Casi no, pero les dejo esta actualización, con seguridad la última del año. Aprovecho igualmente para agradecer a todos aquellos que han leído esta historia y han comentado al respecto, deseándoles una muy felices fiestas decembrinas y un magnífico inicio de año, es lo menos que podría desearles, ya que gracias a sus comentarios y lecturas, yo tengo un gran final de 2011.

¡Felices fiestas a todos!


Capítulo 9 ó Diês Cruciâmentum.

Creo que estoy algo contagiada de sus modos, debe ser la convivencia de tantos años. Kyon se la pasa observando en silencio todo lo que se nos atraviesa mientras que los demás hablamos y dejamos de prestar atención a todo lo demás, eso es probablemente lo que hace que describa con tal detalle todo lo que nos ha pasado. Hoy no hay muchos ánimos de hablar. Ya no cae sobre nosotros el enojo de que Kyon nos haya sido arrebatado, y aunque el dolor sigue presente, ahora es más soportable en tanto que nos tenemos los unos a los otros.

Sería cosa de unos minutos desde que salimos del barrio donde habita Gervasio para que entráramos a otro un tanto más rural, curioso al seguir siendo parte de una de las ciudades más grandes del mundo. Justo cuando vi que la afluencia de personas aumentaba recordé que estamos en una de las fiestas nacionales de carácter religioso más importantes de este país, y que se originó incluso antes del descubrimiento de América. La gente, a pie, camina hasta palacio de gobierno del pequeño poblado urbano-rural conocido como Míxquic.

La fiesta que se celebra es el día de muertos. Sería redundante hablar de lo que pasa en dicha celebración, así que sólo contaré lo que encontramos nosotros esa noche, donde la temperatura bajó hasta quedar apenas un par de grados sobre cero.

—Sé que te gustan los suvenires, así que por eso estamos aquí—. Me dijo Gervasio mientras ponía su saco sobre los hombros de Mikuru. —Estoy seguro que a Kyon le encantará si le llevas cualquier recuerdillo de por aquí. Sería ridículo que vinieras a México en noviembre y no disfrutaras un día de muertos, bebieras algo de café de olla y te comieras un tamal—. Sonreí tanto como pude mientras asentía y lo veía conducir a nuestra mascota de club por la carretera abarrotada de gente entre los tenderetes.

Dejando de lado la negociación hostil que tuvimos la tarde anterior, Gervasio se había comportado como un padre amoroso y condescendiente, por un momento me hizo recordar a mi propio padre o a Kyon. Es un gran tipo, y el hecho de que siga siéndolo aún a pesar de lo que la vida le ha puesto en el camino sólo refuerza mi teoría de que tiene una misión muy importante para el mundo. Caminamos hacia el sur entre el frío fulgor de las luminarias y las cálidas fogatas que la gente encendía alrededor del camino, escoltados a momentos por hombres y mujeres ataviados elegantemente como lo harían las mujeres de principios del siglo pasado, y llevando ya fueran máscaras o pintura facial para emular el rostro de una calavera. Leonel nos explicaría que el folklore tuvo un ascenso importante precisamente en esa época (los primeros años del siglo veinte) haciendo que se volviera parte de la celebración la figura de La Catrina, que representaba a la muerte como una mujer acaudalada y de extravagantes sombreros de ala ancha adornados con plumas exóticas. A medida que nos acercábamos más al centro del poblado, aumentaba el barullo de las personas y el estruendo de tambores fabricados a la usanza prehispánica que sonaban rítmicamente, llamando a todo el que se sintiera con bríos a participar en una flor, una suerte de baile multitudinario que se hacía en torno a los percutores y los concheros, y era precisamente conocido como flor por hacerse en forma circular.

Ryoko tiró de mi mano con fuerza apenas vio a los danzantes hacer sus elaborados pasos, parecía animada y mentiría si no dijera que me sentía contagiada por el espíritu festivo del lugar; por lo que entendí, pretendía participar con ellos, pero se me hacía un baile más bien vigoroso para alguien tan pequeño. Sin embargo, mi complejo terminó al momento mismo que Gervasio tomó a mi pequeña y la montó en sus hombros mientras tiraba de Mikuru, luego de Yuki y así, uno a uno en cadena, hasta que la Brigada entera se dedicaba al baile.

Fue como una bocanada de aire fresco que interrumpió la depresión y el enojo por los eventos de los últimos días que estaban amenazando con llevarse mi cordura y hacer que me desquitara con las personas equivocadas. Y sin embargo estaba ahí, participando de una algarabía que no era mía, pero que nos estaba haciendo bien a todos, mientras veo a mi hija pegar sonoras risotadas mientras su cabello se agita a merced del intrincado baile que hace nuestro anfitrión, mientras veo a Mikuru vitorear y seguir torpemente los pasos que yo memoricé desde la primera vuelta, girarme y quedar encantada con Yuki e Itsuki, que se sonríen mientras siguen el ritmo de los tambores tomados de la mano, observar a Leonel y Marina siguiendo la música con la cabeza y con sendas sonrisas en el rostro y al Protector, invisible para la mayoría, que aplaude a las maromas de mi hija.

Veinte minutos después, sin abrigos y empapados de sudor, nos separamos del baile y comenzamos a caminar hacia donde realmente íbamos esa noche. Fue hasta ese momento donde noté algo que seguramente era imperceptible para la mayoría de las personas, pero que iría haciéndose más notorio para quien pudiera verlo, a medida que nos acercábamos a la iglesia y el cementerio adyacente.

Dicho cementerio no lucía como cualquier otro que hubiera visto antes. Por principio, estaba abierto al público a pesar de que eran cerca de las once de la noche, había gente que como nosotros caminaba entre las criptas y curioseaba, otros tantos montaban guardia al lado de las tumbas de los que asumí eran los seres queridos que habían perdido. El contraste entre la pena de la muerte y la alegría de la misma era extraño y contagiaba con una nostalgia feliz, la misma de aquel que no tiene nada que perder. La tortuosa naturaleza del camposanto se vestía con la luz de veladoras de parafina y las aromáticas flores de muerto anaranjadas, comida típica, bebidas y cráneos de dulce. Hasta ese punto, todo cabía dentro de los parámetros de lo normal.

Leonel, El Protector, Yuki, Itsuki y yo lo notamos, pero el mexicano y el ángel no parecieron inquietarse mucho. Sobre las lápidas, en el campanario y las puertas de la iglesia, incluso caminando entre nosotros… ángeles… varios cientos. Sin embargo, y a pesar de que lanzaban miradas curiosas sobre El Protector y Marina, ninguno parecía tener intención de hacer nada contra ellos, y en otra peculiaridad, muchos de ellos estaban desnudos y aleatoriamente emprendían el vuelo o se sentaban perezosos donde hallaran lugar.

—Ellos son libres—. Aclaró El Protector al verme tan absorta en ellos. —Ellos cuidan a las personas, sin que nadie los vea, nunca han conocido el toque de un cazador, y si tienen suerte, jamás lo conocerán.


Nos separamos. Vi sin ver por algún tiempo entre las tumbas, y me detuve hasta llegar al lado de Marina, que vigilaba de pie ante un par de tumbas sobre una de las cuales se acomodaba Leonel mientras fumaba un cigarrillo.

—Mi amigo Román, y a su lado, su madre—. Explicó al verme leer las lápidas. —Murió hace muchos años, cuando saboteamos la Operación Bolívar. No era precisamente el mejor amigo que se pudiera tener, era hosco, malhablado, traicionero, pendenciero, prepotente y terriblemente impaciente. Era un cazador de ángeles al igual que yo, pero lo curioso es que él no creía en los ángeles… cuando encontraba alguno creía que era cualquier otra cosa. Al último que encontró lo hizo firmar una confesión diciendo que era un extraterrestre—. Dio una nueva calada a su cigarrillo que hizo que sintiera deseos de fumar, pero no lo haría. A Kyon no le gustaría. —Ante todo, Haruhi, también somos aquello que hemos perdido. Es una estupidez pensar que lo mejor es sólo recordar lo bueno de aquellos que nos dejaron, debes ser agradecida y quedarte con todo de aquellos que ya no están, incluso las cosas malas, porque normalmente es de esas cosas malas de las que obtenemos el verdadero aprendizaje.

—Gracias por el consejo, ¿pero cómo hacerlo cuando lo único que tengo de él son buenos recuerdos y una hija preciosa?

—Pues aférrate a esos recuerdos… pero no te dejes llevar por ellos o nunca te recuperarás si él no vuelve… sólo déjalo ir.


Algunos metros más adelante me encontré con Gervasio y Esperanza, limpiando voluntariosamente una lápida que ponía "Rosaura Barrios: 1960 – 1982". Sin dejar de lado su afán, Gervasio me miró con una sonrisa plagada de melancolía.

—¿Quieres chocolate caliente?— Preguntó Esperanza a mi hija y tomándola de la mano la llevó lejos, dejándonos al Pantera y a mí a solas.

—Supongo que imaginas de quién es esta tumba—. Comenzó él sentándose sobre la fría roca y retirándole algo de polvo con la mano. Lo imité.

—Es la tumba de tu novia, ¿cierto?

—Era mi prometida—. Corrigió. —Perder a la persona que amas puede llevarte a lugares a donde nunca quisiste ir. A la depresión. A la locura. Intenté suicidarme un par de veces en prisión.

No respondí de inmediato, daba la impresión de no haber hablado de eso con muchas personas. Sería muy instructivo hablar con un superviviente:

—¿Cómo lo lograste?— Pregunté luego. —Es decir, ¿cómo lo trascendiste? ¿De dónde sacaste el aplomo o los ánimos?

—Al principio no supe cómo… era como si alguien más estuviera viviendo mi vida, como si fuera únicamente un cascarón sin alma. Aunque la verdad es que no te puedo decir que me recuperé por completo, una parte de mí murió junto con ella, pero heme aquí, treinta años después… no sólo tan vivo como al principio… incluso hoy, a pesar de mi edad y la situación… tengo aspiraciones… quizás muy altas para alguien como yo, pero… creo que tengo el derecho a buscar mi felicidad, y sé que ella lo comprendería, incluso que ella lo querría… sería lo que yo desearía si ella hubiera sobrevivido en mi lugar.

—¿Aspiraciones altas…? Un momento… ¿Acaso tú…?

—Sé que suena como una locura…— Dijo en voz un tanto más baja.

—¿Pero quién…?— Dije apresurando mi cerebro a hacer conexiones… —Por todos los cielos… Es por Mikuru, ¿verdad?

—¿Crees que vuelo muy alto…? ¿Que no la merezco?

—No es eso, creo que eres alguien formidable y sería algo que me encantaría ver… pero como seguramente sabes, ella tiene… pues otro tipo de compromisos…

—Lo sé, ella misma me lo dijo. Y a pesar de todo lo que la rodea… simplemente no puedo hacerme a la idea de dejarla ir sin haber presentado pelea.

—Tienes apenas unos días de haberla visto por primera vez.

—Y aún así es como si la conociera de toda la vida, es y por mucho lo que cualquier hombre soñaría con encontrar, y sin ánimo de sonar pedante, creo que no le soy indiferente.

—¿Tratas de encontrar a Rosaura en ella?

—Eso es lo más curioso de todo, Haruhi… no son parecidas en ningún aspecto. No soy estúpido, puedo reconocer algo real cuando lo vivo… creo que vale la pena emprender esa campaña.

Le deseé suerte tratando de sonar convencida, e insisto, no es que la idea me resultara mala, pero… ella no podría, sé que en algún punto de nuestro camino deberá marcharse, regresar a su hogar, en ese futuro lejano y desconocido para nosotros, y aunque una parte de mí desea que se concrete, otra quisiera ahorrarle un dolor innecesario a mi confiable mentor.

Charlamos por un rato más, bajo un cielo particularmente nítido y estrellado. Creo que el mensaje que todos tratan de darme es que debo hacerme a la idea de lo peor, pero esperando lo mejor y luchando por ello. Es una buena idea, o realmente la ausencia va a volverme loca.


—¿Ryoko está con ustedes?— Preguntó Esperanza un poco después. Estaba muy crispada.

—No… tú te la llevaste…

—P-pero… alguien llegó por ella hace un segundo… hubiese jurado que era usted…— Dijo la pobre chica, preocupada de verdad.

No me explico por qué, pero me sentía tranquila. Busqué con la mirada a nuestro alrededor.

—No debes preocuparte, no está sola—, la conforté al notar la ausencia del Protector, que sin lugar a dudas estaría con ella. —Aún así creo que debería ir a buscarla.

Esperanza y Gervasio se ofrecieron a acompañarme, pero rechacé la invitación pidiéndoles que continuaran en la limpieza de la tumba. Comencé a andar nuevamente entre los estrechos pasillos del panteón, dejando que la esencia de las flores, el incienso y una madera muy aromática llamada copal inundara mis pulmones; además de la custodia del Protector, no tenía la sensación de que Ryoko estuviera en peligro, así que seguí caminando por varios cientos de metros hasta salir del barullo del centro del pueblo por la misma ruta por que llegamos ahí. Casas humildes y grandes terrenos vacíos se mostraban a mi derecha, y algo parecido a un pantano con diminutas embarcaciones se podía ver al lado opuesto del camino, detrás de una barda de piedra con pilares. Sobre uno de esos pilares estaba el ángel guardián de Ryoko, acuclillado y mirando las verdes y espesas aguas de la chinampa. Entré por el mismo acceso que él custodiaba y nos miramos por un momento, haciéndome saber sin palabras que en efecto no tenía de qué preocuparme.

Ryoko estaba sentada en las viejas escaleras de concreto que hacían las veces de muelle y no estaba sola. Hablando con ella estaba una catrina de las que habíamos visto antes, vestía un hermoso vestido azul oscuro, demasiado fino para ser únicamente un disfraz, del anchísimo sombrero con plumas de pavorreal caía una larga melena negra con destellos azules y la finura de su espalda correspondía a la de una mujer joven, que no había visto en muchos años, pero que reconocí de inmediato. Me acerqué en silencio aunque confiada. La joven alzó su rostro para verme, traía un antifaz de calavera que cubría la mayor parte de su rostro, pero igual pude reconocer su sonrisa apenas me regaló con ella.

—¿Dónde te metiste todo este tiempo, Ryoko?— Pregunté con tranquilidad y en mi lengua nativa.

—Creo que tu mamá quiere que vuelvas con ella—. Indicó la muchachita a mi hija, también en japonés.

—No le hablaba a esa Ryoko.

Ella sonrió aún más. Se retiró el enorme sombrero y lo puso juguetona sobre la cabeza de Ryoko-Chin, haciendo que cayera hasta su nariz, y luego se quitó el antifaz.

—Ha pasado mucho tiempo, Suzumiya.

—Lo mismo digo, Ryoko.

Aunque la escena era de lo más irreal, sentí un nudo en la garganta cuando vi de nuevo a nuestra difunta amiga, y aunque la convención marcaba que debíamos hacer sendas reverencias para saludarnos, instintivamente nos abrazamos. De algún modo que no comprendía, Ryoko Asakura-Ni estaba con nosotros. Sé que Kyon la ha visto en sueños, así que supuse que fue por eso que no me volví loca sólo de verla.

—¿Cómo es posible?— Pregunté conteniendo apenas el llanto.

Ella, sonriente y serena tomó la mano de Ryoko-Chin.

—Caminemos—. Me invitó momentos después, y las tres comenzamos a andar por la orilla de la ciénaga, al cuidado de la mirada del Protector.

No hablamos por unos minutos, sólo anduvimos por ahí. No había cambiado en absoluto, seguía siendo igual a como la recordaba, lucía sana y feliz, y exactamente con la misma edad con la que dejamos de verla… su estatura es menor a la mía ahora, imagino que debe ser porque sigue siendo una adolescente mientras que yo soy una adulta ya, supongo que era de esperarse que no haya envejecido en todos estos años partiendo del principio de que ha estado muerta todo ese tiempo.

—Ha sido un largo camino hasta llegar aquí, ¿cierto?— Inició ella.

—Ya lo creo… Kyon estaría encantado de verte, no para de hablar de ti… aunque ahora que lo pienso, no es sano que hable de sueños con una mujer que no soy yo, ¿verdad?

—Me encanta que conserves tu buen humor a pesar de las circunstancias—. Dice después de reír discretamente.

—Conoces esas circunstancias, ¿cierto?

—Sí. Sé que Kyon no está aquí y que su ausencia te está matando, es por eso que hoy me fue permitido venir a verlos—. Se detuvo y se quedó observando la diminuta isla a mitad de la laguna, entre el oscuro y a estas horas inescrutable follaje de sus árboles.

—¿Y según tú, qué es lo que debo hacer?

—Dejar que las cosas pasen.

—¿Perdona?

—Dejar que las cosas pasen, ser paciente, tener fe.

—P-pero… ¿fe en qué?

¿Por qué insisten? ¿Por qué el afán de que dejé atrás aquello que hizo que mi vida no se convirtiera en un caos, que según tengo entendido evitó que el mundo terminara y que me hizo tan feliz…? No quiero renunciar a eso, no quiero perderlo… mi hija necesita y se merece un padre como el que tenía, ningún otro y bajo ninguna circunstancia. Me resisto a dejar que se vaya para siempre.

—No te estoy diciendo que lo olvides, sino que dejes al tiempo transcurrir.

—¿Y dejar que ese tiempo lo solucione? ¿O Dios acaso? ¡Por Él estamos aquí en primer lugar!— No estaba enojada, la ira se había ido, pero mi voz sonaba descompuesta, aún así ella no se inmutó.

—No, Suzumiya, no es sobre Dios, o sobre la justicia, ni siquiera es sobre Kyon. Es sobre ti. Aquello que estás buscando no llegará a ti hasta que deba volver, ni un minuto antes. Si insistes en forzar al destino, éste se volverá contra ti, y tú y los que amas podrían resultar heridos.

—¿Me dices entonces que debo dejarlo todo en manos del destino? ¡Qué soberana estupidez! ¡Yo ni siquiera creo en el destino! Y aunque creyera en él… no voy a abandonar a Kyon.

—Por eso mismo te admiro tanto, por ese espíritu que está más allá del entendimiento de los humanos, pero debes entender que no trato de desanimarte ni hacer que dejes todo en manos de ese destino del que te hablo… sólo debes ser consciente de que para enfrentar al destino, hay que aceptarlo primero—. No supe que decirle. No había que decirle. Ryoko la soltó y tomó mi mano, de alguna manera que no comprendo ella parece estar soportándolo mejor, con mayor madurez y temple que yo, y trataba de confortarme. Ryoko-Ni continuó: —Este es sólo el principio, Suzumiya, vienen muchos días oscuros repletos de tribulación, soledad y miedo, donde lo único que podrá asegurar la supervivencia de todos es cuánto confían unos en otros, y en los cuales deberás ser madre y padre de Ryoko-Chin, días en los que querrás renunciar a todo e incluso algunos en los que de verdad deberás renunciar a aquello que amas.

—¿P-pero… por qué yo? ¿Qué se supone que hice yo para merecer esto?

—Tú así lo decidiste en el momento mismo en que liberaste ese enorme e inimaginable potencial; lo reafirmaste cada vez que pediste que las cosas fueran diferentes y especiales, cuando reclutaste a los miembros de tu brigada, que son los únicos que podrían cargar con la responsabilidad de crear un mundo nuevo y mejor, y que aceptaron que podrían perderlo todo en el camino. El hecho de que tú tengas ese poder no es obra del azar, nada en el universo lo es, todo es producto de una decisión… Kyon tomó la suya y lo menos que podrías hacer es honrarla siendo fuerte en su ausencia.

—¿Y si esa ausencia es eterna?

—Sé de buena fuente que ninguna ausencia es eterna. En especial si hay algo tan fuerte como lo que los une a ustedes dos—. Tomó mis manos, supongo que de verdad debía lucir muy desvalida para ese momento. —Días tortuosos son los que tienes enfrente, y no serán pocos, pero yo tengo plena confianza en que lo trascenderás, en que esto será únicamente una memoria más en la aún larga historia de la Brigada SOS… sólo recuerda que justo un momento antes del amanecer, el cielo es más oscuro.

Escuchamos pasos presurosos, de al menos cinco personas. Por el mismo acceso al diminuto embarcadero llegó el resto de la brigada junto con nuestros colaboradores, Yuki venía al frente y lucía muy agitada, pero daba la impresión de saber a quién buscaba.

Miró a Ryoko-Ni con la misma expresión con la que seguramente yo vería a Kyon si lo encontrara hoy… es de entenderse, ella fue la única familia real que jamás tuvo y perderla debió ser horrible, aún cuando en aquél entonces ella no podía demostrar sus sentimientos. Caminó hasta ella sin poder creerlo, y al igual que yo, la abrazó emocionada, Mikuru e Itsuki la imitaron poco después. Caminé junto con Ryoko-Chin hasta Gervasio, dejando que el resto de los chicos de la brigada convivieran con nuestra extraña visita.

—¿Quién es ella?— Preguntó Gervasio, buenamente conmovido por la escena.

—Ryoko Asakura, una vieja amiga a la que extrañamos mucho.

—¿Era miembro de la brigada?

—Pudo haberlo sido, tenía un gran potencial.

—¿Tenía?

—Está muerta. Murió salvando la vida de Yuki, la de Kyon y la mía, y en honor a ese sacrificio pusimos su nombre nuestra hija.

—Por un momento me pareció escuchar que está muerta… si es así, ¿cómo es que…? ¡Ah, qué importa! No voy a romperme la cabeza tratando de entenderlo… todos ustedes son muy raros.

Hablamos por un rato considerable, de muchas cosas, Ryoko-Ni parecía muy contenta de ver que Yuki se comportaba diferente a como era en su adolescencia y la felicitó por hacer mancuerna con Itsuki, y por ese brillante lapso de tiempo incluso el frío parecía haber cedido. Nos aconsejo sobre muchas cosas y respondió algunas de nuestras preguntas.

—Y entonces… ¿Cómo es…?— Preguntó dudoso Itsuki.

—¿El qué?

—Ya sabes… la muerte… el otro lado.

—Eso podría respondértelo Asahina—. Respondió sonriente mirando a Mikuru. —¿Cuál sería la respuesta?

—Eh… información clasificada—. Dijo ella tímidamente.

—Eso es algo que no debo contarles… lo descubrirán en su momento, pero si les ayuda en algo, lo que les podría decir es que no hay nada que temer… los echo de menos mucho a todos, pero créanme si les digo que no estaremos separados para siempre. Nos volveremos a encontrar un día, así que no deben temer… y debo insistir: ninguna ausencia es eterna—. Esa era la despedida. Ryoko-Ni se adelantó a su homónima y se hincó frente a ella: —"Ryoko" es un lindo nombre, úsalo bien—. Luego miró al Protector, que bajó de su columna y quedó detrás de nosotros. —Muchas gracias por ayudarme a venir aquí.

—Muchas gracias a ti por acceder a volver—. Respondió el ángel, enigmático.

—Espero ansiosa el día en que nos veamos de nuevo—, dijo volviendo a poner su antifaz y su sombrero y caminando hacia las pantanosas aguas—, aunque en realidad espero que eso no sea pronto, deseo que tengan vidas largas y llenas de aventuras… y espero que nunca me olviden, porque el olvido es la muerte de verdad. Sean fuertes y no se rindan, esta sólo es una etapa—. Caminó sobre las aguas, no hacía ondas sobre ellas, inmaterial, etérea. —Y lo más importante: apóyense unos a otros, por algún tiempo será lo único que tengan. Jaa ne!

Tardó un par de minutos en salir de nuestra vista, entre la neblina y los primeros fulgores del sol en el oriente.


El dos de noviembre por la tarde decidimos regresar a las actividades normales, o al menos tan normales como la inquietud de las calles nos lo permitió. Los miembros restantes de la brigada junto con Gervasio nos presentamos al cuartel provisional del ejército dentro del palacio de gobierno de la ciudad, un enorme edificio colonial en el centro de la misma. Gonzaga pareció recuperar parte del color del rostro al vernos llegar, y nos preguntó como habíamos hecho para salir del lugar.

—Fue una locura, según entiendo el ataque comenzó apenas un par de minutos después de que saliera del cuartel—. Nos comentaba el viejo soldado. —Se llevaron a Yáñez y a Gutiérrez. Sólo espero que no encontremos sus cadáveres flotando en algún canal como suele pasar con los secuestros de los representantes de la ley.

—También se llevaron a mi esposo—. Intervine con voz plana.

—Lo lamento, detective. No debí hacer un comentario tan inapropiado—. El viejo parecía sentirlo de verdad. —Y a pesar de eso, quisiera expresarle mi admiración, está demostrando más aplomo del que esperaría de cualquiera… más incluso del de nuestros propios policías… muchos han desertado ya. No me explico como hicieron para llevarse a los otros, secuestraron al menos a cincuenta medios mandos y no quedó ni una sola pista de dónde pueden estar ahora.

Rapto. El Protector me explicó algo al respecto, aunque no me ha quedado del todo claro: un rapto sólo puede ser realizado por un ángel y puede llevar a cualquier ser humano al sitio deseado por él. Ha salvado a algunas personas a lo largo de la historia y en general es una facultad utilizada para buenas obras. Parece que en esta ocasión fueron utilizados para abducir a cabecillas del ejército y la policía y dejar vulnerables y descontroladas a las fuerzas del orden. Es un milagro que Gonzaga no haya sido presa de ellos… ¿o no?

—¿Qué hay de Buenaventura?— Pregunté sin tratar de sonar demasiado inquisitiva.

—No lo sé… parece que logró defender el cuartel junto con un puñado de hombres, sólo recibió una herida leve en el hombro… aunque si les soy sincero, tengo algunas sospechas sobre él… de alguna forma sabía que algo pasaría ese día, y se encargó de sacarme del lugar.

—¿Le ha preguntado directamente?

—No ha habido forma. Apenas murió el secretario de seguridad, Buenaventura fue reasignado y no he hablado con él desde entonces.

—¿Y bien…? ¿Cuál es el plan, general?— Preguntó Gervasio. Gonzaga caminó hasta la puerta, mirando al jardín interior del palacio.

—No hay plan. Sabía que los cárteles eran enemigos fuertes, pero nunca imaginé que llegarían hasta esto. No estábamos preparados para un evento así, es prácticamente un golpe de estado, y no sabemos cómo confrontarlo, México no había tenido guerrillas desde la revolución en mil novecientos diez.

—¿Y entonces? ¿Cómo buscaremos a Yáñez, Gutiérrez y Suzumiya?

—Sé que será difícil lo que voy a decir, pero no los buscaremos. Las fuerzas armadas y los policías que quedan estarán destinados a proteger a la población civil, no podemos darnos el lujo de hacer operativos de rescate.

—Pero… ¿Y Cooper? ¿Qué tal si él accede a ayudarnos y trae refuerzos desde Estados Unidos?

—¿Cooper?— Gonzaga hizo una mueca de burla. —Si está vivo y cuerdo, ahora mismo debe estar tratando de pasar como mojado de vuelta a su país.

—Qué curioso, pensé que me tendría en mayor estima, general—. Por el mismo acceso que cruzamos apareció el norteamericano. Al igual que nosotros lucía un tanto maltrecho, y su escolta sólo contaba con dos hombres, nos enteraríamos luego que el resto murió el día aquél. De alguna manera me alegré de verlo vivo. —En cuanto a lo que comentaban… coincido con el general, no sería inteligente hacer una búsqueda…— Ya no me alegra que siga vivo. —Por fortuna podemos sustituir a los mandos que fueron secuestrados.

—¿Quién va a sustituir a mi esposo, Cooper?— Dije tratando de ocultar mi descontento.

—Eso no debería preocuparle, detective, estoy seguro que muchos querrían el puesto.

Imbécil… ¿es que todos los hombres son así? Y el único que me encontré y que no es así, está desaparecido. Montón de cerdos.

—No voy a permitir que le faltes al respeto así—. Salió en mi defensa Gervasio, caminando hasta encarar al extranjero; no sé por qué, pero me parece que no se agradan. —Retira lo dicho y discúlpate.

What if I don't, beaner…?— Dijo retador y en voz baja.

I'm gonna take off your balls by your mouth, gringo pendejo.

Really? Show me then!

Todos pensamos por un momento que de verdad iban iniciar una riña cuando los vimos comenzar a quitarse los sacos, y admito que parte de mí se sintió atraída por la idea de ver a Gervasio darle una paliza al tipo mientras Mikuru observa aterrada y con las manos en la cara, pero no sucedió. Gonzaga se interpuso entre ambos:

—¡Basta los dos!— Gritó mirándolos como si fueran niños pequeños. —¡Robles, sé que está molesto, pero deje de buscar excusas para iniciar peleas! ¡Cooper, está siendo muy irrespetuoso! ¡Discúlpese de inmediato con la detective!

Gervasio se dio la vuelta, bufando. Cooper no hizo nada por algunos segundos, luego se volvió hacia mí.

—Lo siento.

Renuentes, los dos americanos tuvieron que compartir el recinto, Gonzaga incluso los obligó a estrecharse las manos, luego continuó.

—Como seguramente ya habrán notado, estamos en una debacle, la peor en décadas, y el panorama por delante es oscuro. Quien quiera que sea que pretende someternos tiene recursos más allá de lo que cualquiera de nosotros pudo siquiera imaginar, y aún no ha terminado.

—¿Qué quiere decir con que no ha terminado?

—Pequeños grupos de choque comenzaron a entrar a poblados alejados y en las partes más pobres de las ciudades, incluyendo esta, estos grupos están reclutando gente para lo que ellos llaman "el ejército del nuevo orden", atraen con comida y mejores condiciones de vida a indigentes y niños de la calle, reparten su droga para crear adictos y que trabajen para ellos recibiendo como pago sólo su producto, ofrecen empleos a los más pobres y obligan al resto amenazando a sus familias. Están haciéndolo en grande de verdad… lo único que nos queda es atacar fuego con fuego, defender los lugares a los que no han entrado, por eso implementamos el toque de queda que entrará en vigor mañana por la noche—. Regresó hasta su escritorio y tomó un puñado de papeles oficiales. —La secretaría de relaciones exteriores y las embajadas han pedido que se envíe a sus ciudadanos de vuelta a sus países de origen, tengo en mis manos las órdenes de salida de su familia y sus colaboradores, detective Suzumiya, al igual que los de Cooper.

—¿Está expulsándonos del país?— Pregunté algo asustada.

—No. Estas órdenes son un exhorto de sus gobiernos, pero ustedes deciden si es que quieren quedarse. Pero les advierto, si se quedan aquí, estarán atrapados por nuestras fronteras hasta que todo termine. Así que les pregunto: ¿Se quedarán a ayudar?

—Yo me quedo—. Dijo Cooper sin dudarlo.

—Yo también, no me marcharé de este país sin mi esposo…

—Detective Suzumiya… no quisiera ser pesimista, pero creo que es importante que se dé una idea sobre…

—Lo sé, general, sé que no hay muchas posibilidades de verlo con vida, y aún si así fuera, nadie sabe cuánto tiempo pasará hasta que lo hallemos, sin embargo…— Una imagen horrible atravesó mi mente mientras decía esas palabras, no había pensado en la posibilidad, y no pude evitar que mi voz se descompusiera un poco y me abordaran una espantosas ganas de llorar, —sin embargo… quisiera al menos recuperar su cuerpo y darle sepultura. Él es un gran hombre, general, no merece la fosa común como último destino.

Nos quedamos todos en silencio. Gonzaga me miró como si acabara de descubrir algo y desde ese momento en adelante comenzó a tratarme diferente.

—Si la mitad de los hombres que conozco tuvieran esa entereza, nada de esto hubiera pasado. Le agradezco de antemano la estadía y la cooperación, y me comprometo con usted a formar una comisión para localizar a su esposo apenas tengamos una oportunidad de hacerlo—. No habló por un tiempo en el cual sólo nos miramos lo unos a los otros, dándome tiempo de calmarme un poco, quizás. Luego pidió a sus soldados, las escoltas de Cooper y demás que salieran del recinto dejando sólo a la brigada dentro del lugar. Después volvió a hablarnos: —Por otra parte… ustedes saben algo más, quiero que me hagan partícipe de ello.

Era la primera vez que me enfrentaba al predicamento del que Kyon me habló tantas veces: explicarle a alguien que algo increíble estaba sucediendo bajo sus narices. Yo soy muy buena entendiendo las cosas, más no tanto explicándolas, a Mikuru le cuesta trabajo incluso entenderlas, Yuki llevaría todo a términos que son muy difíciles de entender para cualquier persona normal, lo cual nos limitaba a una única opción para ponerlo en palabras inteligibles para el general, considerando que nos creyera en primer lugar.

—Debo advertirle que es difícil de creer lo que descubrimos, debe tener una mente muy abierta, general—. Comencé luego de superar la incertidumbre.

—Le sorprendería saber sobre las cosas que he visto, detective.

—Pues siendo así… Koizumi, por favor.

La siguiente hora y media Cooper y Gonzaga escucharon absortos la fluida explicación de nuestra vice-comandante de brigada, interrumpido únicamente por eventuales preguntas y asentimientos. Le contó todo, pero fue lo suficientemente intuitivo para no mencionar las habilidades de los miembros de la brigada, y aunque el viejo militar no preguntó, daba la impresión de tener inquietud al respecto de ese tema en especial. Fueron detalladamente abordados los temas del complot, la anteriormente frustrada Operación Bolívar, el polvo de ángel, la participación de ángeles reales y la aparente traición de Buenaventura. Una vez que Koizumi terminó la explicación, el primero en reaccionar fue Cooper.

That's ridiculus—. Dijo despectivo cruzando los brazos y riendo. La verdad no me importa lo que él piense.

Sin embargo, quien me intrigaba era Gonzaga… tal vez fuera la edad, pero su rostro no mostraba expresión en absoluto, era una esfinge, no era posible descifrar sus pensamientos como Yuki en su adolescencia. Justamente cuando parecía estar a punto de decir algo, el teléfono de su escritorio sonó, una llamada interna. Contestó de inmediato:

—Gonzaga… sí… ¿cuándo…? Entendido. Voy para allá—. Colgó y se levantó, poniéndose su gorro y dando por terminada la reunión. —Nos reuniremos todos los días aquí a partir de mañana a las nueve de la mañana, una hora después de que el toque de queda sea levantado, seguiremos hablando de esto y trataremos de hacer un nuevo plan, por hoy es mejor que se vayan y se preparen.

—¿Sucede algo malo, general?— Preguntó Gervasio.

—Buenaventura. Acaba de desaparecer.

Quizás ya lo sabía, pero aún quería tener esperanzas de que no fuera así… ese era sólo el principio, todo mundo se había empeñado en decírmelo hasta el cansancio… Kyon seguía desaparecido, no sabía nada de él e ignoraba que de verdad vendrían días de soledad, más de los que podía soportar, días de incertidumbre… días tortuosos.

Capítulo 9 ó Diês Cruciâmentum.

Fin.