Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro


Capítulo 6 - Llamada

A la mañana siguiente, Tino nuevamente se despertó con la luz del sol brillando intensamente sobre su cara. Su primera reacción fue taparse el rostro inmediatamente con la sábana y darse la vuelta. El día estaba fresco y el rubio no quería saber absolutamente nada de levantarse aún.

Por supuesto, sabía que no podía quedarse eternamente acostado encima de aquella cálida y agradable cama. Decidió, entonces, echarle una mirada al reloj. Tal vez no era tan tarde todavía y podía continuar durmiendo por un rato más.

Sin embargo, al ver que eran casi las nueve y media de la mañana, el finlandés saltó de la cama. Había perdido media mañana y aún no había conseguido hacer nada productivo. Antes de salir de la habitación, miró hacia la otra cama, que ya estaba completamente ordenada.

Luego de salir del baño, fue a saludar a Berwald. El sueco ya estaba trabajando desde hacía una hora, aunque en silencio, para no despertar a su compañero. Éste último prefirió ir lentamente hacia la sala de estar, donde estaba seguro que se encontraba el de ojos azules.

Esta vez, sería más cuidadoso y en lugar de ir directamente hacia aquel lugar del piso, caminó despacio y sin hacer mucho ruido. No quería volver a pasar la vergüenza del día anterior y tampoco quería causar mala impresión a las personas que solían ir junto al sueco.

El muchacho se apoyó contra la pared y lentamente, se asomó para ver que estaba sucediendo. Al notar que no había nadie más que el sueco, fue tranquilamente hasta él.

—¡Buenos días, Berwald! —exclamó el alegre finlandés, con una sonrisa de punta a punta.

El sueco estaba bastante concentrado en lo que estaba haciendo, pero al escuchar a su compañero saludarle, dejó a un lado su trabajo y aprovechó para tomar un respiro.

—Buenos días —respondió el otro, mientras que Tino se acercaba a él.

—¡Vaya! ¡Tan temprano y ya estás trabajando tanto! Bueno, supongo que te gusta lo que haces —comentó el muchacho de ojos marrones, a la vez que contemplaba la pequeña mesa de luz que estaba armando el otro.

—Supongo que sí —contestó el sueco y luego, retomó con lo que estaba haciendo.

Tino se quedó unos minutos junto al otro rubio, para luego darse cuenta que éste estaba algo cansado, o al menos, sediento. Pero aún así, el nórdico no pensaba salir de allí, hasta avanzar un poco más. Así que el chico de pueblo decidió hacer algo por él, ya que se sentía algo inútil y quería ayudar en algo.

El rubio se levantó y dio unos cuantos pasos, hasta que se dio vuelta y miró al sueco.

—Oye, voy a la cocina. Si quieres te puedo traer un vaso de agua o lo que tú quieras —se ofreció Tino.

Berwald volvió a levantar la mirada hacia el finlandés y tras unos cuantos segundos de silencio, finalmente respondió algo.

—Un vaso de agua está bien —afirmó el de gafas.

—¿Tan sólo eso? ¿Estás seguro que sólo eso quieres? Puedo traerte algo más —reiteró el finlandés, quien aún estaba algo nervioso cada vez que el sueco posaba sus ojos azules sobre él.

—Sí, sólo eso —dijo una vez más.

Sin perder más tiempo, Tino fue enseguida hacia la cocina. Pese a que estaba con hambre y deseaba desayunar cuanto antes, ya le había causado bastante inconvenientes a su compañero y quería más que nada demostrarle que no era tan torpe como aparentaba.

Parecía que iba a ser un buen día, aunque no tuviera mucho qué hacer. Sin embargo, estaba contento y no había absolutamente nada que pudiera desanimarlo.

Una vez abierto el refrigerador, sacó la jarra de agua que guardaban allí. Pero antes de volver a cerrar el mismo, vio el pastel que le habían traído los chicos del piso más abajo. Recordó que tenía que ir a devolver la bandeja y de paso, preguntarles un poco acerca de su compañero.

Mientras Tino hacía eso y pensaba en sus propias cosas, Berwald seguía armando lo que le habían encargado. En un momento dado, paró y secó el sudor de la frente, que tanto le molestaba, con un trapo que tenía por allí. Acto seguido, lo tiró al suelo.

Aunque no le gustaba demasiado tener todo desordenado y por el suelo, ya se encargaría de la limpieza luego. No le dio demasiada importancia y continuó en lo suyo.

Un par de minutos después, se apareció el finlandés con el fresco vaso de agua. Por supuesto, éste no estaba mirando por donde caminaba y el sueco tampoco estaba prestando demasiada atención en lo que estaba haciendo el primero.

Cuando estaba a punto de entregarle el vaso, el muchacho de ojos marrones pisó el trapo con su pie descalzo, haciendo que se resbalara aparatosamente y echando todo el líquido sobre el de ojos azules. Tino se había agarrado del trabajo de Berwald, por lo que no terminó de caerse.

—Pero, ¿a quién se le ocurre dejar eso tirado en el suelo? Eso pudo haber sido peor... —se quejó el finlandés.

Enseguida se puso de pie y le dio nuevamente el vaso al sueco. Sin embargo, se fijó que estaba completamente vacío. Luego, se dio cuenta que el de ojos azules estaba empapado. Miró una vez más el vaso y luego, a su compañero. Pasó un pequeño lapso de tiempo, hasta que el de ojos marrones notara lo que había hecho.

—¡Lo... lo siento! Sabes que no quiso hacerlo, sólo quería traerte un vaso de agua —Tino empezó a hablar velozmente, intentando explicar lo que había ocurrido —.Soy tan torpe, ¡lo siento, lo siento, lo siento! —repitió varias veces.

Una vez más, había conseguido meter la pata. Claro que no lo había hecho a propósito, lo menos que quería hacer era molestar al otro. Pero, de alguna manera u otra, siempre le salía todo al revés, no importaba la buena intención ni el esfuerzo que ponía.

—No te preocupes —contestó el otro, quien estaba limpiando sus lentes.

—Al menos, déjame que te dé una toalla. Es lo que puedo hacer —dijo un determinado Tino.

—Ya creo que has hecho... —pero cuando volvió a mirar al muchacho, éste ya se había ido de allí.

Berwald suspiró profundamente, no porque le hubiese molestado lo que había pasado, sino que pensaba que tal vez el finlandés se esforzaba demasiado en tratar de agradarle y de compensarle todo, como si fuera necesario. Simplemente se preocupaba demasiado en causarle una buena impresión.

Por su lado, Tino había ido al armario donde se guardaba las toallas y las sábanas. Aún se regañaba a sí mismo por lo que había ocasionado.

Seguramente ha de estar muy enojado conmigo. Aunque aparenta estar bastante calmado, no dudo que esté molesto —pensaba el joven, mientras sacaba algo para secar la camisa del sueco.

Sin embargo, repentinamente, una caja que se encontraba al fondo, llamó profundamente su atención. Aunque sabía que estaba mal, un vistazo no le podía hacer nada mal a nadie. Sacó la misma para ver qué había en ella.

Dejó la toalla a un lado, y comenzó a husmear entre las cosas que había allí. No era nada especial, sólo parecía que había sido almacenada hacía ya desde un tiempo. Una gorra negra, por ahí, una camiseta roja por allá. Evidentemente, pertenecían a alguien, pero, ¿a quién?

Tino tomó la camiseta, tal vez era del sueco, quizás era sólo ropa vieja que ya no usaba. Pero, siendo sincero, no podía imaginar a su compañero de piso utilizando esa ropa tan llamativa. Se quedó meditando por un rato, ya que tenía mucha curiosidad. Mas, no estaba seguro de preguntarle a Berwald sobre eso.

En ese momento recordó que los dos muchachos que había conocido, le habían mencionado algo sobre esa persona. Tal vez ellos sí podían contarle más, sin que el sueco sospechara de nada. Era la mejor idea que se le ocurrió.

Rápidamente, volvió a meter la caja de cartón dentro del armario, agarró la toalla y regresó junto al sueco. Espera que éste no notara que se había tardado un buen rato.

A pesar de que ya había pasado unos buenos minutos luego del ligero incidente, Tino aún estaba avergonzado y apenas podía mirar al otro rubio.

—Te vuelvo a pedir disculpas...¡De verdad no quise molestarte! No quiero que te enojes conmigo —explicó el finlandés, con un rubor en su rostro.

El sueco se levantó y se puso enfrente del muchacho de ojos marrones. Estaba aún más nervioso, ya que Berwald no mostraba emoción alguna. ¿Acaso le iba a reprender? Aún cuando sabía que en parte se lo merecía, comenzó a temblar ligeramente.

—Lo siento mucho... —repitió el muchacho.

Repentinamente, sintió ambas manos del otro nórdico sobre sus hombros. Tino no estaba muy seguro de lo que estaba pasando, tan sólo sabía que tenía algo de miedo.

—Un accidente lo tiene cualquiera —dijo el sueco, quien no sacaba sus ojos sobre el rubio.

—¡¿Eh? —preguntó con mucho asombro el muchacho.

Tino, quien estaba esperando alguna especie de reto o regaño por parte del hombre con gafas, estaba bastante perdido. ¿No estaba enfadado con él? Después de esos tres días, en los cuales había pasado de todo un poco, el sueco no había perdido la paciencia. Es más, había mostrado ser bastante compresivo, a pesar de su apariencia atemorizante.

—Lo que pasó fue un accidente, así que no hay nada que disculpar —aclaró Berwald, intentando calmar al finlandés, a su manera.

—¿Hablas en serio? Luego de lo que te he hecho pasar, ¿no estás enojado conmigo? —cuestionó el de ojos marrones, que seguía sin poder creer lo que habían escuchado sus oídos.

—No —contestó el sueco y luego de una pequeña pausa, decidió darle un pequeño consejo al chico de pueblo —. Se más cuidadoso, eso es todo.

¿Sólo eso? ¡Qué alivio! —pensó el rubio.

Luego de unos minutos, el estómago de Tino le recordó el hambre que tenía, así que decidió que era hora de ir a desayunar de una buena vez por todas. Quizás dio un par de pasos, cuando escuchó sonar el teléfono.

Aunque sabía que la llamada no era para él, atendió la llamada, ya que se encontraba más cerca que Berwald. Éste se quedó esperando por saber de quién se trataba, tal vez era alguien que quería encargarle algún trabajo.

—¿Hola? —preguntó el muchacho de manera calmada, aunque con un poco de curiosidad.

—Parece que me equivoqué al marcar... —y la otra persona colgó enseguida, sin darle tiempo al finlandés de explicar que era el nuevo compañero del sueco.

Tino también colgó el tubo, aunque no había entendido porqué la otra persona no le había dado tiempo de decir algo más. En fin, tal vez sí había sido un mal entendido. El muchacho de ojos marrones decidió seguir con lo que había planeado hacer en ese momento.

Pero al alejarse un poco más, volvió a escuchar el teléfono. Y una vez más, el finlandés fue a ver de que se trataba.

—¿Hola? —volvió a preguntar el joven.

—¡No puede ser! Me volví a equivocar de número —respondió la misma voz que había llamado hacía unos segundos atrás.

—Es el nuevo compañero de Berwald —dijo alguien en el fondo, y extrañamente, la voz de esa tercera persona le parecía un poco familiar a Tino.

—¿En serio eres el nuevo compañero de Berwald? —cuestionó el interlocutor, sorprendido por lo que le acababan de contar.

—S-sí, ¿quieres hablar con él?

Sin embargo, en lugar de contestar aquella pregunta, la persona en cuestión comenzó a reírse a carcajadas, lo que molestó un poco a Tino. Éste alejó el tubo de su oído, ya que el otro estaba a punto de romperle el tímpano por la manera en que se reía.

Por su lado, el sueco continuaba observando la situación, y aunque no estaba muy seguro, creía saber de quién se trataba.

—¿Quieres hablar con Berwald? —repitió el finlandés, algo irritado.

—¡Lo siento, lo siento! —exclamó esa persona, en medio de risas —Sí, pásame con él.

—¿De parte de quién le digo?

—Él sabe muy bien quien soy yo —contestó de manera altanera el otro.

Enseguida Tino hizo una seña a su compañero para que viniese, ya que por supuesto, la llamada era para él.

—¿Quién es? —preguntó el hombre de ojos azules.

—Dice que ya sabes quién eres —explicó el muchacho, confuso.

Berwald tomó el tubo, suspiró profundamente, y accedió a responder a aquella persona, aunque cada vez que podía, la evitaba.

—¿Qué quieres? —interrogó duramente el sueco.

—¡No seas así! ¿Te gustó lo que te envíe ayer? Aunque me enteré que no fuiste tú el que lo recibiste —afirmó esa persona.

—No, y deberías dejar de hacerlo —dijo el rubio de ojos azules, evidentemente molesto.

Por su lado, el finlandés se quedó en el pasillo, tratando de no ser tan obvio.

—Se nota que no has cambiado nada desde que me largué de allí —contestó el interlocutor.

—Sólo ven a buscar tus cosas —explicó el sueco, para luego colgar de inmediato el teléfono.

El muchacho de ojos marrones se quedó parado allí en el pasillo, no había que ser demasiado inteligente para saber que el de ojos azules estaba realmente molesto. Aquella llamada había conseguido enfadarle.

Aunque no quería meterse en asuntos completamente personales del sueco, Tino tampoco quería verle tan estresado. Así que, arriesgándose, fue una vez más a la sala de estar, donde Berwald estaba sentado y refregando su frente.

—¿Está todo bien? —preguntó tímidamente el finlandés.

Pero el sueco estaba totalmente absorto en sus pensamientos, razón por la cual no había escuchado lo que le había dicho Tino. Sin embargo, enseguida notó la presencia de éste último a su lado.

—Lo siento, no estaba escuchando —respondió el sueco.

—Sólo quería saber si todo estaba bien —reiteró el muchacho, preocupado —.Parecías molesto o algo así.

—No es nada —aclaró Berwald.

—¡No creas que estaba escuchando la conversación! ¡Sólo creí que estabas enojado y por eso te lo pregunto! —exclamó el finlandés, antes de que el sueco le dijera algo —Bueno, me voy a desayunar. ¡Ya sabes donde encontrarme!

Tino enseguida desapareció de la vista del sueco. Éste se relajó un poco más, ya que pese a la torpeza de su nuevo compañero, de alguna manera, conseguía ponerle de buen humor.

Aquella tarde, ambos recibirían una visita algo fuera de lo común...


Se agradecen los comentarios de: Kuroko du Lioncourt, Eirin Stiva, LunaraKaiba,Thalitez y kikyoayami8

¡Hasta la próxima~!