Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo 12
Tino trataba con bastante esfuerzo de no echar la bandeja, en donde llevaba los dos platos de comida. Aunque no podía ver sobre lo que estaba caminando, procuró ser lo más cuidadoso posible. No quería derramar toda la sopa que había preparado con tanto esmero y además, quería demostrar que no era tan torpe como aparentaba. Estaba concentrado en solamente eso.
Al ingresar al dormitorio, el sueco estaba sentado sobre su cama. Le molestaba estar allí acostado, sabiendo que el finlandés estaba cocinando para él, a pesar de que estaba un poco cansado. Por supuesto, el chico enseguida notó esto y dejó sobre una de las mesas la mencionada bandeja, para ir a recostar nuevamente al de ojos azules, ya que estaba preocupado por la gripe que le había tomado.
—Deberías estar tapado y recostado en la cama —recomendó el de ojos marrones —. Yo puedo encargarme del piso, ¿sabes? —esto último lo dijo en forma de broma, aunque estaba siendo serio al respecto.
—Lo sé...
—¿Entonces?
—Es para comer —respondió Berwald, un poco sorprendido por la determinación del rubio.
—¿Eh? —Tino se dio cuenta que se había equivocado y malinterpretado el hecho y rió, para ocultar su nerviosismo.
—¿Qué sucede? —preguntó al notar la reacción de su compañero.
—¡Nada! Lo siento —se disculpó de inmediato.
El finlandés le dio uno de los platos al sueco, aún estaba humeante, pero tenía un rico olor. Tino no podía evitar preguntarse si sería del agrado de éste, ya que desde que había llegado allí, no había tenido la oportunidad de preparar algo por sí mismo. Claro que había hecho lo mejor que pudo, pero todavía ignoraba los gustos de la persona con quien convivía.
A pesar de que había intentado disimular, el rubio se quedó observando al otro hombre, mientras probaba un sorbo de aquella sopa. Realmente estaba bastante ansioso por saber qué era lo que pensaba de su comida, esperaba que al menos fuera de su agrado.
—¿Qué te parece? Hice lo mejor que pude, pero no estaba seguro si sería de tu agrado. Y si no te gusta, puedo ir a comprar —explicó sin ni siquiera tomarse el tiempo para respirar —. No te preocupes, no me voy a...
—Tino... —trató de interrumpir al finés, quien continuaba hablando sin parar.
—...no me voy a ofender, entiendo que no te guste... —siguió el muchacho, a pesar de que el sueco ya había comenzado a comer.
—Tino... —volvió a llamarle, aunque parecía que el otro estaba demasiado ensimismado en lo que estaba diciendo.
Al ver que el finlandés estaba demasiado ansioso y hablando a tal velocidad, que podía llegar a confundir, Berwald puso su plato sobre su mesa de luz. Acto seguido, y a pesar de que realmente le daba algo de pena lo que estaba a punto de hacer, tomó de la mano al de ojos marrones. Éste enseguida se detuvo, al sentir el contacto y se ruborizó, no se había dado cuenta de que estaba charlando demasiado.
—Tino... —repitió por tercera vez.
—Lo siento, de verdad. Es que... —pero, al darse cuenta de que estaba a punto de volver a decir todo de nuevo, se quedó callado.
—Está delicioso —opinó finalmente.
—¿De verdad? ¿No lo dirás por que...?
—Es en serio —contestó el otro, que además de decir la verdad, quería que el rubio se tranquilizara un poco.
Por supuesto, eso era un alivio para el finlandés. Éste sonrío ligeramente, estaba contento de haber hecho algo que fuera del gusto del sueco. Y como ahora ya estaba lo suficientemente tranquilo, tomó su plato de comida. Tal vez podría haber traído una silla, pero la cama del sueco era realmente cómoda y sólo estaría sentado por un rato, así que creyó que tal vez no molestaría a aquel.
Transcurrieron unos minutos, en completo silencio hasta que el de ojos azules dejó de comer. Esto llamó la atención de Tino, quien estaba atento a lo que hacía su compañero, pues estaba preocupado por él. El muchacho también dejó de lado su plato, creyó que Berwald le pediría algo.
—¿Cómo te ha ido con el trabajo? —preguntó de manera sorpresiva, Tino no esperaba que recordara lo que le había dejado en la nota.
—¿De verdad quieres saberlo? No es necesario que te esfuerces, ¿sabes? —quiso restarle importancia, aunque en realidad no podía estar más contento por su nuevo empleo.
—Sí, dímelo —contestó el otro.
Aunque en un principio, el finés trató de no darle demasiada importancia, era evidente su entusiasmo. Narraba con el lujo de detalles todo lo que había visto en aquella juguetería, incluyendo el hecho de que estaba decorado con motivo de Navidad. Para ser honestos, aún no podía creer que hubiera un lugar así en la ciudad, todavía dudaba de la existencia de aquel maravilloso lugar.
—Además, podré pagarte sin problemas la parte que me corresponde de la renta —respondió, como si un peso se le hubiera quitado de la espalda.
Luego de que ambos terminaran de almorzar, Tino se acercó nuevamente al sueco y tocó su frente, para saber si aún seguía con fiebre. El rubio suspiró, ya que todavía estaba algo caliente. Claro que no se dio cuenta de que estaba demasiado cerca del rostro de su compañero, quien sólo le observaba con atención.
—Llevaré esto de vuelta y luego traeré un paño frío, así que no te muevas —explicó el nórdico, quien se había convertido en una especie de enfermero.
—No es necesario que te esfuerces... —replicó el sueco, que no quería causarle molestias al finés.
—¡Claro que sí! Sólo descansa y vendré enseguida —el rubio no podía quedarse sin hacer nada, a pesar de que Berwald intentaba restarle la importancia debida.
Al entrar a la cocina, se quedó contemplando el desastre que había dejado, tan sólo para preparar la sopa de pollo. Por supuesto, lo limpiaría después, pues su prioridad era su compañero. Colocó los utensilios sobre la mesa y se llevó el paño mojado.
La verdad era que no estaba muy seguro de lo que estaba haciendo, sólo recordaba lo que hacía su familia cuando alguien estaba enfermo. Era la primera vez que tenía que cuidar de alguien más, así que quería hacer lo mejor posible, dentro de lo que era capaz.
Regresó enseguida al dormitorio, y se sintió tranquilo, al ver que el sueco le había hecho caso. Puso el paño encima de su frente, para luego sentarse sobre la cama. Estaba realmente agotado, por haber estado básicamente por todas partes a la mañana y aún no había podido tomar un respiro. Sin embargo, tampoco se quejaba por estar ayudando al otro rubio, sólo quería verlo como siempre.
—Iré a ducharme, pero si necesitas algo, sólo llámame —aclaró el finlandés, mientras tomaba su ropa del armario.
—No creo que... —pero fue interrumpido por un súbito estornudo.
—¿Decías? —se rió por un instante, y luego volvió a arropar al sueco —Ya te dije que no es ninguna molestia.
Sin embargo, antes de entrar al baño, se dirigió, sin motivo alguno, hacia la sala de estar. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo, había una enorme cantidad de pañuelos esparcidos por el suelo. Tino no comprendía la razón por la cual el otro intentaba negar que se sentía mal o al menos no quería darle la atención requerida. Además, sus estornudos resonaban por todo el apartamento.
Luego de ver aquel panorama, decidió que era hora de una buena ducha caliente. Después de todo, tenía una gran cantidad de cosas pendientes por hacer, así que más le valdría estar con todas las energías para poder realizarlas. Había estado todo el día sin descansar, por lo que, al menos tener unos minutos para él, era lo ideal.
Mientras tanto, el sueco estaba acostado sobre su cama, pensando. Simplemente eso, pensando. A pesar de que sólo hacía unos días que se conocían, Tino realmente se interesaba por él. Ni siquiera tenía la obligación de hacerlo, pero estaba ahí para él. Le prestaba atención, aunque por momentos parecía estar nervioso. Aún así, dejaba eso de lado, para escucharle.
Los minutos no pasaban nunca, el tiempo aparentaba estar atascado. Era bastante aburrido estar ahí, acostado, sin hacer nada. Pero, por otro lado, el finés le había pedido que se quedara allí, pues quería sinceramente que se recuperara. Obviamente le molestaba bastante estar engripado, mas, al estar acompañado del otro nórdico, lo hacía un poco más tolerable.
En ese preciso instante, apareció el finlandés, mucho más relajado. Había decidido pasar por allí, ya que quería asegurarse de que el otro no necesitara de nada más. Aunque, de todas formas, no planeaba tardar demasiado. Además, aprovechó para remojar el paño que había dejado sobre la frente del sueco. Al notar que estaba tan serio como siempre, le regaló una sonrisa, tal vez para motivarle un poco.
—Iré un rato a la farmacia, hay algunas cosas que tengo que comprar —aclaró el finés, antes de retirarse de allí.
Sin embargo, no se dio cuenta de que se estaba olvidando de algo bastante importante. Ya se había puesto la chaqueta, para salir, cuando repentinamente escuchó su nombre. A pesar de que tenía un poco de prisa, fue a ver que era lo que sucedía.
—Tino... —reiteró el sueco, cuando aquel entró.
—¿Qué pasa? Menos mal que todavía no me había ido —contestó un poco sorprendido.
—Te olvidas de... —en ese momento, Berwald señaló la billetera del nórdico, que se encontraba su mesa de luz.
El muchacho miró hacia donde le había indicado el otro, sólo para darse cuenta de que lo más importante se le había pasado por alto.
—¡Gracias! Ah, no sé en qué estoy pensando —dijo un poco desmotivado, no podía creer que iba a salir sin dinero —¡Nos vemos luego!
A pesar de que, por obvias razones, el sueco no iba a irse a ningún lado, Tino había optado por hacer las compras lo más rápido posible. Aún tenía que limpiar toda la cocina y la sala de estar. Aunque, tener algo que hacer era definitivamente mejor que estar sin nada que hacer, al menos, podía mantenerse ocupado, Bajó rápidamente por las escaleras, y aunque había procurado ser cuidadoso, no pudo salvarse de unos cuantos resbalones.
Al salir del edificio, miró hacia un lado y luego al otro. Sabía que había visto una farmacia a tan sólo un par de cuadras de distancia, lo que no recordaba era hacia cuál dirección estaba. Luego de pensar un rato, decidió jugársela y fue hacia la izquierda. Esperaba estar en lo correcto, ya que no quería andar adivinando el lugar preciso hacia donde debía ir. Tampoco quería preguntar a la gente, ya que todos estaban demasiado ocupados para prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.
Sin embargo, no se había dado cuenta de que alguien relativamente conocido estaba detrás de él. Por supuesto, esta persona en cuestión sí había notado al finlandés y quiso intentar hablar con éste. Empujó al resto de la gente y apuró al muchacho que lo acompañaba, sólo para poder intercambiar unas cuantas palabras con el rubio. Después de todo, le había causado una buena impresión, y era su oportunidad para conocerle un poco más, sin que el sueco estuviese a su alrededor.
—¡Oye! —le gritó para llamar la atención, ya que era evidente que ni siquiera lo había visto.
—¿Tienes que hacer esto? —le reclamó el otro, bastante incómodo por el comportamiento del primero.
—¡Oh, vamos! —exclamó el hombre, mientras continuaba con su persecución —Te haría bien conocer a alguien que no fuera tu hermano o yo. Aunque reconozco que...
—Sólo cállate —le pidió el muchacho, irritado por lo que acababa de decir.
—¡Oye, tú! —volvió a gritar, ignorando por completo el pedido de su acompañante.
El rubio miró hacia atrás por un segundo, pues no creía que aquel llamado fuera para él. Sin embargo, al ver a aquella persona, que por su altura y su extravagante peinado sobresalía de la multitud, se asustó un poco. ¿Qué era lo que podría querer de él? Así que optó por seguir en lo suyo, aunque apresurándose un poco más, para perder a aquel hombre.
Sin embargo, en la esquina tuvo que pararse, ya que aquel semáforo estaba en rojo. Sólo podía esperar que el otro no le hubiese notado. Pero era muy tarde. Repentinamente sintió que dos manos tocaban sus hombros, razón por la cual no pudo evitar dar un salto hacia adelante.
—¡Ah! —gritó despavorido, pensando que le querían asaltar o algo por el estilo —¡Te daré lo que quieras, pero no me hagas nada!
—Oye, tranquilízate nuevo compañero de Berwald —respondió Andersen, quien no esperaba aquella reacción.
—Eres tú —suspiró con un poco de alivio, aunque no sabía qué era lo quería de él —. Me gustaría quedarme a conversar pero tengo cosas que hacer —se excusó para salir de aquella situación.
—No veo a Berwald por ningún lado, ¿te ha dado permiso para salir? —aprovechó la oportunidad para mofarse un poco del ingenuo rubio.
Mientras tanto, a su lado, el islandés puso su mano sobre su cara, ya que estaba sintiendo bastante vergüenza por la forma en que se dirigía al otro. Tampoco entendía cómo había terminado por acceder a ir junto al danés y realizar algunas compras. La verdad era que sólo quería desaparecer en ese instante.
—Él hace lo que él quiere y yo hago lo que quiero —se defendió el muchacho de ojos marrones, molesto por lo que había dado a entender el otro.
—Deberíamos irnos —replicó el de cabellos tan blancos como la nieve.
—Entonces, ¿por qué no sales con nosotros? —preguntó el chico de cabellos parados —Te divertirías mucho más que con tu compañero.
—Por supuesto que la paso bien con él —aseguró el finlandés, que ya no quería saber más nada de aquella conversación.
—Bueno, si cambias de opinión, sólo llámame —en ese momento, le dio un papel con su número de télefono.
Aunque en realidad no le interesaba, por cortesía aceptó aquel papel. El danés dio unos cuantos pasos y luego se detuvo. Tino suspiró con alivio, ya que ahora podría continuar con lo que estaba haciendo, a pesar de que se había puesto un poco nervioso. Pero, apenas pudo avanzar, cuando nuevamente Andersen le paró.
—Y si realmente quieres saber lo que pasó entre él y yo, deberías contactarme — afirmó, para luego retomar en lo que estaba haciendo.
El rubio se quedó pensando en lo que le había dicho aquel extravagante hombre. Sin embargo, creyó que era conveniente seguir en lo suyo, después de todo, estaba seguro de que el sueco no le había mentido.
—Aunque a penas lo conozco desde hace unos días —pensó el finlandés —¡No! No debería dudar de él, ha hecho mucho por mí y es buena persona.
Pasó media hora desde que había salido del apartamento, cuando al fin pudo regresar al mismo. Había intentado llegar lo más rápido que pudo, pero entre la distracción que había tenido y el haberse ido por la dirección errónea, había desperdiciado demasiado tiempo. Aún estaba preocupado por la gripe del sueco, eso no había salido de su cabeza, así que quería ver cómo estaba.
Éste estaba a las afueras del apartamento, ya que se había preocupado por el finlandés. A pesar de que estaba seguro de que ya le estaba tomando el ritmo de la vida en la ciudad, aún estaba un poco escéptico. Bebía chocolate caliente, que había preparado en un santiamén.
—¡Pero deberías estar reposando! —exclamó el finlandés, al ver que el otro no le había hecho caso —¡Ah, qué se le va a hacer!
El rubio se derrumbó por el sofá, ya que estaba agotado. Y el sólo pensar en todo lo que tenía que hacer, le deprimía un poco. Sin embargo, sabía que tenía que hacerlo, así que se levantó de inmediato. Pero en cuanto quiso agarrar una bolsa para limpiar todo el desastre, el sueco le detuvo. Éste se había dado cuenta del cansancio del finés, aunque era bastante evidente.
—¡Berwald! Tengo que terminar con todo esto y estás en mi camino —dijo en forma jocosa.
—¿Por qué no tomas un poco de...? —sugirió el de ojos azules.
—Pero es que... —pero esa taza se veía bastante tentadora, era demasiado irresistible como para decir que no —. Supongo que no me hará nada si lo pruebo un poco.
Dejó su chaqueta colgada, a lo apurado haciendo que el diminuto papel que estaba hecho una bola se cayera, algo que el finlandés se había olvidado por completo. El sueco lo levantó, y aunque originalmente no pensaba en leerlo, ya que era asunto de Tino y nadie más que él, reconocía aquella caligrafía. En aquella nota decía: Si te aburres, ya sabes cómo contactarme. ¡Lo pasarás muy bien!
—¿Eh? —no sabía ni en qué momento el finlandés se había podido cruzar con su antiguo compañero o el por qué decía aquello.
El resto de la jornada, pasó de manera bastante tranquila y calmada. Berwald se sentía todavía mal por la repentina gripe, y Tino estaba poniendo todo su esfuerzo para dar un poco de orden al apartamento. Además, de vez en cuando, iba a vigilar al primero, en caso de que necesitara algo de él. Pero cada vez que se lo preguntaba, recibía una negativa bastante cortante y luego se daba la vuelta.
Al principio, estuvo un poco desconcertado ante esto, pero luego supuso que era sólo la fiebre y no algo más.
A la noche, fue a arreglar su ropa, ya que el día de mañana comenzaría su nuevo empleo y quería ir bien vestido, a pesar de que tenía que usar un disfraz como uniforme. En ese momento, recordó el número que le había dado Andersen y quiso tirarlo antes que el sueco lo pudiese ver, ya que tenía miedo de que se enojara por eso. Pero por más que lo buscaba, no lo encontraba.
—No recuerdo donde lo he puesto, aunque juraría que lo he dejado aquí —dijo el despistado chico.
Pero luego prefirió dejarlo para el día de mañana, ya estaba cansado y debía levantarse temprano. Tal vez estaba siendo muy paranoico al respecto...
Aviso nada más que voy a dejar la historia por un par de semanas, porque quiero terminar mi mini-fic (que también es un SuFin). Prometo que luego de eso, voy a continuar con esta historia.
Se agradecen los comentarios de: LunaraKaiba, Eirin Stiva, kikyoyami8 y Rina. Y.
¡Bai, bai~!
