Summary: Yamato ha perdido la inspiración, Mimi sabe que una dosis de magia es la cura para todo bloqueo creativo.
Imagen 24: Pareja y libro, propuesta de Carrie Summertime
—No puedo componer —fue lo primero que dijo al abrirle la puerta. Mimi lo miró sorprendida, sus labios lentamente haciendo una mueca.
— ¿Día largo?
—No tienes idea —le contestó, agachando su cabeza para besar sus labios. Mimi le correspondió el beso, parándose de puntitas para alcanzarle, una mano delicada en su pecho. Yamato la soltó, sonriendo agriamente y quitándose los zapatos y abrigo. Siguió a Mimi a la cocina, aceptando el vaso de agua que ella le ofreció y bebiéndolo de dos tragos, sabiendo que no le ofrecería nada más fuerte que un té.
— ¿Quieres hablar de ello?
—No realmente. ¿Qué hacías? —le preguntó, notando por primera vez que tanto la sala como la cocina estaban vacías.
—Leía —Mimi contestó vagamente—. ¿Me quieres acompañar? Tal vez te haga sentir mejor.
Yamato asintió, aliviado de que le dejara quedarse un rato con ella. No quería pensar en nada, especialmente no en el día tan poco productivo que había tenido. Caminaron hacia la otra sala, una habitación de amplios ventanales franceses que tenía vista al jardín. Eso (y muchas otras comodidades) era una de las ventajas de vivir en una casa y no en un apartamento, como él.
Se dejó caer en el sillón, cerrando sus ojos y descansando su antebrazo sobre ellos. Sintió a Mimi acurrucarse a su lado, su perfume de lavanda lo alcanzó y respiró profundamente. Había llovido todo el día y ella había estado en casa, su cabello estaba atado en un moño desordenado arriba de su cabeza, exponiendo su cuello y la blusa holgada que usaba. Encogió sus piernas en el sillón y Yamato se acomodó, estirando las piernas sobre la pequeña mesa y hundiendo su rostro en el espacio entre el cuello y pecho de Mimi.
—Debe haber algo aquí que sirva… —dijo ella, hojeando el libro.
Abrió un ojo y vio el título en elegantes letras doradas, "Cuentos de Hans Christian Andersen".
— ¿Cuentos de hadas? —preguntó, confundido—. Mimi, esas son historias para niños.
—Claro que no —Mimi le contestó—, es justo lo que necesitas. Ya sabes, una dosis de magia en su más pura expresión.
Hizo un gesto, como si le inyectará algo en el pecho.
— ¿Una transfusión? —le preguntó divertido.
—Directamente al corazón —Mimi contestó con una pequeña risa, retirando su mano para evitar que él mordiera sus dedos—. Ven acá, compórtate.
Su voz era suave y melodiosa, con el grado exacto de dulzura. Yamato, con sus ojos cerrados y sus manos juntas, pensó que jamás se cansaría de escucharla. Sus músculos se relajaron y sintió como el estrés de su día se derretía lentamente. De haber tenido su guitarra o incluso su armónica, probablemente habría comenzado a tocar justo ahí. En su lugar, tenía a su musa favorita.
— ¿Y bien, tenía la razón? —Mimi preguntó, mordiendo su labio inferior antes de esbozar una gran sonrisa—. Pero qué digo…claro que la tenía. Estoy segura que vas a componer algo fantástico, Yama. Sólo necesitas darle tiempo.
Cuando cerró el libro, él besó su hombro, sonriendo ante su piel y buscando sus labios mientras Mimi reía.
—Tú eres toda la magia que necesito, Mi-rin.
