Disclamer: Es una adaptación, ni los personajes ni la trama son míos. Son de dos autoras geniales, Meyer y Milburne.

Tres semanas más tarde, Edward apartó la mirada del periódico cuando Bella entró en la cocina.

—¿No te encuentras bien, querida? Estás un poco pálida.

Ella le dedicó una sonrisa.

—Ya sabes que no me gustan demasiado las maña nas.

Edward se levantó del taburete y, colocándole ambas manos en las mejillas, le dio un beso en la frente.

—Cuídate —dijo él—. Sólo te queda una semana más y todo habrá acabado.

A Bella le dio un vuelco el corazón.

—¿Qué es lo que habrá acabado?

Edward sonrió irónicamente.

—¿Se te ha olvidado la exposición de fin de carrera?

—Ah… eso.

Edward le puso un dedo en la barbilla y se la alzó.

—¿Qué te pasa? Últimamente, te veo preocupada. ¿Estás disgustada conmigo por algo?

—No —respondió Bella.

Durante las tres últimas semanas, Edward había sido encantador con ella. Se le había ocurrido incluso que él pudiera haberse vuelto a enamorar de ella; pero si era así, no lo había dicho. Necesitaba saber lo que Edward sentía con el fin de poder confesarle que estaba embarazada, pero no quería des truir el frágil bienestar del que gozaban juntos.

—Entonces, ¿qué te pasa? —insistió él.

—Sólo quiero que me quieras —dijo Bella—. ¿Es pedir demasiado?

Edward se apartó de ella dando un paso atrás.

—Sí, lo es.

—¿Es que estas tres últimas semanas no han signi ficado nada para ti? —preguntó Bella con desespera ción—. Hemos estado muy bien y lo sabes.

—Para, Bella.

—No quiero que nos divorciemos —Bella no pudo evitar echarse a llorar.

—Lo que te pasa es que estás nerviosa por la ex posición. Te encontrarás mejor cuando pase todo.

—¡Maldita sea! Estoy así porque estoy embara zada.

Bella no había tenido intención de decírselo a bocajarro, pero ya estaba hecho.

—¿De cuántas semanas? —preguntó Edward.

—No lo sé con seguridad, pero llevo sin el pe riodo… tres meses más o menos.

Se hizo un tenso silencio.

—¿Es mío? —preguntó Edward por fin.

Bella tragó saliva y se obligó a mirarle a los ojos.

—No… estoy segura. Pero creo que sí, que es tuyo.

Bella observó los cambios de expresión del ros tro de Edward: incredulidad, cinismo y una momen tánea inseguridad que ocultó al instante.

—¿Hay alguna forma de averiguarlo? —preguntó él.

Bella apretó los labios mientras intentaba conte ner las lágrimas.

—Sí… He leído que hay una prueba para estable cer la paternidad que, además, se utiliza para ver si el feto tiene algún problema; sin embargo, en algu nos casos, la prueba puede ocasionar un aborto.

Edward se pasó la mano por los cabellos y co menzó a pasearse por la cocina.

—En ese caso, olvídalo. Jamás me perdonaría a mí mismo que se produjera un aborto por saber si soy el padre o no.

Edward dejó de pasearse y la miró fijamente an tes de preguntar:

—¿Qué vas a hacer?

—¿Qué quieres decir con eso de qué voy a hacer? —preguntó ella preocupada.

—¿Vas a abortar?

Bella tragó saliva.

—¿Estás sugiriendo que lo haga?

—Es decisión tuya, por supuesto.

—No quiero hacerlo. Por favor, Edward, no me pi das que lo haga.

—Yo no te voy a pedir nada semejante.

—Pero no quieres tener un niño, ¿verdad? —pre guntó ella—. Aunque fuera tuyo, no querrías, ¿verdad?

—¿Desde cuándo sabes que estás embarazada?

Bella se mordió los labios.

—Empecé a sospecharlo la semana que me vine a vivir aquí; pero saberlo con certeza… desde hace tres semanas.

Edward la miró prolongada y silenciosamente antes de romper el silencio.

—Lo has planeado todo muy bien, ¿verdad, Bella? Una breve reconciliación, una declaración de amor y luego la noticia de tu embarazo para obligarme a aceptarte en mi vida con carácter permanente.

—Yo no he planeado nada.

—Me cuesta creer eso —respondió Edward—. ¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada en el mo mento que lo supiste? Has tenido muchas oportunidades para hacerlo.

—Me preocupaba tu reacción.

—Esconder la cabeza en la arena no es forma de solucionar una situación como ésta, Bella. Debías de sospechar que estabas embarazada antes de venir aquí.

—Creía que no me venía el periodo por la gripe —dijo ella.

—En cualquier caso, no voy a aceptar a ese niño hasta que no se demuestre que es mío —declaró Edward.

Bella empezó a perder la compostura.

—No puedo creer que seas tan cruel. ¿Te das cuenta de lo que esto es para mí?

—De lo que me doy cuenta es de que te preocupa tu futuro.

—¡Esto no es una cuestión de dinero, Edward!

—Entonces, ¿qué es?

—Es qué va a pasar con nosotros… y con el niño.

—Lo tienes todo bien pensado, ¿eh?

Bella le lanzó una colérica mirada.

—Ésta es la razón por la que no me atrevía a decírtelo antes. Quería esperar a que se hubieran arre glado las cosas entre nosotros para decírtelo… Es peraba que te hiciera feliz…

«Esperaba que me quisieras y que también qui sieras tener un hijo, independientemente de quién es el padre», pensó Bella.

—Pides demasiado, Bella —dijo Edward fríamente.

—Sí, supongo que sí —dijo ella con los ojos empa ñados por las lágrimas—. Y no me quieres y nunca me querrás.

Tras esas palabras, Bella se dio media vuelta y salió de la cocina.

—¿A que no sabes una cosa? —Didíme Fuller le dijo a Bella la noche de la inauguración de la expo sición.

—¿Qué?

—Todos tus cuadros tienen la etiqueta de «ven dido» —la informó Didíme con entusiasmo—. Todos.

Bella, perpleja, miró en dirección al lugar donde estaban sus cuadros y comprobó la veracidad de aquellas palabras. Todos estaban vendidos.

—¿Sabes quién los ha comprado? —preguntó Bella a Didíme.

—Ese hombre que está ahí —Didíme señaló a un hombre de unos cuarenta años que estaba pagando con una tarjeta de crédito—. ¿Le conoces?

Bella no se había dado cuenta hasta ese momento de que, subconscientemente, había albergado la es peranza de que Edward se los hubiera comprado. Sin embargo, aquel hombre era un desconocido.

—No, no le conozco —le respondió a Didíme—. ¿Quién es, un coleccionista de arte?

—No lo sé —contestó Didíme—. De todos modos, qué más da. Has causado tanto revuelo… todo el mundo quiere entrevistarte.

Bella estaba disfrutando con su éxito, pero según transcurrían las horas empezó a sentirse cansada.

—¿No han podido venir ni tu marido ni tus pa dres? —preguntó Didíme casi al final de la fiesta de inauguración.

Bella sacudió la cabeza tristemente.

—No. Edward está de viaje de negocios. Y mis pa dres… en fin, digamos que esto les escandalizaría. Mi padre piensa que estos sitios están llenos de drogadictos o gente por el estilo.

—En ese caso, será mejor que no les menciones a Devlin Prosserton —le advirtió Didíme, refiriéndose a un compañero suyo de curso que tenía fama de dar fiestas infames.

—Tienes razón, no lo he mencionado —dijo Bella—. En fin, estoy agotada. Creo que me voy a ir a casa y voy a dormir una semana entera.

—Bella, tiene una visita —anunció Janea la mañana siguiente—. Está esperándola en el salón.

Bella bajó y encontró a su madre sentada en uno de los sofás.

—Mamá, qué sorpresa. Iba a ir hoy a verte para contarte…

—Bella… —Renné se puso en pie—. Por favor, hija, espera. Antes… tengo que contarte algo.

Bella se la quedó mirando con aprensión.

—Hija, he sido muy dura contigo respecto a tu desliz con Jacob —añadió Renné con expresión de pesar—. La verdad, es que he sido una hipócrita por que yo… le hice lo mismo a tu padre al principio de estar casados.

Bella abrió desmesuradamente los ojos.

—¿En serio?

Renné asintió con las mejillas enrojecidas visi blemente.

—Tuve una breve aventura con un viejo amigo… un pintor.

—¿Quieres decir que… que no soy hija de papá?

—Claro que eres su hija, Bella, de eso no hay nin guna duda —contestó Renné—. Debo confesar que, al principio, lo dudé, pero luego supe con certeza que eras hija suya. Tu padre estaba furioso conmigo, como puedes imaginar, pero se reconcilió conmigo y me ayudó durante el embarazo, que fue muy difí cil. Siempre le estaré agradecida por lo que hizo.

—Pero papá no me quiere.

—Eso no es verdad —insistió Renné—. Ya sé que es un cabezota y siempre le ha costado expresar sus sentimientos, pero te quiere.

Bella frunció el ceño.

—Mamá, ¿por qué me estás contando esto ahora?

—Quería aclarar algunas cosas contigo —respon dió Renné—. Sé que tú y yo hemos discutido mucho, y creo que es más bien culpa mía. He estado pen sando mucho en ello últimamente y creo que es por eso por lo que he venido a hablar contigo. No quiero que cometas con Edward el mismo error que yo cometí con tu padre. Edward es un hombre fuerte, de cidido y muy orgulloso.

—Sí, lo es.

—Eres feliz con él, ¿verdad, querida? —preguntó Renné—. He estado muy preocupada por ti. No quiero que sufras.

—Oh, mamá… —Bella abrazó a su madre, pen sando que ojalá pudiera decirle que ella también es taba embarazada y que no estaba segura de quién era el padre.

Renné comenzó a sollozar.

—He sido una mala madre, Bella. Y por mucho que lo intento, no sé cómo hacer mejor las cosas.

—No te preocupes, mamá —Bella le acarició la es palda a su madre—. Me alegro de que hayamos po dido hablar.

Renné se secó los ojos con un pañuelo de celulosa.

—Bueno, me has dicho que querías decirme algo. ¿Qué es? —preguntó Renné.

Bella respiró profundamente y contestó:

—Estoy embarazada.

—¡Cariño! —Renné la abrazó otra vez—. No sabes cuánto me alegro por ti. Es exactamente lo que tú y Edward necesitáis. ¿Se lo has dicho ya?

—Sí, lo ha hecho —dijo Edward desde la puerta.

Bella se volvió y le miró.

—No… no sabía que ibas a volver hoy.

—Ven aquí y dame un beso, querida —ordenó él—. Tu madre no se va a ofender, ¿verdad, señora Swan?

—Claro que no. Y, por favor, deja de hablarme de usted. Me llamo Renné.

—Muy bien, Renné —dijo Edward antes de darle un beso a Bella en los labios—. ¿Cómo te encuen tras, cariño?

—Bien…

—Bueno, será mejor que me vaya —dijo Renné—. Charlie se va a preocupar si no voy enseguida, no sabía que venía.

—Te acompaño hasta el coche —dijo Bella.

—No es necesario —contestó su madre—. Quédate con Edward.

Una vez que Renné se hubo marchado, Bella se apartó ligeramente de Edward.

—Deberías haberme avisado de que venías hoy —dijo ella—. Le he dado la tarde libre a Jane y sólo tenemos restos de comida para cenar.

—¿No deberías alimentarte bien? —preguntó él.

—Y tú, ¿no deberías alegrarte de que fuera desva neciéndome poco a poco? ¿No te facilitaría eso las cosas?

—¿Por qué?

—De esa manera, te podrías deshacer de mí y del bebé. Es lo que quieres, ¿no?

—Pareces muy segura de ello.

—¿Has cambiado de idea? —preguntó Bella mi rándole a los ojos.

Edward le mantuvo la mirada.

—Mientras estaba de viaje de negocios, he pen sado bastante… Estoy dispuesto a continuar contigo indefinidamente, por el niño.

—Entonces, ¿reconoces la posibilidad de que sea tuyo? —preguntó Bella.

—Preferiría saberlo con seguridad; sin embargo, éste es un momento difícil para ti y te ofrezco mi apoyo; sobre todo, teniendo en cuenta que Black se marcha del país dentro de una semana aproxima damente.

Bella apretó los labios con enfado.

—No vas a perdonármelo nunca, ¿verdad?

—Lo siento, no debería haber dicho eso. Especial mente, ahora que sé con certeza que no te has visto con Black mientras yo estaba fuera.

Bella se lo quedó mirando con asombro.

—¿Cómo sabes que no le he visto?

—Porque he hecho que te siguieran mientras es taba en Sydney.

—¡Qué!

—Quería saber si cumplirías tu palabra.

Bella se enfureció.

—¡Cómo te atreves!

—Me atrevo porque quiero estar seguro de ti. Y continuaré vigilándote hasta que llegue el momento en que sienta que puedo confiar en ti.

—Lo siento, pero no voy a participar en semejante farsa —le dijo ella furiosa—. Una vez que pase esta semana y que los chicos hayan acabado los exáme nes, me marcharé de aquí y no volveré jamás.

—Eres la mujer más exasperante que he conocido en mi vida —gruñó Edward—. He vuelto decidido a solucionar nuestras diferencias y tú estás haciendo lo posible por estropearlo todo otra vez. Dices que me quieres; bueno, quizá, con el tiempo, recupere mi amor por ti.

—Pero no es seguro, ¿verdad?

—Nada es seguro en la vida, Bella. De todos modos, llevo siete días que en lo único que puedo pen sar es en ti. No sabes cuánto te he echado de menos durante el tiempo que he estado fuera, Bella.

—Yo también te he echado de menos —dijo ella pe gándose al pecho de Edward—. Esperaba que vinie ras a mi exposición, pero…

—Lo intenté, pero ocurrió un contratiempo y tuve que retrasar la vuelta. Siento no haber ido, pero en vié a alguien en mi nombre, ¿no te lo dijo?

Bella parpadeó.

—No, no lo sabía.

—Le encargué que comprara todos tus cuadros. Lo menos que podía haber hecho era decírtelo.

—Ah… así que fuiste tú…

—Claro que fui yo, querida. Al fin y al cabo, tengo que decorar muchas casas, ¿no? Pensé que sería una buena forma de darte a conocer como pintora.

—Ha sido un gesto muy generoso por tu parte, te niendo en cuenta lo que opinas de mí…

Edward le alzó la barbilla con un dedo.

—Lo único que sé es que quiero tenerte en mis brazos. Con nadie me siento tan bien como contigo.

«Pero no me amas», pensó Bella al entregarse a su beso.

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Bueno aquí está el segundo, espero que les guste. Solo faltan dos capítulos, probablemente mañana los subo. Me encanta ver que este proyecto que empezó como solo un hobbie se ha convertido en parte de mi vida, aunq sea una adaptación me encanta ir detalle con detalle cuadrando la historia con las características de mi amado Edward y la hermosa Bella.

Les doy mil gracias a quienes me leen me dejan sus reviews y sus alertas, las quiero mucho. BESOS LAS QUIERO