Disclamer: Es una adaptación, ni los personajes ni la trama son míos.
Otro capítulo, espero que les guste.
Bella no le gustaban las mañanas, siempre le había costado un gran esfuerzo levantarse.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día? —le pre guntó Edward mientras se hacía el nudo de la cor bata delante del espejo que había cerca de la cama.
Bella se cubrió la cabeza con la ropa de cama.
—Hoy no tengo clase.
—Algunos tienen mucha suerte —comentó él mien tras agarraba la chaqueta y las llaves.
Bella asomó la cabeza para mirarle.
—¿Quieres que haga algo mientras tú estás en el trabajo?
Edward se puso la chaqueta.
—No, sólo que continúes en tu papel de dedicada esposa si alguien llama o se pasa por aquí —respon dió él—. Y no olvides que Jane va a estar muy al tanto.
Edward se miró el reloj y añadió:
—Si te apetece, podrías acompañarme a una fun ción esta noche, eso daría más credibilidad a nuestra supuesta reconciliación. Asistirán muchos periodis tas.
—No tengo nada que ponerme —dijo ella, buscando una excusa.
Edward arqueó las cejas; luego, sacó unos bille tes de la cartera y los dejó encima de la cama.
—Cómprate algo —dijo él—. Algo llamativo y sexy. Y hablando de otra cosa, tu padre ha llamado.
—¿Qué ha dicho? —preguntó ella, aprensiva de re pente.
—Quería saber si es verdad que hemos vuelto jun tos. Me parece que el artículo del periódico no le ha convencido del todo.
—¿Qué le has dicho tú?
Edward esbozó una sonrisa burlona.
—¿Tú qué crees?
—«¿Estoy haciendo esto por los chicos?», ¿es eso?
Edward arqueó una oscura ceja.
—¿No te parece bien proteger a los chicos, hacer algo por ellos?
—Naturalmente que sí. Lo que pasa es que no me gusta que me pille en medio.
Edward agarró su teléfono móvil.
—No te encontrarías en esta situación si no te hu bieran pillado en la cama de otro hombre. Piénsalo.
Bella quería tener la última palabra, pero Edward no le dio tiempo, ya que salió de la habitación y ce rró la puerta antes de que ella pudiera abrir la boca.
Bella lanzó un suspiro y se volvió a cubrir la ca beza con la sábana.
El hambre fue lo único que la hizo levantarse dos horas después. Se duchó, se peinó y se fue a la co cina, donde encontró a Jane pasando innecesa riamente un paño a la encimera.
—¡Vaya, ya se ha levantado! —exclamó Jane con una sonrisa—. Sin duda, su marido la ha tenido ocupada hasta altas horas de la noche, ¿eh?
Bella se sintió enrojecer al instante.
—Bueno… sí…
Jane le guiñó un ojo.
—Necesita descansar, ¿verdad? Tiene que repo sar y recuperarse para estar lista otra vez esta no che.
Bella no soportaba tener que engañar al ama de llaves, que claramente estaba encantada con la re conciliación.
Jane se le acercó y le dio unas palmadas en el brazo.
—Escuche bien lo que le digo porque, aunque soy mucho mayor que usted, sé alguna que otra cosa so bre los hombres. Su marido es como muchos hom bres italianos, a él no le gusta compartir. Pero hay muchas mujeres que van detrás de él, ¿no? ¿Por qué va usted a quedarse en la casa y a sentirse mal? He leído los periódicos y he oído rumores. Él es un hombre muy rico y hay muchas mujeres que le quieren para sí. Usted cometió un error, pero… ¿y quién no? Olvídelo y siga con su vida. Ése es mi consejo.
—Gracias, Jane—dijo Bella—. Estoy haciendo lo posible por seguir con mi vida.
Jane sonrió.
—Usted le quiere, eso salta a la vista. Usted no ha dejado de quererle. Por eso conservé su ropa en el armario, sabía que volvería. Ésta es su casa.
—Sí… ésta es mi casa —respondió Bella, pensando en las semanas que le esperaban en la casa de Edward bajo la vigilancia de su ama de llaves.
Su madre le llamó justo cuando estaba a punto de salir de casa para ir a comprar un vestido para la función de aquella noche. Jane le llevó el teléfono y la dejó en el salón con vistas al río Yarra.
—¿Es verdad, Bella? —preguntó Renné—. ¿En se rio has vuelto con Edward?
—Sí, es verdad —por algún motivo desconocido, mentir a su madre no le causó sentimiento de culpa bilidad.
Oyó el suspiro de alivio de su madre.
—Gracias a Dios que has recuperado el sentido común. Tenía la esperanza de que, cuando tú y Edward os encontrarais cara a cara, os daríais cuenta de lo que estabais perdiendo. Por supuesto, le heriste en el orgullo de la forma más des…
—Mamá, por favor —la cortó Bella rápidamente—. Sermonearme no va a ayudar en nada. Estamos em pezando otra vez y los dos te agradeceríamos que evitaras mencionar lo que ocurrió. Cometí una equi vocación, bien; pero como sabes, podría haber sido al contrario.
—Pero no fue así —le recordó su madre—. Edward te ha sido fiel. Nunca he visto a un hombre tan ena morado como Edward de ti. Me duele pensar en el daño que le hiciste después de todo lo que él ha he cho por nosotros.
Bella apretó con fuerza el auricular del teléfono.
—¿Qué quieres decir con eso de todo lo que ha he cho por nosotros? ¿De qué estás hablando?
—Yo… No, de nada —dijo Renné—. Sólo he que rido decir que se ha comportado como un caballero, en ningún momento ha intentado ponernos en contra tuya. Ha continuado comportándose con nosotros con el cariño de siempre.
—¿Cuándo le habéis visto? —preguntó Bella, sos pechando que había algo de lo que ella no estaba en terada—. ¿Habéis mantenido el contacto durante es tos últimos dos meses?
—No había motivo para no verle de vez en cuando —respondió Renné—. Por supuesto, no te dijimos nada porque no queríamos ser la causa de uno de tus berrinches infantiles.
Bella no sabía qué pensar de aquello. No se le había pasado por la cabeza que Edward hubiera se guido en contacto con su familia. Sabía que le tenía cariño a Anthony y que siempre había sido muy edu cado con sus padres, pero lo que su madre había di cho le sorprendía.
—Espero que hayas decidido ser una buena es posa, Bella —dijo su madre, rompiendo el momentá neo silencio—. Y espero que no vuelvas a ver a Jacob. Su madre me ha dicho que está saliendo con una chica de Canadá que ha venido aquí de visita. Jacob aún no se la ha presentado, pero no me gusta ría que tú…
—Mamá, hace semanas que no veo a Jacob —dijo Bella—. Me alegro de que haya encontrado a al guien, merece ser feliz.
Su madre lanzó otro suspiro.
—En fin, será mejor que te deje, tengo que ir a una función esta tarde con tu padre. Debo admitir que vuestra reconciliación ha ocurrido en el momento oportuno. Tu padre tiene posibilidades de ser reele gido en el Senado y le vendrá muy bien la noticia de que la vida de su familia está en orden otra vez.
Bella alzó los ojos al cielo. Para sus padres, las apariencias lo eran todo.
La boutique que Bella eligió no era lujosa, pero tenía un vestido de satén blanco magnolia que le en cantó: le realzaba las curvas donde tenía que real zarlas y el escote de la espalda le llegaba casi a las nalgas; el escote delantero era igualmente atrevido. Era lo que Edward quería, pensó mientras esperaba a que la cajera lo envolviera.
De allí fue directamente a la sección de cosmé tica de unos grandes almacenes. Allí, una esteticista la maquilló.
La peluquería estaba en el complejo del Southbank del río Yarra.
Una hora más tarde, Bella no podía creer el cam bio en su aspecto. Sus rizados cabellos oscuros esta ban recogidos en un moño, unos mechones le caían sobre el ojo derecho, confiriéndole un aire atrevido y sensual.
Incluso el taxista no podía dejar de mirarla por el espejo retrovisor.
—¿Va a algún lugar especial esta tarde? —le pre guntó el taxista.
—Sí, a una función con mi marido.
—Algunos hombres tienen mucha suerte —co mentó el taxista volviendo a mirarla por el espejo retrovisor—. Me suena su cara. ¿No ha salido en los periódicos esta mañana?
—Yo… sí —respondió ella sonriendo con nervio sismo.
—Es la mujer de Edward Cullen, ¿verdad? —dijo el taxista—. Mi cuñado trabaja en la construcción. Cullen Luxury Homes, ¿no es así? Construye casas de lujo.
—Sí.
—Es multimillonario, ¿no? Un hombre admirable, ha salido de la nada y se ha hecho millonario. Eso es lo que este país necesita, hombres como él.
—Sí…
—Así que han vuelto juntos, ¿eh? —dijo el taxista parando el taxi delante de la puerta de la casa de Edward—. Yo, de todos modos, no volvería con mi mu jer si se hubiera ido con otro. De ninguna de las ma neras.
Las facciones de Bella se endurecieron.
—¿Cuánto le debo?
El taxista se lo dijo y ella le dio un billete de cin cuenta dólares.
—Guárdese el cambio.
Bella salió del taxi con las bolsas en las manos y el rostro enrojecido.
Hola, aquí les dejo otro capítulo, espero que les guste.
Agradezco a quienes me dejaron sus reviews, se siente muy bien saber que gente de tantos lugares del mundo sabe que existes y comparte algo de tu gusto.
