Imagen 48: Pareja en parque mientras llueve. LeCielVAN
Summary: Lluvia de otoño, tierra mojada, vestido color musgo, madera añejada ... y tú.
El olor a tierra mojada prevalecía, impregnándose sin clemencia a sus ropas, su nariz y la base de su lengua. El ambiente se sentía húmedo, frío, y Yamato suspiró suavemente, apoyando su espalda en el banco de madera sobre el que estaba sentado, su cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda. Sus ojos, como dos brillantes zafiros, estaban fijos sobre la silueta femenina frente a él, trazando cada línea de su suave, suave cuerpo con un letargo exquisito. Pensó en preguntarle si pensaba quedarse ahí parada todo el rato, pero luego decidió que, mientras él pudiera verla, no era necesario que regresara a su lado.
—Me encanta el olor de la lluvia —Mimi dijo tras unos minutos de silencio, mirándolo sobre el hombro—. ¿A ti no?
Yamato consideró su respuesta unos segundos, luego deslizó su mirada hacia lo que podía ver del oscuro cielo. En los quince minutos que habían transcurrido desde que la lluvia comenzó, el cielo se había tornado un oscuro color gris, y no parecía listo para ceder.
—Es reconfortante —finalmente dijo—, pero ... no me gusta la humedad.
Mimi estiró un brazo, su palma abierta recibiendo cada gota con gusto, a pesar del escalofrío que recorrió su brazo. Viendo a Yamato sobre el hombro de nuevo, le ofreció una leve sonrisa antes de salir de su refugio, encantada girando bajo la lluvia por unos segundos mientras Yamato la miraba a lo lejos, ceño ligeramente fruncido. Ambos sabían que era inútil tratar de convencerla pero eso nunca lo detuvo antes.
Yamato se puso de pie, tomando el lugar que ella había abandonado, apoyado con el hombro hacia la columna de madera.
—Vas a resfriarte —anunció.
—No creo —Mimi dijo, pero incluso al reír podía escuchar sus dientes castañeando del frío.
—Mimi.
Conocía esa mirada, los ojos que decían ven por mí; su labio inferior entre sus dientes. Yamato se enderezó, miró hacia arriba y camino rápidamente hacia ella. Sin darle tiempo de hacer más, la tomó de la cintura, como si no fuese nada más que una muñeca de trapo. Mimi rió en alto, atrayendo su rostro para un beso que Yamato no permitió convertir en algo más, llevándola obligada de nuevo al descanso.
—¡Yama!—exclamó, pero él no la soltó.
Sus cabellos estaban mojados, pegándose a su nuca mientras su ropa se aferraba sin clemencia a su cuerpo. Yamato pasó una mano por su cabello, empujándolo hacia atrás y viéndola con algo de reserva, entre divertido e irritado por sus caprichos. Mimi escurría el agua de su cabello, pasándose los dedos para replicar un semejo de decencia. El joven, ahora mojado, frío e incómodo, volvió a su posición inicial en la banca mientras Mimi lo miraba con diversión.
—¿Contenta?—le dijo—. Ahora nos resfriaremos los dos.
Pero Mimi apenas le hizo caso, sacando sus pies de sus zapatillas mojadas subiéndose en un movimiento fluido a la banca. Yamato pretendió no verla, no escuchar el crujir de la madera bajo su peso, no sentir el aroma de su perfume y su piel al acercarse a él. Abrió un ojo color azul profundo, viéndola hacia arriba. Su mano derecha tocaba la viga que sostenía parte del alto techo, la otra colgaba a su lado, estrujando el ruedo de su vestido, el verde musgo dando paso a un olivo oscuro ahora que estaba mojado. Su mirada descendió de su rostro, las gotas que viajaban por su clavícula para perderse en el valle de sus senos, a la manera en que el fino vestido se aferraba a ella, a sus uñas color rosa pálido, a las gotas que se deslizaban por sus muslos y se perdían en la curva de sus pantorrillas, la planta de su pie.
Abrió ambos ojos cuando ella dio un paso más y no supo cuándo su mano se había movido a tocarla. Su dedo índice tocó el hueco tras su rodilla, su pulgar haciendo un círculo sobre ella. Unos centímetros más cerca, y sus labios tocaron la cremosa piel de su muslo, besando una, dos, tres gotas. Soltó una suave risa que vino desde el centro de su pecho, porque ahí estaba ella, como tibia miel entre sus manos; pero era él que estaba rendido a sus pies.
Nunca habría podido pertenecer a alguien más.
