Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Aclaración: Lukas y Emyl son los nombres que les he dado a Noruega e Islandia, respectivamente.


Capítulo 16

Tras culminar con esa llamada, Berwald regresó al dormitorio, para intentar conciliar el sueño. Decidió que lo mejor sería relajarse y dejar de pensar en lo que debía suceder el día siguiente. Después de todo, había tenido un día bastante ocupado, entre terminar los trabajos atrasados que tenía y preparar la comida para los dos. Pero, aunque cerraba sus ojos, queriendo olvidar todo ese asunto, era imposible. La idea le perseguía sin darle un respiro.

Aún cuando trataba de darle sentido, todavía no encontraba una razón en concreto para ir a conversar con el danés. Miró hacia el otro lado, donde el finés estaba durmiendo a pleno, con las piernas abiertas y una pequeña burbuja salía de su nariz. Parecía tan feliz, a pesar del desastre durante el apagón. No tenía la menor idea acerca de lo que sueco estaba planeando y éste deseaba que se mantuviera de esa manera.

Siguió tratando de buscarle la lógica, pero no podía. Sencillamente se sentía obligado a protegerlo de todo lo que sucediera a su alrededor, ya se tratara de una persona o de alguna situación que pudiera lastimarlo, aunque fuera en lo más mínimo. El hombre continuaba observando a Tino, pues simplemente no conseguía entenderlo. Para ser sincero, nunca se hubiera molestado en lo absoluto si se tratara de otra persona. Pero aquel chico le resultaba bastante especial, a pesar del poco tiempo que llevaban viviendo juntos.

Tal vez estaba pensando demasiado, o quizás estaba buscándole la quinta pata al gato, pero le era inevitable sospechar del danés. Debía estar completamente seguro que éste no tenía otras intenciones con el de ojos marrones, a pesar de que entre éste último y él sólo había una mera amistad. Rechazaba la idea de qué podría tratarse de algo más, hasta le resultaba absurdo.

—Supongo que... —el de ojos azules se dio vuelta, con la mirada hacia la pared —...Es normal —se dijo a sí mismo, para dejar de darle tantos rodeos al asunto.

Berwald suspiró profundamente, aquel hombre al que había echado de ese lugar hacía un buen tiempo, todavía conseguía darle dolores de cabeza. Aunque nunca había creído que le forzaría hasta ese punto, y eso que había pasado bastante cosas con éste.

A la mañana siguiente, a pesar de haber dormido relativamente poco, el rubio de ojos azules ya estaba tomando su café de siempre. Estaba concentrado en el periódico, leyendo quizás para no tener que recordar el encuentro que debía tener en unas cuantas horas. Estaba tan metido en la lectura, que al escuchar el grito del otro habitante del apartamento, se levantó enseguida para ver que era lo que pasaba. Sin embargo, sólo dio un par de pasos, pues el de ojos marrones corrió para entrar al baño.

Regresó a su sitio, sin entender qué había sido eso. Ya le empezaba a ser bastante claro, que las mañanas ya no serían tan tranquilas, como solían serlo. Tampoco podía quejarse, en lugar de un despertar silencioso, ahora eran más energéticas gracias al finlandés.

Luego de unos quince minutos, Tino salió del baño y se dirigió de inmediato al comedor. Tenía bastante hambre, así que se había apresurado con la ducha. Quizás le había metido demasiado prisa, ya que al saludar al sueco, éste se quedó contemplando su cabello. Aún le asustaba que le mirara tan fijamente, razón por la cual empezó a revisarse en caso de que se hubiera olvidado de algo.

—¿Hay algo raro en mi ropa? —preguntó ligeramente nervioso, pues todavía no sabía qué era lo que estaba mal.

—Tu cabello —señaló el hombre.

—¿Eh? —éste se tocó su rubia cabellera, sólo para darse cuenta de que su pelo había tomado un color blanco, ya que se había excedido con el gel —¡¿Qué? ¡Ahora regreso! —el muchacho se fue de inmediato al baño, se había apresurado tanto que ni se había mirado al espejo.

Tras terminar de asegurarse de que esta vez todo estaba bien, Tino volvió al comedor. Ese delicioso aroma de las tostadas le estaban tentando demasiado, así que no dudó en tomar un par y luego servirse un poco de café, pues estaba seguro de que le esperaba un ajetreado día. Sin embargo, estaba de un buen ánimo y a pesar del silencio que estaba dominando esa parte de la habitación, decidió hacer un poco de conversación. Después de todo, recién vería al sueco a la tarde.

—¿No crees qué es un precioso día? No hace ni frío ni calor —comentó mientras observaba a través de las persianas.

—Sí —fue toda la respuesta del otro nórdico.

—Me pregunto qué es lo pasará hoy —dijo el pensativo finés, sin tener la más pálida de idea de la reunión que había concertado el sueco.

—Tantas cosas... —respondió por accidente, no se suponía que debía decir algo al respecto.

—¿Te reunirás con algunos clientes? —indagó —. Espero que no estés demasiado cansado por lo que pasó ayer.

—¿Eh? —Berwald se había desentendido por tan sólo un instante de la conversación, pues continuaba pensando en el danés.

—Dijiste que tienes muchas cosas qué hacer hoy, ¿no es así? —el rubio estaba un poco extrañado, pues le daba la impresión de que el de gafas tenía alguna preocupación de la cual no sabía.

—Sí, así es —el hombre trató de arreglarlo enseguida, para que no se notara.

Tino no estaba totalmente convencido de lo que decía el de ojos azules, había algo raro en él. Y sus sospechas se hicieron claras, cuando éste quiso ponerle algo de azúcar a su café. De inmediato, agarró su mano antes de que cometiera un error del cual podría arrepentirse.

—¡No pongas eso! —exclamó sin perder demasiado tiempo.

—¿Por qué?

—¿No te das cuenta que agarraste la salera en lugar del azúcar? —cuestionó el muchacho, quien estaba realmente seguro de que algo estaba nublando el pensamiento de su compañero.

—¿De verdad? —agarró el objeto en cuestión, para confirmar que éste tenía razón —Lo siento.

El finlandés se acercó a éste, de verdad no estaba realmente seguro de qué estaba pasando. Era como si la mente del sueco se había ido a otra dimensión, mientras que físicamente estaba allí, frente a él. El chico de cabellos marrones se rascó la cabeza, tratando de pensar en qué le podría estar pasando. Pero simplemente no le venía nada.

—¿Todavía tienes fiebre? —Sin avisar, Tino posó su mano sobre la frente del de gafas, sólo para asegurarse —Pero sí estás bien.

—Te digo que no es nada —insistió Berwald, pues no quería que el muchacho se tomara tantas molestias.

En ese momento, el finés levantó la mirada para ver qué hora era. Hasta ese momento, había creído que todavía tenía tiempo para charlar con su compañero de cuarto. Sin embargo, se había confiado demasiado, pues en el instante en que se había fijado en el reloj, notó que no podía quedarse por más tiempo, si no quería llegar tarde. Así que tomó una última rebanada de tostada y aceleró el paso para irse de una vez.

—De verdad, ¿no te sucede nada? —reiteró el joven, que no podía evitar seguir pensando en el asunto.

—No, no es nada —repitió el sueco.

—Bueno, supongo que nos vemos luego. ¡Qué tengas un buen día! —Sonrió y luego se fue del apartamento.

Simplemente y aunque lo había conseguido hasta hacía unos momentos, el de ojos azules sólo podía recordar el encuentro que debía tener con cierto danés. Por un lado, se sentía un poco mal por tener que ocultárselo a Tino, pero por otro lado, no quería que entrara en ningún lío. Y una vez que terminase de conversar con Andersen, las cosas finalmente estarían en completa calma y tranquilidad. Era algo con lo cual debía lidiar y finalizar de una vez por todas.

Alrededor del mediodía, aquel hombre colgó su delantal. El danés, al contrario del sueco que no estaba particularmente entusiasmado con la idea, estaba que no daba más de felicidad. Aún no podía creer que éste se le había acercado, después de todo lo que había sucedido. Por supuesto, era oportunidad que no podía ser desaprovechada de ninguna manera.

Sin embargo, el noruego no opinaba lo mismo. De hecho, no podía comprender por qué Andersen estaba de ese humor. Tampoco entendía por qué quería hablar tanto con Berwald, pues éste había dejado bien en claro que no le agradaba demasiado. E incluso, le había reprendido por haber intentado hacer la liga a su hermano menor con el nuevo compañero de aquel.

—¿En serio vas a ir? —cuestionó aquel muchacho de ojos azules, mientras que acomodaba los panes recién horneados del danés.

—¿Por qué no debería ir? Quizás sea un buen comienzo, he estado esperando que se disculpara por lo que me hizo durante tanto tiempo —explicó el muchacho de despeinado cabello, a la vez que abrazaba al chico de rulo.

—Te echó del apartamento —éste apartó el brazo del danés.

—¡Oh vamos, Lukas! ¿Por qué otra razón podría ser? —cuestionó Andersen, quien volvió a darle un fuerte abrazo, esta vez sin darle la oportunidad al noruego de escapar.

—Quizás porque le regalaste tu número a ese chico —replicó, y un poco cansado de esa situación, le enzoquetó un codazo en el viente al alto hombre.

—Eso no era necesario —se quejó, a la par que sobaba su ahora adolorido abdomen —¡Y no debías enterarte de eso!

—Emil me lo dijo —contestó, sin dar más explicaciones.

—¿Ves? Es por eso que deberíamos conseguirle alguien, ¿no crees? —Estaba completamente seguro de que había hecho lo correcto, aún cuando hasta el mismo islandés le había dicho que le dejara en paz.

—Lo estoy escuchando todo desde aquí —dijo repentinamente el muchacho de cabellos plateados, quien se encontraba detrás del mostrador.

Éste declinó a seguir manteniendo aquella conversación, pues ya había perdido el rumbo y conocía lo suficientemente bien a Andersen, como para saber que no tenía sentido en insistirle nada. Éste tomó su chaqueta y se arregló la corbata, quería verse realmente bien.

—¡Nos vemos luego! No me extrañes demasiado —opinó el de cabello castaño claro, a la vez que guiñó para el noruego.

—No lo haré —respondió, sin quitar sus ojos azules de los estantes que estaba llenando.

Por otro lado, el sueco ya había salido del piso. Ahora iba marchando rumbo al bar inglés, donde habían acordado encontrarse la noche anterior. Mientras iba caminando, todavía se preguntaba cómo se había metido en aquel problema. Pero en fin, ahí estaba, avanzando hacia ese encuentro, para confrontar de una vez por todas a ese hombre.

Estaba realmente seguro de que la razón por la cual le guardaba rencor, no era precisamente por haberle expulsado del apartamento, si no más bien, por algo que había acontecido durante las primeras semanas.

Quizás sólo había pasado un par de semanas desde que se habían mudado juntos. Andersen estaba postrado en uno de los sofá, simplemente contemplando a Berwald, mientras que éste trabajaba renovando algún mueble. Por más que lo seguía observando, no comprendía. Casi desde el primer día, se había mostrado realmente amable con él.

En ocasiones, preparaba algo para ambos, sin siquiera preguntárselo. Por supuesto, le resultaba imposible negársele. Después de todo, hacía casi todo dentro del apartamento, sin quejarse o rechistar. No entendía por qué este hombre era tan considerado con él. Tenía qué haber alguna razón en particular para tratarle de esa manera, pues hasta escuchaba acerca de su día, sin molestarse. Por supuesto, en ningún momento, se le había cruzado en la cabeza que, tal vez y sólo tal vez, esa era su manera de ser.

Mientras seguía meditando acerca de ello, se le vino a la cabeza. ¿Cómo se había dado cuenta de eso antes? Era evidente que el sueco le estaba lanzando indirectas. El danés se sentó y empezó a reírse por su cuenta. Había estado enfrente de su nariz todo ese tiempo y no se había dado cuenta. Se sentía un reverendo estúpido, aunque quizás era culpa del rubio, por no decírselo en la cara.

Si bien, normalmente prefería salir con muchachos un poco más bajos que él, no veía nada de malo en intentarlo con alguien que le superaba en altura. Además, sí se ponía a pensar seriamente, el sueco era bastante atractivo. Definitivamente había estado ciego durante esas semanas, así que no quiso perder más tiempo. Después de todo, estaban completamente solos, no había nada que perder.

Oye Berwald, ya lo sé todo. Así que no deberías preocuparte por eso —dijo de la nada el hombre, a la vez que sentaba al lado del sueco.

¿Acerca de qué? —cuestionó, no sabía a qué se estaba refiriendo el danés.

Oh, vamos. No es necesario que seas tímido al respecto. Sé que te gusto y tú eres bastante guapo así que...

No entiendo —respondió un confundido rubio.

¡Deja de fingir! —exclamó Andersen, quien apoyó su mano sobre el hombro del de gafas —.Sé que tienes sentimientos por mí, ¿no es así? Entonces, creo que deberíamos salir a alguna cita o algo por el estilo —explicó muy confiado, sin realmente medir lo que estaba diciendo.

Berwald seguía sin entender de dónde había sacado esas alocadas conclusiones. En ningún momento se había fijado en su compañero de piso, quizás sólo una amistad, pero nada más. Se levantó del sofá, se rascó la cabeza y trató de oler el ambiente, en busca de alcohol o algo por el estilo, ya que no encontraba otra explicación para ese exabrupto del danés.

No me gustas —aclaró el sueco, antes de que todo saliera de control, aunque tal vez era algo tarde para eso.

No lo niegues. Entonces, explícame por qué siempre haces todo y no me dices nada al respecto —indagó, se negaba a creer que estaba equivocado.

Porque no me gusta el desorden —explicó con simpleza.

No te lo creo, —éste realmente estaba convencido de su idea —, creo que tienes vergüenza y punto.

No lo hagas. Pero no me gustas y sería una pésima idea —contestó y se retiró de la sala, pues no le parecía que fuera algo para discutir por mucho rato.

El danés se quedó mirando con enojo al rubio, nadie le había dicho que no en su vida hasta en ese momento. Por primera vez, sentía ese sentimiento de rechazo, el cual no le resultaba para nada agradable. Sin embargo, pensaba salir de la situación con la frente en alto.

¡Sólo estaba bromeando! ¿De verdad crees que saldría con alguien como tú? —replicó, burlándose —. Sólo te estaba probando, de todas maneras.

En un abrir y cerrar de ojos, ya sólo estaba a unos pocos metros de distancia de aquel bar. Por unos instantes, se quedó allí parado, sólo para recordar las numerosas ocasiones que había tenido que ir allí, debido a que su anterior compañero solía meterse en bastantes problemas y peleas. Aún no podía creer, eran incontables las madrugadas que había tenido que salir, para ir a buscar a éste, luego de haber sido echado por alguna razón.

Y aunque ahora también se dirigía al mismo lugar, para encontrarse con la misma persona, al menos le aliviaba saber que esta vez se reunirían bajo su propia responsabilidad.

Al ingresar al local, optó sentarse por un lugar cerca de la esquina, pues consideró lo ruidoso y llamativo que podía ser el danés cuando se lo proponía y la verdad era que no tenía mucho interés en ser el centro de atención. Después de todo, esto se estaba realizando sin el conocimiento del finlandés y no quería que éste lo supiera a través de algún incidente o alguna situación bastante particular.

Mientras aguardaba por la llegada de Andersen, el sueco simplemente pidió un vaso de agua. Aunque quizás necesitaría de algo con contenido de alcohol para poder sobrevivir a ese encuentro. Para poder distraerse, comenzó a observar al resto de los clientes. Si bien apenas era pasado el mediodía, ese lugar ya tenía un considerable número de gente.

Repentinamente, la puerta se abrió bruscamente, haciendo que todos, con excepción del rubio, miraran hacia la entrada para tratar de ver de quién se trataba. Por supuesto, no podía ser nada más y nada menos que de aquel despeinado muchacho, que obviamente no podía hacer su ingreso al local de otra manera. Caminaba de manera altiva y soberbia, sin fijarse en nadie en particular.

—Dos cervezas calientes de la mejor que tengas —ordenó y se dirigió directamente hacia donde Berwald ya lo estaba esperando pacientemente.

El hombre se sentó, no enfrente del sueco, sino bien a su lado, con esa encantadora y brillante sonrisa que tanto le caracterizaba. Todavía no podía creer que había sido la idea de éste el reunirse en un lugar así. Hasta dudaba de que fuera real, así que decidió comprobar por él mismo que de verdad se trataba de la misma persona que lo había expulsado del piso que habían rentado juntos.

Hundió su dedo índice en uno de los cachetes del rubio, una y otra vez. Lo continuó haciendo, pues le parecía hasta simpático el hecho de que el otro no reaccionara. Por supuesto, la paciencia de éste se terminó y cuando el danés lo iba a repetir, lo tomó de la muñeca para que parara.

—Sólo detente —le pidió, ya estaba bastante incómodo por la cercanía del danés, como para tener que soportar ese molesto toque.

—¡Oh, vamos! Es sólo una broma. Deberías tomar la vida con un poco más de humor, ¿sabes? —sugirió Andersen, al notar que sueco continuaba siendo tan serio como siempre.

En ese instante, el dueño de aquella taberna, se acercó con lo que había pedido con anterioridad el muchacho de cabellos castaños. Dejó los dos vasos con la mencionada bebida, dejando desconcertado al sueco, pues en ningún momento había pedido aquello.

—Sólo tómalo, no te va a ser nada mal si bebes un poco de cerveza. Incluso te relajaría un poco —aconsejó, mientras probaba un sorbo.

—Supongo —añadió, quizás no era una mala idea.


Decidí darle un pequeño descanso al pobre Finlandia y enfocarme un poco más en Su.

Sé que quizás he dado a entender que lo que ocurrió entre Su y Din era más grave, pero la verdad es que no quiero incluir mucho drama.

Quiero agradecer los comentarios de: Merlina-Vulturi, Rina.Y, mikaelaamaarhcp, kikyoyami8, Eirin Stiva, Thalitez , Lunara Kaiba y Hitomi Unii-chan.

¡Moi, moi~!