Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo 18
Pasaron varios días desde ese incidente y el sueco sólo quería dejarlo atrás. Pero, por más que se proponía en tratar de concentrarse en cualquier otro asunto, las palabras de Andersen continuaban resonando en su cabeza. Además, tenía que disimular su molestia por aquello, ya que todavía no sabía cómo decírselo a su compañero de habitación. Hacía su mejor esfuerzo para seguir con su vida, pretendiendo como si nada hubiese pasado nada.
No obstante, , para Tino era bastante evidente que había algo que le estaba sucediendo. Ese sábado salió de su trabajo, y aunque en todo momento había estado enfocado en hacer su mejor esfuerzo durante la jornada, a veces se quedaba pensando en lo que podría haber pasado para que cambiara de esa manera. Durante los primeros días, le había dado la impresión de que era alguien muy centrado y serio, pero ahora parecía que estaba algo distraído.
No solamente aún estaba en shock por haberlo encontrado con tan poca ropa, recostado sobre el sofá, sino que también por una serie de situaciones que se habían dado. Desde ese día, había querido preguntarle qué era lo que le estaba molestando, pero pensó que quizás había algo que no quería decírselo y aunque había optado por aguardar hasta que quisiera hacerlo, había momentos en los cuales realmente necesitaba una respuesta. El rubio estaba recorriendo la calle, volviendo a su apartamento, cuando comenzó a rememorar.
En una de esas ocasiones, el rubio de ojos marrones había regresado al piso tras un agotador día de trabajo. Lo primero que notó, luego de poner un pie sobre el apartamento, era el ruido que estaba haciendo el de ojos azules. Parecía que estaba muy enojado por la forma en que estaba golpeando con su martillo, a pesar de que su expresión era la misma de siempre. Éste estaba tan absorto en sus pensamientos, que no se había dado cuenta de la llegada del mucho o que de hecho, al clavar tan profundamente estaba arruinando su trabajo.
Lo único que tenía en su mente, en ese preciso instante, era en la estupidez que había mencionado su ex compañero. No era posible de ninguna manera que pudiese tener algún sentimiento por el otro nórdico, sólo era mera preocupación ya que éste era relativamente nuevo a la vida en la ciudad. Tenía y debía estar completamente loco como para haberle dicho eso.
A pesar de tener dudas, Tino se dirigió al otro. Lo saludó varias veces, pero el sueco no lo escuchaba. Al principio, creyó que sería una buena idea dejarlo trabajando, pero por otro lado, estaba algo preocupado de que estuviera haciendo eso durante todo el día, así que quizás debería descansar. El muchacho se sentó a su lado, y aunque el ruido que hacía era algo molesto, sabía que era lo que debía hacer.
—Berwald, creo que deberías dejarlo por hoy. Trabajas demasiado —explicó el muchacho, aunque su compañero estaba realmente compenetrado con lo que realizaba.
—No tienes razón... —dijo de repente, sin percatarse de la cercanía del finlandés.
—¿Eh? ¿A qué te refieres? —Estaba realmente confundido, pero de todas formas, posó su mano sobre el hombro del otro para tratar de detenerlo.
En ese preciso instante, soltó su herramienta y miró a su lado, sólo para ver que finés había estado por un tiempo sentado allí. El hombre se ruborizó ligeramente, ya que se suponía que Tino no tenía que haber escuchado eso. Se frotó la frente y se recostó por un segundo contra el sofá, exhausto por el día, sobre todo por culpa de no poder sacar esas ideas de su cabeza.
—¿De verdad te encuentras bien? Luces tenso —opinó el de ojos marrones, que intentaba darle alguna explicación para que el sueco estuviese así.
—Sí, sólo... —Pero estaba tan cansado que ni siquiera tenía las energías para terminar la frase.
—¿Por qué no te vas a dar un baño y yo te preparo alguna buena taza de chocolatada? Quizás te sientas mejor eso —sugirió Tino.
—Pero tú acabas de llegar...
—Creo que luces algo peor que yo —respondió, sólo para señalar que la camisa del de ojos azules estaba pegada a su piel por el sudor.
—Gracias —En momentos como esos, agradecía haber conseguido a alguien como el finlandés como su compañero.
—No es nada, sólo deberías pedírmelo —contestó con una sonrisa.
Mientras caminaba, vio un pequeño banco así que optó por sentarse un rato. No estaba muy apurado en regresar y en ese momento, le vino a su cabeza lo que habían hecho el día de ayer. Aunque se había dado el susto de vida, también podría decir que se había divertido.
En otra oportunidad, luego de volver de la larga jornada que había tenido, Tino se encontró algo completamente distinto. No había nadie en todo el apartamento, aunque sí un fuerte olor a pintura. Sólo no esperaba no volver a ver de esa misma manera al sueco, ya que era bastante similar a lo que había sucedido aquella vez. Había un gran silencio, así que caminó con gran cuidado ya que sabía que ésa era una forma en la que los asesinos aguardaban por sus víctimas.
Repentinamente, sintió que había pateado algo. Cuando se animó a mirar de qué se podía tratar, notó cómo cierto líquido rojo se esparcía por todo el piso. Estaba paralizado al ver ese panorama, todo lucía tan sospechoso que no sabía cómo reaccionar. Decidió, entonces, darse la vuelta lentamente para que nadie lo escuchase, pero en ese preciso instante, una enorme mano tocó su hombro.
—¡Kya! —gritó con tal fuerza, que pudo ser oído por el resto del edificio.
—Soy yo —explicó de inmediato Berwald, al ver cómo el finés temblaba.
—¡Qué susto me has dado! Pero, ¿qué es esta cosa roja? —preguntó, luego de que finalmente pudo tranquilizarse.
—Pintura —Luego, le indicó la mesa de luz con la cual estaba trabajando.
—Eso quiere decir... —Miró hacia abajo, se había dado cuenta que había pateado la lata y ahora estaba esparcida por todo el suelo —¡Lo siento! Iré a traer un paño para poder limpiarlo.
Luego de cambiarse a lo loco, Tino apareció sólo en calzoncillos para no tener que ensuciar su ropa con toda la pintura. Si bien al principio el rubio de ojos azules no le dio importancia, al volver a mirar de reojo a su compañero, estaba un poco sorprendido. Por supuesto, era una grata pero inesperada sorpresa. Definitivamente no ayudaba a tratar de quitarle la razón a Andersen, e incluso le daban más fuerza que antes.
—¿Por qué viste de esa manera? —Aunque no era una vista de la cual podía quejarse demasiado.
—Es que como dejé toda mi ropa fea en casa y no tengo otra cosa para ponerme, pensé que... —El muchacho estaba un poco avergonzado, pues hasta que el otro le había cuestionado, no se le había pasado por la cabeza cómo lucía —Pero si te incomoda, iré a ponerme algo encima —afirmó, creyendo que el sueco se había ofendido por alguna razón.
—No es necesario —contestó, mientras pasaba la brocha por la madera.
—¿Eh? De verdad, si no te gusta, no te preocupes. Después de todo, seguro que has de estar esperando a alguien...
—No me molesta. Estamos tú y yo, nadie más —reiteró, escondiendo detrás de esa pobre excusa el hecho de que ciertamente le refrescaba la vista, fuera lo que fuera que tuviera puesto.
—¡Qué suerte! —exclamó y enseguida comenzó a limpiar el desastre que accidentalmente había provocado.
De vez en cuando, Berwald descansaba del arduo trabajo y simplemente se quedaba contemplando al finlandés, que estaba realmente determinado a sacar hasta la última mancha del piso. Se sentía bastante torpe por lo que había hecho, así que quería demostrarle al de ojos azules que también podía ser igual de útil.
Pero, luego de estar fregando durante unos diez minutos de seguido, decidió tomarse un respiro. El sudor caía de su frente, y como algunas gotas le caían a los ojos, entonces trató de agarrar un paño que no estuviese lleno de pintura para limpiarse. Se paró momentáneamente para ver si había sido capaz de avanzar algo. No obstante, todavía le quedaba un largo trecho, por lo que no perdió más tiempo y regresó a su tarea.
Nuevamente, el hombre de lentes pintaba con dedicación, pero le resultaba difícil hacerlo por largo tiempo, más que nada, porque el de ojos marrones estaba demasiado cerca. Éste, por mera curiosidad, quiso ver cómo le estaba yendo al otro nórdico, ya que también le faltaba casi la mitad de la mesa. Además, que luego, debía pasarle una capa de barniz, para quedara espléndida. No obstante, en el momento que giró, Berwald lo estaba mirando con esos profundos ojos azules.
—¡¿Qué... ocurre? —cuestionó, con un poco de temor. A pesar de estar acostumbrado al otro, aún le parecía un incómodo estar tan próximo a Berwald.
—Es que... —Se había descuidado y ahora, no tenía una excusa válida con la cual replicar. Debía pensar en algo, rápidamente para que el finés no se diera cuenta.
—¿Tengo algo en la cara? Es que me miras con esa intensidad...
¡Eso era! El sueco no dudó y tomó el paño que tenía cerca. En su interior, estaba bastante aliviado. Aún debía lidiar con lo que realmente le estaba sucediendo con el rubio de ojos marrones, así que no podía permitir que el otro se diera cuenta de lo que le estaba ocurriendo. Al menos, hasta que pudiese aclarar su mente.
—Espera —indicó el hombre y frotó el trapo con delicadeza por la punta de la nariz y los cachetes de Tino, quien de alguna manera había logrado llenarse de pintura roja, aún sin tener que hacer demasiado.
Quizás le asustó un poco la rapidez con la cual Berwald se acercó a él, sin siquiera decirle qué era lo que había visto en su rostro, el ver el paño quizás le trajo algo de calma, ya que estaba esperando cualquier cosa de su callado compañero. Sin embargo, lo que más le impresionó, fue que, con esas mismas manos con las cuales hacía y deshacía lo que quería sobre madera, con esas mismas manos con las cuales sostenía el martillo y el clavo con mucha seguridad, fueran esas que frotaban con mucha suavidad y delicadeza su cara. Hasta incluso le había causado algo de gracia.
—Supongo que gracias. Vaya, sí que no me doy cuenta de las cosas, aunque no me explico cómo eso llegó a mi cara —De lo que no se había dado cuenta, era que con el paño estaba tratando de limpiar el derrame de pintura, se había secado el sudor hacia un par de minutos atrás.
—No es nada —respondió, y tras sacar el último resto con su dedo pulgar, continuó con su trabajo.
Ese sábado había sido bastante movido, pero no por ello había dejado de recordar todo lo que había estado pasando durante esa semana. Al menos, el día de mañana sería su día libre, así que podría descansar de todo el trabajo que había tenido. Además, estaba contento de haber recibido una bonificación de parte del lituano, ya que aparentemente había logrado atraer un poco más de clientes a la tienda.
Fue en ese preciso momento, en el que se le vino una idea. A pesar de que el sueco aún no quería o deseaba comentarle acerca de lo que estaba atravesando por su cabeza, quizás todo lo que necesitaba era un día entero de diversión. Quizás sólo se trataba de estrés acumulado y no otra cosa. Después de todo, durante su breve estancia, ya le había hecho pasar por innumerables problemas, y no le culpaba de estar tan cansado.
Además, deseaba conocer un poco más la ciudad, ya que todavía no la había podido explorar durante un fin de semana. Aunque no era demasiado dinero lo que había recibido en ese momento, estaba seguro de que si lo iba a gastar, debía hacerlo en Berwald. Ahora, sólo debía animarse a preguntárselo, no creía posible que rechazara su plan. Ambos saldrían beneficiados, uno podría pasear por el resto de la ciudad sin riesgo a perderse y el otro podría tomarse un receso del arduo trabajo.
Estaba tan entusiasmado con su ocurrencia, que cuando ingresó a su apartamento no había notado nada distinto. Pero cuando se puso a mirar con más atención, todo estaba patas para arriba. No entendía nada, otra vez. Aparentemente, era la semana de las sorpresas, ya que no podía creer que una vez más el sueco había decidido hacer algo que de cierta forma desafiaba la lógica.
—¿Berwald? —Como siempre, no sabía dónde se había metido éste.
—¿Tino? —El hombre estaba agachado, pero trató de levantarse para saludar al de ojos marrones. Pero en el intento, se golpeó accidentalmente la cabeza con la mesa de estar.
—¡Ah! ¿Estás bien? —cuestionó, ya que el ruido que hizo fue bastante fuerte.
—No es nada —respondió, restándole importancia.
Pero el finés tenía otra duda, no entendía qué se suponía que estaba haciendo el sueco mirando debajo del sofá. Fue en ese momento que levantó la mirada, para darse cuenta de que el segundo no llevaba puestos sus lentes, lo cual sólo significaba una cosa. Aparentemente, había sacado todo de su lugar para encontrarlos, sin mucho éxito. Eso explicaba la manera en que se había golpeado.
—Perdiste tus gafas, ¿no es así? —Era una pregunta algo estúpida, pero de todas formas quería confirmar sus sospechas.
—No recuerdo dónde las puse —Había procurado rememorar en qué momento se las había sacado, pero nada venía a su mente.
—Quizás yo tenga más suerte, soy más pequeño, tal vez si están abajo pueda alcanzarlas —sugirió Tino.
—Está bien —El rubio se apartó para que el otro pudiese bajar a buscar debajo del sofá.
—¡No te estoy diciendo que seas demasiado grande! Simplemente, bueno, ya sabes lo que quise decir —afirmó, ya que pensó que Berwald podría ofenderse por lo que había insinuado.
Tino no perdió más tiempo y se puso en cuatro, para ver si tenía un poco más de suerte que su compañero. Extendió su brazo, tratando de sacar lo que pudiera encontrarse en ese lado tan oscuro y sombrío del mueble. Todo lo que esperaba y rogaba era no hallar algo desagradable mientras buscaba los lentes del sueco. Éste se había sentado en un sillón cerca de allí, desviando la mirada para no tener que observar cómo el rubio de ojos marrones se movía durante su emprendimiento.
Al de ojos azules se le escapó un suspiro, no sabía qué era lo que más le molestaba, si tener esas condenadas palabras del danés sonando cual disco rayado o que de hecho, éste pudiera tener razón. Pero el grito de Tino lo regresó a la tierra.
—¿Qué...? ¿Qué es esto? —El muchacho sacó un par de esposas que aparentemente estaban allí abajo por un buen tiempo, ya que tenía bastante polvo —¡Kya! —gritó una vez que las tiró al suelo.
—¿Eh? —Nunca las había visto antes, así que no tenía ni la menor idea de cómo habían podido llegar hasta allí.
—¡¿De quién es eso? —Ciertamente estaba impactado por ese descubrimiento, así que a partir de ahora sería un poco más cauto con lo que tocaba.
—Es la primera vez que las veo —Todo lo que se le ocurría es que podrían pertenecer al anterior inquilino, y francamente, estaba empezando a cansarse de encontrar sus cosas esparcidas por todas partes.
Tras unos agotadores quince minutos, durante los cuales, los descubrimientos del finés incluían chicles, el número de teléfono de alguien, una brocha que había perdido el sueco un par de semanas atrás, revistas subidas de tonos y hasta una caja de preservativos totalmente vacía, finalmente Tino pudo dar con los lentes que pertenecían al de ojos azules. Aunque estaba bastante asombrado por los "tesoros" que estaban escondidos, había un par de los cuales no había querido tener conocimiento acerca de su existencia.
Su cara estaba cubierta de polvo y había tenido que pelear con algunas telarañas que se habían interpuesto en su camino, pero estaba contento de haber podido ser de utilidad para Berwald y eso era todo lo que importaba. Exhausto, se desplomó encima del sofá, sin siquiera sacarse los zapatos. El segundo apreciaba realmente la mano que le había echado el finés, a pesar de que había estado esforzándose todo el día, se había ofrecido sin siquiera pestañear a ayudarle.
Tino cerró por un momento los ojos, cuando recordó lo que tenía que decir al sueco. Estaba un poco nervioso y ansioso, ya que no sabía cómo iba a reaccionar. Quizás no era la gran cosa, pero quería verle sonreír aunque fuera por un par de segundos. Siempre estaba tan tenso, que le preocupaba, y estaba confiado de que un día dedicado a simplemente divertirse era lo que justamente necesitaba.
—Oye, hay algo que quiero preguntarte. Lo había pensado cuando estaba volviendo, así que... Pero no te sientas obligado, si no quieres, está bien —explicó con bastante velocidad.
—¿Qué sucede? —El sueco enseguida prestó toda su atención a la cuestión sobre la cual el rubio quería hablar.
—Bueno, es que... Ya sabes, tú has tenido una semana difícil y yo también. Así que, estaba pensando que, quizás deberíamos olvidarnos del trabajo y salir mañana. ¿Qué dices? —Sentía un poco de vergüenza, pero estaba seguro de que ambos pasarían un buen rato juntos, sin tener que pensar en sus obligaciones.
—Estaría bien —respondió, y aunque no lo parecía, estaba algo entusiasmado por la idea.
—¿De verdad? Entonces es lo que haremos. Pero, no te preocupes, yo te invito. He ganado un poco de dinero y aunque no es demasiado, quiero hacerlo —afirmó, y luego se levantó, ya que estaba demasiado sucio.
—Sería una cita entonces —dijo, según lo que había entendido.
—Bueno, sí. Supongo, una salida entre amigos —replicó, para entrar directamente al dormitorio.
El sueco se recostó por el sillón. Definitivamente, nada de eso le ayudaba a sacárselo de su mente.
Sí, me gusta el doble sentido xD Lo disfruto bastante y espero que ustedes también.
Por un momento, pensé que no iba a poder actualizar, ya que hubo apagón general. Pero, para mi fortuna, se solucionó en una hora.
Prometo que luego me voy a enfocar más en el trabajo de Tino. Sólo un poco de paciencia ;)
Agradezco los comentarios de: mylan604, Rina. Y, kikyoyami8, Eirin Stiva, Hitomi Unii-chan, Lunara Kaiba y mikaelaamaarhcp.
¡Moi, moi~!
