Hola nenas: bueno, agradecer de antemano sus lecturas y espero sus comentarios acerca de cómo les va pareciendo la historia, ¿si?
Besotes desde este lado del mundo...
Abrazos gigantes
Cata!
Infierno, purgatorio y paraíso... y de regreso al infierno
Edward abarcó el rostro de Isabella delicadamente entre sus manos, besando sus labios con suavidad, mientras ella seguía llorando en silencio.
A Isabella, las palabras de Edward la habían herido, la habían puesto frente a un espejo, reflejándole su verdadero "yo". Una mujerzuela con dinero, una cualquiera. Una puta con fortuna, que se revolcaba, follaba, tenía sexo casual con cualquier hombre. ¿No era eso lo que hacían esas mujeres? Y pensó que él tenía razón: "las mujeres como yo dan asco..."y enseguida, después de aquel pensamiento, ella rompió el contacto con Edward. Sacó de entre sus pechos la llave que hace instantes atrás había guardado ahí para provocarlo. Bajó la vista hacia el piso y habló en un susurro lastimero:
-Perdóname por favor- y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta. Edward se quedó estupefacto, mientras veía que ella se alejaba con la derrota sobre ella. Y lo peor era que él también se sentía derrotado.
-Un momento- dijo él. Ella se detuvo, pero no volteó a verle. Estaba prácticamente en la puerta, a tres metros de él. Enseguida camino para acercarse a ella, rosando su pecho con la espalda de Bella. Bajó unos centímetros su cara, justo a la altura donde su boca rozara su lóbulo–Detente por favor Isabella- susurró
-No dijiste nada más que la verdad Edward- dijo ella con su voz en llanto
-No, no es la verdad. Fue un arranque de ira, palabras vanas, sin razón. Perdóname-
-No te preocupes- dijo, alejándose unos centímetros de él, extendiendo la llave hasta la cerradura para abrir la puerta y salir corriendo de allí para desgarrar su alma a través del llanto compulsivo que estaba por salir de ella
-No te vayas- susurró Edward, volviendo a acortar la distancia entre ellos, y sujetando la puerta e impidiendo que ella la abriera.
-¿Qué pretendes Edward?¿Que siga aquí oyendo como sacas a la superficie cada uno de mis pecaminosos actos que me llevarán hasta el infierno? No es necesario...-
-Isabella, probablemente tú seas mi infierno personal... infierno en el que esta noche pretendo hundirme y quemarme- susurró en su oído, haciendo que Isabella temblara como una hoja. Él llevó sus manos hasta la cintura de Isabella y lentamente recorrió con la boca su hermoso cuello, haciendo que ella cerrara sus ojos e inclinara su cabeza hacia atrás, dándole el mayor acceso posible.
Edward hizo que ella se girara hasta quedar frente a él. Ella se percató de la mirada de Edward, oscura, deseosa, pasional... y su voz ronca y rasposa. Nunca lo había visto así, nunca lo había oído así, ni siquiera en los anteriores encuentros que habían tenido. Y es que así se sentía él. Deseoso por ella.
Una vez más, el espacio entre sus labios se hizo inexistente, confabulándose ambas bocas, ambas lenguas en un beso sin tregua, que pasó de la dulzura, al deseo y la desesperación. Ambos cuerpos, como imanes, se atrajeron el uno al otro con fuerza. Las manos de Edward aferraban con diligencia la cintura de Isabella, su cuello, su nuca, su derrier. Y ella no hizo más que aferrar la cabellera cobriza de Edward con fuerza pasional. Isabella gimió en la boca de Edward, haciendo que él perdiera cualquier vestigio de cordura que pudiese quedarle en aquel momento. Se apartó unos milímetros de ella, observándola con detenimiento, mientras ella seguía con sus ojos cerrados. Cuando lentamente los abrió, se encontró con la oscura y verde mirada de Edward, quien sin decir palabra, volvió a apartase de ella, tomándole una mano y guiándola a la recamara que estaba a unos pasos de ellos, en medio de un ambiente tenue y cálido, propiciando y creando la atmosfera perfecta para los dos amantes.
Una vez allí, Edward volvió a aferrar el cuerpo de Isabella con premura, y a besarla sin compasión alguna, haciendo que ella se entregara a los besos de Edward... aunque en verdad, ella se había entregado a él desde el mismo día en que le vio.
Isabella, en un acto de osadía que en cualquier otro momento hubiese sido muy normal en ella, llevó sus manos al pecho de Edward, sobre su camisa negra, justo en donde descansaba la negra hilera de botones. Y uno a uno, con delicadeza, comenzó a desabotonarlos, mientras de camino, paseaba sus manos sobre el desnudo pecho de Edward, haciendo ahora que él gimiera con fuerza. Cuando el pecho de él estuvo descubierto, coló sus manos desde el pecho hasta su espalda, bajo su camisa, acariciándolo con fogosidad, y acercando su propio cuerpo ahora un poco más al de él. Edward, tentativamente, buscó por la espalda de Isabella, el cierre del encantador vestido, y con la misma lentitud con que ella hizo su trabajo, él comenzó a descender la cremallera sin apuro, sin abandonar los labios de Isabella, quien se encontraba completamente perdida en Edward. Cuando el cierre estuvo completamente abierto, el vestido, como si tomase vida propia, descendió por el cuerpo femenino, llegando hasta sus pies, dejándola prácticamente desnuda. Edward se detuvo y volvió a apartarse unos centímetros para deleitarse con semejante obra de arte que estaba parada frente a él. Su torso estaba ahora completamente desnudo, dejando al alcance de su vista sus senos hermosos y perfectos, el resto del cuerpo ahora estaba cubierto por solo una braga de encaje negro y un liguero que sujetaba sus medias cubrían ahora el cuerpo de Isabella, además de sus tacones negros. Paseó sus ojos por su cuerpo, y luego se devolvió al rostro de Isabella, que extrañamente estaba cubierto por un rubor exquisito, y su mirada estaba escondida de la de él, como si sintiera vergüenza de su ahora desnudez. Y es que sí sentía vergüenza, después de todo lo que había pasado, después de todo lo que había oído, un "click" había detonado en su "yo interno". En ese instante comprendió que Edward Cullen había llegado a cambiar su maldita vida.
Edward terminó de sacar su camisa y dejarla caer sobre el piso, movimientos que hizo a ella levantar su mirada hacia Edward, quien no le quitaba la vista de encima. Él volvió a acercársele y a besarla, mientras se movía con lentitud, para enseguida hacerla caer sobre la enorme cama.
Una vez ella calló, Edward como si estuviese haciendo un ritual religioso, con ceremonia, sacó los hermosos tacones de los pies de Isabella, acariciando sus piernas por sobre las medias, las que no demoró en desmontar de sus ligas. La figura semidesnuda de Isabella sobre aquella cama blanca, era la imagen celestial (o demoniaca) más hermosa y excitante que nunca jamás había visto. Y como hipnotizado por semejante visión, llevó su boca hasta el vientre de Isabella, dejando besos húmedos, mientras sus manos tanteaban y acariciaban cualquier parte de tan suave piel. Su boca subió hasta sus pechos, en donde se quedó por largo rato, succionando, besando, mordiendo y acariciando.
Isabella, a esas alturas, estaba hundida y perdida en un más de éxtasis. Sus manos trataban de aferrarse a cualquier superficie que la mantuviera tomada a esa realidad que estaba viviendo, y es que sentía que se iba y se hundía en las sensaciones que la boca y las manos de su maestro estaba provocando en ella, haciendo que en su boca estallasen gemidos intensos.
Cuando ambos labios volvieron a encontrarse, jadeantes ambos, Isabella llevó sus temblorosas manos hasta el cinturón que sujetaba los obscuros pantalones de tela que Edward aun llevaba puestos.
-Aún llevas mucha ropa, Edward- dijo en su boca, llevando con ella una mirada lujuriosa, haciendo que el mismo Edward se apresurar a ser él mismo en sacar de su cuerpo lo que llevaba de ropa, hasta quedar completamente desnudo frente ella. Isabella paseó su vista por el ahora cuerpo desnudo de Edward, observando su escultural cuerpo, "Por Dios, que hombre tan sexi...". No encontraba palabra para articular ni en su boca ni en su cabeza, para definir lo tan perfectamente esculpido que estaba el cuerpo de Edward Cullen.
-Pues también creo que tú llevas mucha ropa, aun...- dijo entonces Edward, observando sus bragas de encaje que aún estaban puestas, llevando sus manos hasta ellas, y sacándolas con delicadeza, mientras de camino, volvía a dejar besos por las piernas de Isabella. "Oh, Dios, voy a estallar, voy a estallar..." pensaba ella, cuando sintió nuevamente la boca de Edward sobre ella, ahora rozando con sus labios sus partes más íntimas, y luego volviendo de regreso a su boca.
-¿Cuántas veces te han hecho el amor, Isabella?- preguntó Edward, con sus ojos hambrientos y llenos de fuego
-Nunca...- respondió ella, con un dejo de tristeza.
-Pues disfruta entonces tu primera vez...- dijo finalmente él, posándose sobre ella, cuerpo con cuerpo, sin nada en medio, y besando sus labios con premura, acariciándola por todas partes
Después del preludio, los cuerpos de ambos estuvieron ansiosos y dispuestos a encontrarse y conjugarse en uno solo.
-Te deseaba... tanto... dentro de mí...- logró decir ella
-Por Dios, Isabella...- decía él, mientras ambos cuerpos seguían un mismo ritmo, haciéndolos cada vez mas potentes las embestidas de él sobre ella –Nunca Isabella, nunca habrá alguien que te haga sentir lo que yo ahora-
-Nunca Edward, sólo tú, sólo tú...-
-Moriría dentro de ti, eres mi perdición...-
-Oh Edward- pudo decir ella, pues después ninguno de los dos pudo decir absolutamente nada. Solo se dedicaron a entregarse el uno al otro.
No hubo música de fondo, sólo los jadeos y gemidos, o cuando lograban articular el nombre del otro, de forma irregular y entrecortada, bajo semejante ola de pasión y fuego que los envolvía.
Ninguno de los dos quería que aquello se acabase, no querían darle marcha al tiempo otra vez, no querían volver a la realidad, por lo que no fue sólo una vez durante la noche en la que se amaron, sino varias, hasta cuando el alba comenzó a aparecer, trayendo la luz del nuevo día sobre sus cuerpos desnudos y exhaustos.
Isabella quedó rendida, durmiéndose plácidamente sobre la cama, y con una leve sonrisa en su rostro. Pero Edward no durmió. Estuvo sentado en la cama, junto a Isabella, contemplando el amanecer y a la mujer que tenía al lado, alternadamente, preguntándose qué demonios será de él ahora en adelante, que si cambiaría algo o dejaría que esa noche que pasó con ella quedara en su vida como un paréntesis, no dejando que interfiriese en su vida, en su futuro...
"Imposible", pensó.
Con cuidado salió de la cama y se vistió en silencio. Cuando estuvo listo, contempló por última vez el cuerpo desnudo que reposaba en su sueño sobre la cama. Lo observó con tristeza, con el anhelo y el deseo de que las cosas pudieran haber sido diferentes entre ellos, pero no.
La observó cómo observaría un amante a su amada por última vez. Y es que era así como se sentía, en la desdicha de la despedida.
Dejando la tortura de aquello atrás, dio un fuerte suspiro, se dio media vuelta y salió de la suite, cabizbajo y derrotado. "Me consumí en el infierno...y lo peor... es que volvería a caer en él, una y mil veces más..." pensó al cerrar la puerta tras de él.
Cuando Isabella comenzó a abrir los ojos, se percató de un par de cosas: una, que por la refulgencia de la luz natural que se colaba por la ventana, debía de ser muy tarde. Otra cosa: que aquel no era su cuarto y que estaba desnuda sobre esa cama
-¡No fue un sueño!- susurró, concluyendo y poniendo en orden su cabeza. Lentamente se movió, girando su cabeza hacia el otro lado de la cama. Pero no había nadie, estaba sola.
-¿Edward?- preguntó en voz alta, mientras se incorporaba, pero nadie respondía. Una ola de angustia la comenzó a embargar. Desnuda se levantó y recorrió la suite, no encontrando rastros de él por ningúnlado: no prendas de ropa, no notas de despedida, ni menos algun recuerdo tierno como una rosa o algo por el estilo. Nada.
Regresó a la cama, preguntándose qué habría significado para Edward Cullen la noche que pasó con ella -¡¿Nada?- respondió, decepcionada. "Pero no puede ser, todo lo que dijo... lo que hicimos, porque eso no fue follar, eso fue hacer el amor, él mismo me lo dijo, y uno no hace el amor con cualquiera... ¿mintió para no hacerme más daño?¿pero por qué?¿lo hizo por compasión? ¿de verdad no significó nada?"
-¡¿NADA?- gritó con frustración y rabia. Pues si él no estaba ahí con ella, si no esperó a que ella despertase, era por algo. O por nada. Porque para él claramente no había significado nada.
-Una noche de placer con una puta adinerada, él me lo dijo, es todo...- se dijo, tristemente.
Esa había sido su última carta jugada. Y había perdido. Y como buena y digna jugadora, ella sabía lo que tenía que hacer: retirarse. Desaparecer de su vida y dejar que construyera su futuro lleno de amor, dicha y felicidad con la mujer con quien se casaría en un par de días. La mujer que lo amaba. La mujer que sería la madre de sus hijos. No ella.
-Es todo Isabella- dijo, echándose sobre la cama a llorar desconsolada, mientras sus amargas lágrimas brotaban sin piedad, y los recuerdos frescos y persistentes de lo que sería la mejor y la noche de toda su vida, no se volvería a repetir. Así, para ella, nunca más. Nunca más.
La puerta del departamento de los hermanos Cullen se abrió a eso de las diez de la mañana, mientras Edward estaba solo, sentado en la isla de la cocina, tomando un cargado café, en silencio, mientras en su cabeza las imágenes de la noche con Isabella se aglomeraban una tras de otra, sin poder evitarlas.
-¡Maldita sea Edward, te dije que no hicieras planes para ayer... nos plantaste!- le gruñó Emmett desde la puerta de la cocina. Edward levantó su rostro a él, y le vio, con el cotillón de alguna fiesta aun puesto, claramente algo ebrio aún. En otra circunstancia, la visión de Emmett hubiese hecho reír a su hermano. Pero esta vez no
-Emmett, tuve una reunión ineludible. Lo siento, de verdad-
-Pero te llamamos...-
-Jaqueca- dijo, indicando su cabeza
-Pues te la perdiste... de veras...-
-Me alegra que hayan celebrado de todos modos-
-¿Te encuentras bien?- preguntó Emmett. "¿Qué si me siento bien? Me siento mal, como se siente el peor y más miserable hombre que pisa la fas de esta tierra, así me siento"
-La jaqueca no se va. Y debo ir a la sinfónica a dictar clases...-
-Pues yo iré a dormir, fue una noche... exhausta- dijo, dándose la vuelta para ir y dejarse caer derechito en su cama.
Un aviso de mensaje de texto llegó al celular de Edward: "Hola mi vida, espero que hayas disfrutado tu despedida de soltero... yo me comporté como una señorita, pero no te puedo contar lo que hicimos. ¿nos vemos esta tarde? Te extraño amor. Llámame. Te amo. Tanya"
-¡Por Dios del cielo, y ahora como la voy a mirar a la cara!- dijo Edward, dejando el celular a un lado, y aferrando su cabeza con ambas manos en señal de frustración -¡Soy una mierda, soy una mierda...!- se repetía, sin saber con certeza qué sería de él de ahora en adelante.
Culpa y escapatoria
Edward estuvo toda la mañana sentado frente al piano, deslizando sus dedos una y otra vez sobre las teclas del instrumento, y es que era su vía de escape, algo que lograba relajarlo un poco. Durante ese transcurso, oyó el repiqueo de su móvil una y otra vez, pero lo obvió. No quería hablar con nadie. Necesitaba estar solo. Pero la persistente llamada de James lo desconcentró, así que atendió
-Cullen, tú y yo almorzaremos en tu casa a eso de las dos de la tarde. No excusas, no negaciones. ¿Me oyes?- "ordenó" su amigo James, tácitamente
-Está bien-
-Nos encontramos en la entrada de tu edificio a las dos-
-Ok- y colgó, para seguir tocando las obras más tristes de los compositores más famosos, que a él tanto le gustaban
-¿Rosalie está en su oficina?- dijo Isabella, entrando al piso de gerencia, y hablándole a la asistente de esta.
-Si señorita Swan- contestó, y sin esperar respuesta, entró a la oficina, mientras la rubia empresaria, estaba atendiendo una llamada telefónica. Se sentó frente a ella, y esperó a que terminara.
-Isabella, que te trae por aquí- dijo Rosalie de forma cordial
-Necesito que te hagas cargo del negocio por unos días... o semanas-
-¿Qué sucede?... ayer no llegaste a la cena con los inversionistas...-
-Necesito desaparecer...-
-¿Te encuentras bien?- preguntó Rosalie un tanto desconcertada por el semblante que traía Isabella aquella mañana. La hija de Charles Swan no era de las mujeres que se dejaba caer al trabajo con ropa casual o "normal". Menos con el rostro estropeado por ojeras o sus ojos hinchados, como si hubiese estado llorando por hora, como se veía en aquel momento. Eso la alertó.
-No, no estoy bien. Por lo mismo necesito irme de aquí. ¿Puedes quedarte al mando? Jane te ayudará con todo lo que necesites, si es necesario, dejaré un poder para que firmes y tomes decisiones...-
-¡Alto ahí Isabella! Dime una cosa, pretendes retirarte del negocio, o pretendes suicidarte... ¿Qué es eso de dejar poderes y desligarte?¿qué pasa?-
-Pasa que no quiero estar aquí. Necesito tiempo para mí. No puedo explicarte nada más, ayúdame con esto, por favor...- aquel fue un ruego, haciendo que los ojos de Isabella se nublaran de lágrimas, otra vez.
-Bien, te ayudaré. ¿A dónde vas?-
-No lo sé aun. Y mientras menos gente lo sepa, es mejor- dijo, secándose las lágrimas
-¿Iras al extranjero?-
-No, no sé... ni se con claridad el tiempo que estaré afuera-
-Entiendo. Da señales de vida de vez en cuando, por favor-
-Lo haré. Gracias Rosalie- dijo, y salióintempestivamente de la oficina, ahora rumbo a la suya
-¡Jane, a mi oficina, ahora!- le dijo, aunque más bien gritó, mientras cruzaba la secretaría. Jane, asustada frente a su jefa, se levantó temblando, tomando su block de notas y dirigiéndose a la oficina de gerencia, frente a la también asustadiza mirada de las dos secretarias que trabajan junto a ella.
-¿Isabella?- preguntó Jane desde la puerta, mientras observaba a su jefa ordenar algunos papeles y guardar otros en su maletín. Jane también se percató del rostro contraído de Isabella, y la preocupó.
-Jane, estaré afuera un par de semanas. Rosalie queda a cargo de todo. Aquí hay un poder para eventualidades, en caso que haya que firmar documentos importantes o echarle mano al dinero, o cosas como esas- dijo, firmando un documento y extendiéndose a Jane.
-Isabella, que pasa...- preguntó acercándose al escritorio con lentitud
-No descuides la oficina, y cualquier cosa que Rosalie necesite, ayúdala...- decía Isabella, mientras frenéticamente seguía guardando documentos, sacando algunas cosas de las gavetas y poniéndolas en su maletín
-¡Bella, detente! ¡¿qué sucede?- dijo casi en un grito desesperado
-Sucede que me estoy pudriendo por dentro Jane. Sucede que quiero irme de aquí, que quiero estar sola, lejos. Sucede que acabo de darme cuenta quien soy en realidad, y no me gusta...- respondió, de pie detrás de su escritorio frente a Jane, con ambas manos sobre la base del estudio, y su cabeza baja, derrotada, y aguantando que las lágrimas no siguieran fluyendo. Aunque fuese imposible.
-¡¿Qué paso?-
-Nada Jane. No puedo hablar ahora...-
-¿Regresaras?-
-Regresaré. Cuida de esto mientras no estoy, por favor- dijo, cerrando su bolso
-Bella, déjame ayudarte...- suplicó Jane, ahora como amiga, uniéndose al llanto de Isabella.
-Has hecho demasiado por mí, no quiero descargar mi mierda sobre ti-
-Bella, soy tu amiga, te quiero, quiero ayudarte- le dijo, y es que sabía que algo había pasado, dejando mal herida a su amiga
-Por lo mismo Jane. Confía en mí, solo necesito tiempo a solas-
-Escríbeme o llámame Bella-
-Lo haré Jane. Te lo prometo- dijo, y salió de la oficina, rumbo a su casa a preparar las maletas para ir... a cualquier parte.
-Tanya, debes ir a buscar el vestido a mi apartamento. Está en mi cuarto, en una caja blanca sobre mi cama. ¡Edward no lo debe ver, por nada del mundo, me oyes!-
-Sí Alice, cálmate. Tengo las llaves de tu apartamento. No hay nadie, así que iré por él y saldré enseguida-
-Ve entonces Tanya! Voy rumbo a tu apartamento, ahí lo probaremos y veremos si necesita más arreglos-
-Como digas jefa- contestó Tanya, divertida, y subió rumbo al departamento de Edward y sus hermanos. Cuando estuvo allí, se dirigió al cuarto de Alice, y vio la gran caja sobre la cama. La abrió y vio el papel arroz que cubría la tela marfil de su vestido. Se tentó a sacarlo y levantar el vestido por fin terminado. Se sintió emocionada al ver que su sueño se cumpliría tal y como ella se lo imaginó, sin que nada lo estropease...
Tanya oyó que la puerta principal del departamento se abrió, y escuchó la voz de James y la de su novio. Enseguida miró el vestido.
-¡Mierda!- dijo, bajito, guardando el vestido con premura, antes que Edward la descubriera allí con él. Afanada en doblarlo con cuidado, comenzó a oír la conversación que los dos amigos comenzaron a tener en la sala, a escasos metros de ella:
-Entonces, habla Cullen. Traes cara de zombie. Dime que sucedió...- inquirió James, en tono muy serio, mientras se ubicaba en el sillón de la sala
-No sé si quiero hablar de ello...- asumió Edward, mientras se servía un trago
-Habla Edward, maldita sea. ¿Se trata de... ella, verdad-
-¡Maldición Witherland! Ella es como la peor de las drogas. Sabes que consumirlas puede llevarte incluso a la muerte, pero aun así, no puedes contra la adicción que provocan después que las has... probado-
-¿Probado?¿Has probado... la droga... esa droga?- preguntó James, dubitativo, mientras que Tanya, escondida en la pieza de su cuñada, estaba confundida, no entendiendo el "código" en el que hablaban los amigos. "¿Edward está consumiendo droga?" Sacó ella por conclusión
-No sé qué me pasó... intenté evitarlo, detenerme... pero fue más fuerte que yo...-
-Edward, ¿me estás diciendo que tuviste un desliz con la Swan?- preguntó James, dejando de usar la alegoría de la droga para aquella charla. Mientras Tanya sintió un nudo en su estómago, un dolor que se posó en su pecho cuando oyó aquello, esperando que Edward respondiera negativamente ante esa pregunta. Pero la negativa nunca llego, pues Edward solo asintió a la pregunta de James -¡Maldita sea Edward!¿cuándo pasó?¿cómo? ¡Y por qué demonios no me lo había contado!-
-¡Contarte para qué James! Desde la primera vez que sucedió, lo he tratado de olvidar...-
-¿La primera vez que sucedió?¿no ha sido sólo una vez Edward?- inquirió James, lleno de rabia por la estupidez que su amigo había cometido. Del otro lado de la sala, en la recamara, Tanya se había dejado caer al piso, con su corazón trizado, sofocando el sollozo que estaba a punto de comenzar a salir de ella.
-Durante una de las clases, en la fiesta... y anoche. Estoy tratando de olvidarlo, convencerme que fue sin importancia, un desliz que no significó nada...-
-¿Y lo fue Edward?¿Fue algo sin importancia?¿De verdad no significó nada?- preguntó James, ante lo que Edward sólo bajó la cabeza y se mantuvo en silencio, sintiéndose culpable y avergonzado. –Ok, no tienes que responderme eso... pero dime, qué tipo de encuentro tuviste con ella...-
-¡James, por favor!-
-¡Échalo fuera Edward! Estas desesperado por desahogarte con alguien...-
-Nos besamos... nunca nadie me había hecho sentir así con un beso, tantas sensaciones que... pero aun así, no quería esto James, lo sabes, no lo quería. Pero su cercanía me desarma...- las palabras salían de la boca de Edward de forma descontrolada, sin poderlas retener
-¿Sólo besos Edward?-
-A inicio de semana, recibí una invitación a una despedida de soltero, la que enseguida supuse que venia de parte de ustedes. Emmett ya me había hablado que la fiesta seria el jueves, por lo que todo calzaba en la invitación y en lo que mi hermano me había dicho. Anoche fui al lugar acordado, esperando encontrármelos a ustedes... un hotel cinco estrellas, una suite elegante... pensé que me estaban jugando una broma... hasta que la vi llegar...-
-¡Por todos los cielos Edward!-
-Sentí tanta ira contra ella, que le dije cosas que a ninguna mujer, en ninguna circunstancia le diría. La traté realmente mal después de saber que había sido ella la de la invitación. Fui hiriente, quería hacerle daño... y lo hice. Ella desistió de seguir seduciéndome y me pidió perdón, para después irse de allí...- relató, con su vista perdida en la alfombra de la sala
-Entonces no pasó nada más...-
-James, le pedí que no se fuera. Me sentí perdido con su lejanía en ese momento. En ese momento no quise nada más que a ella ahí conmigo...- terminó, susurrando la oración con vergüenza. James lo miró espantado, y es que él sabía que Edward podía caer, pero no hasta llegar a "eso", y no pensaba el el acto sexual, sino en el semblante de su amigo, de derrota, desconsuelo, agonía. No, esto no estaba bien, había traspasado los límites. Por lo mismo, cuando Edward le dijo lo último, James se levantó como un resorte, agarrando su cabellera rubia y dirigiéndose a la ventana.
-¡Mierda Cullen!¿estabas ebrio?- le preguntó, pensando en que quizás el alcohol podría haber contribuido...
-No estaba bebido. Cedí. Cedí al infierno. Un deseo desmedido por ella, torrentes eléctricos me recorren en cuerpo cuando la tengo cerca, desde la primera vez que la vi. Anoche casi pierdo el juicio... y creo que lo perdí... no pensé en nada más... lo quería todo de ella para mí, odie a cada hombre que estuvo con ella antes que yo... después me sentí miserable. Aun me siento miserable...- desde la desesperación hasta el abatimiento, así habló Edward.
-Demonios Edward, ¿y qué harás ahora?¿sigues con la idea del matrimonio?-
-¡Tanya es mi salvación! ¡Yo la amo, no quiero echarme atrás...no lo haré!- estalló con desespero, levantándose también de su asiento para enfrentar a James
-Edward por favor... ¿tú salvación, tú amor?- bufó, y continuó -ahora dime la última cosa, ¿te arrepientes de todo lo que pasó con esa mujer?-
-Claro que estoy arrepentido... pero no puedo hacer nada por regresar el tiempo... y no puedo negar tampoco lo que ella me provoca James, es más fuerte que yo...-
-Adicción y perdición-
-Me siento ahogado James, larguémonos de aquí por favor...- dijo Edward, saliendo de su letargo
-¿Hablarás con Tanya sobre esto?-
-¿Y hacerla sufrir?¿justo antes de nuestra boda? No James... sé que se lo tendré que decir, pero no ahora...-
-Larguémonos de aquí Cullen...ahora yo necesito un trago fuerte después de toda la mierda que me has contado...- dijo James, poniéndose de pie junto a su amigo, y saliendo raudos del apartamento, rumbo a cualquier lugar.
Tanya estaba aferrada a su estómago, echada sobre el piso en un rincón del cuarto, sintiendo como el alma caía pedazo a pedazo, dejándola ahí como un ser inerte, sin vida.
-Por Dios, que fue esto...- decía, mientras lloraba sin consuelo alguno, devastada y destruida. Ella hubiese mil veces preferido oír que Edward estaba ebrio y que no sabía lo que hacía, y no aquella confesión sobre las sensaciones que esa mujer le hacía sentir –Y dice que me ama...- Tanya sentía que el destino se estaba burlando de ella, que Edward se estaba burlando de ella –Edward...por qué...- lloraba, lloraba, sintiendo que cada lágrima era como hiel que bajaba por sus ojos, dejando sensaciones amargas en ella... lo único que quería era morir, pues su vida era Edward, su futuro era Edward, su alma era Edward... y ahora, todo eso estaba destruido, dejando malherida sobre la desdicha y la incertidumbre. Y esa mujer que había llegado a robarle lo que era suyo, haciendo que ese pensamiento, la imagen de esa mujer que fue tan cordial y amable con ella, no hizo más que burlarse, la lleno de rabia e ira, potente rabia: "¡Maldita, mil veces maldita!"
Isabella metió en su maleta lo justo y necesario para pasar una temporada en un lejano pueblito al norte de Roma, lugar en donde Rosalie tenía una especie de refugio alejado de la ciudad, y que le ofreció para que pasara allí su "retiro". Había tomado un vuelo que saldría a primera hora del día sábado. Le había hablado a su madre, y le había dicho que se presentó un problema de último momento en Estados Unidos, una urgencia que ella personalmente tenía que atender, y que no sabía cuánto tiempo demoraría. Renée supo por el tono de voz que algo andaba mal con su hija, pero Isabella le pidió que confiara en ella, que la estaría llamando, y que estaría bien.
Así que estaba todo listo. Ahora, tomaría un baño de espuma que pretendía que la ayudase a relajarse y luego dormiría, para mañana estar muy temprano en el aeropuerto y alejarse de aquí.
Pensaba en ello, cuando unos golpecitos en la puerta de su recamara la interrumpieron de sus planes mentales:
-Señorita, la buscan abajo...-
-¿Quién?-
-No lo sé, dijo que era urgente y que no se marcharía hasta verla...- cuando la empleada dijo eso, el corazón de Isabella comenzó a latir con rapidez, imaginándose la sola idea de que pudiera ser Edward que venía por ella. Así que decidió bajar corriendo las escaleras y cerciorarse por sí misma si sus deseos eran ciertos.
Cuando llegó a la sala, buscó la imagen masculina que deseaba ver, pero en vez de eso vio la silueta femenina de una mujer rubia que esperaba por ella
-Tú y yo tenemos que hablar...- le dijo la mujer a Isabella, quien se paralizó, sabiendo que una bomba había explotado y que ella era una de las responsables.
