Hola niñas: Ok...si, he estado desaparecida, pero por motivos de fuerza mayor. Pero aquí estoy poniéndome al día con las historias. Nenas, gracias por sus comentarios, los que son mi motor para seguir escribiendo, asi que si pasan por aqui, no dejen de comentar. A las que tienen esta historia entre sus favoritas (gracias por las alertas) MIL GRACIAS! Espero que lean, y disfruten (y comenten, si). Este es un capítulo doble, (y extra largo..jeje) asi que a disfrutar. Besotes a todas.

Cata!


Tonta Jane

-Debes tomar una decisión, Edward- se decía mientras estaba sentado en su escritorio, preparando las clases para el día siguiente, después de haber dejado a su novia en su departamento profundamente dormida. Bueno, se sentó frente al escritorio dispuesto a preparar sus lecciones para sus clases, pero no podía concentrarse. ¿Qué perdía y qué ganaba si aceptaba o rechazaba la propuesta de esas dichosas clases particulares? la verdad es que no mucho, incluso podía ser beneficioso para él, pues sería un ingreso más para sus ahorros, y los necesitaba, con todo esto de la boda que estaba cerca, y con el compromiso de ser ellos como novios quienes correrían con los gastos de la boda... ¿Pero que lo detenía a decir que sí? Isabella Swan se le había insinuado aquella noche, ¿pero cuál era el problema? Ya había tenido que pasar por eso, incluso con alumnas que decían haberse enamorado de él, ofreciéndole hasta su virginidad. Nunca había sido infiel, pues estaba enamorado, y no había otra mujer con la que quisiera estar, por lo que nunca cayó ante las insinuaciones de las demás mujeres. "¿Tienes miedo, Edward Cullen?" le decía una vocecilla

-¡Claro que no! Por qué tendría que tenerle miedo a esa menuda empresaria castaña- se espetó contra si mismo. Porque no le tenía miedo, pero sí un rechazo, quizás infundado, pero rechazo al fin y al cabo. Le desagradaba, pese a lo poco y nada que había tratado con ella, pero luego recordó lo que Renée le había contado, acerca de que "no había sido una madre ejemplar". Eso, como sea, marca a un hijo, sobre todo si es mujer. Quizás de ahí su actitud tal altanera e indolente, o "antipática" como le había dicho Tanya. Y eso prendió su curiosidad. Suspiró, pues en ese momento tomó la decisión: accedería a dictar "las malditas clases particulares a la magnate esa, ¡pero las reglas las pongo yo!" concluyó. Y se lo hizo saber a la mañana siguiente a Renée, a quien encontró en el estacionamiento de la universidad.

-Tengo tiempo lunes y viernes de siete a ocho de la noche...- comenzó a decirle Edward seriamente, pero Renée lo interrumpió, abrazándolo sorpresivamente en señal de agradecimiento

-¡No sabes lo que significa para mí...!-

-Significa que seré tu espía, o algo así...-

-No, quiero que se desconecte del frio entorno empresarial que la rodea, y que me hables de sus progresos. Quizás hasta puedan ser buenos amigos...- comentó la mujeres, "Si, claro, buenos amigos, seguro, como no...".

Renée llegó a su oficina y lo primero que hizo, fue marcar el número privado de su hija, y contarle de inmediato lo que Edward le había contestado

-¿Nena?¿Estás ocupada?-

-Un poco, tengo una reunión importante... quizás si llamas más tarde, tenga tiempo de hablar contigo-

-Oh... claro... más tarde te cuento lo que hablé con Edward...- le dijo, sabiendo que con eso, ella no la haría esperar

-¡¿Ya hablaste con él?-

-Sí, ya, pero no te quiero interrumpir, así que más tarde...-

-Ok, habla Renée, que te dijo el maestro tuyo ese...-

-Que está dispuesto a darte las clases, dos veces a la semana, una hora cada vez- cuando Renée le dijo eso, Isabella dibujó en su rostro una pícara sonrisa, "Edward Cullen, veremos quien termina siendo profesor y quien alumno, quizás los papeles se inviertan..." -¿Hija, sigues ahí?-

-Sí, sí... este... cuando crees que pueda hablar con él, para coordinar los días y el costo de las clases-

-¿Por qué no vienes hoy en la tarde? Él termina sus clases a las siete, aprovechas de coordinar todo, y luego nos vamos las dos por un buen trago para ver lo de mi fiesta, ¿qué dices?-

-A las siete estaré allí-

-Te espero cielo. Un abrazo-

-Adiós Renée- y colgó, con una sensación de triunfo inundándole. Es que ella tenía la certeza de que aquello iba a ser una especie de cacería. Y eso le fascinaba.

A Jane, la perspicaz asistente, todo esto del piano le parecía extraño, sabía que había algo detrás de eso, un plan. Así que sin más, se lo preguntó a Isabella:

-Dime que te traes con eso de las clases de piano, nunca te han entusiasmado esas cosas-

-Necesito una distracción-

-Ve al gimnasio-

-Eso es parte de mis deberes-

-Toma cursos de pintura-

-Eso es para ancianas-

-Entonces, tómate unas vacaciones...-

-¡Jane, basta! ¡¿Desde cuando estás aquí para cuestionar mis decisiones? No olvides que trabajas para mí, y no al revés. Eres mi empleada- espetó Isabella, furiosa, dando un golpe sobre el escritorio. Jane abrió los ojos como platos del puro susto, enseguida bajó la cabeza, y asintió con algo de pena. Y es que era verdad, ella a veces olvidaba que estaba allí como asistente de Isabella, y no como su protegida, como alguna vez lo fue.

-¿Pido su almuerzo?- preguntó con temor a su jefa, con el tono de su voz un poco mas bajo que de costumbre

-Por favor- respondió Isabella secamente. Jane se levantó, y salió de la gerencial oficina, directo al baño para controlar su llanto de pena. Y es que ella veía en Isabella Swan un ejemplo, como una hermanita pequeña vería en su hermana mayor, como una heroína. Y que ella la tratara así, la hería, llenándola de pena.

Jane O'connor tiene veintidós años, pero en verdad a veces es como si tuviera sólo quince. Cuando ingresó a la universidad a los dieciocho, temblaba de miedo ante aquel mundo universitario tan vertiginoso que a ella incluso la amedrentaba. Estudió comercio exterior, calificando durante cada año de su carrera con notas excelentes. Todo eso provocaba que el típico grupo de jóvenes despiadados abusara de ella. Un día, fue invitada a una fiesta de fraternidad, su primera fiesta en sus dos años de estadía allí. La invitación se la extendió uno de los chicos más populares de la facultad, de quien ella se sentía profundamente atraída, Marc. Esa invitación y todo lo que desencadenaría, tendrían que haber sido obvias para cualquiera, si hasta ha sido trama de películas, en donde chicos rudos y despiadados abusan de cándidas y tímidas chicas como Jane. Pero ella no lo notó. Llegado el día y la hora, ella se fue hasta la fiesta, en donde la esperaba una desagradable sorpresa: la habían elegido como especia de "carnada" de la fraternidad, que en la pirámide de importancia, sería menos que la mascota. Habían planeado atarla, sacarle sus ropas para solo dejarla con su lencería de "niñita", pintarle el cuerpo y llevarla, atada al frontis de la universidad. Allí celebrarían "la toma" de la casa de estudio.

-¡Será la victoria de nuestra fraternidad por sobre las del resto!- dijo Marc, el cerebro al mando de la operación "Tonta Jane".

Jane llegó muy animada, y al instante de entrar, el popular muchacho se acercó a ella, invitándole una copa de ponche. Poco a poco, como lobos al acecho, un grupo de tipos amigotes de este, se acercaron a la chica, rodeándola. Uno de ellos la sujetó con fuerza por las muñecas, diciéndole:

-¡Bienvenida a la fraternidad, "Tonta Jane"!-

-¡No por favor, no me hagan nada... déjenme ir!- suplicaba entre llanto la chica, quien estaba aterrada.

-¡Nos divertiremos, cerebrito...!-

-¡Noo...déjenme...!- volvió a suplicar Jane, ante las carcajadas de los muchachos que la rodeaban

-¡Suéltala, maldito hijo de perra!- detrás del grupo de muchachos, y entre los asistentes de la fiesta, una menuda pero hermosa chica de cabello castaño, se impuso con violencia frente al grupo de chicos, dispuesto a divertirse a costas de la ingenua muchacha.

-Isabella, no te metas...- le dijo Marc, con tono amenazante

-¡Si no la sueltan, les patearé sus pequeñas bolas y los dejaré tan adoloridos que no podrán follar en años con nadie...!- los amenazó. Algunos retrocedieron antes las amenazas de esa ruda chica, pero Marc se acercó a ella, tomándola por el brazo con fuerza y hablándole casi en un susurro.

-No arruines mi diversión, Isabella. Si te comportas y nos dejas llevar a cabo nuestra "bromita", juro que te complaceré en la cama...-

-¡¿Lo juras?- impuso ella una voz sumisa e irónica por cierto. Él sonrió, creyendo la voz y la postura impuesta por ella –Tú no complacerías en la cama ni a mi abuelita- le espetó en voz alta, frente a lo que el resto de los asistentes lanzó fuertes carcajadas. –Ahora suelta mi brazo, si no quieres que cumpla lo que les prometí...- le dijo. Él la miró con odio y la soltó. Isabella se acercó hasta Jane, la agarró del brazo y la saco de la fiesta, mientras la chica seguía sollozando

-¡¿Cómo eres tan ingenua, eh?- le espetó a la chica de forma ruda

-Es... es... que... yo...-

-Ok, ok... cálmate- le dijo, dándole palmaditas más bien toscas en el hombro

-Gra... gracias por ayudarme. Soy Jane-

-Soy Isabella Swan, y desde hoy soy tu guarda espalda...- le dijo seriamente. Jane soltó una risa, y es que era gracioso que una joven estudiante, sólo un poco más alta que Jane, pero quizás tan menuda como la ingenua muchacha, se autoproclamara su guarda espalda o defensora. Pese a que en la fiesta había demostrado que ni el género, ni la estatura, ni nada de eso importaba. Esta pequeña castaña, era de temer.

-No es... necesario-

-Lo es, y te lo digo en serio- reafirmó Isabella, tajantemente, haciendo que las carcajadas nerviosas de Jane desaparecieran, y su rostro ahora reflejara una sorpresa gigantesca.

Una especia de protección hizo reaccionar a Isabella. Cuando vio a la chica ingenua, tan típica de las películas, siento atacada por la "manada de perros vagos..." como los llamaba, se sintió furiosa. Ella podía tener muchas cualidades no muy positivas, pero si había algo que odiaba, era que abusaran del más débil.

Desde aquel día, Jane comenzó a ver a Bella como una hermana mayor a quien obedecía de forma ciega, y a quien seguía de manera incluso religiosa. Tanta cercanía surgió entre ellas que Jane un día se atrevió a invitar a Isabella a su casa, a conocer a su madre Lina y a su hermano Alec. Isabella aceptó algo incómoda la invitación, y es que cuando entró y percibió el ambiente hogareño en aquella casa humilde de las afueras de Londres, deseó salir corriendo, pues era aquel ambiente de paz y armonía familiar lo que ella en su fuero interno anheló siempre.

En cuanto terminó Isabella su carrera, y se hizo cargo de los negocios de su padre, no dudó ni por un segundo en llevarse con ella a Jane, pues era fiel, inteligente, y capaz. Desde aquella vez han estado juntas. Pese a su extraña relación de amistad-trabajo, amor-odio.

Después de recordar todo aquello, Jane estuvo más tranquila. Por lo que salió del baño, y se dirigió a su escritorio a seguir con su trabajo, pero Katherine, la otra secretaria, le avisó que la jefa la había estado llamando. Jane se levantó y se fue a la oficina de Isabella.

-¿Me buscabas?-

-¡¿Dónde estabas? Llevó casi diez minutos llamándote- le espetó con algo de impaciencia, pero luego se fijó en los ojos rojos de su asistente, y cambió su rostro de rabia a uno de preocupación -¿Estuviste llorando?¿qué sucedió?¿alguien te hizo algo?¿le pasó algo a tu madre?-

-No, no, no pasa nada. Es alergia quizás. ¿Ya quieres almorzar? Acaban de traer tu comida- dijo Jane con rapidez. Isabella la escrutó con la mirada, y no quiso insistir.

-Está bien. Tú también almuerzas aquí-

-Como quieras- dijo Jane, y sin esperar la orden de su jefa, dio la media vuelta y salió de la gran oficina, para preparar el comedor en donde ambas merendarían.

-Jane, Jane, Jane... Alergia, sí claro... – dijo Isabella, intrigada. Es que de cualquier forma, ella, a su modo, se preocupaba por su fiel asistente. Suspiró, y volvió a dirigir su mirada y su concentración en la pantalla de su laptop, aunque averiguaría qué sucedía con Jane. No lo dejaría pasar.

Paradojas

Edward pasó a la oficina de Renée, pues le había dicho que "su hijita" había quedado en pasar ahí para coordinar los detalles de las clases. Antes, por cierto, lo habló con su novia del tema durante el almuerzo, a la que increíblemente le pareció una estupenda idea:

-¡Es fabuloso! Le darás clases a la magnate... ¡wow!-

-¿Qué te parece tan "wow"?-

-Que a esa mujer la rodea un círculo de hierro, hermético. Dicen que su exitosa vida de empresaria, contrasta completamente con su desastrosa vida familiar...-

-Quizás por eso accedí. Su madre me lo pidió como un favor. Me siento como su espía, y no como profesor...-

-¡No exageres Edward! Tú sólo has tu trabajo, tan exclentemente bien como lo has hecho siempre- le dijo Tanya, dándole un beso cariñoso en los labios. Entre Tanya y Edward no había secretos. Antes de ser novios, habían sido amigos, aunque Edward decía que él "se hubiese saltado esa etapa, pues sabía que ella era la mujer de su vida".

-No sabes lo ansioso que estoy por comenzar mi vida junto a ti- le dijo Tanya, mientras se mantenía abrazada a él con fuerza, descansando su cabeza sobre el pecho de su amado

-Tú vida junto a mí ya comenzó-

-A veces me da miedo, las cosas no pueden ser tan perfectas...-dijo ella con algo de temor en la voz

-Oye, nada de comenzar a tener miedo ahora, tontita- le dijo cariñosamente Edward a su novia –Nada, absolutamente nada me apartará de ti-

-Júramelo Edward-

-Te lo juro Tanya- le dijo, y selló dicho juramento con un beso comprometedor

-Bueno señor Cullen, es hora de irnos hasta nuestros trabajos. No sería un buen momento para que nos despidieran-

-Lo sé. Ah, mañana llega Alice. Emmett irá con ella al aeropuerto, cenaremos en mi apartamento, ¿si?-

-¡Perfecto!... ¿pero mañana no sería la primera lección que le darás a Isabella Swan?-

-No estoy seguro, esta tarde coordinaré días y horarios con ella. De cualquier modo, si comienzo mañana esas clases, será solo una hora, así que me da tiempo de llegar sin problema-

-Como quieras, ¿te veo en la noche?-

-Allí estaré preciosa- le dijo Edward en tono sensual a su chica. Se despidieron con un cariñoso beso en los labios y enseguida, cada uno se montó en su auto para ir directo a sus labores.

Después de que la tarde pasase de forma normal para Edward, se dirigió a la oficina de Renée como habían acordado. Allí, se encontró no solo con la visión de su jefa sentada detrás de su escritorio, con su característica sonrisa, sino también de su hija, Isabella Swan, quien al sentir el sonido de la puerta al abrirse, giró su cabeza y le dirigió una coqueta mirada y sonriente. Edward le devolvió una muy contraria mirada a Isabella, serio, e indiferente.

-Bien Edward, Bella, pueden hablar y coordinar todo para sus clases aquí en mi oficina. Yo voy a firmar unos papeles y regreso en diez minutos, si? pero si necesitan más tiempo...-

-No es necesario Renée- intervino Edward. Isabella seguía sonriendo, sin decir palabra alguna.

-Bien, regreso luego- dijo la jefa, saliendo de la oficina. Edward tragó aire y lo expulsó con fuerza antes de comenzar a hablar:

-Su madre...-

-Nada de tratarme de usted, soy incluso menor que tú, no tiene caso ese tipo de formalidades estúpidas- intervino Isabella, molesta por la manera en que él la estaba tratando

-Tu madre te habrá contado cual es mi tiempo disponible-

-Lunes y viernes, una hora, después de las siete, lo sé-

-Ok, creo que podemos comenzar las clases en este auditorio-

-En mi casa hay un piano, quiero privacidad, no en donde una tropa de chiquillos me esté interrumpiendo-

-A esa hora el auditorio está vacío, no habrá ningún "chiquillo" molestándote-

-En mi casa, será más cómodo- insistió ella tajantemente. Edward se tensó y cerró los puños con fuerza "Maldita sea..."

-Las clases las comenzaremos mañana viernes. Veré que tanto sabes...

-Poco, muy poco-

-¿Qué pretendes con estas clases?-

-Distracción, algo nuevo, relajarme- dijo ella, sin dejar de sonreírle. "Relajarse... que paradójico, yo no puedo estar más tenso con esto" pensó él

-Bueno, necesito la dirección de tu casa- dijo él secamente. Ella sacó de su bolso una tarjeta de presentación, al reverso escribió un número de teléfono y la dirección de su casa. Se la extendió a Edward quien se había mantenido de pie con una postura muy a la defensiva. Recibió la pequeña tarjeta blanca de ribetes dorados que la menuda mujer le estaba pasando. Apenas la miró, guardándosela enseguida en el bolsillo de su chaqueta.

-Bien, creo que es todo. Mañana a las siete estaré en tu casa-

-Allí te esperaré- dijo ella. Él no hizo ademan de despedirse, comenzando a caminar hacia la puerta para salir de allí -¡Un momento! No hemos hablado de tus honorarios...-

-Quiero que tomes la primera clase y me digas si estas conforme o no. Allí fijaremos una tarifa-

-Ok...- dijo ella de forma graciosa, "juro que sería capaz de desembolsar todo lo que tengo por pagar tus servicios..." se dijo ella. –Te espero mañana entonces. Ya muero de ansias...-

-Hasta mañana Isabella- dijo él, en tono cortante, antes de retirarse de la oficina.

Salió hecho una fiera de esa oficina, pues le molestó de sobremanera la cara de satisfacción de Isabella Swan. Se reprochaba furioso contra sí mismo el haber aceptado ayudar a Renée, "¡¿Y qué me tengo que andar metiendo yo en esa relación madre e hija? ¡Demonios!" Una vez dentro de su coche, supo que necesitaba un trago. Así que llamó a su amigo, su confidente, prácticamente su hermano:

-¿James, estás ocupado?-

-Si-

-Pues no me importa, necesito un trago, urgente-

-Oh, oh... Edward Cullen en problemas. En el bar de siempre en media hora-

-Estaré allí en quince minutos-

-Allá nos vemos- dijo y colgó. De camino al pequeño bar, puso música metal, muy fuerte, para descargar junto a las duras y estridentes notas su ira incomprensible. Cuando la luz roja lo detenía en las esquinas, el golpeaba el volante, furioso.

James Witherdale, abogado, recién titulado, especialista en resolver causas perdidas y extremadamente complejas. Un hombre un tanto loco, pero sensato. Confidente, "hermano de la vida y de las parrandas" de Edward Cullen y su mejor amigo. Ambos vivieron juntos mientras cursaban sus estudios universitarios en Oxford. Se conocían tan bien el uno al otro, que por el tono de voz o las gesticulaciones del rostro, sabían cuando el otro andaba con algo extraño, raro, sintiéndose mal, o mejor que bien. Incluso Emmett, hermano mayor de Edward, se sentía un poco "celoso" de esta relación. De cualquier forma, como sea y cuando sea, el uno estaba para el otro cuando era necesario.

Llegó al bar, se sentó en la barra y pidió un wisky doble, sin hielo, y comenzó a tomarlo sin esperar la llegada de su amigo James, quien llegó cuando ese baso ya estaba vacío:

-Cullen, Cullen... tienes una cara mi amigo...-

-No te burles James-

-No me burlo Edward, ahora dime, soy todos oídos mi amigo, ¿problemas con Tanya?-

-No se trata de ella. Se trata de mi jefa me pidió ayuda con su hija, que le diera clases particulares de piano, y accedí...- le contó, con el tono de voz como si en verdad le estuviese contando una catástrofe. Eso a James lo confundió.

-Mmm... eso tendría que ser estupendo, pero porque lo dices en ese tono-

-La verdad, me sentí obligado a aceptar...-

-¿Tu jefa te obligó?¿te amenaza con quitarte el trabajo si no aceptas? Porque si es asi, recurriste a la persona indicada, ya sabes, comenzaremos un juicio, y haremos que esa vieja...-

-¡Detente James! No me obligó, no quiero comenzar ningún juicio, ni ella es una vieja-

-No estoy entendiendo entonces-

-Me pidió ayuda para que ella se pudiese acercar a su hija, y ella es tan odiosa en verdad...-

-Oye, a los niños hay que aprender a tratarlos, si quieres formar una familia, tendrías que comenzar...-

-¿Qué?¿De qué hablas? No odio a los niños, soy profesor, ¿lo olvidas? Y la hija de mi jefa, no es ninguna niña, te lo aseguro...- dijo, dándole un sorbo a su segundo trago de wisky. James escrutó con la mirada a su amigo, y comenzó a entender hacia donde iba el asunto

-Entonces no es una niña... ¿Cómo se llama?-

-Isabella Swan, es muy famosa en el mundo de los negocios, ya sabes...-

-No me suena, pero déjame ver- dijo, sacando su BlackBerry de su bolsillo y buscó a través de su navegador de internet, una foto de la tal Isabella Swan. Cuando vio una de las fotos, abrió los ojos como dos huevos fritos, y silbó, piropeando lo que veía en la pantalla de su móvil -¡Es una belleza! ¡Dios, que lindura!-

-¿Belleza, lindura? Es odiosa, molesta, intrigante-

-Oye, oye, ¿Cuántas veces has hablado con ella?-

-Una o dos-

-¿Y cómo puedes emitir ese prejuicio contra esta lindura, con solo dos o tres charlas con ella? Eres injusto hermano...-

-Para mí fue suficiente con esas veces para darme cuenta de quién es ella. Es desagradable-

-¿Me puedes explicar por qué demonios aceptaste entonces? Si tu jefa es un amor, y no te obligó, no entiendo. ¿Tienes problema de dinero?-

-No, no hay problema de dinero, ya te lo dije, acepté porque su madre me lo pidió, pero estoy arrepentido de haber accedido a ayudarla-

-Puedes retráctate de ese compromiso con tu jefa, seguro entenderá-

-Seguro... pero..-

-¿Pero?-

-Me comprometí con ella-

-Edward, puedes hablarme claro. Qué rayos te pasa con esa mujer, qué es lo tan complejo...-

-Esa mujer se me insinuó la primera vez que me vió-

-No es la primera vez que te pasa-

-No-

-Las veces anteriores, has hecho caso omiso de eso, no les das importancia, pero ahora eso te atormenta... interesante reacción- dijo James, meditando acerca de lo que su amigo le había contado –Dime una cosa, ¿crees que ella usará esas clases de piano para...?-

-No lo sé, de cualquier forma, ni siquiera me llama la atención como para "hacerme caer en tentación" si es lo que estás pensando-

-¿Lo que estoy pensando? Lo que estoy pensado mi amigo de seguro no querrás oírlo. Dime una cosa, cómo va todo con Tanya-

-Estupendo, como siempre-

-"Como siempre"... interesante-

-¡Basta de creerte mi psicoanalista!-

-¡Hey! No te estoy psicoanalizando, sabes que te conozco bien como para comenzar a sacar conclusiones, así que ahora me escuchas. Tú me llamaste, así que atente a las consecuencias. ¿Sabes lo que creo? Que en verdad crees que ella te hará caer, y quizás no por lo sensual, sexi, exquisita o avasalladora mujer que pueda ser esa tal Isabella "bom bom" Swan- cuando dijo eso, Edward miraba a su amigo con furia, pero James pasó por alto su mirada furibunda y siguió hablando –Creo que ese "como siempre" es lo que te tiene así. Quizás tu relación ha ido de forma plana, poco excitante, y no hablo de sexo. Creo que necesitas salir de la rutina en tu relación de pareja, porque si no terminarás hundiéndote en ella-

-¡Yo amo a Tanya! No hay nadie más con quien yo quiera estas. Quiero pasar el resto de mi vida junto a ella, y no hay nadie más con quien quiera compartir eso!- soltó Edward, furioso aún

-Y me alegro mi amigo, y no lo dudo, pero ponte a prueba Edward. Pon a prueba que tan enamorado estas, que tan conforme estás con esta relación. Recuerda que estas a punto de casarte, y esas son palabras mayores. Si sales estoico, es porque estoy hablando barbaridades, y porque no merezco ser tu padrino de bodas. Sé porque no quieres dar esas clases Edward. En cualquier otra situación no te hubiese importado, pero eso de que ella te es completamente indiferente...-

-No me es indiferente, ojalá lo fuera. Me es desagradable, es incómodo para mí estar cerca de ella-

-Ponte a prueba Edward. Tómalo como tu prueba de fuego, pre-boda. Y recuerda que estás haciendo tu trabajo, concéntrate en eso, no en la alumna, sino quieres caer a sus insinuaciones- concluyó James. Edward meditó en las palabras de su amigo, a quien a veces, como esa, deseaba golpear, no por lo que decía, sino por conocerlo tan bien.