Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo 13

A la mañana siguiente, el sueco ya se había levantado a su hora habitual. Ya se sentía mucho mejor, además de que estaba mucho más descansado, así que tenía los ánimos para continuar con el trabajo que había tenido que abandonar por la gripe. Sin embargo, en todo lo que podía pensar era en la razón por la cual el finlandés no le había dicho nada acerca de su encuentro con el danés.

Había creído que ya se lo había dicho todo, no comprendía qué era lo que exactamente podía buscar de aquel hombre. Por otro lado, sabía que tampoco podía decirle que no se juntara con él, ya que sólo era su compañero y nada más. Pero no por eso, no dejaba de preocuparse, pues desde el momento que había conocido al rubio, se dio cuenta que era una persona bastante amable y quizás bastante ingenua.

Todo esto lo estaba pensando mientras preparaba el café para los dos. De repente y para su sorpresa, sintió como dos manos acariciaban su espalda. Esto le llamó la atención, ya que bueno, era algo totalmente inesperado. Al darse la vuelta, el finlandés continuaba tocándolo de manera curiosa, como si no lo reconociera. Trató de comprender que era lo que estaba intentando de hacer, pero no encontraba una explicación lógica para ello. Hasta que se dio cuenta de que...

—Pero, ¿qué es esto que se siente tan bien? No recuerdo que hubiera algo así en toda el apartamento —comentó Tino, aún con los ojos cerrados, que no estaba acostumbrado a despertarse a horas tan tempranas.

Luego, el finés se recostó por el pecho del sueco, ya que le recordaba a su almohada. Quizás un poco más firme de lo normal, pero al fin y al cabo, era un buen lugar para continuar durmiendo, aunque estaba parado. Mas, eso no importaba. Era simplemente muy cómodo.

A pesar de que no quería despertar súbitamente a Tino, por más apacible que se veía, era evidente que esa situación no podía seguir así. No era que le disgustara o algo semejante, pero era imposible moverse o realizar algo, estando de esa manera. El de ojos azules suspiró, pues ya se imaginaba la reacción del otro.

—Tino... —le llamó, con esa voz gruesa y calmada que tenía.

Éste al escuchar a su compañero, levantó lentamente su cabeza hacia arriba y abrió sus ojos. Miró hacia todas partes, sólo para notar que sus dos manos estaban sobre el pecho del otro nórdico. ¿En qué estaba pensando?

—¡Ah! —gritó el ruborizado finlandés, quien dio unos cuantos pasos hacia atrás —. Yo, este... —estaba tan apenado que no se le ocurría qué decir.

—Tino, no importa —contestó de manera inmediata, al ver el sobresalto de aquel.

—¡Lo... lo siento! —exclamó y salió disparado hacia el baño.

Se metió de inmediato y en todo lo que pudo pensar era en la vergüenza que acababa de pasar. Comenzó a lavarse la cara bruscamente, estaba que echaba humos por las dos orejas. Y su rostro estaba ardiendo, de lo colorado que se había puesto. Trataba de razonar por qué había hecho eso y si tal vez Berwald se lo había tomado a mal. Sólo esperaba que no le diese demasiada importancia, o mejor aún, que no tocara el tema.

—Vaya forma de comenzar el día —se dijo a sí mismo.

Por su lado, el hombre se quedó contemplando cómo el finlandés se había escapado. Por unos breves minutos, pudo disfrutar el gentil y agradable tacto del finlandés, totalmente relajado y sin tensiones. Hasta ese instante, nunca había considerado la posibilidad de poder sentirse de esa manera con otra persona. Sin embargo, decidió olvidarse de aquello, quizás todavía era efecto de la fiebre del día anterior.

Tras terminar de vestirse y arreglarse para ir a su nuevo empleo, Tino fue al comedor, para tomar un poco de café antes de salir. No obstante, no podía ni siquiera mirar a los ojos al sueco, y pese a que eso había sido un problema desde el inicio, ahora estaba aún más nervioso. Incluso le temblaba la mano al sostener la cafetera, todo por temor a lo que estuviese pensando este último.

—¿No crees que hace un poco de calor? —Tino quiso hacer un poco de conversación para aliviar la tensión que había en aquel lugar —¡Y recién son las siete y media de la mañana! —se quejó, mientras se ajustaba la corbata.

—Supongo... —respondió el otro, quien leía el periódico y de vez en cuando, miraba al finés.

Finalmente, cuando terminó de servirse, se sentó en el lado opuesto al hombre de lentes. Fueron los cinco minutos más largos de sus vidas. Ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo decir algo, sin que sonara increíblemente incómodo. Tino sólo quería olvidar ese incidente, todavía no podía creer lo torpe que podía ser para llegar a eso. En cambio, Berwald estaba algo contento, pero seguía con sus dudas acerca del encuentro del primero con el danés.

—Bueno, ya terminé —habló apresuradamente el finlandés —. Supongo que nos vemos luego...

Sin embargo, cuando quiso retirarse de la habitación, el sueco se levantó, bloqueándole el camino. Por supuesto, esto hizo que se pusiera mucho más tenso de lo que ya estaba. Berwald había optado por preguntarle qué era lo que había sucedido con el danés o qué era lo que éste pretendía.

—Tino...

—¡Fue un accidente! Estaba muy dormido y ya sabes, no quise hacerlo —explicó el finés, quien estaba sudando a mares —Además, me da vergüenza.

—Cuídate —fue todo lo que pudo salir de su boca.

—¿Eh? —cuestionó, había creído de que se trataba de algo más serio —¡Claro que sí! ¡No tienes que preocuparte demasiado!

Sin perder más tiempo, el muchacho salió prácticamente corriendo del piso. A pesar de que tenía tiempo de sobra para llegar a su primer día de trabajo, sintió la necesidad de apresurarse. Por supuesto, quería dejar atrás esa embarazosa situación que había tenido con el sueco.

Pero en el momento que puso un pie sobre la acera, recordó que aún no había encontrado el papel que contenía el número del danés. Volvió a inspeccionar sus pantalones, pero no había nada que le interesaba. Se preguntaba si Berwald lo había hallado, así que miró hacia su piso. Quizás estaba pensando demasiado en eso, y no tenía tanta relevancia como creía. De todas maneras, no había hecho nada mal.

Sin embargo, el finés volvió bruscamente a la realidad al ser empujado por alguien que estaba bastante apurado por llegar a su oficina. Éste se quedó viendo cómo aquella persona parecía estar concentrada únicamente en eso, sin importarle nada más.

—Quizás debería hacer lo mismo —Tino decidió sonreír y seguir adelante, pues había mucho que hacer ese día.

Tras un largo recorrido por la inmensa ciudad, el ver aquella llamativa tienda de juguetes le pareció un paraíso, una fantasía hecha realidad. Quizás era por el calor de aquel día y el agobio de tener que caminar bajo el sol. O podría ser porque había querido mantener el ritmo del resto de la gente , lo cual sólo lo cansó más. De todas formas, lo importante era que había podido llegar sin siquiera perderse.

Al ingresar a la tienda, aún estaba asombrado por todos los adornos que había. Y ahora, recordó que le habían mencionado que tendría que utilizar alguna especie de disfraz. Había tenido que hacer tantas cosas el día anterior, que no había podido pensar o imaginar eso. Y aunque a la mayoría de las personas hasta le daría vergüenza, Tino estaba entusiasmado por ese motivo. Había tantas posibilidades y opciones, que su cabeza no le daba para tratar de visualizarlo.

Caminó directamente hacia la oficina del lituano, ya que no sabía qué era lo que debía hacer o hacía donde ir. Pese a que le hubiese gustado pasar horas y horas disfrutando de esa enorme cantidad de juguetes que estaban allí, también era cierto que necesitaba del dinero que ofrecían por el empleo.

—Has venido, menos mal —aseguró Toris con un tono de alivio —. Espero que no te importe demasiado usar un disfraz de elfo.

—No, en lo absoluto. ¿En dónde está? —preguntó con curiosidad, estaba algo ansioso por ver qué era lo que se suponía que tenía que usar.

El muchacho de larga melena acompañó al rubio hasta donde se encontraban los casilleros, en donde habían puesto el vestuario. Al verlo, el finés se quedó mirándolo por unos buenos minutos y luego respiró profundamente.

—De todas maneras, no puedo pasar más vergüenza que esta mañana —se convenció a sí mismo.

Una vez que terminó de ponerse el traje, con un poco de ayuda del polaco, regresó junto a Toris. Éste se alegró, en parte, porque había conseguido que alguien se quedara a trabajar y por otro lado, por la manera en que le quedaba la vestimenta.

Al menos, al rubio le quedaba el consuelo de que el traje no le quedaba ajustado. Quizás le quedaba demasiado perfecto.

—De verdad, lo siento. Es la política de la empresa —se excusó el lituano y luego se dirigió al polaco —¿Tenías que hacer semejante ropa?

—¡Sí le queda perfecto! —aseguró el de ojos verdes, mientras contenía la risa.

—No te preocupes —respondió el rubio, quien al mover su cabeza, la campanilla de su gorro sonó.

—En fin, ¿por qué no empiezas a ordenar las cajas de los pasillos? Están todas tiradas —indicó Toris y luego regresó al montón de papeles que tenía por hacer.

Enseguida se puso en marcha con lo que debía hacer. Miró la inmensidad de cajas que estaban desparramadas por todo el piso, parecían ser infinitas. Había buscado y obtenido una pequeña escalera que le ayudase mientras colocaba todo donde correspondía, ya que no alcanzaba los estantes más altos.

Mientras intentaba concentrarse en hacer eso, los niños pasaban cerca de él, solamente para reírse de su extravagante pinta. Sin embargo, al finés no le importaba. Incluso hasta se reía de él mismo. Aunque, sinceramente y dentro de él, creía que por más ridículo y raro que podía verse, no se podría comparar con lo que había pasado temprano a la mañana con el sueco. Cada vez que se ponía pensar en eso, sólo sentía pena, a la vez que sus mejillas se ponían de ese color tan rojo.

—¡Ah! ¡Debo dejar de pensar en eso! —exclamó frustrado.

Continuó arreglando los estantes, guardando cada juguete en donde correspondía. Aunque claro que no era una tarea muy fácil, cuando todo era un gran desastre y debía clasificar cada uno por su marca, y todo lo que podía hacer era sumergirse en ese enorme mar de cajas. Además, de vez en cuando, venía algún niño con su padre, y luego de terminar de revisarlo, abandonaba el producto en donde no debía.

Pero el tiempo pasó volando y para cuando había terminado, ya había llegado la hora de almorzar. Estaba bastante aliviado de que al menos había podido terminar con lo que le habían asignado y también por el hecho de que podría sacarse por un rato aquel molesto traje.

—Volveré en media hora —avisó el rubio, mientras se retiraba del lugar.

No conocía en lo absoluto aquella parte de la ciudad, estaba bastante desorientado. ¿A dónde podría ir? Sin embargo, en una esquina había un pequeño restaurante-bar, así que decidió irse allí. No parecía estar repleto y el ambiente era lo suficientemente bueno. Luego de pedir su orden, se retiró a sentarse cerca del ventanal.

Fue ahí cuando se dio cuenta. Era la primera vez, desde que se había mudado allí, que almorzaría solo. Miró hacia la silla que estaba enfrente, estaba vacía. A pesar de que normalmente comer con el sueco cerca, era bastante silencioso y en ocasiones un poco incómodo, se le hacía extraño no tenerlo allí, con esos profundos e inquisitivos ojos azules obsevándolo.

Sin embargo, al darse cuenta de lo que estaba pensando, se golpeó la cabeza con la mesa.

—¡Ah, soy un tonto! —dijo, sin darse cuenta de que la camarera estaba allí, con lo que había pedido sobre su bandeja.

—Yo creo que eres adorable —respondió la belga, al ver que el finlandés estaba preocupado —. Y seguro que tu novia ha de pensar lo mismo —afirmó, para luego darle un guiño.

El rubio levantó la cabeza, con una servilleta pegada por su frente, sólo para encontrar a la mujer parada muy próxima a él, procurando poner su plato sobre la mesa.

—¡Ah! Lo siento, no sabía que estabas allí —se excusó enseguida y al rememorar lo último que le había dicho, quiso aclararlo rápidamente —¡No! No es una chica el problema —dijo desalentado.

—¿Tu novio, entonces? Seguro que no se lo ha tomado a mal, no te carcomas tanto —le aconsejó la chica y luego fue a atender a otros clientes.

No obstante, eso había desanimado aún más al finés. ¡Sólo era su compañero de piso! No tenía ningún sentimiento hacia él, ni siquiera se había imaginado que pudiese darse a entender otra cosa hasta que se lo habían sugerido. Hasta le parecía absurda la idea de pensar en el sueco, más allá de quizás una buena amistad. Eso era simplemente ridículo e imposible.

En otro lado de la ciudad, el sueco también estaba contemplando aquella silla sin ocupar. Si bien, desde que se había ido el danés o incluso desde el último mes que había vivido con él, se había acostumbrado a comer solo, ahora le parecía que había un hueco por rellenar.

No lo había pensado en toda la mañana, hasta que se había puesto a cocinar. Como Tino ya andaba trabajando, ya no era necesario preparar el almuerzo para dos. Todo lo que se podía escuchar era el sonido de su cuchara que revolvía la comida y nada más. No había ninguna risa, ni un grito de dolor al tropezar o golpearse con algún objeto del piso. Sólo estaban él y el silencio.

Berwald sólo jugaba con su plato, pues a pesar de que tenía hambre por todo el trabajo que había estado haciendo, estaba meditando sobre todo lo que había pasado durante esos días. ¿Cómo alguien así había podido dejarle semejante impresión en tan pocos días? No podía ni debía ser lo correcto. El de ojos azules respiró profundamente, todo el asunto era un gran sin sentido y con poca o nula coherencia.

Mientras tanto, Tino había terminado de comer, aún un poco molesto por lo que había dejado entrever aquella chica. Se propuso dejar de pensar en eso de una buena vez, aunque sentía un poco de curiosidad por saber qué era lo que el sueco había pensado acerca de ello. Se había retirado tan rápido que no le dio oportunidad para escucharle. Y tampoco era que pudo sacar algo de su expresión, ya que siempre era la misma.

Aquella tarde transcurrió sin muchos problemas. Claro, el finés estaba bastante ocupado dejando en todo su lugar, lo cual le llevaba bastante tiempo, ya que en cada uno de los pasillos siempre había un gran desorden. En una de esas, agarró una preciosa muñeca y el rubio suspiró. Desde que recordaba, estaba seguro de que quería diseñar juguetes. Quizás era infantil, pero ese había sido su gran sueño y una de las razones por las cuales había abandonado su pueblo.

—Supongo que algún día... —sonrió y siguió con su tarea.

En un abrir y cerrar de ojos, su hora de salida llegó. A pesar de lo mucho que había tenido que hacer, estaba contento con el empleo que había conseguido. Sin embargo, todo lo que quería hacer era ducharse y recostarse, sus brazos le dolían un poco por la cantidad de cajas que había tenido que alzar y bajar. Y dejando de lado lo que había sucedido a la mañana y durante el almuerzo, había sido un día perfecto.

Sin embargo, sabía que ahora tendría que verle la cara al sueco, razón que lo ponía un poco nervioso. Además, todavía estaba indignado por la sugerencia de la belga, era solamente su amigo y nada más. Y sí, quizás le daba mucha relevancia a lo que pensara, pero era porque no quería quedar como alguien torpe, aunque tal vez ya era algo tarde para arreglar esa imagen.

Sólo es mi amigo y nada más. Qué idea más loca y ridícula —pensó el finlandés y continuó caminando.


Regresaré a actualizar todos los miércoles, como solía hacerlo.

A partir de ahora, ya no voy a incluir a ningún personaje más. Con los que hay, me parece que son más que suficientes.

Agradezco los comentarios de: Rina. Y, Eirin Stiva, mikaelaamaarhcp, PuffinCup, Lunara Kaiba y Kuro0Dango.

¡Hasta luego~!