Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro


Capítulo 5 - Visitas

Mientras Tino seguía lavando la ropa de ambos, el sueco comenzaba a trabajar en su próximo proyecto. Se había preparado un café bien caliente para mantenerse con las energías, ya que estaba algo cansado por el paseo que había dado con el finlandés.

Aunque tampoco le había desagradado salir con éste, pues pese a la torpeza que tenía, era bastante alegre y en tan sólo un par de días, había conseguido sacarle de esa monotonía que dominaba en su vida. No se arrepentía de haberle "pedido" que se quedara en el apartamento, como compañero.

Tras beber un poco de aquella bebida, dejó la taza sobre la mesa y se puso a buscar todo lo que necesitaba para poder armar el mueble. Sin embargo, tras unos largos y silenciosos quince minutos de trabajo, le parecía un tanto extraño que el de ojos marrones aún no subiera al piso.

Por lo que había pasado más temprano en el día, pensó que tal vez se había extraviado, una vez más. Trataba de concentrarse en aquel proyecto, pero estaba un poco preocupado por el chico de pueblo. De vez en cuando, miraba la puerta, esperando a que se abriera y se apareciera este último.

En otro lado del edificio, el finlandés había terminado de recoger toda la ropa de la secadora y partió nuevamente hacia arriba. Nunca había pensado en tener esa clase de vecinos, pero al menos, tendría con quien conversar, además de Berwald.

El muchacho estaba bastante contento, hasta que se topó con otros dos jóvenes, un rubio de ojos verdes y otro, de cabellos castaño y de ojos azules. Por unos instantes, intercambiaron miradas, hasta que el primero de los dos muchachos se paró enfrente del finlandés, de manera desafiante. Éste, más que intrigado, estaba con algo de temor, por la manera en que el polaco se había mostrado.

—¿Así que tú eres nuevo por aquí? Supongo que sí, nunca te he visto por el edificio —afirmó con seguridad el de ojos verdes.

—Sí, hace poco que llegué aquí —contestó Tino, algo asustado.

Pasaron unos breves segundos de tensión, tras los cuales, el polaco se escondió tras el muchacho de cabellos castaños. El pueblerino se rascó la cabeza, ya que no entendía absolutamente nada acerca de aquella situación.

—No le gustan los extraños, en general. No lo tomes a mal —explicó Toris, con una sonrisa tímida.

—Lo entiendo, perfectamente. La gente de aquí es muy particular —aseguró el finlandés riendo nerviosamente.

—Bueno, espero que nos volvamos a encontrar —respondió el otro europeo, quien estaba siendo apurado por el polaco.

—Por supuesto, claro. Nos vemos luego —se despidió el rubio mientras subía las escaleras.

Sin embargo, cuando pasó al lado del rubio de ojos verdes, éste le sacó la lengua y enseguida se puso al frente del otro. Tino estaba algo asombrado por aquel, se quedó parado por un rato, hasta que a esos dos se perdieron su vista. Luego, se dio cuenta que ya había dejado pasar demasiado tiempo y se apresuró en llegar a su piso.

Finalmente, luego de unos cuantos tropezones, por descuidarse bastante mientras corría por las escaleras, Tino llegó al piso. Se secó el sudor de la frente y como la puerta estaba sin llavear, entró sin más. Allí, encontró a Berwald tratando de ensamblar unas piezas, aunque éste no dudó en dejar eso, para ver al sueco.

—¡Perdona... no quise molestarte! Al fin, terminé de lavar la ropa, ahora iré a guardarla —se excusó el joven, quien se ponía bastante tenso cada vez que el de ojos azules le miraba tan atentamente.

Por otro lado, el hombre de gafas había querido preguntarle sí no había tenido ningún inconveniente durante su paseo por el edificio. Sin embargo, el finlandés había salido tan rápido de la habitación, que no le había dado la oportunidad para decir algo más.

El finlandés abrió el armario que ambos compartían y comenzó a guardar la vestimenta. No había absolutamente nada que le llamara la atención a Tino, excepto cuando creyó ver una foto guardada en uno de los cajones del sueco. Era la primera que veía en todo el piso e inocentemente, la agarró.

No creyó que estuviera haciendo nada malo, bueno, quizás estaba hurgando en la vida de su compañero. Pero éste no le decía muchas cosas, por lo que se sentía curioso por saber un poco más de él. Sin embargo, pese a lo que le decía su intuición, prefirió no hacer nada y guardó el resto de la ropa.

Una vez que salió del dormitorio, fue a la sala de estar, donde Berwald estaba trabajando. Se dio cuenta que debía buscar algo qué hacer, cuanto antes fuera posible. No podía depender del sueco y simplemente no hacer nada el resto del día, así que buscó inmediatamente el periódico y se sentó en el otro sofá, cerca del hombre de ojos azules.

El sueco levantó la mirada, curioso por la compañía del finlandés. Éste rápidamente se dio cuenta de la reacción de su compañero y no perdió tiempo en decir algo más.

—No...¡no voy a molestarte! Tú sigue en lo que estás haciendo, sólo he venido porque aquí hay una buena iluminación y ya sabes... —explicó el muchacho, que aún no podía controlar su nerviosidad.

Tras unos intensos minutos de silencio, en el que ambos se miraron directamente a los ojos, finalmente el sueco se dignó a decir algo más.

—No me molestas para nada —contestó el rubio y luego, continuó en su proyecto.

—Es bueno saber eso —y enseguida,levantó el periódico para tratar de leer.

Tino estaba seguro de que sería bastante difícil encontrar algún trabajo decente, pero no pensaba desistir. Debía haber algo para lo que sirviera, o al menos, que pudiera pagar la renta del mes y alguno que otro gasto.

El muchacho estaba bastante concentrado, ¡debía haber uno en algún lugar! Leyó y releyó varias veces el pedazo de papel, intentando ver sí había algo que había dejado de ver o a lo cual no había prestado nada de atención. No obstante, era completamente inútil. No había nada a lo cual pudiera presentarse y por supuesto, estaba bastante desilusionado.

En ese momento, alguien golpeó la puerta. Tino, al principio, siguió en lo suyo ya que pensó que Berwald se ocuparía de aquella visita. Pero tras escuchar varias veces cómo la puerta era golpeada por el puño de alguien, y darse cuenta que el sueco estaba demasiado ocupado como para ir a atender, el de ojos marrones se levantó.

Afuera del piso, había un muchacho de unos profundos ojos azules y cabellos cortos. Vestía de colores discretos y una expresión bastante seria.

¡¿Es posible qué todos los de aquí sean tan serios? Vaya, un poco de alegría a esta gente no les haría mal —pensó Tino, mientras esperaba alguna respuesta del otro.

—Parece que me equivoqué —dijo el otro, quien observó al finlandés de pies a cabeza y luego, miró el número en la puerta —. Aunque este es el número del departamento...

—Lo siento, soy el nuevo residente de aquí. Pero seguro que estás buscando a Berwald, ¿no es así? —preguntó el amable rubio a la sorpresiva visita.

—Sí, ¿se encuentra él? —cuestionó el inexpresivo muchacho.

—Está trabajando, pero iré a llamarle —contestó Tino, quien temblaba un poco.

—No hace falta, sólo entrégale ésto —y en ese momento, sacó un paquete que llevaba en su mochila.

Aquello olía bastante bien, cómo si recién hubiera salido del horno. Apenas tomó aquello, el noruego simplemente se fue, sin decir nada más.

—Oye espera un momento, ¿de parte de quién le digo? —interrogó el de ojos marrones, pero el otro ya estaba bajando las escaleras.

Mientras regresaba al sueco, una extraña y fría brisa recorría el cuerpo del finlandés.

¿Por qué todos tienen un raro efecto sobre mí? Si no es uno, es otro —se quejaba el rubio.

Por otra parte, todo le parecía un gran misterio en torno a la vida del hombre de ojos azules, lo cual aumentaba aún más su curiosidad. Gente que aparecía de la nada o que le contaba cosas a medias. Todo eran tan sospechoso e intrigante.

—Esto te acaba de llegar, Berwald —explicó el rubio, a la vez que entregaba el paquete al sueco —. El chico no me dijo su nombre, así que no sé de quién es.

El de gafas dejó todo sobre la mesa y tomó el regalo que le había llegado. Sin embargo, ni siquiera se tomó la molestia en leer la pequeña nota que había sobre el mismo, solamente se levantó del sofá y fue directamente a la cocina para tirarlo.

Tino no sabía ni que responder frente a eso. No conseguía entender que había llevado al sueco hacer eso. Aunque tampoco se animaba a reprocharle nada.

—Voy a ducharme —respondió el sueco, sin dar ninguna explicación sobre aquello.

El hombre de ojos azules sólo quería olvidarse de ese asunto en particular, además del cansancio que tenía. Sabía exactamente de quién se lo había mandado y el por qué de ello, y no tenía ganas de lidiar con esa persona.

Por su lado, el de ojos marrones se quedó contemplando el contenedor de basura por un momento. Tenía tantas interrogantes en su cabeza, pero a la vez, tampoco quería preguntarle nada a su compañero, pues sí de algo estaba seguro, es que no quería que se enfade por ninguna razón. Y tal vez, éste tenía sus propios motivos para no querer conversar sobre aquello.

El finlandés fue al balcón a contemplar una vez aquella ciudad. Todavía no podía creer lo que sus ojos veían o que siquiera se encontrara en ese lugar en concreto. Sin embargo, allí estaba, lidiando con gente totalmente distinta a la que se hubiera imaginado.

Tino estaba pensando en muchas cosas, desde lo que el sueco no le estaba diciendo hasta cómo podría sobrevivir allí sin ser engullido. Su mente era un completo caos, un remolino de ideas que iban y venían. Suspiró profundamente, de alguna manera, encontraría la solución para no tener que volverse loco cerca de esa gente.

En ese momento, el estómago del muchacho comenzó a gruñir. Aún no había comido nada desde que habían salido y ya era la tarde. Por supuesto, fue directo a la cocina a buscar algo para comer.

Pero mientras iba hacia aquella parte del apartamento, nuevamente, alguien estaba golpeando la puerta. Tino pensó por un momento en no atender y dejar a su compañero que lo hiciera, pero recordó que éste aún estaba en el baño.

¡Me muero de hambre! Pero supongo que no me queda otra que ir a ver de quién se trata — reflexionó el rubio, a la vez que caminaba para abrir la puerta.

Sin embargo, el muchacho se sorprendió pues al abrir la puerta, se encontraban los dos jóvenes que había conocido hacía unas cuantas horas en la sala de las lavadoras. Y uno de ellos traía consigo algo para comer.

—¡Hola otra vez! —saludó el más bajo de ambos, Raivis.

—Decidimos traerte algo para darte la bienvenida —respondió Eduard, mientras le entregaba la bandeja a Tino.

—No debieron molestarse... —contestó algo avergonzado el finlandés —.Pero... ¡Gracias!

El nórdico revisó lo que había debajo de la servilleta, y había una deliciosa torta de vainilla recién horneada. Tenía un olor exquisito y Tino estaba que echaba babas por la boca. Ya tenía el apetito abierto y eso le tentaba aún más.

—¿Por qué no pasan y conversamos un rato? Después de todo, vinieron hasta aquí —explicó el de ojos marrones.

Los dos europeos intercambiaron la mirada ya que no sabían qué hacer. Sin embargo, detrás de Tino, se apareció el sueco. Ambos comenzaron a temblar, ya que al igual que el finlandés, tenían algo de temor por aquel rubio alto.

—Tenemos cosas qué hacer —se excusó el muchacho de Estonia —. Pero, podrías pasar mañana por nuestro piso.

—Sí, se nos olvidó de algunas cosas pendientes —aseguró el chiquillo —¡Nos vemos!

El de ojos marrones se despidió de los dos y enseguida se dio vuelta, encontrándose con el sueco. El muchacho no pudo evitar soltar un grito del susto, ya que desconocía que Berwald estuvo todo el tiempo parado detrás de él. La bandeja también saltó junto a él, y por fortuna, aquel sabroso postre no se había caído.

—¿Qué querían? —preguntó el de gafas, quien, a pesar de que hacía un buen tiempo que vivía por allí, no conocía al resto de los habitantes del edificio.

—Son unos chicos que conocí cuando fui a lavar la ropa. Mira, nos trajeron algo para comer —y en ese momento, le mostró lo que le habían traído —. Creo que ya no es necesario preparar la cena —dijo un sonriente Tino.

Ambos pasaron al comedor para poder saborear aquella sorpresa. En todo ese momento en que compartió el tiempo con el sueco, Tino sentía la necesidad de preguntarle sobre el por qué había tirado el paquete que le habían traído. Pero cada vez que intentaba decir algo, recordaba el temor que le tenía y volvía a concentrarse en lo que estaba comiendo.

Todo el resto de la jornada transcurrió de la misma manera, el finlandés tratando de conocer un poco más al otro, y éste, cuando conseguía escuchar lo que el nórdico le decía, le contestaba con unos monosílabos.

Llegada la noche, los dos fueron a acostarse, cada uno en la cama que le correspondía. Tino seguía con la curiosidad, pero tal vez, podría averiguar lo que quería saber cuando fuera a visitar a Ed y a Raivis el día de mañana.

—Buenas noches —dijo el sueco, tomando por sorpresa al pensativo finlandés.

—¿Eh? Sí, sí, ¡buenas noches! —exclamó el joven y se dio vuelta hacia la pared.


Agradezco los comentarios de: GoreHetare, Eirin Stiva yThalitez.

Dentro de poco, va a aparecer otro nórdico~

¡Hasta la próxima~!