Imagen: Persona al borde de un precipicio en montaña. Rillianne Duchannes


A veces se siente tan minúsculo, tan irrelevante en el gran esquema de las cosas. Sus músculos protestan un poco ante el esfuerzo de escalar tantos picos, sólo para pararse en la cima y ver el gran cañón a sus pies, los pinos altos y orgullosos ondeando en el horizonte. Respirar duele, pero agrada. Sus pulmones agradecen el aire puro, un cambio tan agresivo del aire plástico de la ciudad.

Escucha que lo llaman, pero está tan fascinado con la vista ante sus ojos que no puede alejarse ni por un instante. El cielo es más azul de lo que sus ojos alguna vez serán, las nubes tan cerca que siente que podría tocarlas si tan sólo se estirará un poco más.

Su nombre lo trae de regreso; su voz. La siente atrás suyo, su pecho presionado a su espalda. Una mano lo alcanza y entrelaza sus finos dedos con los de él; él devuelve la presión.

Está tan alto, y sería tan fácil caer.

Murmura que es hermoso, que nunca creyó haber visto algo así. Él sonríe porque ya lo ha escuchado antes; fue lo mismo que dijo cuando pasaron una noche en el campo bajo las estrellas, cuando visitaron islas de blanca arena y agua tan cristalina que podía ver sus uñas pintadas de colores que ella decía evocaban a las sirenas. Se da vuelta, la trae hacía sí, le roba un fugaz beso. Y sonríe, porque es verdad; nunca creyó haber visto algo tan hermoso.

Está tan alto, y no le da miedo caer.

Con ella, se siente infinito.