Wow... sí que pasó un tiempo, fueron una buenas vacaciones. Espero que hayan iniciado este 2012 con el pie derecho. Y bueno, fuera de eso, les dejo este nuevo episodio, espero lo disfruten, porque yo disfruté bastante escribiéndolo. Y una vez más hago la invitación a dejar su opinión, es un buen indicador del desarrollo de la trama y es la leña que alimenta la maquinaria de su servidor.

¡Disfrútenlo!


Capítulo 10 ó Abdicâtiô Et Acceptiônis.

Son sus manos… son algo ásperas, manos que trabajan, que entrenan, que escriben… imagino que es por eso que son tan talentosas. Lentamente recorre con infinita delicadeza mi espalda y mi cintura, mis caderas, mis muslos… regresa con calma a mi cintura y asciende acariciando mi abdomen hasta llegar a mis senos. Los toca con dulzura, como se trata a una flor.

—¿Qué estás haciendo?— Pregunto medio dormida.

Su respuesta es soltar los botones de mi pijama con destreza y retirarla parcialmente de mis hombros. Hunde su rostro en mi espalda y siento sus besos haciendo camino sobre mi columna, en mis omóplatos, provocándome escalofríos al tratar de morder mi nuca. Sigue su trayectoria hasta llegar a mi lóbulo auricular, donde sus dientes se hunden sin fuerza.

No habla, no dice nada, sólo continúa su rutina apenas respirando. Miserable abusador, me conoce bien, sabe exactamente qué tocar y cómo tocarlo… así que simplemente me dejo llevar, aunque la verdad es que nunca pongo mucha resistencia, y justo cuando creo que no puede ser mejor el momento, acerca nuevamente sus labios a mi oído y susurra:

—Eres bellísima—. Y acto seguido, se estira para besar mi mejilla.

—Eso lo sé, tonto.

—Tu aroma es exquisito—. Dice mientras hunde su rostro en mi cabello. Eso no lo esperaba, así que sólo río. —Y es cuanto a tu sabor… bueno, averigüémoslo.

Con irresistible dulzura pone sus labios sobre los míos mientras me vuelve hacia él, no hay otro contacto, no hay agitación, ninguna lengua trata de hacer intrusión, sólo el íntimo roce que dura sólo unos segundos, sin abrir los ojos y sin separarse de mí besa mi barbilla y luego la punta de mi nariz.

—El tarado de tu vice comandante me instó a besarte por sorpresa cuando hiciste que el verano se repitiera quince mil veces hace años—. Me cuenta y vuelve a besarme.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—No quería morir tan joven.

Y haciendo apenas perceptible el cambio, sus besos comenzaron a volverse más intensos en proporción a la parte de mi cuerpo donde aterrizan, es difícil explicar la sensación que me provocan sus labios, sus dientes y su lengua en mis senos, pero tengo escalofríos que me hacen reír tontamente. Sus manos toman mis costados mientras él sumerge el rostro en mi abdomen… no sé cómo es que lo hace, pero cada vez es diferente, siempre hay pequeñas variaciones que hacen original y nueva cada vez… logra ese efecto cada cierto tiempo y se queda con él por una temporada.

Discreto, silencioso. Si lo viera por la calle pensaría que es un tipo ordinario por el que no daría un yen, sin embargo, es un gran amante. Y no se lo digo, pero es un auténtico maestro a la hora de proporcionar placer oral… y emocionada puedo ver como se prepara para sumergir su rostro entre mis piernas, pero antes de eso besa mi bajo vientre, mis muslos, mi monte de Venus. Respira suavemente sobre mis labios, haciendo que me estremezca, para luego comenzar a besar con ternura la zona en cuestión, busca mi mirada mientras hace aterrizar esos besos demasiado inocentes y lindos para el lugar donde están cayendo, y sin detenerse toma mis manos:

—Ayúdame…— me indica y hace que yo misma separe los pliegues de mi ahora muy húmeda región íntima. —Haruhi… eres increíblemente hermosa—. Me dice mientras observa a detalle, haciéndome sonrojar.

—¡N-no digas eso, idiota!— Antes de que pueda hacer otro reclamo, su lengua juega con mi clítoris, haciéndome callar y contener el aliento al mismo tiempo.

Y si bien mi idea de que es bueno a nivel oral, es grandioso a nivel digital… sin dejar de lado las caricias que me hace con la boca, una de sus manos hace contacto suavemente, con delicadeza introduce sus dedos, comprobando la lubricación y masajeando el interior. Le costó cerca de un año, pero encontró el punto G, que incluso yo llegué a pensar que era un mito… bendito sea por ser tan persistente.

Un instante después separa sus labios y los sepulta en mi abdomen, deshaciendo el camino por el cual llegó. Me hace incorporarme con lo que quedó de rodillas en la cama mientras el besa mi cuello sin dejar de manipular mi interior con sus manos. Yo no puedo abrir los ojos, y por un momento me perdí, dejando salir a toda voz los suspiros que me estaba arrancando mientras veo llegar el final.

Lo conseguí…

No fue tan bueno como esperé…

No… no fue bueno en absoluto…

Abro los ojos y el sueño deviene en pesadilla.

Estoy tendida sobre una cama solitaria, con ambas manos sobre los genitales, en mi debilidad hice uso de este último recurso… sí, me masturbé, y no sé como describir lo increíblemente sucia, denigrada y triste que me sentí por ello. Casi sin fuerzas me levanté y alcancé el lavabo de la habitación y me lavé tanto como pude, y mientras el agua se llevaba las pruebas del raquitismo mi alma, se lleva también mis lágrimas.

El sueño no se hizo pesadilla. El sueño sólo terminó, la realidad es la pesadilla.

Soy egoísta. Tuve este desliz y lo único que conseguí al tratar de confortarme fue sentirme aún peor de lo que ya me sentía. Entiendo que sea así, porque él no sólo me proveía sexo. Me daba estabilidad, serenaba mi espíritu, me hacía sentir segura, amada, y muchas cosas más… tratar de suplirlo así sería tratar de tapar al sol con un dedo.

Eran casi las dos de la madrugada. La calle afuera de la ventana de la habitación muere de soledad, únicamente rota por el ruido del sereno, que toca su silbato a la distancia. Hace frío. No es como el de Japón, pero por algún motivo que desconozco, cala mis huesos. Y sin que el destino estuviera satisfecho con eso, el silencio parece empeñado en partir mi cabeza por la mitad. Debía remediarlo, y sólo había un miembro de la brigada que aceptaría charlar conmigo a la mitad de la noche.


—¿Ryoko-Chin?— Pregunté luego de golpear suavemente su puerta y abrirla.

—¿Mamá?— Pregunta ligeramente exaltada, pero demasiado somnolienta como para reclamar nada.

—Eh… me preguntaba si necesitas algo… ¿tienes suficientes mantas? ¿Quieres un poco de agua?

—No… estoy bien…— No se levantó. Poco a poco sus ojos se cerraban nuevamente, puedo verlo porque me acerqué hasta la cama y me senté a su lado. Acaricié su cabello y aprovechando que estaba dormida intenté alcanzar el cajón del buró. —No puedes tomarlos…— Me advierte sin abrir los ojos.

—Pero…

—Hasta que papá vuelva, yo guardaré sus anillos.

Suena cruel, pero es justo. Ryoko y esos anillos son lo único que me hace recordar lo feliz que era hasta hace un tiempo. Sin insistir o intentar algo más, acaricié la cabeza de mi hija, y dubitativa caminé hacia la puerta, dispuesta a irme.

—¿Mamá?— Ryoko se levanta un poco al verme junto a la puerta.

—¿Sí?

—Puedes quedarte a dormir aquí si quieres.


Así de cruel que no fuimos capaces de verlo. El tiempo simplemente siguió con su marcha y con una amargura permeada por la rutina noté que el calendario mostraba que habíamos llegado al doce de diciembre. Para los noticieros locales había dejado de ser novedad la violencia exacerbada y el sitio que las principales ciudades vivían, dando paso a notas más amables y novedosas, comenzando a acostumbrarse quizás a su libertad perdida y la incompetencia de sus líderes; tanto como yo me acostumbraba a la ausencia de Kyon y mi ineptitud y carencia de recursos para encontrarlo. Eran ya cuarenta y un días, más de lo que jamás había pasado sin él desde que nos conocimos y el periodo de ausencia más largo en la vida de Ryoko contando su concepción.

Como decía anteriormente, los telediarios hoy hacen nota de la fiesta católica más importante del país: al norte de la ciudad, a un templo edificado a las faldas de la colina del Tepeyac, donde se adora a una de las vírgenes más importantes de América, llegará un contingente masivo de cerca de seis millones de personas (poco menos de la mitad de la cantidad que viaja a La Meca cada año). Incluso a pesar del toque de queda, las autoridades poco o nada pueden hacer para detener a los devotos en su afán, y yo los miró a través del monitor con cierto desdén… no, no es desdén… es envidia. Y los envidio porque a pesar de que están en medio de la peor crisis que este país ha pasado en casi un siglo, siguen teniendo fe. Yuki se ha empeñado en decirme que Kyon sigue vivo, Koizumi la imita y me invita a no perder los ánimos argumentando que si bien mi facultad para cumplir deseos no está funcionando, ninguna ayuda sobra; Mikuru, inocente como es, está tan convencida como Ryoko de que él volverá… también envidio esa confianza en ellas dos, pero yo soy más realista, y aunque también espero que regrese, estoy tomando las providencias en la embajada para repatriar sus restos en caso de que sea eso lo que hallemos de él.

Gonzaga no logró su cometido. El presidente electo tomó protesta en una de las ceremonias más vigiladas que jamás hubiese visto, recibiendo un país reducido, atemorizado y herido, mucho ha hablado desde ese día y poco o nada ha hecho para resolver cualquier cosa. Algunos ciudadanos, cansados de la estulticia del gobierno, han montado grupos de resistencia que protegen los lugares donde viven, enfrentando a la guerrilla incluso por medio de las armas solicitando el respaldo de la policía militar, otros formaron grupos de defensa itinerantes, aquellos civiles que quedaron en algún lugar del país solos y que se unieron para llegar con sus familias, viajando en pequeñas caravanas que atraviesan el territorio en autobuses y otros vehículos, se han enfrentado con la guerrilla y ayudado a muchas comunidades a evitar el quedar bajo su yugo para luego seguir su marcha y llegar a sus destinos. Gervasio estableció uno de los primeros y nosotros cooperamos con él desde hace unas semanas. He hablado con mi familia y la de Kyon por teléfono e internet, aunque no ha sido posible todo el tiempo, los criminales sabotean las redes de telecomunicaciones. Mis padres y los suyos saben que está desaparecido, y todos coincidieron en que si alguien podía traerlo de vuelta, esa era yo. Sé que lo dicen para darme ánimos, pero la verdad es que sólo están haciendo más pesada la carga de mi consciencia.

Buenaventura desapareció sin dejar rastro alguno, la teoría es que fue capturado junto con los otros líderes, pero sabiendo lo que nosotros sabíamos, dicha teoría sonaba improbable, en especial porque un par de semanas atrás fueron localizados los cadáveres de Yáñez y Gutiérrez, y fue necesario cotejar sus expedientes dentales para comprobar que eran ellos. Un cadáver como el de Buenaventura sería fácilmente reconocible tomando como única referencia su tamaño. No son los únicos que han aparecido, se cuentan desde el treinta de octubre hasta hoy alrededor de cincuenta personas por día, ejecutados, muertos en enfrentamientos, hallados debajo de puentes viales y plazas públicas, delincuentes, policías y civiles. Personas. Humanos.

He tenido que estar en el frente de batalla de estas personas que tratan de defender sus hogares, aunque como ya había dicho, esa actividad dejó de ser importante para los medios, que se concentran en los preparativos para los festejos de fin de año, aunque me parece que no hay mucho que celebrar esta vez. Mi cuñada fue la que me puso al tanto de la información que circula sobre nosotros fuera del país. Reuters, CNN, BBC, Al Jazeera, NHK y otras agencias noticiosas han etiquetado al país como zona de conflicto y muestran imágenes de tiroteos que evocaban a los que eran comunes en Medio Oriente, y por si eso no fuera suficiente para perder la esperanza, los conflictos armados se han recrudecido e incluso brotado en lugares donde no los había alrededor del globo.

La comida no escasea, aunque hemos tenido algunos problemas para conseguir agua potable, pero si de algo me ha quedado constancia es la solidaridad de las personas… resulta difícil creer que esta misma gente sea la que permitiera que su país cayera en esta crisis.

El fuerte en el que estamos comprende un barrio o colonia, cosa de unas ocho o diez manzanas, y nuestra organización es completamente vecinal, sólo apoyados en la policía militar… la enorme casa de mi viejo mentor hace las veces de cuartel al estar al centro del barrio, ser la de mayor tamaño y con menor presencia infantil.

Ese día se veía igual de gris, aburrido y peligroso como los demás. Mi brigada comenzaba a habituarse a eso. Ryoko, Kyon y yo ya habíamos pasado seis meses en Lyon, para la brigada completa era la vez que más tiempo pasábamos fuera del país, y no eran precisamente unas vacaciones.

—Parece que vamos a tener una semana difícil—. Dijo Gervasio mientras administraba la lista de víveres que repartiría con la comunidad. —Según mis fuentes, este es uno de los pocos barrios lejanos al centro a los cuales no han podido someter. Parece que se preparan para dar un golpe concentrado para doblegarnos, lo han hecho así en varios lugares de la ciudad ya y no me sorprendería que fuéramos los próximos.

—¿De verdad?

Gervasio dejó de escribir y me miró con desazón. Estaba preocupado por nosotros.

—¿Qué es lo que vas a hacer?

—¿De qué hablas?

—No hemos encontrado a Kyon. Me duele pensarlo, pero quizás no podamos hallarlo ya, y no creo que un país en medio de una incipiente guerra civil sea un buen lugar para Ryoko. Deberías pensar en…

—¿En irme? ¿Regresar a Japón sin Kyon? No. Aún no terminamos aquí.

—No es sano, para ti o tus amigos y tu hija.

—De verdad, no quiero hablar de eso ahora.

—De acuerdo—. Gervasio se levantó y tomó la tabla de escritura para volver al trabajo. —Pero… prométeme que al menos lo pensarás. Yo tampoco quisiera que te fueras, ha sido de muchas formas gracias a ti y los chicos de la brigada que no han tomado nuestros hogares, pero no puedo dejar de pensar en que estarían mejor lejos de toda esta locura.

Todo mundo se preocupa. Estoy harta. Desde siempre todo ha sido en torno a que no estoy bien, a que debo estar contenta, debo estar tranquila. ¡A la mierda con eso! No soy una diosa, ya comprobamos que el mundo no terminará por mi culpa… entonces ¿por qué ese fastidioso afán por mantenerle al margen de los problemas serios y reales? ¡La gente normal debe lidiar con cosas como estas todos los días! No entiendo porqué debería ser diferente para mí. Kyon entendió eso mucho antes que todos ellos, por eso no siempre me daba por mi lado, no siempre me daba la razón. Por eso él ganó mi corazón al final.

Los enfrentamientos han seguido un patrón común: las patrullas militares avisan cuando ven actividad inusual en las proximidades, eso activa alarmas silenciosas y de inmediato los niños son traídos a esta casa, donde son resguardados en un pequeño, pero bien acondicionado refugio anti bombas que fue construido a mediados de los ochentas por miedo a que la guerra fría se calentara. El ejército y la policía, contraviniendo a las órdenes que reciben de las autoridades nos han abastecido con equipo defensivo, como chalecos antibalas para los civiles y parque para los policías en activo como Gervasio, Cooper y yo, además de que tenemos el respaldo de Gonzaga luego de que lo ayudáramos a resguardar el palacio de gobierno y la residencia presidencial durante un par de jornadas críticas. Ha habido algunos tiroteos por aquí, un puñado de muertos y muchos heridos entre vecinos, policías y criminales. Salir a la calle es cosa de audaces, incluso durante el día, los recursos cada vez son más difíciles de conseguir, en especial los que no son indispensables para todos, pero que atormentan a Gervasio y Leonel, que cada vez tienen mayores problemas para conseguir cigarrillos.

—Yuki—. Digo mientras entro a la casa. —¿Cómo te sientes estos días?

—Bien… ¿Por qué la pregunta?

—Parece que tendremos una semana difícil, así que lo mejor será que nos preparemos para cualquier intromisión, y según me dicen podría ser algo más fuerte que en ocasiones anteriores. Debemos ser cuidadosos.

—Entendido.

—Eh… ¿Yuki…?— Me mira extrañada al escucharme. Debe ser porque sueno dudosa. —¿Crees que deberíamos volver a Japón?

—¿Ahora mismo?

—Sí. Y quiero que me respondas con toda la sinceridad e imparcialidad que has demostrado desde que te conozco.

Tardó unos segundos pensando, incluso se retiró las gafas y mordía una de las patas de las mismas mientras me veía, aún me resulta extraño verla dudar, fue algo a lo que nunca nos acostumbró por su reservado carácter previo.

—No lo sé.

—Replantearé la pregunta: ¿Irnos ahora sería bueno?

—La verdad es que si algo he notado acerca de los humanos en estos últimos días es que no es posible hablar de absolutos. No existe una respuesta buena o mala a esa pregunta, únicamente podríamos hacer una evaluación y al final inclinarlos por la decisión que resulte menos dañina.

—¿Qué es lo que harías tú?

—A pesar de que ahora tengo un sentido común, creo que basaría mi esquema de decisiones en los mismos parámetros que siempre he utilizado: haría un cálculo de beneficios contra daños por cada opción posible y me inclinaría por la que menos perjuicios o más favores representara para la mayoría.

—Entonces… ¿debería anteponer los intereses del resto de la brigada…?

—Y los de Ryoko.

—Sí, claro, ¿y los de Ryoko sobre los míos?

—Sí, lo que podría ser difícil dada tu naturaleza narcisista…— Se detuvo y me lanzó una mirada de prevención. —Perdón, no quise ofenderte.

—No debes disculparte, Yuki, la verdad nunca ofende.

—Sin embargo, no eres tan egoísta como tú misma crees, eres y por mucho una de las personas más caritativas y comprensivas que conozco, y es precisamente ese equilibrio el que te hace ser tan buen líder. Es por eso que ningún miembro de la brigada ha sugerido ideas sobre cómo afrontar la situación, pues todos confiamos plenamente en tu buen juicio, aunque esta vez no debas elegir entre un bien y un mal, sino entre el menor de dos males.

Yuki dejó de hablar abruptamente y miró un punto detrás de mí, interrumpiendo nuestra charla. Al volverme me encontré con Cooper, de pie en la entrada y simulando que no había escuchado nada. Yuki, intuitiva, hizo una reverencia y se fue escaleras arriba, dejándome con el policía.

—¿Puedo ayudarte?— Pregunté con acidez. El tipo había intentado por muchos medios de acercarse a mí, incluso había tratado (sin éxito) de congeniar con Gervasio. Estaba muy al pendiente de mí y de Ryoko. Era escalofriante.

—En realidad esa pregunta sería al contrario. No pude evitar escuchar tu conversación con Nagato, y coincido en que deberías considerar alejarte.

—Y eso te interesa a ti porque…

—Ya debes saberlo, Haruhi.

—No recuerdo haberte permitido utilizar mi nombre de pila.

—No lo has hecho… pero pronto lo harás. Ese no es el punto, como sabes, no es del todo seguro viajar por transportes de este país, hay salteadores de caminos en las autopistas y los aeropuertos están bajo asedio. En el momento en que quieras irte yo podría proveerte a ti y a tu hija un transporte seguro hasta Estados Unidos y desde ahí llegar hasta Japón será mucho más sencillo que llegar desde aquí.

—Cooper… no sé si eres estúpido o simplemente cínico… ¡Estoy casada, idiota!

—Lo estabas, seguramente a estas alturas eres viuda ya, podrías desperdiciar el resto de tu vida lamentando su muerte o…

—Te lo aseguro, Cooper, eres el hombre más raro que conozco y tus métodos de cortejo son ofensivos e inapropiados—. De verdad estaba sacándome de mis casillas. —Que quede claro que no me agradas, nunca me agradarás, y si te soporto es porque estamos ambos varados aquí, y presta buena atención a mis palabras: aléjate de mí y de mi hija, o…

—¿O qué? ¿Harás que tu esposo me dé una lección?

Ya había tenido suficiente de ese sujeto, caminé hacia él decidida, aunque trató de disimular que no lo asusté. Debió huir mientras pudo. Me acerqué y sin darle tiempo de retroceder capturé su entrepierna con mi derecha ferozmente. Una vez más trató de fingir que no siente dolor, pero estaba fallando.

—¿Te parece que soy el tipo de mujer que necesita que un hombre haga algo por ella?

—Para nada… es precisamente eso lo que te hace tan especial.

—En efecto—. Aumenté la fuerza de mi agarre. —Yo misma me encargaré de hacerte lamentar tu comportamiento.

—Ugh… espero ansioso…

—No, Cooper, te quedarás esperando porque eres un cerdo. Además… no eres ni la mitad del hombre que es mi esposo…— Miré momentáneamente al lugar donde presionaba, soltándolo. —…y eso último no es un eufemismo. Ahora si me disculpas, debo ir a desinfectarme esta mano.

Salí con paso decidido a alcanzar a Yuki, dejando al norteamericano sólo y adolorido, pero por algún motivo sonriente.


—Hoy, la ONU autorizó el envío dos aviones repletos de víveres al sur de México, una de las zonas más afectadas por el golpe de estado que el crimen organizado desencadenó hace más de un mes. Uno de los vuelos que saldrá desde Utah será custodiado por cazas de la USAF, mientras que el segundo saldrá desde Birmingham, Inglaterra, y será tripulado y vigilado por la RFA. Otros países han intentado hacer llegar ayuda por mar o aire, pero las naves son confiscadas por los rebeldes y aquellas que no cooperan son hundidas o derribadas según es el caso. Por otra parte, el gobierno mexicano ha rehusado a recibir observadores internacionales de derechos humanos en prevención a que puedan ser heridos o muertos en medio de los enfrentamientos.

Gervasio se quedó unos segundos de pie junto a la puerta luego de que apagué el televisor. De ese tipo eran las noticias últimamente, así que no nos sorprendimos mucho.

—Gonzaga nos quiere en el centro—. Anuncia sin mucho afán. —Parecía particularmente interesado en que tú estuvieras allá… no quisiera que te entusiasmaras demasiado, pero cree tener pistas que podrían llevarnos a Kyon.

—No llevaremos al imbécil del gringo, ¿verdad?— Pregunto aún molesta por los eventos de la mañana.

—No…

—Perfecto.

—Él ya está allá.

—Maldita sea.

Habiendo encomendado a Ryoko a sus bienintencionados y competentes "tíos", salí junto con Gervasio hacia el centro de la ciudad, donde Gonzaga y Cooper nos esperaban ya. Como había sucedido en las ocasiones previas, no tenía precisamente buenas noticias, nos hablaba de cómo cada vez más vecindarios eran conquistados por estos grupos y como sus niños y jóvenes se volvían guerrilla, tal como había pasado en los ochentas en El Salvador.

—¿Escuchó las noticias? ¡Dos aviones! ¡Eso es todo lo que el mundo puede ofrecernos! ¡Cómo es posible que sean tan indiferentes a nuestro dolor!— Se quejaba amargamente la mujer que había tomado el puesto del difunto Yáñez, que respondía al nombre de Inés De La Cruz.

—No diga tonterías, De la Cruz—. La reprendía Cooper cuando llegamos. —¿Cree que sólo aquí pasan cosas malas? El mundo árabe está por caer en una guerra como no se ha visto antes, judíos y musulmanes están ansiosos por matarse unos a otros, los movimientos de inconformes están haciendo colapsar países anteriormente pacíficos y prósperos en Europa, la gente muere de hambre en África y Asia…

—Y no olvidemos que los paisanos de nuestro querido amigo Cooper están ansiosos por resolver todos nuestros problemas—. Agregó Gervasio sarcástico.

—¿Por qué me molestas, Robles? ¿No soportas que un norteamericano te ayude?

—Si cualquier otro norteamericano viniera a ayudarme se lo agradecería desde el fondo de mi corazón.

—Entonces el problema es completamente conmigo.

—Por supuesto.

—¿Cuántas veces debo repetirlo? ¡Si quieren morderse, se largan de esta oficina!— Exclamó Gonzaga exasperado. —¡Todos fuera de aquí! Necesito hablar a solas con la detective Suzumiya.

Vi a los presentes abandonar el lugar, y conociendo al agente de Interpol y al de la DEA, sabía que podría encontrarlos más tarde en la galería de tiro. Gonzaga me indicó cerrara la puerta apenas estuvimos solos y me pidió que tomara asiento frente a él, arrojándome un sobre. Al abrirlo encontré varios mapas y fotografías aéreas de un lugar en medio del desierto, semejante a un parque industrial.

—¿Qué es esto, general?

—¿Ve el enorme manchón negro al norte de la fotografía?— Presté atención al punto indicado por el viejo soldado y asentí. —Es un incinerador.

—Supuse que eso sería.

—De cuerpos, cuerpos humanos, detective. Como seguramente recordará, cuando hayamos los cadáveres de Yáñez y de Gutiérrez, estaban…

—Parcialmente incinerados…— Completé.

—Sí. Esa, por supuesto, no sería prueba contundente de que vienen del lugar de la fotografía…

—Entonces… ¿no tenemos nada aún?

—¿Le han dicho cuán molesta es esa costumbre suya de no dejar que la gente termine de hablar?

—Lo lamento. Continúe, por favor.

—Lo que nos hace pensar que sea el lugar del que vinieron sus cuerpos es que en su ropa había ceniza mezclada con arcilla de la que sólo se encuentra en el desierto, además de que su química corporal mostraba signos de deshidratación previa a su muerte.

—¿Tienen alguna idea de qué es ese lugar?

—Podría ser una planta de fabricación de polvo de ángel, o podría ser una prisión, no lo sabemos, no existe registro de ese edificio, nunca se pidieron permisos para construirlo, y por ende, no hay información de qué tipo de actividades se llevan a cabo en él. No obstante, una vez que dimos con él, el satélite nos ha mostrado que el lugar rebosa de actividad en estos días, convoyes enteros salen hacia las ciudades cercanas, realizando las mismas actividades de los grupos de choque que entran a la capital, tratando de tomarla. Aún hay varios líderes policiacos y militares desaparecidos, entre ellos Buenaventura, creemos que podrían tener a algunos ahí.

—¿Y cómo pretenden averiguar qué es lo que sucede en este lugar?

—Pues estaba pensando en mandar alguien que investigue… quizás un buen detective… ¿usted conoce a alguno?

Por supuesto que conocía a uno. Gonzaga había encontrado su forma de ayudarme, y simultáneamente cobrar el favor, era una gran oportunidad que no podía dejar pasar. Era cierto que varios policías y soldados podrían estar en ese lugar, lo que significaba que Kyon también podría estar allá.

—¿Dónde está esto?

—En el desierto, a unos cincuenta kilómetros al noroeste de la ciudad de Caborca y unos treinta al sur de la frontera con Arizona.

—¿Tendré que llegar allá por mis propios medios?

—En un día normal yo movería mis influencias y le procuraría un vuelo militar a Puerto Peñasco y un transporte terrestre hasta el lugar…— Dijo poniéndose de pie para andar hasta su ventana y haciendo una pausa en la cual mi cabeza comenzó a hacer planes de cómo llegar al sitio del mapa, pensaba en que pediría el auto a Gervasio, a final de cuentas, la brigada era más que suficiente para enfrentar cualquier eventualidad en el camino, aunque sería un viaje de dos días enteros. El soldado notó mis cavilaciones y retomó la palabra un poco más bajo y sonriente como un abuelo que lleva caramelos a sus nietos: —Por fortuna para usted detective, hoy es un día normal.

—¿De verdad?— Exclamé sin poder ocultar mi euforia mientras me ponía de pie también.

—El vuelo saldrá con recursos y víveres hacia Tijuana hoy por la noche, hará una escala en Puerto Peñasco, que es a donde usted debe ir, no será precisamente primera clase, deberá viajar junto con sus colaboradores en el área de carga.

No pude evitarlo, rodeé el escritorio hasta alcanzar al militar y lo abracé besando sus dos mejillas.

—Hay gente que pasará su vida entera sin recibir tan buenas noticas—. Le digo entusiasmada, él me aparta con delicadeza.

—Espero que lo encuentre con vida, detective. Debe ser un gran hombre para que usted le profese tanta devoción.

Me dio un papel donde estaban los datos del avión que debería tomar y el hangar del que saldría y me dio otros detalles de la operación, aunque dijo que él mismo nos escoltaría y nos haría abordarlo.

—Muchas gracias, general—. Hice una reverencia de noventa grados cuando salí de la oficina.

—Detective Suzumiya—. Me llama unos centímetros antes de cruzar la puerta. —No lo comente con nadie, hay muchas fugas de información.

—Descuide.


Tal como había previsto, Gervasio y Cooper ya habían hecho apuestas perforando los lejanos cartones de entrenamiento. En realidad nunca se pagaron apuesta alguna, sólo les gustaba hacer patente que uno era superior al otro. Esta vez, sin embargo, encontré a Cooper solo.

—¿Alguna noticia interesante?— Preguntó el estadounidense al verme mientras hacía un disparo a un cartón nuevo para entrenamiento con la silueta de una persona dibujada a cerca de veinte metros de distancia.

—Nada que ver contigo, así que no—. Le respondo de pie en el cubo contiguo al de él. ¿Por qué negarlo? Una de mis muchas razones para buscar a Kyon era quitarme a ese imbécil de encima. Hablando del imbécil, llevaba puestas unas orejeras y googles de protección. Yo me puse unos también para mitigar el ruido de los disparos, pero principalmente el ruido su voz.

—¿Sabes algo…? Yo tengo la creencia de que cualquier meta puede ser alcanzada si reúnes la concentración adecuada… ya sea que quieras atrapar a un criminal, detener un cargamento de drogas o conquistar a una chica…— Decía eso mientras se quedaba estático, concentrándose en apuntar a su objetivo. —Así, cuando finalmente estás listo… disparas.

Tiró del gatillo con tal precisión y aplomo que el cañón del arma apenas si se movió y el blanco se sacudió una fracción de segundo luego de que la detonación sonara. Orgulloso acercó el cartón y lo descolgó de la tirolesa, mostrando un disparo perfecto en el centro de la cabeza de la silueta, lo puso frente a mí, sonriendo como un idiota.

—Ese fue un gran tiro, gringo—, dijo Gervasio que recién llegaba. —Pero se lo estás presumiendo a la persona equivocada. ¿No te has preguntado por qué nunca apuesto contra Haruhi en tiro?

Cooper nos miró intrigado a ambos, yo me limité a volver a colgar el mismo cartón a la tirolesa y lo hice alejarse al doble de distancia. Te concentras únicamente cuando no eres tan bueno para algo, pero para alguien que tiene talento natural como yo (sin ánimo de presunción), la concentración es únicamente una pérdida de tiempo. Sólo me bastó un vistazo.

Le quité el arma a Cooper y disparé siete veces seguidas. Gervasio miraba sonriente y yo dejé que el estruendo de los disparos se detuviera antes de hacer volver el cartón.

—¡Es imposible!— Dijo el norteamericano en un susurro acercando su rostro lo más que pudo al cartón.

Fue el primer truco que aprendí en la academia, aún hoy sigue sorprendiendo a muchos. El disparo de Cooper había perforado exactamente el centro de la cabeza del maniquí dibujado, yo había puesto un par de disparos unos centímetros por encima del de él y los otros cinco haciendo una línea puntuada y curva por debajo, haciendo una cara feliz que él miraba estupefacto.

—Supongo que eso lo tendrá distraído un tiempo—. Le digo a mi viejo mentor dejando a Cooper.

—Sí… ¿Algo de lo que deba enterarme?

—Te lo contaré camino a casa.


Prácticamente salimos corriendo del palacio para evitar que Cooper saliera con nosotros, pude charlar con El Pantera en el camino sobre lo que el general había hecho por nosotros, e igualmente le informé que saldría esa misma noche junto con la brigada al aeropuerto para tomar el vuelo que me llevaría al norte y con suerte, a Kyon. Yo apenas podía contener mi alegría, pero noté que el rostro del capitán se oscurecía a medida que le daba detalles.

—¿Sucede algo malo?— Pregunté luego de que terminara, cuando noté que su cara era más larga de lo normal.

—No… o más bien sí… varias cosas, de hecho. En principio: ¿tienes la certeza de que Kyon estará ahí?

—No… pero debo averiguar.

—De acuerdo, eso está bien… pero si lo encuentras y no está… en forma…

—¿Te refieres a si lo encuentro muerto?

—Sí.

—Puedo con eso… al menos eso creo… Gervasio, es la única oportunidad que tengo de volver a verlo, y según Gonzaga, la única que tendré en mucho tiempo, por pequeña que sea la oportunidad o desalentador que resulte el panorama, debo intentarlo.

—Bien… por otro lado… ¿Qué haremos nosotros?

—¿A qué te refieres? ¡Irán conmigo, por supuesto!

—No lo creo. Tú y la brigada irán. Marina, Leonel, El Protector, Cooper y yo nos quedaremos.

—Pero… ¿por qué?

—¿Olvidas que el fuerte es mi casa? Tenemos, y me refiero con ello también a ti, una responsabilidad más grande… yo en particular debo defender mi hogar, a la comunidad en la que vivo, a Esperanza, que depende de mí.

Mi corazón se comprimió al escuchar eso… era duro, pero era verdad, y aunque sé que Gervasio comprendía lo que yo estaba pasando, supongo que no pudo evitar sentirse un poco traicionado. Guardé silencio por algunos minutos.

—¿Qué debo hacer?— Pregunté por fin.

—Debes hacer lo que tú creas que es correcto. Lamento ponerte en esta situación, y lamento haberte hecho dudar, sea como sea, nuestros problemas no son tu responsabilidad en realidad, tú pudiste haberte ido desde hace mucho tiempo, y sin embargo no lo hiciste, te quedaste a ayudarnos; gracias a ti y a los chicos de la brigada es que hemos resistido tanto tiempo, ya has hecho suficiente por nosotros. No debes permitir que lo que dije interfiera con tus objetivos, debes ir por Kyon y traerlo con vida.


Llegamos a nuestro improvisado cuartel y la brigada junto con los miembros temporales tuvimos una pequeña reunión de emergencia.

—¿A qué hora debemos irnos?— Preguntó Koizumi.

—Debemos reunirnos con Gonzaga a las nueve de la noche para evitar el toque de queda, por lo que saldremos en una hora. Sólo se hace un vuelo por mes hacia ese lugar, lo que hará que estemos allá antes de la media noche a diferencia de hacer más de cuarenta horas en auto, además de que nos ahorra posibles enfrentamientos con maleantes en el camino.

—Si llegamos y en el mejor de los panoramas encontramos a Kyon, ¿a dónde iremos?— Cuestionó Yuki, tocando un punto que yo ya había considerado.

—Tenemos dos opciones: volver aquí o irnos a Estados Unidos, todo dependerá de la salud de Kyon. Si se encuentra lo suficientemente bien para viajar, lo traeremos aquí y seguiremos dando apoyo a las autoridades. Si está delicado o… bueno, si su salud no es la mejor, lo más conveniente será llevarlo a Tucson o a Phoenix, como seguramente saben, he estado haciendo gestiones para que la embajada de Japón en México y en Estados Unidos nos den el respaldo para volver a Japón, además de que agilizarán el papeleo por si hay que… repatriarlo.

—P-pero… ¿Qué va a pasar con Gervasio y los demás?— Preguntó Mikuru preocupada.

—Ellos tienen cosas que hacer aquí, no pueden acompañarnos—. Dije temiendo ser demasiado directa.

—¡Pero Suzumiya! ¡No podemos dejarlos solos!— Me discutió por primera vez. —Según lo que sabemos, la guerrilla vendrá aquí con más fuerza que en ocasiones anteriores, la última vez casi no logramos detenerlos… si no estamos aquí, ellos podrían…— Gervasio puso una mano sobre su hombro para que dejara de hablar, notando que la voz de la mujer del futuro se descomponía.

—Lo sé, Mikuru… y es por eso que propongo que ustedes decidan su propio camino desde ahora. No están obligados a seguirme a por Kyon, si quieren quedarse aquí, lo comprenderé y no se los reprocharé, y haré todo lo que esté en mis manos por volver con ustedes lo antes posible—. Miré al Pantera. —Así que aunque conozco la respuesta, ¿Qué me dices, Gervasio?

—Me quedaré—. Me responde melancólico mi viejo y sabio maestro.

—¿Leonel?

—También me quedo.

—¿Marina?

—Me quedaré, mi lugar está aquí.

—¿Protector?

—Mi nueva razón para volver a la luz es Ryoko, a ella pertenece mi corazón—. Dijo el ángel con su voz etérea. —Sin embargo, nunca me perdonaría si algo malo pasa por mi egoísta afán de dedicarme a ella. Me quedaré aquí.

—¿Yuki?

—Iré. Como bien sabes, mi misión es velar por la seguridad y bienestar de tu familia… que también es mi familia.

—¿Koizumi?

—Sea cual sea la decisión que tomes, la respaldaré y te acompañaré.

—¿Mikuru?

Tal como temí, la antigua mascota del club dudó. Sus ojos estaban húmedos y su rostro muy enrojecido, parecía que realmente lamentaba tener que dejar a Gervasio, pero al mismo tiempo deseaba volver a ver a Kyon. Se tomó su tiempo, pero finalmente habló:

—Mi responsabilidad es contigo—. Dijo con voz entrecortada. Pasó un pequeño periodo de silencio, estuve a punto de tomar la palabra de nuevo cuando ella volvió a hablar: —S-sin embargo… perdonarme, esto no es fácil para mí… pero… voy a quedarme.

Admito que eso me tomó completamente por sorpresa. No sólo a mí, Yuki y Koizumi la miraron con la misma cara de perplejidad que yo misma debía tener. No obstante, me pareció una respuesta sincera y que requirió de mucho valor, una vez más mi respeto por ella aumentó.

—No, Mikuru, no debes…— Trató de persuadirla el capitán.

—Está bien, Gervasio, sé que ustedes se cuidarán bien mientras volvemos…— Me giré hacia el ama de llaves del dueño de la casa, que parecía conmovida con la escena. Comencé a repartir obligaciones: —Yuki e Itsuki, deben preparar equipaje, únicamente lo que puedan cargar en sus manos. Esperanza, ¿podrías traer a mi hija, por favor?

—Bien, un policía militar los llevará en mi auto al aeropuerto—. Comenzó Gervasio, unos momentos después, todos estaban preparándose afanosamente para nuestra salida.


No habíamos terminado de repartirnos las actividades cuando el cielo aún con tintes púrpuras del reciente ocaso se iluminó. Una bengala había dejado un largo rastro de humo mientras llegaba al cielo con un silbido tétrico, iluminando con su luz plateada varios kilómetros. Nos miramos los unos a los otros mientras que las señales luminosas de las alarmas se encendían una a una.

—Están aquí—. Musitó El Protector.

—Todo mundo ya sabe qué hacer—. Dijo Gervasio mientras tomaba un walkie-talkie y caminaba presuroso hacia el portón principal de la propiedad. —Seguramente los ancianos y los niños ya vienen en camino, así que hay que preparar el refugio cuanto antes, necesito también que le franqueen el paso a Haruhi y los demás hacia el aeropuerto hasta que queden fuera de peligro.

Vi al Pantera asustado por primera vez. Como si yo no fuera yo comencé a andar entre aquellas personas apresuradas y temerosas que se arremolinaban en la entrada de la casa del capitán justo en el momento en que Ryoko fue traída por Esperanza. Mi hija me tomó de la mano y deambuló junto conmigo en un trance parecido al mío, inocente, y aunque de alguna manera se daba una idea de la gravedad de la situación, estaba serena y confiada, tanto así que incluso agitó alegre su manecita para saludar a los niños del vecindario con los que había hecho migas en ese tiempo de cautiverio.

Eran al menos medio centenar de niños, un número aproximado al total de familias que se congregarían aquí en poco tiempo, igual número de familias en riesgo de ser destruidas… cuando uno está en ese tipo de letargos, el cerebro trabaja muy a prisa, dando la sensación de que el universo se mueve más lentamente, agudizando la capacidad de análisis, de sensibilización.

Y fue entonces cuando llegó la epifanía que cambiaría nuestro camino. Me hinqué frente a Ryoko, mirando sus ojos limpios y serenos, tratando de buscar sosiego en ellos, y eventualmente el perdón:

—Ryoko-Chin… ¿Quieres jugar con tus amigos?— Ella no me responde, se limita a asentir, sonriente. —Ve entonces.

La solté y salió disparada junto con los otros niños y Esperanza hacia el refugio. Supliqué desde el fondo de mi corazón que pudiera perdonar la decisión que acababa de tomar y que estaba partiéndome el corazón a la mitad.

—Estamos listos, Suzumiya—. Dijo Yuki apresurada al llegar junto a mí, seguida por Koizumi.

—Bien—. Respondió Gervasio por mí, muy presuroso. —Acabo de hablar con Gonzaga, accedió a mandarnos un contingente para apoyarnos y que pueda llevarlos al aeropuerto lo más rápido y seguro posible… ¿Dónde está Ryoko?

—En el refugio—. Digo esforzándome porque mi voz no se quebrara.

—Pero… no estarás pensando en dejarla, ¿verdad?

—Por supuesto que no, tonto, nunca la dejaría sola… es sólo que… no iremos al aeropuerto. No iremos a ningún lado.

Toda la brigada se quedó como de piedra ante mis palabras.

—Suzumiya… esta podría ser la única oportunidad que…— Trató de decir Koizumi, pero lo detuve con un gesto de mi mano.

—De ir por él… sé eso. Sé también que quizás mi familia quede rota para siempre, que Ryoko se quede sin padre… pero miren alrededor. Si nos vamos y nadie está aquí para proteger a estas personas, tal vez mi familia se reintegre, pero cincuenta más se habrán perdido por una decisión egoísta e irresponsable, hombres pondrán su vida en peligro para que nosotros podamos tomar un avión que no nos garantiza encontrar a Kyon con vida—. Las siguientes palabras las dije ya con lágrimas en los ojos, no pude evitarlo más, tenía el derecho, estaba dando mi discurso de renuncia y aceptación: —Kyon es el amor de mi vida, no sé qué sería de mí sin él… pero sólo es un hombre, y sé que él mismo no aprobaría que cerca de un centenar de personas arriesgaran su vida por la de él… si logramos contener este asedio, iremos como sea a buscarlo, pero esta noche nos quedaremos aquí y defenderemos este fuerte y a estas personas, porque eso es lo correcto.

Tardaron unos segundos más en reaccionar luego de mi pequeño discurso. Koizumi fue el primero en mostrar una sonrisa sincera y comprensiva, Yuki parecía verme con ojos muy diferentes a los de siempre, con algo parecido a la admiración que hizo que me abochornara un poco. Mikuru comenzó a limpiarse las lágrimas de los ojos mientras murmuraba palabras de agradecimiento y Gervasio parecía no caber en sí mismo de orgullo.

—¡Pues manos a la obra entonces!— Exclamo El Pantera recobrando el aplomo. —¡Conocen la rutina, chicos!

—¡Yuki, pon una película de protección sobre nosotros! ¡Koizumi, da respaldo al Protector en el cielo como vigía!— Apenas di esas indicaciones, Koizumi salió disparado al firmamento en busca del ángel mientras que Yuki estiraba ambos brazos y comenzaba un cántico. En ataques anteriores los malos descubrieron que teníamos a Yuki, por lo que han intentado varias veces llegar hasta ella, una vez incluso usaron un francotirador.

Caminé junto con mi superior hacia el muro exterior de la casa, en cuya parte superior unas cuarenta personas nos esperaban y preparaban igual número de armas largas, otro grupo de casi el doble de tamaño estaba afuera, armados con algunas armas de fuego y armas blancas, bates de beisbol y otros artilugios; eran dirigidos por Mikuru, Marina y Leonel, únicos del grupo capaces de resistir fuego enemigo y contraatacar cuerpo a cuerpo.

—¡Ah, casi lo olvido!— Dije presurosa y me disculpé con Gervasio mientras corría hacia dentro de la casa. En efecto, me faltaba algo, era mi forma de no sentirme tan culpable. Tomé los sables de Kyon del soporte donde habían quedado desde hace más de un mes, los coloqué dentro del cinturón y los colgué a mi cintura, haciéndose invisibles en el acto. No soy ni por error tan buena en su manejo como él, pero pueden ser de utilidad, sería la forma simbólica de hacerlo parte de esa batalla.

En el momento preciso en que llegué al muro exterior de nueva cuenta, la energía eléctrica falló, dejándonos unos instantes en las penumbras y provocando un silencio lleno de temor. Instintivamente miré al cielo. Las estrellas eran visibles, algo difícil en esta ciudad.

—Al menos no va a llover—. Afirmé al notar la claridad del cielo nocturno y obteniendo algunas risas de nuestra compañía. Las risas terminaron cuando escuchamos a la distancia la primera ráfaga de un rifle automático y el sonido inconfundible de vehículos a gran velocidad acercándose. Había llegado la hora.

—Un pequeño convoy enviado por Gonzaga estará con nosotros en algunos minutos, entre la gente de ese convoy está Cooper con algunos agentes de la DEA y parece que un contingente itinerante se les unió camino hacia acá, son cerca de cien efectivos—. Reportó El Pantera luego de soltar el radio de onda corta con el que se comunicaba con el centro.

El sonido de los disparos iba acercándose a medida que los vehículos de los residentes se acercaban a la casa. Al parecer, los atacantes habían cortado las líneas de energía eléctrica, por eso lanzaron la bengala, que había sido sólo la primera de muchas que volaron esa noche sobre nuestras cabezas. Tuvimos que esperar muy poco esa vez, pude ver el primer incendio y el ruido de la batalla a apenas un par de manzanas de donde estábamos, la mayor parte de las personas que estaban abajo y que no eran maleantes eran algunos militares, policías, pero principalmente eran civiles, los cuales ponían a sus familias bajo nuestro resguardo mientras ellos repelían a los invasores. Puedo entender su desesperación por echarlos de aquí: al igual que muchas mafias en otros lugares del mundo, se desharán de los adultos, reclutarán a los niños varones como trabajadores o matones y a las niñas como prostitutas… ¿qué clase de dios permite que eso suceda…? Pero ese no era mi problema en ese momento.

—¡Recuerden!— Exclamé mientras desenfundaba mi arma. —¡Estamos aquí para defender a nuestras familias! ¡Nosotros no somos asesinos! ¡Nada justificará que ustedes tomen una vida! ¡Piensen en sus hijos e hijas! ¡Háganlos sentir orgullosos! ¡A la carga!

Una pick-up maltrecha fue la primera en entrar a nuestro campo de visión, una docena de hombres muy bien armados bajaron de ella y comenzaron a disparar a nuestra pared y nosotros respondimos, desencadenando el primer enfrentamiento de la noche. He estado en el refugio, y aunque es seguro y prácticamente impenetrable, filtra ruidos del exterior… sólo espero que Ryoko no esté muy asustada. Detrás de esa pequeña camioneta llegaron dos más, herimos quizás a unos cinco de ellos y el resto se ocultó detrás de sus vehículos. Gracias a la protección de Yuki podíamos vigilarlos sin preocuparnos siempre que el asedio no tardara mucho, sus poderes se habían deteriorado cada vez más en tanto seguíamos en ese país y sufría de agotamiento cada vez que hacía uso de ellos.

Los bandidos, distraídos como estaban con nosotros, no vieron a nuestros heraldos llegar hasta ellos. Mikuru fue la primera en saltar detrás de una de las camionetas y supe que estaba haciendo un magnífico trabajo al ver malhechores volar por los aires como sólo ella podía hacerlo, y apenas abriendo esa brecha, Leonel, Marina y un puñado de hombres hicieron lo propio, desarmando y noqueando al que se les ponía enfrente… dentro de lo que cabía, era una buena noticia, pero algo estaba mal… estaba resultando demasiado fácil.

—¡Robles! ¡Koizumi aquí!— Se escuchó por el radio que el capitán cargaba. Él respondió y cedió la palabra. —Eh… tenemos una situación…

—Espero que no sean las tres camionetas que llegaron aquí, lo tenemos controlado y…

—No, capitán… esa era sólo una compañía de avanzada… hacia ustedes van otras ocho camionetas de tres toneladas repletas de hombres armados, además un par de autobuses y…

—¿Qué ves?

—Un… vehículo de demolición…

Nos miramos y todos los que escucharon compartieron gestos preocupados.

—Vuelve a casa, Koizumi, creo que te necesitaremos más aquí que en el cielo, que El Protector venga contigo.

Era evidente lo que ocurría. Venían exclusivamente a demoler esta casa y todo lo que hallaran dentro de ella.

—¡Mikuru! ¡Entren a la casa rápido!— Grité tan fuerte como pude para que mi voz llegara hasta nuestra compañera, pero era tarde ya.

El primero de los enormes carros en los que venía el ataque real la sorprendió y la alcanzó a golpear, aunque sólo la lanzó unos cuantos metros lejos, gracias al blindaje que normalmente usa difícilmente resultó herida con ese impacto. Otros dos camiones llegaron por las calles aledañas literalmente limpiando el paso, llevándose todo lo que encontraban y soltando a sus pasajeros. No parecían los típicos maleantes de siempre, se veían más coordinados y certeros, mercenarios profesionales sin duda.

—Tenemos que abrir las puertas, son demasiados para ellos—. Dije mientras veía hacia afuera. Creímos en principio que sería cosa de combatir dos a uno, ya lo habíamos hecho antes así y habíamos logrado expulsarlos… esta vez eran al menos cuatro veces más que nosotros, los de afuera no tenían oportunidad.

—No creo que sea una buena idea—. Dijo molesto mi mentor.

—¡No podemos dejarlos ahí afuera, los van a matar!

—Si abrimos nos matarán a todos, Haruhi…

—Entonces debemos ir con ellos—. Escuché al Pantera gritar mi nombre mientras yo saltaba hacia la calle, unos cinco metros en caída libre, nada que no hubiera hecho antes. Para mi sorpresa unos cuantos hombres y mujeres me imitaron y nos unimos a la pelea. Aún había doce balas en mi arma, un cargador de repuesto con dieciocho y las cuatro de mi revolver de emergencia, aunque era un calibre .22 no muy útil para derribar personas. Apenas se me acabaran las balas, desenvainaría el shoto de Kyon y trataría de volver a la pared por parque. Fue como estar en una zona de guerra. El desconcierto de la oscuridad sólo era distraído por las eventuales bengalas que eran lanzadas al cielo y que proveían de luz por unos segundos. A mi paso dejé sobre el asfalto a al menos unos treinta criminales, ninguno muerto, debo decir, pero sí heridos lo suficiente como para no levantarse.

Una bengala de color diferente voló en ese momento, una roja, y ante dicha visión toda la guerrilla retrocedió, dejándonos a media calle. Pude ver la razón de inmediato.

El vehículo de demolición del que hablaba Koizumi resultó ser más aterrador de lo que imaginé. Era un vehículo enorme, una tanqueta blindada, aunque había sido modificada en su parte delantera, de la cual sobresalía una viga de hierro de tres pies de largo y casi dos de grosor que sostenía el mazo que sin problemas derribaría la pared. Todos corrieron fuera de su alcance, yo no pude… no lo haría dado que mi hija estaba dentro de esa casa.

—¡Haruhi! ¡Hazte a un lado!— Gritó alguien. No sabría decir quien, estaba demasiado concentrada.

Tomé mi arma y comencé a disparar al monstruo de metal, que obviamente no iba a ceder antes mis disparos, era como tratar de matar a un rinoceronte con piquetes de abeja.

Y hubo un milagro.

Un segundo auto blindado salió de la nada a mi derecha, no era tan grande como el que se abalanzaba sobre mí, pero lo impactó con tal fuerza que logró desviarlo. Al mismo tiempo que Koizumi reaparecía en el cielo, lanzando ráfagas de energía sobre él. Al mirar a mi derecha vi llegar al contingente que el general seguramente nos había mandado, muchos policías militares y junto a ellos hombres y mujeres que ocultaban su rostro bajo capuchas, pasamontañas o pañuelos atados en su nuca y que cubría su nariz y boca, armados con palas, picos, machetes… defensores itinerantes.

Cooper había llegado también, también disparaba y daba órdenes a sus hombres para defender a los civiles y repeler a los malos, un encapuchado enorme, sólo armado con una pala dejaba inconsciente de un solo impacto a aquellos que se ponían frente a él.

Uno de esos hombres llamó poderosamente mi atención. Era un anciano, quizás cosa de setenta u ochenta años que no se cubría el rostro, y por eso noté que era oriental, una larga barba blanca caía de su rostro, y su cabello plateado estaba atado sobre su coronilla, vestía un shenyi viejo y de tonos púrpura. Por un momento pensé que sería un viejo con Alzheimer perdido que se inmiscuyó en la batalla por accidente, unos segundos después daría cuenta de mi error. Un par de brutos se abalanzaron sobre él, creyéndolo una presa fácil. El viejo apenas movió las manos y ambos hombres yacían a sus pies, inconscientes y con algún hueso roto.

Me quedé quieta viendo a los militares hacer retroceder a los invasores, vi al Protector aterrizar sobre un grupo de ellos, que no podían explicarse cómo es que estaban siendo golpeados por algo que no veían, veo a Mikuru arrastrar heridos hacia lugares seguros para recibir atención… la noche era nuestra, lo habíamos logrado. A unos metros detrás de mí se acerca Cooper, que arrogante guarda su arma. Lo veo por primera vez agradecida, estaba a punto de decir algo cuando noté que su expresión se llenó de terror y trató de alcanzar su arma de nueva cuenta.

El ruido del disparo llegó a mis oídos al mismo tiempo que soy derribada por un hombre que oportunamente se lanzó a mí justo a tiempo para evitar que fuera herida, una capucha cubre su rostro, aunque pude ver sus ojos por décimas de segundo… era imposible. En un movimiento rápido acercó su mano a mi cintura y tomó algo de ella, algo que seguramente no veía, pero sabía que estaba ahí… la tsuka del shoto… ¡sólo miembros de la brigada sabrían que está ahí! Mientras mi cerebro corría a toda velocidad tratando de encontrar lógica a la escena, el extraño extrajo la espada y en un único movimiento la arrojó contra mi atacante, atravesando de lado a lado su brazo armado y corriendo hacia él de inmediato. Lo golpeó en la cabeza cinco veces, con demasiada técnica para mi gusto, hasta que el matón cayó desmayado.

Mi salvador se veía muy débil, y esa última tanda de golpes que propinó parecía haberlo dejado extenuado, aún así se arrodilló a recuperar la espada y con su sucia camiseta limpió la hoja.

La pelea había terminado con los invasores huyendo una vez más mientras el ejército tomaba en custodia a los heridos y nosotros levantábamos a nuestros propios lesionados.

Todo eso pasaba pero me tenía completamente sin cuidado, estaba perdida en ese encapuchado que había salvado mi vida y se había atrevido a profanar una de las reliquias de la brigada, de mi esposo. Caminamos con tranquilidad el uno al otro, mirándonos a los ojos, y al estar frente a frente levanté suavemente mis manos para retirar la empolvada máscara de lana.

Me encontré con un cabello voluminoso, largo a la mitad del cuello y algo grasoso, bigote y barba descuidadas, unos pómulos pronunciados que evidenciaban la pérdida de por lo menos diez libras, labios partidos por una incipiente deshidratación y ojos hundidos por falta de sueño. Y aún debajo de ese obligado disfraz de vagabundo pude reconocerlo, sus ojos marrones que sólo tienen esa expresión cuando me miran. Era él. Era mi Kyon.

Cerró los ojos conmovido cuando acaricié su mejilla y un instante después comenzaron a caer lágrimas de sus ojos. Temiendo que sus piernas flaquearan en cualquier momento lo tomé por los hombros y lo obligué a hincarse mientras yo hacía lo mismo, quedando de rodillas el uno frente al otro.

Cuando lo notó, Mikuru comenzó a llorar como nunca la había visto antes, Koizumi nos regalaba con una sonrisa auténtica, de esas que rara vez muestra, y segundos después los ligeros pasos de Yuki se escucharon cuando salió de la casa que estaba protegiendo pocos instantes atrás; se quedó lívida al verlo y corrió hasta quedar junto a Koizumi, tratando de confirmar lo que sus ojos veían y sus debilitadas habilidades le decían.

—¿C-cómo es posible…?— Intenté preguntar, sólo entonces noté que el nudo en mi garganta amenazaba con estrangularme.

—No lo sé, ya no importa… importa que te encontré…— Dijo con voz cavernosa mientras sus manos hurgaban mi cabello con desesperación.

—¿Y…? ¿Por qué demonios tardaste tanto? ¿Tienes idea de cuanta falta nos hiciste a todos? ¿A mí y a Ryoko…?

—Lo sé y lo lamento…

—¡No te disculpes, idiota!

El círculo de los cercanos se cerró alrededor de nosotros, conmovidos, felices, el anciano que había visto también estaba ahí, al igual que el gigante de la pala, que reveló ser Buenaventura al desenmascararse. Pero igualmente eso no importaba en aquel momento. Ya habría tiempo para saber qué fue lo que pasó… lo que era importante es que Kyon estaba de vuelta.

Capítulo 10 ó Abdicâtiô Et Acceptiônis.

Fin.


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