Los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro


Capítulo 2

El finlandés, sin duda, se sentía algo asustado por la presencia del otro, pero tampoco podía quejarse. Había encontrado un departamento dónde quedarse rápidamente y era lo suficientemente acogedor, pese al aire que ostentaba su nuevo compañero de piso.

—Bueno, yo soy Tino... —respondió nervioso el rubio de ojos marrones y enseguida le pasó la mano al sueco, a modo de cortesía

—¿Tino, eh? —replicó el otro.

—Así es, así es —contestó el recién llegado, tratando de ocultar su ansiedad a través de una conversación.

Suecia también pasó la mano, de una manera firme. Tino estaba algo asustado, ya que tal vez sería un poco bruto, mas, estaba completamente equivocado. La manera en que respondió a su saludo, era amable y gentil, pese a su presencia intimidatorio.

—Espero... ¡espero que nos podamos llevar bien! —replicó emocionado el nuevo residente de ese apartamento, quien no podía ocultar esa sonreía de oreja a oreja.

—Sí, tienes razón —contestó Berwald, quien podía palpar aquella extraña sensación de calidez que provenía del pueblerino.

Por un momento, estuvieron en silencio. Por un lado, Tino no sabía qué podía decir, ya se había dado cuenta que el sueco no era de hablar demasiado, lo que le dificultaba sentirse cómodo con la situación. Por otro lado, el de ojos azules, quien mantenía su expresión de siempre, estaba un poco avergonzado, por desconocer la manera de reaccionar frente al otro nórdico.

Hasta que tras unos minutos de tensión, el rubio de ojos azules se le ocurrió darle un pequeño tour por el departamento. Después de todo, serían compañeros de piso y era necesario que Finlandia ya se ubicara dentro de lo él llamaba hogar.

—Ven —le indicó el sueco, quien caminaba de manera segura.

Por unos segundos, el finlandés no sabía qué hacer, ya que le costaba por descifrar las intenciones del otro hombre, que de por sí, era bastante intimidatorio. Pero enseguida fue tras él, pues no quería que se diera cuenta de que le tenía algo de temor.

Tino llevaba su pequeña maleta y fue hacia dónde Berwald había entrado. Evidentemente, se trataba del dormitorio que compartían. Era algo pequeña, pero tenía el espacio suficiente para que los dos tuvieran su propio lugar. Había dos camas, una a la derecha y la otra, en el lado contrario. Además, un armario hecho a mano estaba cerca de una de las esquinas.

—Así que también dormiremos juntos —Tino estaba un poco nervioso, pues no se imaginaba cómo podría relajarse cerca de alguien como Berwald.

—Puedes acomodarte —le recomendó el sueco, quien sin hacer demasiado ruido y sin que se diera cuenta el otro rubio, se retiró por unos instantes.

El de ojos pardos suspiró y se sentó en una de las camas. Estaba perfectamente ordenada y muy suave. Ni que decir, lo agradable que era. El pueblerino se acostó en la misma, estaba algo agotado por el viaje y por lo mucho que tuvo que caminar para llegar a aquel edificio. Miraba fijamente al techo, reviviendo en su mente todo lo que le había pasado, hasta que...

—Te traje esto —explicó Berwald, a la vez que ingresaba al dormitorio que compartirían.

—¿Eh? —el finlandés estaba algo confuso, ya que no había notado el momento en que el otro había abandonado el dormitorio —¡¿Pero cuándo tú...?

—Espero que te guste el chocolate —respondió el rubio de ojos azules, a la par que le acercaba la taza.

—Vaya, no debiste molestarte —explicó algo apenado el finés —. Yo pensaba que tú... —y en ese momento, Tino se mordió los labios, pues sabía que iba a decir algo que a Berwald no le iba a hacer mucha gracia.

—¿Qué sucede?

—¡Nada, nada! Me encanta cómo huele el chocolate. Además, está caliente, como me gusta —Tino trató de cambiar cuánto antes el tema de conversación.

Tino probó un sorbo, y se sentía como si estuviera en el cielo. Principalmente por el hecho de que no no había probado nada desde que había salido de su casa. No obstante, el contenido de aquella taza era simplemente una delicia, nunca había probado algo parecido en su vida. Nunca se había imaginado, que ese hombre que estaba observándole con atención y que le causaba cierta inquietud, podría ser tan amable.

Sin embargo, al recién llegado le molestaba un poco el aire de presión que había entre ambos. Estaba algo incómodo con ese silencio, así que tenía que pensar en algo sobre el cual podría hablar con ese hombre al menos, por un rato. Se puso a mirar por todas partes, hasta que finalmente se le ocurrió algo.

—¿Por qué...? —El nuevo inquilino pausó por un segundo, tenía una sonrisa nerviosa y aunque intentaba acostumbrarse, le seguía pareciendo un poco extraña la forma en que le devolvía la mirada el sueco.

—¿Qué ocurre?

—¿Por qué no me muestras el resto del departamento? Ya sabes, para poder ubicarme y no tener que molestarte todo el tiempo —se excusó el rubio de ojos marrones, mientras que bebía el resto del chocolate.

Berwald, que se encontraba sentado en la cama de enfrente, bastante rígido, se levantó enseguida. Pensó que Tino se tomaría su tiempo y descansaría un poco, pero no era una mala idea.

—Vamos —le indicó mientras que salía de la habitación.

Ambos regresaron a la sala de estar, y Berwald le señaló el pequeño balcón que tenían. Tino inmediatamente se fue allí, pues sentía bastante curiosidad por ver algo más de la curiosidad. Pese a que había recorrido un buen tramo de la ciudad para llegar a ese edificio, con el apuro y las prisas, no se había tomado el tiempo en mirar todo.

Desde allí, podía observar cómo dos muchachos se gritaban prácticamente de todo. Le llamaba la atención el bullicio que hacían ambos, y cómo no les importaba que las personas próximas les observaran.

—¿Y esto es así todos los días? —preguntó Tino, quien no podía apartar la mirada de esos dos, que aparentemente se profesaban un odio profundo.

—Sólo ignóralos —aseguró el rubio de ojos azules, quien estaba a muy poca distancia de su compañero.

El finlandés saltó hacia un lado, ya que desconocía que el otro estaba tan cerca de él hasta que escuchó su voz. Comenzó a temblar un poco, dado que le había asustado de sobremanera. Con un poco de suerte, no derramó el chocolate, pero la verdad es que nuevamente estaba nervioso.

—Sabes, ¿por qué no me muestras dónde está el baño? Estoy algo cansado y un baño me vendría muy bien —afirmó el joven, quien intentaba buscar alguna manera de no estar tan tenso.

Quizás lo estaba malinterpretando, o tal vez era porque había viajado doce horas seguidas en autobús, pero estaba seguro que un baño caliente lo tranquilizaría por completo. Y además, tendría unos momentos para él solo, sin tener esos sobresaltos que le causaba la presencia de su compañero.

Además estaba algo sudado, ya que no había podido cambiarse de ropa desde que había salido de su pueblo. Se preguntaba si Suecia lo habría notado. Obviamente que sí, quizás no le había dicho absolutamente nada por educación.

El baño se encontraba enfrente del dormitorio, así que no tenían que caminar demasiado de una habitación a otra. Había una ducha con el suficiente espacio para relajarse. Y todo, absolutamente todo, estaba en su lugar. En una de las esquinas estaba posicionada la canasta de ropa sucia.

—Supongo que debería dejarte solo —explicó Berwald, para luego retirarse de allí.

Tino no perdió ningún momento más, y cerró la puerta. Por fin, estaba a solas, sin que nada o nadie le pudiera sorprender. Estaban solamente sus pensamientos y él. Una vez que se aseguró que el agua estaba a la temperatura que le gustaba, entró a bañarse. Por supuesto, había un pequeño detalle de cual no se había dado cuenta.

—Supongo que los citadinos son todos así —reflexionó el nórdico, mientras la tibia agua recorría su cuerpo —. Espero poder adaptarme pronto a este estilo de vida.

Pasaron tal vez unos diez o quince minutos y luego creyó que ya era suficiente. Sacó su mano para intentar tomar la toalla y poder secarse y luego ir a vestirse. Pero no había nada. Lo primero que creyó fue que lo estaba haciendo mal, así que salió de la ducha, mas, no había ninguna toalla en ninguna parte. ¿Y ahora, qué podría hacer?

Evidentemente no le quedaba otra que tratar de llamar a Berwald, sin salir del baño. Aunque le daba bastante vergüenza, no encontraba otra posible solución a su pequeño problema. Se asomó por la puerta ,para ver si el sueco estaba rondando por allí, pero aparentemente no estaba por ningún lado. Y como no quería salir sin tener nada puesto, comenzó a llamarlo.

—¡Oye! ¿Podrías venir un momento? ¡Tengo un problema! —exclamó Tino,muy desesperado y bastante apenado por aquella circunstancia.

Sin embargo, nadie apareció. Era como si estuviera completamente solo en aquel lugar que ahora sería su hogar. Por supuesto que se frustró un poco, ya que de todas las cosas posibles, ¿cómo no se había podido dar cuenta de aquel detalle tan importante como una condenada toalla?

Por su lado, el sueco estaba puliendo una mesa de madera que él mismo había armado, ya que eso era parte de su trabajo. Estaba sumamente concentrado, hasta que escuchó la voz de su nuevo compañero, quien le estaba llamando a gritos. Dejó a un lado la lija y fue hasta donde se suponía que estaba el otro rubio.

—Claro, ahora no te apareces, ¿verdad? Pero cuando quieres asustarme, ahí estás para darme el susto del siglo —se quejó el nórdico, quien seguía mirando por el pasillo y sin darse cuenta que el sueco estaba parado, al otro lado.

—¿Qué pasó? —interrogó el rubio, que no comprendía el enojo del nuevo.

El joven de ojos pardos giró lentamente hasta encontrarse con Berwald, ¿acaso había oído todo lo que había dicho recientemente? Toda la calma que había conseguido mientras estaba disfrutando de esa ducha tan rica, se había ido al tacho, en un segundo.

—¡Lo siento! No quise decir eso, es que... —Finlandia sentía cómo si se estuviera hundiendo cada vez más, un ligero sonrojo en su rostro.

—¿Ah? —El rubio de ojos claros no entendía qué estaba pasando, y aunque estaba tan serio como siempre, quería tranquilizar de alguna manera al joven, que estaba bastante acelerado.

—No te enojaste, ¿verdad? Sólo fue la emoción del momento, estaba algo fastidiado por lo que pasó y...—Tino volvió a morderse los labios, ya que dio cuenta que estaba hablando demasiado y quizás, estaba molestando al sueco, cosa que estaba tratando de evitar —¿Podrías traerme una toalla?

El rubio con gafas quizás dio tan sólo un par de pasos y abrió un pequeño armario, donde se hallaban, entre otras cosas, las toallas. Tomó una y se la pasó de inmediato a Finlandia, quien reía sin parar y cuyo rostro estaba tan colorado como un tomate.

—Gr... ¡gracias! —exclamó Tino y luego cerró la puerta.

Berwald se quedó un rato contemplando la puerta del baño, ya que le había parecido escuchar a Finlandia hablando desde adentro. Y sin duda, así era.

—¿Acaso estoy loco o qué? No sé si podré seguir así, han pasado sólo unas cuantas horas y he metido la pata hasta el fondo —se regañaba a sí mismo mientras que golpeaba su cabeza —¿Qué ha de pensar de mí, Berwald?

—¿Estás bien?

—¡¿Otra vez me escuchó? —pensó el finlandés, quien estaba demasiado nervioso —¡Sí! Sólo... sólo me golpeé la cabeza sin querer —mintió.

Aunque no le creía esa excusa, el sueco no encontraba las palabras exactas para decirle a Finlandia. La vergüenza conseguía una vez más vencerlo y decidió que era mejor ir a continuar el trabajo que había dejado. Pese a ello, antes de entrar a la sala de estar, volvió a darse vuelta para ver si Tino ya había salido del cuarto de baño. No obstante, éste aún estaba allí.

El chico creyó que ya había perdido mucho tiempo entre tantas cosas, así que se enrolló la toalla por la cadera y rápidamente corrió al dormitorio. Deseaba que aquel hombre se olvidase por completo de aquel despiste suyo y no tener que hablar de ello. Simplemente hacer de cuenta de que no había pasado nada.

Una vez que ya estuvo listo y guardó el resto de su ropa en el armario, fue a buscar a su compañero, quien ya estaba terminando con aquel mueble.

—¡Vaya! ¿Tú has hecho eso? Seguro que te ha llevado un tiempo en hacer algo tan precioso —afirmó el rubio de ojos marrones al ver aquella mesa con tantos detalles y que carecía prácticamente de imperfecciones.

—Es mi trabajo —aclaró el sueco, y levantó la mirada para observar al otro nórdico.

—Eso me recuerda que tengo que conseguir trabajo para poder pagar mi parte de la renta. Creo que debería salir a buscar...

—Mañana —contestó de manera clara y concisa Berwald.

—Aunque no conozco nada de la ciudad —dijo el finlandés, quien estaba meditando sobre lo que debería hacer.

—Mañana te llevaré a ver la ciudad —afirmó con determinación el escandinavo.

—¿Un paseo con él? Bueno, se ha ofrecido y necesito que alguien me muestre los alrededores —El muchacho volteó y se fijó en los ojos azules de Berwald, y aunque no estaba muy seguro, tampoco podía decir que fuera una mala compañía —Gracias, en serio. Eso me gustaría.

El resto del día, Tino buscó todas las formas posibles para al menos intentar conocer un poco más a la persona con quien a partir de ese día compartiría techo, buscaba temas de conversación que podría gustarle a éste. Por su lado, el sueco trataba de responder a todo lo que decía y le preguntaba el finlandés, aunque eran bastantee escuetas sus respuestas, así que sólo le quedaba esperar que su nuevo compañero comprendiera su forma de ser.

Luego de cenar, ambos fueron al dormitorio. Los dos estaban bastante exhaustos por el día que habían tenido, aunque uno lo demostraba más que el otro.

Tino miró hacia la otra cama, quizás aquel efecto intimidatorio que tenía aquel hombre, sólo se debía a sus gafas. Sí, eso debía ser. Así que cuando posó sus ojos sobre los de Berwald, sintió esa misma inquietud de siempre. Lo único que se le ocurrió hacer es taparse con las sábanas y darse la vuelta.

—¡Buenas noches! —exclamó el muchacho.

—Buenas noches —respondió el otro, que observaba con atención al finlandés.

—Tal vez ya no será así mañana —se convenció el nórdico.