He aquí el capítulo trece... creo que les resultará emocionante y revelador, y si es así, no se olviden de hacérmelo saber. ¡Disfrútenlo!


Capítulo 13.

Si algo significo para ti, por mínimo que sea, hazlo… te lo ruego…

Esas palabras, junto con las que recibía de sus superiores a través del auricular invisible en su oído parecían tenerla al borde de un colapso nervioso. Asahina veía aquí y allá, aterrada, como tratando de que cualquiera de nosotros le diera una solución al predicamento que enfrentaba. Era el peso de una vida.

—No… no puedo hacerlo… —Respondía a ambos por igual, en una conversación tripartita que la tenía confundida y asustada. —P-pero… ¡Es una vida humana! ¡Se supone que nosotros debemos preservarla…!

M-Mikuru…— Reintentó una vez más, moribundo, suplicante. —Hazlo… es lo mejor para todos. Termina con mi miseria.

—¡P-pero señor…! ¡No…! ¡No permita que esto suceda…!— Y luego un silencio prolongado. Asahina parecía recibir una explicación para disuadirla a hacer lo que se le pedía… no estaría considerándolo en realidad, ¿verdad? —Lo… lo entiendo señor, pero…— su rostro se relajó, aunque no parecía plenamente convencida aún. —Sí… sí señor… lo haré…

—Un momento, ¿qué quieres decir con que lo harás?— Pregunté sin dar crédito, no podría hablar de enserio.

Pero mis palabras no llegaron a sus oídos. Había hecho ya el salto espacio temporal que la llevaría hasta él.

Mikuru, gracias al cielo…— Lo escucho decir, su voz sigue siendo agonizante, pero suena aliviado. —Gracias por venir…

La transmisión se interrumpe y una incertidumbre atroz nos golpea a todos, segundos que se antojan largos como la vida misma, demasiado espantoso como para resistirlo, esto simplemente no puede estar pasando.

Y luego de una espera lo suficientemente larga como para destruir la cordura de una persona normal, el ángel del té reaparece, una palidez de muerte y unos ojos demasiado hundidos y llorosos son su maquillaje y tiembla de pies a cabeza incontrolablemente.

—Mikuru… ¿Qué fue lo que hiciste…?— pregunta Haruhi temerosa de la respuesta.

—Hice lo que debía…— Responde mientras levanta sus manos temblorosas frente a ella, mirándolas. —…terminé con su sufrimiento…— Nos mira con el rostro repentinamente desencajado y las primeras lágrimas caen por sus mejillas. —Me condené, ¿no es así…? Iré al infierno por esto, ¿verdad?

Superada al fin por la situación, las fuerzas le fallaron y el sueño vino en su auxilio, desmayándola, obsequiándola con el don de la inconsciencia, Haruhi la alcanza antes de que se golpee con el suelo y yo la ayudo a acomodar a nuestra vieja amiga sobre la cama.


Tú puedes detener todo esto…— decía la voz dentro de nuestras cabezas. —…y te garantizo que todo será aclarado una vez que vengas conmigo. El mundo debe ser reformado para bien, yo sé como hacerlo y tu cooperación sería invaluable para ese propósito.

—¡No lo escuches!— Grita desde el aire el ángel de la brigada, pistola en alto, aunque ignoro para qué, sabemos que entre ángeles no pueden herirse, y aunque pudiera, dudo que esté en los alcances del Protector o de cualquiera de nosotros dañar al arcángel.

Mi querido hermano—. Respondió con voz condescendiente que por un momento me pareció producto de una consternación legítima a nuestro incorruptible guardián—. ¿Es que acaso la corrupción de los hombres finalmente te ha seducido? ¿Tan nublada está tu visión que no te es posible ver cuán decidido estoy en salvar a la creación de nuestro padre de sí misma? En mi corazón espero que tú también seas capaz de verlo algún día—. Se dirigió nuevamente hacia mi esposa: —Sé que te podría resultar difícil de entender, por lo mismo no te pediré que me des una respuesta inmediata, hay tiempo para razonarlo tal cual esa conciencia artificial que te has creado como humana te lo solicita. Toma ese tiempo y volveré a ti para obtener una respuesta.

—No será necesario…— Haruhi se irguió mirando directo al rostro del arcángel: —Soy una policía, una de las mejores si debo decirlo, y tengo una regla de oro en mi profesión: No hago negociaciones con criminales—. Levantó la izquierda hacia el ser celestial y con esa impertinencia tan característica de ella, levantó el dedo medio, haciéndome sonreír inevitablemente. —Tú no serás la excepción. Serás juzgado.

El espectáculo de luces comenzó a disiparse en el aire, regresándole el resplandor al sol, dada la distancia me resultaba imposible ver los gestos que el arcángel hacía, pero no me quedaba duda de que estaba muy enojado.

Así lo has querido—. Resolvió al fin. —Tu ceguera y estupidez le costará más dolor a este mundo, a los seres que amas y que lo han dado todo por ti—. Dramáticamente se volvió al cenit y levantó las manos, como esperando a que algo le cayera del cielo. —No sabe lo que hace, padre, perdónala…— Nos miró de nuevo. —…porque yo no voy a perdonarla.

Así, sin batalla, sin intimidación, comenzó a ascender nuevamente, dejándonos sólo la advertencia de sus futuras acciones, aunque aún ignorábamos que había en su mente. Al menos esa fue la primera impresión que tuve al verlo retirarse. Sin embargo, aprendería que el auto proclamado reformador del mundo en realidad se comportaba como cualquier mafioso con el que hayamos lidiado antes: enseñando con el ejemplo. Habló dentro de nuestras cabezas sin detener su ascensión:

Ustedes han herido a uno de los más fieles sirvientes de la misión que realizo para mi padre. Lo justo es que reciba retribución por lo que ustedes han hecho, y permitiré que él personalmente haga justicia y al mismo tiempo les dé un ejemplo sobre lo que les aguarda si continúan reacios a ver la verdad a través de mis palabras.

El arcángel desapareció dichas esas palabras y huelga decir que había algo confuso en el aire, era obvio que lo dicho no habían sido lanzado sólo para intimidarnos, así que esperamos por largos minutos a que algo sucediera, pero nada pasó. Convencidos a medias comenzamos a ir de regreso a la casa.

—Lo mejor será que entren y tomen sus pertenencias, en el palacio estarán a salvo mientras encontramos una forma de sacarlos del país—. Comenzó a decir nuestro siempre atento guía y anfitrión mientras guardaba su arma y nos instaba a continuar el plan de escape.

Fue justo en el momento en que todos bajamos la guardia cuando se hicieron efectivas las palabras de Miguel.

Al sentir que mis pies se despegaban del piso aferré instintivamente a Ryoko a mi pecho, procurando caer antes que ella y así prevenir que se lastimara. A pesar de que tuve éxito en dicha campaña, mi hija comenzó a gritar con desesperación, lastimando mis oídos, nuevamente presa de un dolor ajeno para el que no estaba preparada. Casi todos yacíamos en el suelo, Haruhi se arrastró tan rápido como pudo hasta alcanzarnos, la única que había resistido sin desplomarse, fiel a su costumbre, había sido Nagato, que de inmediato se dio la vuelta, tratando de contraatacar.

El una vez hermoso e imponente Nanael extendía las plumas quemadas de sus alas con las que nos había golpeado y derribado, su armadura se había fundido parcialmente en sus hombros y brazos aunque no parecía haber perdido miembro alguno, su cabello, antes sedoso y platinado era una maraña desordenada y parcialmente chamuscada que cubría medio rostro desfigurado debajo de un yelmo ahora deforme. Su expresión iracunda era únicamente matizada con una casi imperceptible respiración agitada atribuible al dolor de sus heridas superficiales y el brazo atravesado por la hoja de mi cuchillo ahora perdido, mismo dolor que mi hija resentía inocente e injustamente.

Leonel estuvo a punto de dispararle, pero Nanael fue más rápido, y usó de escudo humano a nuestra alienígena, casi rompiéndole el brazo en el proceso y evitando que el cazador jalara el gatillo.

—Es curioso cómo opera aquello a lo que ustedes llaman "empatía"—. Dijo con una voz que ponía de manifiesto su dolor. —Diera la impresión de que a algunos humanos les resulta más doloroso ver el sufrimiento de alguien cercano que el propio, así que yo les daré justo eso.

Koizumi fue el primero en reaccionar al ver a Nagato prisionera y se puso de pie de inmediato con las manos en alto, nunca lo había visto tan desesperado y dócil.

—P-por favor… déjala ir…— Dijo en un hilo de voz avanzando hacia el ángel y sin dejar de ver a Nagato. —yo iré en su lugar…

—¿Tú…? Oh, no, eso no será necesario… no tienes un alma tan pura, y de esta cosa ni siquiera tengo constancia de que tenga un alma… no me llevaré a ninguno de los dos—. Dijo con ese apenas perceptible dejo de sadismo.

Levantó el brazo de Nagato haciéndome temer que en efecto rompería su hombro o su codo, y acto seguido pateó su espalda con brutalidad, arrojándola hacia Koizumi y derribándolos a ambos. Al quedar al descubierto Haruhi y Leonel hicieron sendos disparos, haciendo que el resto, incluso aquellos que no podían ver al malherido ángel, se cubrieran la cabeza, pero él levitó algunos metros del suelo haciendo una esfera con sus alas, repeliendo las balas y volviendo a aterrizar algunos metros más adelante.

Nuestros dos tiradores dejaron de disparar por temor a herir a cualquiera de nuestro equipo, y unos instantes después deberíamos recibir a Asahina, la cual fue proyectada hacia nosotros por una brutal bofetada del ángel, que una vez más había desenvainado su espada, y la cuál aún a pesar de todo lo que había pasado ese día, lucía inmaculada de no ser por la modesta cantidad de sangre que la manchaba… un momento… ¿sangre…? ¿pero de quién…?

—No, no… ¡No! ¡Basta! ¡Déjalo tranquilo!— Asahina gritaba al aire mientras corría hacia Robles, que tenía una expresión rara en el rostro, seguramente sintiendo el dolor, pero sin poder ver que se lo provocaba.

El ángel, repentinamente jubiloso, estaba de pie detrás de Robles, atravesando con esa horrible espada su abdomen de lado a lado, su víctima, al igual que Asahina, se da una idea de lo que está pasando, pero tampoco puede hacer nada por detenerlo.

—Lo más sencillo sería matarlos a todos, pero como veo que tienen vocación de mártires, los dejaré cargar con esta pena y con la culpa…

Pensé que remataría a Robles ahí mismo, pero no fue así, en su lugar pasó uno de sus brazos por su cuello y ambos se desvanecieron en una nube blanca y aromática.

—¿Qué…? ¿G-Gervasio…? ¿A-a dónde se fue? ¿Qué está sucediendo?— Preguntó nuestra viajera del tiempo, más pálida si es que eso era posible mientras caminaba en círculos. Los gritos de Ryoko cesaron dando paso a algo de hipo y lamentos ahogados. Parecía que Asahina era la única que había superado el shock inicial, pues el resto nos mirábamos confundidos e incrédulos. El primero en recobrarse fue Leonel, que comenzó a gritar improperios al aire arrojando su escopeta al suelo, Marina se abrazó de él de inmediato, pero no logró calmarlo.

—Llévame a donde están—. Ordenó Haruhi al Protector, que recién descendía.

—No puedo hacerlo, lo lamento—. Respondió llanamente. —No sé a dónde lo llevaron.

—¡Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados! ¡Debemos ir por él!— Reviró ella llegando a un estado de alteración parecido al de la viajera del tiempo. —¡Yuki! ¡Búscalo!

—Lo intentaré…— dijo la alienígena, que se ayudaba mutuamente con Koizumi para ponerse de pie.

Y mientras tratábamos de reorganizarnos, los vecinos salían de sus casas, al fin dándose cuenta de la situación, de los invasores abatidos, y comenzando a preguntar qué es lo que había sucedido. Esperanza preguntaba desesperada a Leonel qué había sido de su tutor, y Gen, silencioso parecía meditar.


Callejón sin salida. Así es como nos sentíamos minutos después, mientras intentábamos recuperarnos del estupor dentro de la casa del desaparecido. Ese demente había herido al Pantera de gravedad y se lo había llevado a algún lugar lejos de nuestro alcance, la última vez que vi a un ángel abducir a un hombre de esa manera, dicho hombre terminó en medio del desierto al norte de este país, más allá de los ojos de Nagato, o de la limitada información que los superiores de Asahina nos hacía llegar, y justo cuando pensamos que el panorama no podía volverse más oscuro, la puerta sonó, mostrándonos una comitiva de autos llegó a por nosotros, militares nuevamente, liderados por una patrulla que llevaba a uno de los últimos hombres en los cuales podíamos confiar, aunque no nos agradara mucho… no es personal, pero luego de que Haruhi mencionara que el tipo intentó flirtear con ella en mi ausencia, no se hizo precisamente mi persona favorita… ok, tienen razón. Es personal.

Cooper fue el primero en bajar del asiento del copiloto y caminó hacia nosotros mientras que los soldados pedían a los vecinos y no involucrados que volvieran a sus casas, lucía más serio de lo normal y no venía solo. A su lado venía un ciudadano japonés al que reconocí por haberlo visto en alguna revista o en un periódico alguna vez, me parece que su apellido es Megata… ¿Qué cargo tenía…?

—Suzumiya-Tantei, Suzumiya-Sensei—. Dijo haciendo una reverencia frente a nosotros.

—Embajador Megata—. Respondió mi esposa… claro, el embajador de Japón en este país… ¿pero por qué está él aquí? Al igual que el resto de los diplomáticos debió irse apenas instaurado el toque de queda. —¿Cómo podemos ayudarle?

El hombre parecía apesadumbrado, de un pequeño portafolios extrajo un documento en el que vi los sellos oficiales de ambos países.

—¿Pero qué…? ¿personæ non gratæ?— Se exaltó Haruhi, la verdad es que yo también. —Pero… ¿por qué?

—Son acusados de espionaje e injerencia en asuntos internos—. Se volvió ligeramente hacia el grupo de soldados detrás de él, suplicándonos con la mirada que no hiciéramos aspavientos. —Estos caballeros se han ofrecido a deportarlos sin levantar cargos siempre que accedan a abandonar el país de forma voluntaria. Si acceden, serán llevados a resguardo y se les dará un lugar preferente en la lista de espera de vuelos para regresar a Japón.

—Pero embajador… ¡Aún no hemos terminado…! ¡han secuestrado a uno de nuestros colaboradores y…!

—El capitán Gervasio Robles, ¿cierto?— Preguntó Cooper. —Es una pena, tenía una orden de aprehensión contra él y contra un hombre conocido como Leonel Arcángel.

—¿Qué? ¿Te volviste loco? ¡Gervasio y Leonel están de nuestro lado!

—Lo siento, Haruhi…

—Detective Suzumiya para ti, idiota, aunque te cueste más trabajo.

—Bien, como sea, entreguen al señor Arcángel y nos marcharemos en paz.

—Tengo una idea mejor, gringo, ¿por qué no tomas esa orden de aprehensión y te la metes por…?

—Basta, Haruhi—. Intervine. —Hagamos un trato. Nosotros iremos con ustedes, pero deben dejar a Leonel y al resto en paz… y darnos unos minutos para prepararnos.

Cooper me miró suspicaz, después de pensarlo un poco, dijo:

—De acuerdo… en caso de que tengan algo dentro de esta casa que no deba ser hallado, lo mejor será que lo saquen antes de que la policía venga a hacer un chequeo. Tiene quince minutos.

Dicho eso, cerramos la puerta para hacer nuestra última reunión de emergencia. El acuerdo fue sencillo: Leonel, Marina y el maestro Gen escaparían con El Protector y por medio de éste último nos mantendríamos en contacto, nosotros iríamos con los militares y trataríamos de buscar a Robles desde allá, teníamos quizás poco menos de veinticuatro horas para encontrarlo o volveríamos a casa con las manos vacías. Esperanza esperaría pacientemente en esa casa sola. Así, pasados los quince minutos la brigada SOS salió de la propiedad con maletas en las manos, conducidos a un camión militar vacío y algunos minutos después atravesábamos las calles de la ciudad en dirección al centro, sintiéndonos culpables.


El Palacio Nacional era un edificio tan antiguo como enorme de estilo barroco, con casi quinientos años de edad y cuatrocientas hectáreas de tamaño. Apenas siendo llevados se nos acondicionó una habitación enorme y lujosa con varias camas para permanecer mientras se arreglaba el vuelo que habría de llevarnos a casa. Ryoko no podía dormir, estaba temerosa y miraba el televisor sin verlo en realidad. Nagato llevaba más de una hora concentrándose y siendo asistida por Koizumi, que la veía con un dejo de preocupación a cada nuevo intento por localizar a Robles sin éxito. Asahina andaba de un lado para otro, mirando de reojo a la alienígena, desesperada por obtener alguna noticia.

—Lo lamento, no puedo ver nada—. Dijo de pronto Nagato, agotada.

—P-pero, Nagato… quizás si te esfuerzas un poco más…

—¡Estoy haciendo todo cuanto puedo!— Respondió repentinamente acalorada la alien, quizás viviendo por primera vez el enojo. —¡Mis habilidades están cada vez más débiles aquí!— Iba a decir algo más cuando el gesto asustado de Asahina y Koizumi la hizo detenerse. —¿Qué sucede?

—Debes dejarlo ahora—. Dijo Koizumi tomando un pañuelo de papel y poniéndolo sobre la nariz de Nagato, que comenzaba a sangrar. —Te estás esforzando demasiado, terminarás por hacerte daño. Lo lamento, Asahina, pero debes dejarla descansar un poco, a mí también me preocupa la condición del señor Robles, pero no podemos arriesgar la salud de Yuki buscándolo.

Asahina aceptó, Luego de disculparse con ambos por presionarlos de esa manera, caminó a una de las camas, donde sólo tuvieron que pasar unos minutos para que comenzara a dormitar. Koizumi recomendó algo parecido a Nagato, que se negó inicialmente, pero que no podía ocultar su cansancio y bastó con que Ryoko se metiera entre sus sábanas y se ocultara en su regazo para que ambas durmieran al fin.

Koizumi también parecía cansado, tanto como nosotros seguramente, y se acomodó en la mesa. Pasamos un largo rato sin hacer o decir nada en absoluto mientras nos mirábamos unos a otros, sólo pensando, planeando, imaginando.

Tal vez era cierto, había llegado finalmente el día, y aún si lográbamos salir de este continente seríamos alcanzados por este pandemonio en algún momento, como habían alcanzado a Yáñez, a Gutiérrez, a Buenaventura, incluso a Robles, los últimos dos apenas unas horas atrás. Nuestros aliados eran ahora tomados como delincuentes y nosotros por traidores, este país había sido sitiado en medio de un conflicto bélico como nunca había visto antes, y por primera vez me sentía temeroso de no poder garantizar un futuro venturoso para mi hija. El cielo es nuestro contendiente, coludido con una de las peores mafias del mundo.

Pasarían un par de horas para tocaran a la puerta de nuestra lujosa celda, un rostro conocido, aunque muy demacrado apareció, de alguna forma parecía estar feliz de vernos vivos. Gonzaga llegó seguido de Cooper.

—¿Por qué están haciendo esto, general Gonzaga?— Preguntó Haruhi sin dejar que el viejo militar entrara por completo a la habitación.

—Es una pena, detective, lamentablemente no fue mi decisión, de hecho, ninguna lo será en adelante. El nuevo presidente ha elegido a un sucesor para mí como secretario de Defensa, sólo vine para informarlos sobre ello y que no se fueran de aquí con la idea equivocada de que yo los había echado del país—. Caminó carente de aplomo hacia el centro de la habitación, luciendo cincuenta años más viejo y cansado. —Profesor Suzumiya, me alegra mucho que lo hayan localizado, ustedes han ayudado más de lo que cualquier otro extranjero lo haya hecho antes, por desgracia, hemos sido superados… el nuevo secretario cree que la intervención extranjera sólo entorpecerá las investigaciones y la búsqueda del jefe de toda la operación.

—Claro… y será aún peor si no buscan en el cielo—. Respondió mi esposa.

—¿Y buscar qué? ¿Un ángel que lidera narcos?— Arremetió Cooper, burlón. —¡Basta detective! ¡Esas ideas paranoicas son una de las razones por las cuales este país los está expulsando!

Estuve a punto de responder a aquel atrevido estadounidense, pero Haruhi me detuvo:

—Déjalo. No esperaba nada de él de todas formas. ¿Qué puedes esperar de un triste y patético idiota de mente cerrada que tiene que esperar que una mujer quede viuda para tratar de cortejarla? No merece que siquiera lo escuches.

Cooper nos dedicó una última mirada y sin decir una palabra más, decidió dejar la habitación con el ego adolorido.

—Quizás debería ser un poco más tolerante con él, detective. También él ha estado sometido a mucho stress—. El viejo, bajó los ojos unos instantes y cerró: —Ha sido un honor trabajar con usted, detective, me encargaré de que sean llevados a su país lo más pronto posible, y haré recomendaciones de usted ante su corporación.

En un gesto más bien conmovedor, el soldado se cuadró haciendo un saludo militar, y luego de que Haruhi correspondiera, tomó su mano con delicadeza y besó su dorso con la dulzura de un abuelo.

Mientras lo veía cerrar la puerta al marcharse pensaba en la impresión que tuve cuando lo conocí: me pareció un hombre duro e intransigente, forjado a la usanza de todos los países patriarcales, renuente a reconocer que una mujer fuera no sólo una ayuda valiosa, sino una líder competente, y sin embargo, tuvo la entereza de reconocer la fuerza, el aplomo y la determinación de mi esposa aún cuando los acontecimientos rompieron su corazón. Gonzaga y Gen me están haciendo no temer a mi ancianidad cuando llegue, si logro tener tanta sabiduría y humildad como ellos, mi senectud será bien recibida.


Cerca de las nueve de la noche Nagato había despertado y nuevamente intentaba buscar a Robles, pero previniendo que otra hemorragia nasal o cualquier otro síntoma se manifestara por abusar de sus poderes. En el tiempo de confinamiento apenas si habíamos probado bocado, aún cuando el servicio nos había proporcionado alimentos abundantes. En realidad no había mucho que hacer, y con honestidad sólo esperábamos a que llegaran por nosotros para transportarnos al aeropuerto.

Mis ojos sentían cierto escozor que no me permitía estar más de un par de minutos sin tallarlos y obtener involuntarias lágrimas de ellos, Haruhi acariciaba la cabeza de Ryoko, aún dormida y yo hablaba por teléfono.

—Sí… es probable que mañana mismo estemos allá. Tenemos que hacer escala en Estados Unidos, Los Ángeles o San Francisco…— Me detuve para escuchar a mi interlocutora. —Lo lamento, Ryoko-Chin está dormida, pero me dijo que quería hablar contigo también, los echa mucho de menos… descuida, la saludaré de tu parte, y también a Haruhi. Dile a papá y mamá que estamos bien y que pronto estaremos allá.

—¿Cómo está tu hermana?— Pregunta mi esposa al verme colgar.

—Un poco más tranquila, pero dice que las noticias de Japón no paran de hablar de una incipiente guerra civil aquí.

—No encontraremos a Gervasio, ¿cierto?— Dijo bajando la voz para evitar que Asahina la escuchara.

—No lo creo. Nagato no puede hallarlo y no tenemos tiempo. Quizás de vuelta en Japón podamos pedir asistencia a otras terminales o a la Agencia… por cierto, ¿qué pasó con los miembros de la agencia en México?

—Nadie lo sabe, ni siquiera Koizumi.

Tomándonos por sorpresa, Asahina despertó saltando prácticamente de la cama con la mano sobre el oído derecho, haciéndonos dar un respingo a todos.

—¡S-Señor! ¡Gracias al cielo! ¡Pensé que había perdido mi conexión!— Dijo aliviada a quien seguramente le hablaba a través del receptor en su oído interno. —¡Sí…! ¿Puedo usar el TPDD…? ¿De verdad…? ¿Uso limitado…? No… no entiendo, señor…— Se giró hacia nosotros, y luego señaló el teléfono con el que acababa de hablar con mi hermana segundos antes.

Un momento después, el aparato sonó. Un hueco en mi estómago era el presagio de la desgracia que estábamos por pasar. Con un gesto de manos nos indicó que pusiéramos el altavoz del aparato.

Brigada SOS…— Comenzó la voz del otro lado de la línea. Al tener de la mano a Haruhi pude escucharlo, no así Asahina, que no oía más que el silencio viciado. Era Nanael, —conmigo está un amigo suyo, según creo. Con todo y que el sujeto no tiene las habilidades de un cazador, vaya que nos ha dado problemas, así que ha llegado la hora del predicamento para ustedes…

—¡Bastardo!— Gritó Haruhi. —¡Si te atreviste a hacerle algo a Gervasio…!

¡Calla, perra!— Respondió con el mismo tono de voz. —¿Qué vas a hacer? ¿Amenazarme? ¡No tienes nada contra nosotros para ser tan insolente…!— Se tranquilizó, aunque no podía ocultar su contento. —Sin embargo, seré razonable… uno de ustedes puede venir por este pedazo de escoria y terminar con él rápidamente y sin dolor… porque les aseguro que ya bastante ha sufrido… está lo suficientemente herido como para no recuperarse, pero no tanto como para que muera de inmediato. Sin embargo, si viene más de uno, o vienen todos, no sólo ustedes morirán, tengo un pequeño ejército rodeando el hormiguero que este desperdicio llamó hogar y daré la orden de que no dejen a nadie vivo si no hacen lo que les indico.

—No haremos nada de lo que dices—. Dije poniéndome de pie, como preparándome para golpearlo aún cuando no estaba ahí.

¿Ah, no…? Quizá necesiten un incentivo más fuerte.

Hubo un breve silencio, y lo siguiente que se escuchó me heló la sangre.

¿Mikuru…?— Era Robles. Su voz apenas si era audible.

—¡Gervasio! ¿Dónde estás…?— Se detuvo al instante, recibiendo una nueva transmisión por su auricular. —¿Qué haga qué…?

Por favor, Mikuru… sólo en ti podría confiar para hacer algo así… ven… y mátame…

—¿Qué…?

Si algo significo para ti, por mínimo que sea, hazlo… te lo ruego…

Esas palabras, junto con las que recibía de sus superiores a través del auricular invisible en su oído parecían tenerla al borde de un colapso nervioso. Asahina veía aquí y allá, aterrada, como tratando de que cualquiera de nosotros le diera una solución al predicamento que enfrentaba. Era el peso de una vida.

—No… no puedo hacerlo… —Respondía a ambos por igual, en una conversación tripartita que la tenía confundida y asustada. —P-pero… ¡Es una vida humana! ¡Se supone que nosotros debemos preservarla…!

M-Mikuru…— Reintentó una vez más, moribundo, suplicante. —Hazlo… es lo mejor para todos. Termina con mi miseria.

—¡P-pero señor…! ¡No…! ¡No permita que esto suceda…!— Y luego un silencio prolongado. Asahina parecía recibir una explicación para disuadirla a hacer lo que se le pedía… no estaría considerándolo en realidad, ¿verdad? —Lo… lo entiendo señor, pero…— su rostro se relajó, aunque no parecía plenamente convencida aún. —Sí… sí señor… lo haré…

—Un momento, ¿qué quieres decir con que lo harás?— Pregunté sin dar crédito, no podría hablar de enserio.

Pero mis palabras no llegaron a sus oídos. Había hecho ya el salto espacio temporal que la llevaría hasta él.

Mikuru, gracias al cielo…— Lo escucho decir, su voz sigue siendo agonizante, pero suena aliviado. —Gracias por venir…

La transmisión se interrumpe y una incertidumbre atroz nos golpea a todos, segundos que se antojan largos como la vida misma, demasiado espantoso como para resistirlo, esto simplemente no puede estar pasando.

Y luego de una espera lo suficientemente larga como para destruir la cordura de una persona normal, el ángel del té reaparece, una palidez de muerte y unos ojos demasiado hundidos y llorosos son su maquillaje y tiembla de pies a cabeza incontrolablemente.

—Mikuru… ¿Qué fue lo que hiciste…?— pregunta Haruhi temerosa de la respuesta.

—Hice lo que debía…— Responde mientras levanta sus manos temblorosas frente a ella, mirándolas. —…terminé con su sufrimiento…— Nos mira con el rostro repentinamente desencajado y las primeras lágrimas caen por sus mejillas. —Me condené, ¿no es así…? Iré al infierno por esto, ¿verdad?

Superada al fin por la situación, las fuerzas le fallaron y el sueño vino en su auxilio, desmayándola, obsequiándola con el don de la inconsciencia, Haruhi la alcanza antes de que se golpee con el suelo y yo la ayudo a acomodar a nuestra vieja amiga sobre la cama.

—Debemos irnos ya, y avisar a todos los que conocemos para lo que se avecina. Nadie más morirá por nuestra causa, al menos no sin estar preparados. Si Cooper logra sacarnos del país y llevarnos al menos hasta los Estados Unidos, podremos prevenir a algunos ahí—. Dijo mi esposa reflexiva, que mostraba más serenidad y buen juicio del que hubiera esperado y por lo que estaba agradecido.

La lista era larga, pero todos los antiguos colaboradores, amigos e incluso antagonistas de la brigada SOS podrían hacer sus propias trincheras y le quitaríamos a Miguel la ventaja potencial de atrapar a Haruhi. Así que revisando el directorio deberían aparecer entre muchos otros nombres el del capitán George Orwell, el Dr. Gregory House, el Prof. Robert Langdon, el Senador Malcolm Wilkerson, la Inspectora Chun Li, los agentes Naota y Eri Nandaba, por supuesto, nuestras familias, la anti brigada SOS (Sasaki, Fujiwara, Tachibana y Suou), Tsuruya (Actualmente establecida en Berlín), y la lista continuaba…

Demonios, Haruhi tenía razón: ya bastante hemos perdido, en el último mes y medio han muerto casi una decena de conocidos, uno de ellos un gran amigo… no podemos permitir que nadie más muera…

Sin tocar, la puerta se abrió dejando entrar al agente de la DEA, parecía presuroso, y apenas si nos dedicó una mirada.

—Su transporte está listo—. Dijo afanoso. —Hay actividad inusual en el camino, trataremos de llevarlos lo más a salvo posible.

—De acuerdo—. Dije mientras veía a los empleados del palacio que nos llevarían hasta el auto blindado que nos haría llegar al aeropuerto.

—Por cierto…— Continuó el policía. —Quisiera disculparme con ustedes por todo lo que ha pasado. Después de todo, estamos en el mismo equipo.

—Escucharemos tu disculpa con gusto, siempre que nos demos prisa para llegar al aeropuerto—. Respondió mi esposa, más serena, pero no arrepentida por lo que dijo antes. —¿Vendrás con nosotros?

—No. Los esperaré allá… por cierto, quizás sería conveniente que llevaran la menor cantidad posible de equipaje…

Nos miramos entre nosotros y segundos después nos deshacíamos de lo menos importante. Entre Haruhi y yo hicimos una única maleta para nosotros y nuestra hija, aprovechando que Cooper había salido colgué mis espadas a mi cintura, haciéndolas invisibles y Haruhi acomodó en su ropa su reproductor multimedia, aquel de la fruta estilizada.

—¡Quiero esto…!— Dijo Ryoko unos instantes antes de que cerráramos la valija.

En sus manos estaba una de las baratijas que compramos en la zona arqueológica a nuestra llegada a México, la máscara que Haruhi había intercambiado por el broche de oro.

—Bien, ponla adentro—. Accedió incapaz de negarle algo a nuestra pequeña.


Ayudada de sales aromáticas y un par de palmadas leves a sus mejillas, nos las arreglamos para despertar a Asahina y transportarla aún medio inconsciente hasta la Hummer que nos llevaría al aeropuerto. Íbamos escoltados por algunas patrullas militares y mirábamos ansiosos hacia las calles ahora abandonadas a causa del toque de queda, y el camino no presentó muchos obstáculos. En condiciones normales, llegaríamos hacia la parte frontal del aeropuerto y pasaríamos por las salas de abordaje, pero en la situación extraordinaria que atravesábamos, nuestro auto fue autorizado para pasar directamente al área de pistas y hasta los hangares, donde estaba el diminuto avión gubernamental que nos llevaría hasta San Francisco, California.

Nuestro auto pasó una pequeña caseta que hizo las veces de aduana y un instante después entrábamos a un enorme hangar, donde algunos soldados nos esperaban. Tomé a Ryoko en brazos y a Haruhi de la mano una vez abajo del vehículo y con paso presuroso las llevé en dirección a la aeronave, cuyo motor ya trabajaba. Todo sucedió en sólo segundos.

Por la puerta contraria del hangar entró un segundo grupo de vehículos. Ninguno era militar, y apenas se acercaron lo suficiente comenzaron a disparar a los soldados, desatando un nuevo tiroteo que nos hizo regresar hacia el auto, donde con horror vimos al chofer muerto sobre el volante, seguramente alcanzado el fuego de los atacantes. Ordené a Ryoko que cerrara los ojos y se tapara los oídos, comenzamos a correr hacia la puerta por la que entramos, escuchamos como los recién llegados conducían hacia nosotros, por fortuna, no se imaginaban que Nagato y Koizumi podían darnos algo de ventaja.

La alien hizo un movimiento de manos y un corto mantra sin dejar de correr que volcó dos de los vehículos en el acto, mientras que Koizumi hacía un artístico salto con giro, proyectando hacia uno de los autos una ráfaga de luz que reventó su motor y lo hizo estrellarse en un muro.

Continuamos la carrera hasta salir por la gigantesca puerta del hangar sin saber a ciencia cierta qué hacer después, pues quedaríamos al descubierto. Sin embargo, no debimos pensar mucho en eso.

Apenas pusimos un pie afuera, un trío de tiradores nos esperaba ya, el hombre al frente nos apuntaba con un rifle y caminó un paso hacia nosotros. Podíamos escuchar varios autos alrededor, sin lugar a dudas preparándose para capturarnos. El hombre habló:

—No hay escapatoria… entréguenos a….

No pudo terminar su frase. El sonido de los autos acercándose los distrajo lo suficiente como para ignorar que el que estaba más cerca no era suyo. El vehículo arrolló a los tres a sólo centímetros de nosotros, prensándolos contra el muro exterior del hangar y quedando inservible por esa causa. El conductor descendió algo maltrecho por el impacto.

—Rápido, al otro hangar, debe haber algo allá que nos ayude a escapar—. Dijo Cooper mientras se sacudía la cabeza, recuperándose del choque.

Lo seguimos tan rápido como pudimos mientras él y Haruhi desenfundaban y comenzaban a disparar a nuestros seguidores para retrasarlos y darnos algunos segundos de ventaja. Cooper quemó casi de inmediato todas las balas de su arma.

—¡Toma esta!— Dijo Haruhi al notar que el agente de la DEA se había quedado sin parque y lanzándole su revólver de emergencia, su pequeño calibre .22.

Nagato, cada vez más cansada hacía pequeñas paredes defensivas y nos protegía de los disparos junto con Asahina en la puerta del nuevo hangar donde nos habíamos ocultado, Koizumi voló para contabilizar a los matones y planear una estrategia para detenerlos. Cooper estiró los brazos para recibir a Ryoko al verme desenvainar el Daito, y permitirme utilizarlo para la batalla que seguramente venía sobre nosotros.

—¿Crees que Miguel venga por nosotros?— Me preguntó Haruhi mirando con precaución al cielo a través de las altísimas ventanas del hangar.

—Si es así, lo estaré esperando con esta espada—. Respondí.

—Pero eso no servirá, no podrías lastimarlo—. Dijo Cooper.

Un momento… ¿cómo sabe Cooper que no podría lastimarlo…? ¡MIERDA! ¡NO!

Me volví hacia él justo en el momento en que se escuchó un disparo. Ryoko en brazos del norteamericano gritaba de miedo y vi a mi esposa caer frente al cañón aún humeante de su propio revolver, apuntado directamente a su pecho a quemarropa.

Grité su nombre justo al momento que el agente apuntó hacia mí y escuché una nueva detonación, sólo que esta vez la acompañó un espantoso ardor en mi cuello. Me quedé sin fuerzas y caí sobre mis rodillas, llevándome instintivamente la mano al sitio del ardor, sintiendo como se empapaba en un segundo de un líquido espeso y caliente que salía de mi garganta. No pude articular palabra, tratar de respirar me provocaba una espantosa sensación de asfixia, pero aún así me las arregle para llegar hasta Haruhi, que yacía exánime sobre el suelo, con los ojos cerrados. Tomé su mano y me volví al policía, que nos miraba con algo parecido al desdén:

—¿De verdad creyeron que podrían escapar? ¡Esta operación es más grande que ustedes! ¡Debieron aceptar la oferta de Miguel en un principio y darle lo que quería! Pero es mejor así, más crédito para mí.

—E-eres un idiota… heriste a Haruhi, Miguel no obtendrá lo que quiere de todas formar…— balbuceé casi inconsciente mirando a mi hija al borde de un colapso nervioso al vernos abatidos.

—¿Haruhi?— Dijo el gringo, repentinamente sonriente. —¿Quién te dijo que Miguel quería a Haruhi?

Y fue justo en ese momento que lo entendí todo… en realidad nunca intentó atrapar a Haruhi… Quería a Ryoko… Con las fuerzas que me quedaban estiré un brazo hacia mi hija, sin embargo, en ese mismo momento una luz venida del cielo dejó caer a alguien detrás de Cooper.

Nanael me miró con su sonrisa cínica y sádica, tomando por los hombros a Cooper y a mi hija, desapareciendo los tres y llevándose la luz. Pude escuchar los pasos desesperados de los tres miembros de la brigada restantes, pero no alcancé a verlos llegar, la oscuridad cayó sobre mí, devorándome, aplastándome…

Haruhi…

Ryoko…

Capítulo 13.

Fin.


Casi estamos en el final, pero aún hay muchas cosas que contar. No dejen de hacerme llegar sus comentarios, que son los motivadores de este afanoso autor amateur. ¡Hasta la próxima actualización!