Hola señoritas: gracias, antes que todo, a quienes pasan por aquí, leen la historia, y dejan su review,que al fin y al cabo, son como "el alimiento para quien escribe" (las que escriben, sabrán entenderme). Abrazos a todas y disfruten. Cata! =)


Clase n°1: Extrañas sensaciones, extrañas reacciones

Viernes, cinco de la tarde. Isabella Swan salió de su oficina, deseándoles un feliz fin de semana a sus secretarias, cosa que les extrañó, pues no solía hacerlo. Se fue rumbo a su casa, entusiasmadísima por las clases que hoy comenzaba, "¡Quien lo hubiese dicho, yo tan entusiasmada por unas clases de piano, ja!".

Llegó a su casa, y se fue directo a la ducha. Allí se relajó por un rato, y después salió, calzándose ropa cómoda. Enseguida se fue al cuarto en el primer piso, que había pedido que acondicionaran como sala de música. Una habitación blanca, de grandes ventanales por donde aún entraba la luz del día. Estaba ornamentada con cuadros de pintores famosos, y otras antigüedades que terminaban por adornar perfectamente el salón. Había un sofá gigante, en forma de "L", de seis cuerpos, blanco. Un equipo de música sofisticado, y un estante lleno de discos, desde vinilos a cd's, de los que Isabella sólo había oído unos pocos. Y en el centro, el piano de madera, de un café envejecido, brillante, imponiéndose dentro de la sala. Isabella se acercó a este, y abrió la tapa que cubría las teclas, se acomodó delante de este, y comenzó a tocar las teclas de forma insegura. Intentó traer a su cabeza alguna melodía que la huraña profesora de su niñez le había enseñado, pero no lograba recordar nada. Sólo recordó la escala musical que alcanzó a practicar una y otra vez cuando niña. Así se fue relajando y soltando los dedos. De a poco, comenzó a recordar una cancioncita infantil que aprendió, la que comenzó a tocar de manera insegura, primero con una mano y su dedo índice hundiéndose en cada una de las teclas del compás. De a poco, incorporó su otra mano, y comenzó a hacer acordes suaves, de aquella vieja canción infantil, hasta hacer una especie de improvisación de principiante sobre las teclas de aquel piano.

A las siete de la tarde, Edward Cullen llegó hasta el lugar indicado por su "alumna". Se sorprendió al ver las dimensiones inmensas de aquella casa, "¡qué digo casa, esto es un castillo...!" se dijo, asombrado. No tuvo necesidad de tocar timbre alguno para anunciar su llegada, pues las imponentes rejas que delimitaban el contorno de la casa, se abrieron para él.

Tocó el timbre, y una menuda mujer muy amablemente, le dio la bienvenida, preguntándole si era él el "Señor Cullen". Él asintió, y la mujer lo hizo pasar hasta el salón. Las puertas de este estaban cerradas, pero desde afuera se oía como alguien hacía sonar las teclas del piano. No de forma profesional, sino más bien como lo haría un novato. La muchacha golpeó tres veces, pero nadie le hacía entrar, ni las melodías dejaban de sonar. Otra vez volvió a golpear, pero nada.

-Con su permiso- dijo Edward, pasando por delante de la muchacha, y abriendo él mismo la puerta del gran salón. Allí ya estaba algo oscuro, Isabella estaba embelesada tocando cualquier cosa sobre las teclas del piano, por lo que no se dio cuenta que la luz del día había desaparecido. Ni tampoco se percató de la presencia de su profesor, que recién había llegado, y que no había querido interrumpirla.

Cuando terminó, pensó que quizás esa idea del piano para relajarse, había sido una buena idea, pues había logrado desconectarse de todo. Estaba pensando en eso, cuando el carraspeo masculino que vino de detrás de ella, la sorprendió. Se giró rápidamente, y vio parado allí a su maestro, Edward Cullen.

-Para ser principiante, eso estuvo muy bien- le dijo él, quien por primera vez había usado con ella, palabras agradables con ella. Ella bajó la cabeza, y sonrió un tanto cohibida. Esa imagen de niña sorprendió a Edward, haciendo que su vientre se estremeciera con una pequeña descarga eléctrica. No estaba preparado para esa reacción. Él venía con su casco de guerra y su fusil verbal, listo para usarlo contra la odiosa mujer castaña.

-¿Esperas hace mucho?-

-No, acabo de llegar hace cinco minutos. Tu empleada tocó la puerta, pero no recibió respuesta, así que decidí entrar-

-Bueno, pues... no perdamos más tiempo, dime por donde comenzamos- dijo ella, levantándose. Cuando Edward la vio así, vestida tan informalmente, un nuevo shock eléctrico en el estómago lo atacó. Se veía como una chica normal, un sweater blanco, unos jeans azules gastados y unas converse negras con blancas, las clásicas. Sacudió la cabeza, y se obligó a concentrarse en lo que venía a hacer: sus clases.

-Comencemos entonces- dijo, acercándose al piano. Él comenzó sus labores de docente, haciéndola reconocer las teclas, con los acordes de las escalas musicales básicas que debería saber. Ella, para su sorpresa propia y para la de su profesor, las recordó perfectamente bien. Luego, Edward le alcanzó una partitura muy básica, que pidió que leyera y que ejecutara. Eso le costó un poco más, pues había olvidado casi completamente como se leían "esas cosas sobre el papel que se mueven como hormigas..." le comentó. Y allí estuvieron, practicando melodías suaves y básicas, por más tiempo del que habían presupuestado. Edward olvidó completamente la cena con sus hermanos y con su novia, e Isabella olvidó el compromiso que había hecho con Mike Newton, que por cansancio había aceptado.

-¿Y?- preguntó Isabella cuando terminó de ejecutar lo que su profesor le había pedido

-Sí, no está mal. Se nota que tenías base, aunque un poco olvidada. Eso se recupera con la práctica, pero ha estado bien. Pensé que sabías menos-

-Yo también-

-¿Y ha servido la clase como método de relajación? Porque por eso las tomaste, ¿no?- preguntó él, como si nada, recordando su "misión" frente a Renée.

-Sí, ha sido sorprendente- contestó ella. Y se quedaron en silencio por un rato, rato suficiente para que él se percatara de que ya eran cerca de las nueve

-¡Dios! La hora ha pasado muy rápido- dijo, comenzando a guardar sus cosas, ante la molesta mirada de Isabella

-Te pagaré las horas extras, no tienes por qué irte así-

-Lo siento, acordamos una hora, y yo he hecho compromisos-

-Te pagaré el doble-

-No se trata de dinero. Tú puedes seguir practicando con las partituras que te pasé, soltar los dedos...-

-¡Una hora no es suficiente!- y ahí estaba, otra vez, imponiendo su voluntad Isabella Swan.

-Hasta el martes- dijo él, pasando por alto su comentario

-¡Ni siquiera me dejas alguna lección! Estás completamente desinteresado...-

-"Hey, Jude", The Beatles, para el martes- dijo él tácitamente, "¿Quiere lecciones? Pues que estudie entonces..."

-¡¿Qué? ¡¿Pero si no me has dejado las notas...-

-Internet, allí están -

-¡Pero tú me debes enseñar...!- la voz de ella seguía siendo demandante, tensa

-Acabas de decirme que ha sido una "sesión de relajación sorprendente", y en menos de un minuto te has vuelto a tensar. Así no sirve. Involúcrate con esto, si de verdad quieres que te ayude. Busca lo que te dije, y práctica diario un rato, no es necesario que sean horas, y no es necesario a un profesor frente a ti todo el tiempo. Deja que la música que ejecutas te relaje, te seduzca- le dijo él, a modo de consejo. Ella relajó sus hombros, bajó la cabeza y suspiró

-Tienes razón... verás cómo te sorprendo el martes con esa canción que apenas he oído en mi vida- le dijo, con una sonrisa pícara. Y ahí, otra vez, el shock en el estómago de Edward cuando la vio sonreír así. Tuvo que reprimir una sonrisa en respuesta, bajando la vista del rostro de Isabella.

-Bueno, hasta el martes- dijo, dándose la media vuelta para salir de allí

-¡No hablamos de tus honorarios!- le dijo antes de irse. Él se detuvo, y la miró

-Tranquila, no te desfalcaré, lo hablamos la próxima vez- le dijo, y enseguida retomó su rumbo a la salida. Ella se quedó allí, de pie, sonriendo. De verdad se había sentido muy cómoda con esa clase, con el ambiente, y sobre todo con la compañía. Y se quedó sola, pero tranquila. Pero necesitaba contarle a alguien lo que había pasado, y como una reacción refleja, fue hasta su móvil, ignorando las numerosas llamadas perdidas de Mike Newton. Buscó el número, y esperó a que ella contestara:

-¡¿Bella?-

-Mamá, este... hola...- le dijo algo nerviosa a su madre

-¡Nena, como estas!¿necesitas algo?-

-Sí, bueno, no. Sólo quería contarte que tuve mi primera clase... ya sabes-

-¡¿Y?¿Qué tal?-

-Muy bien. Me relajé mucho, y tu maestro es bastante bueno en lo que hace-

-Te lo dije- le dijo Renée, emocionada porque su hijita la había llamado para contarle sobre su primera clase, y porque la había llamado mamá. "Gracias Dios, gracias Dios". Isabella le contó a su madre los detalles de la clase, de lo que había ejecutado, de lo que le había dicho su profesor, "me felicitó mamá", le comentó entusiasmada, como lo haría una niña pequeña a su madre, después de haberse ganada una estrellita en una clase. Renée lloraba de la emoción al otro lado del teléfono.

Cuando terminó de hablar con su madre, estaba tan relajada que decidió meterse a la cama, pese a que eran recién las diez de la noche. Eso sí, llevó su ordenador personal para comenzar a buscar las dichos notas de esa canción. Primero buscó en el canal Youtube la canción para oírla, y le pareció graciosa. Graciosa pero buena. Isabella no sabía que en la gran repisa de la sala de música, estaba prácticamente la colección completa de los discos de The Beatles, que a su padre tanto le gustaban. Navegó un rato, leyó algunas cosas interesantes, y guardó un par de archivos donde aparecían las notas de esa canción. Luego bostezó, cerró el ordenador, apagó la luz y se acomodó entre las sabanas, en donde se durmió, tranquila, relajada, e incluso hasta un poco feliz.

-Perdón, perdón, perdón... la clase duró más de lo esperado, no me percaté de la hora...perdón!- dijo al llegar a su apartamento, donde lo esperaban sus hermanos y su novia

-¡Hermano!- dijo Alice, la más pequeña de los hermanos Cullen, lanzándose a los brazos de Edward. Alice Cullen, una menuda y graciosa niña, hiperactiva y muy sociable, que apenas había cumplido los veinte años de edad. Había llegado a Londres para ayudar a Tanya con los preparativos de la boda, además, extrañaba a sus hermanos, así que sería un buen momento para compartir un tiempo con ellos.

-Pequeña Alice- le dijo Edward, estrechándola con fuerza en sus brazos. Él era el sobreprotector de su hermanita Alice, por lo que haberla dejado sola con sus padres en Oxford, fue muy dura para él –Estoy feliz de verte-

-¡Pensé que te habías olvidado de mi llegada...!-

-Tenía unas clases, y se me pasó la hora sin darme cuenta-

-Si nos comentó Tanya... ¡Oh, estoy tan emocionada, quiero comenzar a ver ya los detalles de la boda, tengo tantas ideas en mi cabecita!- dijo, entusiasmadísima. Luego, Edward se acercó a su novia, que lo miraba extrañado

-Perdóname cielo, se me pasó la hora, de verdad...-

-¿Entonces no fue tan terrible como pensabas?-

-No, no lo fue-

-¡Ves! Te dije que eras un exagerado- le dijo ella, abrazándolo. Edward, mientras tenía a su novia entre los brazos, recordó las tres descargas de energía que pequeños detalles en Isabella Swan lo habían "descolocado". Pensó en lo rápido que se le pasó la hora junto a ella, y en lo diferente que fue todo durante aquellas dos horas -¿Edward?- le dijo su novia, sacándolo de sus ensueños –Te pregunté si quieres tomar un aperitivo, serviremos la cena, no queremos que se enfríe-

-Sí, un aperitivo está bien-respondió nerviosamente. Se obligó a olvidar esa tarde, y concentrarse en el encuentro con sus hermanos y disfrutar de ellos. Pero de tanto en tanto, volvía a recordar la sonrisa de niña que había visto en Isabella, la manera tan diferente a como ella se daba a conocer al resto de las personas. Y concluyó, mientras sus hermanos y su novia hablaban de "algo" a lo que él no puso atención, que la mujer que conoció hace unos días, hoy, durante dos horas con él, bajó sus defensas. Y para su pesar, muy hondo pesar, odió reconocer que le encantó conocer a la niña que se logró abstraer del todo sobre las teclas del piano.

Ensueños, recuerdos y lecciones

"Hey Jude, no lo eches a perder, toma una triste canción y mejórala, no olvides dejarla que llegue a tu corazón, tan solo así puedes comenzar a mejorarla... Y cada vez que te sientas dolida, hey Jude, detente, no cargues con el mundo en tus hombros, bien sabes que es un tonto quien no se deja emocionar, haciendo así su mundo más frio. Hey Jude, no me decepciones..." la letra de aquella canción de The Beatles, no la había dejado dormir. Se despertó cerca de las dos de la mañana, con aquella voz varonil, cantándole aquella melodía. ¿Quién era el hombre en el sueño que se la cantaba? No lo tenía claro, no le había visto, pero aun así, ella le puso rostro, nombre y apellido: Edward Cullen. Recordó las tan agradables horas junto a él, y se dio cuenta que nadie nunca la había tratado así, primero, lo la frivolidad e indiferencia que en un principio la había enervado, pues en su mayoría, los hombres se acercaban a ella queriendo tener sexo o sacar provecho de su situación económica. Pero él no, él se apartó de ella, haciendo caso omiso de sus insinuaciones. Él intentó apartarse, no acceder a esas clases que para ella, seguían siendo la excusa perfecta para acercársele, y es que pocas veces, ella había estado prendada de un hombre, en todo el sentido de la palabra, como lo estaba ahora de ese profesor de música. Además, había sido respetuoso con ella, y no había actuado por temor o miedo como el resto. Ella encontraba en él una especie de misterio que quería descubrir. Se veía un tipo encantador, sencillo, alegre, además de su indiscutible atractivo, sus ojos verdes, sus labios rojos, su piel blanca... y esas manos... esas manos que hacen maravillas sobre las teclas de un piano..."¿Cómo se ha de sentir mi piel entonces cuando lo sienta recorriendo mi cuerpo...?" se preguntó ella, cerrando los ojos, e imaginándose las manos de aquel hombre, recorriéndola de punta a cabo. Comenzó un juego de "auto placer" sobre ella, imaginándose ahora las manos de Edward recorriendo su piel, hasta llegar a su punto sensible, a su centro mojado sólo de imaginar a Edward acariciándole. "Dios, cuanto voy a tener que esperar para tenerte, Edward Cullen..." rugía ella, en medio de la excitación que le provocaba el movimiento de sus dedos acariciando su botón, mientras que con su otra mano, se acariciaba los senos, su vientre, imaginándose a él sobre ella, rugiendo y susurrando en su oído, lamiéndolo, mordiéndolo. "¡Ven a mi Edward, ven, ven por mí, ven por mí... aquí estoy, ven a mí, ven a mí...!"

Pero Edward no estaba allí con ella, y no tenía intenciones de ir. En ese momento, él le estaba haciendo el amor a su novia, a la mujer con quien se casaría, y con quien estaba dispuesto a ser feliz por el resto de su vida, porque la amaba. Tanya era la mujer perfecta para él, la mujer ideal, a quien siempre soñó, de quien conocía su cuerpo, tan bien como el suyo propio, no concibiendo otro sabor mejor que el que emanaba del cuerpo de su mujer.

-¡Dios, Tanya... mi vida...!- decía, moviéndose dentro de ella, embistiendo dentro de ella de forma pasional, letal, fogosa.

-Edw... Edward... te amo... sí amor, así, así...- decía ella, entregada completamente a su hombre, a quien amó desde el mismo momento en que lo vio.

Tanya Denali, de veinticuatro años, la menor de las tres hijas de Eleazar y Carmen. Es la sobreprotegida de sus hermanas Kate e Irina, aunque ella accedió a salir de Oxford por ese motivo, pues sus hermanas la vigilaban como si tuviera siete años en vez de veinticuatro. Era una chica simpática, inteligente, apasionada, amable, cariñosa y algo terca. Era egresada de la carrera de Administración de Personal, y actualmente trabajaba en una empresa multinacional que le había ofrecido un excelente puesto como encargada de recursos humanos. Era feliz, siempre lo decía, y es que vivía agradecida de lo que Dios le había dado y lo que esta vida le había permitido vivir, sobre todo después de conocer al estudiante de música Edward Cullen, a quien conoció a través de Emmett, con quien era compañera de clases en la universidad. Lo vio por primera vez en una fiesta de cumpleaños de Emmett, rodeado de chicas que trataban de liar con él, así que ella interpretó aquello como "el chico que sale con todas las mujeres que se le cruzan... ". Pero estaba alejada de cómo en verdad era Edward. Trató de esquivarlo, pero él, insistentemente la persiguió, la cortejó hasta que logró robarle el primer beso, y desde aquel día, no se han separado. Esta rubia, esbelta y atractiva mujer de ojos azules se enamoró perdidamente de él. Cuando le ofrecieron ese trabajo en Londres, fue ella quien le pidió matrimonio a Edward:

-Este... Edward... quería preguntarte algo...- le comenzó a decir ella, nerviosamente.

-Dime amor-

-¿Te casarías conmigo?- soltó ella, rápidamente, antes que se arrepintiera, y es que aún faltaba la "segunda parte" de la pedida de mano

-¡¿Qué?- preguntó sorprendido y algo divertido. Luego se envaró, y le preguntó algo preocupado:-¿Estas... estás embarazada?-

-¡No, claro que no! es que me ofrecieron un puesto que no puedo rechazar en Londres, pero no quiero irme sabiendo que lo nuestro pude terminar por la distancia, y es que dicen que esas relaciones no funcionan. Entonces, pensé, y como ya decidimos que nos amamos, y que queremos estar juntos, quizás el próximo paso que deberíamos dar es el matrimonio... ok, sé que me estoy precipitando, que no lo hemos hablado antes, pero...-

-Sí, yo me caso contigo- Edward la interrumpió y le contestó con tanta seguridad y ternura de la que fue capa en ese momento, en que sinceramente, Tanya lo había pillado desprevenido

-¿Lo dices de verdad?- ella estaba sorprendida, y es que hay pocos hombres que aceptan de buenas a primeras "esta cosa del matrimonio" como decía Emmett.

-Sí, lo digo de verdad- ella esbozó una sonrisa y se acercó a él, sacando de su bolsillo una pequeña cajita, grande de enormes simbolismos

-Mira lo que compré- dijo, abriéndola frente a la sorpresa de Edward y mostrándole las dos alianzas de oro habían en aquella caja. Él no pudo más que emocionarse, y antes que Tanya dijera o hiciera algo, sacó la alianza más pequeña, quitó de las manos de su novia la pequeña caja, y deslizó el anillo en la hermosa mano derecha de su novia. Ella tomó la argolla más grande de la caja, y terminó de realizar el ritual de la postura de argollas de compromiso, que eran eso, un símbolo de compromiso, futuro y eterno entre ambos.

Los días lunes comenzaban para Isabella a las siete de la mañana, con una sesión de una hora en el gimnasio de su casa. A las ocho y treinta, estaba lista y desayunada para dirigirse a su trabajo, en donde comenzaba por reunirse con su equipo de trabajo más cercano y delinear el plan de trabajo para la semana.

-¿Jane, está todo listo para el jueves?-

-¿El jueves?¿Lo dices por la llegada del señor Swan? Prepararemos todo para tenerle los informes de la marcha de las empresas...-

-No hablo de la llegada de mi padre, hablo del cumpleaños de Renée...-

-La fiesta en el viernes, ella misma lo confirmó con la empresa realizadora de eventos que se encargará...-

-¡¿Viernes? Pensé que me había dicho jueves, ese dia cae su cumpleaños. Bueno, pero si todo está listo con eso...-

-Sí, ella envió la lista de sus invitados y las invitaciones ya fueron enviadas-

-¿Mucha gente?-

-Cien, ciento diez, ciento veinte, o algo así-

-¿Tu invitación a la fiesta?-

-Si, la señora Renée fue tan amable de darme una- dijo, cabizbaja, pese a que a ella, las fiestas le encantaban

-Irás entonces- dio por sentado la presencia de Jane en la fiesta. "Una cara amistosa y familiar en esa fiesta no está nada de mal para mí..." pensó Isabella

-No estoy segura- dijo, con el tono de voz apagado.

-¡Jane! ¡Desde el viernes estás rara, dime qué demonios te sucede!- explotó Isabella, encarando a Jane, quien no se inmutó

-No me pasa nada, quizás esté un poco cansada, pero no es nada- se excusó

-¡¿Cansada? ¡Mentira! Te conozco Jane, dime que sucede-

-Isabella, no pasa nada, no tengo la capacidad de andar los 365 días del año con una sonrisa de oreja a oreja y con el ánimo por las nubes- respondió ahora al filo de la violencia. Cuando se dio cuenta, Isabella la miraba sorprendida, y es que eso era la confirmación de que algo andaba mal con Jane

-No sales de aquí hasta que me digas que maldita cosa te sucede...-

-¡Hay mucho trabajo! Y no me pasa nada...- dijo la asistente, colocándose en pie, para salir directo a su escritorio y enterrar su cabeza en el cúmulo de documentos que tenía pendientes que revisar

-No sales de aquí hasta que...- volvió a amenazar cuando Jane estuvo a punto de salir, pero la pequeña asistente no aguantó más. Se dio la vuelta hacia su jefa, pasando por alto el calor en sus pómulos, no producto de la vergüenza, sino de la rabia, y habló:

-¡¿Qué quieres que te diga, eh? ¡Nada más no me siento animada, me siento sola, mi única vida es este trabajo y todo lo que tiene que ver con él. No tengo amigas...-

-Soy tu amiga, lo sabes-

-No lo eres, eres mi jefa, me lo dejaste claro la otra vez-

-¡Maldita sea Jane! Conoces mi carácter, sabes que me enerva que me cuestionen las decisiones que tomo!-

-Si fueras mi amiga como dices, me escucharías, no solo cuando debo darte algún informe o pasarte algún recado, yo también tengo sentimientos, también necesito desahogarme con alguien, también me canso Isabella- dijo eso, y se giró otra vez rumbo a la puerta, con los ojos anegados de lágrimas. Isabella sintió que le enterraban un puñal en el corazón, sintió una sensación amarga de soledad. La misma soledad que hacía años la venia amenazando con gobernar su vida, la soledad a la que le tenía miedo, pero que a diario le hacía frente.

-Enséñame Jane, enséñame cómo se tu amiga, tu amiga de verdad, pero no me dejes sola en este inferno. Te lo suplico, no lo hagas...- la voz de Isabella se tornó quebrada en un momento, cosa que hizo detenerse a Jane y darse la vuelta para enfrentarla.

-Tu vida no es un infierno, no exageres. Y sobre eso de la amistad... eso... eso no se enseña, es innato, propio de cada uno...-

-¡No! No es posible que las personas como yo no tengamos una posibilidad de tener una amistad normal con alguien... dime cómo lo hago, ¡Cómo Jane!- Jane se la quedó mirando los ojos cargados de súplica por parte de Isabella, pero aun así pensó en la posibilidad de ayudarla, o dejar todo como estaba. Pero Jane era de corazón noble, aunque ella tratase o intentase demostrar lo contrario, como intentó hacerlo. Pero no pudo.

Estaban recostadas en el helipuerto que se había dispuesto en el edificio, sobre la azotea de éste. Desde allí se podía contemplar una panorámica fabulosa de Londres, tan llena de contrastes y de oportunidades. Allí, en ese lugar, tiradas sobre el pavimento de espalda mirando directo hacia el cielo, estaban Isabella y Jane, mientras compartían un cigarro, sin preocupaciones, olvidándose de que su vestuario podía arruinarse o sus cabelleras podrían convertirse en marañas producto de la fuerte ventolera. No importaba.

-¿Siempre vienes aquí?- preguntó Isabella, luego que soltara el humo del cigarro que tenía en su boca, y extendiéndole el cigarrillo a Jane, quien rara vez fumaba

-Siempre, el viento me hace bien para relajarme-

-Mmm... no está mal-

-¿Qué harás con Renée? Digo, te veo muy cerca de ella...-

-Supongo que incontinentemente decidí darle una oportunidad. Quizás me estoy poniendo en sus zapatos, quizás para mí hubiese sido tan traumático ser madre como lo fue para ella...-

-Es bueno. Ella se lo merece, no es una mala mujer, además, también te mereces esa cercanía con ella-

-¿Voy por buen camino, maestra?- preguntó Bella en tono burlón

-¡No soy tu maestra! No digas bobadas- dijo Jane, carcajeándose

-¿Y las clases de piano?-

-Habías demorado en preguntar, pequeña Jane. Están siendo de más ayuda de la que pensé...-

-¿Ya comenzaste?-

-Si. Un profesor que trabaja con Renée en la universidad me está dictando las clases. Edward Cullen. Ya te lo presentaré-

-¿Te relajan?-

-Más que eso, mucho más...- dijo eso con algo de sensualidad, cosa que Jane supo distinguir al instante.

-¿Tu nueva "conquista" es tu profesor ese?-

-Ahhh Jane- le dijo, suspirado –Es mucho más que eso... mucho, pero mucho más- comentó, y se quedaron en silencio, contemplando en cielo de Septiembre, colmado de nubes blancas. Isabella en su interior, estaba expectante, pues era lunes "Como adoro los lunes, como los adoro..." y eso, porque ese día sería la segunda lección. Sería su nueva oportunidad de ver a Edward Cullen "que espero que me de mi premio por aprenderme la lección" pensó coquetamente; también era su nueva oportunidad para desprenderse de toda esa mierda de vida que llevaba y olvidarla por un rato entre notas musicales, partituras y las miradas de su atractivo maestro.