¡Nuevo capítulo al fin! ¡Disfrútenlo!
Intermission: Sobre Kyon.
El camino hasta aquí fue largo y difícil, y no logro recordarlo todo… es un fenómeno semejante al de la hipnosis de la carretera, algunas cosas parecían tan semejantes entre sí que difícilmente mi cerebro puede ver diferencia entre un día y otro, pero este es el extracto que pude reconstruir, tratando de ser completamente fiel a todo lo que sucedió en mis (nuestras) correrías para llegar de vuelta con Haruhi y Ryoko.
Sobre la captura.
Alguien me toma del cuello de la camisa, levantándome, y me ordena que me hinque de espaldas a ellos. Lo obedezco. Quedo sobre mis rodillas viendo hacia la calle por el balcón.
—Te sientes muy macho, ¿Verdad chinito?— Me dice burlón el tipo… soy japonés, imbécil, japonés… —A ver si después de esto sigues tan alzadito.
Escucho el martillo de un arma pequeña a unos centímetros de mi cabeza, y un instante después siento el frío del cañón de una pistola tocando mi nuca… ¿Como irá a terminar todo esto…? Parece que al final me quedaré con la duda. Sin poder evitar un muy natural y humano temor ante la muerte, cierro los ojos con fuerza esperando el desenlace.
—¡No!— Exclama una voz a unos metros detrás de la comitiva. —Él es "El Padre", el jefe lo querrá vivo—. Escucho el arrastre de los pies de mi presunto salvador que se acerca a nosotros con paso vacilante.
Por supuesto, es Buenaventura, recuperándose apenas de haber rodado por las escaleras, se retira la capucha y me mira con resentimiento. Le regreso la mirada desafiante y espero una reacción, que llega sólo un minuto después con su puño estrellándose con ira sobre mi pómulo, derribándome. Es como ser pateado por un caballo, aún mareado vuelven a tirar de mí, devolviéndome a mis rodillas mientras el obeso traidor mira por el balcón.
—Empáquenlo y mándenlo—. Ordena segundos después, con lo cual una nueva lluvia de golpes aterriza sobre mí. Sólo que esta vez el último tiene la suficiente potencia para hacerme perder el conocimiento, aunque alcanzo a escuchar las últimas palabras de Buenaventura:
—Manden helicópteros por ellos, quiero vivas a la detective y a la niña, maten al resto.
Sobre la tortura.
El sueño en el quedo inmerso es oscuro y silencioso, repleto de vacío y miedo, y eso considerando que por lo general sólo recordamos un pequeño porcentaje de todo lo que visualizamos en ellos.
Conozco a mi familia y a los miembros de la brigada lo suficientemente bien como para saber que él no pudo haberlos capturado, sin embargo, no puedo evitar cierta zozobra, principalmente porque hoy he visto a estas personas hacer cosas de las que no creí que fueran capaces. Y luego de hacer ese pequeño reconocimiento, mis recuerdos me llevan hasta la última vez que vi el rostro de mi esposa luego de empujarla a su escape y mi condena. Fue la última imagen onírica que vería esa jornada.
No estoy plenamente seguro si fue el dolor o el ruido seco de la bofetada lo que me despertó, al abrir los ojos noté que estaba esposado de pies y manos en una fría silla de acero, frente a mí había una diminuta mesa y una lámpara incandescente colgaba del techo, haciendo remembranza al cliché del estereotípico cuarto de interrogatorios.
Mis ojos se acostumbran lentamente al cruel juego de luces que la reducida habitación me daba y no fue sino hasta que habló que di cuenta que era Buenaventura quien estaba frente a mí, siendo también el responsable del golpe que me despertó. No vestía más el sucio uniforme de campaña que uso contra mí tiempo atrás, en su lugar vestía formal en un costoso traje color gris y comía frituras.
—Ha pasado un día entero—. Me informa al sorprenderme tratando de leer su reloj de pulso. Acto seguido lanza su comida chatarra sobre la mesa, cerca de mí.
—Come—. Ordena. Suena tentador, pero no accedo. No digo nada y me giro hacia un lado, e incluso aunque hubiese aceptado, mis manos estaban atadas. —¡Anda, no seas ranchero y sírvete!— El muy bastardo se burla de mi incapacidad, supone con razón que tengo hambre, pero moriría de inanición antes de darle la satisfacción de verme suplicar. —Bueno, ya que no quieres comer, quizá querrás charlar un poco conmigo.
Me volví hacia él, pero mis labios no se abrieron, hice una mueca fingiendo que no entendía lo que me decía.
—Deja de fingir, ambos sabemos que hablas perfectamente español—. Apaga la lámpara y se acerca a uno de los muros, donde enciende las luces del húmedo recinto, revelando que no será superior a los diez metros cuadrados y el único menaje son los dos asientos y la mesa entre ellos.
Estoy descalzo, se me han retirado la gabardina, la corbata y todos los enseres menores, sobre la mesa están mi reloj, mi móvil y para mi consternación está también mi cuchillo de supervivencia montado en su funda magnética. Buenaventura me mira en silencio, estudiando mis gestos, aunque creo que estoy haciendo un excelente trabajo en ocultar mis reacciones ante él, ser discreto podría salvar mi vida, o en un panorama más adverso, la vida de mi familia. Se retira las gafas oscuras que permanentemente adornan sus porcinas facciones e inspecciona con curiosidad mis pertenencias, luego de unos instantes toma mi móvil. Lo examina, como tratando de encontrar algo raro en él, y luego trata de desbloquearlo y así hurgar en su contenido, lo que seguramente no le ayudaría mucho, siendo que todo viene en japonés.
—Qué bien se ve tu mujer en traje de baño—. Me dice burlón tras ver que la pantalla de bloqueo es una fotografía de Haruhi y Ryoko en la piscina de nuestro barrio.
No pude evitar arquear una ceja, es mi mujer, y sí, es hermosa, pero sólo yo tengo permitido hacer comentarios de ese tipo sobre ella, así que comenzando a utilizar los ases que tenía bajo la manga, dije las palabras en japonés que Nagato me indicó cuando modificó nuestros teléfonos en caso de enfrentarnos a situaciones como esta:
—Protocolo emergente cinco: cautiverio.
A mis palabras, el teléfono crujió producto de una débil aunque ruidosa descarga que frió la tarjeta madre, inutilizando el aparato, y sorprendiendo al traidor, que lo dejó caer al suelo. Levantó la carcasa humeante que rápidamente llenó el pequeño cuarto con un desagradable olor a plástico quemado.
—Muy interesante, aunque nuestros técnicos ya le habían sacado toda la información a tu teléfono.
Mentira. Según Nagato, la encriptación de nuestros teléfonos está en códigos qué sólo podrían ser abiertos por terminales TFEI, y según sus exactas palabras "las supercomputadoras humanas no tendrán la capacidad de romper los candados en los próximos doscientos años".
—¿Por qué te resistes a hablar conmigo? No has pensado que yo tengo en este momento el poder de salvarte o condenarte.
¿Qué clase de poder podrías tener tú, traidor insignificante? En el momento mismo que la brigada salga en mi búsqueda no serás rival para ellos, aún con ángeles cuidándote no eres un digno oponente de mi esposa. Por supuesto, no salí de mi papel para decir eso, sólo lo pensé, aunque mi gesto de auto confianza me delató en mis elucubraciones.
—Este cuchillo es muy curioso, no parece nada especial a simple vista, pero nuestros forenses no pudieron hacerle un rasguño al intentar estudiar el metal. No soy un científico, pero sé que el acero pierde filo con el tiempo, esta hoja, sin embargo, está perfecta y no me explico cómo. Como sea, no quieres hablar conmigo por las buenas, lo cual me ofende… así que si no te molesta, conservaré la navaja—. El muy miserable tomó mi arma, la que por más tiempo me ha acompañado, y aseguró la vaina a su brazo por debajo del saco. —Siéntete como en casa, debo salir un rato pues voy a tomar protesta de mi nuevo cargo, te dejaré con un amigo para que hables con él, y no te sientas mal si tu español no es tan bueno, él habla tu idioma con mucha fluidez.
El obeso policía desenvainó la hoja y repentinamente se hizo una incisión diminuta en la palma de la mano izquierda, provocando un sangrado muy leve. Sin limpiarse la pequeña herida caminó hasta mí y embarró unas gotas de su sangre sobre mi frente. Sólo entonces recordé que era un cazador y que su sangre me permitiría ver cosas que con mis ojos mortales no podría.
—Profesor Suzumiya, Zofiel. Zofiel, Profesor Suzumiya—. Dijo fingiendo amabilidad mientras limpiaba su sangre con un pañuelo. —Haría la presentación un poco más formal, pero voy tarde ya a mi compromiso. Espero lleguen a conocerse bien, seguramente tendrán muchas cosas de qué hablar—. Se giró hacia la silla, cambiando su tono de voz: —No se te vaya a pasar la mano, si lo matas, te las verás conmigo.
Sin decir otra palabra, el enorme hombre aquél dio un par de golpes a la puerta, que se abrió por fuera, dejándolo salir.
Supongo que estuvo ahí antes de que yo llegara. Del otro lado de la mesa, en la única silla además de la mía se sentaba otro hombre. Tenía un rostro afilado y cabello corto entrecano, una barba rala y piel renegrida. Como sucedía con la mayoría de los ángeles que había visto hasta ese día, me resultaba imposible determinar su etnia, y como únicas señas particulares estaban sus enormes alas grisáceas descansando detrás de su espalda, así como esa extraña luz que venía de algún punto detrás de su cabeza.
—Entonces…— me llama por mi nombre real y en japonés perfecto. —¿…Por qué no me hablas un poco sobre tu familia y lo que sea que vinieron a buscar aquí?
—Ya debes saberlo para este momento ¿No?
—Ustedes, humanos, creen que nosotros leemos la mente o algo parecido. Nada más lejano a la verdad, si existe un misterio en el universo es la forma en la que la mente de los humanos trabaja—. Con serenidad se puso de pie y caminó rodeando la mesa hasta llegar al lugar donde me veía forzado a mantenerme, haciendo un extraño sonido al andar, sólo entonces noté otro rasgo de su anatomía que hablando con absoluta sinceridad, me puso muy, pero muy inquieto. Su gabardina lo cubría hasta por debajo de las rodillas, pero sus piernas no era piernas en realidad, eran un par de miembros robustos, cubiertos de un espeso pelaje marrón y curvados hacia atrás, como las patas de un macho cabrío, de hecho, ambos miembros terminaban en sendas pezuñas.
—De todas formas no creo salir vivo de aquí, y no vas a obtener nada de mí.
—El tiempo lo dirá, vamos a comenzar—. Tocó la puerta una vez más, pero esta vez nadie salió, sino que al contrario, nos hicimos más en el pequeño recinto.
Un par de hombres altos y robustos se apostaron uno a cada lado de mi silla, ambos eran sin lugar a dudas mexicanos o en su defecto sudamericanos, y considerando que hacían caso a las palabras de mi nuevo interrogador, debían ser cazadores, el primero venía equipado con bolsas de plástico y botellas nuevas de agua gasificada, el segundo cargaba una batería de automóvil y cables de corriente. Podía imaginar qué es lo que iba a pasar a continuación, pero no iba a permitirles ver mi temor.
—Quizás no puedo leer tu mente, pero sí puedo sentir tu corazón. Puedo garantizarte que todo terminará rápido si me dices la verdad, y también puedo asegurarte un buen lugar del otro lado.
—No voy a tener que mentirte, porque no diré nada.
—Buen uso de tu libre albedrío… que te aproveche—. Dijo haciendo una espeluznante sonrisa de dientes amarillos e hizo un gesto a los dos matones.
El tipo de mi derecha tomó un trozo de tela y lo hizo una mordaza que introdujo en mi boca, y sin una palabra de prevención soltó un golpe brutal sobre mi diafragma, el resultado fue el deseado de inmediato, mis pulmones se vaciaron, lo hizo un par de veces más hasta que la falta de oxígeno amenazó con desmayarme, y justo cuando traté de inspirar, el segundo, que previamente había agitado fuertemente una de las botellas de agua gasificada, soltó un chorro de la misma directo a mis fosas nasales. Es difícil describir la sensación y el dolor, pero mis ojos se llenaron de lágrimas al instante. Fueron los quince minutos más largos de mi vida hasta ese momento, cuando tuve oportunidad de abrir los ojos pude ver a Zofiel, sentado a unos metros de mí, fumando un cigarrillo con serenidad, como si la sesión de tortura que veía fuera una escena común. No fue sino hasta que ese cigarrillo se consumió que hizo un gesto ante el cual, el "interrogatorio" se detuvo.
—Tómense un descanso—. Ordenó y sus esbirros dejaron el lugar. —Esto no debe ser así—, comenzó luego de retirar la mesa que nos separaba y acercar su silla hasta quedar a unos centímetros frente a mí y quitándome la mordaza, ahora bañada en saliva y sangre. —No pido mucho en realidad, sólo quiero saber por qué tú y tu familia están aquí.
—Fueron cuestiones de trabajo—, contesté con tanto aplomo como pude. —si tienes dudas al respecto, la oficina de Interpol Américas podría aclararlas.
—Tienes un gran sentido del humor para ser japonés, por lo general los japoneses son muy mamones. Te preguntarás por qué estamos tan interesados en ti y en tu familia, aunque debes darte una idea. Sabemos quiénes son en realidad, y mi jefe está muy entusiasmado en saber si de verdad está en ustedes aquello que puede darle el poder que necesita para reformar las cosas, para crear un mundo mejor y más justo.
—¿Buenaventura pretende un mundo mejor y más justo?
—Claro que no. Buenaventura no es mi jefe, no es más que otro eslabón en la cadena, en realidad no es nadie de importancia, nos es útil en tanto tenga un cargo público. Mi jefe es alguien de verdad importante.
—¿El Arcángel Miguel?
—Estás mejor enterado de lo que pareces… quién iba a decirlo—. Tomó uno de sus cigarrillos y lo encendió, luego colocó la boquilla sobre mis labios. Accedí a fumar, resultaba reconfortante dada mi situación.
—No sé qué es lo que quieren de nosotros, pero seguramente no lo tenemos. Tratan con la gente equivocada.
—Oh, no, todo lo contrario… ¿crees que la Brigada SOS es la única con recursos para investigar cosas fuera de lo común? Para nada. Sé que Itsuki Koizumi tiene poderes paranormales, que Mikuru Asahina no pertenece a esta época, que Yuki Nagato es extraterrestre y que tu esposa, la afamada detective Suzumiya es una divinidad… lo que me resulta interesante de todo ese escenario eres tú… he estudiado tu historia y no eres nada especial, a reserva de que eres un tipo letrado y capaz, pero normal.
—…— No respondí. No iba a hacerlo, no obtendría ninguna respuesta de mí. De cualquier manera, no tenía idea de qué era lo que estaba buscando.
—Mañana a primera hora volveré, y espero que tengas entonces mejor disposición para hablar—. Se levantó y caminó hasta la puerta, se volvió una última vez hacia mí. —Lo mejor será que cooperes con nosotros, Haruhi y Ryoko-Chin son adorables, no me gustaría que esta gente tuviera que interrogarlas.
Y aunque tocó un punto débil en mi psique, hice lo posible por ignorar su amenaza viéndolo dejar el cuarto.
Es difícil hacer un cálculo sobre el paso del tiempo en el encierro, principalmente porque el lugar en el que estaba no tenía ventanas, y no había un sólo ruido exterior que me diera pistas sobre mi ubicación. Pensé que probablemente algo de sueño podría repararme para la siguiente jornada, pero era evidente que mis captores eran un poco más que expertos en técnicas de persuasión. Debido principalmente a la tortura, estaba muy cansado, de tal suerte que bastarían poco menos de quince minutos para que mi cabeza comenzara a balancearse presa de una somnolencia fulminante. Por un momento brillante pensé que escaparía fugazmente del infierno, pero estaba muy equivocado. Apenas mis ojos se cerraron por completo, la puerta de la pequeña celda se abrió, dando paso a un hombre con una manguera de alta presión. El golpe, con una intensidad semejante a la de un jugador de fútbol americano, no sólo me puso en completa vigilia, sino que me quitó por completo las ganas de dormir. Sin embargo, el cuerpo es frágil, y aún teniendo la convicción más férrea el cansancio terminó por hacer mella. Esa noche dormí cinco veces involuntariamente, mismo número de veces que fui despertado de la misma forma.
—¿Dormiste bien?— Pregunta mi verdugo nada más llegando a mi encuentro unas horas después, una vez más acompañado de sus matones.
—Como un bebé—. Le respondo.
Trae consigo una nueva botella de agua, y temeroso por los eventos de la jornada anterior, veo con alivio que no es gasificada, de hecho la abrió con suavidad y la puso sobre mis labios, dejándome beber el primer medio litro de agua que consumiera en dos días.
—Y bien, ¿vas a hablar conmigo o vamos a seguir en este juego?
—Voy a hablar contigo, pero quisiera una charla civilizada, y de preferencia a solas.
—¿Qué te hace pensar que puedes condicionarme?— Pregunta divertido mientras ocupa nuevamente su silla.
—Que el hecho de que sigas hablando conmigo significa que necesitas algo de mí, o de otra manera yo ya estaría muerto, y porque torturándome no conseguirás nada, y eso puedes comprobarlo por ti mismo—. Levanté mi rostro y clavé mis ojos en los suyos, con todo el aplomo que me fue posible. —Dime, ángel del dolor… ¿Sientes aunque sea un ápice de duda en mi corazón? Si es así, puedes comenzar a usar tus trucos de nueva cuenta.
El ángel tardó un rato en reaccionar, parece que pude convencerlo e hizo una casi imperceptible seña y los dos gorilas salieron al instante, dejándonos solos. Se levantó y abrió una diminuta puerta al final del cuarto y luego regresó hasta donde yo, soltado las esposas de mis muñecas y mis tobillos.
—Aséate—. Me ordenó.
Además de la sangre y el sudor, el estar en la misma posición por un día entero había terminado por saturar mi vejiga, que se vació contra mi voluntad por la noche, así que de verdad estaba sucio. Compré todo el tiempo que pude en mi aseo detrás de la puerta recién abierta por el ángel, que era un muy rudimentario baño con un lavabo de metal herrumbroso que escupía agua turbia y salitrosa. Regresé y volví a sentarme frente a Zofiel, que me veía con cierto grado de fascinación. Como un terapeuta entrenado a la enseñanza freudiana, esperó en silencio hasta que yo estuviera dispuesto a comenzar a hablar. Había hecho un gran trabajo haciendo que me liberara parcialmente, pero llegado ese punto, no sabía qué más hacer, le ofrecí una charla y no tenía idea de qué era lo que él o su jefe buscaban. Pasé los siguientes minutos devanándome los sesos para encontrar un buen tema de conversación que lo mantuviera ocupado y sin ganas de sacarme una verdad que ignoro por medio de la tortura… pensar en la batería de auto y los cables de corriente me erizaban los vellos de la nuca.
Y en el preciso momento que su gesto se endurecía nuevamente y con seguridad estaba pensando en llamar de vuelta a sus dos matones, un barullo fuera de la habitación llamó la atención de ambos. Pude escuchar la voz de Buenaventura, parecía haber tenido un mal día y gritaba improperios mientras se acercaba a nosotros. La puerta finalmente se abrió, Buenaventura entró teniendo que agachar la cabeza dada su estatura, el patiño que he visto varias veces con él venía a su lado. Y tal como había pensado, lucía de muy mal humor.
—Lárgate—. Ordenó a Zofiel, que lo miraba con desdén.
—¿Por qué? Aún no termino con él.
—Sí, ya terminaste, el jefe dice que el interrogatorio de éste es mío.
—Tú no puedes decirme qué hacer.
—Pues tal vez yo no, ve y dile al maricón de Nanael, a ver qué le parece que no quieras obedecer una orden suya.
Ante esa afirmación, Zofiel dejó de discutir. Se puso de pie y luego de lanzarme una última mirada, se dirigió a la salida, susurrando al pasar junto a Buenaventura:
—Inahl Rabak Ars Ya Choosharmuta.
El obeso policía y el extraño ángel se miraron con los ojos repletos de desprecio. Supongo que ellos sabían lo que esas palabras significaban, y por la reacción del traidor, supuse que era un insulto. Él se limitó a apuntar directamente a su rostro con el índice.
—Te juro por mi madre que un día de estos te voy a chingar—. Dijo y ocupó lugar en la silla recientemente dejada por el ángel, que crujió al recibir sus más de ciento cincuenta kilos. —Cierra la puerta—. Ordenó a su esbirro nada más Zofiel se fue, él obedeció saliendo del lugar, dejándonos al traidor y a mí a solas. —¿Qué le dijiste a Zofiel?
—Nada.
—Deja de hacerte pendejo, ¿qué le dijiste?
—¡Nada, maldición! ¡Cómo si supiera qué es lo que quieren ustedes en primer lugar, y si crees que tú vas a obtener esa "información", estás equivocado!
—No me levantes la voz, chinito, no estás en posición de hacerlo—. Qué me parta un rayo, ¡soy japonés! Lo miré directo a la cara para defender mi orgullo nacionalista, pero algo captó mi atención de inmediato. Algo en su rostro, en sus cerdosas facciones que era diferente, no podría explicarlo… pensé que quizás sería mi imaginación, pero lo confirmó al hacerme un guiño imperceptible, como cuidándose de que hubiera alguien más en el cuarto, que aunque era imposible, parecía un riesgo que él no deseaba correr. —Voy a volver en unos minutos, y más te vale estar listo para hablar, de otra manera, empezaré a romperte los dedos uno a uno.
Se puso de pie y de su bolsillo extrajo una goma de mascar estilo americano. Retiró el envoltorio y se llevó el confite a la boca, lanzándome la envoltura a la cara, luego salió, dejándome solo.
Eso definitivamente era un mensaje, una señal… pero ¿de qué? Traté inútilmente de pensar en varios panoramas, pero todo me llevaba a la misma idea: era una trampa, seguramente quería que creyera que podía confiar en él y haciéndome llevarlo hasta mi familia y la Brigada, o quizás al Pantera o a Leonel y Marina, incluso El Protector parecía en peligro desde ese punto de vista.
Pasaron cerca de cuarenta minutos en los que traté de ignorar el ruido de mi estómago concentrándome en la descuidada y casi vacía habitación. Y fue en uno de esos ejercicios mentales que reparé en la envoltura que el policía había lanzado contra mi rostro, la observé desde mi asiento por algunos minutos antes de aventurarme a recogerla. Por un momento, contagiado por la paranoia del policía, miré hacia los muros y el techo de la habitación, como esperando que un ente atravesara alguno, y cuando eso no sucedió, tomé el papel.
Y ahí estaba… definitivamente era un riesgo, pero por lo que veía, sin importar lo que hiciera, las cosas no podían empeorar… tenía que jugar con sus reglas y quizás eso me acercaría con las personas que amo. Cautelosamente desarrugué el envoltorio. Tal como pensé, había escrito algo en él, en una letra manuscrita pequeñísima, que bien podría compararse con un tamaño seis de impresión, lo que pensé que sería impresionante dado el tamaño de sus manos. Y comencé a leer:
Sigue todas las indicaciones de este papel al pie de la letra, si tú me ayudas, yo te ayudo, es así de simple. Primero: deberás…
Debido al tamaño de la letra, el texto era un aproximado de una cuartilla, las instrucciones eran muy concisas y sencillas, pero sin rango de errores, también había un par de explicaciones que despejaron algunas dudas acerca de mi ubicación. Lo leí varias veces hasta memorizarlo por completo, luego ejecuté la última de las órdenes en el papel:
Cuando termines de leer y aprenderte este mensaje, cómetelo.
Era la primera vez que comía papel y es triste pensar que no me supo tan mal, era una extraña mezcla entre lo insípido del papel mismo, con un apenas perceptible sazón a tinta y un agradable buqué a menta.
Esperé impacientemente por varias horas para comenzar a ejecutar dicho plan, que resultó ser sencillo en el papel, e intrincado en la práctica: entrar al confinamiento y sobrevivir ahí por tiempo indeterminado. La espera concluyó con algo que no anticipaba. Zofiel fue quien regresó a la sala con sus torturadores, y aunque debo admitir que por un momento temí por mi seguridad, no era emisario del dolor esta vez, sólo era un mensajero.
—Irás con la población regular mientras nuestro jefe decide qué hacer contigo—. Me anuncia mientras indica a sus matones que me tomen por los brazos. —Deberías estar feliz, tu renuencia a decirnos cualquier cosa acaba de darte unos días más de vida y costarle a Buenaventura un llamado del que ignoro si volverá—. No pudo evitar un gesto de satisfacción ante la última afirmación.
Sobre el encierro.
No respondí y me dejé conducir a través de los pasillos del complejo. En mi aseo había sido particularmente cuidadoso de no limpiar la sangre del policía, y aún era capaz de ver y comunicarme con los ángeles cercanos, por ello pude ver a aquellos vestidos con uniforme de campaña y que resguardaban las inalcanzables atalayas de seguridad que rodeaban ese patio dentro de una cerca de concreto de varias decenas de metros de alto, donde algunos cientos de personas deambulaban bajo el seco sol abrasador de la tarde. Sabía que no había sido acusado de nada, y por supuesto, no había cometido crimen alguno, ese comentario es relevante, porque fuera cual fuere la forma en la que se mirara ese lugar, no era otra cosa que una prisión de máxima seguridad. La pregunta fundamental sería en todo caso: ¿Qué tipo de personas resguardaban aquí y por qué? Me enteraría ese mismo día, un poco más tarde, pero no nos adelantemos a los hechos.
Bajamos del edificio y atravesamos una última puerta de metal oxidado resguardada por dos ángeles y dos hombres, todos vestidos con el mismo uniforme de campaña y fuertemente armados. Hubo un revuelo generalizado cuando me vieron llegar. En el lugar había de todo: hombres y mujeres, mexicanos y extranjeros, y algunos de ellos tenían sobre la piel los indicativos que mostraban su herencia como cazadores de ángeles.
Me llevaron hasta unos metros lejos de la puerta, ahí mi escolta me soltó y abandonó sin cruzar palabra mientras los murmullos aumentaban entre las personas que me rodeaban y me miraban con curiosidad. Quizás fuera yo, pero no lucían de muy buena calaña, situación que encontraba agravante considerando que el lugar en que estábamos el agua era un privilegio. Miré al piso de roja arcilla en silencio, temeroso y comprendiendo por fin las palabras de Buenaventura.
Mis nuevos compañeros comenzaron a rodearme, quizás no era el primer o único extranjero, pero ciertamente era el nuevo. Uno enorme y de tupido bigote me miraba con particular interés mientras murmuraba a su pequeña comitiva… todo empeoró cuando comenzaron a avanzar hacia mí.
—Mira qué suerte—. Comenzó en español con acento del norte, que acentuaba ligeramente las frases al final de las palabras. —Este mushasho va a ser nuestra compañera nueva…
De acuerdo, si el tipo de mirada de la que era víctima no había sido lo suficientemente perturbador, el hecho de que se dirigieran a mí en femenino había puesto mis nervios de punta, así que imaginando lo que seguía y a sabiendas de tantas leyendas sobre las prisiones, no pude suprimir el impulso de salir corriendo en el acto, cosa que sería inútil… no había escapatoria.
—No… no quiero problemas—. Musité débilmente mientras me echaba hacia atrás.
—No, mushasho, no tendrás ningún problema mientras estés con nosotros—. Me lanzó una sonrisa de dientes cariados y encías ulceradas que hacían aterradora su de por sí no muy agraciada faz.
La compañía que venía con él, integrada por otros cinco hombres comenzó a rodearme, mis conocimientos sobre artes marciales me permitirían tener una pelea más o menos justa uno a uno, pero siendo rodeado como lo estaba, la probabilidad de salir ileso era mínima… miré al resto de los prisioneros, observaban la escena, algunos intrigados, otros tantos divertidos y unos más completamente indiferentes, lo único que me quedaba claro es que absolutamente ninguno movería un dedo por mí.
El líder de la banda se acercó con paso decidido, y aunque no soy homofóbico, cualquier cosa que sea contra la voluntad propia es una experiencia que nadie debería experimentar… pensaba en soportarlo, en trascenderlo, mi familia me esperaba y debía vivir y volver a pesar de cualquier cosa. Resignado esperé a que comenzara el suplicio, pero eso no sucedió.
Al volver a abrir los ojos (Sí, en un acto de miedo legítimo los cerré justo antes de que el gorila aquél pusiera sus manos sobre mí) noté que su mano era sujeta por otra, mucho más pequeña y arrugada. El silencio cayó pesado cual yunque, llamando la atención incluso de los que no estaban cerca. A un lado de mi atacante, un viejo estaba de pie, sin lugar a dudas oriental, lucía muy frágil dada su edad, sería quizás unos centímetros más bajo que yo y mucho más delgado, con el cabello recogido en un sencillo arreglo sobre su coronilla y con su larga barba blanca cayendo sobre su pecho. Su semblante imponía un profundo respeto.
—No—. Ordenó con su voz gastada.
Para mi sorpresa, no fue necesario usar la fuerza o levantar la voz. El reclutador de la prisión desistió de hacerme su juguete y con un gesto ordenó a sus amigos me dejaran en paz, no sin antes lanzar una mirada de descontento contra el anciano y contra mí.
—Zhongguó?— Preguntó por mi nacionalidad. No hablo chino, pero entiendo que quería saber si yo era su paisano.
—Nihon—. Respondí, indicándole que era japonés.
—Bien. Sígueme—. Me dijo en mi propio idioma y sin dudarlo comencé a caminar tras él.
Me fui siguiendo a ese viejo tan peculiar a través de la arcilla hasta llegar a otro edificio, que por su configuración debía ser el de confinamiento. Su paso era lento comparado con el mío, y no me cabía la menor duda de que estaba enfermo, seguramente alguna enfermedad crónico degenerativa. Su rostro se mantenía sereno, aunque había una chispa en sus ojos hundidos que mostraba un fuerte deseo de vivir. Llegamos hasta la que asumí sería su celda y nos sentamos uno frente al otro mientras él servía agua que obtuvo de un rudimentario sistema de filtrado hecho con barro y la tela de un calcetín.
—¿Tienes nombre, muchacho?
—Eh… sí… Suzumiya…
—Compréndelos y perdónalos. Han pasado mucho tiempo dentro de este agujero y cualquiera que llega es considerado su enemigo.
—¿Usted también es un cazador?— Pregunté asumiendo que tenía idea.
—No, aunque he escuchado a varios por aquí proclamarse con ese título.
—Entonces… ¿Por qué está usted aquí?
—Yo sólo estaba de paso en este país cuando todo comenzó, pero al notar mis habilidades me sometieron y me trajeron aquí.
—¿Qué tipo de habilidades…? Si no le molesta decirme…
Me miró con intensidad con sus pequeños ojos negros antes de responder llanamente:
—Soy artista marcial. Después de meterme a esta prisión me ofrecieron un empleo en su operación, pero lo rechacé, cosa que me costó volver aquí y que se olvidaran de mí.
—No es que no lo agradezca, pero… ¿por qué ayudarme?
Ante mi pregunta nació un conato de sonrisa en su arrugado rostro.
—La mayoría de los infelices que llegan aquí lo han perdido todo, sólo un puñado tiene aún algo por lo cual vivir, una misión que cumplir o un lugar a donde llegar. Tú pareces tener los tres.
Bebí agradecido el agua, que dado el método de purificación resultó ser más refrescante y agradable al gusto de lo que pude llegar a imaginar. Sin darme cuenta me quedé charlando con el viejo por varias horas y me enteré de algunas cosas interesantes. La primera era que estaba en algún punto al norte del país, en medio del desierto. El complejo en el que me hallaba era (entre otras cosas) un laboratorio a donde mandaban los restos de los ángeles cazados para su manufactura en polvo de ángel y otros artículos. También hacía las veces de un improvisado campo de concentración donde internaban a cazadores y representantes de la autoridad secuestrados, solicitando la mano de obra a los primeros, y extorsionando a los segundos para evitar que interfirieran con la operación. Aquellos que no accedían a cualquiera de las opciones, eran llevados a otro edificio y no volvían de allá, otros tantos esperaban a ser llamados, cosa que nunca sucedía, como era el caso de mi anfitrión. El lugar operaba, por supuesto, completamente al margen de la ley, así que nuestros captores no estaban en absoluto obligados a proveernos de ningún recurso, lo que hacía que los internos se alimentaran de las latas de conservas caducas que llegaban cada cierto tiempo, junto con limitadas cantidades de agua tratada.
A intervalos el anciano se encorvaba víctima de una fuerte tos, en un de los más violentos se cubrió la boca mientras el ataque terminaba, para luego limpiarse una cantidad importante de sangre de dicha mano y su barba. Estaba más enfermo de lo que parecía, y solícito rasgué uno de los últimos trozos limpios de mi camisa y se lo ofrecí.
Así comenzamos a hablar sobre él. Resultó que era originario de Hong Kong, nació durante los años de la segunda guerra sino-japonesa. Era un reconocido y muy virtuoso maestro de artes marciales y en su lejana juventud se dedicó al asesinato sobre pedido para vivir. Algunas décadas atrás le fue diagnosticada leucemia y comenzó a cambiar su estilo de vida desde entonces. Luego de un tiempo trabajó como Freelance para agencias policiacas chinas, el ejército y contratado como asesor externo de Interpol, MI5 y el MOSAD. En el inter de la guerra fría hizo mancuerna con un agente de Interpol llamado Li que devino en su mejor amigo, y dejado al cuidado de la hija de aquél cuando murió, y aunque no la crió, si la entrenó y procuró protección hasta que ella se convirtió en agente al igual que su padre. Mencionó apellidos de varios agentes de Interpol adiestrados directamente por él, poniéndome alerta con la mención de uno en particular, tanto así que lo interrumpí sin darme cuenta.
—Un momento… ¿Robles dijo? ¿Gervasio Robles fue su alumno?
—Cuando eso pasó él aún no era policía, de hecho, lo conocí en prisión. Era un joven que había pasado por cosas terribles y su corazón estaba repleto de enojo. A decir verdad le enseñé lo que sabía para que obtuviera su venganza, me enteré años después, al volver a verlo en libertad que había hecho algo mucho mejor. Él fue uno de mis máximos logros.
Un rato después conté mi historia, y con alegría escuchó que mi esposa era alumna suya de segunda generación, expandiendo el alcance de su legado.
Antes de darme cuenta, la noche había caído. El anciano se disculpo argumentando que no tenía el vigor para desvelarse como en su juventud, y que con gusto continuaría la charla por la mañana siguiente.
—Puedes pasar la noche aquí, mañana te buscaremos acomodo.
Asentí y busqué una orilla para recostarme. Sería el primer periodo de sueño decente que tendría desde algunos días atrás y pensaba aprovecharlo. Sin embargo, quedaba una última pregunta antes de terminar la jornada.
—¿Cómo puedo llamarlo?— le pregunté antes de tenderme sobre mi espalda en un camastro de cartón que me protegería del frío del desierto.
—Gen.
—Gracias, Gen-shi-fu. Usted puede llamarme Kyon.
Hasta cierto punto agradecido con cómo se habían desarrollado las cosas, miré al cielo a través de una diminuta tronera por la cual podía ver la luna llena, único calendario fidedigno que confirmaba que eran los primeros días de noviembre. Desee las buenas noches a Haruhi y a Ryoko donde fuera que estuvieran y me dispuse a dormir.
Sobre la espera.
El amanecer llegó en medio de un frío abrumador que se llevó mi sueño, aunque supuse que habría dormido al menos las ocho horas que debía. Mi compañero de celda no estaba ya, y asumí que podría encontrarlo en el patio.
Salí y en efecto pude hallar al interpelado mientras hacía formas imitado por al menos una docena de hombres y mujeres. El sujeto que pretendía hacerme su novia el día anterior, si bien no era tan grande como Buenaventura, sí lo era mucho más que el maestro Gen y yo juntos, pero por algún motivo no se había atrevido a enfrentar al viejo. Luego de que lo escuché decir que fue quien formó a alguien tan capaz como Robles, no me sorprendería en absoluto que a pesar de su edad aún pueda dar palizas a los bravucones.
Nunca me lo propuso y yo no pregunté. Sólo lo hice. A partir de ese día, cada mañana, nada más llegada el alba me formaba junto a los otros improvisados alumnos y trataba de incursionar en los intrincados y (para mí) desconocidos caminos del Wu-Shu, aunque sería sumamente pretensioso si dijera que logré aprender algo más que unos cuantos movimientos. El estilo mantenía lo esencial que había visto en Haruhi y Robles, pero estaba dotado con otro carácter… es difícil de explicar, es como si el estilo de combate de cada uno de los tres, a pesar de compartir la misma raíz, estuviera volcado sobre el espíritu de cada uno, así, mientras el estilo de mi esposa es sumamente competitivo y dinámico, el de Robles es preciso y hasta cierto punto lúdico, en tanto que el de el maestro Gen está impregnado de un sentimiento tanto más profundo, oscuro y primitivo.
Escuché la mención de mi nombre algunos días después, una tarde nublada. El llamado venía de dos hombres que había conocido poco tiempo atrás. Me acerqué y saludé sonriente a Yáñez y a Gutiérrez, ambos maltrechos y evidentemente torturados, quizás tanto más que yo, Gutiérrez daba muestras de padecer síndrome de abstinencia al haber pasado cerca de una semana sin fumar, que según sus propias palabras, era un tiempo demasiado largo para alguien que había fumado treinta cigarrillos al día por los últimos veinte años. Supe de ellos que el país colapsó luego del ataque a los cuarteles policiacos y bases militares, sin telecomunicaciones o vías de transporte confiables, y que estaban sometiendo uno a uno a los poblados y principales ciudades del país. Pregunté por mi familia y mis amigos, pero nadie parecía tener información sobre ellos, lo que me daba esperanzas, pues seguramente habían logrado ocultarse.
Pasé poco más de tres semanas guardado en ese rincón olvidado del desierto, por fortuna para mí, mis largas charlas y aprendizaje con el maestro Gen garantizaron mi cordura durante todo el tiempo de confinamiento. Durante mi periodo en dicho lugar pasaron al menos medio centenar más de cazadores y mandos policiacos, que luego de ser torturados y cautivos ahí, eran llamados al edificio del que ninguno regresaba, y cada cierto tiempo un nauseabundo olor a chamusquina llenaba el complejo… imaginaba que podría ser, pero decidí no hacer conjeturas por mi propia salud mental.
Al igual que sucedía con Gen, nunca fui llamado. Justamente el día veintiséis del confinamiento departía con Yáñez y Gutiérrez en el patio, lo sé porque fui llevando un rudimentario cómputo ayudado de un guijarro y el muro de mi celda y auxiliado por la inequívoca marcha selenita. Recuerdo que el segundo estaba particularmente feliz porque uno de los guardias le había conseguido una cajetilla de cigarrillos de la peor calidad, y fumaba alegremente. Fue ese día la última vez que los vi. Ambos, junto con un puñado de hombres fueron llevados por los guardias hasta el edificio aquél del que tanto se ha hablado. Imaginé cual sería su destino, y sentí rabia y desesperación. Extrañaba a mi esposa como un loco, la ausencia de mi hija me estrujaba las entrañas aún más que el hambre que estaba comenzando a provocar estragos en mi peso, mi salud y resistencia. Era horrible, y no tenía forma de escapar.
Sobre el escape y la batalla.
En esa monotonía desesperante llegó el día veintinueve, y con él, la esperanza de que todo terminaría, aunque el panorama inicial anunciaba todo lo contrario.
La principal sorpresa de ese día fue el arribo de Buenaventura, que llegó al patio de reclusos de la misma forma que yo lo hice. Estaba golpeado, y fue dejado en el mismo lugar que yo cuando recién llegué. Me extraño que respirara con alivio cuando notó que yo seguía ahí y que seguía con vida, y apenas su presentación terminó, me tomó de las solapas y me llevó a un lugar apartado.
Sus modos no habían cambiado en absoluto. Seguía siendo intransigente, grosero y agresivo, pero esa vez había cierto matiz de desesperación en su porcino rostro.
—Llegó el día—. Anunció apenas estuvimos solos.
—¿Qué día?
—El de nuestra salida de este basurero, y más nos vale escapar, porque si no, vamos a ser parte de la purga.
"La purga" me sonó como un procedimiento médico, pero decidí mejor preguntar qué era. Ojalá no lo hubiera hecho.
—Mañana traerán a varios grupos de choque y a la mayoría de los cazadores que han reclutado junto con un pelotón de ángeles. El laboratorio ya terminó de procesar el material que tenía y acaban de construir uno mucho más grande y mejor equipado en otro lugar del país, así que demolerán este…
—¿Y qué pasará con nosotros?
—Nos purgarán… acabarán con todos.
El mundo cayó sobre mis hombros en ese momento. Todo terminaría ahí, no podría salir de ese rincón olvidado de los dioses y no volvería a ver a mi familia… pero un momento…
—Dijiste que debemos escapar… ¿tienes un plan?
—Por supuesto que tengo un plan, chino pendejo, si no, no te estaría diciendo esto.
—¿Te enseñaron en la escuela que China y Japón son países diferentes, verdad?
—Ambos son lugares que jamás visitaré, así que no me importa. Tengo ayuda de un amigo mío que nos alejará de aquí apenas salgamos, pero tendremos que volver a la capital por nuestros propios medios… ¿estás conmigo?
—Sí… ¿Por qué estás ayudándome?
—Te lo contaré si salimos con vida de aquí mañana.
—De acuerdo. Por cierto… ¿Te importaría si llevo a alguien más?— Al escuchar mi pregunta, el ex policía miró a la distancia al anciano, dando cuenta que era él de quien hablaba.
—No creo que aguante la fuga y mucho menos andar a pie en el desierto una sola jornada.
—Te sorprendería lo que el viejo puede aguantar.
—Bien, pero será tu responsabilidad.
Hablando con él, me enteré de que su jefe no había cumplido su parte del acuerdo, que no había garantizado la seguridad de cierta región de la zona metropolitana de la capital que había prometido resguardar y por eso desertó, argumentando además que él mismo se encargaría de sacarme el corazón con sus propias manos antes de permitir que me sacaran cualquier pista que los llevara a Haruhi, aparentemente su principal objeto de interés. Agradeciendo de antemano que no me matara como había amenazado, me explicó lo que deberíamos hacer al día siguiente para lograr salir del lugar. Él, junto con algunos hombres y mujeres en confinamiento habían planeado un motín y fuga del lugar, y nosotros participaríamos, Buenaventura conocía puntos débiles del resguardo y deberíamos acabar con ellos antes de que la compañía completa llegara y asesinara a todos los internos. Trataríamos de hacernos camino a través de una de las atalayas y finalmente saldríamos a campo abierto, entre los páramos, donde un vehículo conducido por su fiel compañero, el patiño que siempre estaba con él, nos esperaría en un auto para llevarnos a unos kilómetros de Caborca. Expliqué ese mismo plan a Gen y sus alumnos, y todos parecían muy animados de participar. Tal como el viejo había mencionado en su momento: todos tenían cosas que hacer o personas a las cuales ver antes de morir. Pasamos esa noche en vigilia, esperando.
Fue a las seis de la mañana cuando comenzamos a ejecutar el plan. Todos nos mantuvimos en vigilia esperando la señal que según Buenaventura sería una trompeta en el cielo, igual que el día en que me atraparon. Según él, no tenía sentido mantenernos vivos, así que se desharían de todos los que no cooperaran o se sometieran ante ellos… no había pasado un mes, y según mi forzado aliado, el país estaba prácticamente bajo su control, le seguiría en poco tiempo América latina, medio Oriente y todo lo que se atravesara en su camino. Ignoro que meta persigue el titiritero detrás de todo, pero es algo enorme y perverso. Los guardias del lugar comenzaron a levantarnos y reunirnos al centro de aquel patio que se había vuelto cotidiano para mí. La mayoría no tenía idea de qué era lo que pasaría, para ser franco, yo tampoco, aunque sólo tuve que esperar un minuto para darme una idea y comenzar a correr.
—Es hora—. Indicó Buenaventura y comenzó a caminar al frente de los casi dos centenares de prisioneros dentro del complejo. —¿Por qué los obedecen?— Empezó levantando la voz bajo las miradas inquisitivas de los guardias. —¿No se dan cuenta de que todo terminó ya? ¿Que estos bastardos no nos necesitan más?— estaba consiguiendo el efecto deseado. Los murmullos comenzaron entre la población, a mi lado, el antiguo maestro dejaba salir una sutil sonrisa, parecía emocionado ante la idea de una confrontación. —¡No permitan que eso suceda! En unos minutos las puertas del cielo van a abrirse para comenzar la masacre con nosotros, y al menos yo no pienso quedarme aquí para ver cómo es que eso sucede. ¡Levántense antes de que sea tarde! ¡Antes de que nuestra única herencia, a la que tanto hemos desdeñado y malbaratado desaparezca de esta tierra como los Nahuales de los que descendemos!
Uno de los guardias parecía particularmente inquieto con el discurso del ex policía y el efecto que estaba teniendo en los encarcelados, que aumentaban el barullo y miraban cada vez con más enojo a sus custodios. Se decidió y junto con otro caminó al fin hacia el improvisado líder, tolete en alto y listo para intentar someterlo. Ni siquiera pudo acercarse.
Me di cuenta de que Gen no estaba más a mi lado porque lo vi de pie detrás de Buenaventura sin poderme explicar cómo logró librar esa distancia en sólo décimas de segundo, y en un tiempo semejante tenía a ambos guardias noqueados. Tanto prisioneros como captores se quedaron inmóviles por unos instantes, intentado salir del estupor, y bastó con que el primero profiriera un grito de guerra para que el infierno se desatara. Comenzaron a volar granadas de gas lacrimógeno y disparos mientras yo corría agazapado tratando de alcanzar a Buenaventura y seguirlo hasta llegar a nuestro aún supuesto encuentro con la libertad. Lo vi algunos metros más adelante, corriendo hacia el muro oeste del complejo en el preciso momento que uno de los custodios asestó un poderoso golpe con la culata de su rifle sobre la sien del ex policía, aunque lo único que logró fue enfurecerlo y su cabeza terminó impactada contra el suelo con tal fuerza que su casco se hizo astillas, de su cinturón tomó el machete que tenía como arma de respaldo y me lo arrojó, supongo que recordando mi destreza con las armas blancas… no es precisamente una espada, pero sería de gran ayuda. Me uní a Buenaventura, que nada más de verme junto a él, volvió a manchar mi rostro con la sangre que el guardia obtuvo de él, permitiéndome ver el verdadero tamaño del conflicto.
Ángeles disparaban rifles de asalto desde las atalayas, cazadores que habían sometido a los guardias regresaban el fuego, haciendo que algunos de ellos cayeran desde sus torres, traté de ignorar todo eso mientras imploraba por no ser alcanzado por alguna bala perdida, seguía persiguiendo a aquel hombre, y seguía pareciéndome increíble que alguien de su tamaño y complexión pudiera correr tan rápidamente. Sin dejar de correr nos hizo señas para que nos detuviéramos y ocultáramos mientras él aumentaba la velocidad de su paso dispuesto a estrellarse con el muro… no estaría pensando en derribarlo con su sola masa corporal, ¿verdad…?
Su imagen saltando hacia el muro me hizo pensar en un jabalí peleando con un oso. Como era de esperarse, no logró dañar el muro, aunque lo cimbró de tal forma que me hizo temer por la integridad del gordo, sin embargo, él apenas si lo sintió, se reincorporó de inmediato y corrió a buscar refugio, haciéndome entender. El golpe sólo era una señal al exterior, segundos después, cinco sutiles detonaciones debilitaron una parte del muro, dejándolo al borde del colapso. Sin perder el aplomo, nuestro guía corrió hasta el muro, impactándose de nuevo con él, esta vez atravesándolo sin mucho esfuerzo. Exactamente como nos había dicho, tenía ayuda de afuera; corrió hacia el exterior y cedí el paso al maestro Gen.
Apenas estuvimos afuera comenzó la lluvia de plomo y el lapidario sonido de las trompetas celestiales, muchos de los prisioneros vieron nuestro escape y se abarrotaron en la improvisada puerta mientras nosotros corríamos entre las dunas y los cactos tratando por todos los medios de pasar desapercibidos.
—¡Trescientos metros más!— Gritó Buenaventura luego de llevarnos corriendo cerca de una hora.
—¿Y estaremos a salvo?— Pregunté casi sin aliento, sintiéndome como si yo fuera el obeso y envidiando el aplomo del mexicano.
—No, pero tendremos un auto.
Al parecer, el pelotón celestial y los guardias tenían suficientes problemas en la prisión como para preocuparse por nosotros, y con cierto alivio vimos que la pelea se quedaba detrás, sin alcanzarnos. Algunos minutos después, nada más subir una pequeña colina de barro cubierta de maleza, encontramos nuestro destino.
El inseparable colaborador de buenaventura estaba de pie junto a un vehículo y de espaldas a nosotros.
—¡Por eso me caes bien!— Dijo eufórico Buenaventura al verlo, aunque la expresión de todos cambió de inmediato… claro… no podía ser tan fácil.
—¿De verdad? Porque tú a mí no—. Fue la respuesta. Pero definitivamente no era la voz del ayudante del policía, aunque sí era una voz conocida. Zofiel asomó sus demoniacas facciones mientras se separaba del desafortunado, que cayó exánime ante él, desangrado por el cuello, asesinado. —¿Creíste que así nada más ibas a romper el trato que hiciste con nosotros? Hacer un trato con el cielo no es precisamente un hobby… es una vocación, y hay que pagar consecuencias si fallas. Dios todo lo perdona… por eso nosotros estamos aquí, para recordarles a ustedes, escoria, que los errores e infidelidades tienen consecuencias.
—¿Dios todo lo perdona?— Dijo Buenaventura saltando directo sobre el ángel. —No tengo la más remota idea de qué es lo que ustedes quieren conseguir, pero algo me queda claro: en ese cielo del que tanto hablan definitivamente no está Dios… ustedes se jactan de ser mejores y al final no son más que la misma mierda que tanto critican de los humanos, no se merecen ni nuestro respeto ni nuestra veneración, convirtieron estas tierras americanas en el basurero del mundo…— Asestó un brutal uppercut en la mandíbula del ángel que indudablemente la rompió. —…según mi muy personal forma de ver las cosas, son ustedes los que deberían ir al infierno…
Zofiel perdió la capacidad de hablar por el golpe, más no así la de pelear. Con destreza estrelló una de las pezuñas de sus pies en el estómago de Buenaventura, haciéndolo volar un par de metros hacia atrás, extrayendo de su cinturón una daga, la misma con la que había matado a nuestro salvador y escupió sangre al suelo con lo que sin lugar a dudas era un pedazo de su propia lengua, cercenada por sus propios dientes ante el golpe del cazador. Se abalanzó contra él, alcanzando con la hoja su costado, aunque sin herirlo de gravedad, y ambos forcejearon sin poder hacer ceder el uno al otro… Buenaventura era un gran guerrero, pero era humano, en algún punto iba a cansarse y todo estaría perdido para todos… era yo quien debía equilibrar la balanza.
Corrí rodeando a los contendientes hasta quedar en la línea de visión del cazador, y sin dudarlo arrojé a su mano libre el machete. Zofiel también lo vio, pero Buenaventura tomó ventaja de su distracción y presionó la cara de su contrincante, haciendo que un grito balbuceante lo obligara a cerrar los ojos y trastabillar hacia atrás en el preciso momento que el cazador atrapaba el arma por el mango. Zofiel embistió a su oponente al mismo tiempo que Buenaventura ponía la hoja del machete en la trayectoria que seguiría el ángel.
Se quedaron inmóviles el uno frente al otro, haciendo que incluso el maestro Gen, incapaz de ver a Zofiel, contuviera el aliento.
El ángel fue el primero en levantar el rostro, sus ojos estaba vidriosos y más abiertos de lo normal… Buenaventura seguía viendo al piso, pero fue él quien habló:
—Te lo juré, ¿no es así?— Dijo en voz baja y levantando sólo los ojos.
—¿Mmmhh?— Preguntó el enmudecido ser alado, incapaz de articular palabra.
—Qué te iba a chingar…
Dicho eso, hizo un rápido y fiero movimiento con el machete.
Los brazos y las alas de Zofiel se abrieron mientras volaba dando vueltas hasta que… ¡demonios…! Hasta que la mitad de su cuerpo, seccionado por la cintura cayó a unos metros, salpicando de sangre bendita estéril barro desértico, mientras que sus piernas caían a los pies de Buenaventura, sacudiéndose en violentos espasmos. La mitad de Zofiel agonizó unos segundos más, hasta que se ahogó con su propia sangre y quedó inerte con los ojos muy abiertos dirigidos al cielo infinito. Buenaventura cayó sobre sus rodillas para recuperar el aliento, sentí el impulso de asistirlo, pero algo me decía que no sería bien correspondida mi muestra de legítimo interés.
—En el asiento trasero—. Susurró el gordo, reponiéndose. —Hay ánforas con agua, tráelas.
Obedecí su indicación y le alcancé lo que calculé serían menos de cinco litros de agua. Sintiendo algo de repulsión lo vi captar la sangre angelical de la hoja del machete y disolverla en el agua, luego nos hizo beber. Decidí no pensar en el contenido, aunque para mi sorpresa, resultó que la sangre angélica dio propiedades al agua, de tal suerte que bastó un sorbo para recuperar las fuerzas y el aplomo. Minutos después lanzó algunas maldiciones al aire al notar que Zofiel había saboteado el auto y teníamos que llegar a cualquier lugar a pie antes de que los recursos se nos agotaran por completo. De la cajuela del auto tomó una pala y un pico, y por primera vez desde que lo conocí, me pidió algo de buen modo.
—Ayúdame—. Dijo con voz serena extendiéndome el pico.
—¿A qué?
Señaló un punto a unos metros de nosotros y luego el cuerpo del que sin lugar a dudas era un buen amigo suyo y que murió ayudándolo. Consentí su gesto y pasamos el siguiente par de horas cavando una rudimentaria sepultura que ocuparía en medio del desierto para la posteridad aquél hombre delgado que respondía afectuosamente al seudónimo de "chocorrol" (fue lo que Buenaventura escribió en la improvisada lápida).
Sobre el camino y la llegada.
Gracias al agua bendita (nunca mejor utilizado el eufemismo) logramos llegar algo más que vivos a Caborca un par de días después, incluso el viejo maestro parecía haber recuperado parte de la lozanía que seguramente ostentó en sus mejores años. Nos enteramos de muchas cosas en nuestras pocas horas en esa ciudad, entre lo más importante estaba la formación de los grupos de defensa itinerantes, y de los cuales uno se integraba ahí mismo y saldría esa misma tarde hacia el sur, pasando por varias ciudades, entre ella la capital, que era nuestro destino.
La dinámica era sencilla: íbamos de ciudad en ciudad, ayudando a la población, de la cual obteníamos alimentos, agua y combustible, durmiendo sentados en la parte trasera de la pick-up que nos transportó la primera parte del viaje, y luego en los incómodos asientos de un autobús escolar. Únicamente equipados con rudimentarias armas, como el machete que yo llevaba, la pala de Buenaventura y las prodigiosas manos de Gen comenzamos un viaje que tomó cerca de un par de semanas.
Entre los sitios de paso importantes estuvieron el pueblo de Benjamín Hill de donde salimos por la orilla del pacífico hacia Hermosillo, Guaymas, Ciudad Obregón, Navojoa, Los Mochis, Culiacán y Mazatlán, para seguir luego un tortuoso paso montañés de un par de días que nos llevó hasta Zacatecas al centro del país. Eventualmente teníamos el favor de cruzarnos en algún río donde nos refrescábamos y teníamos oportunidad de cuidar nuestra higiene personal, y luego reemprendíamos el viaje hacia el sur. Dejamos Aguascalientes y fue en la pequeña y pintoresca ciudad de Guanajuato donde la comitiva (que para ese momento comprendía una treintena de personas) tuvo que esperar una noche entera por la avería provocada por el excesivo uso de nuestro vehículo. Esa noche, luego de ayudar al ejército a someter a los invasores se nos dio un refugio en una de las colinas que rodeaban la ciudad y desde la cual se podía llegar a pie al centro. A unos cientos de metros se hallaba un popular monumento que los lugareños conocían como "El Pípila". Por motivos que aún desconozco Gen, Buenaventura y yo mirábamos desde el balcón de dicha estatua hacia las luces de una ciudad que festejaba su libertad del asedio de los rebeldes con música en las calles. Buenaventura lucía ansioso mientras fumaba, casi tanto como yo.
—¿También tienes urgencia por llegar a la capital?— Le pregunté. Durante los días que pasamos juntos podríamos decir que entablamos una relación complicada… no podría decir que era mi amigo, pero tampoco nos odiábamos tanto como al principio.
—Sí… debo volver con mis niñas.
—¿Qué fue lo que te hizo cambiar de bando?
—Yo nunca estuve en ningún bando. Miguel me prometió que dejaría a salvo el lugar donde vivo con mi familia, por eso fingía que lo ayudaba, manteniéndolos con ello a salvo, pero no cumplió su parte del trato. Le dije que iría a buscarte y te mataría para que él no te sacara ninguna información sobre tu esposa, que es quien parece interesarle. Él, muy tranquilamente me dijo que me ahorraría la molestia y me mandó al agujero de donde salimos, pero no contaba con que yo tenía un plan de respaldo—. No continuó con su historia y yo no lo forcé. —Por cierto, esto es tuyo—. Sacó de su ropa mi cuchillo en su funda magnética, sin usar.
—Puedo arreglármelas con el machete, te será más útil a ti mientras llegamos a la capital.
—Bien… dormiré un rato.
Sin más, nos dejó.
Por la madrugada volvimos a los caminos, pasando Celaya y Acámbaro. Para entonces estaríamos en el día cuarenta después de que fuera capturado, y entonces fui enterado de que nuestro próximo destino sería Zitácuaro… a menos de cien kilómetros de nuestro destino.
Mi corazón casi salta de mi pecho una hora después de dejar Metepec, cuando leí el primer anuncio que rezaba "Bienvenidos a la Ciudad De México", y que era el indicativo de que casi lo habíamos logrado. En los barrios al sur de la ciudad fuimos recibidos por el ejército, el cual nos comisionó según el destino que estuviéramos buscando, pues las incursiones eran peligrosas. Gen, siguiéndome en un afán de hallar a su antiguo alumno decidió ir conmigo a Coyoacán, mientras que Buenaventura dijo tener urgencia por atravesar hasta el noreste de la ciudad, a Nezahualcóyotl, aunque acordamos que los tres iríamos al primero de los dos lugares al que tuviéramos oportunidad de ir. Nunca olvidaré lo que pasó ese atardecer del doce de diciembre…
—Necesitamos una unidad— Gritaba el radio de onda corta de uno de los mandos.
—Tenemos disponible una tanqueta blindada y el apoyo de un grupo itinerante—. Respondió él.
—Mándenla con urgencia al sector tres, domicilio de oficial de Interpol, es prioritario.
Debía haber pocos agentes de interpol en activo en el país para ese momento, y antes de darme cuenta, estábamos montados en uno de los jeeps del ejército cruzando las calles de la ahora devastada y asediada ciudad, y el viaje fue lento y precavido a pesar de que estábamos muy cerca del lugar… unos minutos después pude reconocer el barrio de Robles, cosa que hizo que mi corazón latiera más de prisa… estaba muy cerca ya… ¡Sólo un poco más!
Aparecimos en la calle que reconocí de inmediato como aquella en la que el mentor de Haruhi vivía, y de sólo llegar vi la escena más espeluznante que había visto hasta ese día: una mujer loca estaba de pie frente a un carro de demolición que se abalanzaba sobre ella, y por supuesto, sólo conocía a una mujer lo suficientemente demente para hacer algo así: Haruhi…
—¡Haruhi! ¡Hazte a un lado!— Grité con fuerza, pero en lugar de hacerme caso comenzó a dispararle a monstruo de metal… loca insensata…
La tanqueta blindada que lideraba nuestra comitiva se estrelló con el costado del vehículo de demolición, haciéndolo salir del camino. Nuestro jeep se detuvo y saltamos a la batalla debajo de silbantes bengalas que corregían por momentos la falta de luz eléctrica… peleé sin prestar atención, pues lo único que en realidad deseaba hacer era llegar hasta ella, hasta mi esposa, la madre de mi hija y quien terminó con mi vida ordinaria para hacerme sentir el hombre más especial del mundo a pesar de mi normalidad… demonios, aún entre los disparos y las peleas brilla como una estrella en la oscuridad, es bellísima y había olvidado lo buena que se ve de perfil…
Un imbécil a unos metros detrás de ella, aprovechando su descuido intentó dispararle por la espalda… ah, no, eso sí que no, no he luchado y viajado tanto para que un tarado sin importancia me la arrebate… corrí tanto como mis piernas me lo permitieron y salté unas décimas de segundo antes de que el disparo se hiciera… quizás no fue el tipo de abrazo con el que quería recordar ese momento, pero ¿qué en nuestra vida desde que nos conocimos lo había sido? Llegué, la encontré… no volveré a separarme de ella.
Intermission: Sobre Kyon.
Fin.
Vaya… ha sido una pequeña odisea… espero les haya gustado este breviario sobre las correrías de Kyon, y es tiempo de hacer un par de disclaimers más:
Gen es un personaje de la franquicia de videojuegos Street Fighter, y propiedad de Capcom Co., Ltd.
Miguel Buenaventura es un personaje original mío, aunque está inspirado en el personaje "Mike Goodness" creado por el caricaturista mexicano Rafael Barajas "El Fisgón".
Y como siempre, mi única retribución será un comentario acerca de la historia. ¡Nos vemos en la próxima actualización!
