Notas de Autor: Aunque me gusta pensar que Yamato siempre apoya a Mimi en sus locuras, también pienso que sabe controlarla cuando está histérica. Que probablemente suceda más de lo que a cualquiera de los tres nos gustaría admitir.

Le dedico este capítulo a Mid, porque sólo ella sabe cuánto auto-control necesité para escribirlo sin Harry/Ginny.


Imagen: Chico llevando en brazos a chica. Genee


—Aun no entiendo qué es lo que pretendes —le dijo, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. Mimi lo miró molesta, ubicándose de nuevo frente al enorme espejo, tirándo su largo cabello sobre su hombro.

—Tiene que ser perfecto —le explicó por enésima vez—. Ni muy largo, ni muy corto. Suave y romántico —pausó—. Sin lengua.

—Esto es estúpido —el rubio espetó, soplando hacia arriba para alejar su cabello de su cara.

—No es estúpido —Mimi le regañó, molesta—. Es nuestra boda y tiene que ser perfecta.

—Pero practicar el beso Mimi, ¿no te parece una locura?

— ¡Que no!

—Llevamos más de una hora practicando. Es estúpido —repitió.

Colocó sus manos en sus caderas, viéndolo hacia arriba. Yamato era considerablemente más alto que ella pero eso no le evitaba ser mucho más intimidante cuando se lo proponía. Él la miró fijo con sus ojos azul brillante, y ella hizo una mueca, mordiendo el interior de su mejilla. Parecía que quería llorar, pero la conocía demasiado bien para dejarse engañar.

—No puedo creer que te estés quejando por besarme —le reclamó.

Yamato resopló de nuevo, pasando su mano por sus dorados cabellos.

—No, si no es eso lo que hacemos —le dijo, soltando una risa ahogada—. Es tratar de besarte y que me pares diciéndome que lo estoy haciendo mal.

—Entonces hazlo bien, Yamato, y sencillo.

Él achicó sus ojos.

—Nunca te habías quejado antes.

—No era nuestra boda. Ahora ven acá, de nuevo.

Alzó su mentón, viéndola por debajo de sus pestañas. Era tan pequeña, tan hermosa y frágil y tan endemoniadamente loca. Soltó un suspiro y dio un paso al frente, decidido.

—No —le dijo, su voz suave y desafiante.

Yamato.

—Mimi.

—Yamato, ¡no estoy para juegos! La ceremonia es en dos semanas y nosotros aún – ¿qué diablos crees que estás haciendo? —Se había agachado ligeramente, poniendo sus brazos tras sus rodillas y su espalda. En menos de dos segundos se enderezó y la tenía un sus brazos, tan ligera como si fuera aún una chiquilla.

—Se acabó —sentenció—. Me estás volviendo loco.

—Yamato, bájame ahora, en serio. No hemos terminado, tenemos mucho que hacer aún, cosas que repasar – ¡pero bájame!

La ignoró por completo, sacudiéndola y obligándola a abrazarse de su cuello por miedo a caer de sus brazos. Su sonrisa era algo fría, más de irritación y satisfacción que de gusto.

— ¿Qué se supone que tratas de hacer? —le preguntó, molesta. Yamato se acercó, atrapando sus labios entre sus dientes mientras caminaba hacia la habitación con su prometida en brazos.

—Practicar —le dijo simplemente, sonriendo ante el calor de sus mejillas y su mirada antes de cerrar los ojos y corresponder el beso. Cuando los abrió, ella lo acercó del cuello, besándolo de nuevo.

—Ese estuvo perfecto —murmuró—, muéstrame de nuevo.