Imagen: Columpio y ciudad. jacque-kari
A veces, cuando lo mira, siente que algo la llama hacia él. Cuando sus pequeñas manos tocan las suyas, frías y un poco maltratadas, piensa que la necesita. Cree que puede salvarlo, cuidarlo, sanarlo. Sabe que la necesita, y no hay nada más noble que ser su heroína.
Luego él ríe y toca sus cabellos, sus labios tocan su mejilla y murmura su nombre al oído; entonces sabe que es ella quien le quiere. No le molesta pensar que lo quiere más que él a ella, que lo necesita más que él a ella. Sabe que no hay nada más romántico que ser la princesa de aquel caballero.
Cuando están en el parque, a ella le gusta ir a los columpios. Él prefiere recostarse bajo un árbol y leer o tocar la armónica y ella lo sabe; pero él nunca le dice que no. Cuando sus manos la empujan suavemente, ella pide más, más, más.
En el aire, no sabe si él la aleja, o la trae hacia sí.
Sólo sabe que en sus manos, cualquier cosa es oro, que en sus labios está la verdadera miel. Nunca conoció el océano sino hasta que lo vio en sus ojos y su nombre nunca se escuchó tan bien hasta que lo escuchó caer de su boca.
Bajo sus pies está la grama, o la ciudad, o el mundo – tan alto la eleva él.
