Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs

Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.

Este capi va dedicado a las TAMIS! :3 y para Gen que volvió a ser mi secretaria sexy te extrañe (extrañe tus mensajes exigiendo un capi nuevo )jajajaj las quiero chicas, aun no llegamos a sus capítulos dedicados ;)

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo nueve

Emma se quedó boquiabierta de asombro al ver la casa de Regina.

—¿Qué diablos es esto? —preguntó contemplando la torre que tenía delante.

Tenía el aspecto de un faro de ladrillo rojo, pero estaba en una colina, rodeada de árboles. Regina disfrutó con la expresión desconcertada de Emma. No invitaba a mucha gente a su casa.

—Era un depósito de agua construido por prisioneros de guerra en 1903. Se utilizó hasta principios de los años noventa, y luego estuvo abandonado durante unos años. Mi padre se enteró de su existencia e hizo una oferta. Le costó trabajo conseguirlo por el papeleo, pero al final lo compró.

—¿Tus padres viven aquí? — preguntó Emma, decepcionada al pensar que tendría que compartir a Regina cuando había pensado que sería para ella sola.

—¡Dios santo, no! Somos una familia demasiado efusiva para vivir cómodamente juntos. Mi padre utilizaba el lugar cuando venía a Inglaterra por negocios. Supongo que traía aquí a sus amantes, puesto que mi madre nunca visitó el lugar. Prefería quedarse en Irlanda. Mi padre también es arquitecto y en la época en la que él se retiró me ofrecieron un trabajo aquí.

Probablemente por orden de mi madre, me dio la torre, lo cual resultaba muy conveniente para mi trabajo y sin duda a ella le permitía mantenerlo bajo control. Ven, te la voy a enseñar por dentro; no se me presenta a menudo la oportunidad de presumir.

Emma se sorprendió al ver la torre por fuera, pero el interior la dejó completamente estupefacta. Los pisos, aunque no eran muy grandes, se habían decorado procurando aprovechar al máximo el espacio. Muchos de los muebles de las paredes estaban hechos a medida para adaptarse a las curvas de la torre, lo cual le recordó a Emma los libros ilustrados de su niñez. Se notaba especialmente en la cocina; casi se imaginaba a la señora Bigarilla cocinando en su casita dentro de la seta venenosa. El dormitorio se encontraba en la parte alta de la torre, antes de llegar al punto en el que había estado inicialmente el tanque de agua.

Emma estaba deseando ver aquella habitación porque era el espacio privado de Regina, donde partes íntimas de ella estaban dobladas en los cajones, metidas bajo las almohadas, colgadas en los profundos armarios. Sus ojos recorrieron la apacible habitación pintada en tonos azules con matices dorados y catalogó mentalmente diversos objetos: las revistas de decoración sobre la mesilla, el perfume Blonde de Versace sobre el tocador, el cepillo de pelo dorado con mechones de marrones entre las púas. Sabía que lo reviviría todo más tarde, cuando la noche la invitase al sueño.

La última habitación era un salón. El tanque de agua había sido sustituido por un enorme espacio rodeado de ventanas que dominaba una vista absolutamente impresionante del campo circundante.

Había una estrecha galería fuera para los días más cálidos, pues muchas de las ventanas de cristal eran en realidad puertas que se deslizaban silenciosamente, produciendo la sensación de apertura de una casita de árbol y permitiendo el paso de la refrescante brisa. Aquel día estaban bien cerradas y el calor del sol rebotaba en la madera pulida del suelo, con lo cual el lugar parecía un museo moderno.

Regina se quedó a un lado, observando la estupefacción de Emma con una sonrisa complacida en la comisura de los labios.

—Eres de las pocas personas que han visto mi casa —dijo con aire curiosamente tímido—. Soy muy posesiva a la hora de compartir cosas, por eso sólo gente especial visita este lugar.

—Entonces soy muy afortunada, puesto que hace muy poco que nos conocemos —comentó Emma absorbiendo los paisajes del ondulante Hertfordshire—. ¿Con quién comparto el honor? —En cuanto hizo la pregunta, lo lamentó; no cabía duda de que había dejado al descubierto los celos que sentía.

—Veamos —bromeó Regina fingiendo estar sumida en profundos pensamientos—. Está el equipo local de rugby, todos los colegas guapos de mi oficina, varias docenas de autobuses que pasaban por aquí y, naturalmente, la compañía teatral de aficionados. ¿Es todo o me he olvidado al equipo femenino de baloncesto de Australia? — Reparó en la expresión nerviosa que Emma no logró ocultar y cambió de tono—: En realidad, convencí a mi madre para que visitara la casa, una tía a la que quería mucho y que ya murió, mi tutora del trabajo que se encerró conmigo un fin de semana para hacer un proyecto de reconversión y, por último, un policía.

—¿Un policía? —se interesó Emma. Nunca se hubiera imaginado a un visitante así.

—Sí. Vamos a comer algo y te lo contaré. Es una parte desafortunada del paquete que me acompaña, así que, si vas a ser mi amiga, debo explicarte en dónde te metes.

Sonaba a misterio. Emma siguió a Regina hasta la cocina pensando que pronto lo sabría todo.

—He preparado una selección de quesos con pan francés y paté de garbanzos. ¿Te parece bien? Si no te gusta el queso, puedo hacer una ensalada.

—El queso es perfecto. Soy vegetariana, pero por suerte en la mayoría de los quesos ya no se utiliza cuajo animal, lo cual me hace la vida mucho más fácil.

—¿Cuánto tiempo hace que eres vegetariana? —preguntó Regina mientras colocaba la parafernalia de la comida en un moderno montaplatos que la llevó al salón del piso de arriba.

Seleccionó un vino y arqueó una ceja ante Emma—. Las copas están en la alacena, detrás de ti.

—Unos seis años —respondió Emma siguiendo a la despampanante figura de Regina escaleras arriba.

Se sentaron frente a frente ante una mesa de comedor redonda de madera de fresno, hablando de intrascendencias a modo de entrantes antes de la explicación que Regina había prometido.

—Vamos con el motivo de la visita del policía —anunció Regina, e hizo una pausa para buscar el mejor punto de inicio de su relato—. Cuando iba a la Universidad, en Manchester, había un hombre en mi curso que se llamaba Robin De Locksley. Era lo que muchas mujeres considerarían un hombre guapo y él lo sabía. Sin embargo, puso sus ojos en mí, lo cual fue mala suerte porque no me atraía y lo consideraba muy bruto y arrogante. —Bebió un sorbo de vino, y Emma no pudo apartar la vista del matiz rojo oscuro del vino sobre la boca más clara de Regina, que se apresuró a lamer con la punta de la lengua el rastro del pinot en su labio inferior antes de continuar.

—Como muchas personas arrogantes, no aceptaba el rechazo. Lo vio como un reto y me bombardeaba día y noche con visitas, invitaciones y extraños regalos.

Seguí rechazando las invitaciones y devolviendo los regalos. Esperaba que acabase por cansarse y renunciase, pero no lo hizo, sino que se volvió más desagradable. Si yo iba a una fiesta en la que casualmente también estaba él, no dejaba de acariciar a su novia mientras me miraba directamente, como si quisiera decir: esto podría ser tuyo. Así que dejé de asistir a fiestas. Luego, vinieron los mensajes en el tablón de anuncios de la Facultad que no se podía demostrar que eran suyos... ya sabes, masaje especial con el número de mi habitación debajo e insinuaciones sexuales de este tipo. Después, divulgó cuidadosamente rumores sobre mi padre y sus amantes, que eran ciertos, sobre que me habían expulsado de una escuela privada por consumir drogas, lo cual era mentira, y cosas así. —Paró en ese punto y se limpió los ojos con un pañuelo de papel. Estaba cabizbaja, mirando sin ver los restos de su comida apenas tocada. Emma no se atrevía a moverse por miedo a deshacer el hechizo, pero deseaba abrazar a Regina.

Le parecía que se trataba de un acto de expiación, que Regina no solía contar aquella historia y que necesitaba acabarla. Regina tenía la gentileza de contarle a Emma lo peor y dejar que se fuera si la asustaban los elementos más oscuros de la amistad; pero una cláusula secreta lo hacía imposible.

Regina continuó, esbozando una imagen cada vez más negra y descontrolada de Robin De Locksley. La seguía por los claustros en penumbra en las oscuras noches de invierno y arrojaba piedras a la ventana de su estudio mientras estudiaba. A continuación, hubo llamadas de teléfono en las que nadie hablaba, misteriosos golpes en la puerta y notas escritas a máquina de matiz pornográfico. Regina se derrumbó bajo la presión.

—Mi trabajo se resentía y yo también —se lamentó, como si volviera a experimentar su dañina pesadez—. Me quejé a las autoridades académicas, que fueron comprensivas pero que no podían hacer nada a menos que lo sorprendiesen in fraganti.

Fue una suerte que ocurriese tal cosa: cuando él deslizó una de sus rencorosas notas bajo la puerta una noche, la chica de la puerta de al lado lo vio al volver de una fiesta y denunció el incidente.

Rápidamente le dijeron que abandonase la universidad y que no volviese nunca, a menos que quisiera que las acusaciones se agravasen. Ese respiro en los temores diarios de Regina significó que, durante largo tiempo, pudo concentrarse en su trabajo, lo cual se reflejó en las notas de los exámenes finales y en la subsiguiente oferta de un puesto muy bueno en su actual empresa.

—Durante un tiempo todo pareció ir por el buen camino, aunque debo reconocer que nunca me sentí completamente tranquila. Imaginaba que lo encontraba en un montón de sitios, dándome incontrolables sustos. Sin embargo, a lo largo de casi un año todo fue bien y yo me encontraba en un punto en el que ya no aparecía en mis pesadillas. Estaba recuperando la confianza en mí misma. —Se calló y bebió otro apresurado sorbo de vino, como si quisiera escapar de la continuación de aquella dolorosa extracción.

—Un día estaba en el centro de Londres; acababa de reunirme con un cliente en el exterior del Centro Suizo, cuando levanté la vista y lo vi. Intentó esconderse entre la multitud, pero yo sabía que se trataba de él. —Debilitada por las náuseas, fue hasta casa por la ruta más tortuosa que se le ocurrió.

Nunca lo había visto cerca de su casa y rezó para que sólo hubiese localizado la empresa y para que la torre siguiera siendo su santuario. Llena de miedo y atenazada por los nervios, aquella noche fue incapaz de dormir y se dedicó a mirar por las ventanas para cerciorarse de que no estaba fuera, esperando. Al día siguiente les dijo a su secretaria y a sus colegas que un antiguo y horrible novio estaba intentando establecer contacto con ella y que bajo ningún concepto debían darle su dirección. Era política de la empresa no hacerlo, y sabía que muchos ni siquiera conocían su dirección, pero valía la pena asegurarse.

»Durante mucho tiempo sufrí en silencio en la universidad antes de decir nada —continuó—, y fue inútil. En esa ocasión decidí actuar directamente, y así, fingiendo que tenía una cita con un cliente, fui a Scotland Yard y pregunté en recepción si había un departamento que se encargase de los casos de acoso. La recepcionista me aconsejó que me dirigiera a mi comisaría de policía, pero debió de apiadarse cuando percibió mi evidente disgusto y buscó a alguien con quien pudiera hablar. —En un primer momento, a Regina la decepcionó que se tratara de un hombre; suponía que una mujer sería más comprensiva y entendería mejor el horror de la situación. Pero sus prejuicios desaparecieron cuando el policía la informó de que hacía años que se encargaba de casos de acoso y que esperaba sinceramente poder ayudarla.

»Naturalmente, conocer el nombre de De Locksley resultó muy útil; el policía me aconsejó que contratase a un abogado y consiguiese una orden judicial para que De Locksley no pudiera acercarse a mí. Fue de gran ayuda y consuelo; me dio su tarjeta y el número de su móvil para que lo llamase en cualquier momento si veía a De Locksley Me aseguró que intentaría localizar su paradero para hacerle una advertencia. Eso ocurrió hace algunos años y me alegra decir que no lo he visto desde entonces. Sin embargo, he recibido llamadas en el trabajo desde cabinas telefónicas en las que no hablaba nadie y alguna que otra carta desagradable en la oficina, pero con el tiempo he aprendido a ignorarlas. Es el miedo sobrecogedor a que aparezca por aquí lo que ha alimentado mis peores pesadillas. —Al fin miró a Emma, con los ojos nublados por las lágrimas que se le habían escapado, a pesar de sus esfuerzos por reprimirlas.

»El policía vino a casa para indicarme medidas de seguridad y recoger un par de cartas como prueba. Incluso ahora me llama de vez en cuando para comprobar si estoy bien, así que no permitiré que nadie diga nada de nuestra fuerza policial —afirmó con una sonrisa tensa—. He desnudado mi alma en tus generosos hombros. ¿Vas a huir de tu nueva amiga, Emma? —Sus ojos se posaron sobre Emma, implorando:

«No te asustes; di que te quedarás».

A Emma la espantó la triste historia que tanto daño había hecho a la mujer que quería. No comprendía cómo alguien se empeñaba en aterrorizar a una criatura tan encantadora.

—¡Oh, Regina! —exclamó, con la boca seca por el vino y el tormento de la historia—. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar que iba a huir de ti? Además, recuerdo que prometiste corromper mi inocencia y quiero que mantengas tu promesa. —Regina apretó la mano de Emma entre las suyas y acarició con sus largos dedos de arquitecto los delicados dedos de pianista de Emma; luego, los retiró y los posó en su regazo.

—Hace un bonito día, Regina. Salgamos a dar un paseo —sugirió Emma con los dedos ardiendo.