Disclamer: Es una adaptación, ni los personajes ni la trama son míos.
Otro capítulo, espero que les guste.
Bella estaba delante del espejo del baño de la habitación pintándose los labios cuando Edward llegó y se la quedó mirando.
Ella se dio la vuelta y, alzando la barbilla con gesto arrogante, le devolvió la mirada.
—¿Qué tal estoy? —preguntó Bella.
Edward casi no podía respirar debido a la proxi midad de aquel delicioso cuerpo. La delicada e into xicante fragancia del perfume de Bella era un afro disíaco, su escote, una tentación irresistible. Era imposible que llevara nada debajo de aquel vestido. De repente, se la imaginó totalmente desnuda y, al instante, su entrepierna cobró vida. Sintió unas ga nas irresistibles de levantarle el vestido y penetrarla.
—Estás preciosa —respondió Edward con voz ronca—. Voy a darme una ducha rápida, me pondré el esmo quin y nos marchamos. Lo he arreglado para que nos lleven, no quiero molestarme en aparcar en el centro.
—Te esperaré en el salón —respondió ella pasando por su lado.
Edward cerró las manos en dos puños cuando ella se alejó y, con los dientes apretados, se miró al espejo.
—Sólo un imbécil comete la misma equivocación dos veces —se dijo a sí mismo—. No lo olvides.
La limusina llegó en el momento en que Edward se reunió con Bella en el salón. Mientras iban a la puerta, Edward le recordó no olvidar representar bien su papel.
—No lo he olvidado —le dijo ella con irritación.
Cuando llegaron al centro donde tenía lugar la función, lo encontraron ya lleno. Bella sabía lo que pensaba todo el mundo, lo vio en sus ojos.
Jezabel.
Perdida.
Ramera.
¡Hipócritas! Bella sabía que un buen porcentaje de los hombres casados que se hallaban allí habían engañado a sus esposas. Las estadísticas lo demos traban. Sin embargo, era diferente cuando la per sona que había sido infiel era una mujer.
Las cámaras fotográficas lanzaron sus flashes constantemente a su rostro, que empezó a dolerle al cabo de unos minutos de tanto sonreír mientras con testaba educadamente a todo aquél que se acercaba a hablar con ella.
Justo en el momento en que creyó no poder so portarlo más, vio un rostro conocido. Jessica estaba casada con Mike Newton, uno de los arquitectos que trabajaban en la empresa de Edward. Jessica era decoradora de interiores y, en el pasado, había charlado con ella de vez en cuando.
—¿Qué tal, Bella? —dijo Jessica—. Me alegro de que tú y Edward estéis juntos otra vez.
—Gracias —respondió Bella.
—Oí lo que pasó —dijo Jessica, empujándola ha cia un rincón tranquilo—. Me refiero al incidente con Angela Weber.
Bella se mordió los labios.
—Ah…
—Es una devoradora de hombres —dijo Jessica—. También intentó ligarse a mi marido. Le dejó un mensaje en el contestador; pero, afortunadamente, yo me di cuenta del juego que se traía entre manos.
—Debería haberme dado cuenta de que…
—No seas tan dura contigo misma —la interrumpió Jessica—. Edward te ha perdonado y eso es lo único que importa. Sentí mucho que hicieran esos horri bles comentarios sobre ti en la prensa. Aprovechan cualquier ocasión, ¿verdad? Es muy injusto. Los hombres pueden hacer lo que quieran, pero las mu jeres…
—Daría cualquier cosa por cambiar lo que ocurrió —dijo Bella—. Lo peor es que no recuerdo lo que hice.
Jessica abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Qué quieres decir?
—Tuve una horrible discusión con Edward —con fesó Bella—. No le creí cuando me explicó lo que esa mujer, Angela Weber, estaba intentando hacer. Y le pedí el divorcio. Me sentía abandonada porque Edward pasaba mucho tiempo fuera, trabajando o en viajes de negocios. En fin, después de la discusión, acabé dando vueltas con el coche por ahí hasta que me paré delante de la casa de un amigo. Mi amigo me dio un vaso de vino para calmarme y, a partir de ahí, no recuerdo nada más. Quizá bebiera algo más de una copa, no sé.
—Sí, es posible —dijo Jessica—. Una amiga mía se emborrachó tanto una noche que, hasta hoy día, es incapaz de recordar lo que hizo durante cuatro ho ras. Se despertó en su casa, en la cama, pero no sabe todavía cómo logró llegar. Horrible.
—Dímelo a mí —comentó Bella con una irónica sonrisa—. Jamás habría creído que me acostaría con Jacob. Siempre ha sido como un hermano para mí, nos conocemos desde niños.
—¿Y no tienes ninguna duda de que te acostaste con él? —preguntó Jessica.
Bella se quedó pensativa un momento, pregun tándose si Jacob le habría mentido. Pero… ¿por qué iba a mentirle? ¿Para qué? Eran amigos de la infan cia, sus madres eran amigas y sus padres pertene cían al mismo partido político conservador. Jacob jamás habría mentido respecto a algo de consecuen cias tan graves para ella.
—No, no tengo ninguna duda —contestó Bella con un suspiro.
—Bueno, en ese caso, olvida el pasado y aprove cha esta segunda oportunidad con Edward —Jessica paseó la mirada por el salón—. Dios mío, odio este tipo de funciones, ¿y tú? Además, estos tacones me están destrozando los pies.
—A mí me pasa lo mismo —Bella sonrió, encan tada con la simpatía de aquella mujer.
Desde hacía dos meses, echaba de menos la compañía de otras mujeres. Sus amigas la habían dado de lado y los artículos de la prensa no habían ayu dado. Nadie quería tener nada que ver con una «per dida».
—Bueno, será mejor que vuelva con Mike —dijo Jessica—. Podríamos almorzar juntas un día, ¿qué te parece? Me encantaría que conocieras al pequeño Samuel. Tiene seis semanas. Mi madre está cuidándolo esta noche, es la primera vez que salgo desde que lo tuve. Los pechos están a punto de estallarme y sólo llevo aquí treinta minutos.
—Me encantaría conocerle —dijo Bella.
—Te llamaré la semana que viene. Me alegro mu cho de haberte visto.
—Gracias. Yo también a ti —respondió Bella.
Edward se le acercó cuando Jessica se reunió con su marido.
—Siento haberte dejado sola tanto tiempo —dijo él, rodeándole la cintura con un brazo—. Uno de los de publicidad me ha acorralado.
—No te preocupes. Estaba charlando con Jessica, que ha estado muy simpática conmigo. No fui a verla cuando tuvo el niño.
—¿Por qué no?
—Tenía miedo de tropezarme contigo…
En ese momento, un camarero con una bandeja pasó por su lado.
—¿Te apetece beber algo?
Bella sacudió la cabeza.
—No, gracias. Voy a ir al baño un momento, ense guida vuelvo.
Edward la vio alejarse y se fijó en que montones de cabezas se volvían a su paso con ojos impregna dos de censura.
Edward lanzó un suspiro.
Bella se encerró en uno de los retretes y respiró profundamente. Oyó entrar y salir a otras mujeres, charlar…
—La mujer de Edward Cullen es guapísima, ¿no te parece? —Bella oyó decir a una mujer.
—Sí, lo es —respondió otra—. No me extraña que haya vuelto con ella. Aunque, si te digo la verdad, no entiendo a qué ha venido tanto escándalo; al fin y al cabo, él también se entretiene con frecuencia. Me gustaría saber qué piensa la actual amante de Edward de la reconciliación de él con su mujer.
—No sé —contestó la primera mujer—, pero no creo que Tanya Delani vaya a desaparecer sin montar un escándalo antes.
—¿Ha venido esta noche?
—Sí, ha llegado al mismo tiempo que nosotros —dijo la otra mujer—. Estaba merodeando alrededor de Edward. A ver qué dicen los periódicos de eso.
—O la esposa de Edward —comentó burlonamente la primera mujer mientras salía con su amiga de los servicios.
Bella salió del cubículo del retrete y se acercó a los espejos para retocarse el maquillaje. Después, respiró profundamente y regresó al salón. Buscó a Edward con los ojos, pero no halló ni rastro de él.
—¿Está buscando a su marido? —le preguntó el ca marero que había pasado antes con la bandeja.
—Sí.
—Acabo de verle salir hacia esa otra sala —indicó el camarero, señalando a la derecha.
Bella le dio las gracias y siguió la dirección que le había indicado el camarero. Por fin, encontró a Edward en una pequeña sala detrás de un gran ja rrón con flores.
Estaba de pie al lado de una mujer alta y rubia de veintitantos años con un vestido que realzaba su es pectacular cuerpo.
Hablaban en susurros. Bella no logró entender lo que se decían, pero el lenguaje corporal de ambos no daba lugar a dudas de que tenían una relación ín tima.
Bella se marchó de allí con el corazón encogido. En el salón principal, se acercó a la mesa que les ha bían asignado, se sentó y agarró su vaso de agua. No podía tenerse en pie.
Poco a poco, el resto de las mesas se fueron ocu pando y, unos quince minutos más tarde, Edward se sentó a su lado.
—¿Ocupado con otro ejecutivo? —le preguntó ella con una mirada significativa.
—Sí —respondió él con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
Bella contuvo la cólera. Estaba segura de que la mujer a la que había oído en los lavabos estaba en lo cierto.
Apenas probó la cena. No hizo más que juguetear con los platos que le sirvieron. La comida no le sa bía a nada… excepto a resentimiento y amargura.
Un grupo de música comenzó a tocar, lo que fue un alivio para ella, ya que podía dejar de esforzarse por mantener una conversación insustancial con los demás comensales que se hallaban alrededor de su mesa.
Edward se inclinó hacia ella y le dijo al oído:
—Deberíamos bailar.
Edward le tomó la mano y la llevó a la pista de baile. Allí, la rodeó con sus brazos, atrayéndola ha cia su pelvis mientras el grupo de música comen zaba a tocar una romántica balada.
Le resultó un tormento tenerle tan cerca. Su cuerpo la traicionó totalmente: los pechos se le irguieron, el deseo le humedeció la entrepierna y el anhelo de be sarle hizo que le cosquillearan los labios.
—Relájate, querida. Estás muy tensa —le dijo Edward acariciándole el cabello con su aliento.
—Perdona…
—Se me había olvidado lo bien que se ajustan nuestros cuerpos. Me llegas justo debajo de la barbi lla.
—Sólo porque llevo tacones.
—Pronto nos marcharemos —dijo él mientras se guían moviéndose al ritmo de la música—. No quiero volver a casa muy tarde esta noche. Mañana por la tarde tenemos otro compromiso.
Ella, alarmada, alzó el rostro para mirarle.
—¿Sí?
—No te preocupes, no es nada desagradable. He quedado con los chicos para salir a cenar. Ya se lo he dicho al tutor del colegio.
A Bella le dio un vuelco el corazón. Anthony iba a darse cuenta de la falsedad de la situación.
—¿No ha protestado tu sobrino por verse obligado a salir con Emmet y y, para colmo, conmigo también? —preguntó ella.
Edward la soltó y, agarrándole una mano, se la llevó de la pista de baile.
—Anthony sabe que espero que se comporte con propiedad, al margen de sus sentimientos hacia ti o hacia tu hermano.
—¿Y tú? —preguntó ella mientras se acercaban a la limusina que les esperaba—. ¿También te vas a com portar tú con propiedad o, en tu caso, no lo conside ras necesario?
Edward le abrió la puerta para que entrara en el vehículo.
—No me des lecciones, Bella. Al fin y al cabo, eres tú quien no se ha comportado dignamente.
Bella se tragó la respuesta que quería darle al oír a otra gente a sus espaldas y entró en el coche, se guida de Edward.
—El conductor te llevará a casa, yo tengo que vol ver a la oficina debido a un asunto que tengo que re solver urgentemente —dijo él unos segundos des pués—. No sé a qué hora volveré.
Bella le clavó los ojos.
—Te he visto hablando con ella. Todavía es tu amante, ¿verdad?
Edward ni siquiera parpadeó y el resentimiento de Bella aumentó incontrolablemente.
—Lo era… hasta hace unos días —respondió él—. Pero, por los chicos, he interrumpido temporalmente nuestra relación.
Sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho, así de agudo era el dolor. Luchó por contro lar su reacción al decir:
—Así que… después de seis semanas, vuelves con ella, ¿no?
—Ese es el plan —respondió Edward en el mo mento en que el coche se detuvo delante de la torre donde estaban sus oficinas.
Cuando Edward se marchó, Bella se recostó en el asiento del coche y cerró los ojos para contener unas amargas lágrimas.
«No tienes derecho a sentirte celosa», se recordó a sí misma. «Sólo tú tienes la culpa de lo que te pasa».
Sólo ella…
Hola, aquí les dejo otro capítulo, espero que les guste.
Agradezco a quienes me dejaron sus reviews, se siente muy bien saber que gente de tantos lugares del mundo sabe que existes y comparte algo de tu gusto.
