Notas de Autor: Si les interesa ver la obra, se llama Clouds de Olaf Breuning. Es una escultura muy linda, a mí me ha encantado. Además, ¡venden unos waffles deliciosos en esa entrada! Y si alguna vez tienen la oportunidad, prueben los Kit Kats de matcha, que son una delicia.
Me ha quedado algo largo, miau.
Imagen 2: Anciano vendiendo caramelos. Propuesta de HikariCaelum
El Parque Central de la ciudad de Nueva York era un lugar enorme que parecía existir en un plano completamente distinto del resto de la ciudad. Le gustaba pasear por ahí cuando tenía tiempo – los fines de semana o días festivos en los que no había programado nada con sus padres. Y desde que la había descubierto, su entrada favorita era la del sureste, la que reflejaba su obra favorita en el parque cruzando la calle 60 de la Quinta Avenida. La entrada estaba enmarcada por torres de casi 35ft que sostenían seis hermosas nubes azules, iguales a las que ella dibujaba cuando era una niña. A Mimi le había fascinado verlas, ya que parecían sacadas de esos libros donde al abrirlos, figurinas de papel saltaban, dando una ilusión de 3D. Pop-ups, les llamaban, algo que la hacía reír a ella.
Era su lugar secreto y especial. Mimi llegó ese día, sintiéndose algo triste por extrañar tanto su hogar. No su casa en Manhattan, su hogar en Odaiba. Se paró bajo el enorme arco, sonriendo al ver las nubes que daban un toque de color a la línea de edificios de la bien apodada 'selva de concreto'.
— ¿Un dulce, pequeña?—preguntó una voz y Mimi se dio la vuelta, encontrándose con un señor muy mayor frente a un puesto de caramelos.
La chica sonrió, acercándose con timidez. Había gente muy extraña en Nueva York, pero ella casi siempre se topaba con gente muy amable e interesante. El señor le mostró su selección y Mimi la vio con interés, pues habían muchos dulces que ella no podía reconocer.
— ¡Oh!—exclamó, al ver los familiares chocolates de envoltura verde que tanto extrañaba—. ¡Tanto tiempo!
— ¿Japonesa?—el anciano preguntó y la sonrisa de Mimi se amplió.
— ¡Sí! ¿Cómo lo supo?
—Pues es que has cogido el matcha—le contestó—, no muchos lo conocen por aquí.
—No, supongo que no—Mimi rio—, nunca lo había visto por acá, ¿es nuevo?
—Nueva York es un mundo muy grande, pequeña— le dijo—, y en todas sus esquinas hay gente que me necesita.
— ¿Por sus caramelos?—Mimi le dijo, divertida—, eso es algo lindo. No sabía que era tan buen negocio.
—No vendo caramelos—le contestó—, son recuerdos, confort, familiaridad. Son las cosas que más se necesitan por aquí.
Mimi observó su selección, preguntándose cuántas otras personas se alegrarían al ver dulces y golosinas de sus países en aquel pequeño puesto. La idea se le hizo hermosa, de repente, de pensar que él les daba un pedacito de su hogar a todos sus clientes. Pensó que era algo que definitivamente tenía que contarle a sus amigos cuando hablara con ellos.
Sacó su billetera y le ofreció un par de billetes por los dulces que había cogido y que él le arreglaba en una pequeña bolsita café.
El señor negó.
—No es necesario—le dijo—, es un obsequio.
Mimi insistió, poniendo los billetes en su mano y dándole la sonrisa más grande que sus labios podían dar.
—Ya me ha dado un obsequio—le dijo con sinceridad—, al menos déjeme darle uno a usted, ¿no?
Entró al parque con los dulces en la bolsa, mordiendo uno de ellos y sintiendo una inmensa felicidad en algo tan pequeño como el sabor de su hogar. Tal vez iría por más dulces antes de volver a Japón, para que sus amigos pudieran experimentar lo que ella disfrutaba en ese extraño país. Y tal vez le contaría al gentil viejito, si acaso se lo volvía a encontrar.
Es que Nueva York realmente era demasiado grande.
