Un saludo. Espero que hayan tenido un buen San Valentín. Lamento que este capítulo haya tardado tanto, pero hubo muchas cosas que hacer en estos días, así que sin más, los dejo con esta parte del relato, que se acerca al clímax.

¡Espero sus comentarios y hasta la próxima actualización!


Capítulo 11.

Haruhi parece otra, no físicamente, pues sigue siendo hermosa, es su actitud; y miren que lo dice el mismo que se vio en un espejo unas horas atrás y no pudo reconocerse. Koizumi y Robles me ayudaron a levantarme aunque no era necesario, veo lágrimas sinceras caer de los ojos de Asahina y la sonrisa siempre discreta de Nagato mientras me conducen dentro de la casa. Mientras nosotros entramos, cerca de medio centenar de niños sale por el patio de estacionamiento, seguramente del resguardo que el lugar podía ofrecerles. Caminan tomados de la mano de sus madres y padres, los mismos que momentos atrás peleaban al tú por tú con narcos y matones, otros tantos esperan pacientemente mientras juegan entre ellos, saltan y ríen, completamente ajenos a toda la barbarie que se desarrollo minutos atrás a sólo unos metros de ellos. Justo entre esos pequeños la veo.

Sonará curioso, pero al igual que me sucedió con Haruhi, me tomó unos segundos reconocerla, apostaría mi cabellera (que justo ahora no me molestaría cortar) a que ha crecido al menos cinco centímetros y su cabello está más largo, la veo corretear con los otros niños con las mejillas encendidas por la agitación y dando fuertes risotadas hasta que finalmente repara en la brigada, aún a una distancia prudente de ella.

No lo dudó ni por un instante y corrió hacia mí, sabía que no se equivocaba porque seguramente ella pudo verme por debajo de la suciedad que me cubría, el sufrimiento que me aplastaba y la ausencia que tenía atravesada, ella me veía con los ojos mismos de Dios, pero de uno real y sublime, uno que no está en medio de toda esta guerra supuestamente santa, ajena a la burocracia eclesiástica y a los rituales estúpidos, ese abrazo que recibí apenas me agaché frente a ella fue una auténtica manifestación divina que hizo que cada penuria pasada mereciera la pena. Tanta emoción simplemente no me cabía en el cuerpo, pude haber gritado o llorado, pero no habría sido suficiente para expresar la mitad de lo que estaba sintiendo, que en términos sencillos podría ser descrito llanamente como "estar feliz".

Ryoko comenzó a gimotear lenta y silenciosamente, tardó tal vez un par de minutos en dejar de apretar con fuerza mi camiseta para separar su rostro de mi cuello y mirarme, dando el visto bueno a mi llegada, evaluando que fuera el verdadero yo. Me escruta, en silencio, seria.

—Hueles mal, debes darte un baño de inmediato—. Ataca imitando la actitud autoritaria de su madre y restando importancia a la conmovedora muestra de afecto que recién recibí de ella, pero no es tan diestra como Haruhi, así que su sonrisa resbala involuntariamente.

De su bolsillo tomo aquel objeto que era ya como otro apéndice del cuerpo para mí y sin el cual me sentía un tanto incompleto. Lo colocó orgullosa en mi mano, como tratando de hacer patente su dedicación y el buen trabajo que hizo cuidándolo durante mi ausencia.

—Te extrañé mucho, Ryoko-Chin—. Le confieso mientras vuelvo a poner la alianza en mi anular izquierdo.

—Y yo a ti… pero no tanto como mamá. Lloraba todas las noches creyendo que yo no lo sabía, pero no se lo decía a nadie, ni a mí ni a Gervasio-Ojisan.

Me volví tratando de agradecer a Haruhi su paciencia y esperanza, pero lo que hallé fue la expresión divertida de todos los miembros (oficiales y extraoficiales) de la brigada, y Koizumi señalaba el interior de la casa. Tomé a Ryoko de la mano y entramos.

Haruhi, Esperanza y Robles se dedicaban a la cocina para ese momento. Hubiera aceptado cualquier cosa, porque francamente moría de hambre… pero me casé con un ser para quien ese tipo de comportamiento es inaceptable.

—¡Esperaste más de un mes para tener una comida decente, puedes esperar quince minutos más!— Me reprende señalándome con el cucharón al sorprenderme tratando de hurtar algo de la nevera. Se vuelve a mis acompañantes y completa: —¿Alguien tiene algún problema?

—Por mí está bien—. Dice el viejo.

—Me da igual—. Dice plano Buenaventura.

Y con ese panorama atestiguamos la salida de la mayor parte de los forzosos visitantes de la casa. Una vez más tenía esa sensación de estar viviendo la vida de otra persona, quizás aún no terminaba de entender que había logrado regresar con las dos mujeres que más amo, y me sentía un tanto disociado mientras escuchaba las reales, aunque exageradas anécdotas de mi hija y sus juegos en mi ausencia. Una de las cosas que sí tenía por verdad era que mi vida no sería igual desde ese momento. Había pasado por muchas cosas antes, pero esta prueba que me llevó a las fauces del demonio mismo me había enseñado sobre la vulnerabilidad y la fuerza, sobre cómo el ser más insignificante y ordinario del mundo (yo) podía hacer cualquier cosa siempre que tuviera un propósito, que el mundo es pequeño y está lleno de misterios. La última enseñanza que me faltaba esa noche vendría de ese hombre gigantesco en quien nunca pensé podría confiar, y terminó siendo el eje en el cual se apoyó mi regreso.

—¿Quieres escuchar algo interesante, niña?— Pregunta Buenaventura de pronto, retirándose las gafas (que aún no me explico cómo conservó durante todo nuestro viaje). Ryoko asintió una vez que traduje para ella. —¿Sabes lo que es una fábula?

—Relato corto y que siempre lleva una enseñanza—. Respondió ella presta. Como habrán notado, yo hacía de intérprete, pues el español de Ryoko era muy parco aún.

—Entonces presta atención—. Con curiosidad, todos dejaron de hablar para escuchar al hasta hace unas horas considerado traidor: —Hubo una vez, en una granja, un pollo, uno muy pequeño y muy curioso que contantemente se separaba de su madre para explorar. Un buen día, en una de sus expediciones, se encontró de frente con un zorro, y tú sabes qué pasa cuando estos animales se encuentran, ¿verdad?

—Los zorros comen pollos.

—Exacto, claro, si los atrapan primero. Así comenzó la cacería a lo largo y ancho de la granja mientras que el pollo trataba desesperadamente de escapar del zorro hambriento, hasta que por cosas del destino, al atravesar los pastizales de las vacas, en un descuido el pollo se estrelló en una pequeña montaña de estiércol, quedando sepultado en ella—. Ryoko hizo un gesto de asco, aunque parecía divertida mientras escuchaba tan bizarra historia, que yo mismo no veía a donde iría a parar. —Y cuando eso paso, el zorro no pudo seguir la pista del pollo, y enfurecido comenzó a merodear tratando de encontrar a su presa, ignorando que estaba sepultado en el estiércol a sólo unos metros de él. Sin embargo, el pollo se quedaba sin aire, y cuando no pudo aguantarlo más, asomó su cabeza… ¿sabes qué sonido hacen los pollos cuando son pequeños?

—"Pío"—. Hizo Ryoko en una onomatopeya.

—Exactamente. El pollo hizo ese sonido, el zorro lo descubrió, lo sacó del estiércol, y luego de limpiarlo cuidadosamente, se lo comió.

—Pobre pollo.

—Esta historia tiene tres moralejas—. Dijo a Ryoko, pero volviéndose momentáneamente hacia mí: —la primera: No todo el que te echa estiércol encima es tu enemigo. Segunda: No todo el que te saca del estiércol es tu amigo. Tercera: Cuando estés enterrado en el estiércol, no digas ni "pío".

Supongo que resultó jocoso para la mayoría, pero yo no pude reír. Esas palabras eran la historia de mi pequeña odisea, y aunque era útil, tenía mi corazón en un hilo. ¿Por qué? Simple: antes de irme tenía claro quién era el enemigo. Ahora no sé quién lo es.

Fui y regresé del baño unos minutos después, había lavado mis manos y mi cara, y una cena improvisada, pero aún así abundante y deliciosa nos esperaba ya. Fue una cena muy animada, comí tanto como pude sin parecer desesperado, cosa que lograba muy bien Gen y en lo que Buenaventura fracasaba rotundamente. Haruhi me miraba desde el asiento frente a mí, apenas probando bocado y recargando su rostro sobre sus manos, había recogido su cabello y comenzaba a ponerme ansioso el modo en que me veía, imagino que igual que el resto tendría montones y montones de preguntas que hacerme, y ella las haría todas en privado.

Terminados los alimentos y luego de que todos me hicieran saber lo felices que estaban por verme de vuelta, se decidió que lo mejor sería dormir y contar nuestra historia la mañana siguiente, pregunté con la mirada a Buenaventura (que al igual que yo tenía urgencia por volver a casa) y consintió que así fuera.


Luego de acostar a nuestra hija Haruhi me arrastró hasta el cuarto de baño de nuestra habitación acompañada de tijeras y una navaja. Fue paciente y amorosa durante el proceso de deshacerse de todo lo que me sobraba, cortó mi cabello y lo dejó tal y como estaba antes de mi desaparición, hizo algo semejante con la mayor parte de mi vello corporal y unos minutos después se sentó detrás de mí y con precisión quirúrgica cortaba mi barba con la navaja. Sonreí para mi mismo al redescubrir mi rostro, aunque un tanto más escuálido de lo normal, y comprobando que en efecto era yo, pues soy el único ser sobre el planeta que consentiría tener a Haruhi con un punzocortante cerca de mi cara. El jabón de fragancia y el agua caliente era algo que comenzaba a olvidar, casi tanto como la sensación del cuerpo de mi esposa cuando nos rozábamos accidentalmente.

Siendo una noche de diciembre el clima seguía siendo bastante frío, así que la cama lucía como el paraíso apenas salimos del cuarto de baño envueltos en una gran nube de vapor. Mi último encuentro sexual tenía más de cuarenta días de haber sucedido, sin embargo, en ese preciso momento no tenía ánimos… no era que no lo deseara, sino que sentía que era más importante volver a sentirme parte de mi familia y mi vida primero. Con ese pensamiento me aferré a la suave piel de mi esposa tratando de ser uno con ella (sin ser eso una metáfora del sexo), y un momento después noté que ella lo hacía también, tanto así que por un momento pensé que moriría asfixiado por la fuerza con que nos abrazamos por debajo de las sábanas.

Dormí profundamente por algunas horas, sin pesadillas esta vez, y un poco después, durante la madrugada, volví a abrir los ojos. Mi cabeza descansaba sobre los muslos de Haruhi, despierta antes que yo como siempre, y observándome con detenimiento y en absoluta seriedad.

—Hola—. Le digo somnoliento. —¿No tienes frío?

—Para nada—. Me dice mientras acaricia mi cabello, tal vez mienta, lo digo porque sus senos muestran los efectos del frío del que hablo. —Te eché mucho de menos.

Me abracé a su cintura sin levantarme y hundí mi rostro en su bajo abdomen. Yo también la había extrañado a rabiar, y aunque ya estaba ahí, con ella, mi corazón estaba detenido. Mi amor por mi familia no había reducido en absoluto, pero aún no terminaba de entender el por qué de todo lo que había pasado en ese viaje.

—Déjalo salir—. Me ordena sin dejar de masajear mi cabeza, seguramente más consiente que yo mismo de mi condición.

—Ya todo terminó.

—Pero aún no lo crees. Quiero de vuelta a mi esposo, aquél que siempre se quejaba de todo y que aún así cumplía todos mis caprichos, que era sensible y amable y que está oculto debajo de todo el dolor que estás cargando. Llora, desahógate, o grita, golpea un muro, haz lo que debas hacer. Nadie lo sabrá.

¿Quién era esa mujer? Era comprensiva y serena, pero más que eso… era sabia… sí, Haruhi, necesito sacar todo ese resentimiento contra la vida y este lugar, quiero gritar y maldecir a todos los que estuvieron envueltos en mi encierro, manteniéndome lejos de ti y de mi hija tanto tiempo… como podría expresarlo… quizás sería cosa de hacer la pregunta correcta…

—¿Por qué a mí?

Me miró condescendiente al escucharme y tomó mi rostro entre sus manos, dirigió mis ojos a los suyos para decirme:

—Esa fue la misma pregunta que yo me hice cuando te atraparon, estaba tan enojada contigo por permitir que te llevaran, con lo artero de los maleantes y la pasividad de las autoridades que perdí el control: le grité a todo mundo, casi le disparo al Protector y Gervasio tuvo que limpiar el suelo conmigo. Luego me di cuenta de que esa ira sólo estaba envenenándome y alejándome de Ryoko y consumiendo tu recuerdo, y que de seguir así no volvería a ser yo misma… no hubiera estado aquí para recibirte y Ryoko nos habría perdido a ambos. Sin embargo, fui paciente y dejé que mi intuición me guiara, al final regresaste, pero fui capaz de aprender algunas cosas en tu ausencia, como a no ser tan dependiente de ti y a valorar cuanto te amo y lo mucho que me importas… y me di cuenta de que debía replantear mi pregunta: no era "¿Por qué a mí?", sino "¿Para qué a mí?"—. Dejó de hablar y sonrió discreta sin retirar sus ojos de los míos. —Por otro lado… yo quisiera disculparme por todo lo que te he hecho antes—. Hace una pausa y sus ojos se enrojecen, pero suprime las ganas de llorar. Luego retoma el comentario llamándome por mi nombre: —Sé que a veces mi humor y mi actitud son muy malas, en este tiempo que estuve sola con Ryoko hubo muchas veces en que me preguntaba cómo es que todo mundo me soportaba… pensaba que era graciosa, pero me doy cuenta que puedo ser… algo cáustica… lo… lo lamento tanto, y espero que me perdones y…

La detuve poniendo mi índice cruzando sus labios.

—No te disculpes por eso. Nadie debería disculparse por ser quien es. Admito que algunas veces… muchas veces, de hecho, puedes ser una pesadilla, pero esa eres tú. Hace muchos años me preguntaba qué era lo que me hacía amarte, pensaba en muchas cosas, desde tu belleza hasta tu altísimo aunque torcido sentido de responsabilidad… pero no era eso, y mucho menos era por tu carácter. Te amo completa, tal como eres, y no cambiaría ninguna de las facetas de tu personalidad, porque entonces dejarías de ser tú. Y aunque a veces pueda sentirme ofuscado por el peso de tu personalidad, al ponerlo todo en una balanza, son más las cosas que me hacen apreciarte y admirarte que las que me molestan de ti, y estoy seguro de que nuestra Ryoko siente lo mismo, al igual que toda la brigada. Además, yo tengo la enorme bendición de conocer a la otra Haruhi, a una aún más real y cercana, a la que puede expresar sin vergüenza o remordimientos lo que siente de verdad. Si no puedes ser auténtica conmigo y ahora, ¿con quién y cuándo?— La tomo por la cintura atrayéndola a mí, haciendo que su abdomen se junte al mío, sentándola sobre mis piernas. —No era el hambre o la falta de sueño, ni siquiera la tortura. Era tu ausencia y la de Ryoko lo que pensé que en algún momento iba a matarme. No puedes imaginar cuanto te extrañé.

Deshizo el abrazo por un momento y me miró con los ojos aún algo derramados, aunque brillantes y pícaros, definitivamente con un mejor semblante.

—Bueno, puedo notar que me extrañaste—. Me dice mientras mira hacia abajo.

Giré mi cabeza hacia otro lado un poco avergonzado… supongo que podrán entender mi inquietud. Estaba en una cama con mi esposa, a la que no había visto en más de un mes, y estábamos desnudos, y ese último abrazo acercó demasiado algunos puntos estratégicos de nuestra anatomía, así que el efecto no podía ser diferente.

—Lo lamento, pero tú tienes la culpa…— trato de argumentar.

—No le digas a nadie, pero yo… bueno… también extrañé tus besos y tus caricias… tú sabes que soy algo…

—¿Caliente?

—¡No lo digas así, tarado!

—Pero no podemos hacer nada por ahora, sigues en entrenamiento, ¿no?

—¡Al demonio el entrenamiento…! Te necesito…

Y así comenzamos con aquello que también estaba por dejarme sin calidad humana. Sin mayores preámbulos comenzamos a besarnos con tanta desesperación que nos quedamos sin aliento varias veces, y apenas tuve oportunidad, la tumbé y tomé una de las almohadas para ponerla en su espalda baja. Comencé a acariciarla, toda ella, cada punto sensible que iba recordando poco a poco mientras ríe con nerviosismo, se sonroja, se avergüenza, luce encantadora. Con frenesí hundí mi rostro entre sus piernas unos minutos después, besando sus muslos y su vulva… había olvidado su sabor y el aroma de su piel, capaz de sacarme de mis cabales como ninguna otra cosa en el mundo lo hace. No tuve reparos, bese, lamí, incluso mordí cada milímetro de su zona íntima, la escucho suspirar y gemir a lo lejos, como en un sueño mientras susurra mi nombre y me dice con voz entrecortada lo mucho que deseaba volver a sentir mis labios sobre los suyos (todos ellos), revuelve mi cabello en tanto que yo acaricio sus pantorrillas, sus muslos y sus glúteos, haciendo que mi lengua llegue tan dentro de ella como nunca lo había hecho antes, casi ahogándome en ese maravilloso manantial. No tuve que hacerlo por mucho tiempo para que ella se aferrara a las sábanas por primera vez, dando un grito ahogado sin ningún recato.

—T-terminé…— Dijo dificultosamente levantando la cabeza y mirándome con los ojos entrecerrados, e intentó moverse. No se lo permití.

—¿Terminar?— Le pregunto introduciendo suavemente mi índice y corazón derechos en su intimidad y moviéndolos con dulzura, logrando que se muerda el labio inferior, acto seguido los extraigo y los llevo a mi boca, saboreando su divino elixir. —No hemos siquiera comenzado.

—Loco… te ves tan sexy cuando haces esas cosas pervertidas…

Y así lo hice. La atacaba por ambos frentes, con mis manos maniobrando desde dentro y mi boca desde afuera, creo que estaba haciendo un buen trabajo, pues algunos minutos después finas gotas de sudor caían de su frente y las plantas de sus pies se encorvaban, ya no gemía ni suspiraba, gritaba con ambas manos sobre la boca para evitar que nos escucharan en todo el vecindario.

Tuvo un segundo y un tercer clímax en los minutos subsecuentes, luego de lo cual me recosté a su lado mientras ella sonreía con los ojos cerrados, tumbada sobre la cama, y respirando profundamente, por un momento pensé que acabaría por quedarse dormida. Sin embargo, no fue así, repentinamente se levantó de un salto y me tomó de la mano, llevándome a la orilla de la cama e indicándome sin palabras que me sentara en el borde de la misma mientras ella se ponía de pie frente a mí. Y sería muy ilusorio de mi parte no asumir qué es lo que iba a pasar a continuación. La vi hincarse, recuperar de su muñeca una pequeña liga y anudar su cabello con ella. Para estas alturas de mi vida debe estar más que claro que tengo una fuerte fijación en ese tipo de arreglo, conocedora de ese hecho, Haruhi utiliza el recurso lo menos posible, logrando que cada vez que lo hace sea refrescante y novedosa. Esta es, por tanto, una ocasión especial, y apenas su cabello anudado me permite ver a mayor detalle la perfección de sus hombros y su cuello, me mira desde su posición tomando entre sus manos el objeto de su deseo y comenzando a manipularlo lentamente. Con la misma delicadeza que yo comienza a besar mis muslos y mi bajo abdomen, provocándome escalofríos. Su lengua comenzó a jugar con mi masculinidad con dulzura, ella mantenía los ojos cerrados y la expresión en su rostro me decía que estaba disfrutándolo casi tanto como yo mientras percibo la alucinante sensación de su aliento en la zona en cuestión. Apenas la parte más elevada estuvo dentro de su boca no pude evitar el impulso de tomar su cabeza y empujarla hacia mí, claro, no tan fuerte como para ahogarla involuntariamente, y ella no se resistió, sólo hacía leves sonidos guturales mientras dejaba que mis manos definieran el ritmo y profundidad del juego. Después de tantos años de hacerlo sólo con ella sé qué y cómo le gusta, pero esa madrugada parecía estar más alegre y voluntariosa que otras, tanto así que literalmente saboreaba cada succión como si fuera a morir a la siguiente, apenas dándose tiempo de respirar, haciendo que más que la sensación física, su actitud estuviera haciéndome enloquecer.

Después de llevar mi resistencia muy cerca del punto sin retorno, se detuvo, levantando momentáneamente el cuerpo para alcanzar mi rostro y besarme en la boca, un beso muy húmedo y sensual, por cierto, en el que nos quedamos unidos por un par de minutos. Nos separamos y nos miramos, estaba de nuevo enamorado de ella, y excitado como un jovencito en su primera noche, sintiéndome como Marco Antonio, indefenso a los pies de Cleopatra.

—¿Ahora qué sigue?— Pregunté en los pocos segundos de tregua que nos dimos.

—Sólo relájate—. Dice enigmática indicándome que no me moviera.

Con delicadeza volvió a hincarse, haciéndome pensar por un momento que volvería a las caricias orales, pero no fue así… al menos no del todo. En lo personal soy un gran aficionado a la figura femenina en tanto esta guarde equilibrio de formas, y teniendo a Haruhi como modelo, es natural que me haya vuelto un esteta. De entre todas las cosas que me parecen únicas de la anatomía de mi esposa, sin lugar a dudas están sus senos: no son muy grandes, sin embargo, tampoco son pequeños, son firmes y muy armónicos con el resto de su silueta… y justo en ese momento estaba haciendo patente una vez más la suavidad de los mismos.

Con sus manos tomó sus pechos, acercándose a mí, y segundos después aprisionó mi virilidad entre ellos, mientras hacía un suave vaivén. Me mira y sonríe luminosamente, supongo que es porque debo tener cara muy divertida mientras la región más sensible de mi cuerpo se enfrenta a esa suavidad y temperatura perfectas.

Comienza a moverse más de prisa, y yo no puedo mantenerme en silencio. Simplemente era demasiado, no sólo la sensación estaba fuera de este mundo, también la erótica imagen que tenía enfrente, veo que me dice cosas, pero no puedo escucharla, dándose cuenta de eso, deja de hablarme y comienza a pasar su lengua por la punta de mi miembro sin dejar de moverse, sin dejar de presionar. Exclamo entonces porque veo el final llegar, soy yo quien se mueve mientras que mis manos presionan sus senos, ella me tiene por las caderas, y me motiva a moverme más de prisa, luce tan extasiada como yo… y finalmente ocurre…

Una primera y potente descarga mancha su rostro, su barbilla y su cuello mientras hace una expresión de admiración, y con algo parecido al sadismo en los ojos arremete más de prisa en lugar de detenerse, se estremece casi al mismo compás que mi virilidad mientras mi simiente se esparce entre y por encima de sus pechos… fue un orgasmo bastante largo, muy abundante, que termina por hacerme flaquear y caer de espaldas sobre la cama casi inconsciente… levanto la cara y la veo…

—Esto es un auténtico desastre—. Susurra risueña viendo el resultado de su atrevido juego. —debo tomar una pequeña ducha… ¿vienes?

—En un minuto, debo volver a juntar fuerzas para caminar.


Levantarme de la cama al día siguiente fue como descender de una nube. Haruhi, despierta ya, debidamente cambiada me ordena que me vista y me prepare para el día que nos viene encima.

Bajé junto con mi esposa al amplio comedor, en donde desde varias horas atrás se mantenía una fuerte actividad. Esta vez éramos tres personas más que de costumbre y ya llevaban algún tiempo ocupando un lugar en la mesa Gen y Buenaventura. Demonios, el sujeto no se quita esas horribles gafas oscuras ni siquiera para comer, me pregunto si habrá dormido con ellas ahora que tuvo oportunidad de usar una cama.

Saludé con un gesto a una concurrencia más bien ecuánime y cautelosa que rehuía con timidez mi mirada, como si esperaran a que en cualquier momento comenzara a reprocharles que me hubieran dejado.

—No tienen de qué preocuparse, no me violaron—. Dije con sorna, tratando de romper la tensión.

—Es un alivio escuchar eso—. Dijo por fin el ésper, revelando su gesto para toda ocasión.

Gracias a eso pudimos comenzar a comunicarnos durante los pocos minutos que precedieron al desayuno, del cual no tomé siquiera una ración entera, supongo que es principalmente porque mi estomago aún está comprimido.

—¿Eso es todo lo que vas a comer?— Pregunta con la boca llena de comida mi esposa al verme alejar el plato de mí.

—No tengo más hambre—. Lo digo en serio. No queda convencida.

—Quizás es por la depresión…

—No es eso—. Sale la alíen en mi defensa. —Dada la baja cantidad de alimentos que ingirió en las últimas semanas tiene un cuadro leve de desnutrición y algo de escorbuto, producto de la pérdida masiva de peso, es normal que su ingesta regular no sea la misma, pero no es nada de qué preocuparse, en unos días más recuperará el apetito.

Terminadas las viandas, todos los ocupantes de la mesa continuaron en su lugar, excepto por Ryoko, que apenas vio la oportunidad de escapar al jardín, la tomó, dejando a los adultos con una sobremesa que seguramente resultaría más que interesante para nuestros anfitriones.

Por algún motivo que desconozco se me antojó más bien solemne el momento, y todos esperamos en silencio a que cualquiera se animara a lanzar la primera pregunta. Haruhi tomaba mi mano como queriendo protegerme de mis propios recuerdos, como dejando constancia de que no iba a dejarme enfrentarlos solo. Agradecí su gesto con una mirada y fue El Protector quien inició la charla.

—¿Cómo lograron escapar?

—Ayuda interna—. Dijo Buenaventura dando inicio a nuestro relato.

Pasamos él y yo la siguiente hora contando cómo perpetramos nuestro atrevido escape, sobre la zona de concentración en el desierto y los decesos de los que tuvimos noticia. Quizás habituados a los desencantos y miserias, contamos con crudeza algunos eventos, como la muerte de Zofiel (que levantó las cejas de Leonel y El Protector), nuestro paso por el país y la desaparición del laboratorio.

—Entonces, si hubiéramos ido a buscarlos…— Comenzó a decir Haruhi.

—No nos habrían hallado. Según lo que sé, toda la nave iba a ser borrada del mapa, ustedes habrían llegado hoy por la madrugada y sólo hubieran encontrado los cimientos y una gran pira con los restos de los que no alcanzaron a escapar—. Explicó el ex policía.

—No es que no esté agradecida porque haya sido así, pero… no me parece consistente con su modus operandi el haberte dejado vivo por tanto tiempo…

—En realidad, el iba a ser únicamente un anzuelo tendido por Miguel—. Reveló Buenaventura, eso era nuevo incluso para mí.

—¿Un anzuelo para quién?

—Para ti, por supuesto, pero no caíste, y cuando se cansó de esperar a que aparecieras, no le molestó dejar al chino a que muriera junto con el resto de los cazadores en el desierto. Sin embargo, su interés en ti creció considerablemente en los últimos días.

—Deja de llamarme chino, ¡No soy chino!— Le digo con cansancio e irritación.

—¿Entonces por qué a tu abuelo no le molesta que le diga chino?— Refuta él.

—¡Porque el maestro Gen si es chino! ¡Y no es mi abuelo!

—Si ese ángel pretende que de alguna forma yo me una a él, está perdiendo su tiempo, además, mis… habilidades no están funcionando aquí—. Retoma Haruhi.

—Sigues pensando que eres la única divinidad por aquí, niña, y no es así. No necesita pedirte que te unas a él, solo necesita encontrarte para comerte.

Por un momento pensé que hablaba en ese lenguaje taimado del doble sentido que suelen usar en esta parte del mundo, pero no vi un ápice de sonrisa o burla en sus porcinas facciones.

—¿Y eso es una metáfora de…?— Pregunté cautelosamente.

—De comer, ingerir, devorar…

Silencio, ese silencio que deja detrás quien cuenta un mal chiste. Leonel fue quien tuvo que intervenir para aclarar las cosas:

—¿Ustedes no han tenido la oportunidad de ver a Miguel aún, verdad?

Pensé en retrospectiva, en los pocos ángeles que había conocido hasta ese día: el cauteloso Protector, el belicoso Nanael, el diabólico Zofiel, los inocentes ángeles guardianes y los disciplinados pelotones celestiales. Todos, con sus diferencias entre sí, podrían caber en una misma categoría bien definida, y luego pensé en todas las representaciones religiosas del Arcángel Miguel que había visto… siguiendo ese patrón, lo lógico es que no fuera tan diferente a ellos, o al menos eso era lo que yo pensaba.

—No es como ningún ángel que hayan visto antes—. Intervino El Protector. —Desde que llegó a América hace quinientos años se ha dedicado a buscar a todo aquel ente que tuviera propiedades divinas en estas tierras y en todo rincón del planeta donde el culto cristiano hubiera llegado, ha peleado con ellos en el nombre de su padre y a todo aquél que logra derrotar lo devora, en consecuencia, él obtiene las dotes y los dones de ese ser, su apariencia también se modifica a cada nueva adquisición, haciéndolo cada vez más diferente a los otros, haciéndolo más poderoso y terrorífico. Buenaventura no estaba metaforizando nada diciendo que quiere comerte, en realidad debe comerte para obtener tu poder.

—¿Entonces quiere matarme?— Pregunta mi esposa casual.

—Debes dejar de pensar en términos mortales, Haruhi, para los seres que estás enfrentando el concepto de muerte no tiene cabida. En el supuesto de ser capturada por Miguel, no morirías, más bien vivirías en él.

—Eso es aún peor que pensar en la muerte—. Dije yo sintiéndome repentinamente aterrado por la idea.

Como casi todo los que nos había pasado en este viaje, el escenario era muy difícil de creer. Ya bastante malo era tener que enfrentar a maleantes comunes como para tener que lidiar con fuerzas celestiales, y el gesto de desazón se asomaba en el rostro de todos los presentes. Detesto admitirlo, pero por primera vez estaba considerando dejarlo todo, sugerir que la brigada hiciera una salida estratégica, escapar, huir como cobardes… no era tan malo después de todo, viviríamos para pelear otro día, podríamos esperar a Miguel y sus ejércitos en casa, mejor preparados… quien les diga que ver el abismo como yo lo hice hace unos días los hará más valientes es el peor de los mentirosos, no sientan que sólo hablo por lo que yo pasé, pues aunque en efecto no quisiera vivirlo la tortura y el encierro de nuevo, no es algo que me gustaría que ningún miembro de la brigada, mucho menos Haruhi o Ryoko experimentaran. Cuando fui entrenado en el arte de la espada se me enseñaron los más básicos preceptos de conducta, entereza y servicio del Bushido, a nunca abandonar una causa, aún cuando ésta esté perdida, y menos aún si había vidas inocentes de por medio. Sin embargo, El Camino fue pensado en samuráis sin ataduras terrenas o lazos afectivos; yo de ninguna manera soy un samurái moderno, soy sólo un hombre, padre de familia, por cierto, que sin dudarlo antepondrá el bienestar de la gente que ama antes que un ideal. Haruhi aún sostiene mi mano y nos miramos absortos en el silencio en que la estancia cayó, yo sé interpretar sus gestos y de forma rudimentaria me hago una idea de qué es lo que está pensando. Ella va un paso adelante, siempre me he preguntado si es que ella puede leer mi mente, pero estoy convencido de que ahora mismo sabe, con una exactitud que incluye comas y puntos, estos vergonzosos pensamientos de deserción, renuncia, cobardía y deshonra. Es un verdadero alivio que ella sea mi compañera de vida… porque es la única que puede corregir mi debilidad de carácter.

—Tal vez lo más prudente sería qué todos abandonáramos el país, y me refiero a todos—. Intenté.

—Yo también creo que deberían irse, ahora que tienen la posibilidad y que han recuperado a Kyon, pero esa invitación no sería aplicables a nosotros—. Responde Gervasio. —Este es mi hogar, y aún si las puertas del infierno eructan debajo de nuestros pies, yo debo quedarme, aquí nací y crecí, están las personas que amé y que me importan, además de toda la buena gente que junto conmigo a luchado por defender sus hogares.

—Eso sería suicidio…— Dijo casi suplicante Asahina.

—Tal vez… pero aún así me quedaré, no tengo miedo y haré lo que sea necesario.

—Y nosotros también nos quedaremos—. Secundó Haruhi decidida. —Ese ángel genocida y demente no va a poder conmigo, y antes de que intente aunque sea darme un bocado pequeño meteré una bala por mi sien.

—Ese pensamiento es espantoso, no vuelvas a mencionarlo—. Dije horrorizado.

—Y hablando de eventos relevantes…— Continuó ella, ignorando mi incomodidad antes sus palabras. —¿Tienen una idea acerca de su próximo movimiento?

—Algo así—. Comenzó Buenaventura poniéndose de pie y tratando de sonar casual mientras hablaba. —Todo terminará dentro de sólo unos días, si no logramos matarlo antes de esa fecha, él habrá ganado y la civilización como la conocemos terminará.

Creo que ya estoy atando cabos, aunque suena como una gran estupidez… sí, es cierto, dentro de apenas unos días será veintiuno de diciembre, y este es un año trascendente para algunos calendarios prehispánicos, pero la discusión sobre si el mundo terminará este año ha sido ya superada.

—¿Habla acaso de la leyenda maya de que el mundo terminará este veintiuno de diciembre?— Lanzó Koizumi, siempre al tanto de las trivialidades.

—No, muchacho. Hablo de algo mucho más real y tangible. El cómputo de una era completa termina en unos días, no estoy hablando de que el mundo se acabará… eso es tonto, incluso a pesar de nosotros el mundo sobrevivirá. Este año, en esa fecha lo que terminará es el Quinto Sol. Nuestros ancestros sabían que la gente de Europa llegaría junto con los emisarios de su dios y que reclamarían nuestra tierra como suya de una forma u otra. Miguel invadirá con las tropas leales que tiene, además de que habrá una alineación planetaria y otros eventos… son muchas cosas conjugadas.

—Pero esas son teorías conspiratorias—. Reviró el ésper. —Las alineaciones planetarias ocurren todo el tiempo, y no hay fundamento científico de que puedan generar fenómenos entre los planetas involucrados.

—Siguen empeñados en ver las cosas sólo en términos de lo terrenal, deben…

—Tener la mente abierta…— Completé yo, rememorando las palabras de la Asakura en mis sueños.

—Sí… el hecho de que una era termine no necesariamente significa que el la Tierra se tragará a la humanidad o que nos extinguiremos, el "fin del mundo" puede tener muchas explicaciones… y según lo que tengo entendido, la explicación que más se acerca a nuestra situación es un cambio de administración, con Miguel a la cabeza, rigiendo a este mundo, que según él es profano y lleno de herejes que deben ser castigados con la muerte—. Dijo con demasiada pasión para un ateo. —Si Miguel logra su cometido, lamentarán no haber muerto en la primera oleada. Su poder va más allá de lo operativo, tiene corporaciones compradas con garantías que nadie más que él puede ofrecer, sacará a las más horrendas abominaciones de las entrañas infierno sobre los hombres y las mujeres, y no tendremos modo de defendernos de él—. Tomó unos segundos para relajarse y que su tono de voz dejara de sonar tan exaltado. —Tratará de demostrar que puede tener un mundo devoto y funcional bajo su yugo… y no sé ustedes, yo prefiero un mundo caótico y corrupto, pero vivo, está en la naturaleza humana ser tan complicado e imperfecto, y yo no voy a doblegar mi espíritu o dejar que las personas que me quedan vivan así.

Nadie dijo nada. Tuvo que pasar un largo par de minutos para que fuera yo quien tomara la estafeta:

—Pues mientras eso pasa, aún tenemos algo que hacer, ¿no es así? Robles, ¿me prestaría su auto?

—Claro…— Respondió el hombre, dubitativo. —Pero… ¿para ir a dónde?

—Hacia donde él diga, él será mi guía esta vez—. Dije señalando con un gesto al hombre cerdo.

—Por mis hijas—. Explicó él, luego se volvió hacia mí. —No necesito que me acompañes, puedo hacer esto solo.

—De ninguna forma—. Terminé la conversación mientras colgaba el cinturón de las espadas a mi cintura.

Explicada nuestra próxima escala, y obtenido el vehículo en cuestión sorprendí al resto de la brigada preparase también.

—No existe forma de que te vuelvas a ir sin mí—. Me dice Haruhi mientras se equipa… vaya… esta vez sólo obtuve una noche de tregua antes de volver a la batalla.

Capítulo 11.

Fin.