Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo 15
Tino continuaba mirando aquel pedazo de papel, que ahora lo había metido en un lío. Aunque no sabía cómo su compañero de habitación reaccionaría, estaba seguro de que si le decía lo que realmente había sucedido, lo entendería perfectamente. Simplemente no le había dado importancia, razón por la cual se había olvidado por completo.
De todas maneras, le era inevitable ponerse nervioso de esa forma. Ni siquiera se lo había buscado y ahora se encontraba en esa situación. Y pese a que sentía un poco de curiosidad por saber qué era lo que el danés tenía por decir, quizás había una razón por la cual el otro no se lo había dicho. Y lo menos que quería hacer era molestar al sueco, después de todo lo que había hecho por él.
Mientras seguía contemplando ese trozo de hoja, no se había dado cuenta que el otro nórdico ya estaba en la sala, con el vaso de agua en su mano.
—Aquí tienes —dijo el hombre, al darse cuenta de que el finés estaba extremadamente concentrado en el papel.
—¡Gracias! —exclamó y se la bebió en un santiamén, como si hubiera estado sin agua por incontables días.
—¿Estás bien? —Berwald nunca había visto a alguien beber de esa manera, ni siquiera cuando el danés vivía allí.
—¡S-sí! —respondió en un primer momento, pero tras echarle un último vistazo, decidió que era el momento oportuno —Bueno, en realidad, hay algo que debería decirte —afirmó, acompañado de una risa nerviosa.
El de ojos azules ya sabía con antelación de qué podría tratarse. Después de todo, se había pasado todo el día intentando darle sentido a esa hoja. Si bien, cuando la había descubierto le había molestado un poco el hecho de que el finés no le dijera sobre ella, quizás había una razón para ello. Tampoco tenía ningún motivo para desconfiar de él, siempre había sido bastante amable, así que tal vez se lo diría cuando se sintiera mejor.
—¡Sólo fue accidental! No es que fuera a buscar a Andersen o algo por el estilo —explicó de manera acelerada —. ¡De todas maneras, no pensaba en llamarlo!
—Umm...
—¡De verdad, lo siento1 Se me olvidó por completo y cuando lo recordé, estaba camino al trabajo —se excusó el de ojos marrones, con bastante pena —. ¡Espero que no estés enojado o algo así!
—No te preocupes —contestó, aunque a decir verdad, se sentía bastante aliviado por haber podido escuchar esas palabras del finlandés.
—¿En serio no te has enojado? Te prometo que sólo ha sido un descuido, nunca haría algo en contra de ti —respondió el muchacho, quien ya estaba más tranquilo.
—¿Te dijo que quería? —El de lentes no confiaba en que el danés sólo buscaba ser el amigo del finés, sino que había algo más.
—Me dijo que... —Tino no quería que el otro entendiera que no confiaba en él, pero tampoco quería mentirle. —...Que tenía algo para decirme.
Berwald se quedó pensativo por un largo rato, tocaba ligeramente su barbilla, tratando de descubrir qué era lo que Andersen estaba queriendo. Estaba demasiado seguro de que tenía alguna intención, sólo tenía que recordar cuál podría ser. Y sólo se le ocurría una, una razón por la cual éste estaba tan resentido, aún cuando lo había disimulado bastante bien.
Por su lado, Tino seguía comiendo las galletas que había horneado su compañero. Estaban realmente deliciosas,la verdad es que hacía un buen tiempo que no disfrutaba de algo dulce hecho en casa. Sin embargo, de vez en cuando, le daba un vistazo a su compañero, y no podía evitar sentirse mal, pues creyó que era todo su culpa. Si tan sólo se hubiera imaginado que todo iba a resultar así, se lo hubiera dicho en un santiamén.
—¿De verdad, estás bien? Lo siento demasiado, quise decírtelo antes —el finés se acercó al de ojos azules y le tocó el hombro —. No quiero que pienses que no valoro todo lo que haces por mí, porque de hecho sí lo hago. Sólo fue un descuido —explicó, estaba un poco desesperado por obtener alguna respuesta del otro.
No obstante, cuando el sueco se dispuso a responder, repentinamente las luces se apagaron, dejándolos en completa oscuridad. Y no sólo ellos, sino todo el edificio se quedó a oscuras. Por supuesto, las quejas no se hicieron esperar. Tino no tenía la menor idea de lo que estaba pasando, trató de ver algo pero no podía. El sol ya se había ocultado y las cortinas sobre las ventanas impedían que entrara la luz de la luna.
—Pero, ¿qué ha sucedido? —cuestionó desesperado, de un momento a otro, se habían quedado sin las luces.
—Debí decírtelo... —respondió el otro, con notable calma, a diferencia del finlandés que estaba con los nervios de punta.
—¡¿A qué te refieres con que debiste decírmelo? —Todo lo que se le vino a la cabeza en ese momento, fue la película que habían visto hacía unos días atrás, pues recordó una de las escenas, y ahora estaba temblando.
El sueco ya estaba acostumbrado a estos apagones, sabía que en cuestión de una hora o menos, se solucionaría y todo volvería a la normalidad. Sin embargo, tenía que intentar convencer al finlandés que todo saldría bien. Aunque no tenía mucha experiencia, decidió que quizás si le acariciaba suavemente, podría tranquilizarse. Eso fue lo que supuso.
Pero en el preciso instante que puso su mano sobre el hombre del otro nórdico, las cosas no salieron precisamente como había pensado.
—¡Aaaaah! —gritó horrorizado como si ya no estuviera lo suficientemente asustado —¡No me hagas nada! —pidió con un par de lágrimas en los ojos.
—Tino, soy yo...
—¡No me hagas...! —Pausó en el momento que había oído la voz del sueco —¡Casi me das un infarto! —se quejó, todavía algo tembloroso.
El sueco tomó firmemente la mano del finlandés, a modo de que pudiera calmar esos nervios. El segundo estaba ruborizado y avergonzado por su comportamiento, no podía creer que el primero se había visto obligado a llegar a esas instancias. Pero, por otro lado, conseguía tranquilizarse de alguna manera, como si estuviera haciéndole saber que estaría allí para protegerle. Y aunque eso le hacía sentir como un niño, no podía negar que le daba una gran sensación de seguridad.
—Voy a buscar la linterna —soltó de repente el de ojos azules, pues aún sabiendo que la luz podría volver en cualquier instante, tampoco podían quedarse allí en la oscuridad.
—¡Ah! Eso me parece una buena idea, es un poco raro no poder ver nada en lo absoluto. Además, podríamos luego encender velas, quedaría tan precioso —contestó el muchacho de ojos marrones, entusiasmado con la idea.
—Quédate ahí —le sugirió Berwald quien se levantó del sofá y trataría de encontrar el lugar donde había dejado por última vez la linterna.
—Sí, claro —respondió, tampoco tenía ningún interés en moverse de allí.
Luego de esa conversación, todo se quedó en un absoluto silencio. Tino miraba por todas partes, sin ningún resultado. Tan sólo podía esperar a que el escandinavo hallara la manera de iluminar la habitación. Era todo lo que estaba en su poder. Se repetía a sí mismo que todo estaba bien, que el hombre estaba cerca de allí y que no había nadie más que ellos en el apartamento.
Por su lado, el sueco trataba de recordar dónde estaba dicha herramienta. Tras rascarse la cabeza, creyó que tal vez la había dejado debajo de alguno de los sofá de la sala de estar, puesto que normalmente pasaba la mayor parte del día en aquel lugar. Así que, para poder poner en marcha su idea, decidió que sería un buen plan ponerse en cuatro. No obstante, había un pequeño fallo en su ocurrencia.
El finlandés aún aguardaba por el regreso de su compañero. A decir verdad, estaba demasiado ansioso por ello, le molestaba tanto silencio. Sabía que era el perfecto escenario para que algún ladrón o asesino apareciera por allí, el miedo lo tenía completamente paralizado. Todo lo que quería hacer en ese preciso momento era salir corriendo de allí hasta la calle, donde quizás podría estar seguro.
De la nada, pudo sentir que alguien se acababa de golpear con la mesa. Quizás sólo era el otro rubio, pero nunca era tarde para asegurarse. El finés decidió subir sus pies al mueble, pues recordó como en una de las escenas de la película, alguien fue arrastrado desde abajo por una mano extraña. Y nunca se podía ser demasiado precavido.
—¿Berwald? —preguntó el muchacho, casi murmurando —¿Estás ahí?
Pero tras esperar unos breves minutos, no obtuvo ninguna respuesta del otro. Hasta le dio la impresión de que lo había dejado por su cuenta. Lo que Tino no sabía era que justamente estaba debajo de él, procurando agarrar la linterna y finalmente poder iluminar la habitación. Por supuesto, esto le había tomado toda su atención, así que no había escuchado al de ojos marrones.
A pesar de lo que sus instintos le estaban diciendo, decidió explorar, pues tenía la imperativa necesidad de buscar al de ojos azules. Por supuesto, no podía creer que realmente tuviera esa clase de urgencia, pero no tenía muchas ganas de estar en esa oscuridad tan solo y en silencio. Así que lo primero que hizo fue bajar los pies, para comenzar su búsqueda.
Sin embargo, cuando puso un pie sobre lo que aparentemente era el suelo, éste se movía. Podía sentir que "eso" respiraba y parecía que estaba procurando alcanzar algo que se encontraba debajo de él. En ningún momento, se le ocurrió que "eso" podría tratarse de el sueco.
—¡Aaah! —gritó como nunca en su vida, quizás jamás se había sentido de tal forma. Realmente estaba petrificado, tras sentir cómo "eso" se movía.
En un instante, sintió que su cara era iluminada por una luz muy brillante y se la tapó enseguida. De hecho, se acurrucó en una de las esquinas del sofá, del miedo que tenía. No se animaba a ver qué era lo que estaba sucediendo. Sólo sabía que estaba demasiado aterrorizado.
Repentinamente, sintió como una cálida mano tomaba la suya. Levantó lentamente la cabeza, pues hasta ese entonces la tenía entre sus rodillas, sólo para estar cara a cara con el sueco. Por una vez, podía decir que estar tan cerca de éste, le daba una sensación de calma en lugar de temor. El segundo no conseguía entender qué era lo que pasaba, pero el otro rubio parecía realmente feliz por verle.
—Vamos al balcón —sugirió Berwald, ya que desde allí se podría observar las luces que venían del resto de la ciudad.
Mientras iban en marcha hasta la mencionada parte del apartamento, el más alto le había aconsejado que caminara cerca de él, para que no se perdiera o tropezara con los muebles del piso. Pero lo que no se había imaginado era que el finlandés se hubiera pegado a su espalda de esa manera. Pese a que eso hasta le parecía adorable, estaba empezando a arrepentirse de haberle mostrado aquella película de terror.
Sin embargo, apenas salieron al exterior, el rubio corrió, sorprendido por toda esa iluminación. Toda esa preocupación se le había ido en tan sólo un instante. Hasta ese momento no había podido ver cómo era la ciudad a la noche, así que estaba sorprendido. Simplemente era bello, y aunque había tenido sus dudas, estaba seguro que ése era el lugar donde quería estar.
—¡Ah! ¡La ciudad cambia durante estas horas! ¡Ya me gustaría conocer más! —dijo el muchacho, que no podía apartar su vista por un segundo, no quería perder ningún detalle.
—Deberíamos ir a cenar —contestó el hombre, podía hasta palpar las ganas que tenía Tino por explorar la jungla nocturna.
—¡Claro! Podríamos ir después de que cobre mi primer sueldo —el finés estaba determinado a no ser una carga para el otro.
—¿A qué te refieres?
—Es que has hecho tanto por mí y lo sigues haciendo, así que me gustaría invitarte yo —explicó un poco nervioso —. Ya sabes, a modo de agradecimiento y todo eso.
El sueco simplemente se quedó contemplando al rubio, no tenía alguna respuesta para eso. A pesar de no demostrarlo, estaba feliz. Aún cuando la entrada a su vida había sido totalmente accidental, podría decirse que no podía quejarse. El chico era demasiado sencillo y agradable, era como si le estuviese obligando a cuidarlo y a protegerlo, con esa amabilidad que tenía.
Y ahora más que nunca, sabía que tenía hablar con el danés. A como dé lugar. Aunque no le apetecía demasiado, tenía que dejarle las cosas en claro. Lo que menos deseaba era que el finés fuera arrastrado a un problema, del cual no tenía nada que ver.
—¿Sucede algo? Espero que aún no estés molesto —indagó, pues si bien ya se había dado cuenta de que el sueco no era de los que hablaba demasiado, podía notar que tenía algo en su mente que no le gustaba demasiado.
—No, nada —respondió, mientras observaba los edificios más altos, aunque en su mente seguía pensado en lo que debía hacer.
Más tarde esa noche, el sueco decidió que debía hablar con Andersen. Pero, se aseguró que el finlandés estuviese completamente dormido. Quería mantenerlo en lo posible al margen de todo eso, así que creyó que sería más conveniente de que no supiera nada. Se acercó a la cama de éste y pudo ver que estaba en el más profundo de los sueños, con las piernas abiertas y de alguna manera, había conseguido echar la sábana.
Luego de volver a taparlo y cerrar la puerta del dormitorio lentamente, caminó sigilosamente hasta la sala. Aún no podía creer lo que estaba a punto de hacer, nunca hubiera considerado hacer esto antes. Sin embargo, era algo que sentía que debía realizar.
Estaba más que seguro de que el danés se traía algo entre manos, así que no quiso perder demasiado tiempo. Aprovecharía para llamarle ahora que el rubio no se encontraba allí, pues no quería meterle en ningún lío. Quería alejarlo del danés, como diera lugar, pero tenía que saber qué era lo que éste último estaba buscando. Quizás se estaba preocupando demasiado, pero no podía evitarlo.
Todavía no podía creer que le estaba llamando, pero ahí estaba. Tras aguardar por varios minutos, finalmente alguien agarró el tubo y decidió contestarle.
—¿Diga? —preguntó alguien con una voz realmente familiar, aunque no era el danés.
—¿Está Andersen? —fue por lo directo, sin entrar en formalidades.
—Espera un momento —indicó y bajó el tubo.
El danés en ese instante estaba acomodando su cama, cuando el noruego fue a notificarle acerca de la llamada.
—Sólo dile que no estoy o algo así —dijo sin darle demasiada importancia, creyendo que se trataba de una persona cualquiera.
—Es Berwald —clarificó el muchacho de profundos ojos azules.
Andersen se detuvo en ese preciso instante. De todas las personas que podían estar del otro lado del teléfono, no se le hubiera ocurrido en un millón de años de que pudiera tratarse del sueco. Después de todo, éste le había dejado bien en claro que no lo soportaba, aunque realmente sólo quería creer que era una broma muy pesada de éste. Así que dejó de lado todo lo que estaba haciendo, y se fue de inmediato a responder la llamada.
—¡Berwald! No puedo creer que hayas marcado mi número —afirmó el chico de cabello despeinado apenas tuvo la oportunidad de decir algo.
—Andersen... —no pudo decir nada más, porque aún se estaba sobreponiendo del grito inicial del danés.
—Sé que es para disculparte por haberme echado de esa manera del apartamento y... —estaba realmente seguro de que eso se trataba, pese a que le parecía un tanto extraño que fuera a esa hora de la noche.
—No es eso —interrumpió antes de que el otro se fuera por las ramas.
—¿Eh? Entonces, ¿de qué se trata? —cuestionó, muy confundido.
El sueco suspiró y luego le explicó la situación. Sabía que no iba a resolver nada por teléfono, así que le propuso al otro para verse el día siguiente. Éste estaba realmente asombrado, pero no por ello, menos complacido. Sin embargo, no le entraba en la cabeza acerca del motivo por el cual su antiguo compañero se había comunicado con él.
—¿Sabes? Sé que es difícil admitirlo pero no creo que sólo hayas llamado por eso —aseguró con toda la confianza del mundo —. Me extrañas, ¿no es así?
—Nos vemos en el bar que te mencioné —no pensaba entrar en divagaciones que no podían estar más lejos de la realidad.
—¡Tú invita los tragos! —exclamó, pero todo lo que pudo escuchar a continuación era el sonido del teléfono que ya había sido colgado.
Vaya, todavía no puedo creer que ya vamos por este capítulo, aunque todavía falta un montón xD
He intentado que todos los personajes estén lo más IC posible, pero siempre hay unas cuantas fallas, sólo me queda esperar que no sean demasiadas.
Agradezco los comentarios de: Rina.Y, Merlina-Vulturi, Kuro0Dango, Ezaki, mikaelaamaarhcp y LunaraKaiba.
¡Hasta la próxima~!
