Capítulo 8 listo... veamos hasta donde nos lleva nuestro narrador esta vez. ¡Disfrútenlo y comenten!


Un hombre bueno y valiente hizo un gran sacrificio por las personas que ama. Es una acción laudable que generalmente aplaudiría y pensaría digna de admiración. La verdad es que es fácil decir eso cuando no se es directamente afectado por la ausencia, cuando el hecho es ajeno, lejano… cuando el sacrificio no representa nada para un casual espectador que ve el juego desde la banca. Sin embargo, la misma persona que se entregó voluntariamente al dolor y la incertidumbre fue la misma que me enseñó que cuando el sacrificio es producto del amor, pierde su calidad de sacrificio… también fue la persona que me enseñó que el regalo supremo que una persona puede dar a otra no es su muerte, sino su vida misma… y ese es un obsequio que aún quiero cobrar.

Esa tarde, el hombre que me ha guiado y enseñado tanto, que me ha amado como nadie y que me obsequió la oportunidad de ser madre quedó a merced de un enemigo abominable al que incluso yo estoy aprendiendo a temer. Su supervivencia es mi mayor inquietud y espero con el alma que regrese conmigo, a retomar el trabajo que ha hecho tan maravillosamente a través de los años y que me fue encomendado por él en su ausencia: documentar nuestra historia. Y más le vale regresar… esta no es labor de la líder de brigada.

Capítulo 8 ó Ductûs Îræ.

—Tú y Ryoko son lo que más amo en el mundo. Nunca lo olvides.

El cinturón de sus espadas se cerró en mi cintura y me lanzó al vacío, hacia el camión blindado. Si no estuviera tan molesta, estaría gritando por el vértigo de caer de espadas desde más de veinte metros. Leonel y Marina me atraparon y me tomaron con firmeza por los antebrazos, metiéndome prácticamente por la fuerza al compartimento cerrado de carga del camión.

—Está listo, vámonos.

—¿Listo? ¡Claro que no está listo! ¡Kyon sigue allá arriba, debemos volver por él!

Ninguno me respondió, ni siquiera me miraron. Cuando traté de abrir de nuevo la puerta trasera del cajón, Leonel me detuvo y El Protector arrancó, haciéndonos trastabillar a todos. Golpeó algo afuera, pero no se detuvo. Gervasio me tomó por los hombros, tratando de evitar que intentara abrir de nuevo.

—Basta, debemos irnos.

Pero seguí luchando, tarde o temprano me iba a soltar.

—¡Con un demonio! ¿Es que son ciegos o sólo son idiotas? ¡Kyon sigue ahí! ¡No vamos a dejarlo! ¡Yuki, necesito algo de apoyo!

Pero Yuki no me apoyó, estaba tratando de contener el sangrado de Koizumi.

—Lo lamento…— ¿Sólo eso diría…?

Incrédula miré al resto. Salvo por Marina todos evitaban mi mirada… cobardes… todos ellos…

—Detén el auto…— Ordené al Protector. Pero me ignoró. Nadie me ignora a mí, mucho menos en ese momento. Caminé como pude hasta quedar detrás de él y volví a sacar mi pistola, apuntando a su nuca. —Hablo en serio, detén esta porquería.

—Dispara, mátame si quieres, entonces de verdad harás que su esfuerzo sea vano e inútil.

—¿Cómo te atreves, miserable aberración? ¡Detén el maldito auto de una vez!

—¡Basta ya, Haruhi! ¡No podemos volver! ¡Nos matarán a todos!— Me reprende Gervasio. Giré el cañón del arma hace él.

—¡Claro! ¡Entonces él puede quedarse allá a que lo asesinen por nosotros mientras nosotros huimos! ¡No esperaba una muestra tan vil de cobardía de ti!

Sentí un dolor en la muñeca al momento mismo que giraba involuntariamente mi cuerpo hacia otra dirección. Mikuru me sujetó con firmeza y me dio una sola y contundente bofetada al mismo tiempo que me desarmaba. Me giré hacia ella dispuesta a tirarle los dientes de un solo golpe, pero al verla cara a cara me encontré con sus ojos inundados en llanto.

—Perdóname… lo lamento tanto—. Dijo con voz quebrada, soltando el arma y abrazándose de mi cuello. Llorando desde el fondo de su corazón, con la misma intensidad que yo misma deseaba hacerlo.

Estaba iracunda, como nunca antes, pero por algún motivo que no entendía, las fuerzas me abandonaron. Dejé de luchar al fin y tomé asiento en el suelo mismo donde había estado de pie unos segundos antes.

Sé agua… debo respirar… sé agua.

Recordé entonces el bulto atado a mi cintura. Las dos espadas estaban ahí, invisibles como Nagato las había hecho, condición que sólo es posible cuando un miembro de la brigada las carga. Abrí el seguro del cinturón haciendo que todos pudieran verlas… impasibles, ajenas a mi rabia.

Las puse sobre mis piernas, apoyando las empuñaduras en mi hombro, como cargando a un niño pequeño… quizás fuera una idea mía, pero sentí que si las soltaba, estaría aceptando que él no volvería.

—Me lleva la…— Leonel se levantó y fue hasta la puerta corrediza de la cabina, abriéndola y sacando medio cuerpo por ella, viendo hacia atrás. —Dos helicópteros, podríamos intentar derribarlos…

—No—. No sé por qué, pero creo que esa sería la respuesta que Kyon daría. —Matar a más gente no mejorará las cosas… ¿Yuki…?

—Lo intentaré—. Dijo ella dudosa y se levantó con dificultad. Levantó los brazos y comenzó a hacer su hechizo, moviendo los labios, hablándole rapidísimo al aire. Por un momento pensé que se iba a desmayar. —Está hecho. Hay un apantallamiento sobre el vehículo. No somos visibles y tampoco dejamos rastros detrás de nosotros, sin embargo, el camuflaje sólo será útil por ciento veinte minutos.

Volví a concentrarme en mi carga. Lo correcto habría sido agradecerle, preguntarle si ella y Koizumi estaban bien, pero al final no dije nada.

—¿Y a dónde vamos?— Preguntó El Protector reduciendo la marcha.

—A mi casa de vuelta. No hay información personal mía en el cuartel, y aunque la tuvieran, no creo que quieran algo conmigo—. Respondió Gervasio. Creo que nunca lo había visto tan cansado. Por primera vez aparentaba su edad en actitud.


Con todo y el agotamiento, Yuki se las arregló para lanzar un último hechizo sobre el maltrecho tanque, herrumbrándolo y degradando sus piezas hasta que comenzó a hacerse polvo. Dejamos que se desvaneciera varios cientos de metros antes de llegar a la casa del Pantera… según mi reloj de pulso faltaban apenas unos minutos para las diez de la mañana, el cielo, jugando al mismo juego que todos los eventos del día, trataba de molestarme abriendo sus nubes, dando como resultado un día más bien luminoso y de clima agradable.

El mundo no pudo ser más incongruente ese día. Había un clima perfecto, las calles parecían tranquilas y apacibles y nosotros hacíamos nuestra humillante marcha de la derrota en medio de tan agradables condiciones. Mirando hacia el noreste desde donde estamos se puede ver la columna de humo negro elevándose del lugar donde está el cuartel. No era la única, podían verse al menos otras tres en diferentes direcciones… parece que esto fue más grande de lo que todos esperábamos. Unos minutos después eran audibles muchas sirenas, de patrullas, servicios médicos y bomberos… en un día tan bonito, la locura, el dolor y la muerte caminaban tomados de la mano de los habitantes de la ciudad.

Esperanza se quedó al principio del estacionamiento de la casa de Robles con un gesto descompuesto al vernos entrar. Es una muchachita muy lista, sin lugar a dudas notó de inmediato que no estábamos en nuestra mejor forma. Corrió al encuentro de Gervasio e hizo la pregunta cliché "¿Están bien?". Le preguntó a todos, trató de atendernos a todos, pero éramos muchos para una sola persona y terminó por no hacer nada… fue entonces cuando se concentró en mí…

—Por Dios… Señora Suzumiya…

Y es que de imaginarme como me vio, me dan escalofríos. Estoy sucia, cansada, golpeada y muy molesta… y sigo abrazando las espadas de mi esposo.

—Estoy bien—. Le dije tratando de sonar convincente, y me alejé un poco cuando la vi acercarse a ayudarme con los sables.

—Pero… debe descansar… yo…

—¡Estoy bien, con un demonio!— Le dije innecesariamente fuerte, la jovencita retrocedió arrepentida de su generosa oferta. Maldición… sé agua… —Si… si necesito algo, te lo haré saber… gracias…

Hubo un sonido, apenas audible, pero que hizo mayor la miseria en nuestras caras y me hizo palidecer. Pasos, de unos pies pequeños y presurosos… ¿Cómo se supone que le explique…? ¿Cómo voy a disculparme…?

Ryoko pasó apresuradamente entre las piernas de todos, estaba ansiosa y parecía al borde del llanto… si tan sólo hubiera hecho caso a sus lamentos anoche…

—¿Dónde está papá?— Me preguntó directamente a mí, casi como si supiera que yo era la responsable de la ausencia de él. —¿Dónde está papá?— Insistió con la voz más alta y descompuesta. Todos callaron mirando al suelo, sólo se escuchaba el llanto de Mikuru… me hinqué frente a mi niña, aún a unos pasos de alcanzarme.

—Ryoko-Chin… yo… perdóname… papá no…— No pude terminar. Ella lo sabía, lo supo desde ayer. Se lanzó a mis brazos y lloró balbuceando algo ininteligible.

Tiene miedo, quizás tanto como yo. Desde que nació siempre ha tenido la certeza de que su padre estaría ahí para ella… para nosotras, y ahora vengo yo con mi cara de idiota a decirle que su padre se me perdió en el camino y que no sé donde está. La falsa sonrisa de Koizumi no está, se ve muy pálido, seguro que es porque está herido y no ha recibido la atención médica adecuada. Yuki se ve débil y me parece que las piernas le tiemblan, Mikuru llora en silencio. También El Protector está lastimado, pero no se queja, porque sabe que involuntariamente lastimará a Ryoko con su dolor, Leonel lo reconforta poniendo una mano en su hombro mientras se quita la máscara de jaguar y nos enseña el rostro mismo de un militar que no pudo salvar la vida de todos sus hombres. Gervasio de verdad parece acabado… quiere mucho a nuestra familia, desde que nos conoció, estoy segura de que no sólo le duele la ausencia, sino que siente responsabilidad por lo sucedido hoy.

—Deja de llorar, Ryoko-Chin—. El Protector dice eso mientras acaricia su coronilla, y al mismo tiempo la mía. Una sensación de tranquila melancolía sustituye momentáneamente al dolor y la rabia. —Traeré de vuelta a…— Usó su nombre, no el apodo que por tantos años he usado, sino su nombre… y de pronto siento ganas de estrellar mi frente contra el muro más cercano… no le gustaba ese apodo, y yo pudo haberle dado su lugar llamándolo por su nombre real… es tan bonito y tan poderoso a la vez… se lo haré saber cuando vuelva.

—Lo traeremos de vuelta—. Dije yo sonando convencida… yo misma tenía que creérmelo o de verdad él estaría perdido. —Perdóname, Ryoko-Chin

—No es tu culpa… no es tu culpa…


Ya dentro de la casa, Marina y Leonel se hicieron cargo de los heridos siendo los únicos con entrenamiento médico además de Yuki. Atendían a Koizumi y El Protector quienes habían llevado la peor parte de nuestra travesía, Ryoko hacía de su asistente junto con esperanza. Yuki dijo no necesitar mayor atención, decía que el dolor que tenía era natural y que no era peligroso por sí mismo, se dedicó a atender a su novio, que había recibido un disparo en la espalda y con sus cada vez más débiles poderes extrajo la bala y cerró la herida, aunque él tenía que dormir para recuperarse por completo.

Marina y Ryoko daban poco después tratamiento al ángel. Con unas pinzas quirúrgicas la súcubo extraía las esquirlas incrustadas en la espalda y las alas del maltratado guardián, que se mantenía tan estoico como el dolor se lo permitía.

Mi niña puso a un lado el recipiente con agua en el cual la súcubo depositaba las sangrienta metralla recuperada y se sentó en las rodillas del ángel. Yo misma puedo sentir la angustia del Protector, pero Ryoko sin lugar a dudas está pasando el mismo suplicio que él.

—Llora—. Ordenó Ryoko-Chin, desconcertándonos al ángel y a mí y sacándole una sonrisa a Marina.

—No puedo, Ryoko-Chin. Te va a doler a ti también…

—Ya lo sé, y no me importa…— Respondió abrazándose a uno de sus robustos brazos. —Papá dice que cuando la alegría se comparte es alegría doble… y cuando el dolor se comparte, es dolor a la mitad… yo puedo llevar esa mitad por ti.

Incrédulo, el maleado ángel tomó la nuca de mi hija con delicadeza e hizo que recargara la frente sobre su hombro mientras Marina reanudaba la recolección del crudo acero de su espalda, conmovido, mudo… sólo dando eventuales respingos al sentir un fragmento particularmente grande o profundo salir de su carne.

—¿Ves?— Preguntó Ryoko gimoteando por el dolor, pero sonriente. —¿No duele tanto así, verdad?

—No, Ryoko-Chin… no duele nada…


Desperté un tiempo después a causa de las pesadillas, perdí la noción del tiempo y me quedé profundamente dormida en el sofá en el que me había sentado desde la hora en que llegué. Mikuru dormía también, y Yuki miraba a la nada, distraída. Regresó de su trance un instante después de que yo despertara.

—Todos duermen. Están exhaustos—. Dijo adivinando mi pregunta.

—¿Cómo te sientes?

—Estoy repuesta, mis facultades se han restaurado en un setenta por ciento, casi el nivel que tenía hoy por la mañana.

—Me alegra escuchar eso—. Intervino Gervasio, bajando por las escaleras y seguido de todos los ausentes, salvo por Ryoko, que terminó extenuada luego de la asistencia dada a su ángel guardián. —Por favor, Yuki, dame buenas noticias.

Mikuru abrió los ojos y Yuki se quedó unos segundos en silencio y un conato de sonrisa se dibujó en sus labios:

—Según la petición hecha por Suzumiya hace algunos años, los miembros de la Brigada SOS cuentan con un tejido orgánico en el interior de su bulbo raquídeo con datos editados por mí, el cual, en condiciones normales me permite conocer su ubicación y estado de salud.

—¿Sabes dónde está Kyon?— Preguntó Leonel, un tanto sorprendido.

—Como dije, en condiciones normales podría saberlo, pero estas no son condiciones normales—. Hizo una pequeña pausa mientras ayudaba a Koizumi a sentarse a su lado. —No puedo determinar la ubicación de Kyon, además del ruido del que he padecido desde que llegamos a México, hay información confusa en los protocolos de detección que comparto con su localizador… es como si estuviera aislado, o como si no ocupara una ubicación geográfica… es difícil de explicar.

Tengo una noción de qué es lo que está diciendo, pero aún no ha respondido a la pregunta que está matándome por dentro.

—Pero… ¿Él está…?

—Vivo. Sin lugar a dudas—. Dijo segura y con una sosegada sonrisa. —No me es posible saber su estado de salud, pero el funcionamiento del dispositivo de búsqueda está conectado directamente a su actividad cerebral y cardiaca. Mientras su corazón lata, yo podré saberlo.

Sí, mientras su corazón lata… podemos buscarlo, tratar de rescatarlo, tener esperanzas de que volverá sano y salvo… y también podemos tener la incertidumbre de su estado… podría estar siendo torturado, podría estar herido o agonizando en este momento. Sé que las intenciones de Yuki son las de darme vigor, pero no puedo evitar pensar en Kyon sufriendo…

Afuera, en la calle, siguen escuchándose sirenas. De verdad fue algo enorme y horrible lo que pasó…

—¿Dónde debemos empezar a buscar?— Pregunté.

—No tengo idea—. Respondió derrotada Yuki.

—Mañana podríamos comenzar la búsqueda, y hoy comprobamos que esto es mucho más grande que todos juntos. Debemos solicitar y aprovechar toda la ayuda posible—. Dijo Gervasio. —Yo buscaré en centros penitenciarios y haré algunas visitas.

—El escaneo modular que anteriormente podía correr en un país entero ha quedado limitado a unos cuantos kilómetros a la redonda de mi ubicación a la hora de correrlo, Itsuki y yo saldremos a buscarlo a partir de mañana.

—Calle por calle si es necesario—. Dijo él después de no hablar en toda la velada.

—Sin el TPDD mi movilidad es mínima… acompañaré a Gervasio…— Esa fue Mikuru… si no fuera tan tímida…

—Leonel, Marina y yo sabemos sobre ciertos lugares donde benditos y caídos se reúnen, si hacemos las preguntas correctas podríamos hallar pistas sobre por qué Nagato no es capaz de encontrarlo por sus propios medios—. Dijo lívido El Protector, aún recuperándose.

—Y por supuesto, señora Suzumiya, yo cuidaré a Ryoko—Cerró Esperanza al final, tratando de no quedar fuera.

Todos aportaban, sólo yo quedaba pendiente… ¿Qué demonios se supone que debería hacer?

—Mañana a primera hora iré a la embajada y lo reportaré como desaparecido, supongo que pueden presionar a las autoridades para que lo busquen—. Miré al grupo. De verdad todos estaban dispuestos a ir a buscar a mi esposo… me pregunto que lo hace tan especial. —Supongo que no podemos hacer nada más por hoy, así que relájense y mañana comenzaremos a buscarlo.

Gervasio entró unos segundos a su gimnasio y regresó con una pieza de madera que no reconocí de inmediato, la dejó sobre un pequeño taburete cerca de la puerta y luego se paró frente a mí, tendiéndome la mano. Pensé por un momento que quería que me levantara, así que moví mi derecha con la intención de dejar que me ayudara.

—No, tonta…— Me dijo con seriedad. —Las espadas.

Fue hasta ese momento que noté que en todo el día no había soltado el daisho de Kyon… fue una petición difícil y dudé por un tiempo considerable antes de separarme de ellas… son lo más cercano a él que tengo, después de Ryoko. Sin poder postergarlo más, alcancé el par a Gervasio. Las tomó con cuidado y las colocó en el soporte de madera especial para espadas que tenía en el gimnasio, aunque no era para katanas, sino para espadas chinas, pero sin duda servía para el propósito.

Era muy triste ver el arreglo. Las espadas de Kyon estaban ahí, lucían majestuosas, dando la apariencia de ser un altar… y mi mente inmediatamente relaciona los altares con los muertos… maldición, ¿por qué siempre tengo que pensar así…? Ya lo sé. Es porque él no está aquí para decirme que todo estará bien.


—Ven conmigo—. Me ordenó El Pantera con voz plana.

Nunca, ni cuando nuestro entrenamiento era formal había lucido tan serio, sin cuestionarlo lo seguí al patio interior donde recibía nuevamente lecciones de él, sólo entonces noté que el sol se había ocultado ya, serían quizás cerca de las siete de la noche. Se detuvo hasta llegar al pie del gran árbol al centro del jardín, un roble, por cierto, un bonito ejemplar, ahora sin tanto follaje como en las estaciones cálidas.

—¿Gervasio…? ¿Por qué…?

—En guardia… y te recuerdo que no puedes hablar.

—¿Qué…? No, Gervasio, no estoy de humor justo ahora.

—¡No te estoy preguntando! ¡En guardia!

¿Cuál era su maldito problema? No estoy segura si lo había notado ya, pero mi esposo se perdió esa mañana… no tuve mucho tiempo para pensar en ello, apenas pude contener un ataque directo y con toda la intención de noquearme.

—¿Qué demonios pasa contigo?

—¡En guardia, con una chingada! ¡Y cállate! ¡No puedes hablar!

Recibí su siguiente ataque evitándolo a duras penas, parecía estar muy motivado para pelear, y yo seguía furiosa por todo lo que había pasado en el día. No iba a tolerar ser tratada de esa forma, ni siquiera por él.

—¿Por qué haces esto? ¡No puedo concentrarme ahora!— Lancé por primera vez un golpe buscando su pecho, a pesar de que una ira espantosa me carcomía, no quería lastimarlo.

—¿Sigues hablando? ¡Claro que puedes concentrarte! ¡Siempre habrá algo que te distraiga! ¡No puedes dejarte caer por cualquier cosa!— Mientras decía eso lanzó una patada que esquivé apenas a unos milímetros de impactar en mi mejilla… estaba peleando en serio.

—¡No es cualquier cosa, grandísimo estúpido! ¡Mi esposo está allá afuera! ¡Quizás esté muriendo en este momento! ¡No tengo tiempo para estas idioteces!— Mi puño alcanzó fugazmente su costado, ese simple roce habría doblegado a cualquiera… pero no me enfrentaba a cualquiera.

—¡Controla la ira! ¡Concéntrate! ¡Y deja de hablar de una maldita vez!

—¡Maldito inhumano! ¡La persona a la que amo está sufriendo y yo no estoy buscándolo por estar peleando contigo!— El dorso de mi mano se estrelló con su clavícula, pero parecía de verdad la corteza de un árbol, ni siquiera logré aturdirlo, en su lugar, un dolor intenso se apoderó de mi mano.

—¿Y qué? ¿Te vas a esconder allá adentro a llorar tu miseria? ¡No seas tan egoísta ni tan mediocre como para rebajarte a ese nivel!— Su codo hizo un movimiento ascendente que alcanzó mi barbilla, el piso cambió de lugar y retrocedí viendo luces de colores.

Entonces en eso consistía… si de verdad quería pelea, por dios que iba a tenerla, una de verdad, no las pantomimas que hacemos todos los días. Está ignorando lo que estoy padeciendo, está tachándome de egoísta, y como si eso no fuera suficiente para darle una golpiza que no le ha dado ni su padre, se atreve a llamarme mediocre… ser agua… qué estupidez.

De reojo pude ver la puerta que conducía al lugar mismo donde estábamos midiéndonos, supongo que para ese momento todos se habían dado cuenta ya de lo serio del encuentro y las implicaciones que ello llevaba consigo. Había mucha seriedad por parte de los espectadores, pero sin duda alguna lo que predominaba era el miedo… no tanto a la pelea en sí misma, sino a lo que de ella resultaría. Y con todo y ese conocimiento, nadie movió un dedo para detenernos… pero no debía distraerme en ellos, tenía un contendiente frente a mí al que no debía subestimar ni por un momento.

—Pues si eso es lo que quieres, aquí lo tienes—. Me lancé hacia él sin concesiones, como si atacara a un tipo malo. ¿La ira no me dará la fuerza? Sólo obsérvame.

—Sigues hablando, sigues sin dar la seriedad y dimensión al problema, ¡Él nunca volverá si sigues así!

—¿Cómo pretendes que sólo dejando de hablar voy a recuperarlo, idiota?— Nunca le había hablado así antes… es perturbadoramente reconfortante. Sentí que me volvía más rápida y pude hundir un puño en su abdomen, aunque él seguía inamovible.

—No lo sé… quizás cuando lo hagas volver puedas preguntarle… ¿No aprendiste nada de él? ¡Él era un modelo de disciplina! Aunque a este paso eso se ve lejano.

—¡Maldita sea! ¡Deja de hablar como si estuviera muerto! ¡Voy a traerlo de vuelta!

—¡Y cómo mierda crees que vas a hacer eso! ¡Sus captores son fuerzas especiales y un pelotón de ángeles! ¡Ni siquiera puedes contra mí, que soy un simple mortal! ¡CONCÉNTRATE!

—¡Bastardo insensible! ¡Yo iría al fin del mundo por él!

—¡Y quizás lo encuentres allá, en el mismo fin del mundo cuando fracases!— En un rápido movimiento con ambos manos hizo una llave de inmovilización sobre el brazo con el que intentaba golpearlo, y aunque deshizo la prensión de inmediato, por un momento sentí que mi brazo se dislocaría. Aún así alcancé la parte superior de su rótula con el puño libre. Por primera vez lo vi trastabillar, aunque su debilidad duró solo un instante, insignificante como para aprovecharlo y tomar ventaja.

—¡Nunca esperé esto de ti…! ¡TÚ NO SABES POR LO QUE ESTOY PASANDO!

Fue en ese momento donde todas las piezas cayeron en su lugar. Mi comentario pareció soltar una rienda que lo mantenía atado y vi al hombre aquél abalanzarse sobre mí como una bestia iracunda, con los ojos inyectados en sangre y dispuesto a matarme… como un felino… como una pantera. Puse mis manos sobre mi rostro, no sé cuantas veces las golpeó, pero tuve que dejar de protegerme por el dolor que sentía en los brazos, y una vez rota mi defensa, hizo un giro con vuelo perfecto que estrelló su pie derecho sobre mi estómago… sentí como se sacudieron mis entrañas y no sé como resistí las repentinas arcadas y la incontinencia.

No supe exactamente a qué hora caí. Estaba más concentrada en volver a llenar de aire mis pulmones mientras trataba de encontrar una referencia que me dijera dónde estaba el suelo, aunque por la sensación del césped en mi espalda, debía estar tendida sobre él.

Y como si ese no fuera suficiente dolor, sentí un peso espantoso sobre el empeine de mi pie derecho, y un instante después un peso semejante sobre mi pectoral, comprimiendo aún más mis lastimados pulmones y negándoles el aire que tanto necesitaban para que no quedara inconsciente. Se había parado sobre mí, con un pie inmovilizaba el mío y con el otro presionaba mi pecho… acercó su rostro lo más que pudo al mío mientras yo luchaba con todas mis fuerzas por levantar el pie que amenazaba con asfixiarme, pero era como tener una viga de concreto sobre mí. Entonces habló… sereno, pero dada la escena, sonaba espeluznante.

—Hace treinta años, Haruhi… hace treinta años… no pude controlar mi ira… era joven e impulsivo como tú. Y entonces, después de un día en que pensé que mi enojo había solucionado todo, cinco energúmenos iracundos irrumpieron en mi casa y nos molieron a golpes… fui obligado a presenciar como ultrajaban una y otra vez a la mujer que amaba antes de ser asesinada, para que luego me lanzaran de un quinto piso hacia la calle destrozando un auto con mi caída… ¿Y sabes qué fue lo peor…? Que sobreviví… mi castigo fue recuperarme para vivir arrepentido por mis errores y cargando la culpa de su muerte… por fortuna encontré a un buen maestro que me enseñó el camino, que me regresó a la vida y me devolvió la esperanza… lo difícil no es encontrar el confort o el perdón de aquellos a quienes amamos y son lastimados, sea culpa nuestra o no… lo difícil es perdonarse a sí mismo, trascender a la culpa, lamerse las heridas y seguir adelante… nunca, Haruhi, nunca vuelvas a decir que no sé por lo que estás pasando.

Dejé de luchar, en ese momento Gervasio se quitó de encima de mí, y caminó agotado hasta quedar a un lado del tronco del árbol, dándome la espalda. No era sólo el dolor físico, ahora también me sentía muy avergonzada. Me reincorporé a medias mientras trataba de respirar, pero eso se sentía fácil comparado con el dolor en la cabeza y el pecho por asimilar las palabras de mi mentor…


Pasamos una hora más en silencio. Volviendo a las formas y a otros ejercicios de relajación que según él, coadyuvarían a la "sublimación" de mi enojo. Escuchar esa parte de su pasado no sólo fue sumamente ilustrativo, también me ayudó a ver bajo una nueva luz mi propia situación. Supongo que tiene razón. He perdido algo muy importante para mí, sin embargo aún tengo los medios para traerlo de vuelta, no como él, que perdió y jamás podrá recuperar aquello que se fue. Era curioso, pero luego de ese tiempo de entrenamiento el enojo parecía bajar, lenta, pero constantemente, y una vez terminado el ejercicio del día, intenté abordar a Gervasio para que me contara más, pero se resistió a continuar durante ese día, así que no insistí.

—Eh… perdón por interrumpir…— Dijo Mikuru tímida. —…pero creo que deberían ver esto…

Gervasio no es un hombre que ve televisión. Tiene una, muy bonita y nueva, pero en todo nuestro tiempo de estancia, nunca la había visto encendida. Esa vez, sin embargo, no sólo estaba encendida, el volumen del aparato estaba al máximo y todos estaban pendientes de él. Me apresuré al sofá e hice un espacio con mis caderas entre Yuki y Marina, mientras que la pantalla mostraba el escudo nacional del país y la leyenda "Gobierno Federal" en una cenefa de color sobrio.

—Está en cadena nacional—. Me susurró Yuki.

Pasarían sólo unos segundos de expectación cuando apareció un hombre insignificante, de baja estatura, más o menos calvo y de espejuelos que bien podría pasar por una versión adulta de Milhouse de The Simpson. Pensé en un principio que sería algún técnico de audio que se quedó en el palco cuando comenzó la transmisión… incrédula escucharía de él mismo que era ni más ni menos que el presidente… sí que están en decadencia… recuerdo cada palabra rebuscada, sin embargo, el mensaje era claro, y sería inútil reproducir los treinta y cinco minutos que duró: más de ciento veinte cuarteles de la policía federal, bases militares y otros asentamientos de las autoridades habían sido atacados simultáneamente ese día, los fallecimientos contaban en miles, con una infraestructura que doblego por completo a las fuerzas armadas y a la policía… el gobierno, viéndose superado y no pudiéndolo ocultar, había decidido tomar medidas. El mensaje terminó y nos quedamos a la expectativa viendo el aparato, pasarían un par de minutos hasta que un anunciador, abrumado, diera paso a un reporte tanto más detallado de los eventos del día. El cuartel en el que estuvimos hoy y de donde Kyon desapareció era uno de los cinco atacados en la ciudad, había un reporte extraoficial de un par de centenar de víctimas fatales entre policías, militares y bandidos, aunque nadie mencionó a los desaparecidos, y ni hablar de que siquiera mencionaran a un ciudadano japonés perdido. Se había convertido de pronto en una especie de guerra civil. Y así comenzaría el viacrucis del país azteca:

—A partir del tres de noviembre, una vez terminados los festejos de día de muertos, se implementará un toque de queda en las capitales de los treinta y un estados y por supuesto en el Distrito Federal y el área metropolitana del mismo, al igual que sucederá con el área conurbada de Monterrey y Guadalajara (principales ciudades del país)—. Dijo el anunciador. —Estas medidas serán tomadas para proteger a la población civil ante el azote del crimen organizado en tanto se hace la transición de gobierno, programada como cada seis años el próximo primero de diciembre. Para garantizar que la medida sea implementada a cabalidad, el Ejército Mexicano, la Secretaría de Marina Armada de México y la Fuerza Aérea Mexicana apoyarán a las agencias policiacas locales, al igual que se tendrá el apoyo de corporaciones extranjeras. Ahora unas palabras del hombre que liderará la operación.

A cambio de escena, un rostro conocido apareció en el monitor. Si de por sí Gonzaga me parecía un hombre mayor, ahora de verdad lucía como un anciano, pese a su aparente serenidad, sus ojos hundidos daban la impresión de tenerlo sometido bajo un stress inaguantable. Aún así, habló con tranquilidad:

—Tal como el señor presidente ha informado a la población, estamos bajo el yugo de un enemigo al que dejamos crecer por mucho tiempo. Antes de enfrentarnos a un golpe de estado o algo parecido, hemos decidido que la estrategia será cerrar fronteras al exterior mientras superamos la crisis, sin embargo, varias agencias internacionales han ofrecido su ayuda, la cual aceptaremos y agradeceremos. Interpol Américas, la DEA, y otras tantas corporaciones, así como la ONU, el Ejército de Salvación y la Cruz Roja Internacional han comenzado a hacer llegar ayuda de todo tipo a nuestro país—. Colocó sus manos en el estrado, con cierta determinación, pero que daba la impresión de que no le alcanzaría por mucho tiempo. —A la población en general… sólo puedo decirles que no deben temer. No permitan que estos criminales los hagan vivir con miedo—. Guardó silencio, como si se debatiera por decir algo más, algo que sólo él sabía. Sin embargo, se relajó y continuó: —En la ciudad de México, el responsable de la aplicación del plan de contingencia será un representante de la policía local, el cuál es el más apto dado que el secretario de seguridad pública de la ciudad falleció en los funestos eventos de hoy y era además hombre de confianza del mismo.

No podía creer lo que mis ojos vieron, poco faltó para que saltara y tratara de golpear al televisor… perfectamente trajeado y limpio como si nada hubiera sucedido, apareció la cara de marrano del mismo hombre que confrontó a mi esposo horas atrás: Buenaventura. No presté atención a sus palabras, su cinismo me tenía al borde de un nuevo ataque de ira… maldito bastardo… él sabe qué pasó con Kyon…


El primero se noviembre se presento con una temperatura baja. Fue la primera noche que pasé sola en muchos años, y había olvidado que se sentía desde la preparatoria. A las siete de la mañana caminaba junto con Ryoko por una de las más concurridas avenidas de la ciudad conocida como Paseo de la Reforma. La gente, a pesar de que continuaba con sus actividades de todos los días, miraba aquí y allá con cierto recelo, y según habíamos escuchado por la radio durante la mañana, no deberíamos sorprendernos de la poca presencia policiaca, pues luego de los ataques que costarían la vida a varios cientos, otros tantos habían renunciado.

La embajada de Japón en México, sin embargo, seguía guardando cierto sosiego que la separaba del resto de la ciudad, sintiéndose como un santuario donde de alguna forma hallaba cierta paz, como estar, aunque fuera sólo un poco, de vuelta en casa.

Expuse en pocas palabras el problema que me aquejaba a la secretaria del embajador, el cual, por supuesto, había abandonado el país esa misma mañana a petición del gobierno japonés.

—Entonces el profesor Suzumiya desapareció ayer por la mañana—. Repetía la joven mientras hacía un reporte.

—Sí—. De reojo miré a Ryoko, sentada en el cómodo sofá de la sala de espera fuera de la oficina de muros de cristal en la que estaba.

—Pues según lo que usted me describe, el patrón es consistente al del secuestro… sin embargo, no lo trataremos como tal hasta no estar bien seguros que es el caso, aún así, manténgase al pendiente de que sus captores se pongan en contacto con usted y repórtenoslo de inmediato. Nosotros mandaremos hoy mismo el reporte a la secretaría de relaciones exteriores para que comiencen una investigación.

—Muchas gracias.

Estaba por empujar la puerta para salir y volver a reunirme con mi hija.

—¿Suzumiya-Tantei?— Me volví a la mujer a su llamado. Parece una chica lista. —Espero no se ofenda con lo que voy a decirle… pero veo que usted es madre… sé que es difícil aceptarlo, pero por estos rumbos y en estos tiempos la gente muere muy a menudo. Nosotros mismos, los empleados de la embajada al igual que muchos extranjeros que trabajamos en este país recibimos salarios muy superiores a otros sólo por estar aquí… no me gustaría que se enfrentara a un panorama en el cual perdiera más de lo que ya perdió… váyase del país y proteja a quienes aún tiene, nadie sabe a ciencia cierta cómo terminará lo que está sucediendo. Nadie puede dejar el país en estos días, no así con diplomáticos, militares y representantes de la ley… y usted es una representante de la ley… aproveche esa situación y huya cuanto antes.

Pensé por un momento en gritarle que no fuera estúpida, que a pesar de saber y mucho mejor que ella lo que pasaba, no iba a abandonar a mi esposo a su suerte como la cobarde que esperaba que fuera y con la que ella seguramente se identificaba… pero eso sería inútil e innecesario… se agua… él te necesita.

—Gracias por el consejo—. Respondí serena y me despedí para llevarme a mi hija de ahí.

Caminé junto con mi niña hacia el oeste y ambas nos quedamos mirando por unos segundos el gigantesco edificio que se erguía orgulloso muy por encima de los otros. La torre mayor, uno de los más altos y modernos de toda América Latina.


Unas horas después viajaba en el auto adicional de Robles, pues él dijo no tener inconveniente con moverse por sus propios medios en la ciudad. Koizumi conducía y cada cierta distancia se detenía para que Yuki hiciera su búsqueda. Ryoko estaba en casa ya, al cuidado de Esperanza. Yuki, cada vez más desesperada nos informaba de lo infructuoso que el escaneo modular estaba resultando, y aunque eso en mi juventud era motivo para poner el grito en el cielo, ahora me sentía cada vez más tranquila mientras hacía lo posible por reconfortarla. Pensé que la jornada terminaría junto con la puesta del sol, poco antes de las siete de la noche, así que me estaba preparando emocionalmente para dormir cuando aparcamos el auto en casa de Gervasio, pero eso no pasó. El Pantera salió a nuestro encuentro manejando un vehículo de alquiler que sustituiría a la camioneta perdida en el ataque del día anterior. Esta vez fuimos todos invitados y comenzamos a hacer camino a otro lado de la ciudad e ignoraba qué tipo de actividad realizaríamos allá, pero aún así me dejé llevar, mientras Ryoko se acurrucaba a mi lado, yo esperaba y luchaba fervientemente por que el periodo de la ira terminara y mi mente se llenara de buenos sentimientos. Tonto Kyon… tonto y amado Kyon… no sé donde te metiste, pero no lo dudes ni por un segundo… te encontraré.

Capítulo 8 ó Ductûs Îræ.

Fin.


Quedo al pendiente de sus comentarios, y nos vemos en la próxima actualización.