Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs ,les conviene se acerca el encuentro chicas y créanme les gustara pero sin muchos RWs no se puede hacer ;3

Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.

Disculpen los errores

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo cuatro

La mente se puede engañar y manipular durante las horas del día, quitando importancia a la verdad y a la confusión con tenues explicaciones, pero la noche no ofrece esos jueguecitos. En realidad, la noche no tiene compasión, se lleva por delante las excusas y azuza y pincha incansablemente los miedos y las pasiones hasta que el preocupado durmiente se despierta bañado en sudor y apabullado. Incluso después la noche sigue ejerciendo su hechizo, ya que en la oscuridad las dudas se vuelven concretas y los problemas parecen batallones. ¿Era el sueño, la realidad o una mezcla de ambos lo que los ojos frenéticos buscaban en el abismo negro azulado de una habitación que en otro tiempo resultaba acogedora?

Y eso le ocurrió a Emma cuando se despertó sobresaltada, envuelta en sábanas húmedas y con chorros de sudor en la frente. Había tenido un sueño en vívido tecnicolor, en el que veía una y otra vez una escena sensual. La mujer sonreía como la del tren antes de inclinarse sobre ella. Los demás pasajeros desaparecían y a continuación veía a la mujer arrodillándose ante ella; luego, Emma era atraída a la brillante humedad de sus labios entreabiertos.

Distinguió con claridad las suaves arrugas y esa cicatriz que acompañaban aquellos labios y los pelillos dorados que los coronaban. Mientras se arqueaba con levísimos movimientos hacia los labios celestiales, incluso olió su perfume, el embriagador aroma que excitó a Emma antes de que las bocas suaves y temblorosas se encontrasen.

Ahí terminaba y volvía a empezar otra vez, tan real y seductor, tan provocativo, que, sin darle tiempo a pensar, su mano se movió instintivamente para saciar el intenso anhelo que había arqueado su cuerpo con su ardor.

Emma yacía exhausta en la cama arrugada y húmeda, mirando al techo, pero sin fijarse en nada mientras sus pensamientos se precipitaban en una montaña rusa dentro de su cerebro, intentando dar sentido a aquellas emociones tan ajenas a ella. Nunca había experimentado unas sensaciones tan poderosas y que la dejasen tan agotada. Tampoco había albergado nunca ideas tan intensas sobre otra mujer, ni siquiera en el internado, que se consideraba caldo de cultivo para aquel tipo de relaciones. Lo más sorprendente y que no lograba comprender era que aquella mujer, a pesar de haber aparecido en su vida tan solo unos momentos, dejase una profunda marca en ella. No sabía nada de la mujer del tren, ni siquiera cómo se llamaba. ¿Cómo podía oler su perfume en el sueño cuando en el tren no había estado tan cerca de ella? Emma no se avergonzaba ni le molestaba el hecho de haber tenido un orgasmo, puesto que hacía una temporada que no mantenía relaciones y había dedicado algunas noches felices a explorar su cuerpo. No, sólo se sentía especialmente culpable por el objeto de su orgasmo. Resultaba increíble que la hubiese abrumado la intensidad del orgasmo, pues nunca había pensado en las mujeres más que como amigas. ¿La convertía aquello en lesbiana? La verdad es que no se consideraba una de ellas y, como no había hecho realmente el amor con ninguna mujer, se suponía que no podía calificarse como tal. Con la respiración más regular y la mente empezando a razonar, le pareció que era el momento de ocuparse con algo. Después de la ducha de la noche anterior, otra parecía lo indicado.

Emma nunca había vestido mucho de vaqueros o de pantalones. Adoraba mostrarse femenina y le parecía que para ello le sentaban mejor los vestidos y las faldas. Le gustaban sobre todo los vestidos y en su armario había unos cuantos lisos y elegantes para el invierno, junto a otros de opulentos estampados para el verano. Aunque por la mañana brillaba el sol, se fijó en que había escarcha sobre la hierba del exterior. Escogió entonces un vestido azul real con chaqueta a juego mientras reflexionaba en si la atención añadida que había dedicado a su arreglo se debía a que esperaba volver a ver a la mujer.

Pero el sol de la mañana también había derretido el candor de la noche, y Emma se mintió a sí misma, diciéndose que siempre ponía el mismo cuidado en su aspecto.

Tras un pausado desayuno a base de avena acompañada de té de escaramujo, Emma buscó en su librería algo que leer. Había terminado los Poemas elegidos de Laurie Lee y, después de aquellos hermosos versos, que goteaban en cada página como manzanas recién exprimidas, pensó que le costaría trabajo encontrar algo. Se decidió por otro de sus favoritos de siempre, El signo de Saturno de Sharon Olds, cogió el abrigo, la bufanda y los guantes y se dirigió a la estación con alas en los zapatos. Aunque estaba convencida de que la mujer no había subido al tren en aquella estación, no pudo evitar escudriñar a la multitud subrepticiamente, centrándose en todas las morenas que atisbó entre los viajeros que esperaban. Como suponía, no vio ni rastro de ella, aunque siguió mirando hasta que llegó el tren. Procuró entrar en el mismo vagón y, con una emoción que intentó suprimir, se fijó en que el mismo asiento volvía a estar libre. Con gesto despreocupado abrió el libro de poemas y se obligó a leer la primera línea. Sólo entonces se atrevió a alzar la vista y a echar un ávido vistazo al vagón. Estaba tan segura de que vería a la mujer de nuevo que, al no verla, sintió que le fallaba el corazón, decepcionado. Tal vez subiese en una estación posterior, razonó, puesto que no había reparado en ella hasta cerca de Finsbury Park. Sí, era eso. Se aferró tenazmente a la esperanza y, renunciando a las miradas clandestinas, estiró el cuello con los ojos alerta en cada parada. No se había imaginado el viaje sin ver a la mujer y la noche anterior la había asustado la posibilidad, pero en aquel momento empezaba a temer que no apareciese.

Era viernes, así que hasta después del fin de semana no tendría otra ocasión.

Gimió por dentro. Sentía uno de esos dolores desasosegantes similares a los que experimentaba de niña cuando se despedía de su familia en Oriente Medio antes de tomar el avión para regresar al internado de Gales. Era el dolor de querer tanto algo o a alguien que hacía daño. Una vez más se recordó a sí misma que ni siquiera sabía su nombre, y mucho menos otros detalles de ella.

¿Sería aquello un «amor a primera vista»?, se preguntó. El creciente deseo de verla era intenso, más fuerte de lo que había sentido en relaciones anteriores. Con un sobresalto se dio cuenta de que empezaba a admitir que se trataba de una mujer.


El trabajo de los viernes se hacía pesado puesto que el negocio se relajaba casi tan rápido como el personal, a la espera del descanso del fin de semana. Por suerte, no tuvo que hacer demasiadas cosas durante el día y la alivió que no hubiese reuniones previstas, pues no confiaba en su capacidad de concentración. También por suerte, Mary llamó al final de la jornada para agradecerle la compañía del día anterior, alejando la mente de Emma de su anhelo por unos momentos. Se le hacía difícil creer que había visto a Mary la noche anterior: le daba la impresión de que había transcurrido una vida.

—¿Te encuentras bien, Emm? Pareces más callada de lo habitual —preguntó Mary con la preocupación reflejada en la voz. Instintivamente Emma estuvo a punto de contárselo todo, pero su cabeza se impuso enseguida a su corazón y consiguió dar una respuesta neutra.

—Estoy bien, de verdad. Sólo un poco cansada, Mary, no he dormido demasiado. Estaré mejor después de roncar esta noche.

—Este fin de semana estaremos aquí por si te quieres pasar. Llámanos y dínoslo. Sabes que siempre eres bien recibida.

—Lo sé —respondió Emma, y era cierto—. Gracias, Mary, eres una joya y un ángel y me alegro mucho de tener una hermana como tú que cuida de mí.

—Lo mismo digo —repuso Mary, e hizo una breve pausa antes de añadir—: De todas formas, si no te cuido yo, ¿quién lo hará?