Los personajes de OUAT no me pertenecen
(Adaptación)
Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs
Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.
Como irán viendo a lo largo del fic se darán cuenta que esta Emma es muy diferente a la Emma que conocemos y no quise cambiar mucho para no deformar esta historia así que veremos a Emma más Femenina de lo normal jajaja
Este capi va dedicado a las TAMIS! :3 las quiero chicas
Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso
Disculpen los errores
DISFRUTEN DEL CAPITULO
Capítulo cinco
—¡Buenas noches, que paséis un buen fin de semana! —se oyó en toda la oficina mientras los ansiosos colegas se fundían con el río vespertino de humanidad siguiendo la flauta encantada que prometía diversión y descanso.
Emma se sentía vacía y triste. Sabía que no tenía derecho a sentirse así, pero el dolor de algo perdido aumentaba a medida que las probabilidades de volver a ver a la mujer disminuían. Lo absurdo era que, aunque viese otra vez a la mujer, ¿qué diría o qué haría? Era demasiado tímida para abordarla; tal vez intentase esbozar una sonrisa amistosa o un saludo apocado. Se daba perfecta cuenta de que tales acciones irían acompañadas por el más intenso de los sonrojos. Se recordó que tal vez hubiese sacado el asunto de sus casillas y que la sonrisa de la mujer seguramente sólo pretendía ser amable. Se dijo que no le importaba y que se conformaba con verla de nuevo. La amistad sería un maravilloso regalo y cualquier cosa añadida era un tesoro de cuento de hadas.
Pero ¿qué pretendía?, se preguntó.
¿Adónde quería ir a parar con aquello? Suspiró profundamente, tanto que los viajeros que la rodeaban la miraron, sorprendidos por su melancolía. Se resistía a pensar que no volvería a ver a la mujer; si la veía, dejaría que la situación la guiase. Siempre se podía echar mano del impulso para ponerse en ridículo, pensó.
Emma sacó el libro de poemas de Sharon Olds, pero, por más que se esforzó en concentrarse, las palabras sólo eran borrosas figuras negras en la página.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó una voz ronca ante ella.
Emma alzó los ojos, parpadeando mientras intentaba centrar la mirada.
Sintió que se le desbocaba el corazón cuando empezó a asimilar la imagen que tenía delante. Era la mujer, aún con la traviesa sonrisa en los gloriosos labios, como si no se hubiera producido un interludio desde la última vez. La mujer se dio cuenta de que Emma se esforzaba en responder, pero las cuerdas vocales le fallaban, así que se inclinó hacia delante y arrancó el libro con delicadeza de los rígidos dedos de Emma.
—¡Ah! Sharon Olds. Creí que era yo la única que leía sus poemas, y he aquí otra admiradora. ¿Te gusta? —Su voz le pareció extraordinaria a Emma, diferente a como se la había imaginado, aunque, a decir verdad, no había pensado en cómo sonaría. Era más grave y ronca que la voz de la mayoría de las mujeres que conocía, pero no resultaba en absoluto masculina. Era una voz muy femenina, pero diferente. No tenía el tono de las voces de las mujeres que fumaban mucho; menos áspera, más fluida. Hermosa.
—Sí —logró decir Emma mientras trataba de controlar su propia voz—. Hace mucho que me gustan sus poemas y los releo a menudo. —Incapaz de reprimirse, pues tenía que saberlo, preguntó—: ¿Cómo te llamas?
—Regina. Regina Mills Hertford, lo cual es irónico porque vivo en Hertfordshire. ¿Y tú?
—Emma. Soy Emma Swan — respondió Emma, encantada de saber cómo se llamaba y de que vivía en la región. Regina Mills. Incluso el nombre tenía clase, y Emma disfrutaba paladeándolo mentalmente.
—¡Hum! Emma, un nombre lindo. Encaja perfectamente con tu pelo y tus ojos. ¿Eres irlandesa o escocesa? — preguntó, aún con el libro de Emma entre las manos, acariciando con el pulgar la brillante cubierta.
—Mis padres son de la región fronteriza con Escocia. Mi madre es rubia y tiene los ojos verdes los cuales hemos heredado mi hermana y yo — explicó Emma—. No logro imaginarme de dónde eres tú —añadió, pero, pensando que tal vez sonase grosero, comentó con voz quebrada—: Lo siento, suena fatal, no quería decir eso.
— No me ofendes en absoluto, Emma. Mis padres son irlandeses pero, como suele ocurrir entre la aristocracia irlandesa, no tienen acento distintivo —dijo con una cálida sonrisa —. Sin embargo, percibo leves tonos del encantador acento de la frontera en ti.
Emma se puso colorada de alegría con lo que interpretó como un cumplido.
—¿Te importa que te pregunte a qué te dedicas? —continuó Regina.
Emma aprovechó la oportunidad para mirarla a los ojos, una parte del rompecabezas que le faltaba cuando había evocado la imagen de Regina la noche anterior.
Eran de un marrón único: el único color con el que Emma los identificaba era con el atardecer en un día de otoño cuando varían entre el marron más intenso y el color miel que se refleja a través de las hojas de otoño.
Había una leve profundidad junto al iris, que se aligeraba con el movimiento.
Casi podía distinguir los destellos de regocijo que arrancaba el sol en los extremos de los ojos.
—A nada exótico, me temo. Trabajo como contable de gestión en London Bridge. Es un trabajo que hago bastante bien y que me proporciona un salario decente para mis pequeños lujos — respondió Emma, un poco a la defensiva, pues imaginaba que la situación económica de ambas era muy diferente—. Apostaría algo a que la contabilidad de gestión no es lo tuyo — comentó.
—La contabilidad de gestión es una profesión admirable —repuso Regina, percibiendo la leve incomodidad de Emma—, pero no. Soy arquitecta, especializada en la reconversión de depósitos de agua y granjas. Sin embargo, me intrigan tus lujos. Aparte de en comida, ¿en qué gastas tu dinero?
Emma le daba vueltas al fascinante trabajo de Regina. Una arquitecta especializada en la reconversión de depósitos de agua y granjas no era el tipo de profesión que se mezclaba con la suya... esa gente sólo aparecía en los documentales televisivos de alto nivel.
Y allí estaba, preguntándole en qué gastaba el dinero.
—¡Oh! Compro cosas corrientes. Supongo que la elección de las cosas es lo que las hace distintas. Me gusta comprar música, cuadros, esculturas, muchos libros, cosas para casa y, por supuesto, ropa y cosméticos para mantenerme sana y femenina —declaró, y al instante deseó poder borrar y formular de nuevo un final de frase menos absurdo.
Regina pareció no darse cuenta.
—Sin duda, Emma, has conseguido el efecto deseado con la ropa y los cosméticos. ¿Qué esculturas coleccionas?
Emma se maldijo a sí misma mientras sentía de nuevo el ardor de la vergüenza que desde el pecho subía hasta su cuello y su cara. «¿Por qué no puedo aceptar un cumplido sin convertirlo en un petirrojo? Regina creerá que está hablando con una colegiala y no con una mujer adulta.»
—Un día, en una galería de Mill Hill, encontré un pequeño desnudo titulado Chrissie descansando, de un escultor que se llama Tom Greenshields. Me fascinó la belleza de la pieza y tuve que comprarla. Me gustaba tanto tenerla en casa que después compré otra, Claire estirándose. Estoy muy orgullosa de las dos, pero fueron muy caras, así que se quedarán en un par.
—Parecen maravillosas —dijo Regina—, aunque no conozco a Tom Greenshields. Tendré que ver su obra. ¿Había también desnudos masculinos? —Emma percibió otra vez el destello juguetón en los ojos de Regina y apartó la vista rápidamente para refrenar una segunda oleada de rubor.
—Creo que tiene desnudos masculinos, pero las figuritas femeninas me parecieron exquisitas. Supongo que estoy más familiarizada con las formas de mujer y reconozco los detalles. —Se dio cuenta de que se había inclinado hacia delante para susurrar aquellas palabras a Regina, como si fueran sentimientos que no debía compartir con otros viajeros. Al hacerlo llegó hasta ella el efecto fascinador del perfume de Regina.
Se sobresaltó y miró por la ventanilla.
¿Dónde estaba el tren? ¿De cuánto tiempo disponía con Regina antes de bajarse? El miedo la dominó cuando vio que estaban entrando en su estación. Su mente era una maraña que intentaba encontrar la pregunta adecuada para volver a verla, pero las emociones se impusieron a la razón y la convirtieron en una colegiala torpe. Cuando el tren se detuvo, cogió su abrigo y su boca se despegó lo suficiente para preguntar:
—¿Vas todos los días a la ciudad?
—No, no voy a menudo, me temo. Toma, tu libro de poemas —dijo poniendo el libro en las manos de Emma—. ¡El poema de la página ocho merece mucha atención!
