"... no es robado."

Aún era muy pequeña para saber que cada uno de sus movimientos era estrictamente monitoreado. Apenas aprendía a caminar, gateando por toda la casa y huyendo como podía al patio. Tenía los ojos de su madre, el cabello dorado como su padre. Era como una gotita de dulzura, como un bocado de leche condensada, un beso de azúcar en la mañana.

Yamato la miraba desde la cocina, su mirada azulada fija en la manera en que miraba las burbujas a su alrededor, como sus pequeños puños se abrían y cerraban tratando de cogerlas en sus diminutas manos. Gateaba sobre la verde grama, reía de cosquillas, de querer comerse las burbujas y sentir que explotaban en sus labios. Reía porque no sabía cómo, pero su mami le estaba dando más y más burbujas y eran tantas que ella no sabía a cuál atender primero. Mimi estaba sentada con las piernas cruzadas, soplando la varita entre risas de puro deleite.

Cruzó el umbral y la pequeña se volteó a verlo, siguiendo el sonido de sus suaves silbidos. Aplaudió al reconocer los ojos azules de su papi, su cabello que aún no sabía, heredó a ella. Yamato se sentó a su lado, dejándose caer suavemente de espaldas contra la grama. La miró por detrás de una gruesa cortina de pestañas oscuras, sus labios entonando una suave melodía; sus manos juntas sobre su estómago.

—Cada día se parece más a ti —Mimi musitó mientras la chiquilla buscaba a su papá, sonriendo sin dientes al seguir la música. Yamato pausó, viendo a su esposa con diversión.

—¿Tú crees?

—Le encanta la música. Y tu voz —sonrió—, aunque en eso tal vez se parezca más a mi.

La niña, ahora sin burbujas y sin música, se sentó con un suave plop a lado de su papá; lo miró con ojos insistentes, demandando la atención que ahora le negaba. Sin previo aviso levantó su pequeña mano y él, tomándolo como un gesto de alegría, volteó su rostro sonriente. La manotada dolió más de lo que debería, un sonido sonoro tras el golpe que lo llevó a gruñir, rodar sobre la grama y levantarse de una vez. Mimi corrió hacia la bebé, quién había comenzado a llorar tras el movimiento tan repentino de Yamato.

Mimi la consolaba, haciendo su cabello hacia atrás y colmando sus rosadas mejillas de suaves besos. Yamato, con la silueta de la mano de su hija picando en su mejilla, las miró a ambas con cierto nivel de resentimiento.

—Definitivamente —finalmente dijo—, se parece más a ti.


Notas: En mi país hay un dicho: "lo que es heredado, no es robado", utilizado cuando la apariencia, actitudes o gestos de un niño son iguales a las de alguno de sus padres. No me arrepiento de nada.