Disclaimer: Digimon no me pertenece.

Summary: Hasta la luz más pequeña puede brillar en la oscuridad más profunda. Ahogadas en dolor, la luz de la otra puede hacerlas salir de aquel abismo que parecía no tener fin.


Cantidad de palabras: 498.

Nombre de la imagen: Chica con fuego.

Propuesta por: BlueSpring-JeagerJaques (O sea yop :P)

Enlace: en el perfil.


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El fuego que no quemaba

Entre tanto negro, un llameante color me hizo dar cuenta de que tenía los ojos abiertos. No fui consciente de eso hasta verla a ella: una llama encendiéndose, vibrando en su sitio, haciéndose notar con facilidad en aquella cuna de pura oscuridad.

Entrecerré los ojos para apreciarla. El choque entre la luz y la oscuridad me estremeció hasta acostumbrarme a su fuerte presencia.

La llama bailaba en su sitio con celeridad. Inquieta y nerviosa. No sabía qué hacía allí; sólo sabía que quería llegar a ella. Desprendía calidez y recordé lo que significaba esa palabra.

La dirección en la que mis pies se movían ahora, iban sacándome poco a poco del agua. Ignorante de saber si estaba feliz por ello o atemorizada por abandonarlo todo, la idea de calmar a aquella flama me hizo avanzar.

Su cercanía se me hizo más corta y su calidez fue haciéndome saber lo que implicaba tener un cuerpo, extremidades que se movían a mi entera voluntad y no al revés.

Entrecerré los ojos a causa de su fulgor. Su luz se notaba errática, inconstante, flemática por la manera en que se levantaba y bajaba; como si estuviese desesperada en aquel mar oscuro.

«Mar», pensé.

¿Era lógico que en medio del mar, una llama naciera?

No lo sabía.

El fuego comenzó a darse cuenta de mi presencia y parecía alterarse aún más. Me asustó y me eché unos pasos atrás. Era la primera vez que veía algo semejante y temía quemarme…, lastimarme…, sentir el dolor.

La calidez desprendida, sin embargo, me hacía olvidar lo que no conocía para embargarme a lo que deseaba conocer. Abrí un poco más los ojos y traté de habituarme al brillo cegador.

No, no era cegador; era reconfortante.

Estiré la mano y la punta de mi índice la rozó con miedo. Chillé sin sentir nada; era la idea a quemarme lo que me hizo temer pero allí estaba: sin sentir dolor o quemazón.

Sólo calidez.

El fuego fue consciente de mi cercanía y por más raro que suene, él fue aminorando su candor sólo por mí…, sólo para que pueda tocarlo. Me sentía feliz de darme cuenta de ello.

Estiré nuevamente mi mano y ésta vez, fue mi palma abierta la que rogó por su calidez, por el fuego que llameaba delante. Escuché mi propia risa al fijarme que no había dolor ni mucho menos ardor en mi piel. La otra mano se atrevió a seguirle y con ambas, contuve a la llama.

Su movimiento errático se tornó más calmo ante mi tacto. La llama fue tranquilizándose en mis manos; tuve la necesidad de aferrarme a ella. Con algo de miedo, la acerqué a mi pecho y el calor de ésta me hizo emitir un suspiro, de esos que te hacen aspirar a una sonrisa.

«Tranquila… ―me atreví a decirle―, tranquila».

El calor comenzó a abrazarme, colmarme y llenar cada parte de mí. No tenía miedo, no tenía dudas.

Yo sólo quería que el fuego me consumiera toda.