Los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Nota aclaratoria: En vista que Dinamarca no tiene un nombre oficial, utilicé uno de los sugeridos: Andersen.
Capítulo 9
Meses atrás, el sueco y el danés habían acordado vivir juntos, más que nada por la conveniencia de poder dividir la renta entre ambos. Los dos ya se conocían pues habían sido compañeros en la secundaria, y aunque los dos reconocían que no tenían mucho en común, tal vez la idea de vivir juntos no sería tan mala.
El rubio, de hecho, había estado buscando alguien quien pudiera acompañarlo, ya que el lugar era bastante grande como para vivir solo. Además de que le saldría mucho más económico si se dividían los gastos. No era para nada barato vivir en una ciudad como esa. Así que cuando el danés le llamó para averiguar sí tenía algún lugar temporal para él, se sintió bastante aliviado.
—¿Qué era lo peor que podía suceder? —pensó en aquel momento Berwald, quien había decidido ignorar la reputación que tenía el otro.
Al principio, todo parecía normal. Tanto Berwald como Andersen se dedicaban a sus respectivos trabajos. Éste último trabajaba en una panadería, así que muy raras veces, conseguían conversar a la mañana. Y aunque al final del día, los dos terminaban cansados, el danés siempre obtenía la energía para hablar hasta por los codos.
Por supuesto, su tema de conversación era su trabajo y lo bien que se la pasaba con los dos hermanos que había conocido.
—En ese entonces, creí que era completamente normal que estuviera orgulloso de su trabajo —comentó el sueco —. Pero, después me di cuenta que...
Siempre contaba sobre los clientes que había conseguido para la tienda y que nunca había creído que realmente le gustara lo que estaba haciendo. Sin embargo, las pocas veces que el sueco quería comentarle cómo le había ido a él, el otro se las ideaba para cambiar de tema o directamente decía "suficiente de hablar del trabajo".
En esas primeras semanas, el rubio de ojos azules optó por no darle demasiada importancia a aquel hecho. Pese a que, dentro de él, le hubiera gustado que el danés le prestara un poco de atención. Quizás no era tan interesante cómo lo que narraba Andersen, pero al menos, era algo.
En aquel segundo fin de semana, éste último se había aparecido con un joven de unos profundos ojos azules, era delgado y vestía sobriamente. No mostraba ninguna expresión en particular, mas, de alguna manera, había terminado en los brazos del danés. Éste sí que estaba sonriente y bastante orgulloso de tenerlo cómo compañía.
El sueco quería simplemente descansar de aquella semana. En vista que su compañero difícilmente estaba en casa y cuando lo estaba, se encontraba tomando algún vaso de cerveza, ignorando por completo las tareas del piso, era Berwald quien tenía que hacerlo todo. Ése día, sin embargo, quería relajarse y no tener preocuparse de nada.
Había cerrado los ojos por unos instantes y no creyó haber oído a nadie más que al otro nórdico. En ningún momento, se le pasó por la cabeza que tal vez había alguien más en el piso y el danés tampoco le había dicho absolutamente nada.
Así que decidió que era un buen momento para disfrutar de una buena ducha caliente. Fue hasta el dormitorio, donde había pretendido sacar algo de ropa. Sin embargo, cuando apretó la perilla para poder entrar, estaba trabada. El de lentes se quedó mirando por un buen rato el picaporte, no entendía la razón por la cual no podía entrar a su propia habitación.
No lo quedó otra más que golpear la puerta e intentar entrar allí. Por unos minutos, parecía que no iba a obtener ninguna respuesta, hasta que escuchó unos murmullos. Luego de seguir esperando para entrar allí, finalmente salió el danés semidesnudo. El sueco dio unos cuantos pasos para atrás, pues de todas las opciones que se le hubieran podido ocurrir, esa era la única en la que no hubiera creído.
—Oye, Berwald. ¿Podrías hacerme un favor? —preguntó el otro, mientras se reía de lo que ocurría.
—Se puede saber por qué no me dejas entrar a nuestra habitación —cuestionó el sueco, seriamente.
—¿Nuestra habitación? —repitió el noruego, quien estaba en el interior del dormitorio.
—¡Luego te lo explicó! —gritó Andersen, para luego prestar su atención sobre su compañero —Estoy con alguien, ¿te importaría...? Bueno, ya sabes.
—Al menos, déjame sacar mi ropa —le demandó Berwald.
—No creo que sea una buena idea —contestó y de inmediato, cerró la puerta por la cara del nórdico.
El sueco se quedó contemplando aquella entrada de madera que separaba el dormitorio del resto del piso. Aunque no tenía nada que reprocharle en realidad, al menos le hubiera gustado que le avisara un poco antes. Ahora, simplemente, se sentía como alguien que estaba de más, en su propio piso.
—Desde ese momento, todo fue a picada —dijo Berwald, mientras tomaba un respiro.
Por su lado, Tino escuchaba con mucha atención lo que le estaba relatando aquel hombre, quien sólo estaba a una distancia relativamente corta de él. Enseguida pudo notar que no era una experiencia que quería recordar demasiado así que tal vez no era tan necesario que la contase todo de una. Después de todo, no quería hacer sentir mal a alguien que le había ayudado desde un primer momento.
—Si no quieres hablar de eso, no te preocupes. Lo entiendo perfectamente —comentó el finlandés, que se sentía bastante culpable por hacerle recordar aquellos instantes al sueco.
—Creo que deberías saberlo —dijo el otro, y luego continuó con la historia.
Pasaron semanas desde aquel incidente y las cosas simplemente no funcionaban entre ambos. El danés estaba muy concentrado en sus asuntos, como para importarle lo que sucedía en el apartamento. A esas alturas, ya sabía bastante bien, que sí él no lo hacía, lo haría su compañero. Por lo que siguió en las mismas, ignorando a éste último.
Berwald ya estaba bastante cansado de todo. Cada vez que intentaba decir o comentar algo, el otro optaba por darle la espalda. Tenía que dormir en el sofá de la sala todos los fines de semanas, para no molestar a éste y su compañía. Y sí no se fijaba en lo que faltaba en la cocina, nadie más lo hacía. Incluso estaba pensando que el otro ya lo consideraba más como un sirviente que como compañero de habitación.
Y sin darse cuenta, el noruego había pasado a vivir con ellos, prácticamente. Incluso dejaba su ropa sucia en la cesta del baño y ya había traído algunas cosas personales al apartamento. Además, hubo ocasiones en las que el sueco necesitaba utilizar el teléfono, pero encontraba a este chico peculiar conversando con su hermano menor.
En aquella mañana de sábado, éste estaba intentando trabajar en un proyecto que le habían encargado y por supuesto, estaba haciendo bastante ruido. Unos minutos luego, apareció el chico de peculiar peinado enfrente del sueco. Tenía unas profundas ojeras y recién se había levantado. Y tenía una cara de muy pocos amigos.
—¿Podrías dejar de hacer ese molesto ruido a esta hora de la mañana? —preguntó irritado Andersen.
—Pero es algo que tengo que terminar —replicó el otro, quien no apartaba su mirada de su trabajo.
—Y nosotros estamos tratando de dormir. Sólo deja de hacer eso por un rato —le pidió una vez más el danés.
—Y yo no puedo dormir en mi propia cama porque tú traes a tu visita todo el tiempo —se quejó el sueco, con una notable frustración.
—Vamos. Si tú me lo pidieras, yo haría lo mismo —afirmó, mientras se acercaba al rubio y le palmeaba la espalda, y esbozaba una sonrisa irresistible.
Sin embargo, esta vez, el sueco ya no pudo más. Arrojó sus herramientas al suelo y se levantó. El danés dio unos cuantos pasos hacia atrás. El primero se dirigió hacia la puerta, tomó una chaqueta y se mandó mudar. Ya ni siquiera podía mirar a los ojos a su compañero. Pero tampoco sabía qué podía hacer con todo lo que sucedía.
Luego de dar un largo paseo por la ciudad, mientras observaba a la gente pasar, decidió sentarse en un banco de la plaza. En realidad, había pensado en una solución, mas, quería creer que había otra forma de solucionar todo. Pero su paciencia se había colmado.
Tras meditarlo por un buen rato, se dio cuenta que no había nada más que hacer. Intentar conversar con el danés era básicamente inútil. Y aunque tal vez no era el mejor momento, ya que era fin de semana y la idea era descansar y relajarse, ya no podía seguir viviendo de esa manera.
Una vez que llegó a su piso, fue a buscar de inmediato al danés. Éste, junto al otro chico, estaban en el balcón, hablando. Aunque la realidad era que el más alto era el que hacía toda la charla, mientras que el otro estaba escuchándolo.
Pero, sorpresivamente, el danés sintió una mano sobre su hombro. Había estado tan concentrado en lo que estaba diciendo, que ni siquiera había visto al sueco cuando entró al edificio y mucho menos, lo había oído cuando ingresó al apartamento.
—¿Eh? —preguntó el joven y cuando se volteó, el alto rubio estaba allí, tan serio como acostumbraba —Pero, sí eres tú, Berwald.
—Tenemos que hablar —dijo el hombre, sin dar rodeos y luego miró al noruego —. Sólo los dos.
En ese instante, el muchacho pensó en hacer caso a lo que le había indicado el de lentes, pero el danés decidió agarrarle del brazo y detenerlo.
—No tienes porqué irte —dijo el muchacho y después, se dirigió a su compañero —. Si tienes algo que decirme, puedes decirlo enfrente de él.
El noruego sólo quería irse de ahí, no quería estar en medio de una pelea en la cual no tenía mucho que ver. Pero, por otro lado, sabía que el danés no tomaría un "no" como respuesta, así que simplemente se quedó allí parado, sin decir nada. Sin embargo, tenía una gran sensación de que algo no andaba bien y fuera lo que fuera a decir el rubio, no sería nada positivo.
—Creo que... esto de vivir juntos no funciona —aseguró el sueco, quien miró directamente a los ojos de Andersen.
—Pero, ¿de qué hablas? ¿No la has pasado bien? Además, nunca me he atrasado en pagarte la parte de la renta así que no creo que te puedas quejar —respondió rápidamente el de cabellos castaños.
—Ese no es el problema —el hombre estaba más que frustrado.
—¿Entonces?
—¿Acaso no te das cuenta? —aunque sabía cuál era la respuesta, Berwald igual trató de dar una oportunidad al que fuera su compañero de ese entonces.
—No... —respondió. Pero enseguida recibió un golpe del noruego, lo que llamó su atención —¡¿Qué?
—Te lo dije ayer a la noche —explicó el muchacho, quien se sentía un poco extraño, al ser mucho más bajo que los otros dos.
—¿Acaso me dijiste algo anoche? Yo pensé que... —pero no pudo terminar con lo que estaba diciendo, ya que esta vez, el noruego pisó bien fuerte la punta de los pies de éste.
—Sabía que esto no saldría bien —dijo el sueco, mientras llevó su palma de su mano sobre su rostro y luego se retiró de allí.
Los dos que se quedaron en el balcón empezaron a discutir, más que nada, porque el danés continuaba sin entender la situación. Sin embargo, de alguna manera u otra, su compañía consiguió convencerlo de pasar esa noche en su propio lugar, en vez de quedarse esa noche allí.
Berwald estaba sentado sobre el sofá, simplemente viendo el televisor, buscando algún programa que podría interesarle. Pero, estaba demasiado estresado y cansado como para poder concentrarse en algo, que no fuera aquel problema que tenía. Lidiar con alguien que sólo escuchaba lo que quería, no era algo muy sencillo de hacer.
—Oye, esta noche voy a ir a la casa de él y su hermano, así que no te preocupes —dijo repentinamente el de cabello desordenado.
Sin embargo, el sueco ya ni le importaba. Tal vez, un mes atrás eso hubiera sido una buena noticia, pero en este momento, ya no quería saber más nada de su compañero. Lo hecho, hecho estaba y no había vuelta atrás. Estaba decidido a terminar aquella convivencia, de una vez por todas.
—Como quieras —contestó fríamente el de lentes, quien no apartó ningún momento su vista de la pantalla del televisor.
La pareja intercambió miradas y enseguida se fueron del lugar. El sueco se quedó observándolos por un rato. Era evidente que esa no había sido la idea del danés, sino del otro. El hombre se refregó la frente con la mano, pues aún no se le había ocurrido nada para hacerle saber a su aparente compañero que ya no quería vivir con él por mucho más tiempo.
Hasta que finalmente se le prendió la lampara. Quizás era un poco cruel de su parte, pero el diálogo era imposible. Así que se levantó y fue directo a su habitación, y empezó a empacar las cosas del danés. Si no lo entendía por las buenas, lo entendería por las malas.
Al día siguiente, alrededor de las dos de las tardes, Andersen se apareció, luego de una alocada noche. Sin embargo, lo primero que notó al llegar al piso, vio sus dos maletas preparadas. Inicialmente, no comprendía qué era lo que estaba pasando, hasta que recordó la conversación que había mantenido con el sueco.
Por supuesto que estaba molesto, así que pateó la puerta lo más fuerte que pudo. Iba a hacer saber a Berwald lo enojado que estaba. No había creído que la situación llegara a tal extremo, por lo que fue una completa sorpresa para él.
—¡¿Qué significa esto? —preguntó el nórdico, a quien no le importaba ser ruidoso.
—Te dije ayer, esto no va a funcionar —explicó el sueco, quien leía tranquilamente el periódico.
—¡Nunca me has dicho nada! Esto no es justo y lo sabes —se quejó el hombre, quien golpeó la mesa para llamar la atención del rubio.
—He tratado de decírtelo desde hace un buen tiempo —afirmó, mientras seguía con su lectura.
—Además, ¡siempre he pagado mi parte del alquiler! ¿No debería ser suficiente?
El otro se estaba frustrando, no sabía cómo hacer para convencer al sueco de que estaba equivocado. Aunque, tal vez, se había pasado un poco de la raya. No obstante, éste último ya no quería saber más nada. No había ninguna manera de que cambiase su forma de pensar. Y pese a que tal vez estaba siendo demasiado rígido, no creía posible que pudieran llegar a entenderse alguna vez.
—¿De verdad quieres esto? —cuestionó el danés, pues ya se había dado cuenta que Berwald ya no le prestaba el mínimo de atención.
—Sí —contestó fríamente y sin dudar.
—Bueno, supongo que no hay más nada que hacer —respondió, aunque le enojaba que el otro ni siquiera se molestara en responder de manera decente. —Supongo que iré a la casa de...
—Haz lo que debas hacer —interrumpió el hombre.
Tino seguía mirando y escuchando a su compañero con toda atención. Estaba sentado sobre la cama, con las piernas cruzadas y abrazando la almohada. Honestamente, nunca pensó que todo eso hubiera sucedido. Pero, por otro lado, estaba bastante aliviado por saber un poco más de su compañero, que normalmente se mostraba bastante discreto y callado.
—Después, sólo recuerdo que encontré sus llaves sobre la mesa —dijo finalmente el sueco y luego, tosió un poco, ya que tenía la garganta algo seca luego de haber contado eso.
—Yo.. Lo siento, no quise que vuelvas a pensar en eso —se disculpo el finlandés mientras palmeaba el hombro del otro rubio.
—No tienes nada de que preocuparte —comentó Berwald, quien ya sabía que eso era lo que estaba molestando al finlandés.
El muchacho no sabía qué responder, simplemente se sonrojó y rió de manera nerviosa. El otro también esbozó una pequeña sonrisa. Ambos se quedaron un buen rato en silencio hasta que a Tino se le ocurrió cambiar de tema. Quería que Berwald se relajara, después de todo lo que había pasado aquel día. Aunque tampoco había mucho que hacer, ya que una tormenta azotaba la ciudad.
—¿Por qué... por qué no hacemos algo que tú quieras hacer? —preguntó el finlandés, bastante entusiasmado.
—¿Eh?
—Me refiero a que deberías elegir algo que quieras hacer ahora. Es muy temprano para dormir y siempre hacemos lo que yo quiero. Así que creo que deberías elegir tú —explicó el muchacho, aunque no estaba muy seguro de lo que sugiriendo.
—Bueno...
Luego de unos minutos de pensarlo detenidamente, el sueco miró directamente al finlandés. Éste, por alguna razón, se alejó un poco del primero ya que aún no había estaba completamente cómodo con la forma en que le miraba.
—Quería ver una película pero...
—Entonces, vamos —contestó enseguida el rubio, mientras se estiraba, ya que había pasado bastante tiempo sentado en la cama.
—No sé si ha de ser de tu gusto —opinó Berwald.
—¡Eso no importa! Si es lo que quieres hacer, entonces no hay ningún problema —reiteró el joven, aunque no tenía la menor idea de qué podría tratar esa película.
Quiero agradecer los comentarios de: Merlina-Vulturi, LunaraKaiba, Eirin Stiva y mikaelaamaarhcp
¡Hasta la próxima~!
