también esa redonda luna, que aún pareciendo mucho más grande y brillante, no se comparaba con mi Haruhi.
—¿Crees que haya selenitas?— Me pregunta con pereza, en un letargo contagioso y gratificante.
—A estas alturas creería cualquier cosa que dijeras.
—¿Y si te digo que la luna es de queso?
—Espero que sea Camembert.
—Babas.
Se volvió hacia mí y como una niña pequeña buscó cobijo en mi regazo. La abrace repentinamente sintiéndome en deuda con la vida.
—¿Y ahora qué hacemos?
Abusando completamente de mi fuerza, la levanté por la cintura y la arrojé al agua, salió a la superficie gritando toda suerte de improperios mientras yo me carcajeaba. Lo tomó con filosofía y un instante después yo también entraba de forma violenta al río. Nadamos, reímos, nos salpicábamos como niños pequeños. Eventualmente nos encontrábamos en algún punto y nos besábamos como en los primeros días.
Si propusiera más ideas de este tipo, accedería a todas ella de muy buena gana, una vez que terminemos con todo este asunto, traeré a Ryoko aquí, estoy seguro que le encantará el lugar.
Pero no pensaría en eso en ese momento tan especial, iba a disfrutar de la compañía de mi esposa, porque normalmente es difícil tener momentos a solas… así, eventualmente me sorprendía a mi mismo viéndola nadar despreocupada, mirándome de reojo, consciente de que su belleza era hipnótica, mostrando sin reparo la perfección de su figura, apareciendo por momentos a mi lado, orgullosa, irreal e inalcanzable.
Tomó mi mano y me remolcó al islote, donde volvió a recostarse, mirándome con esa expresión que nadie más que yo ha atestiguado, giró su rostro hacia un lado, cerrando los ojos y dejando que sus brazos se desmayaran a sus costados.
—Eres bellísima… ¿te lo había dicho antes?
—No estoy segura.
—Pues te lo digo ahora. Eres bellísima… debí hacer algo muy bueno en alguna vida pasada para recibir esta recompensa.
—O quizás te lo está pagando por adelantado. ¿A quién le importa…?— Entreabrió los ojos, regalándome con esa sonrisa que detiene mi corazón. —Ven aquí… conmigo… hazme el amor…
Y así lo hice. Lentamente, cuidadosamente, tratando de aprehender cada sensación, cada suspiro y palabra entrecortada que salía de sus labios, cada caricia torpe a mi rostro o mi cabello, cada "te amo" que se le escapaba y que eran piezas valiosísimas de su léxico dada la poca frecuencia con la que lo usa. Volverse uno con ella en situaciones tan especiales como esta es un ataque a cada sentido. Por mis ojos entra su belleza y la suave armonía de su cuerpo, rítmico, inspirador; en mis oídos resuena el magnífico canto de su voz suplicante, mi gusto se deleita con el sabor de sus labios, su lengua y su piel y mi olfato cae víctima del dulcísimo aroma de cabello, su aliento y su transpiración… pero sin lugar a dudas, el más castigado de mis sentidos es el tacto… y es que tocarla o sentirla es mucho más de lo que mi cerebro puede procesar…
—Te amo tanto…— Le digo tomándola por la cintura, levantándola, sentada sobre mí, ante la avergonzada mirada de la luna sobre nosotros.
Hundí mi rostro en el surco de sus senos en el momento mismo que sentí el final llegar. Puedo escuchar el eco de los suaves gemidos de mi amante resonar en las paredes de nuestro improvisado refugio que coincidieron con el momento en que llené su matriz con mi simiente.
El fin y el inicio. La única explicación válida de la vida y su propósito.
Volví a abrir los ojos algunas horas después, aunque no sabría decir cuántas. Aún era de noche, y el único indicador del paso del tiempo era la luna, que casi había salido por completo de nuestro campo de visión para ese momento. Moví a mi esposa con delicadeza hasta que despertó.
—Debemos volver.
Su respuesta fue un asentimiento, pero cerró los ojos de inmediato, volviendo a dormir por algunos minutos más. Por fin, un tiempo después, nadábamos río abajo.
—¿Cómo hiciste para ver al Protector?— Pregunté mientras la seguía.
—Antes de dormir, Leonel me dijo que yo tenía la capacidad de verlo, pero al no estar expuesta a ángeles regularmente, no desarrollé el potencial, pero bastó con concentrarme un poco… ahora puedo verlo y a través de mí pueden verlo otras personas, como Yuki, Mikuru o tú.
—¿Qué hay de Ryoko y Koizumi?
—Según el Protector, Ryoko supo de él antes que todos nosotros e inconscientemente lo llamó. Él acudió a su llamado, y desde entonces ha estado cuidándola a distancia, a veces hablando con ella y cosas por el estilo. Koizumi debe poder verlo también por su propia cuenta ya para este momento.
Luego de pasar a nado el pequeño tramo que nos había llevado a tan mágico paraje, regresamos a la parte exterior de la gruta, dentro del equipaje que llevaba había algunos aditamentos de higiene personal, así como una muda de ropa limpia y seca. Tres cuartos de hora después veíamos la propiedad de Leonel entre los árboles, la temperatura había descendido un poco y el cielo dejaba de mostrar estrellas con la nitidez que nos había obsequiado horas atrás, pintándose en un somnoliento violeta que anunciaba la inminente llegada del astro rey.
El duro rostro del ángel exiliado nos recibió, diciéndonos con un gesto que todo estaba en orden y dándonos paso a la casa principal, que para nuestra sorpresa, rebosaba de actividad.
Faltaba poco más de una hora para el amanecer, pero Marina y Leonel hacían ya lo pertinente para procurar el desayuno, consistente en algunos huevos recién tomados del corralito, una rudimentaria salsa de tomates, cebolla y pimientos picantes (chiles o ajís) y raíces hervidas. Pero no eran ellos los que me sorprendieron por estar despiertos.
—¿Dónde se metieron ustedes dos?— Preguntó Robles mientras daba cuenta de un café caliente y aromático. Asahina estaba sentada a su lado con su propia ración, y ambos parecían muy sonrientes considerando lo tensa que se había tornado la situación entre ellos la tarde anterior.
—Exploramos un poco el terreno, ¿Qué hay con ustedes?— Respondió presta mi esposa. —No parece que acabaran de despertar.
—Eh… la verdad es que no podíamos dormir y vinimos a charlar un poco aquí, aunque no planeamos quedarnos hasta el amanecer—. Respondió el ángel del te tímidamente.
Así, mientras Haruhi se integró a las labores de confección del desayuno, me sumé a la conversación del policía y la viajera del tiempo. Me enteré entonces que Asahina había decidido no guardar secretos a Robles, lo que significaba que había relatado a lo largo de esa madrugada todo acerca de su proceder y sus habilidades. Argumentó entre titubeos que era porque de trabajar juntos, lo mejor sería saber todo sobre los otros… lo que era obviamente una excusa. Sólo existe un motivo por el cual contarías algo tan privado y peligroso a alguien, pero no lo diré ahora, no me corresponde.
Ryoko abrió los ojos cuando la luz del sol se filtraba a través del humo que despedía la cocina. Entró a la estancia tallándose los ojos y unos segundos después se sentaba con pereza sobre mis piernas mientras bostezaba. Después de que se fuera a dormir la noche anterior, los adultos hablamos acerca de qué haríamos y sobre volver a la capital y retomar nuestro trabajo. Lo único que realmente estaba en discusión era si Leonel y su comitiva viajarían con nosotros. El cazador retirado aún se mostraba renuente, pero me daba la impresión que insistiendo lo suficiente, terminaría accediendo. Así lo hicimos terminado el desayuno mientras Ryoko se entretenía en el corral dándole pequeñas raciones de alfalfa al perezoso caballo.
—Quizá podría acompañarlos, no creo que Marina o el Protector quieran volver a la ciudad, así que lo más sensato será que sólo yo vaya con ustedes. "Arui" parece tener la misma habilidad que yo…
—¿Quién?
—Ella—. Dijo señalando a mi esposa.
—Se pronuncia "Járuji"—. Corrigió.
—Sí, como sea. Lo que importa es que debería ayudarte a averiguar si tienes todos los dones de un cazador y enseñarte a controlarlos y utilizarlos.
—¿No se supone que lo que debemos hacer es proteger a los ángeles inocentes de los cazadores y de Miguel?
—No. Es mucho más complicado que eso. Ustedes y su equipo son policías, tendrán ayuda del ejército, de grupos independientes como nosotros e incluso consejo eclesiástico… ellos también, a estas alturas tienen grandes redes policíacas compradas, mercenarios, criminales y, por difícil que resulte de creer, ángeles que cooperan con ellos. Comenzarán buscando a cada cazador de ángeles como yo, entre la gente de América, judía, musulmana y protestantes. Aquél que no se les una, será asesinado. Así fue al final del siglo pasado, y no me sorprendería que así sea ahora. También es importante que no se enteren que tienes habilidades de cazador o podrían ir detrás de ustedes.
Haruhi tomó mi mano, haciendo visible para mí nuevamente al ángel, que hasta ese momento noté que departía con nosotros en la mesa. Su expresión era sombría, como siempre, sus ojos, desconfiados como los de un prisionero de muchos años miraban a todos los comensales. Finalmente se quedó unos instantes viendo a Ryoko a través de la puerta.
—Si ustedes me lo permiten, quisiera acompañar a Ryoko mientras están por aquí… sería una protección extra, no quisiera que nada malo le pasara.
Aquellos que escuchamos las palabras del Protector nos volvimos hacia Marina, silente y sonriente, esperando a que nos diera su respuesta.
—¿Cuándo nos iremos?— Preguntó, haciendo que Haruhi se levantara de su silla emocionada.
—¡Hoy mismo, por supuesto! ¡Tenemos muchísimo trabajo por hacer!
Pasarían sólo unos minutos para que Leonel y Marina hicieran pequeñas y modestas maletas, yo procuré pasar la mayor parte posible del tiempo al lado de Haruhi, para estar al pendiente de los movimientos del ángel, cuya conducta me parecía de lo más interesante. Lo sorprendí unos minutos después a un lado del sendero que nos llevaría de vuelta al pueblo, aparentemente charlando con Nagato. Al terminar su entrevista, arrastré a Haruhi hasta nuestra compañera alienígena, que miraba inexpresiva las verdes montañas.
—¿Puedes hablar con el protector?— Pregunté.
—Ayer durante la noche fui capaz de calibrar algunos protocolos de intercambio de datos con entidades inteligentes, costó un poco de trabajo, pero fui capaz de encontrar una frecuencia común entre los seres denominados "divinos" y yo. Hoy por fin tuvimos la capacidad de hablar por primera vez e hicimos un acuerdo de cooperación, ya que nuestro objetivo principal es el mismo.
—¿Cuál?
—La seguridad de la familia Suzumiya.
Me quedé unos segundos en un agradecido silencio, luego la voz de Haruhi llamo mi atención.
—¿Sucede algo malo, Yuki?
La alienígena asintió, pero no dijo nada por unos segundos, luego, con su monocromático timbre de voz nos advirtió:
—Hay fluctuaciones de información, datos confusos y erróneos en un área de tres mil kilómetros a la redonda, ruido que impide que pueda ver con claridad, reduce mi capacidad de manipulación de datos e interfiere mi conexión con la EID.
—¿Quiere decir que no puedes manipular datos?
—No, aún puedo hacerlo, pero existe una tasa de error del cuarenta por ciento, margen muy superior al normal. Solicito permiso para buscar asistencia apenas lleguemos a la Ciudad de México.
—¿A quién le pedirías ayuda?— Pregunté un tanto confundido.
—Hay dos terminales allá con las cuales podría sincronizar, dado a que están expuestas a la misma anomalía que yo, podría obtener datos importantes sobre como contrarrestar el efecto.
Continuamos los preparativos para volver a la civilización, aunque todavía tenía la intención de llevar a Ryoko al interior de esa caverna, definitivamente es algo que no podía perderse. Terminado el empaque de la cosas, se estableció el itinerario a seguir, que sería básicamente el mismo que nos trajo hasta aquí: caminaríamos hasta el pueblo, en el cual estaríamos un par de horas después de emprender la marcha, luego veríamos la forma de abordar todos el vehículo de Robles y viajaríamos poco más de diez horas para llegar a la capital. Nada del otro mundo en realidad, Aunque es un buen momento para retractarme de todas las quejas que normalmente hago al viajar en avión.
Poco antes de medio día emprendíamos finalmente la marcha, muy animada a decir verdad, aderezada con algunas bromas de Robles y las confiadas carreras de Ryoko frente al grupo, distraída por cada animal o cosa peculiar que encontrara en el camino, de tal suerte que la caminata se nos antojó corta.
Sin embargo, las palabras de Leonel algunas horas atrás me mantenían en vilo: en primer lugar enfrentábamos a seres a los cuales no todos éramos capaces siquiera de ver. Había escuchado con anterioridad que México era tristemente célebre por el nivel de corrupción de sus autoridades, lo que hacía que no me sintiera confiado aún estando del lado de los buenos, e incluso si no fuera el caso, el general Gonzaga había hecho patente días atrás cuáles eran sus prioridades.
La espesa cortina de árboles se abrió frente a nosotros, dejándonos ver los rojos tejados de las casas montaña abajo, y caminamos los últimos cientos de metros entre potreros repletos de equinos o vacunos y algunos campos de cultivo. Sin excepción, todos los andantes o trabajadores nos saludaban, ya fuera verbalmente o retirándose los quemados sombreros de paja, realmente parecía gente muy atenta, actitud en la cual no reparé en mi primera visita.
Al dar los primeros pasos sobre los adoquines del poblado, estaba pensando seriamente en buscar una posada momentánea, o en su defecto algún lugar donde comer o beber algo, pero fiel a su costumbre de esperar a que baje la guardia, el destino tenía preparado algo diferente a un largo viaje en automóvil para esas horas.
En la calma de las montañas es posible escuchar sonidos ajenos a una gran distancia. Haruhi y yo fuimos los primeros en notarlo: el ruido de varios motores de camiones pesados se acercaban del lado contrario del pueblo, los accidentes del terreno hacían imposible verlos, pero eran evidenciados por el ruido y la espesa estela de polvo que levantaban a su paso, unos segundos después, pude escuchar el inconfundible sonido de las sirenas policiacas.
—Esto no es bueno…— Susurró Haruhi tomando a Ryoko en brazos y mirando al cielo.
—Parece que ya saben que estamos aquí…— Agregó Leonel con sorna, mirando en la misma dirección que mi esposa.
—¿Alguien podría explicarme qué está pasando?
Nadie me respondió, pero Haruhi tomó mi mano y me indicó que mirara al cielo.
El día anterior había visto un espectáculo semejante, de hecho me había parecido bastante entretenido. Dada la altura del lugar donde nos encontramos, las aves de rapiña son comunes, entre halcones y buitres que sobrevuelan los complejos urbanos en busca de comida. Sobre el área que comprendía el pueblo y sus alrededores volaban quizás medio centenar de esas aves… un momento… no estaban ahí hace un segundo… y son casi imperceptiblemente diferentes a la aves… no es posible…
—Están buscándonos también—, dijo Leonel despejando mis dudas. Ocultémonos, generalmente los ángeles tienen una vista magnífica.
De acuerdo, ocultarnos, pero ¿dónde? Ignoro si existirá alguna edificación por aquí capaz de ocultarnos de cien ojos divinos, y en todo caso, ¿por qué habríamos de ocultarnos?
Un convoy compuesto por media docena de camiones blindados color ultramar cruzaron los arcos de piedra de la entrada el pueblo, hubo una gran conmoción y las madres, afanosas, gritaban los nombres de sus hijos para ponerlos en resguardo dentro de sus casas, un poco contagiado de ese espíritu, tomé a mi hija en brazos. A nosotros nos separaba una distancia importante del vehículo de Robles, y tratar de llegar allá sería igual a entregarnos, mezclarnos entre la gente y fingir demencia resultaba imposible considerando que nos falta algo de color en la piel.
La vista desde nuestra posición era privilegiada, pudimos ver con lujo de detalle cuando los blindados tomaron cada uno de los caminos y de cada uno bajó un pequeño escuadrón de policías encapuchados y armados con rifles de asalto. Parecía que después de todo si iban a encontrarnos.
—Vamos…— susurró Haruhi a mi oído mientras me remolcaba de la mano hacia una de las últimas casas de poblado que parecía abandonada. —Yuki, haz una pantalla de protección sobre nosotros…
La alienígena obedeció e hizo un rapidísimo en inaudible cántico mientras caminábamos con el mayor sigilo posible.
—He generado un camuflaje, ante ojos humanos somos invisibles, pero no tengo la certeza de que funcione con seres divinos.
Era mejor que nada. Como hace mucho tiempo no me pasaba, me sentía ansioso, y no es que no pasé por situaciones como esta a menudo, sino que esta vez Ryoko está con nosotros. Eché un rápido vistazo a mi hija, que parecía también nerviosa, debajo de una de sus mangas aún es visible la cicatriz dejada por la mordedura de Vamp hace meses… aún no me perdono por eso, no voy a permitir que otra cosa mala le pase. Estábamos ya a sólo una veintena de pasos del improvisado refugio cuando una exclamación de Koizumi mientras señalaba el firmamento me hizo dar un respingo.
Literalmente cayó del cielo. Podía verlo porque llevaba a Ryoko en mis manos y ella se asustó tanto como yo mientras nuestra comitiva se detenía abruptamente. El manchón oscuro que nos cortó el paso se hallaba acuclillado frente a nosotros y lentamente se puso de pie, llevaba un traje de campaña azul sin sectores o marcas, un pesado chaleco antibalas y una capucha negra cubría su rostro, en su hombro derecho colgaba la correa del arma automática que llevaba en las manos. Sus enormes alas color marrón se cerraron parcialmente a sus espaldas, aumentando apenas perceptiblemente el blanco fulgor que rodeaba su cabeza. Nos apunto con el rifle.
—No den un paso—. Ordenó con esa voz que parece sonar dentro de nuestras cabezas.
—¿Y si nos negamos?— Preguntó con irreverencia El Protector yendo al frente del grupo, el recién llegado retrocedió unos centímetros, apuntando al rostro a nuestro ángel guardián.
—Hablo es serio, voy a disparar…
—¿Y lograr qué? ¡No podemos matarnos entre nosotros!— Exclamó él caminando sin dudar hacia el agresor, el cual dio un paso atrás.
Haruhi llevó su mano hacia su cinturón, buscando su arma, pero yo la detuve. —No frente a Ryoko…— le susurré, haciéndola desistir de su intento. Si tiene la capacidad de herirlo o no, no era la situación idónea para comprobarlo.
Temeroso, el ángel recién llegado dejó salir una ráfaga de su arma, obligándonos a tumbarnos, las seis ojivas penetraron el cuerpo del Protector, pero este ni siquiera dio cuenta de ellas, los ojos claros debajo de la capucha del otro ángel se abrieron con temor al ver a su contrincante seguir avanzando.
—No te lo dijeron, ¿verdad…? ¡Vete de una vez! ¡No tienes que morir aquí!— Le reclamó nuestro ángel tomándolo de las solapas.
Sin embargo, el otro, repentinamente envalentonado empujó al Protector y volvió a apuntar al grupo con su arma.
—¡Entonces tú tampoco puedes dañarme, vine por algo y voy a llevármelo, no pueden evitarlo!
Leonel abrazó a Haruhi por la cintura. Por un momento lo creí un cobarde y que iba a usarla como escudo humano, pero estaba errado. En un sólo movimiento tomó el arma de Haruhi e hizo un disparo certero al hombro del ángel, que cayó sentado con una expresión de dolor y confusión en los ojos, único rasgo visible dado su atuendo. Nunca me ha gustado el sonido de los disparos, en especial cuando el arma es accionada muy cerca de mí, el sonido es terrible y deja un molesto zumbido que perdura varios minutos. Parece que a mi hija tampoco le gustó. Ryoko se aferró a mi camisa y hundió su rostro tanto como pudo en mi regazo mientras gritaba y lloraba.
El ángel herido no se rindió, en su lugar levantó su arma una vez más, marcando con ello su destino.
Antes de que el encapuchado pudiera siquiera apuntar bien el rifle, Leonel tiró cinco veces más del gatillo, igual número de balas entraron en el cuerpo del caído, haciéndolo lanzar un quejido apenas audible mientras se echaba de espaldas. Por algún motivo que no entendí en ese momento sentí toda la desesperación de Ryoko y tuve que cerrar los ojos, al abrirlos de vuelta noté que todos los miembros de la Brigada salvo por Nagato experimentaban algo semejante, Asahina incluso se había tapado los oídos. Vi a Leonel caminar hacia el abatido e hincarse a su lado.
—Estúpidos chalecos antibalas…— dijo mirando con algo semejante a la compasión al ángel moribundo que no pudo ser herido en algún lugar vital por la protección del chaleco. —Terminará muy pronto… lo lamento…
Puso el cañón en la sien del ángel, y sin detenerse a pensarlo, disparó una última vez.
Ryoko volvió a gritar, esta vez más fuerte, como si algo le estuviese causando un dolor insoportable… y yo me sentía terriblemente mal, tanto así que por un momento mis ojos se humedecieron. Mantuve el rostro de Ryoko sobre mi pecho dejando que se calmara, ojalá ella nunca hubiera presenciado esto.
Nos pusimos de pie en un instante y rehicimos la marcha, de reojo pude ver a Leonel regresándole la pistola a Haruhi, y todos tuvimos mucha precaución de no ver el cadáver en el suelo. Sin embargo, nuestro enfrentamiento no podía haber pasado desapercibido, al ver nuevamente al cielo, los otros ángeles comenzaron a descender hacia nosotros, haciéndome temer en serio que la jornada terminaría mal.
—Creo que estamos más allá de lo que podemos manejar… necesitamos tu ayuda, Asahina…— Dije, pero mi mirada se estrelló contra la desesperación de la viajera del futuro.
—No funciona…— susurró con el rostro desencajado.
—¿Qué cosa no funciona?— Pregunté sintiendo un vuelco en el estómago.
—El TPDD… ¡no funciona! ¡Ninguno de mis superiores me puede explicar porque no funciona!
La caballería llegó. Una veintena de seres alados nos rodeó y apuntó con sus armas, Haruhi lanzó su pistola a Leonel y tomó su revólver de emergencia de la tobillera debajo de su pantalón mientras hacíamos un corrillo juntando nuestras espaldas.
—Reiniciarán el sistema del que depende el TPDD… tiene que estar funcional en cinco minutos…— Dijo nuevamente la maestra del té mientras miraba confundida a todos lados, sólo entonces recordé que ella, Robles y yo éramos los únicos incapaces de verlos por nosotros mismos, pero yo corregía esa carencia al tener a Ryoko en brazos. La verdadera pregunta es si podríamos resistir esos cinco minutos…
Nuestros captores no se movían, de alguna manera no parecían querer lastimarnos, situación que fue aprovechada por nuestros compañeros. Leonel fue el primero y comenzó a repartir disparos, haciendo que varios de los encapuchados levantaran vuelo alrededor de nosotros, conscientes del peligro que él representaba para ellos.
—¡Resguarden a la familia! ¡Maten al cazador y a los otros!— Llegó la orden desde el cielo, de uno de los que aún no habían bajado y cuya indumentaria parecía un tanto diferente.
—¡Todos a la casa, rápido!— Indicó Leonel al mismo tiempo que El Protector se interponía entre él y los disparos de uno de sus congéneres.
Era claro, nos querían a nosotros, y por lo que sé sobre mi familia, seguramente estaban detrás de Haruhi y Ryoko, y apenas las tuvieran, me desecharían… no es como si fuera la primera vez que mi vida se ve comprometida de esta forma, pero quiero ver a mi hija crecer y detestar a sus novios. Si lo que intentaban era acabar con la Brigada SOS no tenían idea de quienes somos. Lo descubrieron unos segundos después.
Koizumi salió volando detrás de uno de ellos y con satisfacción noté que sus poderes podían aturdirlos y dañarlos, Haruhi y Leonel lograban herirlos, y Nagato hizo uso de sus ahora mermadas habilidades pero también podía lastimarlos, recibió un par de balas en su espalda que con tranquilidad extrajo y cerró sus heridas antes de volver a la carga, el Protector y Marina hacían lo propio.
Por un momento miré a los policías que llegaron al poblado y al resto de los habitantes del lugar, totalmente ajenos a la batalla que se desarrollaba a unos metros de ellos gracias al camuflaje de Nagato. Aprovechando la batalla, los menos dotados en ese momento (Robles, Asahina, Ryoko y yo) comenzamos a correr bajo la cubierta de los más competentes, en una batalla simplemente irreal.
En ese momento la esperanza me iluminó, si el TPDD de Asahina funcionaba en el tiempo mencionado, teníamos una muy buena oportunidad de escapar, al parecer, nuestros compañeros eran más diestros de lo esperado y parecían resistir bastante bien el asedio de los ángeles… tonto iluso… siempre esperando lo mejor en el peor de los panoramas…
Un lamento en una voz conocida me hizo volverme al cielo. Koizumi había sido tomado por el cabello y fue golpeado en el rostro varias veces por un contrincante anónimo, el último golpe lo impactó con tal fuerza que un chisporroteo de sangre proveniente de su ceja derecha manchó la mano de su atacante. El ésper quedó semiinconsciente, e incapaz de mantener el vuelo comenzó a desplomarse. Solícita, Nagato corrió para interceptarlo antes de caer. Lo atrapó y con suavidad lo puso en manos de El Protector… he visto esa mirada en su rostro antes… creo que nunca sería mejor usada la siguiente expresión: si Nagato se enoja… incluso los ángeles deben temer…
Para ese momento, la batalla se desarrollaba a nivel del suelo, Nagato se abrió paso por medio de sus poderes y a mano limpia entre los encapuchados, repeliendo con barreras invisibles a unos y apartando a golpes a otros, buscando sin lugar a dudas al que era el líder, el mismo que había dado la orden de matarnos a todos, menos a mi familia; pude verlo ir directo hacia la alienígena y esta vez sí tomé buena nota de su apariencia… su larga cabellera platinada caía con suavidad sobre sus hombros, a diferencia del resto, ataviados con uniformes de campaña, vestía una armadura de color indefinido, pero definitivamente metálica muy semejante a las que se usaron en el Medievo que hacía juego con sus alas marrón-dorado, no cargaba un arma de fuego, pero de su cinturón colgaba una espada, aunque no parecía tener intenciones de desenvainarla; no obstante, su mano derecha empuñaba una daga.
—Es Nanael… detén a tu amiga…— Advirtió el Protector a Haruhi, al escucharlo me volví hacia ellos de nueva cuenta, pero era tarde ya, el encuentro era inevitable…
Un ángel se interpuso en el camino de ambos. Sin la menor delicadeza, el ser llamado Nanael lo arrojó a un lado hasta quedar frente a frente con Nagato. Y la batalla comenzó. El ángel apenas si se movió, pero una fuerte marejada de energía embistió a la extraterrestre, haciéndola arrastrar los pies una decena de metros. Ella no iba a quedarse atrás, y corrió para golpearlo mientras hacía cánticos silenciosos que buscaban vulnerarlo de alguna manera. Era uno de los mejores duelos en que nuestra confiable alien se había visto envuelta, pero su contrincante apenas si parecía notarlo.
—Quince segundos…— Dijo Asahina viendo a Nagato, incapaz de comprender sus movimiento dado que sólo la veía a ella, pero no a su contrincante. —Deben hacer que venga con nosotros.
—¡Yuki! ¡Déjalo ya! ¡Debemos irnos!— Gritó mi esposa, pero fue ignorada.
Y precisamente cuando pensé que cualquier ataque sería infructuoso, las uñas de la mano izquierda de Nagato alcanzaron el rostro del ángel, haciendo que girara su faz unos milímetros. Ambos se quedaron inmóviles un instante.
Pasó en un segundo, la mano izquierda del líder angélico tomó con fuerza el cuello de Nagato, suspendiéndola en el aire casi medio metro. Con horror vimos su daga penetrar el costado de nuestra compañera y salir de inmediato, acercó su rostro al de ella y susurró algo a su oído que no pude escuchar… luego simplemente la dejó caer.
—¡Tómense de las manos!— Ordenó Asahina y se esfumó.
Reapareció una décima de segundo después al lado de Nagato, tomándola y trayéndola hasta nosotros con la misma técnica. Los diez, más que tomarnos de la mano, nos abrazamos. El paisaje se revolvió, pude ver el inamovible rostro del contrincante de Nagato hacer una mueca de ira mientras veía como nos desvanecíamos en un salto espacio-temporal que seguramente no esperaba. Habíamos logrado escapar.
Reaparecimos un instante después en el jardín de Robles al sur de la Ciudad de México, librando un viaje de seiscientos kilómetros en un santiamén, y derrotados, nos dejamos caer sobre el césped.
—Qué… ¿Qué ching…? ¡Es mi casa! ¿Cómo llegamos aquí?— Preguntó Robles en voz muy alta sin terminar de comprender nuestro escape.
—Tranquilo… yo me sentí igual la primera vez—. Le dije tratando de reconfortarlo.
Haruhi tomó a Ryoko en brazos. Aún hipaba y algunos sollozos apagados escapaban de su pecho… le bastaron unos segundos en los brazos de su madre para quedar profundamente dormida, seguramente agotada por el nivel tan elevado de stress.
Y entonces escuché un lamento… nunca había escuchado esa voz, se quejaba en un sollozo apagado. Por un momento pensé que quizás por accidente habíamos traído a alguien más, pero no era el caso.
—¡Yuki!— Fue el grito débil de Koizumi al hincarse a un lado de Nagato, que se había desplomado con las manos presionando su costado…
—Me… me duele…— Dijo la alienígena… un momento, Nagato no se queja… nunca… —Me duele mucho…
—T-tranquila…— Dijo Koizumi tan confundido como el resto. Vi los ojos de Nagato… estaban inyectados de sangre y gruesas lágrimas caían por sus mejillas…
Koizumi tomó en brazos a su novia y la llevó adentro de la casa, Esperanza estaba ahí y casi sufre un infarto al vernos llegar, golpeados, maltrechos, y heridos. El ésper depositó a Nagato en el sofá y entre él y Esperanza comenzaron a darle tratamiento mientras Haruhi corría por agua y toallas para limpiar la herida producida por el ángel, que al parecer, no sólo la lastimó físicamente. Pasarían unos minutos para que se tranquilizara, la herida, aunque profunda, no había perforado arterias u órganos internos y no parecía de gravedad. Un poco más calmados, varios minutos después, fue Haruhi quien abrió el diálogo para aclarar tan extraño escenario.
—¿Yuki?— Hizo la tentativa, logrando que el resto aguantara la respiración.
Nagato se volvió a ella enseguida, con una mirada… demonios, era muy raro… una mirada expresiva, real… viva…
—¿Sí…?— Dijo con la voz aún quebrada.
—¿Te sientes bien?
—No… me duele la herida…— Un suspiro profundo y entrecortado escapó de su pecho. Koizumi tomó su mano con dulzura para reconfortarla, ella lo miró y sonrió tímidamente, casi logrando con ello que los ojos se nos salieran de las cuencas.
—¿Qué fue lo que te hizo?— Preguntó el ésper.
—No lo sé…
—¿Qué fue lo que te dijo?— Pregunté yo sin recuperarme de la sorpresa de sus expresiones.
Hizo un gesto, como esforzándose por recordar, luego me miró con una muy alta dosis de confusión en la cara para decir:
—"Ya que te gustan tanto los humanos, sufrirás igual que ellos".
¿Qué fue lo que le hizo a nuestra compañera…?
Capítulo 4.
Fin.
Bien, supongo que muchos de ustedes como buenos fans de la película "La Desaparición de Haruhi Suzumiya" habrán leído el spin-off "La Desaparición de Nagato Yuki-Chan", creo que es uno de los personajes "alter" que vale la pena rescatar... ¡Sigan al pendiente y hasta la próxima!
