Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro


Capítulo 8

El danés enseguida se acercó al sueco, empujando hacia un lado al finlandés, que no entendía exactamente muy bien la situación. Aquel repentino visitante sonreía de extremo a extremo, al contrario de Berwald, quien parecía estar bastante molesto por la situación.

—Pero,. ¡¿qué clase de recibimiento es éste? —se quejó el chico de cabello ligeramente más oscuro que el de los otros dos —Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, ¿no te parece?

—Sólo ha pasado un mes —respondió el de ojos azules, con muy poco entusiasmo.

—Y por lo que veo, ya me has reemplazado, ¿eh? —comentó el danés, mientras miraba a Tino.

Éste último estaba un poco confuso, pero sí era cierto lo que le había comentado Eduard y Raivis hacía apenas un par de horas atrás, ése hombre que había entrado de manera tan bruta hacia el piso que compartía con el de gafas, era nada menos que el antiguo compañero de éste.

—Aunque... —el hombre se quedó contemplando al rubio de ojos marrones a la vez que acariciaba su barbilla —¿No crees que tiene una pinta de ser muy niño? Es demasiado joven para alguien como tú...

—¡Oye, que no soy un niño! ¡¿De qué demonios estás hablando? —gritó molesto el rubio, aunque no tardó demasiado en sonrojarse por la forma que había dicho eso y a quien había dicho eso.

—No creí que pudieras hablar tan bien —contestó irónicamente el danés.

—Y veo que tú aún sigues hablando de tonterías —replicó el de ojos azules.

—Oh, vamos Berwald. Sabes que estoy bromeando —respondió el antiguo inquilino de ese lugar —. Tú tampoco has cambiado en lo absoluto.

Y sin esperar ninguna invitación, el danés se sentó cómodamente sobre el sofá. Miró hacia la ventana y empezó a recordar viejos tiempos. El tiempo estaba comenzando a cambiar, aquel día que había estado soleado hasta ese momento, se estaba llenando de nubes grises.

Pero, enseguida volcó una vez más su atención al chico nuevo. Le echó un vistazo de pies a cabeza y no dudó en hacer un comentario respecto a la apariencia del rubio.

—Bueno, al menos tienes buen gusto —afirmó el hombre, quien había estirado sus brazos a lo largo del sofá y estaba bastante tranquilo.

—¿De qué... de qué estás hablando? ¡Sólo compartimos el piso y nada más! —se defendió el finlandés, mientras se ruborizaba.

—No es necesario que te pongas de esa manera, sólo opinaba —aseguró el muchacho de cabellos castaños, a la vez que continuaba con esa encantadora sonrisa.

—Iré por tus cosas, así te puedes ir —dijo el sueco, mientras se retiraba de la habitación.

Por su lado, Tino estaba bastante nervioso. Estar a solas con tan extravagante personaje, aunque fuera por tan sólo unos minutos, le ponía bastante tenso. No sabía muy bien cómo contestarle y a decir verdad, había algo en él que simplemente le inquietaba. Tal vez era esa seguridad que raspaba a ser altanería o quizás esa actitud de no importarle nada más, sea lo que sea, no le agradaba demasiado.

Todo lo que le podía esperar el finlandés era que esos minutos pasaran lo más rápido posible. Por supuesto, los ojos del muchacho se dirigían hacia el pasillo, por donde Berwald regresaría.

No obstante, el otro no planeaba quedarse callado. Es más, sentía un poco de curiosidad por conocer al nuevo habitante de aquel piso. Así que decidió pararse y acercarse a él, pues ya había notado que él no se aproximaría por su propia cuenta o si se lo pidiera.

—¿De verdad, no te ha dicho nada sobre mí? —preguntó el danés, de manera tranquila y calmada.

—No, no... —contestó el rubio, quien aún quería saber qué realmente había pasado, pese a que tenía una leve idea.

—Bueno, supongo que debería decírtelo —explicó el hombre, aunque luego prefirió por divertirse un rato con el joven —. Sabes, creo que no te ha dicho, porque simplemente no confía en tí.

—¿Eh? Creo que eso es normal. Hace unos días que mudé aquí, así que... —y tras haber dicho, se río, aunque era evidente su nerviosismo.

—¿Sinceramente crees eso? Si convives con alguien, deberías saber lo más importante del otro —afirmó el danés, quien estaba intentando no reírse de lo que estaba diciendo.

En ese momento, el sueco volvió a entrar a la sala de estar, con la caja donde estaban el resto de las cosas de aquel hombre. Rápidamente, se la pasó, aunque de una manera un poco brusca. Pero, después de todo, no importaba, todo lo que contaba era que se fuera enseguida.

—Bueno, ya tienes por lo que viniste —dijo el sueco, seriamente.

—Veo que sigues molesto por todo lo que pasó —opinó el muchacho de ojos azules, mientras se reía —. Es una lástima que me tenga que ir tan rápido —dijo a la vez que se dirigía a la puerta.

El finlandés se mantuvo todo ese tiempo apoyado por la pared, al mismo tiempo, que observaba a aquel hombre. No estaba seguro de lo que le acababa de decir. Por supuesto, no podía creer en alguien que recién conoció pero había conseguido plantarle una duda.

—Por cierto, recuerda lo que te dije —afirmó el danés y luego, guiñó un ojo a Tino.

Eso último llamó la atención al sueco. La verdad es que se había apresurado en buscar la caja y entregársela al danés lo antes posible para que éste no tuviera la oportunidad de decir algo desubicado al ingenuo rubio. Pero, por lo visto, no había sido suficiente. Así que decidió hablar con su compañero, una vez que se fuera aquella visita tan particular.

Tras cerrar la puerta, Berwald se dio la vuelta para conversar con el de ojos marrones. No obstante, éste ya estaba afuera en la terraza, meditando profundamente en todo lo que se había enterado aquel día. Simplemente era demasiada información para manejar, lo que ocasionaba que tuviera un poco de dolor de cabeza.

—Tino, ¿estás bien? —cuestionó el de lentes, mientras apoyaba su mano por el hombro del otro nórdico.

—¡Claro, claro! ¿Por qué no estaría bien? —contentó el siempre animado finlandés, aunque en realidad estaba pensando en todo ese asunto.

—¿Seguro? —el sueco no estaba convencido del todo.

—Sí, muy seguro —respondió, al mismo tiempo que observaba como la gente pasaba por la acera.

Aunque seguía sin estar muy contento con la respuesta que le había dado su compañero, no había nada más que él podía hacer. Así que optó por no continuar insistiendo y fue a la cocina para prepararse un café, pese a que, después de esa visita, estaba bien despierto.

Por su lado, Tino seguía a la gente con su mirada. Hasta que finalmente se le ocurrió que tal vez si salía a dar un paseo por un rato, su mente se despejaría por completo. Después de todo, se estaba preocupando demasiado y no estaba disfrutando demasiado de su estancia. Quizás después de una buena caminata, podría estar más tranquilo con toda la situación.

No lo pensó dos veces y fue junto a Berwald, para avisarle de sus planes. De inmediato, fue a la cocina para encontrarse con éste, quien estaba sirviéndose una taza de aquella bebida.

—Oye, estaba pensando... —le daba un poco de vergüenza aún mirar tan directamente a los ojos azules del sueco, y estaba un poco nervioso por la posible respuesta que le podría dar —...en ir a dar una vuelta por allí. Aunque, claro sí quieres que te ayude en algo...

—¿Quieres que te acompañe?

—¡No, no hace falta! Sólo voy a caminar un par de cuadras, eso es todo. No te preocupes —explicó aceleradamente el rubio.

—Al menos lleva un... —pero fue inútil decir algo más, ya que Tino estaba demasiado ensimismado como para prestar un poco de atención al sueco.

Tino ya no esperó nada más, e inmediatamente se largó, sin darse cuenta que el tiempo estaba empeorando. Ni siquiera sabía exactamente hacia dónde se iba, sólo quería poner su mente en claro.

Al llegar a las afueras del edificio, miró hacia ambos lados. Estuvo viendo hacia dónde iba la gente y decidió ir hacia al lado contrario, asumiendo erróneamente que hacía allí habría menos personas, lo cual significaba que podría estar más tranquilo.

Apenas había pasado una cuadra, pero ya disfrutaba de la fresca brisa que le golpeaba suavemente. Sin embargo, no tardó demasiado en darse cuenta de que tal vez no había sido una muy buena idea caminar simplemente por la ciudad.

No había calculado el ruido que había allí, desde las bocinas de los autos, pasando por gente que hablaba a gritos con otras y los restaurantes y bares que ponían la música al máximo volumen. Creyó que lo mejor sería seguir caminando un poco más, tal vez en algún momento, podría escaparse de eso.

Pero los planes del finlandés enseguida se echaron a perder, ya que la lluvia comenzó a caer y éste carecía de un abrigo y mucho menos traía consigo un paraguas. Todo lo que le quedaba era intentar refugiarse debajo de alguna tienda. Se quedó allí por un buen rato, pero la lluvia continuaba sin cesar y en realidad, estaba aburriéndose.

Además, para estas alturas, ya no podría concentrarse en lo que había estado pensando en toda esa tarde, así que optó por regresar a su apartamento. Y como ya se había empapado bastante, decidió ir corriendo hasta aquel apartamento.

Luego de recorrer tres o cuatro cuadras de seguido, de ser enteramente mojado por un auto cuando esperaba para cruzar la calle y pisar un charco de lodo, finalmente pudo llegar al edificio. Estaba bastante agotado, había sido un día bastante movido para el rubio de ojos marrones.

Al ver las escaleras que tenía subir para llegar a su piso, decidió sentarse en las gradas. Exhausto, mojado y con algo de frío, era de esa forma como se estaba sintiendo. Tal vez, si cerraba aunque fuera por unos segundos sus ojos, se olvidaría de todo. Sólo quería descansar un poco. Sin embargo, el muchacho enseguida se quedó dormido en la entrada.

Por otro lado, el sueco estaba mirando el reloj y luego, miró hacia la ventana. Estaba preocupado por Tino, quien seguía sin aparecer. Y aunque le había dicho que sólo daría unas vueltas por allí, estaba tardando demasiado. Berwald no sabía qué hacer, si ir a buscarlo o aguardar un poco más.

No obstante, pensó que la ciudad era demasiado grande para un chico ingenuo como Tino y podía pasarle cualquier cosa. Así que tomó un paraguas que tenía por allí y salió de inmediato. Ya de alguna manera lo encontraría.

Pero su búsqueda no fue demasiada, ya que en el pórtico, vio que estaba sentado su compañero. No dudó un segundo en acercarse a él, a ver qué tal le había ido. Tocó su hombro, mas, para su sorpresa, éste no salió asustado como acostumbraba. Ni siquiera una palabra.

Enseguida se dio cuenta que el finlandés se había quedado profundamente dormido. Además, notó que estaba mojado desde la cabeza hasta los pies. El sueco no estaba seguro sí despertarlo o no, aunque le daba algo de pena hacerlo, ya que se veía bastante agotado.

Así que en lugar de hacer eso, tomó la decisión de llevarlo hasta arriba. De alguna manera, se las ingenió para alzarlo sobre su espalda. Algunas gotas de agua caían sobre su ropa, pero eso no le importó demasiado. Y a pesar de estar consciente de que tendría que subir varios pisos antes de llegar al suyo, no le dio demasiada relevancia, el rubio no era muy pesado.

Sin embargo, el sueco aún seguía sin entender por qué hacía todo esto. Hacía apenas unos cuantos días que se habían conocido, y ya estaba preocupado por lo que podría sucederle. Le parecía que el finlandés, a pesar de su torpeza e inexperiencia, se estaba ganando su cariño. De todas maneras, el de lentes prefirió no pensar en eso y concentrarse en subir cuidadosamente.

Pero a mitad de camino...

—No... no quiero que me eches como al otro. Prometo que voy a hacer las cosas de la mejor manera —dijo repentinamente Tino.

—¿Ah? —preguntó Berwald, pero el otro seguía durmiendo como si nada, así que supuso que simplemente estaba hablando entre sueños.

Pero, por otro lado, tal vez ésa era la razón por la cual el finlandés andaba un poco extraño. No entendía por qué no se lo había preguntado directamente. Aunque quizás tenía un poco de culpa por no habérselo contado antes de que apareciera el danés en el piso.

Luego de llegar al apartamento, el sueco fue directamente al dormitorio que ambos compartían. Dejó a Tino sentado sobre una silla, mientras que sacaba las sábanas y poder acostarlo. Aunque se había dado cuenta de que tenía toda la ropa empapada, así que, pese a que sentía bastante vergüenza, decidió sacarle la camisa y el pantalón, antes de que pudiera resfriarse.

Después de tirar la ropa a la cesta, acostó a Tino. El sueco suspiró y tras eso, fue a preparar un poco de chocolate caliente, ya que la lluvia había dejado un ambiente algo más fresco. El de ojos azules se detuvo un rato cerca de la puerta y miró un rato al finlandés. Y tras eso, se retiró de la habitación.

Un rato después, Tino comenzó a despertarse. Se estiró por completo y se levantó. Enseguida, se dio cuenta que se había quedado dormido. Sin embargo, al observar donde estaba, se dio cuenta que no se encontraba a las afueras del edificio, sino que estaba en su habitación. Además, vio que sólo estaba vestido con una camisa sin mangas y su ropa interior.

—¡¿Eh? —exclamó el de ojos marrones, quien no entendía cómo había llegado hasta allí o por qué no estaba con su ropa.

El sueco, mientras tanto, estaba sirviendo el chocolate en una taza, cuando escuchó el alarido del nórdico. Obviamente, se había despertado. Así que fue de inmediato junto a él. Apenas entró, encontró al rubio, que estaba bastante confuso, tratando de recordar lo que había hecho. No le cabía en su cabeza la manera en que había alcanzado llegar hasta allí.

—¡Berwald! ¿Acaso...? ¿Cómo...? —interrogó el muchacho, quien estaba bastante perdido.

—Te encontré dormido en la entrada del edificio y te traje hasta aquí —explicó el de ojos azules, mientras le pasaba el chocolate.

—¿Entonces, otra vez me has tenido que ayudar? —dijo el desanimado chico, quien ni siquiera se animaba a mirar directamente a Berwald —Ah, seguro que te vas a cansar de mí y me vas a echar —afirmó, sin darse cuenta realmente de lo que estaba diciendo.

El otro decidió sentarse al lado de éste, sobre su cama. La verdad es que seguía sin comprender de dónde había sacado esa idea, ya que ni siquiera le había dicho nada sobre eso. Y tampoco se había quejado de nada, es más, incluso había intentado, a su propia manera, de hacerle saber qué le agradaba su compañía.

Pero Tino trató de arreglar lo que acababa de decir.

—¡No quise decir eso! ¡Sólo se me escapó! —se corrigió el rubio, aunque era un poco tarde para eso.

—¿De dónde sacaste esa idea? —cuestionó el de ojos azules, quien tenía curiosidad por saber quién le había dicho semejante cosa.

—Es que Eduard y Raivis me habían contado que sacaste a tu antiguo compañero —contestó Tino, un poco apenado —¡Y sé que te hago trabajar de más!

El sueco pensó detenidamente en ello y luego, enfocó su atención en el finlandés. Aunque, en realidad, no quería hablar de ello, quizás era la única manera para que el de ojos marrones dejara de pensar tanto en ello y se quedara tranquilo.

—¿Quieres saber lo que realmente pasó? —era una simple pregunta retórica, pero aún así, dejó al finlandés pensando.

—¡No... no es necesario! Supongo que has de tener alguna razón...

—Escucha, sólo te lo diré por esta vez —respondió, mientras se ajustaba las gafas.


Agradezco los comentarios de: kikyoami8 mikaelaamaarhcp, LunaraKaiba, Eirin Stiva y ChibichibiSuginto.

¡Hasta la próxima~!