Hola nenas... aquí les va otra nueva actualización...PARA MI ES SUPER IMPORTANTE SUS COMENTARIOS, SI?...ASI QUE LOS ESPERO. ABRAZOS A TODAS!


Cuando Isabella llegó a su enorme casona en la exclusiva zona residencial de Londres, se sentó en su silla mecedora, que hace años su abuela paterna le había regalado, y encendió su equipo de música, dejando que los acordes de la música instrumental comenzaran a llenar el lugar, y contempló la panorámica vista que desde allí se veía de la fría ciudad. Sin encender la luz, dejó que la oscuridad, la música y la soledad la relajaran. Repasó la conversación que tuvo con su madre. ¿Por qué había accedido a darle esa oportunidad?¿Añoranza?¿Deseo de una relación madre e hija que no tuvo?¿Qué?

-¡Diablos Isabella!-, dijo, poniéndose de pie, dirigiéndose rumbo a su cuarto, para desnudarse y meterse a su cama a dormir. Y es que odiaba dar un paso sin la seguridad absoluta de los resultados. No era una mujer que dejara cosas al azar. Odiaba que algo, cualquier cosa, la pillara desprevenida. Y la visita de su madre la tomó por sorpresa, la conversación con ella la agarró desprevenida, su reacción, la reacción de su madre... –Bien Isabella, ni modo. Esperaremos a ver qué sucede- pensó mientras se metía a la cama. Vio en su teléfono un mensaje de voz, y lo escuchó:

-Comprendí perfectamente sus indirectas este mediodía en nuestro "almuerzo de negocios" señorita Swan. Espero verte antes de regresar a Suecia... ¿una cena en mi hotel mañana? No te hagas de rogar, preciosura...- la voz gutural de Sam Uley en ese mensaje la hizo carcajearse de la risa

-¡Pues tendrás que esperar Uley, tendrás que esperar si quieres "comer" conmigo!- se dijo, sin la menor intención de responder a su llamado.

A la mañana siguiente, Isabella llegó impecablemente vestida con un negro y ajustado traje de dos piezas, una blusa azul eléctrico y unos zapatos de tacón de diseño exclusivo, los que ella calzaba con mucha elegancia.

-Y...como es que te fue anoche... ya sabes...- curioseó Jane, cuando Isabella se instaló en su escritorio, además de estar un tanto asustada, pues se sentía responsable de haber olvidado que la Renée rondaría la oficina la tarde de ayer

-No te voy a culpar por lo de Renée. Ese encuentro tenía que suceder tarde o temprano- respondió Isabella, como si leyera la mente de Jane, mientras revisaba unos archivos en su ordenador personal

-¿Discutieron?-

-Si te estas imaginando una pelea con jalón de cabello y cachetadas, estás equivocada. No es mi estilo. Le dije lo que le tenía que decir-

-¿Y?-

-Si fueras una simple asistente, te despediría en este momento por metiche...-

-Pero tú misma me has dicho que no soy una simple asistente. Dime que pasó...-

-En resumen, me pidió perdón, después que le escupiera toda mi rabia, y me pidió una oportunidad para acercarse a mí-

-¿Y qué le dijiste?¿le diste una oportunidad?-

-Accedí. Hoy iremos a una fiesta que se da por aniversario de la universidad que dirige-

-¡No sabes lo que me alegro por ti! Aprovecha esto Bella...- alentó su asistente, animada y contenta

-Lo intentaré, pero no te prometo nada. No me ilusionaré. Ahora, deja de meter tu pequeña naricita en este asunto, deja de llamarme Bella, y dime qué tenemos para hoy-

-Bien. Newton llega dentro de un rato con el reporte que ayer solicitaste, y en la tarde estará en tu escritorio lo concerniente al lanzamiento de la nueva línea de carros que saldrá al mercado. Y el libidinoso de Uley llamó para confirmar una cita de esta noche...¿hiciste una cita con él?-

-No, él quiso hacer una conmigo. Dile que tengo un compromiso ineludible, que si gusta podemos dejarlo para otro día. No le des más explicaciones-

-Como digas- asintió Jane. En ese momento, golpearon tres veces la puerta de su oficina, y sin esperar respuesta, Mike Newton entró.

-¿Interrumpo?-

-¿No puedes esperar a que te dé la orden de poder entrar a mi oficina?¿qué pasaría si me encontraras uno de estos días en una reunión importante, o quizás teniendo sexo sobre mi escritorio con alguien?- le dijo Isabella, molesta. Y es que era una costumbre de Mike entrar a la oficina de improviso.

-Muy graciosa Isabella Swan. Si hubiese estado ocupada, su secretaria me lo hubiese informado-

-Estoy ocupada con mi asistente, Newton-

-¿Ya acabaron? Traigo los informes de los carros que llegaron ayer desde Alemania-

-Bien- dijo ella con voz seca –Es todo Jane- le dijo a su asistente, a lo que ella sólo asintió, saliendo en silencio de la oficina

-Bien, muéstrame esos papeles- dijo Isabella

-Una cosa antes- dijo Newton, dejando la carpeta sobre el escritorio, y rodeando éste para acercarse a la silla de Isabella. Con fuerza, la agarró desde la cintura, y la sentó sobre el escritorio, besándola de forma posesiva, pasional. Las manos de Mike se colaron por debajo de la falda de Isabella, permitiéndose acariciar sus muslos con lujuria. Una de las cosas que Isabella reconocía de Mike Newton, era que este hombre rubio, de tez blanca y ojos azules profundos, hacia muy bien su trabajo, en la oficina y en la cama. Eran amantes ocasionales, por supuesto, cuando a ella se le venía en gana.

-¡Maldita sea, Newton! Estas arrugando mi traje... y me dejas ensalivada... ¡Apártate!- le dijo ella, empujándolo hacia atrás con fuerza.

-¡No me has llamado, me tienes enfermo de deseo!¿Ya te acostaste con otro?¿eh?...-

-¡Y eso qué demonios te importa a ti!- le dijo, arreglándose su falda y volviendo a tomar asiento es su lugar, mientras que el tipo estaba excitado por esa mujer que lo tenía vuelto loco.

-Eres cruel, muñequita-

-Siéntate y comienza a hablarme de lo que nos importa Mike- dijo ella en tono serio, pasando por alto el comentario de Mike.

-¿Bella? Hija, paso por ti a tu oficina...-

-No, no es necesario Renée. Iré en mi carro hasta el lugar del evento-

-¿No me plantarás, verdad?- preguntó su madre al otro lado de la línea, un tanto nerviosa por la idea de que su hija no llegara a la cita.

-No, descuida. Me comprometí contigo, ahí estaré...- respondió ella "¿Y tú cuantas veces me plantaste, eh?", pensó luego, pero apartó ese pensamiento de su cabeza con un suspiro

-¡Perfecto! A las ocho te espero aquí entonces. Llámame cuanto llegues-

-Allí estaré. Adiós- le dijo, y colgó. Miró enseguida el reloj, y se levantó de su escritorio. Eran las seis y treinta, así que le daba tiempo de ir hasta su casa, ducharse y arreglarse para la dichosa fiesta.

Y fue lo que hizo: llegó a su casa, directo a su habitación, se desnudó y se metió bajo el caliente chorro de agua caliente de la regadera. Después de la ducha, se maquilló y se peinó, dejando su cabello liso suelto sobre su espalda. Fue hasta su armario y revisó entre los innumerables trajes de noche que tenía, y vio unos cuantos que no había estrenado aún. Se decidió por uno, negro, entallado, con un prominente escote en v y un gran broche plateado que decoraba su cintura, abierto por delante desde sobre la rodilla hacia abajo. La tela de satín hacia que el modelo callera de forma perfecta sobre su cuerpo. Así que se sintió conforme con su elección. Tomó un sobre negro, que combinaba perfecto con sus sandalias del mismo tono. Se calzó un tapado negro, tan elegante como el vestido, y salió, rumbo al lugar en donde se desarrollaría la fiesta.

Al llegar, se dio cuenta que no era una "pequeñez de celebración" como ella se había imaginado. El lugar era un salón de eventos exclusivo. Había mucha gente, desconocida para ella, además de reporteros que cubrían el evento. Uno de ellos se puso frente a ella y la fotografío

-Es usted la señorita Isabella Swan, ¿no? Hija de la directora académica de la universidad...-

-Sí, sí... ahora por favor, déjeme pasar...-

-¿Se siente orgullosa de su madre? Hoy ella recibirá un gran y meritorio reconocimiento-

-No vengo aquí para dar entrevistas, así que apártese- le dijo, haciéndolo a un lado de forma descortés.

-¡Bella, cariño, has venido!- dijo de pronto la voz familiar de su madre. Renée se abalanzó sobre ella y la abrazó con cariño -¡Te ves hermosa!-

-Gracias ma... Renée. También te ves muy bien-

-¡Oh, exageras! Ahora vente. Hay un puesto reservado para ti junto a mí- le dijo, llevándola hasta donde se encontraban el resto de las personas. Renée presentaba con orgullo a su hija, a todos los presentes, directivos, docentes y amigos cercanos. Isabella se sentía algo incómoda en ese ambiente que no era el suyo. Si bien era cierto, estaba acostumbrada a ir a esas galas de negocios, esto difería mucho del ambiente reservado y estoico que ella conocía. El ambiente allí era animado, un ambiente de fiesta.

-Mira Isabella, quiero que conozcas a dos de los nuevos colaboradores que tenemos en la universidad. Él es Jasper Whitlock, profesor de Economía y Estadísticas- le dijo, presentándole a un hombre alto, rubio, de ojos negros de mirada intimidante. Se veía un hombre serio a simple vista, "Claro, como todos los economistas, ¿no?". Isabella le tendió la mano en señal de saludos, pensando en que con él quizás podría entablar algún tipo de conversación, pues ambos se desenvolvían dentro de la misma área

-Y él es Edward Cullen, profesor de música, ¡Una eminencia!- bromeó Renée

-Eso es una abismante exageración, Renée- refutó el aludido. Alto, cabello cobrizo, ojos verdes, tez blanca, sonrisa amplia, rostro perfecto... "¡Pero qué tenemos aquí!" pensó ella enseguida que lo vio. –Mucho gusto señorita-

-El gusto es mío- respondió ella en tono sensual al guapo hombre.

Edward Anthony Cullen había llegado a Londres recién hace cuatro semanas a trabajar como profesor de la Universidad Privada Londres y de la Sinfónica. Proveniente de Oxford, este hombre de veintiséis años tenía completa claridad lo que quería para su vida. Lo primero era casarse con su novia de tres años, Tanya Denali, de quien estaba profundamente enamorado. Prácticamente había sido su única novia, pues supo en cuanto la vio, que "ella sería la mujer de su vida". Contraería matrimonio con ella dentro de los próximos cuatro meses, y eso lo hacía feliz. Tan feliz como hacía a sus padres, el doctor Carlisle Cullen y la también doctora Esme Cullen Platt.

Había decidido migrar a Londres precisamente para estar junto a su novia, quien estaba trabajando como encargada de personal de una importante empresa multinacional. Ella llevaba trabajando dos meses ahí, y él no soportó la lejanía, por lo que decidió migrar. Le siguió su hermano Emmett, con quien actualmente vivía. Su hermana menor Alice se había quedado en Oxford junto a sus padres. Y eso hacía que los extrañase. Eran una familia unida, y esta separación fue dolorosa para todos, pero sabían que era por la felicidad y el bien de Edward.

Lo otro que tenía claro para su vida, era vivir precisamente de la música, quizás no como un gran concertista, pero sí haciendo clases, y esta oportunidad de ejercer como docente en la universidad, era perfecto para él.

-Los astros me acompañan. Todo se está dando a mi favor- dijo cuando recibió la oferta de trabajo. Su familia no era rica ni mucho menos, pero gracias a sus trabajos, habían logrado salir adelante, no con grandes comodidades, pero sí con lo necesario para vivir bien. Pues él sabía que un puesto en la universidad como profesor, no lo haría ganar la gran fortuna, pero no le importaba. Estaba dispuesto a buscar otro trabajo si fuese necesario.

Isabella quedó profundamente impactada por el atractivo que emanaba de aquel hombre risueño de cabello cobrizo que su madre le había presentado esa noche. Habían quedado sentados en la misma mesa, pero no pudo establecer con él conversación alguna, pues le vio animadamente conversando con otros de sus colegas. Con quien sí habló, fue con Jasper. Una tediosa y aburrida conversación que ese hombre estaba entablando con ella, sobre "superávit fiscal", "el alza del Euro" y cosas como esas, las que eran precisamente cosas de las que Isabella se quería olvidar aunque sea una noche, "Dios, que hombre más fastidioso".

Cuando ella vio levantarse durante la cena a Edward, y dirigirse a uno de los balcones del salón, se levantó, decidida, y lo siguió, excusándose con Jasper.

Edward estaba muy cómodo en la fiesta, pero necesitaba un cigarrillo. No había podido dejar el vicio del tabaco, como se lo había prometido a su novia. Además, había comido tanto que necesitaba relajar su estómago.

-¿Te puedo acompañar?- le preguntó Isabella a Edward, quien asintió con una sonrisa, que hizo que la piel de Isabella se pusiera de gallina. "¡Qué hombre tan guapo... a la carga Isabella!"

-Así que es la hija de mi jefa...- preguntó Edward de forma cordial para comenzar el dialogo

-Sí, algo así. ¿Y cómo es que un prodigioso concertista está encerrado en un salón haciendo clases?-

-No soy prodigioso concertista ni mucho menos. Amo la música, y la docencia es algo que me agrada mucho. Es un buen trabajo- le explicó Edward a Isabella.

-¿Me darías clases?- preguntó coquetamente a Edward, pues pensó que sería una buena forma de "acercamiento"

-¿Perdona?- respondió él de regreso, un tanto divertido y confundido a la vez por la pregunta de Isabella. Y es que no eta tonto, "¿Esta mujer se me está insinuando?¡Por Dios!"

-Eso, que si estás dispuesto a darme clases particulares...-

-No sé si mi tiempo me acompañe...-pensó él, respondiendo a la extraña petición de la castaña y menuda mujer que tenía en frente.

-Eso lo podríamos arreglar. Podría hablar con Renée para modificar tu horario...-

-Oh, no. no, nada de eso. No doy clases particulares-

-Te pagaría muy bien...-

-Lo siento, quizás haya alguien más que pueda recomendar...-

-¡Tú! Yo quiero que tú me hagas clases- le dijo seria y rotundamente –Podemos practicar por la noche...-

-Perdona, ya te dije que no, lo siento. Ahora debo regresar adentro, ¿entras también?- dijo en tono serio, apagando el cigarro en el cenicero y listo para entrar

-¿Me rehúyes, Edward Cullen?-

-Bien, veo que no entras- dijo, haciendo caso omiso de las sensuales palabras de la mujer –Con tu permiso- dijo, y entró, dejando a Isabella Swan sola, furiosa y deseosa.

-¡Maldito músico!¿Y este qué se cree?- respiró con fuerza, irguió su espalda, y entró, dispuesta a continuar con su "casería". Vio a Edward hablando con su madre con Jasper y con Edward, así que decidió unirse a la conversación:

-Hija, que tal lo estás pasado-

-Sorprendentemente bien, madre- dijo, sin quitarle los ojos a Edward de encima. Él ya se sentía incómodo.

-¿Y por qué Tanya no está aquí?- preguntó Jasper, y antes que Edward respondiera, Isabella interrumpió:

-¿Quién es Tanya?-

-Mi novia- contestó le enseguida Edward con una sonrisa. Luego dirigió su mirada a Jasper –No se sentía bien, por eso no me acompañó. Por lo mismo me disculpo, pero es momento de retirarme- se excusó Edward

-Ve tranquilo Edward. Mañana nos vemos- dijo Renée

-Claro Renée. Buenas noches- dijo, despidiéndose de forma general, y salió del lugar. "Qué mujer más odiosa" pensó él de Isabella cuando estuvo fuera de toda la algarabía de la fiesta.

Isabella estaba incómoda; después que Edward se fue, ella quedó molesta. En cuanto vio a Edward esa noche, deseó tenerlo en su cama, haciendo malabares sexuales con ella. Era guapo, muy guapo, pero había sido indiferente hacia sus insinuaciones. Eso la molestó, y quiso salir de allí enseguida. Pero aunque fuese a su casa, quedaría con esa "amarga sensación de despecho" ¡Maldito músico engreído! Y de la nada, recordó a Sam Uley, con quien había dejado una "cita pendiente".

-Renée, me voy. Mañana tengo que madrugar, ya sabes. Gracias por la invitación, me la pasé muy bien- le dijo a su madre, tratando de sonar cordial y agradecida. Aunque no le resultó mucho

-Agradezco que hayas estado aquí. Para mí es muy importante, y sé que hiciste un gran esfuerzo por esto. ¿Cuándo almorzamos?-

-Cualquiera de estos días- le dijo, a punto de salir, pero su madre la retuvo en un fuerte abrazo, lleno de cariño. Isabella quiso responder a su abrazo, pero algo la detuvo. Cuando su madre la soltó, vio sus ojos cristalinos por las lágrimas. Ella le sonrió y salió con rapidez del lugar.

Cuando se metió a su coche, sacó su BlackBerry y buscó en sus contactos el número de Sam Uley.

-No puedo creerlo... ¡la señorita Swan! ¿Te haces esperar, eh?-

-De verdad tenía un compromiso, pero estoy desocupada ahora, ¿estás en tu hotel?-

-Estoy esperándote, hermosura-

-Voy para allá- dijo, y colgó. Puso en marcha su coche, y se dirigió al hotel en donde ese hombre se encontraba. Subió directo a su cuarto, golpeó una ve, y enseguida, el alto y corpulento hombre moreno abrió la puerta. La miró de pies a cabeza, mientras relamía sus labios de manera obscena.

-¡Pero qué tenemos aquí! Un angelito caído del cielo...-

-¿Angelito? Soy una demonio Uley, demonio...- contestó ella de forma susurrante y sensual. Él enseguida la tomó de la muñeca empujándola hacia su cuerpo. Cerró la puerta de un portazo, y la acorralo contra su cuerpo y la pared. Abarcó con ambas manos su trasero, y la besó de forma erótica, introduciendo su lengua en su boca. "Dios, esto era lo que necesitaba..." pensó Isabella, rodeando al hombre por los hombros, y respondiendo a ese beso posesivo.

-Desde ayer me tienes excitado, cariño... ¿me sientes?- decía él, mientras paseaba su boca en su cuello, y sus manos se colaban bajo el vestido, paseándose por sus muslos, hasta tocar su entrepierna por sobre las bragas.

-Mmm... sí... ¿y qué esperas para mostrarme lo que sabes hacer?¿acaso no eres tan bueno en la cama como en los negocios?-

-Oh nena... verás que soy mejor, mucho mejor...- le dijo, levantándola y llevándola con premura hasta la cama. Allí, quitó sus lindas sandalias y se deshizo del vestido, mientras él desabotonaba con rapidez su camisa, para luego sacarse los zapatos y enseguida sus pantalones.

Isabella, desnuda sobre la cama, jadeante, observaba a aquel hombre desvestirse con rapidez, aunque pensaba que "haber visto al hombre de cabello cobrizo hubiese sido aún más excitante".

Sam abarcó los pechos de Isabella con ambas manos, mientras ella se retorcía de placer.

-¡Oh bebe, que lindas y diminutas braguitas llevas puestas!- dijo él, deslizando sus manos hasta el borde de la ropa interior de Isabella. Las sacó con delicadeza, mientras ella se arqueaba de deseo. Sam Uley llevó su boca hasta la entrada femenina de Isabella, y comenzó a succionar con fuerza, haciendo que ella comenzase a jadear de placer

-¡Oh por Dios!- gritaba ella, mientras ese hombre seguía haciendo de las suyas en su jugosa entrepierna -¡oh cariño, lo haces bien!- decía jadeante. El apartó su boca de allí, y se levantó con de ella, mirándola con descaro, relamiendo sus labios

-Esto no es nada, Isabella- dijo, con voz ronca. Enseguida se deshizo de su bóxer, dejando al descubierto su potente erección. Y sin más, se coló sobre ella, entrando en ella sin ningún tipo de compasión. Los movimientos comenzaron de forma lenta, mientras sus manos abarcaban sus pechos, y sus labios recorrían su cuello una y otra vez. Hasta que sus movimientos eran fuertes, salvajes, como si en verdad fuesen dos animales hambrientos.

Y allí estuvieron parte de la noche, hasta que ambos cayeron rendidos. Sam se quedó dormido, y en cuanto eso sucedió, Isabella se levantó en silencio, se vistió y salió de allí rumbo a su apartamento. Había sido una buena noche, lo reconocía, aunque no se podía quitar de la cabeza a Edward Cullen, que tan esquivamente se había comportado aquella noche con ella.