Hola niñas: agradesco como siempre sus alertas de favoritos y comentarios. Les dejo este capi rapidito que me tengo que ir a terminar un informe. Disfrútenlo y me comentan que tal les pareció, ¿Si?

Agradecimientos especiales a mi super mega Beta ojos de águila "Paly" que me ha ayudado no saben cuanto.

Besos y nos vemos.


Pruabas de Fuego

Esme y Carlisle Cullen regresaron a Londres, después de pasar diez días en Oxford, arreglando algunas cosas, pues habían decidido pasar una larga temporada en Londres cerca de sus hijos. Intuían que les necesitaban. Y claro que los necesitaban.

Aquel día, Alice se encargó de concretar un almuerzo "en familia", como hace tiempo no lo hacían. Había muchos temas que conversar. Por un lado, la sorpresa que iba a suponer para sus padres la idea de ser abuelos. Por otro lado, Emmett los necesitaba. Desde el día del "altercado" con Rosalie, él ya no era el mismo. El divertido y tierno Emmett se convirtió en el escéptico y malhumorado Emmett, el que sólo tenía tiempo para su trabajo. No amigos, menos mujeres. Y ni hablarle de lo que había pasado:

-Escúchenme bien los dos: No quiero que me hablen de lo que pasó. No quiero comentarios, ni consejitos ni nada de eso, menos que mis padres lo sepan, ¿me oyen?- le advirtió entre gruñidos a sus hermanos, los que no tuvieron más que acatar, asintiendo con la cabeza. Era la primera vez en toda su vida que se imponía con voz fuerte y contundente frente a sus hermanos.

-¡Mis niños!- dijo Esme, acercándose a la puerta cuando el timbre de esta sonó. Y tal como lo presintió, sus tres "niños" llegaban a la casa que ahora acogería al matrimonio. Cada uno abrazó a su madre con mucha ternura. De los tres, el último fue Edward, que no había arreglado las cosas con ella. Aun así, se acercó y la estrechó en sus brazos sin decir nada. Esme sintió deseos de llorar pero no dijo nada tampoco.

-Emmett, hijo, ¿Está todo bien? Estás más delgado, ¿no?- dijo Carlisle a su hijo mayor después de darle un fuerte abrazo.

-Quizás padre. Inicio de año, ya sabes la locura de los bancos en esta época, además tengo a portas un viaje a Sudamérica que me tiene trabajando todo el día - contestó de forma seria.

-¿Viaje a Sudamérica?- preguntó el padre extrañado por la manera tan grave en su forma de hablar. A Emmett le encantaba viajar, no era normal que llevado cinco minutos en ese lugar, no hubiese soltado ninguna clase de broma.

-Sí, se abre una filial del banco en tres países de allá y me tocará guiarlos y dirigirlos por unos meses…-

-¿Meses? Nunca has estado fuera tanto tiempo-

-Creo que es el momento para ello- respondió de forma críptica. Carlisle supo que allí debería haber una charla privada de padre a hijo.

Hablaron de cosas triviales. Edward sólo había tocado el tema de su trabajo y de la próxima presentación que tendría con los muchachos de la universidad en la sinfónica, para lo cual estaba trabajando mucho. Pero no había encontrado el momento indicado para contarle a sus padres, la noticia sobre su paternidad. Alice, insistentemente lo miraba, alzándole las cejas y abriéndole los ojos para darle señales de que "hablara de una vez".

-¿Y qué hay de ti, pequeña? ¿Cómo van las cosas con la moda y el diseño y todo eso?-

-¡Perfecto! Las clases son de todo mi gusto, incluso tengo algunos trabajo ya. Por ejemplo, tengo que re decorar un apartamento y una pieza para un bebé- dijo, observando a su hermano Edward sugerentemente, el que carraspeaba mirando de regreso con horror a su hermana.

-¡Qué hermoso!- dijo Esme, con un tono lleno de ternura. Ella era diseñadora y sabía lo que acarreaba ese tipo de trabajo.

-¡¿No te parece?-

-¡Oh, yo ya no veo la hora de ser abuela!- admitió Esme, dando pie para el siguiente comentario que daría Emmett.

-Pues no tendrás que esperar tanto…- soltó Emmett, quien se había mantenido silencioso durante todo el almuerzo. Alice y Edward giraron hacia él automáticamente observándolo con sorpresa, mientras él seguía comiendo su budín de verduras, como si nada.

-¿Emmett? ¿A qué te refieres? ¿Es que tú…?-

-No, yo no. Sólo sé que seré tío dentro de poco, ¿no?- dijo, alzando la mirada y observando a sus hermanos alternadamente, uno a la vez.

-¿De qué está hablando Emmett? ¿Alice, tú…?-

-Yo…- iba a negarlo, pero Edward se adelantó a aclarar todo.

-No se trata de Alice- dijo Edward –Bella tiene seis semanas de embarazo. Voy a ser papá- miró a su padre diciendo aquello con ceremonia, y luego miró a su madre, quien tragó ruidosamente.

En la mesa de la familia Cullen, reinó un silencio sepulcral durante varios minutos. Por un lado, Carlisle repetía en su cabeza una y otra vez las palabras de su hijo: "Voy a ser papa´…". Por ende, él sería abuelo. ¡Por fin!

Y Esme, ella luchaba con una dualidad de sentimientos en su interior. Al igual que su marido, por un lado quería saltar de la alegría, un nietecito, su primer nietecito entre sus brazos… Pero por otro lado, sentía una especie de enojo invadiéndola, pues supuso que aquello del embarazo no sería más que parte del plan de Isabella Swan para terminar de amarrar a su hijo a ella. ¡Y quizás ni siquiera sea de Edward…! Lamentablemente, Esme se inclinó por la segunda opción.

-Claro… ya se me hacía raro que esa mujer no saliera con eso para…- dijo ella de forma displicente, como si en verdad no le importara lo que Edward acababa de decir.

-¡Madre!- gritó Edward furioso, lanzando la servilleta que llevaba sobre su regazo sobre la mesa y poniéndose de pie -¡No puedo creerlo! Te digo que voy a tener un hijo con la mujer que ahora está conmigo, a la cual amo, ¿Y tú me sales con esto? Por Dios madre, ¿Cómo has cambiado tanto?- agregó, para luego salir de allí. Llevaba la esperanza de que aquella noticia pudiese cambiar la manera de pensar de su madre y que por fin su felicidad pudiese ser completa. Pero no. ¿Qué diablos le había metido Tanya en la cabeza? Pensaba con una mezcla de furia, pena y dolor, mientras se metía al elevador para llegar a su coche e ir rumbo al encuentro de su mujer. Su único consuelo ahora.

Carlisle negó con la cabeza, y sin decir más, fue detrás de su hijo. Quería decirle que él sí estaba feliz con la noticia, y que estaría con él y con su ahora mujer, apoyándolos en todo. Él no estaba de acuerdo con la actitud de su esposa, y se lo hizo saber muchas veces. No sabía a ciencia cierta que la hacía reaccionar así, pero confiaba en que recapacitaría frente a su modo de actuar tarde o temprano. Ya habían tocado el tema muchas veces, pero Esme no daba razones contundentes frente a su actitud. "Tiempo, tiempo, tiempo Carlisle, dale tiempo" se decía.

-Señora Cullen, la desconozco- dijo Emmett, muy serio, mientras dejaba a un lado el cubierto y apoyaba su espalda al respaldo de la silla, cruzando los brazos –Es la actitud que jamás hubiese esperado de su parte. Un nieto, su sueño, ¿y sale con esto? No es justo para Edward, ni para Bella. Ni siquiera te has dado el trabajo de conocerla, de hablar con ella…-

-¿Ahora tú también estás de su parte, Emmett?- lo regañó

-No se trata de estar de su parte, madre. Se trata de una persona que cometió errores y que los ha pagado con creces, arrepentida. Se trata de alguien que ama a mi hermano y que lo hace feliz cada día, la mujer que va a darle un hijo, con quien construirá su familia. ¿Y sabes qué? Sí, estoy de su parte- dijo Emmett, tomando partido por la felicidad de su hermano, y por encontrar una manera de hacer entender a su madre.

-Dale una oportunidad a Bella, mamá- dijo Alice de forma muy pausada, casi susurrante. Esme miró a su hija con incredulidad ante el comentario de su hija.

-¿Alice? Pero… ¿Acaso olvidan lo que ella provocó? ¿Tan ciega es su fe hacia ella, que no pueden pensar que es una treta para atrapar a su hermano?-

-La ciega aquí es usted, señora Cullen- dijo Emmett, siguiendo los pasos de su hermano –Ahora me voy, tengo mucho trabajo. Fue un almuerzo encantador, madre- dijo, en tono sarcástico y salió, sin decir más. Los ojos de Alice estaban colmados de lágrimas. Intuía que su madre estaba viviendo una especie de lucha interna, pero, ¿Qué era lo que la ataba a no dejar emerger al verdadero espíritu de amar a su prójimo y su calidez? ¿Cómo es que el error que Edward cometió, la marcó tanto, tan profundamente?

-Creo que también me voy. Tengo pendientes. Lo siento mamá….- le dijo, acercándose a ella, y dándole un beso en la frente.

Y allí se quedó Esme Cullen, sola, dejando que los sentimientos de pena, emoción, culpa e ilusión la embargaran, haciendo que desde su pecho estallara un llanto ensordecedor, que la hizo sollozar por un par de horas.

-¡Edward! ¡Hijo!- gritó Carlisle, en la entrada del edificio en donde vivía su hijo. Edward se detuvo, dando un fuerte suspiro. Si su padre venía con la misma actitud de su madre, no sería capaz de soportarlo.

-Padre, si vienes a…-

-¡¿De veras Edward? ¿De verdad voy a ser abuelo?- le dijo, visiblemente emocionado, mientras sujetaba a su hijo por los hombros haciendo que él también sintiera una emoción poderosa al ver la actitud de su padre.

-Sí. Tiene seis semanas…- comenzó a explicar, pero su padre lo interrumpió, abrazándolo.

-¡Oh, Dios mío!- exclamó, soltando lágrimas y carcajadas llenas de alegría –¡Hijo, es la alegría más grande que me has dado! ¿Y cómo está ella? ¿Se ha sentido bien? ¿Se ha controlado? Sabes que tengo amigos que pueden atenderla…-

-Oiga doctor, cálmese. Ella está bien. Ha tenido mareos que son normales, pero se está controlando con su ginecólogo-

-¡Seré un abuelo consentidor ya lo verás!- se carcajeó, mientras palmeaba la espalda de su hijo. Luego agregó con seriedad –Hijo, debes darle tiempo a tu madre, ella está confundida…-

-¿Confundida por qué papá? No entiendo su actitud… le dije que iba a ser abuela, y ni eso la hizo cambiar de actitud. Padre, ahora tengo una mujer y un hijo por el cual luchar. Los voy a cuidar y a defender de quien sea. No voy a dejar que nadie les falte el respeto, ni siquiera mi madre-

-Y es tu deber de ahora en adelante. Velar por la que será tu familia, y no me cabe duda que sabrás hacerlo. Además, aquí estaré hijo, para lo que sea-

-Gracias papá, es importante eso para mí…-

-Nada tienes que agradecerme hijo. Ahora dime, ¿puedo verla? Quiero que sepa por mí mismo que estoy a su disposición también-

-Sí, claro. Debe estar arriba esperando por Alice. Ambas comenzaran con el arreglo del apartamento. Viviremos juntos-

-¿Habrá boda?-

-¡¿Eh? Oh, bueno, no hemos hablado de eso…- admitió él con nerviosismo.

-Bueno, bueno: tiempo al tiempo. Ahora vamos, que quiero verla. ¿Ha tenido antojos ya?- preguntó Carlisle, mientras se dirigían al ascensor.

-Ella no, pero yo sí, ¿Has probado las patatas fritas con mantequilla de maní?-

-Edward, ¡eso es una bomba!- reprendió el padre a su hijo con tono bromista.

-Pero delicioso- concluyó Edward, dejando que las puertas del ascensor se cerraran tras ellos.

Isabella abrió los ojos como platos, cuando vio entrar a Edward con su padre. No sabía cómo reaccionar, ni siquiera sabía si saludarlo o no. Pero el semblante de celebración que traían ambos, le dio una especie de señal de que las cosas no pintaban para discusión. Muy por el contrario. Grande fue su emoción, cuando sin más, Carlisle Cullen la abrazó, agradeciéndole el hecho de que lo fuera hacer abuelo. Recordó que hace algunos días atrás, Alice había hecho lo mismo. Hablaron durante mucho rato sobre cómo se había sentido. Carlisle le dio algunas recomendaciones para evitar los mareos y Bella aprovechó de pedirle "que le explicara a su hijo que el embarazo no es una enfermedad, que no era necesario quedarse en cama acostada". De cualquier modo, le advirtió que debía tomarse las cosas con calma, nada de estrés. Muy por el contrario, disfrutar la espera de ese pequeño que llegaría alegrar a la familia.

Y así, las cosas se fueron preparando para la llegada del primer hijo de la pareja. El primero, porque Edward soñaba con tener mínimo tres.

Las semanas fueron pasando con rapidez. Durante ese tiempo, Bella se encargó de re decorar junto a Alice el apartamento donde actualmente vivía con Edward. El amplio departamento de soltero se convirtió rápidamente en un lugar hogareño, cargado de la presencia de la pareja y de las ansias que el nuevo integrante llegara pronto. Ahora serían tres viviendo allí. Claro, eso era lo que imaginaban, hasta que llegaron, como cada control, a la ecografía que correspondía a la semana once de embarazo y el ginecólogo les salió con una sorpresa:

-¿Entonces, ya tienen la cunita?- preguntó el doctor, mientras pasaba la sonda sobre la barriga de Bella.

-Creo que fue lo primero que Alice compró- respondió Edward, mientras observaba embelesado la pantalla, donde estaba su hijo.

-Bien, creo que será necesaria otra cunita…- dijo el médico como si nada. Al parecer, la única que había escuchado aquello, era Bella, pues desvió su vista desde el monitor hacia la cara del doctor, quien sonreía con picardía. Edward seguía perdido en la visión de la pantalla.

-¡¿Doc... doctor? ¡¿Qué qué…?- Bella intentaba hilar palabras, pero no podía.

-Lo que dije, necesitarán otra cunita. Aquí hay latiendo dos corazoncitos. Aun no podemos determinar si son gemelos o mellizos, pero pronto lo sabremos…- dijo con toda naturalidad.

-¡Edward, Edward, ¿Oíste al doctor?- dijo ella, zarandeándolo por el hombro. Él vivía una especie de fascinación por las extrañas figuras que arrojaba el monitor, en verdad, había captado muy poco lo que el doctor acababa de decir.

-Dos cunas, dos cunas, compraremos otra…- "click" se oyó en su cabeza, apartó su vista del monitor, mirando a Bella y al doctor alternadamente -¿Dos cunitas?-

-Dos cunitas Edward- confirmó el profesional

-Eh… yo…. Mmm… creo que no…- a su vez, Edward al igual que Bella, tampoco lograba hilar palabras claras. El doctor se rió de la actitud tan común que ambos padres estaban teniendo frente a una noticia como ésta.

-Gemelos o mellizos, no tenemos claridad aún, pero son dos… aquí hay dos corazoncitos. Uno latía con menos fuerza que el otro, por eso estaba algo escondido, pero digamos que ya se deja ver…-

-¡¿Más débil doctor? ¡¿Está bien?- preguntó el futuro padre, muy preocupado por la idea de que el corazón de uno de sus hijos latiese con debilidad.

-Calma Edward, calma. Todo sigue bajo total normalidad- dijo el doctor, tranquilizando a Edward, quien suspiró más calmado, pero luego que desvió la vista hacia su mujer y la vio llorando otra vez la preocupación lo invadió:

-¡¿Bella? ¡¿Estás bien?-

-Son dos, Edward. Dos pequeñitos… ¡Dios, no lo puedo creer!- decía ella, llevándose las manos hasta la boca y llorando de la emoción. Edward se acercó hasta la cabecera, y llevó su rostro hasta quedar muy cerca del de ella. Apartó con delicadeza las manos de Bella y llevó sus labios hasta posarlos sobre los de ella. El doctor, con muy buen tino, decidió salir y dejarles un poco de intimidad.

-Dos niños, ¿te das cuenta? ¡Voy a volverme loco de la dicha! Me haces tan feliz Bella-

-Edward… y tú a mi… tan, tan feliz…- dijo ella, acariciando el rostro de su amado. Estaba acostumbrándose a ese tipo de felicidad. Pocas veces en su vida se había sentido tan llena de dicha como en ese momento. Aunque el hombre que estaba con ella, era el mentor prácticamente de todos los momentos que ella recordaba, los más felices de su vida.

Después de unos minutos, el doctor y la enfermera regresaron, terminando el chequeo y dándoles instrucciones a los padres.

Y si la dicha sobrecogió a los futuros padres con la noticia, los abuelos por poco se vuelven locos, al igual que los mimadores tíos:

-¡Dos! Dos criaturitas, dos retoñitos… ¡Tendré que ampliar el salón de juegos que estaba construyendo…!- dijo Charly, mientras hablaba por teléfono con su hija. Él y las "muchachas" que trabajan con él en la casa, no podían de la emoción. Tenía tantos planes para su nieto… ¡y ahora eran dos!. Ya estaba comenzando a cranear con un arquitecto la idea de un mini parque de juegos en ese inmenso jardín de su mansión. Ahora por cierto, ya no sería un "mini parque", sería un "gran parque", digno de sus nietos.

-¡Charly!- espetó su hija, con preocupación verídica, pues sabía que su padre sería capaz de comprar Disneylandia para ellos.

-Oye, déjame disfrutar esto… - contraatacó al notar el tono de reprobación de su hija.

Pasados los meses, y cuando los pequeñitos en la barriga de "mamá Bella" cumplieron los cinco meses, supieron que los dos pequeños allí adentro, serían mellizos. Y lo mejor, es que sería un "pequeño Edward" y una "pequeña Bella".

-¡Dios, Dios, Dios, Dios…!- era lo único que repetía Renée cuando su hija se lo contó, emocionada hasta las lágrimas. Isabella, de alguna manera lo intuía. Ella insistía con soñar con su pequeño baroncito, y Edward seguía insistiendo que sería una hermosa nenita. Finalmente ambos atinaron.

-Ok, ok…. ¡¿Sabes todo el trabajo que tenemos pendiente, Bella?- dijo Alice, enumerando mentalmente las cosas que tenía pendientes. Ahora que sabía con exactitud el sexo de sus sobrinitos, debía ponerse a trabajar.

-Ya lo creo. ¿Oye… se lo contarás a… tu madre?-

-Todo este tiempo he hablado de ello, a ver si ella… recapacita… pero…-

-Ok Alice… entiendo- asintió apenada Bella. Sabía lo doloroso que todo aquello era para Edward. Más ahora, que Emmett había viajado a Sudamérica, y llevaba fuera ya tres meses.

-¡¿Estás bromeando Edward?¡¿Mellizos?- decía impactado Emmett, cuando Edward le llamó hasta Chile, contándole la noticia.

-Una niña y un niño. Ya nos lo confirmaron…- comentaba el padre, muy orgulloso

-¡Me imagino cómo deben estar todo por allá! Te prometo que en cuanto termine esto aquí, me regreso a Londres. Quiero estar ahí cuando nazcan esos pequeños-

-Claro que tienes que estar aquí Emmett. Pero dime, ¿cómo estás?-

-Con mucho trabajo, ya sabes…-

-No Emmett, sabes de lo que te estoy hablando…-

-No Edward, no lo sé, y te ruego que no me pongas de mal humor…-

-¿No quieres saber de ella…?-

-¡Basta Cullen!... mira, me has dado una hermosa noticia, no me eches a perder el momento, ¿si?, te lo suplico…-

-Ok, ok… pero tenemos que hablar de eso algún día…-

-Algún día Edward, algún día-

Esme durante todos aquellos meses, se había mantenido dolorosamente alejada de todo lo que tenía que ver con la venida de su nieto. Cada vez que escuchaba alguna noticia, una sensación de ahogo le inundaba el pecho. Generalmente lloraba a solas y en silencio, rogándole a Dios que la perdonara, pero se sentía de manos atadas.

Cuando oyó la noticia de que no sería sólo un nieto, sino dos, no pudo con las lágrimas. Fue hasta el baño, y allí lloró por mucho rato: "Dos bebitos, dos nietecitos…. Dios mío…"decía, tomándose el pecho con dolor. Dolor por no estar cerca de ellos, ni de su hijo en todo aquel proceso.

Quien se había mantenido silenciosamente fuera de escena, fue Tanya. Sus padres insistieron en llevarla con ellos a pasar una temporada a Oxford, pero regresó de inmediato cuando en una de las tantas llamadas que hacía a Esme, a ella "se le salió" el asunto de la paternidad de Edward.

-Esme, ¿no te habrás creído el cuento de la paternidad de Edward, verdad?-

-Tanya, hija…-

-¡Esme! Esa mujer tenía todo planeado… esa mujer usaría cualquier artimaña para cazar a mi Edward, ¡Lo sabíamos desde siempre Esme!- dijo ella con descontrol. Estaba comenzando a bufar y a temblar notoriamente.

-Hija, creo que deberías viajar…-

-¡¿Y abandonar a Edward? ¡Nunca! ¡No abandonaré a mi hombre, Esme! Quiero estar con él cuando esa mujerzuela le diga que todo aquello fue una trampa para vengarse de nosotros… Edward sufrirá, pero será necesario para llegar de nuevo hasta mí….- decía, como poseída, o como en trance. Esme se levantó, fue hasta la cocina, y llenó un vaso de agua muy helada para llevársela a Tanya. Eso servía para tranquilizarla. Esperó pacientemente a que ella lo acabara, mientras, recordaba el diálogo que había tenido con Carmen, la madre de Tanya, hacía ya meses atrás:

-¡Mi nena está muy mal Esme!- le comentó Carmen muy preocupada.

-Carmen… lo siento tanto…-

-Y estoy tan asustada…-

-Cálmate, quizás esto es pasajero. Probablemente los muchachos arreglarán sus diferencias, y volverán a estar juntos…-

-No sé, no sé…. Mi hija dejó su tratamiento…- comenzó a decir Carmen, haciendo que lo del tratamiento saliera de su boca sin querer. Esme la miró con extrañeza:

-¡¿Tratamiento? ¿Cuál tratamiento?-

-Oh Esme, esto me llena de tanta vergüenza… desde pequeña tuvimos que someter a Tanya a psicólogos y psiquiatras. Ella desarrolló una especia de trastorno posesivo. Siempre nos llamaban diciendo que nuestra nena se descontrolaba cuando una de sus compañeritas quería jugar con sus juguetes. A ella le costaba mucho compartir… como comprenderás, eso fue poniéndose más problemático cuando ella fue creciendo. Tuvimos que someterla a un tratamiento psiquiátrico muy duro, pero ella fue constante con ello. Se daba cuenta que se descontrolaba, y no quería vivir así, así que aceptó ponerse en tratamiento. Es algo crónico, ya sabes… si deja las medicinas, ella pierde el control…. Y ahora con todo esto… ¡no las quiere tomar, está fuera de sí! Y me asusta lo que pueda hacer…- contó dejando lágrimas de preocupación.

-¡Por Dios! Cómo nunca lo supe… como nunca Edward me lo dijo…- se preguntaba

-¡Edward no lo sabe! Ella nos hizo jurar frente a la tumba de mis padres que no se lo diríamos. No quería que él sintiera lástima…- confesó Carmen algo alterada. No quería pensar en cómo se pondría Tanya si llega a saber que Edward conociera su historia.

-Edward no hubiese estado con ella por lástima…-

-¡¿Qué hago Esme, qué hago?-

-Debemos darle tiempo para que Edward piense mejor las cosas… esa relación con esa mujer no durará mucho… y él recapacitará y volverá con Tanya, ya verás…-

-¿Y si no es así Esme?- preguntó Carmen, ante lo que Esme no tuvo respuesta.

Ahora ella sabía que no había marcha atrás. Edward amaba a Isabella, eso se le notaba en la mirada por lo que difícilmente se separarían. Probablemente, si su familia supiera por lo que atravesaba Tanya y su familia, entenderían su postura… o quizás no. Edward era libre de enamorarse y ser feliz con quien él quisiera. Ella sería feliz de verlo feliz a él… eso era lo que había tenido tantas ganas de decirle hace tanto tiempo. Y ahora con lo de los niños y ella allí sintiéndose atada de brazos y comprometida a ayudar a Tanya. No podía darle la espalda, no podía hacerla sentir traicionada, no por ella. Quiso a Tanya como una hija y por lo mismo se preocupaba por su estado de salud.

¿Pero tanta preocupación, que incluso fue capaz de ponerse en contra de la felicidad de su hijo? Ella sólo esperaba que Tanya entrara en razón y que no pensara en hacer ninguna barbaridad. Ni contra su hijo, menos contra sus nietecitos… ni tampoco contra Isabella. Si algo sucediera, probablemente la culpa no la dejaría vivir.

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