Los personajes de OUAT no me pertenecen

(Adaptación)

Como soy buena he subido un capi nuevo ¬_¬ pero quiero mas RWs

Así que ya saben chicas entre mas RWs mas rápido subo capi nuevo.

Gracias a las que siempre leen y comentan son un amor enserio, también a las que leen en el anonimato jaja ,y aquellas que me leen de el mismo lugar en el que se desarrolló esta historia jaja tal vez y las llegaste a ver cuando eras peque(? ajajaja

Este capi va dedicado a las TAMIS! :3 y para Gen que volvió a ser mi secretaria sexy te extrañe acá está el otro capi que te debo Gen pero no tengo rws no se vale

Las dejo leer no sin antes recomendarles algunas muy buenas escritoras por acá fanclere con historias muy originales, franchiulla con muy buenas traducciones y se ha animado ha publicar una historia de su autoría muy buena , The Little Phoenix para aquellas que le gusta lo sexoso y MaryMontoya17 buena amiga y autora de una muy buena historia en proceso

Disculpen los errores

DISFRUTEN DEL CAPITULO


Capítulo once

Después pasaron al sofá; se hundieron cómodamente una en cada extremo, con las piernas bajo el cuerpo, mirándose con profundo cariño. Reinaba en la estancia un intenso claroscuro que suscitaba en ellas anhelos casi tangibles.

Pero no se atrevían a moverse, temerosas de que un avance quebrase el equilibrio y enterrase sus deseos en el dominio de los dolores, las lágrimas y el rechazo. Las dos querían hablar, pero ninguna palabra se podía comparar con aquel silencio y, además, no confiaban en que sus voces se mantuvieran firmes.

Emma estaba a punto de estallar; su corazón reventaría si no asumía el ímpetu de su apetito y lo convertía en palabras.

—En el tren —susurró, llena de dudas, pero con la claridad suficiente como para romper el silencio—, ¿por qué me mirabas de aquella forma? Sentía tu mirada, pero no me molestaba.

Regina permaneció callada unos momentos, con la confesión prendida en la punta de la lengua en aquel día de revelaciones.

—No suelo ir mucho a la oficina durante la semana —explicó—, pero la semana pasada tenía que investigar unas cosas en la biblioteca. El primer día fue el lunes. No llevo el coche al trabajo, sino que cojo el tren, y así te vi por primera vez en tu estación. —Regina hizo otra pausa y sus ojos chocolates como un dulce manjar por la mañana se clavaron en los de Emma.

Lanzó un profundo suspiro y continuó—: No podía apartar los ojos de ti. Al principio me fascinó tu cabello, con ese rubio tan glorioso y ese aire tan natural y por lo largo y fino que era. Ondeaba cuando tú te movías, como si lanzase rayos de sol que casi me cegaban.

Emma estaba en el cielo. Sus delicadas orejas ardían ante aquellos encendidos mensajes. Apenas se atrevía a respirar.

—Luego vi tu cara... —Calló de nuevo y, levantándose con elegancia del sofá, abrió el cajón de una mesa, sacó una pequeña colección de libros en una caja y volvió al sofá.

—Cuando vi tu cara, sabía que la había visto antes y la adoré... ¿Has leído las hadas de las flores de Cicely Mary Barker?

—Sí —respondió Emma—. Mi madre me compró una antología cuando tenía diez años. La he leído muchas veces.

—Vaya, me encantan —dijo, y en su cara se reflejó el gozo de alguien que podía hablar de su hobby con un oyente atento—. Cuando estoy deprimida, me consuelan. Cada estación tiene sus hadas y sus versos. Conozco a muchas de ellas, por eso cuando vi tu cara sabía que eras el Hada Black Bryony, una de las del otoño—. Regina había encontrado la página y le pasó uno de los finos libritos a Emma, que contempló la figurilla vestida de naranja y negro y se sorprendió al notar el parecido. Con el pelo más largo, los ojos más verdes y unas cuantas pecas sobre su naricilla, el hada sería como ella. Emma observó con ironía que la flor se consideraba un remedio contra las pecas.

»No podía dejar de mirarte. Se me formaron dolorosos nudos en el estómago, pero no podía contener mi necesidad de absorber todos tus detalles. Me costó trabajo bajar del tren en Finsbury Park, sobre todo cuando vi que continuabas hasta Moorgate.

Describió su desasosiego durante el día, cómo había vuelto una y otra vez a pensar en la imagen de Emma, y luego se había dicho que tenía que volver a verla. A Emma le costaba trabajo creer que Regina hubiese experimentado las mismas emociones confusas que ella, las preocupaciones y preguntas sobre su atracción y su género, el disgusto ante la perspectiva de no verla de nuevo, las noches intranquilas y sudorosas, todo unos días antes que Emma.

—Apenas me contenía mientras esperaba el tren todos los días con la esperanza de verte. No te vi el martes y el miércoles, y supuse que tal vez habías ido a Londres sólo el lunes. Al principio no entendía lo que pasaba: si hubieras sido un hombre, habría creído que me estaba enamorando. Pero contigo no lo sabía. Nunca me había enamorado de una mujer y lo que estaba sintiendo me confundía totalmente. Todos los síntomas eran los del enamoramiento: los punzantes deseos de verte, la falta de apetito... Incluso había pensado que, si no te veía el jueves, me tomaría el viernes libre y deambularía por New Barnet con la esperanza de localizarte.

—Pero entonces me viste el jueves — intervino Emma, casi mareada—. Me di cuenta de que alguien me miraba, pero hasta que llegué a Finsbury Park no supe que eras tú.

—Sí. Estaba tan contenta de volver a verte que tuve los ojos clavados en ti todo el tiempo. Deseaba iniciar una conversación contigo, pero era demasiado cobarde. Más tarde me maldije a mí misma, cuando empezó a preocuparme la posibilidad de perderte otra vez. Sin embargo, al menos sabía que ibas a la ciudad de forma regular, no excepcionalmente.

—Pero no te vi el viernes por la mañana —declaró Emma.

Regina esbozó una sonrisa al oírla.

—¿Me estabas buscando?

—Sí, Regina. Acababa de pasar una noche igual que la que tú habías pasado antes. Rezaba para verte de nuevo.

Probablemente por eso estaba tan nerviosa cuando nos conocimos por la tarde. No dejaba de pensar en tu sonrisa de despedida del jueves. Recuerdo una cita de Arrigo Boito:

«Cuando te vi me enamoré, y tú sonreíste porque lo sabías».

Regina suspiró.

—Eso es muy acertado. El viernes por la mañana no encontraba las llaves del coche. Suelo ser muy cuidadosa, pero mi cabeza era un torbellino. Acabé perdiendo el tren y sintiéndome desconsolada. Me había armado de valor y había decidido que me acercaría a ti; no podía soportar la perspectiva del fin de semana sin una oportunidad de hablar contigo. Me daba cuenta de que eras más joven que yo, así que no quería agobiarte. Yo, mejor que nadie, sé lo horrible que resulta ser objeto de una atención no deseada. Decidí darte mi tarjeta profesional para que me llamaras si querías. Me aterrorizaba que no lo hicieras, pero cuando nos conocimos el viernes por la tarde me pareció que te gustaba. ¡Eras tan tímida y joven que quería rodearte con mis brazos!

—Supuse que me habías considerado una idiota sin gracia —sonrió Emma —. Tenía la boca demasiado seca para hablar. Por cierto, ¿no esperabas la llamada de un cliente hoy? ¿Te ha llamado?

Regina parecía de pronto un poquito avergonzada.

—Siento admitirlo, pero te conté una mentira. No iba a llamar ningún cliente. Hacía mucho tiempo que no recibía a nadie aquí y supongo que pensé que me desenvolvería mejor en mi territorio, sobre todo porque había decidido hablarte de Robin De Locksley. desde el principio, especialmente si nos hacíamos amigas. Me pareció que el venir aquí requeriría más esfuerzo por tu parte y que sólo aceptarías si de verdad deseabas venir. ¿Tiene sentido? ¿Me perdonas mi mentirijilla?

—¡Dios mío! ¡Dijiste que corromperías esta juventud inocente y desde luego no has perdido el tiempo!

—exclamó Emma fingiendo asombro y añadió—: Me alegro de que me contaras una mentira piadosa. Hoy lo he pasado muy bien contigo. Esperaba que sintieras por mí lo mismo que yo por ti, pero no me atrevía a pensar que pudiese ser así. ¿Cómo te has enfrentado al hecho de que yo sea una mujer?

—Es un territorio nuevo para mí...Hubo confusión, tal vez incluso cierto disgusto conmigo misma, autonegación supongo. Pero en el transcurso de la semana empecé a aceptarlo. ¿Por qué no podía enamorarme de ti? Sigue pareciendo algo extraño, y por eso quería verte este fin de semana. Sabía que iba a estar en Derby gran parte de la semana próxima y pensé que, si conseguíamos conocernos, tendría tiempo para cerciorarme de que esto no fuera un enamoramiento pasajero, sino algo más profundo. No conocía tus angustias, pero no me parecía justo tratar de seducirte si no correspondías a mis sentimientos. No sé lo que habría hecho en ese caso.

Emma reflexionó un minuto antes de responder.

—En cuanto a mí, sé a ciencia cierta que no me disgustan los hombres y que, por el contrario, nunca me han atraído las mujeres de forma especial. No me considero lesbiana, pues no quiero a ninguna otra mujer. No he pensado en las repercusiones ni quiero hacerlo. ¿Me enamoro con frecuencia? Deseo disfrutar al máximo. Te echaré de menos mientras estés fuera. ¿Prometes llamarme?

Regina se lo prometió con su voz ronca y seductora.

—Llevaré tus flores al hotel para recordar el día de hoy.

Uno de los mayores misterios de aquella subyugante velada fue la forma en que ambas empezaron a flirtear cuando estaban sentadas en los extremos del largo sofá mientras seguían mirándose a la cara, lo cual facilitó que se aproximasen poco a poco. No lo hicieron intencionadamente, pero ocurrió. Arreglar una blusa desordenada, inclinarse para coger una copa de la mesita de café, estirar una pierna... todos los movimientos surtieron el efecto deseado. Así que, cuando Emma decidió aprovechar la oportunidad, se encontraba en una posición ideal.

—Lleva las flores para acordarte del día de hoy —susurró—, pero lleva esto para acordarte de mí—. Con los hambrientos ojos verdes bien abiertos se inclinó hacia Regina, los labios entreabiertos, sabiendo que, pasara lo que pasara el resto de su vida, aquel instante sería un recuerdo de celuloide en su mente para siempre. Los cálidos dedos de Emma rozaron primero la mejilla de Regina y, sin presionarla, arrastró la cara de la otra mujer hacia la suya. En ese momento ambas sabían que sus vidas cambiarían, que serían parte la una de la otra y responsabilidad mutua.

Fue un momento de gozo puro y exquisito. Cuando sus labios se encontraron, adheridos en su seca precipitación, Regina soltó un quejido mitigado, un lamento de placer que Emma captó y absorbió. Se besaron lentamente, derrochando sensibilidad y alargando el momento: el labio superior, las comisuras, lamiendo con rápidos y suaves movimientos de la lengua, mientras el desenfado del vino se mezclaba con la dulzura de las naranjas.

Cuanto más se exploraban, más querían y más buscaban y aumentó el frenesí.

Sus labios se abrieron con abandono, sus bocas aceptaron la lengua curiosa, sus dedos se enredaron en los cabellos, Emma apretó los labios de Regina contra los suyos y Regina dio leves mordiscos a los de Emma. Se retorcieron y giraron las cabezas en busca de ángulos mejores, intentando fundir los labios y las bocas en una sola para convertirse en la otra; las pestañas acariciaban las mejillas, el pelo jugaba con los ojos, las narices se frotaban.

Cada una saboreó la saliva de la otra y las lenguas buscaron más hasta el punto en que tuvieron que parar para respirar.

Fue el momento hechizado en el que los sofocantes ojos verdes se cruzaron con los abrasadores ojos chocolate y en un estrecho abrazo vieron más allá de lo físico, de las palabras no dichas pero comunicadas que les decían: «No os apresuréis; habrá mucho tiempo».

Mientras leían los mensajes de sus ojos, respondieron con besos, pequeños pasajes entrecortados de reconocimiento y otros más prolongados de compromiso. Parecía que había pasado toda una noche cuando Emma habló:

—Será mejor que me lleves a casa o no respondo de mis actos.