Capítulo 7.

Nunca estuve en una guerra antes. Sí, tuvimos nuestras batallas, a cual más intensa en el pasado, en Gunkan-Jima, Nishinomiya y Nueva Jersey, pero nada como esto. Hay disparos y gritos, todo mundo corre atropelladamente en todas direcciones, he tenido que blandir el daito al menos una docena de veces, dejando el mismo número de heridos detrás de mí. Robles, Marina, Leonel, El Protector, Nagato, Koizumi, Asahina, Haruhi y yo estamos siendo sometidos como nunca antes, superados en número y recursos. Todos fuimos sorprendidos, sin aviso, sin piedad. Aquellos a quienes ayudamos y defendemos desaparecen sin dejar mayor rastro que el aroma a sándalo, en medio de espontáneas y fugaces nubes blancas, abducidos hacia el firmamento, y esos son los afortunados, los que no tienen tanta suerte se desangran en el suelo, mueren en agonía… y al ritmo al que van las cosas, quizás los alcancemos pronto.

No hemos hecho más que escapar desde que llegamos a este país, parece que en efecto, las fuerzas celestiales son más de lo que podríamos manejar en nuestro mejor día.


Como una diminuta estrella de mar, Ryoko no se separó de mí en toda la noche; y esa madrugada, aún dormida se las arregló para bajar adherida a mi espalda hacia el comedor para tomar algo de leche, mientras que su madre hacía sus formas y meditaba a intervalos en el jardín. Había llegado un figurativo "Día D" en los últimos días de ese octubre, que según lo expresado por nuestro renuente informante sería un día sumamente importante para el Arcángel que lideraba toda la operación.

Nagato ya preparaba algo mientras daba más que unos cuantas probadas a la sartén, al parecer su "humanización" no interfirió con su apetito. De sus oídos bajaban sendos cables blancos los cuales identifiqué como los audífonos del reproductor multimedia de Haruhi, aquél de la manzanita, seguramente prestado por ella. No pude más que sonreír al verla distraída de espaldas a mí mientras bailaba… sí bailaba, tanto como el cuidado del desayuno se lo permitía, y cantaba también…

Last night I had a dream about you
In this dream I'm dancing right beside you
And it looked like everyone was having fun
the kind of feeling I've waited so long

Don't stop come a little closer
As we jam the rhythm gets stronger
There's nothing wrong with just a little, little fun
We were dancing all night long

The time is right to put my arms around you
You're feeling right
You wrap your arms around too
But suddenly I feel the shining sun
Before I knew it this dream was all gone

Ooh I don't know what to do
About this dream and you
I wish this dream comes true

Ooh I don't know what to do
About this dream and you
We'll make this dream come true

Why don't you play the game?
Why don't you play the game?

En el solo de guitarra con el que finalizaba la canción dejó de cocinar por unos segundos y acomodó las manos como una verdadera guitarrista, de hecho, no me sorprendería en lo más mínimo que su imitación arrancara las mismas notas que la música original, inclusive agitaba la cabeza, presa de lo que podríamos llamar "un ataque de Rock".

—Buenos días—. Saludó terminada su interpretación y sin volverse a verme, seguramente consciente de mi presencia desde varios minutos antes.

—Buenos días… ¿Y Koizumi?

—Aún no despierta. Ha tenido un par de días difíciles.

—O noches…— Qué estúpido soy. —Lo lamento, no debí decir eso.

Sin embargo, mi poco delicado e inoportuno comentario fue recibido con una discreta risa por parte de la extraterrestre.

—Entiendo que la etiqueta define como inapropiado un comentario de ese tipo, pero llevamos tanto tiempo juntos que me resulta más bien jocoso—. Dijo mientras desenredaba con delicadeza los brazos de Ryoko de mi cuello. —La mayor parte del tiempo de vida que he tenido ha estado dedicado a la observación de ti y de Suzumiya, han sido como unos padres para mí… o no, más bien como unos hermanos… o unos primos…

—Dejémoslo en que somos como familia—. Intercepté para evitarle un dolor de cabeza innecesario. —Me alegro mucho de que ahora pienses así de nosotros.

—Siempre he pensado así de ustedes—. Respondió, aunque la miré con algo de escepticismo. —De acuerdo… al principio Suzumiya era algo molesta.

—¿Algo molesta? ¡Era una pesadilla!

—De acuerdo, era como la hermana que nunca tuve… ni quise…— Reblandeció su gesto mirando hacia mi esposa a través de una de las ventanas de la cocina. —Pero ese fue un error mío. Traté de entender a una Suzumiya incompleta.

—¿Qué quieres decir?

—Durante muchos años tuve la impresión de que eras una especie de catalizador que evitaba que Suzumiya perdiera el timón en algún momento, pero ese término era inexacto… para comprender adecuadamente a una entidad como ella, hay que verla completa, dentro de todo el contexto que comprende su realidad. Tú no eres un catalizador ni nada parecido, eres su complemento. Sólo cuando alcancé ese entendimiento pude ver el tipo de criatura que ella era en verdad y cuán benéfica puede ser para el mundo. Ella ya era muchas cosas antes de encontrarse contigo, podía hacer cosas que nadie dentro o fuera de este planeta podía siquiera imaginar, pero sólo en tu compañía podía lograr la disciplina y el control para desatar su auténtico potencial. Aún hoy, con todo lo que ha crecido sigue en una especie de latencia, esperando a revelar una aportación a la historia que trascenderá más allá del tiempo y el espacio.

—Y con todo y eso, sigue siendo una humana—. Agregó una tercera voz que se nos unió. Leonel tomó una silla junto a nosotros. —Cosa que aún no termino de entender… he visto divinidades antes, he convivido con ellas, en muchas formas. Haruhi es, sin embargo, muy humana, e ignoro por qué… si ella así lo deseara, podría trascendernos, seguir adelante, buscar verdades más allá de las ataduras que nos mantienen pegados al universo como lo conocemos.

—¿Papá…?

Ryoko se talló los ojos con pereza y se sentó en el sofá donde Nagato la había tendido. Desde que volvimos de la selva había sido un poco recelosa con Leonel luego de verlo terminar con la vida del desafortunado ángel que intentó cortarnos en paso. Sin embargo, ese día se acercó a nosotros y se sentó entre el cazador y yo sin mostrar cautela, recargando su mentón sobre la mesa.

—¿Ya me perdonaste?— Le preguntó el hombre de la selva.

Ella respondió con un asentimiento.

—Mamá y papá han tenido que lastimar a otras personas antes, algunas veces por culpa mía. Sería muy injusta si te tuviera que perdonar… sólo estaba triste, porque quien resultó lastimado era un hermanito del otro señor con alas que siempre está cuidándonos. Él no lo dice, pero sufre mucho cuando esas cosas pasan—. La niña levantó el rostro y clavó sus brillantes ojos ámbar en la faz de su interlocutor, dejándolo sin aliento por un momento. —Tú eres un señor bueno, y no te gusta que tus amigos estén tristes, yo no puedo perdonarte, porque no me hiciste nada a mí. Pero si quieres estar en paz, deberías decirle al señor Protector que lamentas lo que pasó. Él es más bueno y comprensivo de lo que todos creen.

—Los adultos podemos llegar a pensar que las personas a las que queremos son adivinos que leen nuestra mente—. Dijo Marina al entrar y revolver el cabello de mi hija. Parece que comparte con Nagato esa habilidad de caminar sin hacer ruido. —Por eso mismo no les decimos que lo sentimos y no se enteran de que lamentamos nuestras ofensas o que los amamos…

Abrió los brazos, invitando a la pequeña a subir a cambiarse antes de desayunar.

—Si me disculpan un momento, debo hacer algo…— El cazador se marchó también, seguramente conmovido por el argumento combinado de la súcubo y la niña.

Estas personas están enseñándome cosas… y también, haciéndome recordar otras. Entre lo aprendido está que sin importar el origen, ya sea terrenal, divino o incluso demoniaco, el camino es algo que se elige. Entre lo que estoy recordando, está el hecho de que en efecto debo demostrarle a las personas que me rodean cuanto los estimo… uno nunca sabe, mañana podría no volver a casa a ver a la mujer que amo y a mi hija… y no sólo a ellas.

—Nagato.

—¿Sí?

—Me siento muy apenado por lo que pasó la otra noche—. Dije sintiéndolo de verdad. Soy un hombre muy celoso de mi intimidad y me produce inquietud haber vulnerado la de alguien más… en especial alguien tan cercana como Nagato.

—Vamos, no debes sentirte así—. Respondió con esa sonrisa a la que me encantaría acostumbrarme.

—No, Nagato, de verdad. Fue una enorme debilidad de carácter tanto de Haruhi por propiciarlo, como mía por permitirlo. Lamento haberte avergonzado de esa forma.

—Nadie, absolutamente nadie puede controlarlo todo, y mira quién te lo está diciendo… pero Suzumiya y tú tienen la loca idea de que pueden hacerlo, quizás no te habías dado cuenta, pero esa es una de tantas cosas que tienen en común. Lo que pasó esa noche fue sorpresivo, pero no creo que haya sido malo, somos adultos después de todo, y unos con fuertes lazos de confianza… no puedes tener el control de todo… sólo somos humanos.


La luz llegó difuminada esa mañana. No era un nublado común, era literalmente el anuncio de un torrencial. Bastaron sólo unos minutos desde que el sol se mostrara tímidamente cuando sin el típico preámbulo de la llovizna los tlaloques rompieron todas sus vasijas al mismo tiempo, lo supe por la fiereza con la que los truenos cimbraron las ventanas de la casa, y por la parcial invisibilidad que ahora apenas si me dejaba ver a los tres artistas marciales afuera, y a diferencia de lo que llegué a pensar, el entrenamiento no se detuvo. Poco antes de la séptima hora las dos chicas de la brigada entraron tiritando detrás de Robles, que haciendo alegoría a su heráldica no se mostraba en absoluto perturbado por las inclemencias del clima. Ryoko había desayunado ya, junto con la mayor parte de los invitados del lugar, quedando pendientes únicamente los recién llegados y yo. Luego de saludar con un beso silencioso a su hija, Haruhi me tomó de la mano, llevándome escaleras arriba.

Entramos ambos al baño, donde con algo de premura se quitó la ropa mojada. Hoy pasa algo… el voto de silencio al que está obligada termina en el momento en que cruza la puerta hacia adentro de la casa, pero hoy parecía no tener deseos de hablar. Entró a la ducha mientras yo tomaba asiento en la tapa del inodoro y observe su silueta a través del cristal empañado por el vapor del agua caliente.

—¿Ya te duchaste?— Habló al fin.

—Aún no.

—¿Y qué estás esperando?

—¿Sucede algo malo?— Pregunté un minuto más tarde, mientras tallaba con delicadeza su espalda perfecta.

Dejaría pasar unos cuantos minutos antes de responder. Se dio la vuelta y se prendió de mi tórax, plantando su mejilla en mi clavícula, observando distraída las formas que el jabón dibujaba en el agua a nuestros pies.

—Tengo miedo.

—Lo sé… Buenaventura nos advirtió que no fuéramos hoy al cuartel, no sabemos qué va a pasar ahí, lo mejor será quedarnos aquí y evitar el peligro.

—No le temo a eso. Las balas y las amenazas no me asustan, pero hay algo más… no puedo ubicarlo, Me he negado a reconocerlo, pero mis huesos me gritan que algo cambiará…

—Los cambios son buenos.

—Pero no siempre son amables con quienes los encarnan.

Nos quedamos bajo el chorro de agua hasta que las yemas de nuestros dedos se arrugaron. Con un demonio, detesto verla así… vamos, no sabríamos qué hacer si no está ella con ese inagotable (a veces insoportable) aplomo que la caracteriza.

Minutos más tarde cruzábamos el pasillo debidamente vestidos y más o menos sosegados, faltaban sólo unos pasos para llegar a la escalera cuando nos topamos con Nagato, extrañamente presurosa y en dirección al baño que habíamos abandonado momentos atrás. Nos dedicó una sonrisa nerviosa y siguió su camino. Sería cosa de tres segundos desde que cerró la puerta tras ella cuando un grito ahogado nos puso en alerta a Haruhi y a mí.

—¿Estás bien?— Pregunté cuando llegamos a la puerta del recinto.

—Eh… no tanto… ¿Podrías entrar, Suzumiya?

—¿Suzumiya uno o Suzumiya dos?— Dudé… no sería correcto que un varón entrara al baño con ella, ¿cierto?

—Suzumiya uno—. Apremió la alienígena, con lo cual Haruhi me despachó del lugar pidiéndome que la esperara abajo.

Sería el tiempo equivalente a un par de parpadeos para que mi esposa volviera a salir del lugar en dirección a nuestro dormitorio, traté de averiguar qué sucedía, pero un bufido de la detective que en notación científica se traduciría como: "Esto no es asunto tuyo, no te atrevas a preguntar" me hizo desistir en el acto y continuar mi camino. Si es importante, me enteraré sin lugar a dudas.


Nagato y Haruhi llegaron apenas un poco después, y hasta que mi esposa tomó asiento a mi lado, comencé a comer. Nagato parecía más bien ansiosa, pero aún así comió un segundo desayuno equivalente al doble de cualquiera de los otros y lanzaba eventuales miradas cautelosas al ésper. No incomodaría más a la perturbada alienígena, así que lo dejaría pasar por algún tiempo, evitando una escena en el desayuno. Para mi fortuna, Haruhi ya tenía bien planeado el tema de sobremesa, discutido apenas Ryoko fue enviada escaleras arriba para evitar que escuchara la conversación, auxiliados por una consola de videojuegos y un conjuro sordo de Nagato sobre la puerta de su habitación.

—En quince minutos estaremos en camino al cuartel de la policía. Buenaventura nos previno sobre un evento, aunque no entró en detalles acerca de lo que sucedería en el mismo, así que deberíamos ir todos y preparados para todo. ¿Mikuru?

—Mis superiores dicen estar enfrentado algo parecido a una ruptura espaciotemporal inusual, el uso del TPDD podría resultar peligroso, además de que levantaría querellas innecesarias sobre mi persona o la brigada. Sin embargo, en apoyo me ha sido autorizado el uso de algunos instrumentos de combate defensivo para poder garantizar nuestra supervivencia en caso de una crisis.

La extraterrestre secundó:

—Al igual que sucede con Asahina, hay anormalidades que no permiten que mis habilidades para la edición de datos sean utilizadas a su máxima capacidad. Aún así, el diagnóstico de mis capacidades deja dentro del rango de lo aceptable mi respuesta y desempeño ante situaciones catastróficas.

—Mi fuente de poderes se encuentra en plenitud, así que yo no tengo mucho de qué preocuparme—. Dijo seguro el ésper, al ser el único directamente dependiente de Haruhi en materia de habilidades.

La detective tomó mi mano, dejándome ver al Protector. La Brigada SOS sucursal México estaba formada frente al equipo original del lado contrario de la mesa.

—Por supuesto, yo debo entrar con ustedes—. Comenzó Robles. Se me ocurren muchas cosas sobre lo que podría pasar hoy, pero no imagino que pueda ser tan importante como para tener en suspenso a un tipo como Buenaventura. Debemos ser cautelosos.

—Yo, entre otras cosas, soy prófugo de la justicia—. Dijo Leonel. —Sin embargo, estaré lo suficientemente cerca para llegar a ayudar en caso de ser necesario, tengo mis mañas para no ser visto—. A sus pies había una maleta raída y maltrecha, no vació todo el contenido, sólo extrajo una vieja escopeta Mossberg 590, afectuosamente conocida en estos rumbos como "chaquetera".

—Yo estaré junto con Leonel—, Dijo luego Marina. —Por fortuna, yo no necesito armas. Sólo me gustaría aconsejarles que no inicien peleas sin motivo, en especial tú, Haruhi. Deben actuar como si fuera cualquier otro día, sólo de esa manera estarán de verdad prevenidos para lo que venga.

—En un principio pensé que debería entrar con ustedes, pero Buenaventura es un cazador y no sería conveniente que me viera, en especial si no sabemos de qué lado está, pero los vigilaré desde el aire—. El Protector decía esas palabras mientras preparaba su equipo. Él fue quien más llamó mi atención, vestía totalmente de negro como siempre, completando con unos guantes de motociclista, aquellos que sólo cubren las palmas, dejando al descubierto los dedos. Guardó en su cinturón un kukri temiblemente afilado, y revisó el barrilete de su arma, una Colt Python de negro acero con un cañón de veinte centímetros—. Si sucede algo y no me doy cuenta, sólo deben llamarme.

—¿Y cómo te llamamos?— Preguntó Haruhi.

—¿No es obvio? Rezando.

Fue el momento que estaba esperando. No me mal entiendan, no soy un partidario de la violencia, pero poner mis espadas sobre la mesa y saborear el dulce elixir de la admiración es algo que pocas veces puedo hacer.

—¿De verdad sabes usarlas?— Preguntó Robles pasando una mano sobre una, pero sin atreverse a tocarla.

—Es un gran esgrimista—. Dijo Haruhi, más orgullosa que yo.

—Pues espero que no tenga oportunidad hoy para demostrarlo—. Cerró el ángel con un tono sombrío.

Minutos después todos nos despedimos de Ryoko. Todavía parecía renuente a dejarme marchar, aunque ya no tenía la incipiente depresión de horas atrás. Luego de notar que las palabras no dejarían tranquila a la niña, extendí mi mano a mi esposa, haciendo el ritual de toda la vida. Se quitó la argolla de matrimonio y me la alcanzó, y yo me quité la mía, para luego dejarlas a resguardo de nuestra hija.


Aproveché los minutos en la soledad de nuestra habitación, mientras nos poníamos ropa adecuada para la excursión, para indagar qué había sucedido minutos atrás en el cuarto de baño con Nagato y Haruhi, pero debía ser cauteloso. Haruhi no acostumbra guardarme secretos, y no quería que por una mala formulación de preguntas eso fuera a cambiar. La observe en silencio por unos segundos mientras metía sus largas piernas en el ajustado traje de infiltración.

—Nagato lució algo distante durante el desayuno ¿no crees?— Intenté.

—¿Te lo pareció?— Preguntó tratando de restarle importancia mientras cambiaba el sostén de seda con encajes por uno deportivo de algodón. —No lo noté.

No respondí. He aprendido en estos años a hacer el tipo particular de silencio que pone sus nervios de punta, quizás no sea algo de lo que debiera enorgullecerme, pero me ha servido para obtener respuestas y favores. Unos cuantos segundos más.

—…

—Muy bien… — Dijo molesta dejando de arreglar su cabello y acercando su rostro mucho al mío con esa misma expresión idiota que puso el día que trató de "pasarme buenas vibras" al enfrentar a la sociedad para el estudio de la informática en el bachillerato, aquél hoy lejano "Día de Sagitario"—. Te lo diré pero debes prometer… ¡No! ¡Debes jurar que no le dirás a nadie!

—De acuerdo.

—¡Júralo! ¡La mano en alto!

—Bien, lo juro…

—¡La otra mano, torpe!— Dijo exasperada al verme levantar la izquierda. Corregí mi error en el acto.

—Vamos, dímelo…

—Haré que te arrepientas de muchas formas si te atreves a decir algo.

—Qué se muera Koizumi si falto a mi palabra.

No pudo evitar que una fugaz sonrisa se le escapara por la broma, pero recuperó la seriedad de su gesto de inmediato. Me miró por largos segundos, como reflexionando sobre si debía contarme. Finalmente se animó.

—Yuki empezó hoy su… periodo.

—¿Periodo?

—Sí periodo.

—¿Periodo de espera? ¿De celibato igual que nosotros? Deberás ser un poco más específica.

—Periodo, tarado, periodo…— Reafirmó dándome una palmada en la nuca, irritada ante mi poca intuición. —"Le bajó", "tiene su visita mensual", "llegó Andrés", "está en sus días"…

En efecto, esa sí que es una gran sorpresa… pero sólo para confirmar lo dicho, debía preguntar.

—¿Está menstruando?

—¿Es tan difícil de entender?

—No si Nagato fuera cualquier otra mujer… pero… ¿no se supone que ella no…?

—¿Que ella no podía? Pues así era… de hecho, parecía muy asustada.

—Sabes las implicaciones que eso conlleva, ¿Verdad?

—Sí… parece que ese ángel la hizo mucho más humana de lo que calculamos… la hizo fértil—. Su mueca de preocupación, sin embargo, devino en una tímida sonrisa esperanzada. —Aunque… sería grandiosa ver descendencia suya, ¿no crees?

—Preferiría no entusiasmarme mucho con eso y con su carácter, podrían ser cambios temporales. Además, nosotros decidimos aceptar el precioso regalo que es Ryoko. Ella tiene el mismo derecho a decidir por su cuenta si un día quiere formar una familia.

Me dio la razón y continuamos el cambio.

Coronando el criminal ataque visual que representa verla enfundada en ese traje tan ajustado, acomodó su cabello en una cola de caballo perfecta desde cualquier ángulo, y dándole el toque de elegancia del que era menester, acomodó su gabardina de negra piel sobre sus hombros, sólo quedando pendiente la revisión y acomodo de la Desert Eagle en su costado izquierdo y la pequeña Smith&Wesson de apenas dieciséis centímetros y cinco tiros que viajaba en su espinillera y sólo era utilizada para emergencias.

Yo, por mi parte, vestía formal, nunca me gusto usar ropa de combate. Bajo la manga izquierda del saco y mi propia gabardina de cachemira viaja mi fiel cuchillo de combate en su funda magnética, obsequio de un viejo enemigo, y tengo que hacer una mención especial en cuanto al cinturón.

Además de la pieza de cuero que llevo en los pantalones para ajustarlos a mi cintura, llevo uno hecho de cuero también, pero este tiene los ajustes pertinentes para cargar con las sayas de los dos sables que viajan conmigo cuando es necesario. El equipo completo ha pasado por la magia de Nagato, que hace invisibles las tres piezas tanto para ojos humanos como para artefactos de detección de metales y otros dispositivos, pero esta protección tiene una condicional: el camuflaje es retirado apenas una de las hojas es desenvainada de la saya.

—Un traje de infiltración sería mucho más cómodo—. Me dice Haruhi mientras corrige la posición del nudo de corazón de mi corbata.

—De ninguna forma. Mi segundo nombre es elegancia.

—Tarado.


El cuartel no lucía diferente en realidad. A las ocho con treinta la actividad era como la de cualquier otro día, y aunque sabíamos que Buenaventura estaba en las instalaciones, no habíamos tenido oportunidad de verlo, y con franqueza empezaba a sentirme nervioso, en particular porque podría pensarse que nosotros estábamos listos para enfrentar lo que sea que vaya a pasar aquí, pero la mayoría de los presentes seguía una rutina como la de cualquier otro día. Gonzaga despachaba órdenes y luego de hablar parcamente con nosotros encomendó a los dos agentes de Interpol que investigaran cierta ubicación… no podría decirlo con precisión, estaba demasiado disperso tratando de descubrir cualquier indicio, cualquier señal por minúscula que fuera que nos diera la pauta para pensar que algo estaba fuera de lugar.

Y entonces los elementos que debían reunirse para que el espectáculo comenzara hicieron acto de presencia. Yáñez fue el único con los suficientes modales como para estrechar mi mano y besar la de Haruhi solo de vernos y entablar una charla trivial con nosotros. Gutiérrez ya hacía de patiño de Gonzaga y nos "saludó" con un movimiento de cabeza, y Cooper se nos unió al final, logrando que Robles redujera su nivel común de buen humor. Debo admitirlo, por un momento llegué a pensar que el comandante nos había engañado, poco a poco, la zozobra y la inquietud comenzaron a ser sustituidos por una molesta sensación de desengaño combinado con aburrimiento.

—Pues una vez más tendremos que comenzar esta reunión estratégica sin Buenaventura, pero él se enterará y seguirá el plan que establezcamos hoy y…— La puerta de la sala de juntas se abrió intempestivamente. Buenaventura entró acompañado de un militar al que nunca habíamos visto y caminó rápidamente hasta quedar frente a frente con Gonzaga. —¡Vaya! ¡Veo que finalmente decidió unírsenos, comandante!

—Tiene un llamado, general—. Dijo el obeso policía ignorando el sarcasmo del general y se volvió a su acompañante.

Aquel otro soldado, que por el uniforme daba la impresión de ser de una corporación diferente, le extendió un sobre al viejo militar del cual únicamente alcancé a leer el membrete que rezaba "estado mayor presidencial". Todos quedamos expectantes a la siguiente acción.

—Parece que no podré estar presente en esta reunión, señores, así que por favor, organícense y compartan toda la información que tengan, no tenemos mucho tiempo.

—¿Qué hará usted, general?— Preguntó Cooper, suspicaz.

—Fui convocado en presidencia, un llamado urgente, es todo lo que necesitan saber.

El militar se levantó y comenzó a andar hacia la salida de la sala. Observé al hasta ese momento ausente Buenaventura. Miraba ansioso al general cada vez que este se detenía por algo, como si tuviera prisa por que abandonara las instalaciones, además de que prácticamente nos ignoro como si fuéramos parte del amueblado del lugar.

—Debo ir a los servicios—. Mentí saliendo unos pasos después de los tres hombres, algunos metros después me encontré nuevamente al nivel de la superficie y pude ver un helicóptero con los sellos del gobierno esperándolos. Me quedé viendo como los dos soldados abordaban la aeronave mientras Buenaventura daba indicaciones al piloto.

No fue sino hasta que la turbulencia de las hélices dejo de sentirse que Buenaventura reparó en mí, sin embargo, no me dirigió la palabra, apenas si me dedicó una mirada de unos diez segundos mientras tomaba su móvil del bolsillo y hacía una llamada fugaz, para perderse segundos después en otra de las entradas a los búnkeres.

Regresé a donde estaba reunido el resto y comenté en voz baja a Haruhi lo que recién había visto arriba mientras los líderes aún presentes discutían lo que habían descubierto recién, incluso Robles parecía tentado ante la idea de exponer lo que nuestra incursión a la selva había arrojado.

Justo cuando comenzaba a pensar que habíamos sido timados por el comandante, Haruhi se quedó gélida, mirando al techo del búnker, como si quisiera atravesarlo con la mirada y ver al cielo a través de él. Koizumi y Nagato hacían lo mismo.

—¿Sucede algo?— Pregunté, sintiendo en algún lugar de mi estómago que no me gustaría la respuesta.

—¿Puedes escucharlo?— Respondió ella, absorta.

—Sí—. Dijo el ésper, igual de distraído.

—¿Alguien podría decirme qué demonios pasa?— Dije con frustración viéndolos ignorarme.

—Es una trompeta… quizás un cuerno…— Dijo Nagato acomedida, finalmente prestándome algo de atención que los otros dos me habían negado. Me miró… debí tener un gesto muy confuso en el rostro, pues aumentó su explicación: —Se escucha el sonido de un cuerno antiguo, o una trompeta… una señal de ataque.

Mi esposa tomó mi mano y me arrastró hacia arriba, a la superficie, sacando exclamaciones de confusión del resto de los presentes, y gracias a su tacto me fue posible escuchar el sonido del que me hablaba. Al llegar arriba, ambos dirigimos la mirada al cielo… quizás por mi salud mental no debí hacerlo.

—Por todos los cielos…— Fue la débil exclamación de Nagato cuando el resto de la brigada se nos unió.

Gradualmente, el ya de por sí gris cielo a causa de las nubes comenzó a oscurecerse más. Era porque pequeños puntos negros se abrían paso a través de las nubes, aunque me resultaría imposible hacer un cálculo fidedigno sobre el número de los mismos, supuse que serían varios cientos, que bajaban planeando en círculos, como buitres sobre un cadáver. Era inevitable. Con desesperación miré a mi alrededor, donde el resto del personal policiaco y militar seguía con sus faenas diarias sin ninguna preocupación, sin la menor sospecha de que algo terrible estaba a punto de caer literalmente sobre sus cabezas. Pensé por un segundo que nada podía ser ya peor… inocente de mí.

El piso se cimbró. No en un terremoto, sino bajo el azote de vehículos pesados, afuera, en la enorme avenida que daba acceso al complejo, siempre repleta de autos, se dejó escuchar en un principio el reclamo de las bocinas de los automovilistas, que luego diera paso al sonido de golpes propinados por camiones blindados y el arranque presuroso de los autos pequeños que intentaban escapar del lugar. Hubo una señal de emergencia en la entrada al complejo, duró poco puesto que una enorme tanqueta de combate urbano rompió el acceso y las plumas, siguiendo derecho hacia dentro del gran patio arrasando con patrullas y policías a su paso, provocando las primeras ráfagas de rifles automáticos como respuesta a tan violenta intrusión.

La lógica me empujó a tratar de encontrar una explicación, lo primero que llegó a mi mente fue un ataque terrorista, y aunque el patrón resultaba consistente con la situación, no parecía explicar a cabalidad los hechos. El enorme camión se detuvo, justo detrás de él, por la brecha que se había abierto por su causa, entraron al menos una docena de camionetas cargadas de hombres encapuchados. Por un momento pensé que bajarían de los vehículos, pero no fue así; en lugar de eso alrededor de medio centenar de pequeños objetos cayeron desde el lado opuesto de la barda que daba hacia la calle, entre los aún aturdidos policías.

—¡Al suelo!— Fue la orden de Nagato. Antes de poder obedecerla, Haruhi y yo fuimos arrojados al piso y cubiertos por el menudo cuerpo de nuestra confiable extraterrestre.

No eran rocas. Eran granadas de fragmentación que comenzaron a hacer detonación una tras otra, convirtiendo toda la escena en un auténtico caos. Aturdido por el ruido, como pude me las arreglé para levantar el rostro y ver lo que sucedía. Muchos policías habían sido abatidos ya en el primer ataque, los hombres a bordo de las camionetas y los que salieron de la tanqueta formaban un contingente de al menos un centenar de efectivos, que coordinados comenzaron a abrirse paso a través de las instalaciones, y si bien con ese equipo no era suficiente, los refuerzos aéreos comenzaron a llegar. La primera oleada de ángeles aterrizó y al igual que los paramilitares atacantes vestían trajes y capuchas negras que cubrían sus rostros; nada más de poner los pies sobre la tierra comenzaron a soltar tiros indiscriminadamente mientras sitiaban el edificio.

Había llegado la hora de levantar los camuflajes. El daito fue el primero en abandonar su saya. Yo era incompetente contra ángeles, pero seguramente sería de utilidad contra los invasores humanos.

Uno de esos ángeles fue el primero en reparar en nosotros, comenzó a correr a nuestro encuentro empuñando su rifle de asalto, haciendo que Haruhi se pusiera de pie y buscara su arma. Antes de conseguirlo, un disparo cercano crispó mis nervios mientras que un chisporroteo de sangre escapaba del cuello y pecho del infortunado ser divino, que se quedó rígido como tronco e inmediatamente cayó sobre sus rodillas y luego se dio de bruces, muerto sin duda.

—¿Qué mierda está pasando aquí?— Preguntó Leonel en un grito, casi logrando que mi corazón se detuviera de la impresión. Literalmente había aparecido detrás de nosotros, como peculiaridad noté que se había retirado momentáneamente una máscara de madera del rostro que emulaba la efigie de un jaguar, y que su escopeta humeaba.

Antes de intentar siquiera responder, quedamos en medio de un fuego cruzado. Las primeras ojivas pasaron entre nosotros sin causar daño alguno, unos segundos después Nagato creaba una película de protección donde las balas y la metralla de las explosiones se estrellaban y caían sin fuerza al suelo.

—¿Qué de debemos hacer Suzumiya?— Preguntó Koizumi mientras se concentraba para emprender el vuelo.

—¡Protejan y apoyen a la policía y el ejército! ¡Y traten de capturar a uno de ellos para interrogarlo!

—¡Haruhi!— Gritó Robles comenzando a disparar. —¡No tenemos tiempo para eso! ¡Debemos refugiarnos o tratar de escapar! ¡Entremos al edificio!

Una veintena de policías se unió a nosotros al notar que la barrera de Nagato los protegía del fuego enemigo, Koizumi preguntó con un gesto qué hacer con la latente amenaza de los seres alados que parecían estar teniendo problemas también para atravesar las barreras de la alienígena, todo se había vuelto demasiado irreal.

—¡Hay uno con ellos, la de lentes!— Escuché decir a uno de los paramilitares mientras señalaba a Nagato.

Traté de advertirle, pero antes de que pudiera articular palabra, otro encapuchado tras él plantó una rodilla en el suelo y se puso al hombro un arma que me recordó a un mortero pequeño. Por un momento pensé que lanzaría una granada o algo así a la alíen, aunque asumí que su protección detendría el disparo. La sorpresa me golpeó casi tan fuerte como los largos cables que atravesaron la barrera invisible de nuestra extraterrestre, sepultando sus aguijones en la piel de su espalda y castigándola con una poderosa descarga eléctrica que le arrancó un grito y reventó su campo de fuerza, poniéndonos nuevamente a merced de los disparos.

Haruhi gritó el nombre de Nagato al verla caer boca abajo, Robles tomó del brazo a Haruhi para evitar que tocara a nuestra vieja camarada y que resultara electrocutada también. Yo fui el siguiente en actuar y aprovechando el material aislante de la tsuka de mi espada corrí hasta alcanzar los cables y los corté en un movimiento, para luego volver hasta donde los dos agresores me miraban sorprendidos.

El primero empuño su rifle de asalto intentando apuntarme, arma que un segundo después quedaría partida por la mitad mientras la tsuka de mi shoto se hundía en su abdomen, sacándole el aire. El otro tipo, el que había lastimado a Nagato, alcanzó una pistola escuadra de la parte trasera de su cinturón y trató también de dispararme. El cañón del arma, una buena parte de la cacha y la sección del gatillo (junto con el dedo ejecutor) salieron volando en un corte limpio del daito, el gatillero, incrédulo, se miró el muñón del dedo cercenado, quedándose ensimismado viéndolo. El primero, apenas recuperado, sacó un cuchillo de supervivencia muy parecido al mío y trató de pelear conmigo usándolo… pobre ingenuo. Hubiese podido darle algunos consejos acerca de cómo utilizarlo, pero no había tiempo, así que me limité a interceptar la primera estocada con el daito, lo que hizo que la hoja de su cuchillo se separa del mango y con el shoto atravesé su pie derecho, logrando que la hoja se sepultara unos diez centímetros en el suelo, dejándolo literalmente clavado al piso, para luego recetar un uppercut a su mandíbula con mi coronilla, dejándolo inconsciente del golpe.

Recuperé ambas espadas y miré al del dedo perdido, que parecía en trance… no me pareció que representara un peligro mayor, así que le di la espalda y me encaminé hacia mis compañeros. Nagato estaba despierta, pero se veía muy aturdida, Koizumi ya la llevaba en brazos y Haruhi los ayudaba. Ella se volvió hacia mí y sólo de verme, su mirada se llenó de terror. No tuvo tiempo de volver a desenfundar su arma, y por su expresión algo malo seguramente estaba a punto de pasar justo detrás de mí. Apenas giré la cabeza, pero mi visión periférica me permitió ver al del dedo faltante de pie detrás de mí, con una nueva arma y apuntándome. Debía permanecer ahí, de otra manera, alguno de los miembros de la brigada resultaría herido… pensaba resignado en eso cuando sentí el aire partiéndose a unos centímetros de mi cabeza y escuché el lamento ahogado de mi presunto ejecutor en el momento mismo que una bala perforaba su frente por arriba del ojo derecho. Detrás de mi esposa estaba el detective de la DEA, Cooper, y él, en un disparo certero, había salvado mi vida.

—Gracias—. Dije nada más de alcanzar a la comitiva.

—Somos del mismo equipo, Suzumiya, no hay nada que agradecer. Saquen a su gente de aquí.

Dicho eso comenzó a correr en dirección opuesta a la nuestra, gritando órdenes en inglés a sus hombres. Un nuevo grupo de hombres armados se encaminó hacia nosotros, esta vez sí tuvieron oportunidad de dispararnos, y fue la viajera del futuro la que nos procuró el resguardo. Se interpuso entre el grupo y nuestros atacantes, poniendo ambos brazos frente a su rostro como un boxeador, logrando que las ráfagas se desviaran hacia el suelo a unos milímetros de tocarla.

—Dentro del edificio, aún no han entrado ahí— Dijo Marina, sólo entonces noté que ella parecía serena mientras andaba entre los disparos, como en un paseo dominical.

Cubiertos por el blindaje de Asahina y el fuego certero de Haruhi y Robles, corrimos tan rápido como pudimos al edificio aquél, al que por cierto nunca habíamos entrado, puesto que en todas nuestras visitas habíamos bajado a los búnkeres. En la enorme recepción de grandes columnas de hormigón y amplísimos ventanales el panorama era el de una auténtica trinchera en la franja de Gaza, un puñado de militares y fuerzas especiales policiacas habían improvisado un fuerte en los pocos minutos que llevaban ahí y repelían el asedio con una aparente facilidad, sin embargo, al mirar detrás de mí al entrar a dicha recepción, pude contar varias decenas de cuerpos tendidos sobre el patio del cual entramos, indiscriminados entre policías, soldados y paramilitares.

—¡Detrás de la columna y agáchense!— Ordenó Leonel y todos le obedecimos.

Al estar en contacto de nuevo con mi esposa me fue posible ver al Protector, volando presuroso hacia nosotros, y una vez todos juntos extendió sus oscuras alas, haciendo una cúpula para resguardarnos en el mismo momento en que la explosión de una granada cimbró el edificio y redujo a astillas las ventanas.

Había visto al protector hacer de escudo antes, pero esta vez no quedó estoico, un lamento escapó de sus labios y apoyó sus manos en el suelo mientras un fuerte olor a quemado llenaba nuestros pulmones. Leonel lo tomó de las solapas y los arrastro al centro de nuestro corrillo, las plumas de sus alas estaban quemadas al igual que buena parte de su ropa y reguerillos de sangre caían de sus sienes, parecía mal herido.

—Un cazador tiró esa granada…— Dijo el enmascarado levantando como pudo a nuestro ángel guardián.

—Ya, ya, estoy bien…— Mintió él, desembarazándose de Leonel. —Hay que encontrar un modo para sacarlos de aquí seguros, y de preferencia a todos—. Hizo unas cuantas respiraciones profundas y extendió sus maltrechas alas de nueva cuenta. —Yo buscaré la forma, estén preparados, y si ven que un ángel se les acerca, dispárenle sin pensar. Están haciendo raptos.

Un gran signo de interrogación se dibujó en mi frente ante la aseveración del Protector una vez que reemprendió un dificultoso vuelo y salió por una de las ventanas de la parte más alta del edificio… ¿Qué demonios es un "rapto"? La respuesta llegaría apenas un momento después.

—¿A dónde se metió Cooper?— Preguntó Gutiérrez al borde de un colapso nervioso mientras apuntaba hacia afuera del edificio, asustado.

No alcanzamos a responderle. A la velocidad del rayo, uno de los ángeles encapuchados entró a vuelo rasante a la recepción y tomó al infortunado hombre por la cintura, Gutiérrez sin lugar a dudas pudo sentir la prensión, pero al no poder ver a su captor sólo pudo resolver en mirarnos con un gesto combinado de confusión y miedo. El ángel se hizo inmaterial en el acto, convirtiéndose en un vapor blanquecino que desprendió un agradable aroma a hierbas y Gutiérrez levitó con él, elevándose ambos al firmamento, volviéndose invisibles en un instante… supongo que eso es un rapto.

—Todos al tercer piso—. Indicó Robles guiando al grupo hacia las escaleras más cercanas. —El balcón de la cafetería da hacia el basurero, y eso hacia la calle, es la única forma que se me ocurre de escapar de aquí.

Apenas comenzamos a andar, Nagato agradeció al ésper y comenzó a caminar por su propio pie, aunque según nos comentaría, no estaba en condiciones de utilizar su magia.

—No imagino cómo, pero traen equipo para diezmar a interfaces como yo…— Nos explicaba mientras caminaba dificultosamente tomada de la mano de Koizumi.

—¿Te vas a quedar así?— Preguntó Haruhi, preocupada.

—No, pero tardaré unas horas en recuperarme por completo.

No pudimos seguir nuestra conversación. Una nueva oleada de disparos hicieron saltar las baldosas de la escalera, obligándonos a correr hacia arriba mentiras que Robles, Leonel y Haruhi regresaban el fuego bajo el resguardo de Asahina.

Llegamos al tercer nivel con el enemigo pisándonos los talones, como pudimos nos resguardamos intentando no quedar tan a la vista. Mi esposa y yo nos rezagamos un poco para tratar de formar una barricada que nos diera algunos minutos más de tiempo mientras El Protector nos procuraba un escape, aunque ignoro como trataría de sacarnos volando de ahí. Un primer encapuchado hizo camino por las escaleras, no contó en absoluto con que ya estábamos esperándolos, y mientras yo hacía unos precisos cortes que lo dejaron desarmado en un par de segundos, Robles, Koizumi y Leonel empujaron una pila importante de menaje del restaurante, bloqueando momentáneamente la entrada al recinto.

Nos reunimos todos en el balcón que supondría nuestro escape y esperamos.

—¿Como cuánto tiempo nos procurará el bloqueo?— Pregunté.

—Cosa de cinco minutos, tal vez menos—. Respondió Leonel mirando el acceso bloqueado.

No había terminado de decir esa frase cuando escuchamos a un hombre del otro lado decir: —¡Traigan un mortero!

—Definitivamente menos—. Dijo mi esposa poniendo un nuevo cargador en su arma.

Aquellos con armas de fuego se resguardaron entre los muebles, los no combatientes se refugiaron cerca del balcón para darnos la señal de escape. Asahina se plantó frente a mí mientras yo tomaba posición de combate con el daito en alto… esperando…

Luego del sonido de la propulsión a chorro del diminuto misil, una ruidosa aunque no muy potente explosión regó los escombros de nuestra trinchera por toda la sala, y una veintena de paramilitares se hizo paso hacia el lugar entre la nube de polvo, disparando con sus espantosos rifles de repetición.

Quizás el panorama más aterrador en el que puedes estar es en un tiroteo que se desarrolla en un espacio de menos de trescientos metros cuadrados. Esas eran más o menos las dimensiones del lugar en el que estábamos y de alguna forma nos la habíamos arreglado para no salir heridos aún.

Distraídos en abatir a los que disparaban tras los escombros, los invasores apenas si repararon en mí y en Asahina, y definitivamente no iba a desaprovechar esa oportunidad. La viajera del tiempo y yo corrimos hasta el pelotón de fusilamiento y comenzamos a repartir golpes y mandobles con presteza, Asahina estaba equipada con aquellos potenciadores que hacían el impacto de sus manos y sus pies irresistibles para una persona normal, y sin reparos la vi romper un par de brazos en su camino. Yo hice lo propio agitando mis espadas, inutilizando rifles y haciendo heridas dolorosas más no letales a los desprevenidos asaltantes.

Una nueva ola llegó y Asahina se adelantó a enfrentar a aquellos a los que los policías y el cazador no atinaban. Yo, de pie en la cima de la escalera pude ver a uno que capturó poderosamente mi atención… era evidente ya.

El hombre llevaba puesto el mismo uniforme de asalto sin sectores que el resto de la compañía de asedio, su rostro estaba oculto debajo de una capucha también, pero lo que llamó mi atención fue su físico. Enorme, de casi dos metros, y obeso. Si pudiera ver debajo de su capucha, me encontraría con las facciones de cerdo de Buenaventura.

Su rifle estaba en modo semiautomático, lo noté porque al apuntarme y disparar, la ráfaga dejó salir una sola bala, la cual pude desviar parcialmente con un movimiento del shoto y lanzándome sobre mi espalda.

Debo admitir que el cinismo del sujeto me puso de mal humor, y sin medir la fuerza me lancé sobre él, tratando de alcanzar su pecho con el daito, sin embargo, grande sería mi sorpresa al notar que a pesar de su peso y complexión, era rápido como pocos, tanto así que pudo sublimar la energía de mi mandoble con un movimiento de su rifle e impactándome con la culata del mismo en el pecho, lanzándome un par de metros atrás… vaya que es fuerte, al ver sus brazos descubiertos noté que cada uno de sus bíceps era del tamaño de mi cabeza.

Otro encapuchado se acercó desde atrás de él y me apuntó. Sin embargo, el traidor tomó el cañón de su arma, haciéndolo apuntar al techo.

—No—. Dijo con voz profunda. —Este cabrón es mío.

Y quedando el resto de los soldados fuera de nuestro duelo, comencé a intercambiar técnicas con el hombre-cerdo.

Supongo que está en los genes de los cazadores de ángeles ser tan diestros para la guerra. Era la primera vez que un hombre, sin más arma que sus manos, me estaba haciendo esforzarme. A pesar de su proceder, había cierto código de honor en su estilo de pelea, no disparó ni una sola vez y estaba llevando la pelea uno a uno. Pude hacer un corte más o menos profundo en uno de sus hombros, el devolvió el favor hundiendo su gigantesco puño en mi abdomen, dejándome unos instantes sin aire y haciéndome pensar que sin problemas podría atravesar una pared con él. No, de ninguna manera, este remedo de policía no va a vencerme.

Con esa idea en la mente dejé de tratar de alcanzarlo con las hojas de mis espadas. Sin lugar a dudas había otra forma…

Hice una finta de mandoble a su abdomen, la cual esquivó con destreza dejando momentáneamente su cara al descubierto, aprovechando su descuido hundí mi frente en su nariz, haciéndolo perder momentáneamente el equilibrio. Las escaleras estaban a sus espaldas, esa era mi señal. Libre la cortísima distancia que nos separaba de un salto y receté una patada frontal en su gran barriga. Fue como patear una montaña, mi cuerpo entero se sacudió por el impacto, pero logré empujarlo con la suficiente fuerza para hacerlo rodar escaleras abajo y quedar inconsciente en el descanso unos metros abajo.

Nunca estuve en una guerra antes. Sí, tuvimos nuestras batallas, a cual más intensa en el pasado, en Gunkan-Jima, Nishinomiya y Nueva Jersey, pero nada como esto. Hay disparos y gritos, todo mundo corre atropelladamente en todas direcciones, he tenido que blandir el daito al menos una docena de veces, dejando el mismo número de heridos detrás de mí. Robles, Marina, Leonel, El Protector, Nagato, Koizumi, Asahina, Haruhi y yo estamos siendo sometidos como nunca antes, superados en número y recursos. Todos fuimos sorprendidos, sin aviso, sin piedad. Aquellos a quienes ayudamos y defendemos desaparecen sin dejar mayor rastro que el aroma a sándalo, en medio de espontáneas y fugaces nubes blancas, abducidos hacia el firmamento, y esos son los afortunados, los que no tienen tanta suerte se desangran en el suelo, mueren en agonía… y al ritmo al que van las cosas, quizás los alcanzaríamos pronto.

No hemos hecho más que escapar desde que llegamos a este país, parece que en efecto, las fuerzas celestiales son más de lo que podríamos manejar en nuestro mejor día.

—¡Ya está aquí! ¡Vámonos!— Gritó mi esposa desde el balcón.

Corrí tan rápido como pude hasta ellos y al asomarme, pude ver parte de las instalaciones. El lugar rebozaba muerte. Heridos y cadáveres hasta donde me era posible ver. Reventando las puertas del basurero entró la tanqueta que había hecho camino en la entrada principal, pero no traía conductor… a menos claro que dicho conductor no pudiera ser visto por ojo mortal. Seguramente el chofer era El Protector. De acuerdo, nuestro escape estaba ahí, pero… ¿Cómo librar la veintena de metros que nos separaba de nuestro transporte?

—¿Te olvidas acaso de que tienes un amigo que puede volar?— Dijo el eternamente sonriente ésper mientras tomaba a su novia y a Asahina de la cintura y descendía suavemente. Marina hizo lo mismo tomando a Robles mientras que Haruhi y yo nos quedábamos como barrera. Envaine mis sables y tomé el revólver de emergencia de mi esposa, cubriendo la salida del resto del equipo… parecía que al final sí íbamos a lograrlo. El ésper levitó hacia nosotros recién dejada su preciada carga para ayudarnos a bajar a Haruhi y a mí, pero a medio camino, la voz de Nagato gritando "Itsuki" me hizo volverme hacia él.

Desde las alturas, uno de los ángeles que custodiaban el edificio había disparado hacia el ésper, alcanzándolo y haciéndolo caer. Ignoro qué tipo de habilidades le proveía la máscara a Leonel, pero sin dudarlo se lanzó al vacío, alcanzando a nuestro compañero y depositándolo con suavidad en el suelo, donde el resto de la compañía lo introdujo al vehículo.

—¡No es grave! ¡Salten!— Apremió Leonel, pero la caída sin duda era peligrosa para ser intentada por dos… si sólo uno saltaba, Marina y Leonel podrían atraparlo sin problemas… pero ambos… los disparos de los malos agujeraban y desprendían trozos de la pared alrededor de nosotros. Lo que fuéramos a hacer debía ser rápido… supuse que estaba en mí entonces… alguien debía recibir un golpe por el equipo.

Todo pasó en un segundo. Desprendí mi cinturón y rodeé con mis brazos la cintura de mi esposa.

—Haruhi—. Le dije teniendo su rostro a unos milímetros del mío. —Si saltamos ambos, van a volar el camión con un misil o algo y todos moriremos. Documéntalo todo.

—¿Qué…?

—Documéntalo todo, así podré retomarlo cuando vuelva.

—¿Cuando vuelvas de dónde…? ¿De qué demonios estás hablando?

Abroché el cinturón a su tallé y besé sus labios.

—Tú y Ryoko son lo que más amo en el mundo. Nunca lo olvides.

Dicho eso, la lancé hacia el patio, donde Leonel y Marina la recibieron sin problemas. Puedo ver que grita y que patalea, luchando por que la suelten. Entre ambos la suben al tanque y el vehículo arranca dando una torpe vuelta que destroza parte del muro exterior, pero finalmente sale del cuartel. Habían logrado escapar.

Un tanto más tranquilo al verlos perderse en el laberinto de calles, levanto las manos y espero a que la compañía venga por mí. Una docena de hombres me rodea. Estoy a la expectativa de que me sometan o de que un ángel venga y me lleve. En su lugar, la dura madera de una tonfa cae sobre mi clavícula, con tal fuerza que sentí como se astillaba por el impacto. Me siguen golpeando, lo que me obliga a ponerme en arco fetal mientras que patean y estrellan toletes y culatas contra mí.

—¡Ya estuvo bueno! ¡Párenle!— Indica uno y a su orden, los golpes cesan.

Alguien me toma del cuello de la camisa, levantándome, y me ordena que me hinque de espaldas a ellos. Lo obedezco. Quedo sobre mis rodillas viendo hacia la calle por el balcón.

—Te sientes muy macho, ¿Verdad chinito?— Me dice burlón el tipo… soy japonés, imbécil, japonés… —A ver si después de esto sigues tan alzadito.

Escucho el martillo de un arma pequeña a unos centímetros de mi cabeza, y un instante después siento el frío del cañón de una pistola tocando mi nuca… ¿Como irá a terminar todo esto…? Parece que al final me quedaré con la duda.

Capítulo 7.

Fin.


Muajajajaja... ¿qué tal? ¿se pone interesante? Comenten y opinen al respecto.

Disclaimer del capítulo: La canción entonada por Nagato es "Digital Love" interpretada por Daft Punk del álbum Discovery (2001).
¡Hasta pronto!