Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro

Edité el final del capítulo, por eso lo vuelvo a subir.


Capítulo IV — Mala suerte

Tino estaba algo apenado por la situación, ya que nunca antes había estado así con alguien y mucho menos con hombre. De todas maneras, era lo más seguro que se podía hacer ya que no quería volver a perderse de esa manera. Y aunque trataba de entender en qué estaba pensando el sueco, le resultaba imposible adivinarlo.

Ambos siguieron caminando hasta llegar a un cruce. En ese momento, el semáforo se volvió verde y todos los autos arrancaron como si no hubiera mañana, dejando atrás aquel humo negro que se desprendía del tubo de escape. El finlandés comenzó a toser y a toser, así que Berwald lo estiró y decidió que irían a otra parte de la ciudad.

El rostro del rubio de ojos marrones se había tornado de un color rojo, mientras que el de ojos azules golpeaba suavemente su espalda hasta que se pudiera calmar el primero.

—Lo siento, te hago pasar por demasiadas cosas y apenas nos conocemos desde ayer —afirmó Tino, luego de poder tranquilizarse.

—No es nada —explicó el nórdico.

—¿No hay un lugar más apacible por aquí? Entiendo que es una ciudad, pero todo es tan ruidoso —se quejó el muchacho, algo cansado por la suerte que estaba teniendo.

—Sé dónde ir —respondió el sueco, mientras miraba hacia la dirección contraria.

—¿En serio? ¿A dónde vamos? —preguntó curioso Tino.

Sin embargo, no obtuvo respuesta. El sueco volvió a agarrar al finlandés de su mano y comenzó a caminar. El segundo estaba más que intrigado por saber a dónde irían, aunque no podía evitar pensar en que tal vez sería un lugar no muy agradable. A pesar de que Berwald le había demostrado que era buena persona, todavía tenía esa extraña sensación que le recorría por todo el cuerpo y le hacía dudar.

A pesar de eso, Tino trataba de captar todo lo que veía a su alrededor, aunque fuera tan sólo un instante. Personas disfrazadas que intentaban llevarlo dentro de su restaurante respectivo, otras que llamaban la atención con su aspecto o alguna otra que tocaba la guitarra tratando de conseguir algo de dinero, simplemente había demasiada vida en su entorno.

Luego de marchar en silencio por aquellas bulliciosas calles de la ciudad, finalmente el sueco se detuvo. De buenas a primeras, el de ojos marrones no entendió el por qué repentinamente el de gafas se había parado. Hasta que miró lo que había enfrente de él.

Después de haber visto tanto concreto y gris por todo su alrededor, lo que estaba observando le había parecido algo precioso. Y aunque estaba algo cansado, se desprendió de su acompañante y cruzó corriendo hacia la otra acera, de manera más que imprudente y recibiendo un par de bocinadas por parte de los conductores.

Pero nada de eso interesaba. ¡Había aire limpio para respirar! Además, había un montón de árboles, cuyas hojas tenían la tonalidad propia del otoño, esto si no se habían caído. Incluso, la gente se comportaba de manera distinta al resto, ya que todos parecían divertirse bastante, tenían amplias sonrisas y estaban completamente relajados.

Tino se quedó contemplando aquel enorme parte por unos instantes. Nunca había creído que el sueco le llevaría a un lugar cómo ése, pero sin duda, había acertado.

—¿Te gusta? —preguntó el sueco, quien posó su mano sobre el hombre del finlandés.

—Vaya, no pensé que hubiera algo como esto en la ciudad —respondió el joven, mientras seguía admirando sus alrededores.

Sin embargo, cuando se dio vuelta y vio a Berwald, recordó la razón por la cual habían salido esa mañana.

—Pero supongo que debería ir a buscar trabajo. No debería estar haciendo esto...

—Es sólo un día —replicó el nórdico —. Deberíamos disfrutar de este pequeño paseo, ¿no crees?

El rubio de ojos marrones dio unos cuantos pasos hacia atrás. ¿Acaso su compañero había dicho algo más que una sola frase? Hasta ese momento, no había conseguido que el hombre dijera más que tres palabras y ahora, se había soltado un poco más.

Por su lado, el sueco no entendía la razón por la cual Tino le miraba de esa manera. Quizás tenía algo en la cara o algo más de lo cual no se había dado cuenta.

—¿Qué pasa? —interrogó Berwald tras esos breves momentos de silencio.

—Nada, nada, nada —respondió Tino y una vez más, cambió de tema —¿Por qué no vamos a buscar un banco para sentarnos? Hemos caminado mucho desde que salimos desde el edificio.

—Si eso quieres.

Había mucha gente que se estaba ejercitando, algunos con su pareja, otros con sus mascotas. Había los que habían ido al parque con sus hijos y observaban a éstos mientras jugaban por allí. También estaban los que disfrutaban de un buen juego de ajedrez, y aunque normalmente eran hombres mayores, de vez en cuando también habían jóvenes.

Cuando llegaron al centro del parque, allí se encontraban una enorme fuente de agua y una estatua, en conmemoración de un gran personaje de la ciudad. Había distintos bancos dónde sentarse, y pese a la gran cantidad de personas, el finlandés consiguió avistar uno en donde poder descansar.

Desde allí, miró a una pareja de hombres, de quizás unos cuarenta o cincuenta años. Y aunque eran tan distintos, parecían llevarse bien. De vez en cuando, uno de ellos, lanzaba algo de pan para las aves, mientras que el otro aparentaba regañarle.

Tino, sin duda, estaba contento en el lugar donde se encontraba. No había forma que el momento pudiese echarse a perder. O al menos, eso pensó.

—Por cierto, Berwald, ¿hace mucho que vives aquí? Parece que conoces todo —el finlandés no podía evitar sentir algo de intriga por su compañero de piso.

—Quizás unos siete u ocho meses —respondió el de ojos azules, quien también observaba el ambiente.

Repentinamente, el muchacho de ojos marrones sintió como algo cayó sobre su rodilla. Parecía algo empalagoso y caliente. Aunque estaba seguro de saber de qué le acababa de suceder, sólo por asegurarse, decidió cuestionar a su compañero.

—Oye Berwald, no habrás echado algo sobre mi pantalón, ¿verdad? —preguntó mientras intentaba sobreponerse del asco y de la vergüenza.

—No, ¿por qué...? —pero enseguida notó la enorme mancha blanca sobre el pantalón del finlandés —. Oh.

Tras unos minutos sin reaccionar, Tino se levantó bruscamente del banco y fue hasta la fuente. Allí, comenzó a tirar agua sobre su ropa, cosa que sólo empeoraba la situación. De todas las posibilidades, ¿por qué le había acertado justamente a él? Frotaba con todo lo que podía, pero todo lo que consiguió fue que la mancha fuera más grande y llamara aún más la atención.

—¡Ya me cansé! Vamos de vuelta al departamento, no quiero saber más nada —se quejó Tino, quien había terminado exhausto de todas las cosas que le pasaban.

—¿Estás seguro? —el sueco no le había dado gran importancia a aquel incidente sufrido por el nórdico.

—Tú no tienes excremento de pájaro por el pantalón. Claro que me quiero ir, ¡quién sabe lo que me pasará luego! —exclamó el joven, molesto.

Bueno, el primer paseo por la ciudad no había salido bien del todo. Sin embargo, Berwald estaba seguro que tal vez luego de un par de semanas, quizás Tino podría apreciar todo. Pero todo lo que podía hacer por el momento era apoyarlo e intentar explicarle cómo realmente funcionaba la ciudad.

—Entonces, vámonos —afirmó el de ojos azules.

Volvió a tomar de su mano y ambos se pusieron en marcha, de regreso al piso que compartían. De alguna manera, Tino le recordaba sus primeros días en la gran ciudad de concreto, aunque a diferencia de éste, había tenido que aprender todo por sí solo.

Frente a ellos, una hermosa chica de cabellos rizados caminaba. Súbitamente, se le había caído la billetera al suelo, sin que se diese cuenta. Aunque tenía un mal presentimiento, de todas maneras, el finlandés alzó la cartera de la chica.

—Señorita, señorita —comenzó a llamarle el rubio, pero la otra parecía que no lo escuchaba siquiera.

La chica seguía caminando como si nada hubiera pasado, así que Tino se le adelantó y le cortó el camino. Por supuesto, ella se molestó bastante por este acto tan inesperado del desconocido.

—Esto es tuyo, ¿cierto? —el nórdico le entregó en ese instante la billetera caída, con una sonrisa.

La mujer miró por unos segundos al joven y tomó abruptamente el objeto. Tino no esperaba nada de la chica, y mucho menos la reacción que habría de tener.

—¡Ladrón, ladrón, ladrón! —empezó a gritar la chica mientras golpeaba al pueblerino con su cartera.

—¡Pero si te devolví lo que era tuyo! —se defendió el finlandés, que no entendía que había hecho mal.

—¡Aléjate, ladrón! —insistió la chica de cabellos rizados a la vez que continuaba golpeando al muchacho.

Berwald se apresuró en tomar a Tino y rápidamente se perdieron entre la multitud. Definitivamente, la ciudad era un lugar de locos, pensó éste último, a la vez que continuaba huyendo de aquella mujer. Aún no podía creer que la gente fuera de esa manera, tan poco educada y tan grosera. ¡Y sin tener una razón válida! Todos solamente pensaban en sí mismos y absolutamente nada en los demás.

Pero para la alegría del finlandés, ya habían llegado al edificio donde estaba el piso que compartía con el sueco. Tino estaba tan contento que le brillaban los ojos y abrazó la construcción, ante la atenta mirada de los transeúntes, que lo observaban como si estuviera mal de la cabeza.

—¡Sí! ¡Al fin, estamos aquí de nuevo! —gritó el rubio, y no perdió nada de tiempo en ingresar al edificio, ya que no podía esperar llegar al departamento y sacarse el pantalón manchado.

El sueco se quedó un rato ahí abajo, pues aunque Tino había estado algo decaído por todo lo que había pasado, repentinamente había recobrado su alegría. Y pese a que no pensaba decir nada, prefería que el rubio estuviera así de contento, ya que le daba un toque distinto a su piso.

Una vez que el de ojos azules llegó al departamento, vio que el finlandés se había quitado los pantalones allí mismo en la entrada, ya que los había dejado tirados en ese exacto lugar. Él se recostó por el sofá, ya que aunque no se notaba demasiado, también estaba cansado por todas las idas y vueltas que había tenido que hacer, sobretodo, cuando Tino se había perdido.

Enseguida, éste último salió de su habitación, mucho más relajado y feliz. No tardó demasiado en alzar la ropa que había dejado por el piso. Pero antes de ir al cuarto de baño, se fijo que el sueco se había sacado los lentes y había cerrado los ojos.

—Oye, creo que no te lo dije, pero gracias por el paseo de hoy —afirmó el finlandés, para sorpresa del otro rubio —. Aunque no haya salido exactamente cómo querías, te agradezco la intención.

—De nada —respondió el otro, aunque ni siquiera había abierto sus ojos.

El nórdico entró al baño y dejó su pantalón en la cesta de ropa sucia. Y aunque pensó dejarlo así nada más, se dio cuenta que la ropa se estaba acumulando demasiado. Y que tal vez podía darle una mano al sueco, haciendo algunas de las tareas del hogar. Después de todo, había dejado muchas cosas a su cargo, y era hora de hacer algo a cambio.

Así que tomó la cesta y decidió ir a lavarla. Pero antes de poder hacer eso, tenía que averiguar dónde estaba la lavadora. Con la cesta a un lado, Tino fue, una vez más, junto a Berwald, quien luego de haber tomado un pequeño descanso, ya estaba nuevamente armando un mueble.

—¿Qué haces con eso? —preguntó el rubio, mientras miraba todas las partes de madera con las cuales contaba.

—Pensaba llevar ir a limpiar la ropa. Se ha acumulado mucho y creí que podía ayudarte, si llevaba la cesta a la la lavadora. Es sólo que no la encuentro en ningún lado —explicó el finlandés.

—Está en el sótano del edificio —afirmó el sueco, al levantarse para ir a prepararse un poco de café.

Por un segundo, Tino pensó que quizás no era tan buena idea después de todo. Pero tenía que esforzarse y se obligó a sí mismo a hacer la tarea que se había propuesto. Se despidió del sueco y empezó a bajar las escaleras. Estaba de muy buen humor y estaba seguro que esta vez no iba a pasar nada. Se trataría de una simple experiencia más.

Pero cuando bajaba las escalinatas para llegar al piso cuarto, vio que un calcetín se había caído de la cesta. El rubio dejó la misma en la grada, mientras que tomaba la ropa que yacía en el suelo. Una vez que lo había agarrado, estaba tan entusiasmado que accidentalmente pateó el contenedor de la ropa sucia, provocando que ésta se desparramara por todo el suelo.

El de ojos marrones se quedó contemplando por un rato aquel absurdo panorama y luego, decidió recoger toda la ropa. Trató de hacerlo lo más rápido posible, ya que no quería que nadie viese todo aquel desastre o que observara la ropa interior de los dos.

Tras haber puesto todas las vestimentas en la cesta, regresó a lo que estaba haciendo originalmente. Por supuesto, esta vez sería más cuidadoso por donde iba. No obstante, el piso era de un color oscuro y también las paredes, lo cual le dificultaba bastante mirar por dónde iba.

Una vez que llegó dónde estaban las lavadoras, escuchó las voces de dos muchachos. Hasta ahora, no había conocido a ninguno de los que vivían en el mismo edificio. Tino se preguntaba si eran como el resto de los que habitaban en la ciudad, o quizás eran algo más amables. El finlandés decidió arriesgarse y entró a la habitación.

Allí, había dos muchachos de su misma edad. Uno tenía lentes y un corte bastante preciso, ni muy largo ni muy corto. El otro era más bajo que éste, y pese a que ya tenía dieciocho años, aún tenía un aspecto de niño.

Apenas Tino pudo bajar la cesta para poder colocar la ropa dentro de la lavadora, cuando ambos se le acercaron.

—Nunca te he visto por aquí —dijo el muchacho de cabellos castaños.

—Eres nuevo, ¿no es así? —preguntó el de gafas.

—S-sí, me acabo de mudar a la ciudad, de hecho —explicó el rubio.

Los primeros dos se miraron a los ojos y luego, sonrieron al finlandés.

—Soy Eduard y él es Raivis —explicó el muchacho de ojos azules.

—Yo soy Tino, estoy en el piso seis —respondió el rubio.

—¿Y no te da miedo vivir con él? —cuestionó Raivis, intrigado.

—No deberías decir esa clase de cosas —le regañó el otro —. Lo siento, a veces dice cosas de una manera tan sincera.

—No te preocupes —río el finlandés —. Aún me da algo de miedo, pero creo que es una buena persona, me ha sacado de unos cuantos apuros.

—Oye, debo decir que luces más amable que el hombre que vivía ahí antes —aclaró Raivis, sin saber realmente lo que estaba diciendo.

En ese momento, la lavadora que habían estado usando los dos bálticos, sonó, en señal de que ya había terminado.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó el nórdico, curioso.

—¿No te contó Berwald? —cuestionó el de baja estatura, a la vez que abría la lavarropa.

—Creo que has hablado de más —acotó el originario de Estonio.

Un momento incómodo rodeó a los tres, por un instante. Tino no tenía la más pálida idea de lo que estaban hablando. Los otros dos, por su parte, reían nerviosamente, ya que habían metido la pata.

—Nosotros vivimos en el piso de abajo, en el quinto. Cuando quieras y estás aburrido, puedes visitarnos —afirmó Eduard, mientras que el otro sacaba la ropa y la ponía en la cesta que habían traído.

—¿En serio? Gracias, no pensé que hubiera gente tan amable por aquí —aseguró el rubio.

—¡Por supuesto! No todos somos groseros, a algunos nos gusta conocer al resto —respondió el pequeño.

Ambos se despidieron, dejando al de ojos marrones por su cuenta. Éste se quedó intrigado por lo que habían mencionado y trataría de averiguar quién era ése hombre. Pero, por otra parte, estaba contento de poder haber conocido a sus vecinos y quizás, de tener más amigos allí.


Agradezco los comentarios de: kikyoayami8, Eirin Stiva, GoreHetare, Thalitez -Irene Adler y LunaraKaiba.

¡Hasta la próxima~!