Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo22
Esa misma noche, cuando ambos fueron a acostarse, el sueco aún no estaba seguro de qué había pasado en el trabajo del finlandés. Éste sólo le había restado importancia y por el resto de la jornada, había intentado cambiar el tema varias veces. Por supuesto, no iba a ponerse a quejar acerca del abrazo sorpresivo, éso estaba más que bienvenido. Pero había notado que la mano del rubio había temblado ligeramente, así que una vez más, intentó descubrir qué era lo que pasó.
—Tino... —El hombre miró hacia la otra cama, mientras que aquel estaba contemplando todavía el tulipán.
—¿Qué pasa? ¿Quieres que te cambie el vendaje o te lo ajuste demasiado? Aún me siento mal por eso —contestó el muchacho, apenado cada vez que recordaba el accidente de esa tarde.
—No, es algo más —Berwald se levantó y se sentó al lado de Tino.
—¿Eh? Si es acerca de la renta, la próxima semana ya cobro mi primer sueldo —respondió, distanciándose un poco del otro.
—¿Pasó algo hoy? —preguntó sin dar rodeos.
El muchacho de ojos pardos no quería hablar de eso, sólo quería olvidarlo. Quizás le había dado mucha importancia a algo que no tenía, y además, no quería que el sueco se preocupara. Ya había hecho demasiado por él, así que no quería importunarlo con otro problema. Después de todo, estaba confiado de que era un incidente de una vez, tal vez no había nada más que temer.
—No, yo... —El muchacho miró hacia el suelo —. No es nada, te prometo. Tenía un poco de frío y nada más —rió nerviosamente, era penosa su excusa pero era tarde y no quería pensar más en el asunto.
—Si sucede algo... —El hombre posó una de sus manos sobre la rodilla descubierta del otro y luego se levantó.
—Sí... ¡Serás el primero en saberlo! —exclamó y enseguida se acostó, dándole la espalda al escandinavo.
El mayor volvió a su propia cama, mirando al muchacho. Todo lo que sólo quería era que confiara un poco más en él, y aunque su amistad estaba fortaleciéndose cada vez más, estaba seguro que de eso no pasaría. Sin embargo, no quería ver que el finlandés estuviese afligido o preocupado por culpa de alguien.
Por su lado, aún cuando estaba agotado, el chico no podía cerrar sus ojos. De cierta manera, estaba aliviado de que el sueco quisiera ayudarlo con aquella extraña persona. Pero tampoco quería hacerle creer que no podía defenderse por su propia cuenta. Incluso pensó que estaba juzgando demasiado rápido al ruso, aunque le había infundido un gran terror. Decidió que lo mejor sería esperar a que llegara el otro día y ver qué sucedía.
A la mañana siguiente, luego de despedirse del sueco, Tino se fue con el mejor de los ánimos posibles. Sonreía y estaba entusiasmado con lo que aquel día traería. Le gustaba tener tantas cosas que hacer, así no podía ponerse a pensar en cosas que creía que eran inútiles. También el ambiente que tenía esa tienda le resultaba perfecta, cada vez que iba tenía la oportunidad de recordar su festividad favorita. Al final, mientras que iba acercándose, se consideró una persona afortunada, pese a la serie de incidentes que se habían sucedido desde que había llegado.
Cuando estaba apenas a una cuadra de llegar a su trabajo, el muchacho irradiaba felicidad. Era un jueves como todos los demás, o al menos eso pensó. Respiró profundamente y luego ingresó a la tienda. Observó a su alrededor, nada parecía estar fuera de su lugar y lo mejor era que no podía ver al ruso por ninguna parte, así que se sintió mucho más tranquilo.
—¡Buenos días a todos! —saludó a Toris y Felics que ya se encontraban allí y cuando se dispuso a ir al vestidor, la misma mano que lo había tocado el día anterior, nuevamente estaba su hombro. Tino se dio la vuelta y allí estaba aquel hombre.
—Buenos días —saludó Iván, esbozando una sonrisa —Espero que te esfuerces igual que ayer —dio un par de palmadas al finlandés y tras eso, fue a revisar unos documentos.
—Por supuesto —contestó el muchacho, obligándose a sí mismo a mantener su sonrisa.
Una vez que el dueño de ese lugar se fue, el finlandés se apresuró a meterse en los vestidores. El lituano lo siguió, pues hasta ese momento, el primero ignoraba quién era ese hombre de ojos violetas. Tino no se había puesto a investigar o algo por el estilo de quién podría tratarse, su única impresión era que era alguien que daba bastante miedo, a pesar de que aparentemente parecía amable.
—Oye, Tino. Hay algo sobre lo que debo advertirte —Toris trancó inmediatamente la puerta para que el ruso no pudiera escucharlo.
—¿Acerca de qué? —Mientras esperaba por lo que el europeo tenía que decirle trataba de ajustarse de la manera más cómoda esos pantalones, ya que había aprendido por las malas lo que sucedía cuando se le pasaba la mano.
—Ése hombre de la bufanda es el dueño de este lugar. Se llama Iván Braginski y por lo que más quieras...
—¡¿Qué? —El rubio no sabía qué pensar, ese hombre era el que representaba la máxima autoridad y sus planes de deshacerse de él se fueron con el viento. Se sentó para poder procesar la información, tendría que lidiar con aquella persona por bastante tiempo, pues no podía darse el lujo de abandonar el trabajo por el momento.
—Por lo que más quieras, no le lleves la contraria. Sólo asienta y nada más —Toris todavía recordaba la amenaza de Iván de trasladarlo a una recóndita mina de su posesión, así que tenía un buen motivo para aconsejar al finlandés.
—No estoy loco para hacer eso —contestó el finlandés, que intentaba tener coraje para continuar allí.
—Segundo y último, y esto escúchame con mucha atención —El muchacho tomó las manos del rubio y lo miró directamente a sus ojos.
—Me estás asustando... —comentó, al ver la seriedad del lituano.
—No menciones el nombre de Alfred Jones. No lo hagas, resiste lo que más pueda —aconsejó y se levantó.
—¿Ése quién es? —cuestionó, ya que era la primera vez que escuchaba hablar de él.
—Ah, se nota que eres nuevo por aquí —opinó, con una pequeña sonrisa —. Ya sabrás quién es.
El lituano decidió regresar de inmediato a su oficina, pues desde allí podía oír que el ruso lo andaba buscando y él, más que nadie, sabía que no debía hacerle esperar. Así que se apresuró en atender a su jefe. Pero antes, volvió a mirar al preocupado finlandés.
—Ya te vas a acostumbrar, te prometo —explicó el chico de ojos verdes y luego fue a continuar con sus funciones.
Tino sabía que no le quedaba otra que comenzar a adecuarse a ello. De alguna manera, tenía que al menos disimular el miedo, si conseguía disiparlo aunque fuera por el tiempo que estaba allí, las cosas se harían más llevaderas. Una vez que terminó de prepararse, salió para continuar con lo que había dejado el día de ayer.
En vista que estaban llegando muchos productos, el finlandés fue directamente al depósito, donde debía clasificar lo que recién había llegado de lo que se había sacado de la estantería. Se siento tranquilo, más que nada, porque no había nadie más a su alrededor, lo que le permitía pensar en el silencio. También, podía trabajar sin sentirse observado, pues desde que había entrado esa mañana, creía que había un par de ojos que constantemente lo observaban.
Mientras miraba cuáles cajas debían ir a la tienda y cuáles debían ser tiradas, recordó la preocupación del sueco. A pesar del golpes que se había propinado, todo lo que había hecho era preguntarle qué había ocurrido. No se había quejado, aún cuando la herida había sangrado o cuando accidentalmente lo había agarrado justamente en ese lugar. El finlandés solamente sonrió, apreciaba bastante haber encontrado alguien que fuera así, pues siempre le habían dicho que la gente de la ciudad era muy egoísta y egocéntrica.
—Debería llevarle unos dulces de la tienda que está cerca. Se lo merece —pensó.
Sin embargo, por haber estado tan distraído, meditando acerca de qué le gustaría más al sueco, si unos bollos rellenos o alfajarores, Tino tomó por accidente una caja que se encontraba justo en el medio de una pila. Por un momento, pensó que no sucedería nada, que la que estaba puesta encima se caería por la otra y nada más. Pero las cosas no resultaron como lo esperaba y todo el cartón se cayó sobre el finlandés, quien quedó enterrado entre todos esos contenedores.
Una vez que consiguió reponerse y surgir de esa cuantiosa cantidad de cartones, lo primero que vio fue a los ojos violetas del ruso, que estaba bastante cerca. Tino intentó controlarse y no gritar, pero tener a ese alto hombre a una escasa distancia le resultaba más que incómodo. Sin embargo, sólo se quedó allí por un rato, tratando de levantarse después del golpe que se había dado. El otro sólo continuaba mirándolo.
—Trabaja, trabaja. ¿Sabes lo qué le pasa a los que haraganean en su puesto de trabajo? —El de cabellos plateados tenía esa sonrisa tan inocente, pero que a cualquiera le daba hasta escalofríos.
—Sí, lo sé. Ya me pongo de vuelta a seguir con lo que estaba haciendo —contestó, preso del temor, pues no sabía cuál era la respuesta para esa pregunta y no deseaba conocerla.
—Muy bien, entonces esfuérzate —respondió y continuó recorriendo la tienda.
Pasó una semana desde que el ruso había decidido instalarse por un tiempo en su tienda de juguetes. Disfrutaba bastante de esas visitas sorpresas y de ver los rostros que ponían sus empleados. Quizás era una de sus mayores satisfacciones, sólo superado por el momento del día en el que estaba solo, en su mansión, bebiendo de un buen vaso de vodka. Y ahora que era primavera, andaba con buen humor.
Por su lado, el finlandés estaba bastante tenso y esto enseguida fue notado por el sueco. No solamente porque parecía un poco más apagado, sino que cada vez que llegaba la noche, Tino se ponía a buscar algo. ¿Qué? No lo sabía, el finlandés no se lo decía, por más que se lo insistiera. En otros instantes, trataba de calmarle, pero el muchacho de ojos pardos no estaba feliz hasta haber revisado todo el apartamento. La verdad es que el finés había terminado con un pequeño trauma, ya que siempre el ruso se le aparecía por atrás.
—No te va a pasar nada —dijo Berwald, mientras trataba de persuadir al finlandés para que dejara la loca tarea en la que se empeñaba tanto.
—Sí, lo sé. Es que... —Pero Tino no quería cargarle ese problema al sueco y la única forma en la que podía descansar, era cuando se daba cuenta de que Iván no estaba por allí.
Sin embargo, a esas alturas, Berwald estaba más que preocupado. Así que, aunque no conocía la razón por la cual el finlandés estaba tan paranoico, sólo hizo lo primero que se le vino a la cabeza. Le daba vergüenza, por supuesto, no quería que el muchacho se diera cuenta de lo que estaba sintiendo. Mas, no quería ver a Tino de esa manera, así que sólo lo empujó contra su pecho y le abrazó. Tomó desprevenido a aquel, pero a diferencia de lo que estaba pensando, no opuso resistencia.
—No sé que pasa... —El sueco trataba de articular las palabras que se suponía que debía decir, aunque le resultaba difícil.
—¿Eh? —Pese a que fue tan súbito, dejó de temblar y de preocuparse. Podía darse que el otro estaba agitado, sin embargo, esperó a que se explicara.
—Estoy contigo... —Terminó de decir, quería el finlandés se diera cuenta de que le apoyaría en lo que fuera, aún cuando desconfiara.
—Gracias, realmente lo aprecio —Sonrió, aliviado por saber que ese hombre estaba ahí para él, pese a que tuviera sus propios problemas.
El hombre decidió que dejaría que el otro nórdico le dijese cuál era el problema, pero al menos, le dejó bien en claro que podía contar con él. No le interesaba si se trataba de alguien o de algo, si pudiese ayudarlo de alguna manera, lo haría. Pero aquel abrazo duró más de lo que se había esperado, es más, había estado aguardando por el grito del muchacho. Sin embargo, Tino había apoyado su cabeza sobre su cuerpo y no parecía tener planes de querer irse de allí en un buen rato.
—¿Te importa sí me quedó así un rato? —El muchacho miró hacia arriba con esos enormes ojos pardos, era la primera vez en un buen tiempo, en que realmente se sentía seguro.
—Sí —Fue toda su respuesta, no podía rechazarle de ninguna manera y sobretodo, cuando se le quedaba viendo de esa forma.
—Gracias otra vez —reiteró el muchacho.
El resto de la semana prosiguió de la misma manera, con un finlandés demasiado tenso, que usaba al sueco como si fuera su refugio, con quien se sentía resguardado del acoso del ruso. Por su lado, Berwald, a pesar de que todavía rechazaba en momentos sus ideas acerca de hacer algo respecto sobre sus sentimientos, cada vez que Tino terminaba entre sus brazos, no podía evitar sonreír ligeramente, a pesar de que luchaba para disimular que sólo era algo entre amigos.
Uno de esos días calurosos, el finlandés regresó bastante agotado. Se había mantenido lo suficientemente ocupado para mantener a Iván lejos de él, ya sea descargando mercadería, atendiendo a los clientes o demostrando cómo funcionaban algunos juguetes. La verdad es que tenía un tremendo dolor de cabeza y sólo quería pegarse una buena ducha fría, para luego tomar una bien merecida siesta.
Al entrar al apartamento, Tino no pudo ver al sueco a ningún lado. Supuso que había salido y que se encontraba completamente solo. Cerró las cortinas y decidió hacer algo que nunca se había atrevido. No había nadie a sus alrededores y el calor era simplemente devastador, sin contar con el sudor que había acumulado por culpa de toda la actividad física que había hecho. Así que se sacó toda la ropa que llevaba puesta, allí mismo, en la sala.
—Cómo si algo peor que esta semana pudiera suceder —se rió.
Estaba completamente desnudo y tampoco le estaba importando. Se retiró a su habitación para buscar su ropa de entre casa, aunque no estaba demasiado apurado. Estaba bastante fresco el ambiente allí, así que francamente quería aprovecharlo. No era algo que acostumbraba hacer, de hecho, era la primera vez que hacía algo semejante. Sin embargo, después de estar más de un mes en esa ciudad, era la primera vez, y probablemente última, en la que se sintió así de libre.
No tenía que esconderse de ningún ruso o tratar de explicar lo que había hecho durante el día al sueco. Estaba contento, en su propio mundo. Lastimosamente, eso le estaba a punto de costar bastante caro.
Apenas dio un par de pasos dentro de su dormitorio, mientras tarareaba una canción que se le había pegado, se encontró frente a frente al sueco. Éste se había a descansar por un rato y no quería que el finlandés le volviese a ver tirado en el sofá. Pero nunca pensó que vería semejante imagen luego de dormir por una hora. No tenía la menor idea de cómo reaccionar o de qué decir, simplemente estaba boquiabierto.
—¿Ber...? —No pudo continuar, estaba demasiado avergonzado, juraba que no había escuchado al sueco y ahora estaba parado enfrente de él.
—Tino.. —Se sonrojó, no podía negarlo, ciertamente el finlandés lucía mejor sin ropa de lo que creído.
—¡Lo siento, no sabía que tú...! —Tino se enfocó más en disculparse que en taparse, todo lo que le interesaba más que sentir el viento era saber que el sueco no se había enojado.
—Yo... —Pero el escandinavo simplemente salió de allí, tenía que ocultar la jodida erección que tenía en sus pantalones, así que salió a toda prisa de allí.
Tino simplemente lo siguió con la mirada, su cara estaba caliente de lo roja que se le había puesto. Tomó enseguida la ropa de su armario y se apresuró lo más rápido en meterse a la ducha. Aunque estaba seguro de que por más que se fregara una y otra vez con el jabón, no había nada que pudiese borrar esa sensación de vergüenza. Además, al ser sábado, significa que tendría esos dos días al hombre cerca de él.
Luego de vestirse, pensó en mil cosas que podría decirle al sueco, pero de todo, lo que más le costaba era que aquel le mirara a la cara. Así que encontró una gran solución para ese dilema en particular: una almohada.
Por su lado, Berwald intentaba pensar en las cosas más detestables y poco excitantes que se le podía ocurrir. Acababa de ver al finlandés sin que nada lo cubriese, así que tenía que idear algo para olvidar esa imagen tan particular del nórdico, por lo menos, momentáneamente. En ese momento, se acordó del día en que había llegado más temprano de una reunión con un cliente, cuando tuvo el privilegio, por no decir la mala fortuna, de ver a Andersen sólo vistiendo su cinturón de herramientas, aquel que usaba diariamente.
—Suficiente... —se dijo a sí mismo, al mismo tiempo que se frotaba la frente.
—Oye, Berwald. ¿Podríamos hablar acerca de lo que sucedió hace rato? —No se le entendía muy bien, razón por el cual, el escandinavo levantó sus ojos azules.
—¿Eh? —Sólo podía ver una enorme funda de almohada sobre la cabeza del finlandés, lo que le desconcertó bastante.
—No sabía que estabas aquí, pensé que no había nadie... —Continuó hablando, ya había hecho el ridículo hacía una hora atrás, así que no le importaba.
—Sácate eso —pidió el hombre, que quería ver el rostro del finlandés.
—¡No puedo! Tengo vergüenza y no sé cómo mirarte... —se excusó el muchacho.
Pero al hombre poco le interesó, se aproximó al finlandés, que intentó huir inútilmente ya que no podía ver mucho y terminó tropezándose con cuanto mueble había en la sala. Berwald simplemente le sacó la funda y la arrojó al sofá, para luego regresar a donde estaba sentado desde hacía un rato.
—Mejor —opinó, aunque claramente se podía notar el sonrojo de Tino.
—Bueno, yo...
—Olvídalo —respondió, quería evitar tensiones entre ambos y francamente no quería tocar el tema, pues no iba a mentir, le había deleitado a la vista. Mas, eso era algo que se quería guardar para sí.
—¿Eh? Entonces, ¿no estás enojado? —El muchacho respiró aliviado y haciendo caso a lo que había dicho el otro, decidió que aquello nunca hubiera ocurrido.
—No —El sueco miró hacia el otro lado.
Era la mejor noticia que había recibido en el día, bueno, luego de que se le hubiera comentado que tendría dos días libres, debido al arduo trabajo que había estado haciendo. Tino, dejando de lado aquel tema, se sentó en la otra esquina y prendió la televisión. Hacía un buen tiempo que no se distraía y qué mejor forma, que viendo alguna película, aunque esta vez, no de terror.
—Si realmente supiera... —pensó el sueco, quien disimuladamente miraba al finlandés de vez en cuando.
A la mañana siguiente, como siempre, Berwald se levantó un poco más temprano que el otro nórdico. Pero, en lugar de ir directamente al baño, se sentó un rato a su lado. Tino dormía apaciblemente, con una enorme gota de baba que caía de su boca, con las piernas separadas y rascándose la panza. El hombre se quedó un rato allí, pensando en qué era lo que debía hacer con ese asunto, cuando escuchó que alguien estaba golpeando la puerta.
No recordaba tener algún cliente ese día, es más, normalmente solían llamarlo antes cuando quería encargar algún pedido o cuando querían que restaure algún mueble, así que el escandinavo estaba más que confundido. El finlandés tampoco le había dicho nada acerca de una visita, así que no entendía. Tampoco podía tratarse del danés, pues era más probable que estuviese en la cama del noruego. Y no entablaba mucha conversación con el resto de los que vivían en ese edificio.
De todas maneras, fue a ver de quién podía tratarse. Se puso las gafas y se dirigió a la puerta. La otra persona parecía estar apurada, más que nada, porque golpeaba una y otra vez sin parar. El sueco estaba preocupado de que despertara al muchacho, ya que no lo había visto descansar de esa forma en un buen tiempo y sentiría algo de lástima que por culpa de alguien, tuviera que despertarse.
—¿Qué sucede? —preguntó el hombre, que siempre estaba rodeado de ese aura que asustaba a cuanta persona se le paraba enfrente.
—Tengo una entrega para el señor Tino Väinämöinen —explicó el muchacho, mientras leía el papel.
Sí, Iván va a tener un gran papel dentro de los siguientes capítulos. Dicho sea de paso, ando encaprichada con un trío entre Rusia, Finlandia y Suecia. Originalmente pensé que sería Dinamarca, pero las cosas han acabado así. Eso no quiere decir que Andersen no vuelva a hacer una aparición.
Aviso que estoy pensando en escribir una historia aparte con Hungría como Cúpido o Celestina. Espero que alguien lo quiera leer, porque va a ser de temática yaoi y comedia :3
A ver si adivinan qué es la entrega que va a recibir Tino ;3
Quiero agradecer los comentarios de: ChibichibiSuginto, CakeCaroCake, Rina.Y, PuffinCup, Hitomi Unii-chan, Serket Girgam, mylan604, Eirin Stiva, LunaraKaiba, DarkAnnA-Phantom.
¡Gracias por leer~!
