Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs

Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.

Este capi va dedicado a las TAMIS! :3 y para Gen que volvió a ser mi secretaria sexy te extrañe (se pone a llorar )jajajaj las quiero chicas, aun no llegamos a sus capítulos dedicados ;)

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo ocho

El domingo por la mañana Emma se levantó temprano y ya antes de las nueve esperaba la llegada de Regina. Se escudaría en la música durante la hora que faltaba, de lo contrario la asaltaría la aprensión sobre la ropa que había elegido y acabaría buscando alternativas, frenéticamente, en su armario. Debía encontrar música a la vez soñadora y quijotesca, para encajar con su estado de ánimo, y Enya le pareció adecuada. Mientras la mecían las suaves armonías célticas, pensó en el sorprendente cambio que había experimentado su vida en los últimos días. En parte se debía a que por fin, a su modo de ver, sentía los síntomas del «enamoramiento» y a que todo ocurría con gran rapidez, pero también al hecho de que se tratase de una mujer. Le parecía que el último elemento lo había abordado bien de momento, pero la experiencia de enamorarse era nueva.

No insultaría sus relaciones anteriores diciendo que nunca había sentido la torpe incomodidad de conocer a alguien con quien la química parecía cuajar, pero desde luego no había sido con aquella intensidad ni con una persona a la que conocía tan poco. Sin embargo reconocía, una vez que se había reconciliado con el hecho de estar enamorada de otra mujer, que apenas daba crédito a la emoción que suscitaban en ella las pasiones. Era la extraña mezcla de la lucha entre la fragilidad adolescente y la responsabilidad adulta en medio de la supremacía de sus facultades.

Emma miraba por la ventana del segundo piso cuando un Land Cruiser blanco frenó junto a la acera, delante de la casa. Mientras pensaba si sería ella (no se le había ocurrido preguntar qué coche tenía), la puerta del conductor se abrió y salió Regina. La ausencia había hecho que su corazón se enterneciese, supuso Emma, pues la belleza de Regina era tal que casi se tambaleó al verla. Mientras tanto, Regina se había detenido para comprobar un papel que tenía en la mano, y luego se dirigió airosamente a la entrada, por debajo de donde estaba Emma. Cuando el sonido del timbre quebró el silencio del apartamento, Emma ya había cogido el abrigo y las flores y estaba en la puerta.

—¡Hola, Regina! —saludó con entusiasmo—. Estaba deseando verte. —Se preguntó cómo conseguía parecer tan juvenil. A Regina, por su parte, parecía divertirla y complacerla su efervescencia.

En desagravio, Emma le ofreció tímidamente los claveles—: Son para ti. ¿Has tenido problemas para localizarme?

—En absoluto, y gracias, eres muy amable. Quedarán preciosos en mi salón —dijo con una resonancia de voz que Emma había intentado reproducir mentalmente sin éxito. «Si no estuviera loca por tu aspecto —pensó Emma—, me moriría por tu voz.»

—¿Quieres entrar a tomar algo antes de que nos vayamos? —preguntó Emma por educación.

—Muy amable, pero si no te importa sería mejor que volviésemos pronto a mi casa... Me gustaría estar allí cuando se produzca la llamada.

—Por mí no hay problema —declaró Emma, alegrándose de que fueran directamente a casa de Regina.

En el Land Cruiser, tras maravillarse ante todos los artilugios que contenía para garantizar una cómoda conducción por el paraíso, Emma bromeó:

—Creí que tendrías un coche deportivo, acorde con tu profesión.

—Puedes reírte, jovencita, pues muchos colegas míos tienen Porsches, Jaguars y coches por el estilo; pero he visto que gran parte de los trabajos que debo hacer están en lugares tan inaccesibles que un coche deportivo sería un incordio. Mientras que mi sólido Toyota me ha llevado al fin del mundo y me ha traído de vuelta, comodísima y sin la menor queja. Aparte de eso, no me gustan mucho los deportivos —añadió.

Normalmente Emma habría considerado condescendiente a alguien que la llamase «jovencita», como había hecho Regina un par de veces, pero lo curioso era que no la molestaba. En cierto modo, le proporcionaba la excusa para mostrarse traviesa y pícara.

Mientras Regina hablaba, Emma había aprovechado para deslizarse en su asiento y examinarla subrepticiamente.

Llevaba el pelo suelto, aunque lo había retirado de la cara. El sol brillaba en sus negros mechones, y Emma apenas podía contener el deseo de extender la mano y acariciarlos. Quería oler sus cabellos, porque parecían tan limpios como bañados en limones y cítricos. Quería saborearlos, rozar con los labios y la lengua los apretados mechones.

—¿Estás buscando granos en mi cara o se me ha corrido el carmín? — preguntó Regina con una sonrisa irónica, deshaciendo el ensueño de Emma.

—Me costaría trabajo encontrar granos en tu cara —respondió Emma —, es casi perfecta. ¡No creo que hayas experimentado la maldición de las espinillas como las chicas corrientes de mi estilo!

—¡Ah! Ahí se ve que eres muy joven —repuso Regina—. Aunque no las he tenido en la cara, sí las he sufrido en la espalda. Por eso los vestidos de escote pronunciado por detrás no me sientan bien. Además, ¿qué extrañas ideas tienes sobre que eres una chica corriente?

Nada de eso. Personalmente, creo que eres la chica más atractiva que he conocido. ¡Aunque lamento que lleves esa trenca! —Finalizó con una risa tan contagiosa que Emma casi no se ruborizó al oír el cumplido.

—¿Te importa que te pregunte cuántos años tienes? —inquirió Emma, utilizando su picardía—. Empiezo yo para demostrar mi buena fe: tengo veinticuatro años.

—¡Hum! Los veinticuatro son deliciosos, tanta inocencia para corromper... —comentó—. Yo tengo veintisiete y voy a cumplir veintiocho.

Seguramente soy una anciana ante tus «tiernos» ojos. Ahora me toca a mí ser impertinente. A ver... ¿Esta doncella de cabellos rubios y ojos verdes no tiene un montón de hombres que le hacen la corte? —Dio la impresión de que su voz se tensaba de forma casi imperceptible al preguntar, como si temiera hacerlo, pero no pudiera evitarlo. Emma comprendió entonces que Regina estaba desesperada, porque también ella sentía la necesidad de hacer la misma pregunta y la aterrorizaba la respuesta.

—Bueno —dijo Emma tras una breve pausa para ordenar sus pensamientos—, veintisiete, casi veintiocho, están muy bien... una influencia estabilizadora para una chica potencialmente díscola como yo. En cuanto a novios, esta princesa sigue hechizada, esperando el beso que le abrirá los ojos ante el ser amado.

Emma casi pudo palpar el alivio de Regina, que se volvió para mirarla a los ojos mientras respondía en susurros:

—Espero que sea el cuento de hadas en el que todo termina felizmente.

—¿Y tú? —preguntó a su vez Emma —. Con ese aspecto para morirse que tienes y ese aire de incomparable sofisticación, seguro que muchos arquitectos han diseñado palacios de placer para ti. —El corazón empezó a latir con fuerza contra su pecho.

«Contéstame rápido, mi amor, antes de que reviente.»

—¿Quién, esta doncella de hielo? No tengo tiempo para pasatiempos tan frívolos cuando me estoy esforzando por ser la mejor. No digo que no haya habido acercamientos, pero mi trabajo se ha interpuesto enseguida, y hasta el momento no he querido evitarlo. Soy la doncella de hielo que se mira, pero no se toca. —Lo dijo con un matiz de tristeza que Emma captó inmediatamente.

—¿Te molesta el calificativo o el hecho de no haber encontrado a la persona adecuada? —Su corazón se hacía eco de su preocupación.

—Ninguna de las dos cosas... Es algo de lo que te hablaré después, pero no ahora —respondió con cierto distanciamiento. Aquello no aplacó los temores ni la angustia de Emma, pero comprendió que no debía insistir.

Regina debió de leer sus pensamientos, pues añadió con una reconfortante sonrisa—: Actualmente no hay amor en mi vida.