Nota de Autor: Tengo una idea de que, bajo las condiciones apropiadas, podría escribir una relación poliamorosa entre ellos. No un triángulo amoroso, eso es distinto. Pienso explorar esa posibilidad a profundidad pero por ahora les traigo esto.
Mitomanía: uno de los nombres utilizados en psicología para describir el comportamiento de los mentirosos patológicos o habituales.
Advertencia: Aunque el lenguaje es muy suave, describe escenas de contenido delicado. Leer a discreción.
Imagen: Hombre besando a mujer en la sien. Propuesta por mí.
Tengo ganas de ser aire, y me respires para siempre.
"Soñé", Zoé.
Con los ojos cerrados, besa su sien. No le pregunta de dónde viene, ni por qué se mira tan cansada, tan irascible. En algún otro tiempo, en otro lugar, tal vez se molestaría; gritaría, le diría 'no puedo más' y la dejaría ir. Pero él no es esa persona, con ella nunca podrá serlo.
Suavemente, comienza a besar la blanca columna de su cuello. Sus dedos alcanzan su nuca y se enredan en sus caireles castaños, jalándola. Sus labios son seguros, sus besos decisivos y buscando algo. Ya no la besa con la timidez que alguna vez sintió – se conocen demasiado para tener esas reservas con el otro. Ella ladea su cabeza, dándole mejor acceso a su piel.
Sin hablar, sin esperar, le quita su saco. Se siente prisionero de su boca y puede sentir lo salado de sus lágrimas. No sabe por quién llora, pero no se siente capaz de preguntarle. Con sus finos dedos ella se deshace de su vestido y en rápidos movimientos deshace los botones de su camisa. Él se la quita, la deja caer al piso y se deja empujar hacia la habitación, hacia la cama fría que han compartido tantas veces.
Cuando abre los ojos, ella ya no está llorando. Le sonríe suavemente, y es una sonrisa como azúcar hilada: dulce pero frágil. Está sobre él, deshaciendo el botón de su pantalón para aprisionarlo de nuevo. Cuando se unen, ella suspira en su boca y él llama su nombre, le dice que la ama.
Más tarde, cuando yacen desnudos bajo las sábanas, su mano la alcanza. Acaricia su quijada, su clavícula, su brazo y la suave curva de su seno. Ella lo mira con ojos grandes y brillantes, casi dorados. Toma su mano y la trae a sus labios, pequeña y suave.
—Te amo —murmura, contra su palma. La sabe sonriente, pero la mira con melancolía.
—Quiere que sea su esposa —ella le dice, las yemas de sus dedos acariciando su mandíbula. Preso del pánico, él busca un anillo y ella niega con su cabeza suavemente, como quién explica a un niño—. Le dije que no, y que no lo volvería a ver.
Yamato suspira, encajando sus dedos alrededor de su muñeca. En un movimiento con más gracia de lo que creería posible de sí mismo, se coloca sobre ella, aprisonándola con sus manos en ambas muñecas. Mimi no se inmuta, lo mira con reservas pero sabe que él no la tocará.
— ¿Qué se supone que yo haga, hm? —murmura suavemente, acercando su rostro al suyo. Mimi besa su mejilla, y él la mira como si sus labios lastimaran.
—Lo quiero —ella le dice, y su sonrisa ya no está—. Lo sabías. Siempre lo has sabido.
—Claro —él se mofa—, y mira cómo lo tienes. Mira cómo me tienes a mí.
—Suéltame —ella pide, y él sonríe lento y frío al soltarla.
—Nunca te detuve.
Comienza a alejarse pero ella lo detiene, como siempre lo ha hecho. Sus brazos rodean su cuello, lo trae hacía ella. Está más consciente que nunca de sus cuerpos desnudos, y siente que la odia un poco por ello. No, la ama más que nunca.
—A ti te amo —le dice suavemente, besando su oreja—. Pregúntame de nuevo.
La ve con sorpresa, su corazón fallando ante sus palabras.
— ¿Qué hay de Taichi? —le pregunta, y se odia por hacerlo. Por primera vez, no la ve derritiéndose de amor por él, y se permite a sí mismo soñar.
—Taichi no está aquí, Yama —toma su mano y la pone contra su pecho, dónde él siente su corazón latir seguro y constante—. Es tuyo.
Yamato quita su mano, la trae hacía sí mismo y la besa como nunca la ha besado. Tras años de perseguirla finalmente es ella quién lo ha alcanzado, y se permite a sí mismo un respiro. El aire nunca le supo tan limpio.
