Bueno, aquí ando yo con un nuevo capítulo de esta historia. Bueno, es un capi y un Outtake...
Mil gracias por sus comentarios, mil gracias por sus avisos de favoritos, es una muy lienda manera de alentarme a que siga, asi que mil gracias (he estado respondiendo a sus comentarios... lo haré en la medida que me quede tiempo, si?) Asi que GRACIAS!
Ahora a disfrutar de la lectura. =)
Feliz año nuevo mi amor
-Entonces James, que dices ¿Jane y tú vienen a Liverpool para pasar año nuevo?- preguntó Edward a su amigo James, cuando llegaron al bar de siempre, después del trabajo, a tomar un trago. Hace días que no se juntaban a charlar.
-Mi pequeña Jane está muy entusiasmada. Isabella le habló de eso por la mañana, así que apúntanos para el viajecito en parejas-
-Esa niña te tiene como un bobo, ¿no?-
-Se le dice "estar enamorado" Edward, ¿y qué me dices tú, ya te trae como bobo?-
-Sí, creo que sí-
-¡Vaya! Esa si es una admisión importante Cullen-
-Sí, lo es- admitió Edward, sin darle más explicaciones a su amigo. Se quedaron un instante en silencio, disfrutando cada uno de su trago, hasta que James rompió el silencio y lanzó una noticia que hizo que Edward casi cayera de su taburete:
-Le pediré a Jane que se case conmigo-
-¡¿Qué tu qué cosa?¡¿Estás ebrio?¡¿Te estás drogando de nuevo?-
-¡Hey, no me insultes Cullen! Te lo digo en serio. Ansío comenzar a vivir con ella para el resto de mi vida. No sé porque hay que esperar años de noviazgo para casarse-
-¿Desde cuándo estas a favor de la institución del matrimonio, eh? Si mal lo recuerdo, creías que era una simple firma de papeles que complicaba la relación entre un hombre y una mujer, ¿no?-
-Lo pensaba antes de conocer a mi princesita… y ella no me ha presionado en nada, por si estás pensando en eso. Ella no es así-
-Supongo entonces que seré el padrino-
-Supones bien Cullen, y como buen padrino, deberás correr con parte de los gastos de la boda...-
-¡¿Qué? ¿En qué parte del planeta se estila eso, eh?-
-Como sea, después de año nuevo, pretendollevarla hasta Cambridge a presentarla con mis padres. Ellos ya saben de ella, y están ansiosos de conocerla, aunque siempre pensaron que yo acabaría comprometido con Alice…-
-¡Cierra el pico, James!-
-Y hablando de Alice, ¿cómo llevas el tema de su emancipación, eh?¿Su "amistad" con Jasper es seria?-
-Ja-ja-ja, muy gracioso James. Cualquier paso en falso por parte de ese tipo, y estoy sobre él arrancándole el pellejo y chupándole la sangre hasta dejarlo seco…-
-¡Wow, suenas como un sádico vampiro!¡qué miedo Cullen! Y dime una cosa, ¿las cosas con ella han ido mejorando?-
-No sé… tuvo una actitud muy desagradable conmigo para la cena de navidad. Creo que no sabes quién reapareció para navidad…-
-No lo sé, ¿Quién?-
-Tanya-
-Oh, lindo regalito de navidad tuviste. Me imagino que tu hermana se alió con ella-
-Por cierto que sí, pese a que había hablado con ella sobre lo que ocurría con Isabella, ella insistió con ser desagradable, lanzar comentarios irónicos e incómodos, por supuesto para ayudar a su amiga Tanya que llegó con una actitud diferente-
-¿Diferente?-
-Sí James. Insiste en "no dejarme ir" tan fácilmente. Esta herida, despechada, y eso es peligroso en una mujer-
-Lo sé, la última mujer despechada por mi culpa, acabó con mi Audi-
-Lo recuerdo, pero ella irá más allá. Debo estar atento, salvaguardar a Bella, incluso a Alice, y hasta a mí mismo-
-¿Pensaste que reaccionaría de forma diferente?-
-Sí, totalmente. Sabía que volvería a aparecer, pero no de ese modo. Me dio la impresión de ver frente a mí a una mujer maquiavélica, y no me gustó-
-Pues debes estar preparado entonces. Lucha de fieras Edward, nada más aterrador que eso-
-Estaré preparado James. Decidí que nada ni nadie me separarán de Isabella. No lo permitiré-
-¿Estas cansada?-preguntó Edward, quien decidió llamarla, pues ya era muy entrada la noche como para dejarse caer por su casa.
-Sí, la verdad es que corrimos de un lado para otro todo el día, y tú que me dices- dijo ella, recostada sobre su cama.
-Sí, bueno, ensayos, evaluaciones, y reuniones con mi jefa… me llamó a su oficina para pedirme explicaciones respecto a qué tipo de relación tengo yo con su niñita…-
-¡¿Qué Renée hizo qué cosa?- dijo ella, espantada, sentándose en su cama.
-Oye, es natural. Yo fui sincero con ella, no tienes de qué preocuparte. Ella te quiere, es normal que se preocupe… soy el hombre que tiene una relación con su niñita, ¿recuerdas?-
-¿Y qué tipo de relación tienes con "su niñita"?- preguntó Bella de forma muy coqueta, volviendo a acomodarse sobre su cama, mientras mordía su labio inferior
-Una muy especial, que crece cada día, como crece mi necesidad y mis sentimientos por ella… relación que no estoy dispuesto a descuidar…-
-Edward… - lanzó un suspiro de lo más romántico, haciendo que Edward riera quietamente al otro lado de la línea telefónica –Supongo que mi beso de buenasnoches quedará pendiente-
-Sí Bella, creo que sí. Estás muy cansada, y yo no acabo de corregir unas partituras que deben estar listas para el miércoles. Pero si gustas mañana puedo darte el beso de buenas noches y el de buenos días juntos, ¿desayunas conmigo?-
-¡Sí! Hay una cafetería italiana pequeña cerca del edificio de la empresa, pero quizás te quede retirada, si gustas podemos juntarnos en otro lado…-
-Quiero conocer esa cafetería. ¿Nos vemos ahí a las ocho?-
-A las ocho está bien-
-Bueno nena, te dejo. Descansa sí. Mañana te veo-
-Hasta mañana Edward. Te dejo un beso-
-Un beso para ti, pequeña- dijo, quedándose ambos en silencio, oyendo las respiraciones del otro, antes de colgar. Isabella se durmió igual como lo había hecho las últimas noches, con una muy hermosa sonrisa en su rostro, evocando en sus últimos recuerdos a Edward. Y él, con una muy similar sonrisa, subió el volumen de su equipo de música, olió el exquisito aroma de café humeante de su tazón, "Aunque el aroma de ella es mil veces mejor" y se puso a trabajar con el recuerdo de ella en su mente.
A las ocho de la mañana del día siguiente, Isabella llegó a la pequeña y acogedora cafetería italiana que ella solía visitar. Se ubicó en una de las mesitas y sacó su móvil para revisar si tenía mensajes o llamadas, mientras esperaba que Edward llegase. Pero él no tardó en llegar
-Buenos día- dijo, sorprendiéndola por detrás. Ella dio un saltito, y se volteó a mirarlo. ¿Se había detenido a evaluar lo hermoso que ese hombre podía llegar a ser? Sí, un montón de veces. Su cabello algo húmedo aun seguro por la ducha de la mañana, y desordenado, como siempre; sus ojos verdes brillantes, su sonrisa. Y ¡Dios!, se vestía como si fuese un modelo de pasarela: llevaba una chaqueta de cuero negra, perfectamente ceñida a su cuerpo, abrochada hasta el tope, con una bufanda de color negro también, seguramente de algodón y jeans oscuros. Ella automáticamente se levantó y se acercó a él, poniendo sus manos sobre su pecho, lista para recibir su beso de buenos días.
-Hola- susurró ella, aun perdida en la hermosura de aquel hombre. Él sonrió y también se dio el tiempo de evaluarla. Un abrigo blanco perfectamente ceñido a su cuerpo que llegaba hasta sus rodillas, dejando ver sus hermosas piernas, cubiertas por medias color piel y unos zapatos de taco color crema, el mismo tono de su bufanda de lino y su cartera. Su cabello marrón suelto sobre los hombros, y su hermoso rostro cubierto por un sutil maquillaje. Era perfecto que no perdiera la naturalidad de sus colores con exceso de maquillaje.
Se besaron con ternura, con el anhelo de volver a reencontrarse. Ella se aferró a él por su cintura, mientras el descansaba una mano en su espalda baja y otra en su nuca. Disfrutaron de unos minutos degustando los sabores su sus bocas y rozando sus labios de forma muy tierna.
-Si no me sueltas, tu madre me correrá…-
-Tú eres el que me tiene atrapada…- dijo ella, haciendo que ambos rieran. Se acomodaron en la pequeña mesa, uno junto al otro, tomados de la mano.
-¿Vienes seguido aquí?-
-Sí, es muy tranquilo, viene poca gente, ¿te gusta?-
-Sí, es un buen lugar, y el aroma a café inunda el lugar-
-Tu aroma favorito-
-Uno de mis favoritos, ya sabes, es mejor cuando se confunde con lavanda y fresas…- le dijo, sonriéndole, y haciendo que ella se sonrojara. Él, automáticamente llevó sus dedos hasta su mejillas para acariciarlos –Adoro el sonrojo de tu cara-
-Ok, basta de eso… sabes que no estoy acostumbrada, así que no me abrumes. Mejor hablemos sobre el viaje a Liverpool, hablé con Jane y está entusiasmada de viajar. Quedó de conversarlo con James…-
-También adoro cuando cambias así de rápido el tema… y sí, anoche hablé con James, y me habló del entusiasmo de Jane por el viaje, entre otras cosas…-
-¿Qué otras cosas?-
-Cosas de hombres…- dijo Edward, mientras le pedía su café expreso al mesero. Isabella lo miró con los ojos entreabiertos, pensando en que ese descarado le haya contado a Edward sobre su noche de sexo con Jane… los hombres solían hablar de eso, ¿no? -¿Qué?- preguntó Edward cuando vio la mirada evaluativa de Bella hacia él
-¿No me contarás lo que te dijo? Si es sobre Jane tengo derecho a saberlo…-
-Sí fue sobre Jane, y lo sabrás, pero a su momento. Así que no comas ansias, y relájate que no es nada malo, muy por el contrario. No te lo puedo decir porque es secreto, y usted señorita no demoraría en contárselo a Jane-
-Guardaría el secreto…-
-¡Claro que no! Caerás en la tentación de decírselo, además es sorpresa. Ahora dime, ¿Qué hay de Rosalie? No he logrado hablar con mi hermano, quizás hoy lo vea…-
-También adoro como cambias de tema…- dijo ella, mientras él sonreía abiertamente –Ayer fue un día de locos en la empresa. Rosalie estuvo llena de reuniones, hoy almorzaré con ella. Seguro se anima y nos acompaña también-
-Y si Rosalie dice sí, Emmett dice que sí también- asintió Edward divertido, recordando como Rosalie Hale traía de las greñas a su hermano mayor.
-Estoy ansiosa de que sea jueves para irnos allá de una vez… y estaba pensando… mmm… que quizás… más adelante… digo, si quieres… podríamos tomar las vacaciones de verano juntos…-
-Suena estupendo, me encantaría viajar contigo Bella- admitió Edward.
Afortunadamente para Edward y Bella, los días siguientes pasaron con rapidez, por lo que el jueves 31 de diciembre no demoró en llegar. Decidieron viajar en tren, eso demoraría dos horas y media, por lo que acordaron, junto a Jane y James, salir de Londres a eso de las nueve de la mañana. La estación de trenes estaba llena de personas que llegaban o iban rumbo a otro sitio a pasar la fiesta de fin de año, de cualquier forma, estaba llena de algarabía. La misma algarabía animada que embargaba a estas dos parejas que estaban a punto de emprender el viaje. Emmett había tenido que usar todo su poder de persuasión sobre Rosalie, claro, con la ayuda de Isabella:
-¡Maldita sea Rose, deja de hacer sufrir a Emmett! Él sólo quiere hacerte sentir bien, pasar tiempo contigo… Rose, no me puedes negar que Emmett ha sido encantador contigo, y te ha ayudado a dejar atrás tus sufrimientos… no te atrevas a negarlo-
-No lo niego… un tierno oso polar… y no lo quiero hacer sufrir, es sólo que ha pasada tan poco tiempo de la muerte de mi John, que siento que lo traiciono-
-Rosalie, creo que él no podría estar más feliz de que encontraras a alguien que te ame como tú te lo mereces. Disfruta mujer, sólo eso. Así que no pienses más y acepta pasar año nuevo con nosotros en Liverpool-
-Está bien- aceptó ella finalmente. Claro, Emmett tenía una reunión a medio día, así que decidieron viajar después de la hora de almuerzo. Finalmente las tres parejas estarían celebrando juntas la llegada del nuevo año.
La casa de los abuelos de Edward situada en un barrio muy pintoresco de la ciudad. Era una casa estilo colonial, muy acogedora. Allí celebrarían. Todos estaban ayudando a arreglar la casa, que estaba algo desordenada después de la última visita que Edward había hecho allí. Jane y Bella salieron de compras al supermercado, mientras los dos varones se ocupaban de la limpieza.
Fue todo muy ameno mientras almorzaban, rieron mientras contaban experiencias de adolecentes de cada uno y se imaginaban en situaciones divertidas. Todo fue mejor, o peor, cuando Rosalie y Emmett llegaron, y él comenzó a contar los más oscuros y vergonzoso recuerdos de Edward y James, haciendo que finalmente éstos le amenazaran de cerrar la boca si quería pasar vivo la noche de año nuevo.
Durante la tarde pasearon por los alrededores del lugar, ya que Jane no conocía la ciudad. Fue fantástico verla tan feliz, paseando y sacándose fotos en el estudio Abbey Road, lugar que la emocionó mucho conocer. Parecía una niña. Y Bella estaba feliz por Jane, y por ella misma. Nunca se había sentido así de dichosa. Nunca.
Después que Emmett, Jane y Bella prepararon una muy elaborada cena de año nuevo, se sentaron a la mesa y comieron en el mismo ánimo de amenidad que habían construido durante ese día. Todo era fabuloso.
Bella salió al jardín de la casa, abrigada con una gruesa manta a contemplar la última noche de ese año que había traído para ella de todo. No solía hacer evaluaciones ni nada por el estilo las noches de año nuevo , pero esa noche, de ese año, era diferente, como jamás pensó que fuera a ser. Sobre todo en el último semestre del año. Su vida dio un giro de 360 grados. Se reconcilió con su madre, dio paso a nuevas amistades como la de Rosalie, y afianzó otras como la de Jane, a quien consideraba su hermana. Y Edward. Lo encontró. Aunque su "juego inicial" con él había comenzado de forma errada, todo había tomado un rumbo diferente. Eso de no involucrarse con sus "amantes" había quedado atrás. Los recuerdos tormentosos se esfumaron cuando Edward apareció. Todo se desvaneció, quedando sólo él.
-¿No tienes frio?- dijo Edward, acomodándose junto a ella en la banca de madera, acercándola a él desde su cintura.
-No, está bien. Esta casa es hermosa…-
-Sí, es una especie de herencia de mis abuelos. Es mi refugio-
-Es perfecto, todo ha sido perfecto hoy- dijo, recostando su cabeza sobre el hombro de Edward. El llevó sus labios hasta el cabello castaño de Bella y lo besó con ternura
-Sí… mmm Bella, creo que debemos entrar. Falta poco para que toquen las doce, los chicos estarán esperando el brindis-
-Sí, faltan cinco minutos no…. – asintió. Él se levantó, tomando de la mano a Bella para que hiciese lo mismo, pero ella lo detuvo. Él se giró quedando frente a ella –Edward, espera un momento. Quiero decirte algo antes de entrar con los demás-
-Dime-
-No quiero… no quiero que te sientas presionado ni incómodo, pero tengo que decirlo. Sé que esto que tenemos lleva poco tiempo y recién está emergiendo, y estoy feliz por vivirlo a tu lado. Jamás pensé tener ni merecer a alguien como tú a mi lado, pero aquí estas, por alguna extraña confabulación de los astros, o por divina gracia de Dios, o lo que sea. Estás aquí conmigo…- dijo, posando sus manos sobre el pecho de Edward, acercando su cuerpo al de él. Sabía que debía decirle lo que sentía, aunque él no respondiera de la misma manera –Edward… yo…- decía, nerviosa, evitando la mirada de Edward, mientras jugueteaba con los botones de su chaqueta de lanilla negra
-Bella, me estás asustando, dime que tienes que decirme…-
-Edward… Edward yo te… Edward yo te amo. Te amo como no he amado nunca a nadie, porque antes de ti no creo haber amado nunca. Tú me enseñaste este sentimiento, lo sembraste en mí y ahora germina y florece por ti… y para ti….- admitió por fin, haciendo que de su pecho, un profundo suspiro se escapara, aunque no dejaba de sentirse nerviosa por la reacción de Edward, a quien no había atrevido a mirar durante su confesión. Él ni siquiera se movió. Estaba procesando las palabras que Isabella había recitado para él. Era la declaración más hermosa que él había escuchado en su vida, y había sido para él. Sonrió, aferró de la cintura a Isabella con una mano, y con la otra levantó su rostro desde su barbilla. La miró profundamente a los ojos, mientras acariciaba sus sonrojados pómulos. ¿Qué podía decir él? Nada más que corresponderle con la misma sinceridad con que ella había hablado:
-Isabella, apareciste en mi vida desordenándola por completo. Hiciste que me cuestionara mi vida por completo, removiste mis esquemas, me sacaste de un estado de monotonía…. Me llevaste de la ira hasta la pasión, de la desesperación al sosiego, y aquí me tienes, necesitando de ti, cada vez más, en cada momento…- se quedó en silencio por un momento, mientras las campanas de alguna iglesia del sector repicaban, anunciando la llegaba de la media noche y por consiguiente del nuevo año. Sus ojos no se apartaron de los orbes profundamente marrones, mientras el ambiente se llenaba de gritos y de celebración. Ellos estaban en una burbuja. No oían nada, no había nadie más que ellos.
-Isabella, yo te amo- susurró, comenzando a acercar sus labios a los de ella –Te amo- reiteró, haciendo que los ojos de ella se anegaran de lágrimas de pura emoción y felicidad
-Feliz año nuevo mi amor…-
-Feliz año nuevo, mi Bella- respondió, posando finalmente sus labios sobre su amada, sellando el final de un año y anunciando el inicio del nuevo, comprometiéndose ambos y sellando un pacto de amor, que perduraría costase lo que costase.
Outake: Jane y James
Jane O'Connor tiene veintidós años. Licenciada con honores de la carrera de Comercio Exterior de la universidad de Kingston. Menuda, de un metro sesenta de estatura, tez blanca y cabello rubio "como el sol" como solía decirle su madre, Lina. Es Asistente personal de la gerente general de una de las empresas automotrices más grandes de Europa, además de ser su aprendiz, amiga y confidente.
Jane O'Connor, erudita en el área comercial, pero virgen en el plano sentimental. Virgen. En todo el sentido de la palabra. Su timidez no colaboraba en el arte de la seducción. Siempre decía que "esas cosas no eran para ella", aunque en sus sueños de niña, siempre deseó y esperó que su príncipe azul llegara montado en un corcel blanco a luchar por su amor. Pero el tiempo pasaba y nada que el dichoso príncipe aparecía. Desde la primaria, cuando veía a sus amigas y compañeras flirtear con chicos guapos, hasta la universidad y luego en el campo laboral, esperó al "dichoso príncipe de humo". Pero nada que aparecía. Eso, a veces, la hacía llorar por las noches, haciendo perder cualquier clase de esperanza para ella y el amor.
-Todo a su tiempo mi cielo, todo a su tiempo- decía tiernamente su madre, cuando adivinaba que la tristeza de los ojos de su hija, era producto del amor que no llegaba
-Jane, maldita sea, si te encierras en tu casa y no sales a hacer vida social, difícilmente encontraras al hombre que te haga perder la cabeza- decía Isabella de forma enérgica.
James Witherland, abogado graduado "a duras penas" de la universidad de Oxford. Veinticinco años, hijo único. Conocido en el ambiente como un abogado que luchaba por las cusas perdidas, revelándose en contra de los estereotipos de la sociedad conservadora. No era de los hombres que creyese en las relaciones formales entre un hombre y una mujer, como el matrimonio por ejemplo. Decía que era la manera perfecta de echar a perder una relación, que podía basarse en el amor, pero también en la libertad.
¿Conquistas sentimentales? Él y sus amigos habían perdido la cuenta. Había que reconocer que tenía arrastre con las mujeres: rubio, ojos azules, alto, musculatura nada exagerada, seductor, romántico, el prototipo masculino de cualquier mujer. Siempre había una chica dispuesta con quien pasar el rato. Y valoraba la soltura de cuerpo de las mujeres que no se hacían de rogar frente a un joven y guapo abogado. Pero no eran más que eso. Mujeres con quienes pasar el rato. A veces se preguntaba qué se sentiría enamorarse. Veía a su amigo Edward, quien llevaba años con la misma mujer, y con quien había montado planes idílicos para el futuro.
-¿Pero el resto de mi vida con una sola mujer? Pues si es así, déjame disfrutar, allá tú si te quieres encadenar a la roca tan joven…-
-Cuando te enamores James, y pises el suelo por donde camina esa mujer, te recordaré comentarios como estos, y me daré el lujo de reírme en tu pálido rostro, mi amigo- advertía Edward.
-¡¿Enamorarme yo? ¡Cuando las vacas vuelen Edward!- respondió. Hasta que por un milagro de la naturaleza, las vacas volaron.
Ir a fiestas a conocer mujeres era algo cotidiano para él. Pero esa fiesta, marcó su "despilfarrada" existencia. Cuando la vio, parada en una esquina oscura como corderito asustado, comenzó a bendecir a la cumpleañera por quien se daba esa fiesta. Bendijo también a su amigo Edward por haberlo invitado, y finalmente bendijo a los padres de "semejante cosita hermosa" a quién él conquistaría aquella noche.
Jane, quien para esa noche, no tenía planeado encontrar a su príncipe, a quien internamente ya había mandado al demonio, estaba esperando el momento adecuado para irse. Pese a que habían muchos hombres en el lugar, nadie se percataba de su insignificante presencia, pues nadie había tenido a amabilidad siquiera de ofrecerle un trago y menos de sacarla a bailar "Oh, sé sensata Jane, si alguien lo intentara, arrancarías de inmediato" objetaba una molesta voz interna. En eso estaba, cuando sintió la presencia masculina acercándose a ella. Observó con incredulidad, y vio que camino a ella, venia un alto y atractivo hombre. Venía sonriéndole. A ella. Sí, sonriéndole a ella. Empezó a retorcer sus dedos en señal de nerviosismo, y a temblar ligeramente.
-¿Qué hace una chica como tú, en un lugar como este?- dijo James utilizando aquella trillada frase y acercándose a la menuda mujer, quien se estremeció con tan solo oír la voz de James
-Yo... yo... no estoy...-
-No me digas que no estás sola, porque llevo un buen rato observándote... James Witherdale, un placer conocerle, señorita...- se presentó rápidamente, extendiéndole su mano en señal de saludo
-Jane O'Connor- dijo ella
-Jane, ¿me concedería usted esta pieza de baile?- preguntó caballerosamente él, como solía hacerse en el siglo dieciocho, acompañado todo esto de una reverencia, que hizo reír y a la vez sonrojar a la pequeña Jane
-No sé bailar bien...-
-No hay problema con eso, yo seré quien guie la pieza de baile, tú solo déjate llevar- le dijo, tomando la mano de la chica y llevándola hasta la pista de baile, en donde comenzaba a sonar una suave y romántica pieza de baile.
James aspiró el perfume floral de la hermosa mujer y supo que en sus brazos no había una mujer, sino un ángel, y supo enseguida que él debía ser el mortal que cuidara de aquel querubín. Un estremecimiento lo recorrió desde la mollera hasta la punta de los pies: "¿Será lo que se siente cuando alguien se enamora?", pensó, abrazándola con fuerza en un acto reflejo.
"¡Oh por Dios, Oh por Dios, mi príncipe de humo se materializó!" exclamaba Jane, perdida en los brazos y el aroma acogedor de ese hombre.
James no fue capaz de dejarla el resto de la noche por miedo a que algún otro "buitre" viniera por ella y se la llevara. Así que se encargaría de su cuidado por lo que restara e noche. Y por lo que le restara de vida.
-Entonces, ¿me permitirás seguir frecuentándote? ¡Y no acepto un no por respuesta!- le dijo y le advirtió a su ángel, cuando la fiesta había terminado y ambos estaban aparcados fuera de la casa de Jane, dentro del carro de James. Ella, que había estado gran parte de la noche sonrojada durante gran parte de la noche, sólo asintió, dándole así un voto de confianza a James.
-Sólo espero que no te aburras conmigo, no soy una chica muy divertida…-
-¿Me has visto bostezar? No, pues eso significa que eres la mujer más divertida y fascinante que he conocido. Sales de todos los esquemas típicos de una mujer, y eso ya te hace interesante- comentó él.
Desde esa noche, James ha hecho todo lo que jamás pensó que haría por una mujer, partiendo por socializar y esperar. La cortejó "como un ángel se merece ser cortejado" durante varias semanas: flores, cenas, chocolates, paseos, incluso poemas. Jane por su parte, no sabía que entregarle a él, pues poco a poco fue tomando conciencia de lo que James estaba provocando y despertando en ella. Y así se fue abriendo a él con respecto a sus pensamientos, sentimientos, sueños y frustraciones. Y viceversa.
El primer beso fue inesperado para Jane. Una noche, después de una amena cena, él la llevó a su casa en su coche, como lo hacía ya prácticamente casi todas las noches. Después de estar un buen rato hablando dentro del carro, Jane observó la hora, y se espantó. El tiempo junto a James pasaba con rapidez, pero ella debía respetar sus horas de sueño para despertar al otro día lista para una ardua jornada de trabajo.
-Oh, bueno, tendría que entrar ahora a casa. Es tarde y mañana tengo que madrugar. Muchas gracias por la rica cena James- dijo ella, preparándose para salir del coche. James, que llevaba casi toda la noche perdido en trazar algún plan perfecto para dar un paso más con ella, decidió que no la dejaría salir del coche hasta que ella supiera que él no se conformaría sólo con su amistad. No porque no lo quisiera, sino porque no podía. Él quería un compromiso con ella, por primera vez en su "malgastada" vida. Un compromiso de por vida con una sola mujer.
-Jane, espera un momento-
-¿Sí?-
- Hay algo que quiero decir…no, en verdad decir no …- susurró, acercándose a ella con lentitud, hasta que sus narices chocaron. James miró a Jane con intensidad, mientras ella temblaba. Jane O'Connor, a los veintidós años iba a, por fin, dar su primer beso. Y sucedió.
Un beso tierno, lento, de bienvenida fue lo que los abdujo a ambos durante varios minutos. Jane, quien no tenía ni pericia ni experticia en el arte de besar, catalogó aquel primer ósculo como el más hermoso beso que ella jamás se imaginó recibir. Ni en sus sueño. Y a él, quien sí tenía experiencias anteriores con quienes comparar, le pareció el beso más sublime que había dado y recibido en su vida, y es que aquel beso estaba lleno de sentimientos como nunca antes los tuvo. Y es que pese a que sabía que Jane no tenía las mismas experiencias pasadas que él con quien haber practicado, ella era la mejor mujer, poseedora de los mejores labios y los mejores besos. Ahora suyos.
-Bien Jane, quiero que sepas que estos labios- comenzó a decir, volviendo a rozar sus dulces y rosas labios –serán los únicos que besaré de ahora en adelante. Y pretendo hacerlo –volvió a besar –por muchas veces más- otro beso –por mucho mucho tiempo más- concluyó, observando los ojos hermosos de su chica. Ella no pudo articular palabra, así es que sólo sonrió y asintió en respuesta de la admisión que James le había hecho. Y es que ella estaba completamente de acuerdo con él.
Y así fue que ella entró a su casa, montada en una dulce y esponjosa nube de ilusión y felicidad. Y amor. Porque ella ya lo amaba.
James se las arregló para hacer de aquella petición tan poco oficial de compromiso, algo más serio, que su pequeño y hermoso ángel viera que él hablaba en serio, con sinceridad. "Piensa James, piensa…" decía.
-¡Serenata!- exclamó, sintiéndose iluminado por Dios o Cupido. Así que lo preparó todo, comenzando por elegir bien la canción. Y se decidió por "Oh Darling" de Los Beatles. Sí, le gustaba esa canción, era como un ruego y un compromiso a la vez. La cantaría con guitarra en mano y voz en cuello, a todo pulmón. Y lo hizo.
-¡Oh Darling, please, believe me, I'll never let you down…!- cantaba, o trataba de cantar James, en la entrada de la casa de su amada, agradeciendo en su interior que ninguno de sus amigos, Edward o Emmett, estuvieran presentes allí, de seguro se estarían riendo tirados en el piso de semejante locura de amor. Ya suficiente tenía con las indiscretas miradas de los metiches vecinos del barrio
Jane, desde la ventana, no sabía si reír o llorar de la emoción. Jamás en su vida pensó que alguien pudiese hacer semejante cosa por ella. Para ella, fue valioso que James recordara que los Beatles eran uno de sus grupos favoritos, y que le cantara esa canción precisamente, para ella tenía un valor incalculable, además, la voz de James sonaba tan hermosa… aunque su madre, su hermano Alec y sus vecinos pensaran lo contrario.
-Dios, es tan romántico….- decía, entre suspiros. Cuando la canción iba terminando, decidió salir a la entrada a encontrarlo. Él sonrió cuando la vio aparecer, sin dejar de cantar o tocar el instrumento. Cuando la canción acabó, el se quedó quiero en su lugar, y declamó:
-Jane O´Connor, oficialmente quiero pedirte que seas mi novia. Si me dices que sí, me harás el hombre más feliz sobre el planeta Tierra, y si me dices que no, aquí me quedaré, cantando el repertorio completo de Los Beatles, hasta que me digas que sí- amenazó James sonriendo, mientras seguía tocando suavemente las cuerdas de la guitarra
-Oh James… no será necesario. Yo te digo que sí- dijo ella, divertida ante la petición de James. Él enseguida se acercó a ella, dejó la guitarra a un lado, y la abrazó por la cintura
-¿De verdad me dices que sí?-
-Sí James-
-Mi Jane, mi angelito hermoso. Viviré para cuidarte y hacerte feliz-
-Ya lo haces- asintió ella, para luego ponerse de puntillas, rodear el cuello de su ahora novio, y besarlo dulcemente, como sólo ella lo hacía.
Esa noche fue la noche de las presentaciones formales ante la familia de Jane, quienes de inmediato congeniaron fabulosamente con él, sobre todo Alec, estudiante de derecho, que vio en James una especie de tutor. Él se comprometió en ayudar al hermano menor de su chica, pese a que le advirtió que él no era ninguna eminencia ni mucho menos.
-Joven James, sólo le pido que trate a mi pequeña hija con amor y respeto. Ella es mi tesorito, es lo más preciado que tengo…-
-Y ahora es lo más preciado que yo tengo señora Lina…-
-Lina, sólo dígame Lina-
-Lina, ella es mi tesoro ahora, y la cuidaré como tal. Se lo juro- prometió él, solemnemente, comprometiéndose con la madre de su amada, y con él mismo
-Verá, necesito que la inscripción en el gimnasio me permita venir aquí con disponibilidad de tiempo, y en cualquier momento, las veces que sean necesarias. No quiero que un horario me limite mi deseo de… ejercitar- comentó James al administrador del gimnasio. Para cualquier persona tener disponibilidad de espacio y horario en un gimnasio sería normal, pero no para James, quien no era fanático de hacer ejercicio. Pero ahora, debía encontrar una manera de botar energía. Soltar tensiones. Las tensiones que aquel hermoso ángel, ahora "su ángel" le provocaba. Porque por supuesto, esto de ir poco a poco con ella lo estaba desesperando. Y es que la deseaba. Era tan hermosa, quería entregarse a ella y que ella se entregara a él en alma… y cuerpo. Cada día, los besos subían un poco más su tono, de tiernos y cariñosos, hasta apasionados y cargados de deseo. Y eso, a Jane le asustaba. Ella era la que se apartaba cuando sentía que James comenzaba a pasear sus "indiscretas manos" por otras partes de su cuerpo, haciendo que ella sintiera una especia de picazón, luego de quemazón que la incomodaban un poco. Al principio. Luego le asustaron.
Una noche, después de un concierto, James llevó a casa a su chica, quien le invitó a pasar. Adentro, en la pequeña casa en penumbras, donde estaban "casi" solos, ya que Lina dormía plácidamente en su cuarto, se acomodaron en el sillón a mimarse un rato, y comentar el hermoso concierto que acababan de ver. Pero James estaba distraído. En cualquier otra situación, con cualquier otra mujer, aquel momento hubiese sido el propicio para comenzar una delirante sesión de caricias y besos que probablemente luego desencadenaría en ambos cuerpos retorciéndose de placer sobre una cama. Así que no aguanto más, quizás, para que Jane se entregara, él debía dar el primer paso. Así que, interrumpió el comentario de Jane sobre "lo bien que cantaba el vocalista del grupo", la tomó, acomodándola casi sobre su cuerpo, tomó su cara con ambas manos, con mucha determinación, y la comenzó a besar, ante el asombro y la confusión de Jane. La boca y la lengua de James tomaron el control de aquel beso. Sus manos la aferraron por la cintura, paseándose sinuosamente desde por la espalda, sus costado, sus caderas, su muslos, aferrando también su nuca, mientras Jane, quien a ratos intentaba someterse al beso de James, pero gran parte del tiempo la mantuvo asustada, sobre todo cuando lo oyó gemir, y cuando sintió sus manos muy cerca de sus senos. El miedo la inundó y comenzó a removerse para soltarse del fiero agarre de James, quien no cedía a su agarre. James se desesperó, y llevó sus manos como puños al pecho de James, y comenzó a golpearlo para apartarlo. Y James reaccionó. Ella se apartó enseguida de su cuerpo, se levantó y lo miró con sus ojos llenos de lágrimas producto del miedo y la confusión de esa situación. Y James supo que había metido la pata. Hondo, muy hondo.
-Jane, yo…-
-Vete James, vete por favor…-
-Ángel mío, perdóname…-
-Que te vayas James… mamá está durmiendo, no quisiera despertarla… vete-
-Perdóname Jane, no sé que me pasó…- dijo él, totalmente arrepentido de haber siquiera pensado por una fracción de segundo que ella reaccionaría como la mayoría de las mujeres que él había conocido. Y es que el deseo lo encegueció. Se levantó en silencio, trató de acercarse a ella, pero Jane reaccionó dando un paso atrás, apartando su vista de los ojos de Janes.
James salió de casa de su ángel completamente derrotado, con la convicción de que la había perdido.
-¡Soy un estúpido, un bruto, un maldito hijo de la gran…!- decía, mientras golpeaba el volante de su coche, maldiciéndose a sí mismo. Mientras Jane, sofocaba su llanto para no preocupar a su madre. Una vez encerrada en su cuarto, se dejó caer sobre las almohadas y comenzó a llorar. Una vez más.
-Tonta de mí, que pensó que alguien como él pudiese interesarse en mí… si soy tan poca cosa…- lloraba, amargamente. Y es que para ella, la relación que acababa de comenzar con James, acababa de terminar, no porque ella lo quisiera así, sino porque ella no era capaz de darle a un hombre como James, lo que él merecía, o lo que él esperaba.
A la mañana siguiente, cuando Jane se levantó y se dirigió hasta la cocina a desayunar, al pasar por la sala, se encontró con una escena que la volvió a paralizar. Encontró a Lina, recibiendo en la puerta, un hermoso buqué de rosas. ¿Lo raro? Lo raro era que el arreglo que su madre estaba recibiendo en la puerta, debía ser el número diecinueve o veinte. Y no sólo de rosas, sino de una amplia variedad de flores, las más hermosas que ella había visto nunca. Se acercó a uno de los ramos, el de orquídeas, sacó la tarjeta, y la leyó:"Mi ángel, sé que no soy merecedor de que te dieses vuelta a fijarte en un demonio como yo, pero trato de ser mejor para tí cada día. Perdón, mil veces perdón Jane". Hizo lo mismo con el siguiente arreglo de tulipanes amarillos: "Mi princesa las lágrimas se derraman con amargura por mi rostro, y queman. Queman por la culpa de haberte infringido daño. No quise hacerlo. Me odio a mi mismo por haberte hecho llorar… pero te quiero, y necesito tu perdón para seguir adelante con mi vida…"
James se instaló cerca de las seis de la mañana afuera de la florería que era propiedad de una de sus clientes. La llamó y le pidió ayuda, diciéndole que estaba desesperado por amor, y que sólo ella podía ayudarlo. Su clienta en un principio malentendió lo que su joven y atractivo abogado le estaba diciendo, pensando que quería pasar con ella un buen rato para ahogar su pena. Pero cuando James le dijo que le pagaría lo necesario para que fuera hasta su tienda de flores y la abriera para él, e hiciera servicios especiales, ella entendió.
Cuando la mujer llegó, comenzó a preparar un sin número de arreglos florales, los más hermosos. Contactó a un joven repartidor, y le indicó la dirección donde debía llevar cada diez minutos los ramos de flores a nombre de la señorita Jane O'Connor. Mientras ella preparaba los ramos, y le daba indicaciones a su repartidor, James estaba instalado en una pequeña mesa, con una serie de tarjetas, dejándose llevar por el poeta que llevaba escondido dentro suyo, que afloraba nada más en pensar en su pequeña amada y en el sufrimiento de ella. Y el suyo propio. "Mi adorado querubín, soy un hombre acostumbrado a cometer errores, y estos se hacen imperdonables cuando los cometo frente a alguien tan puro como tú. Pero necesito tu perdón. Porque yo te quiero mi adorada Jane, te amo". Escribió, con el corazón en la mano.
Cuando Jane leyó ese mensaje, sus ojos se volvieron a colmar de lágrimas. Pero ahora no por la pena o por el miedo, sino por la emoción de que por primera vez un hombre le dijera que la amaba. Pero deseó oírlo de los labios de James. Así que en un no muy común arranque de valentía y determinación por su parte, tomó su móvil y le marcó. James contestó casi enseguida:
-¿Jane?-
-James, ven, y dime frente a frente lo que dicen estas tarjetas. Y no demores, que me muero aquí…- decía ella entre llanto
-Voy por ti mi hermoso ángel- dijo él, y colgó. En milagrosos diez minutos estuvo parado frente a la casa de su amada. Ella, al sentir aparcar el coche, salió enseguida a su encuentro. Lentamente se fueron acercando el uno al otro, mientras sus respiraciones eran agitadas. Cuando quedaron a solo un paso de distancia, James comenzó a hablar:
-Jane, cada palabra de esas tarjetas fue escrita desde lo más hondo de mi corazón. Nunca lo hice por nadie, ni lo haré por nadie más que no seas tú. Cariño mío, perdóname y déjame aprender a ser mejor hombre a tu lado. Sé que no lo merezco, pero ahora te necesito para sobrevivir…-
-James, yo te amo-
-Mi ángel hermoso, yo también te amo- dijo él, acortando la distancia entre ambos, y deleitándose con el dulce sabor de la boca de Jane.
-Debes… debes darme tiempo… esto es nuevo para mí… yo soy un poco torpe, no sé comportarme con los hombres…-
-¿Torpe? El torpe y bruto aquí fui yo. Quiero que sepas que el deseo es sólo por ti, pero me mantendré a raya, hasta que tú lo decidas. Mi pequeña… pensé que te perdía…-
-Yo pensé que te perdía, por no darte lo que necesitas…- decía, mientras con sus pequeñas manos acariciaba con ternura el rostro pálido de James
-Tú eres lo que necesito, ni más ni menos- exclamó James, para luego volver a besar la deliciosa boca de su amada ángel.
Poco a poco, Jane fue aprendiendo a disfrutar de las caricias de James. Poco a poco se comenzó a adaptar y familiarizar con las sensaciones de calor que inundaban su cuerpo cuando su novio la besaba o la acariciaba. Poco a poco comenzó a sentir que una especia de fuego comenzaba a encenderse dentro de ella, y que se avivaba cuando James la besaba con pasión, haciendo que deseara más.
Hasta que la noche de navidad, después de la cena, su cuerpo conoció lo que era el placer, la pasión y el amor.
Jane O´Connor, la noche del veinticuatro de diciembre, dejó de ser virgen.
Después de una hermosa cena de navidad con su familia y su novio, decidieron salir a dar un paseo por los alrededores para observar la iluminada ciudad de Londres que se engalanaba con luces de todos colores, dando la nieve el toque final a tan semejante y hermosa postal. Pasearon por los alrededores, escucharon a un grupo de niños que cantaba villancicos navideños fuera de una iglesia, se fotografiaron junto al gran árbol de navidad del centro de la ciudad, y luego James le invitó a ir a su apartamento a tomar un poco de vino.
-No es justo que no conozcas mi casa después de todo el tiempo que llevamos juntos. Es departamento de soltero, así que no tiene un aire tan acogedor como tú casa…-
-Debe estar siempre desordenada…-
-Sí, siempre. Bueno, menos los días que Contemplación va a hacer aseo. Eso dos veces por semana. Pero el orden no dura más que un par de horas…-
-Ayudaré a darle un toque femenino si es necesario-
-Sería perfecto. Pero sería aún más perfecto si tú te quedaras de forma indefinida allí conmigo- dijo coquetamente, mientras miraba a su chica de reojo, quien soltó una risita nerviosa.
-¿Vives allí con Edward?-
-No, estuvo viviendo conmigo por una semana, después de su fallido matrimonio. Ahora compró su propio apartamento y vive solo, no muy lejos de donde yo vivo. Pasaremos fuera de su edificio-
-Es un buen tipo…-
-¿Edward? Sí, lo es. Y yo también soy un buen tipo-
-Lo eres. Eres un príncipe-
-Sólo para mi princesa- admitió él, mientras acariciaba el rostro adorable de su princesita.
Cuando llegaron a su apartamento, éste estaba en penumbras. James abrazó por detrás a su chica, guiándola hacia el enorme ventanal de la sala, en donde se lograba vislumbrar la ciudad en todo su esplendor.
-Tiene una vista maravillosa-
-Aha- asentía él, mientras sus labios se paseaban por el hermoso cuello de su chica. Ella comenzó a sentirse acalorada y a quitar su concentración de la hermosa vista nocturna. Sintió deseos de que él la abrazase con fuerza y hundiera su lengua dentro de su boca. Así que se giró en sus pies, y se colgó del cuello de James, pegando su boca a la de él, y rogando por un beso desesperado. James la ciño con fuerza, dejándose llevar por el momento que comenzaba a cargarse de energía sensual. Y sexual.
-Te deseo…-
-James…-
-Eres tan hermosa…-
-No te detengas James…-
-No te haré daño preciosa-
-Sé que no lo harás-
-Jane, te necesito…-
-James…- susurró, cuando nuevamente la boca de él se apresuraba sobre la de su amada.
La llevó, entre caricias y besos hasta su cuarto. Allí, con mucha lentitud comenzó a deshacerse de sus ropas, sin dejar de mirarla a los ojos. Hasta que la blanca piel de Jane quedó al descubierto frente a sus ojos. Con sutiles caricias recorrió su marmolea piel, cubierta ahora solo por una muy hermosa pieza de lencería blanca, digna de una princesita como ella.
Jane estaba perdida en un mar de sensaciones, mientras su voz interna le gritaba: "Más.. más… más…" sintiendo de a poco como su cuerpo comenzaba a inundarse de un calor, hasta que llegó un momento en que ese calor se hizo exasperante y desesperante, amenazando con quemarla si no encontraba aquello que lo amainara.
-Quiero ser tuya James…-
-Mi amor, lo haremos lento. Juro que disfrutaras cada momento de esta noche- decía el, mientras comenzaba ahora a desprenderse de su ropa, mientras la respiración de ella se hacía cada vez más irregular, y empeoró cuando vio el cuerpo casi desnudo de James frente a ella. "Es tan hermoso…"ella, tímidamente llevó sus manos temblorosas hasta el hermoso pecho de él, y luego su boca, dejando suaves besos, y haciendo que él gimiera. Lo que James estaba sintiendo en ese momento no se comparaba con ninguna otro momento previo a la relación sexual. Antes, siempre hacia que ese momento fuese rápido, queriendo nada más terminar en la cama con la mujer, y saciar su lujuria. Pero ahora con ella era diferente. Estaba pensando en que ella disfrutase de su primera vez, que reconoció lo espantó cuando lo supo, aunque siempre lo intuyó. Ahora no era su propio placer el que le importaba, sino el de su chica.
-Lo haremos lento pequeña- dijo, depositándola sobre la cama, despojándose del blanco sujetador de Jame, dejando al descubierto sus hermosos pechos, los que comenzó a chupar y morder, mientras ella se retorcía de placer sobre la cama
-James… ¿James?- dijo con algo de temor, cuando sintió la mano varonil colarse por debajo de sus también blancas bragas, y perderse dentro de su centro, chocando con su plena femineidad, haciendo que soltara un gemido, mientras él seguía jugueteando con los hermosos y duros pezoncitos de su chica.
-Tan suave… sólo para mi…-
-¡Dios!... James… ¡Oh, Dios Santo!...-
-Relájate cielo…-
-¡Ya James, hazlo ya…no soporto más…me quemo…!- y fue suficiente. James quitó las bragas de Jame, para luego explorar con su propia lengua el delicioso centro de su chica, que estaba empapado por la excitación. Ella volvió a gritar y gemir con fuerza. Después de deshizo de sus bóxer y lentamente se sitio sobre ella, procurando no dejar caer todo su peso sobre el delicado cuerpo de Jane. Ella se abrió en cuerpo para él, aferrándose a sus rubios cabellos por la nuca, ahogando sus propios gemidos con la boca de él.
De un momento a otro, sintió un poderoso dolor, que imaginó la iba a partir en dos. Se asustó y se tensó enseguida
-Relájate cielo, pasará en un segundo…- pidió James, que de un momento a otro, rompió con la barrera virginal de su chica, haciendo que ella llorara de dolor, para luego comenzar a sentir una sensación de calor y placer inimaginable para ella. Hasta que todo explotó en miles de pedazos, para ambos.
-Mi hermosa mujer… esto fue hermoso- le dijo James, mientras ella se recuperaba tendida sobre su pecho.
-Fue… increíble… jamás pensé que todas esas sensaciones pudiesen conjugarse en un solo momento…-
-No te hice daño, ¿verdad?-
-No, fuiste tan delicado y tan… sensual…. Fue perfecto James, gracias-
-Nada de agradecerme. El agradecido soy yo por darme tu primera vez- dijo, levantando su mentón y dejando un tierno beso en sus hinchados y rojos labios.
-¿James?-
-Si…-
-Yo no…-
-¿Qué pasa?¿Algo va mal?- preguntó James un poco preocupado.
-Yo quiero…- decía ella, titubeante, no convencida de que fuera capaz de decirle con que deseaba
-¿Jane?-
-Quiero más…- susurró con algo de vergüenza, escondiendo su rostro en el cuello de James. Él se rió, sin poder creer lo que estaba oyendo.
-¡¿Está usted insatisfecha, señorita? Pues eso no lo puedo permitir…- dijo, dándose la vuelta hasta quedar nuevamente sobre el cuerpo de Jane, quien sintió picarescamente al ver el sensual semblante de James.
Hicieron el amor durante gran parte de la noche. Incluso volvieron a hacerlo al despertar por la mañana, dejando a Jane con una sensación de sensibilidad sobre su cuerpo increíble, que respondía al instante cuando James la acariciaba.
Ahora se habían entregado el uno al otro. Ahora eran uno. Ahora, procurarían amarse y construir un futuro juntos, porque ni James estaba dispuesto a dejar ir a su ángel, que había sido un regalo del cielo, ni Jane estaba dispuesta a dejar marchar a su príncipe, por quien tanto espero, y quien ahora le pertenecía. En cuerpo y alma.
Ese fue el inicio de una relación de amor entre un hombre y una mujer muy diferentes entre sí, pero que se encontraron y que ahora precisan del otro para sobrevivir.
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