Notas de Autor: [1] Quiero hacer un reconocimiento a jacque-kari, Genee y LeCielVan, cuyo apoyo constante trae mil sonrisas a mis días. A veces no sé si contestar todas sus reviews o qué hacer, me llenan de tanto que no puedo conmigo misma.
[2] Si soy honesta, estoy reciclando esta escena de otra historia que escribí hace mucho tiempo (y además, estoy casi segura que he visto en físico algo similar, pero ni idea dónde).
[3] La canción es "Aire Soy" de Miguel Bosé y Ximena Sariñana. ¿Verdad que no se lo esperaban? No, claro que no.
Imagen: Pluma y partitura. Selenee Nelia
Observaba la partitura con interés, trazando las líneas suavemente con sus dedos. Alzó su cabeza, viéndolo a la distancia, sentado a la mesa con su cabeza hundida en sus notas. En el otro sillón se encontraba Takeru, su cabeza colgando del borde y sus piernas estiradas en el respaldar, un libro en sus manos.
Se puso de pie jugando con su cabello, levantándolo en sus manos al caminar cerca de él. Yamato se tensó y la miró por sobre su hombro.
—No puedo hacer nada si me estás mirando.
Mimi soltó su cabello, viéndolo con una ceja enarcada.
—No entiendo cuál es la diferencia.
—Hay una gran diferencia —Yamato comenzó—, entre acceder a escribirla, y ser obligado a hacerlo.
— ¿Obligado?
—Sabes a lo que me refiero —le dijo, rodando los ojos.
—No, no sé —Mimi dijo, mirándolo con ojos fríos y duros como ámbar—. Ciertamente, no era mi intención obligarte. ¿Por qué no puedes ser romántico por una vez? —le preguntó, molesta.
Takeru, que hasta entonces se había mantenido en silencio, escogió ese momento para hablar.
—Sólo hazlo, ¿quieres? No sé por qué eres tan terco.
Yamato le envió dagas con la mirada; Mimi se dio la vuelta, cruzándose de brazos y dándole la espalda. Exasperado, recogió su pluma y pareció escribir algo sobre una de las partituras que había en la mesa, luego tiró la pluma. Empujó su silla y cogió su bajo, pasándolo sobre su hombro.
—Es tarde —dijo sin mucho ánimo—, llamaré después.
Ella se mantuvo inmutada, ignorándolo con frialdad. Después de unos minutos, Takeru, ya mareado por su posición, se sentó correctamente. Agarraba su cabeza para estabilizarse, parpadeando lentamente.
— ¿No vas a ver qué dice? —le preguntó, pero la castaña tan sólo alzo el mentón en alto.
— ¿Para qué? Si no ha escrito nada.
El rubio menor se levantó, la curiosidad ganándole esta vez. Tomó el papel en su mano, pero Mimi se lo arrebató de las yemas de sus dedos. La miró tomarlo, pasarle la mirada por encima y luego arrugarlo en una pelotita, tirándolo sobre la mesa.
— ¿Mimi? —se aventuró a preguntar, pero la chica sólo negó con la cabeza, dirigiéndose hacia la puerta.
Takeru se despidió, no sin antes revisar el papel dónde había una melodía escrita y una sola línea en la fina y larga caligrafía de su hermano mayor: aire soy y al aire.
Más tarde en la noche, cuando su hermano le preguntó cómo seguía Mimi, no tuvo opción sino mostrarle la bolita de papel arrugado. Yamato la tomó en silencio, guardándola en su bolsillo y saliendo de la casa sin decir una palabra. No lo escuchó volver pero en la mañana del sábado, cuando se levantó, vio el papel doblado sobre la mesa a lado del resto de las notas de Yamato.
Llegó temprano al parque donde lo esperaban sus amigos. Mimi estaba ahí, viéndose absolutamente miserable; Yamato ni siquiera había llegado. Takeru se acercó a ella tras saludar a los demás, ofreciéndole el libro con una pequeña sonrisa.
—Sólo léelo, ¿sí? —le pidió, alejándose con el pretexto de jugar futbol con el resto de los chicos. Mimi tomó el libro con poco interés, hojeándolo recostada en la grama con sus brazos extendidos. Un papel cayó directamente sobre su rostro y lo tomó extrañada, sintiendo un nudo en su estómago cuando lo reconoció. Fastidiada pero curiosa, lo abrió.
aire soy y al aire
el viento no
que sin ti soy nadie
sin ti yo no
Y abajo, en letras pequeñas: ¿Es esto lo que querías?
Cuando Yamato llegó, cabizbajo y con oscuras sombras bajo sus ojos, Mimi salió corriendo a encontrarlo, rodeándolo con sus brazos. Él se detuvo a secas, viéndola extrañado hasta que la sintió temblar, humedeciendo su camisa.
—Mimi, pero qué —
—Sin ti, yo tampoco —murmuró con el corazón en la mano—, lo lamento tanto. ¿Me perdonas?
Su mirada se suavizó y sus brazos la rodearon, acercándola.
—No hay nada que perdonar, Mi-rin—suspiró—, prometo tratar de ser más romántico, yo…
— ¡No! —ella exclamó, separándose de él violentamente. Sus manos enmarcaron su rostro, su sonrisa suave y dulce como siempre; se paró en las puntitas de sus pies para alcanzarlo, besando sus labios con urgencia—. No quiero, así eres perfecto.
